Este fanfic es un Draco/Hermione post epílogo (o mejor dicho, comienza en el epílogo) para Dubhesigrid, quien me lo pidió en el meme de Varitas Fuera. Su particular "Varita de saúco". Espero que esté a la altura de tus expectativas, Sig, te lo debo. No sé si es exactamente lo que te apetece leer pero así me ha salido. Ojalá te guste, te quiero :)))

Aprovecho para recomendaros el último fic de Sig "Wars not make one great", también dramione + Neville/Hannah :)

El titulo que tan loca me he vuelto buscando (con la inestimable ayuda de Nott Mordred, gracias, cariño) procede de una canción de Apocalyptica (¡sorpresa xD!) con Bren Smith "Not strong enough". Podéis encontrarla en Youtube, es preciosa :)


Not strong enough to stay away

Capítulo 1

I'm not strong enough to stay away.
Can't run from you
I just run back to you.

Habían pasado diecinueve años desde la última vez que estuvo en King's Cross. Todo seguía como la última vez: el largo tren, pintado de negro y rojo, con las letras doradas de Hogwarts en la locomotora, el andén, inundado de vapor y ruidosos niños cargados con baúles y mascotas. Y ella.

Hermione Granger. Le hubiera gustado decir que los años le habían sentado mal, que había ganado peso, tenía papada y se parecía a Umbridge, pero seguía prácticamente igual. Llevaba el indómito pelo recogido en un elegante moño y quizás, de cerca, se insinuaran pequeñas arrugas junto a sus ojos, pero de lejos, parecía la Hermione Granger de siempre, con un largo abrigo blanco y zapatos de tacón.

Ni ella había cambiado, ni lo que le hacía sentir.

Sin embargo, otras cosas sí lo habían hecho. Por ejemplo, la niña pelirroja de pelo alborotado que caminaba de su mano, y el pequeño, también pelirrojo, que la seguía junto a su padre.

Potter y su familia también estaban con ellos. Ron Weasley dijo algo y todos miraron en dirección a Draco, interrumpiendo su ávido escrutinio. Se vio obligado a saludarles con una sacudida de cabeza y después se dio la vuelta.

Él tampoco estaba solo, Astoria y Scorpius le acompañaban. Ese iba a ser el primer año de Scorpius en Hogwarts, como el de la hija de Granger.

El expreso de Hogwarts dio un silbido, anunciando su salida inminente. La mayoría de los alumnos ya se habían subido al tren, excepto los de segundo. Scorpius dio un respingo, excitado, y echó a correr hacia el tren, temiendo perderlo. En sus prisas se olvidó de despedirse y al caer en la cuenta, se dio media vuelta y regresó corriendo hacia sus padres.

Astoria le dio un abrazo, le alisó el cuello de la túnica y le dijo que escribiera en cuanto llegara al colegio. Después Scorpius se acercó a Draco. Le recordaba tanto a él, cuando tenía su misma edad, que no pudo evitar transportarse a la primera vez que estuvo en la estación.

Recordaba las palabras exactas que su padre le había dicho para despedirse. "Sé el mejor en todo, honra tu apellido y a tu familia. Recuerda que eres un Malfoy: no me avergüences".

Miró a Scorpius, que aguardaba impaciente a que se despidiera. Todo el mundo decía que era idéntico a él cuando tenía su edad, salvo en el color de los ojos. Los tenía de color verde oscuro como Astoria. Verdes e inocentes.

—Diviértete y aprende mucho —dijo y le dio un breve abrazo. No pensaba ser el mismo tipo de padre que Lucius había sido para él.

Scorpius sonrió, echó a correr y se subió al Expreso unos segundos antes de que se cerraran las puertas. El tren se puso en marcha, lleno de niños que decían adiós a sus familias, asomando las manos por la ventanilla.

Astoria siguió el recorrido del tren unos cuantos metros, agitando la mano en el aire, pero la mirada de Draco se perdió en otra dirección.

Granger seguía allí, junto a Weasley y los Potter. Éstos iban de la mano, pero ella y Weasley no, es más, el moreno y la pelirroja estaban entre ellos. Todos contemplaban el Expreso lo que le concedió a Draco unos valiosos segundos para mirarla abiertamente, sin que nadie lo notara.

O eso creía él.

—¿Todavía, Draco? —preguntó Astoria, que había vuelto a su lado sin que él se percatara. No había acritud en su tono, sólo cierto cansancio.

Él miró a su esposa pero no dijo nada.

Los dos sabían la respuesta.


Draco trabajaba desde hacía una década en el Comité de Pociones Experimentales del Ministerio de Magia. No era el trabajo más prestigioso ni el más retribuido pero a Draco no le disgustaba. Después de la guerra y de la caída en desgracia de los Malfoy, el acceso al ministerio parecía haberles quedado vetado. Ningún puesto de poder fue ocupado por las familias más conservadoras de la sangre pura y desde luego ninguno por un antiguo mortífago, hubiera sido exculpado o no.

Los Malfoy habían pasado unos años en el extranjero, en su villa en Francia, donde aún conservaban algunos contactos poderosos. Sin embargo, cuando regresaron a Reino Unido, un trabajo en el Comité de Pociones Experimentales, fue todo lo que pudo conseguir.

Aunque a Darline Worth, la directora del Comité, no le gustaba mucho Draco, no había podido negarse a contratarlo cuando fue el candidato que mejor hizo las pruebas. Al principio la gente le acogió con recelo, pero poco a poco, como no daba problemas y era competente en su trabajo, dejaron de mirarle con malos ojos.

Sería más apropiado decir que se volvió invisible. A ello ayudaba el hecho de que trabajara en una de las secciones más pequeñas del Ministerio, que se relacionaba más con San Mungo que con otros departamentos. Incluso su localización dentro del Ministerio era remota y la plantilla del Comité estaba compuesta por sólo seis trabajadores. Que él, antiguo mortífago, fuera el más normal, daba fe del prestigio de los expertos en pociones del Ministerio.

Worth era una excelente bruja pero no estaba hecha para tratar con seres humanos. Era incapaz de aprenderse los nombres de nadie de su plantilla (después de años en el Ministerio, aún se dirigía a Malfoy con un irritado "Eh, tú") y olvidaba lo que estaba diciendo a mitad de la frase. Donovan era un anciano entrañable que se dormía cada vez que se sentaba a vigilar pociones. Thickey era aficionado a crear nuevas pociones combinando ingredientes aleatoriamente para después probar los resultados en sí mismo (no era la primera vez que Draco lo encontraba inconsciente, azul, drogado o con marcas extrañas por toda la cara. Arrastraba las secuelas de varios experimentos fallidos), Kettle, una bruja tan aburrida que le producía a Draco el mismo sopor que a Donovan las pociones, y Higgs un tipo un tanto extraño con manía persecutoria que estaba convencido de que todo el mundo quería envenenarle así que estaba obsesionado con los antídotos.

El trabajo era por lo general monótono (cuando no tenía que llevar a Thickey a San Mungo, claro). El arte de las Pociones siempre había requerido de paciencia, exactitud y perfeccionismo, y a menudo el trabajo de un día se limitaba a vigilar la cocción de distintas pociones, pero Draco no se quejaba. Tampoco por el sueldo más bien modesto: no necesitaba el dinero.

Lo que sí necesitaba era demostrarles a todos que su época como mortífago y purista de la sangre había quedado atrás. Quizás su matrimonio con Astoria Greengrass no había ayudado demasiado a lavar su imagen. El suyo había sido uno de los últimos matrimonios concertados atendiendo exclusivamente a razones de sangre. Una concesión que hizo para contentar a sus padres dado que de todos modos no hubiera podido casarse con quien él habría querido.

Fruto de ese matrimonio, había tenido a Scorpius. Y probablemente su hijo había sido precisamente la razón de aceptar un trabajo por debajo de sus capacidades y sus ambiciones.

No quería que Scorpius se criara con un padre que no podía ir a ninguna parte sin que la gente cuchicheara a su paso y se preguntara si aún sería peligroso.


Draco fue a la estación de King's Cross solo: Astoria estaba haciendo las compras de Navidad.

Como del costumbre, el andén 9 y 3/4 estaba abarrotado de magos y brujas esperando a sus hijos para pasar las Navidades juntos. Aunque probablemente a Scorpius no le hubiera importado quedarse en el colegio –Draco recordaba que en su primer año, le hubiera gustado quedarse en Hogwarts a pasar las fiestas por aquello de la novedad –volvía a casa.

Al parecer, los niños Weasley también. Granger ya estaba allí, para sorpresa de Draco, sola. Su marido no la acompañaba a recoger a sus hijos.

Draco la observó durante unos segundos, sin decidirse a acercarse o no. Los insultos en el patio del colegio habían quedado muy atrás, igual que el juicio tras la guerra, en el que Granger había testificado a su favor.

Desde entonces se habían visto en muchas ocasiones: Granger también trabajaba en el Ministerio, en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Exactamente dos plantas por encima de Draco, en el despacho 267. No era de extrañar que alguien tan brillante como ella hubiera acabado ocupando una posición importante.

Draco la veía a veces por el Ministerio e incluso habían compartido ascensor. Decir que mantenían una relación cordial sería excesivo: sencillamente se saludaban al cruzarse, a menudo con un simple "Malfoy"/"Granger". (Él nunca, jamás, la había llamado por su apellido de casada).

No recordaba si habían llegado a tener una conversación en todos esos años, aunque para ser sincero, posiblemente no habían llegado a mantener una conversación como tal en su vida. Todo habían sido discusiones y peleas.

Por eso, Draco optó por quedarse donde estaba. Posiblemente si se le acercaba y trataba de entablar una conversación con ella, Granger se preguntaría si era víctima de un Imperius.

Como si pudiera escuchar sus pensamientos, Hermione Granger le miró. Draco tendría que haberse comportado con naturalidad en lugar de bajar los ojos como un niño pillado en falta, pero aún después de todos esos años, después de todo ese tiempo…era incapaz de sostenerle la mirada igual que cuando tenía quince años.

O quizás sencillamente tenía tan interiorizado el hábito de evitar que cualquier persona le cazara mirando a la antigua Gryffindor que apartar la mirada era algo instintivo.

Entonces escuchó el sonido del Expresso acercándose a la estación y la maraña de padres se movieron, impacientes, interponiéndose entre él y Hermione. El tren silbó y comenzó a aminorar la velocidad hasta que se detuvo por completo, soltando un montón de vapor en una especie de suspiro de alivio.

Draco observó las puertas de los distintos compartimentos esperando ver la cabeza rubia de su hijo. La ventaja de tener el pelo casi plateado era ser fácilmente distinguible de los demás.

Pronto lo divisó, saltando hasta el andén en compañía de un grupito de niños de once años, entre los que destacaba una cabeza pelirroja. Al acercarse, Draco reconoció a la hija mayor de Hermione Granger. Aunque tenía el color de pelo de su padre, sus rasgos eran muy parecidos a los de su madre, incluso tenía los dientes frontales un poco más largos de lo normal.

De pronto, Draco vio a Hermione a su lado. Los dos habían acudido al encuentro de sus hijos.

—Hola Malfoy —le saludó ella, educadamente.

—Granger —respondió él, mirándola intensamente.

En ese momento Scorpius llegó corriendo hasta Draco y le dio un abrazo.

—¡Papá! ¡Tengo tantas cosas que contarte! —dijo. Draco le devolvió el abrazo, sintiéndose incómodo al notar los ojos de Granger sobre él. Seguramente le sorprendía que abrazara públicamente a su hijo. Quizás incluso le sorprendiera que lo quisiera.

Scorpius se apartó y tiró de Draco para acercarlo a Granger y a su hija.

—Mira papá, esta es Rose, te he hablado de ella en mis cartas. Y también están Alex y Sheilah pero no sé dónde se han metido —se quejó, buscando a sus otros amigos entre la multitud.

Draco y Hermione se miraron, incómodos ante la revelación de que sus hijos eran amigos. Scorpius hablaba mucho de Rose, Alex y Sheilah en sus cartas, pero nunca mencionaba sus apellidos. Pertenecía a otra generación, en la que un apellido era algo secundario que no definía a una persona.

Era directamente de otro mundo, en el que su padre no había sido un mortífago, ni un matón de colegio que había insultado de las maneras más horribles a la madre de su nueva amiga. Para Scorpius no había ningún problema en relacionarse con un Weasley, lo mismo que un Abott, un Zabinni o un Lovegood. Era sólo un niño y Draco había tratado de no inculcarle nada de lo que su padre le había enseñado a él.

Pero Rose no era una tabla en blanco, como su hijo. Lo supo por la manera en que la niña le miró y luego miró a su madre, como preguntándose si debía saludarle. Estaba al tanto de quien era él. Probablemente lo conocía como el hombre malvado que le había hecho la vida imposible a sus padres cuando iban al colegio.

Se hizo un silencio tenso. Scorpius pasaba su mirada de su padre a Rose y de ella a la madre de su amiga intentando entender.

—Hola, señor Malfoy —dijo finalmente Rose, con educación. Por el rabillo del ojo, Draco pudo ver a Granger asintiendo con la cabeza, satisfecha.

—Hola, Rose —respondió él, aunque le pareció que sonreírle sería hipócrita.

Granger le lanzó una mirada de disculpa, como si supiera exactamente lo que estaba pensando. En ese momento, Potter y su esposa se acercaron, con sus tres niños, y Draco decidió que ya había socializado con suficientes antiguos enemigos.

(Sólo le interesaba socializar con una).

—Es hora de irnos —murmuró, pasando un brazo por los hombros de Scorpius —Despídete, hijo.

—¡Feliz Navidad, Rose! ¡Feliz Navidad a todos!

Un coro de voces infantiles le respondieron. Harry Potter los despidió con gesto de cabeza y su esposa les dijo adiós con una mano. Habían dado un par de pasos cuando la voz de Hermione Granger le detuvo.

—¡Malfoy! —Draco se volvió hacia ella —Feliz Navidad —dijo —Feliz Navidad a los dos.

Draco se quedó quieto durante unos instantes, sin saber qué decir. Seguramente Granger sólo trataba de ser educada en vista de que sus hijos eran amigos, pero Draco agradeció el gesto.

Quizás con el paso de los años había dejado de odiarle. Quizás si dejaba que pasaran otros diecinueve años, ella podría perdonarle.

—Feliz Navidad, señora Granger —respondió Scorpius y Draco se limitó a asentir con la cabeza porque se había quedado sin voz.

Después, los dos abandonaron la estación.


No cayó en la cuenta de inmediato. Fue al día siguiente de recoger a su hijo en la estación cuando se dio cuenta de que Scorpius había llamado a Hermione "Señora Granger". Draco siempre se había dirigido a ella así, pero dudaba haberlo hecho delante de su hijo. No creía haberla nombrado jamás entre las cuatro paredes de la discreta mansión en que vivía desde que había vuelto a Inglaterra. Lo lógico era que su hijo la conociera como la Señora Weasley.

Quería preguntarle al respecto pero no sabía cómo hacerlo para que no resultara sospechoso y Astoria no se había separado de su hijo desde que había llegado.

Fue Scorpius quien disipó sus dudas durante la cena.

—Papá, mamá, ¿pueden Alex y Rose venir a ver la mansión? Les prometí que les enseñaría mi Saeta Dorada, como no me dejan llevarla al colegio…

—Por supuesto que pueden venir, cariño, ¿cuáles son sus apellidos? —respondió Astoria, tomando una pequeña cucharada de sopa —Escribiré a sus padres.

—Dunham y Weasley —explicó Scorpius entusiasmado —Pero tiene que ser antes de año nuevo para que Rose pueda venir. Después de año nuevo le toca estar con su padre y dice que no cree que él la deje venir.

—¿Con su padre? —murmuró Draco sin comprender.

—Los padres de Rose no viven juntos —respondió su hijo con normalidad —Rose y su hermano van a pasar una semana con su madre y otra con su padre, aunque se van a juntar para cenar en Navidad. ¿Sabías que la tía de Rose jugó con las Hollyhead Harpies?

Scorpius continuó hablando, pero Draco perdió el hilo del resto de la conversación. ¿Granger y Weasley ya no vivían juntos? Eso sólo podía significar que se habían separado o divorciado, y tenían la custodia compartida de sus hijos.

Eso explicaba por qué Ron Weasley no había ido a la estación a acompañar a Hermione y por qué habían permanecido distantes cuando Draco los vio en Septiembre.

De pronto se encontró ante una perspectiva inesperada: Granger estaba soltera. La última vez que la había visto antes de casarse con Weasley fue, probablemente, en el juicio a su familia. Después se habían marchado a Francia y allí se había enterado de que Granger se había casado. Acto seguido, había accedido a las demandas de sus padres de casarse con Astoria Greengrass.

Su esposa estaba mirándole con sus ojos verdes de gato, como si pudiera leer con claridad todo lo que estaba pasando por su mente en ese momento.

Quizás no estaban enamorados y nunca lo habían estado, pero Astoria le conocía a la perfección. Tanto, que era la única persona al tanto de sus sentimientos por Granger aunque él nunca se los había manifestado.

Los dos sabían lo que él estaba pensando en ese momento: si Hermione Granger le diera una mínima esperanza de estar con ella algún día, Draco dejaría a Astoria en menos de lo que se dice "bludger".


Probablemente Astoria ya había escrito a Granger a esas alturas para invitar formalmente a su hija a pasar el día en la Malfoy Hall. Era de ese tipo de personas que consideraba que no había excusa para ser maleducada, incluso con los elfos domésticos. También era del tipo de personas que odiaba montar escenas y rara vez levantaba la voz, ni siquiera en la intimidad.

Todos ellos eran atributos que Draco agradecía. Los dos tenían claras las razones por las que se habían casado, lo cual había hecho su matrimonio mucho más llevadero. Por eso Astoria había acogido con tranquilidad el descubrimiento de Draco.

—Creí que ya lo sabías —dijo ella, sinceramente —Se divorciaron hará cosa de un año.

No le sorprendió que Astoria estuviera al tanto y en cambio él no. Su mujer estaba mejor relacionada que él: los Greengrass no habían estado directamente implicados en la guerra. Si bien su ideología era más afín a Voldemort que a Dumbledore, nunca tomaron parte abiertamente, lo que les permitió salir mejor parados.

Ningún Greengrass acabó en prisión, fue juzgado o incriminado siquiera.

En cambio él, que trabajaba en el Ministerio como Granger, no se había enterado de nada. No era de extrañar, teniendo en cuenta que pertenecía a una de las secciones más pequeñas y aisladas, que no se relacionaba demasiado con gente de otros departamentos y que, sencillamente, el mundo mágico en general consideraría que la separación de los Weasley a él le traería completamente sin cuidado.

Tampoco creía que Astoria se lo hubiera ocultado deliberadamente por la sencilla razón de que el hecho de que Granger estuviera divorciada no cambiaba nada.

Sería ridículo pensar que la única razón de que la suya fuera una pasión no correspondida se debía a Ron Weasley. Draco sabía bien que él mismo había acabado con cualquier posibilidad que hubiera podido tener con ella desde el día en que la llamó sangre sucia por primera vez. O quizás desde mucho antes, desde el día en que descubrió lo que implicaba ser un Malfoy.

Sabía que no se la merecía. Por eso, de depender de él, posiblemente nunca hubiera reunido el valor para acercarse a hablar con ella.

Sin embargo fue Granger la que, un par de días después, se presentó en su sección del Ministerio. Ese día sólo Draco, Donovan y Thickey estaban allí.

Como de costumbre, Donovan estaba dormitando frente a un enorme caldero de Veritaserum, presuntamente vigilando la cocción. Thickey estaba en el almacén, pensando en qué combinación de ingredientes podría llevarle al hospital esa vez, de manera que Draco era realmente el único que estaba encargándose de las pociones.

Estaba tan concentrado en cortar raíces de asenjo en proporciones milimétricas que no notó que Granger había llegado hasta que carraspeó sonoramente a sus espaldas.

Draco se volvió y al verla allí, bajo el marco de la puerta, quedó tan sorprendido que casi soltó la daga forjada por enanos que usaba para cortar los ingredientes. Granger llevaba la túnica oscura y elegante de los funcionarios de más alto rango, ceñida al cuerpo y con botones en el lado izquierdo del pecho.

En comparación la túnica verde y suelta de los expertos en Pociones, parecía burda. El color era muy oscuro para que no se notaran las manchas de distintas pociones e ingredientes que inevitablemente acarreaba su trabajo.

—Granger —murmuró.

—Hola, Malfoy —ella parecía incómoda y lanzaba miradas de reojo al durmiente Donovan como si temiera que fuera a caerse dentro del caldero de Veritaserum —No quiero molestarte, si estás ocupado puedo volver en otro momento.

Draco lanzó una mirada elocuente a su compañero y luego a ella.

—Creo que puedo permitirme un descanso —dijo irónicamente. Posó la daga sobre la mesa donde estaba trabajando con distintos ingredientes y se limpió las manos con un paño. Sentía todo su cuerpo tenso de expectación y el corazón le latía tan fuerte que lo escuchaba por encima de los suaves ronquidos de Donovan.

—Verás —comenzó ella, insegura —Ayer recibimos una lechuza de… bueno, de tu esposa, con una invitación para que Rose fuera a conocer Malfoy Hall.

—Lo sé —dijo él, con tranquilidad —Scorpius quiere enseñarle la casa a tu hija.

—¿Crees… crees que es… —Hermione titubeó, buscando la palabra adecuada. Se mordía el labio cuando dudaba, igual que lo hacía a los catorce años —apropiado?

—No vamos a envenenarla, si es lo que temes. También vendrán otros amigos de mi hijo, no va a estar sola en ningún momento —respondió, quizás con más aspereza de lo que hubiera pretendido.

Estaba dispuesto a aceptar el desprecio de Hermione Granger, porque sabía que se lo había ganado. Era algo con lo que había aprendido a vivir de tal manera que ya casi ni le dolía. Pero su hijo no había hecho nada y no soportaba la idea de que heredara las consecuencias de sus errores como Draco había heredado los de Lucius.

—Yo no… yo no quería decir eso, Malfoy. Scorpius parece un buen chico —dijo, con tono conciliador.

—No como yo —replicó, sin pensar, con una amargura y una tristeza que Granger notó, a juzgar por su expresión de sorpresa.

—Yo no he dicho eso —murmuró, cautelosa.

—Pero es la verdad. No te preocupes, Granger, sé que te he dado todas las razones para que lo pienses —dijo, procurando mantener un tono sarcástico, como si todo aquello careciera de importancia. Como si no le doliera.

—Eso fue hace mucho tiempo. Ya lo he olvidado.

Granger parecía sincera aunque turbada. Posiblemente el cariz que había tomado la conversación la había pillado por sorpresa. Jamás pensaría que el infame Draco Malfoy tendría aún presente cómo se había ensañado con ella cuando iban a Hogwarts. Pensaría que él no daría ningún tipo de importancia a haber torturado a una sangre sucia cuando era un adolescente. Pensaría que se había metido con cientos en el colegio. Pensaría que todo aquello no había ido sólo con ella.

Y nunca sabría lo equivocada que estaba.

—Yo no.

Ella se quedó mirándole con los ojos muy abiertos y los labios separados. Por una vez la brillante Hermione Granger se había quedado sin réplica. Draco no recordaba haber logrado una hazaña tal en el colegio.

Sin embargo, Thickey salió en ese momento del almacén rompiendo la tensa atmosfera. Y rompiendo también un montón de tarros vacíos al chocar contra un estante lleno de ellos. Se tambaleaba y su rostro tenía un tono verdoso, con los ojos casi saliéndose de las órbitas. Parecía una rana a la que faltaba el aire.

—¿Qué… —comenzó Hermione, asombrada.

Sin duda no conocía a Thickney. Para nadie en el Comité de Pociones Experimentales verle así era una novedad. Draco se acercó a su compañero y lo sostuvo después de que hubiera tropezado con un caldero.

—Thickney, ¿qué has mezclado esta vez?

Thickney boqueó un par de veces, incapaz de pronunciar ninguna palabra inteligible.

—¡Malfoy, tenemos que llevarle a San Mungo! —le apremió Granger y a Draco le recordó aquella vez en tercero, cuando el hipogrifo de Hagrid le atacó y él acabó tirando en el suelo, sangrando y gritando que la bestia le había matado. Fue Granger quien le dijo a Hagrid que lo llevara a la enfermería.

—Ya me encargo —murmuró Draco, intentando llevar a Thickey hasta la puerta.

—Te ayudo —replicó ella. Draco no protestó.

Entre los dos, llevando a Thickey casi en volandas, llegaron hasta un ascensor. Nadie podía aparecerse en el ministerio por cuestiones de seguridad así que tuvieron que llevarle hasta la planta alta, salir por una de las chimeneas y acabar en los baños públicos del teatro abandonado que constituía una de las entradas al edificio.

Pensó que Granger le dejaría entonces pero ella no hizo ademán de soltar a Thickey cuando Draco dijo que iba aparecerse con él en San Mungo. Así, los tres aparecieron en el hall del hospital mágico.

Una sanadora regordeta y con rostro severo se acercó rápidamente a ellos.

—¿Otra vez, Malfoy? —le interrogó, exasperada.

—Eso me temo, Agnes —murmuró Draco, con una sonrisa renuente. Agnes Adkins era una de las sanadoras del hospital a cargo del aprovisionamiento de Pociones. Draco la conocía bastante bien así que sabía que bajo su apariencia austera la bruja tenía un gran sentido del humor.

—¿Qué ha sido esta vez? —preguntó, colocando a Thickey en una camilla con un hechizo levitador —¿Judías soporíferas, crisopos y escarabajos?

—Eso fue la semana pasada. Yo apostaría por Esencia de Sue y Cetinodia.

—Algún día acabará muerto —negó Agnes con la cabeza, se despidió con un ademán y empujó la camilla de Thickney a lo largo del pasillo.

Granger le miraba desconcertada, como si fuera una sorpresa para ella que Draco tuviera sentido del humor.

—¿Esto… esto pasa a menudo?

—Todas las semanas. Si Thickey está inspirado, unas dos o tres veces por semana. Pasa más por San Mungo que ningún auror. Todos los sanadores le conocen.

—Pero, ¿por qué prueba las pociones en sí mismo? Pensaba que utilizabais Clabberts.

Los clabberts eran criaturas a medio camino entre un primate y una rana, con una increíble capacidad para regenerarse. Las pociones sólo les afectaban durante un breve período de tiempo y nunca les causaban la muerte.

—Y lo hacemos, pero a Thickey le gusta innovar y experimentar por sí mismo los efectos.

—¿Y Worth lo permite? —preguntó Granger, frunciendo el ceño. No en vano era la máxima responsable de la aplicación de la Ley Mágica. Descubrir irregularidades dentro del propio Ministerio debía ser algo inconcebible para ella.

Draco se limitó a encogerse de hombros. No quería comprometer a Darline Worth y además era consciente de que nadie podía apartar a Thickey de sus curiosas prácticas, de la misma manera que era imposible convencer a Higgs de que nadie quería envenenarle, así que decidió cambiar de tema.

—A todo esto, Granger, ¿la directora del departamento de Aplicación de la Ley mágica puede abandonar el Ministerio así como así cuando le plazca?

Granger frunció aún más el ceño y adoptó esa expresión de altivez sabelotodo de sus mejores tiempos en Hogwarts, con la punta de la nariz casi en horizontal al techo.

—Tengo un descanso de una hora —respondió, con soniquete.

—En ese caso, ¿quieres tomar algo conmigo en El caldero chorreante?


¡Hola!

Este es el primer dramione post-epílogo que escribo. Siempre finjo que el epílogo no existe de la misma manera que los padres fingen que Papa Noel existe: para mantener la ilusión. Pero Sig me pidió un dramione ambientado en el epílogo con Hermione divorciada y Draco enterándose de la noticia a través de Scorpius, casualmente. Así que era necesario que Scorpius y Rose fueran amigos, lo que me daba todo el juego para volver a enredar las vidas de Draco y Hermione.

No estoy tratando de insinuar Rose/Scorpius en ningún momento xD En cuanto a las profesiones de Draco y Hermione, JK confirmó que Hermione, tras trabajar en el departamento de Regulación de Criaturas mágicas, acabó en el Departamento de aplicación de la Ley Mágica, en un puesto de poder. De la profesión de Draco nunca ha dicho nada. Tenía que colocarlo en el Ministerio por comodidad, pero no quería darle un empleo glamouroso. Los tiempos de esplendor de los Malfoy han pasado. Así que se me ocurrió que Draco se dedicara a algo relacionado con las pociones, un sector que se relacione poco con el resto, un trabajo con poco prestigio.

Respecto a Scorpius, JK dijo que era una versión mejorada de su padre. Quiero creer que Draco intentó no cometer con sus hijos los mismos errores que Lucius había cometido con él, que le educó de una manera diferente, sin tratar de inculcarle todos los prejuicios de la sangre, así que me parece posible, por qué no, que acabara haciéndose amigo de Rose.

Sobre Astoria, se sabe muy poco de ella. Sólo que JK no quiso dejar a Draco con Pansy porque detestaba a Pansy (y era la anti-Hermione) así que supongo que Astoria no se parece mucho a Pansy. No quiero plantear las cosas como Astoria La Que Sufre y Draco El Adultero. El suyo, en este fic, ha sido un matrimonio de conveniencia y Astoria no es una arpía malmetedora. Y Draco es un hombre desencantado, que siente que lo único bueno que ha hecho en su vida es a su hijo Scorpius y que lleva 20 años colado por la misma mujer.

Sobre las razones del divorcio de Ron y Hermione ya hablaré más adelante ;) pero toda la idea de la petición de Sig salió a raíz de un comentario que hizo Joss Whedon (creador de Buffy) sobre la saga, diciendo que si fuera real, Ron y Hermione se divorciarían xD

Calculo que la historia tendrá unos tres capítulos, mini longfic a no ser que me enrolle más de la cuenta :) Corto ya porque la N/A va a ser más larga que el propio fic a este paso xD Espero que os haya gustado porque escribir esto está siendo un auténtico reto. El segundo capítulo espero subirlo en cosa de una semana como mucho ;)

Gracias de antemano!

Con mucho cariño, Dry.