Lamento el retraso pero he tenido un pequeño bloqueo con el final. Al final he salido adelante pero me veo en la obligación de advertiros que quizás se os suba el azúcar leyendo este capítulo xDDDD También os pido disculpas por no haber podido responder a los reviews por falta de tiempo, pero en este capítulo haré :)

Como había previsto, es el capítulo final. Extralargo, pero el fic no da para más. Parece que me he aficionado a los minifics de 6 capítulos xD


Para Sig, por darme la idea y todo su aliento :) Y para todxs lxs que lo habéis leído, por todo vuestro apoyo :)


Capítulo 6

There's nothing I can do
My heart is chained to you
And I can't get free
Look what this love done to me

Sus primeros meses en el Ministerio, Hermione consideraba los ascensores como una más de las curiosidades del mundo mágico. En cierto modo pensaba en ellos como en una especie de animal salvaje o quizás un carro tirado por thestrals que nadie podía ver. Daban tanto tremendos acelerones como bruscas frenadas que te estrellaban contra las puertas si no ibas bien agarrada. También traqueteaban de forma extraña, como si el metal se quejara, cuando tenía que subir hasta la última planta. Y las campanillas que sonaban cuando entrabas o salías tenían un timbre único que Hermione nunca había escuchado en ningún otro lugar.

Pero con el tiempo, especialmente ese día, encontraba particularmente irritante su lentitud cuando se trataba de subir y no de descender o avanzar hacia los lados. Había tenido que bajar a la última planta para hablar con el Departamento de Misterios, tan misterioso que ni su propia directora parecía saber qué demonios hacían sus trabajadores, y ahora le tocaba regresar a su despacho.

La última planta del Ministerio aún le daba escalofríos desde aquella vez en que se coló allí con Harry y Ron para recuperar el guardapelo de Slytherin. Los dementores habían desaparecido y ya no juzgaban a nadie por haber nacido de padres no mágicos pero Hermione se sentía incómoda en ese lugar, como si la magia negra lo impregnara.

No le gustaba bajar allí ni le había gustado el vuelco que le dio el corazón cuando Travis de Accidentes Mágicos se bajó en la quinta planta, donde trabajaba Draco Malfoy.

Llevaba exactamente una semana y cinco días sin verlo, desde que él la había visitado en su despacho para pedirle que se dieran una oportunidad.

"Te quiero a ti", había dicho, y desde ese momento, Hermione se había pasado las horas buscando razones lógicas al hecho de que no hubiera ido a buscarlo. Había confeccionado una lista con la misma meticulosidad con la que redactaba el borrador de cualquier ley o anteproyecto. La encabezaba el hecho de que él acababa de divorciarse, probablemente por su culpa. Cuando una vocecita la decía que podía ser culpa suya o no pero ya estaba hecho, Hermione saltaba a la siguiente excusa. Sus hijos. ¿Cómo se lo tomarían Rose y Hugo si empezara a salir con otro hombre?

Ya había pasado un año y medio desde que se había divorciado de Ron, pero que ella supiera él no había conocido a nadie. Es más, estaba segura de que no era así porque Ron era físicamente incapaz de disimular algo. Se habían visto el fin de semana pasado y ella no había notado nada extraño en él.

¿Y si a Rose y Hugo no les gustaba Draco? ¿Y si sencillamente no les parecía bien que rehiciera su vida con otro hombre que no era su padre? Lo mismo podría decirse de Scorpius. Al menos sus hijos ya se habían hecho a la idea de que sus padres se habían separado pero Scorpius había tenido apenas un mes.

Y para ser honesta, también tenía miedo de la reacción de su entorno si empezaba a salir con Draco Malfoy, sobre todo la de Ron. Era cierto que habían pasado muchos desde que habían dejado el colegio. Entonces eran apenas niños, pero Ron había dejado claro al animar a Rose a no relacionarse con Scorpius que no perdonaba ni olvidaba.

Si el hijo de Draco no le gustaba era porque detestaba a su padre. Tampoco creía que Harry se mostrara entusiasmado con la idea, ni Ginny. Pensarían que se había vuelto loca. No podía culparles, si un año atrás hubiera podido ver el futuro a través de un agujerito, no le hubiera dado ninguna credibilidad.

Pero luego la vocecita le decía que todas sus excusas tenían que ver con otras personas y no con ella misma.

"¿Qué quieres tú, Hermione?"

Mientras meditaba sobre esa pregunta, el ascensor se detuvo bruscamente –tanto que Hermione tuvo que agarrarse a la barandilla para no caerse –y las puertas se abrieron con un tintineo de campanillas. La voz en off le indicó que se encontraba en la quinta planta.

Sintió el salto de su corazón dentro del pecho al encontrarse a Draco Malfoy al otro lado, mirándola con sorpresa y tal vez con cierta ansiedad y melancolía. Pero no iba solo. Worth, una bruja corpulenta y con el pelo oscuro recogido en un moño alto, lo ayudaba a sostener a Thickey.

Esta vez, su rostro tenía un tono naranja zanahoria de lo más sospechoso. Hermione se dio cuenta de que le salían ramilletes de hojas del cuello y las mangas de la túnica verde de su sección. Pensó que estaba inconsciente porque tenía los ojos en blanco, pero se dio cuenta de que barbotaba algo sin sentido, como si no pudiera mover la lengua.

Con grandes dificultades, los dos brujos arrastraron a Thickey dentro del ascensor y Hermione quedó arrinconada en una esquina, detrás de Draco. Las puertas se cerraron y el ascensor se puso en marcha en medio de un silencio tenso, sólo roto por los murmullos incongruentes de Thickey.

Hermione agradeció que Draco le diera la espalda. No habría sido capaz de mirarlo a la cara. Pero aún así era incómodo tenerlo tan cerca, sobre todo porque podía oler su perfume y el suave toque de distintos ingredientes que usaba para sus pociones.

Cerró los ojos y casi inconscientemente comenzó a identificar los aromas. Jengibre, mandrágora, acónito y tal vez espliego. Hacía tiempo que no preparaba una poción pero reconocía los olores.

Entonces el ascensor dio un frenazo y Hermione sintió cómo le rozaban la mano. En un primer momento pensó que había sido accidental, pero después notó los dedos de Draco explorando el dorso de su mano y deslizándosele por la palma.

Podría haberse apartado. Debería haberlo hecho dado que aún no había tomado una decisión, pero sus dedos se cerraron en torno a los de Draco como si tuvieran voluntad propia. Él le devolvió el apretón sin moverse, sin intentar volverse hacia ella, sin embargo fue suficiente para que Hermione experimentara una emoción extraña en el corazón. Como si estuviera inflamándose.

Pero entonces el ascensor se detuvo y la voz en off anunció que habían llegado a la segunda planta. Su destino.

Salir del ascensor fue complicado, no sólo porque Draco no soltó su mano hasta que fue imprescindible sino porque estaban tan apretados que casi no tenía espacio para pasar. Tras varias maniobras un tanto ridículas y después de que Thickey casi se cayera al suelo, Hermione logró salir fuera y se quedó ahí parada, hasta que las puertas se cerraron de nuevo.

Lo último que vio antes de que el ascensor desapareciera rumbo a la primera planta fueron los ojos grises de Malfoy mirándola de esa manera.

"Te quiero a ti", recordó. Y la vocecita en su mente volvió a preguntarle qué quería ella. Se quedó unos instantes parada en el hall del segundo piso hasta que Lewis de transportes mágicos la saludó al pasar. Entonces se obligó a regresar a su despacho y a centrar la cabeza en el trabajo aunque sabía que sería inútil.

De no ser por Joanna Creevey no habría sobrevivido todos esos días. Estaba ausente y distraída todo el tiempo, olvidaba constantemente las cosas que tenía pendientes y tenía constantemente una especie de pinchazo en lo profundo del pecho que la molestaba hasta por las noches cuando intentaba dormir.

Joanna estaba esperándola en su despacho. Había puesto una taza de té en la mesa de Hermione y le sonrió al verla.

Hermione se obligó a devolverle la sonrisa y fue a coger la taza pero la mano le temblaba desde que Draco se la había soltado así que acabó derribando la taza y el té encharcó su escritorio.

—¡Maldita sea! —masculló y empezó a recoger pergaminos y correos internos empapados.

—No se preocupe, directora —dijo Joanna con dulzura —yo me encargaré.

Normalmente Hermione habría discutido pero se sentía tan exhausta que la dejó hacer y se sentó en su silla, mientras Joanna recogía todo aquel desastre y secaba los papeles con un eficiente hechizo. Probablemente ella no hubiera sido capaz de hacerlo en el estado de nervios permanentes en que se encontraba.

Quiso darle las gracias a su ayudante pero se dio cuenta de que tenía lágrimas en los ojos y un nudo absurdo en la garganta.

—Directora, ¿se encuentra usted bien? —le preguntó Joanna y Hermione la oyó acercarse, más que verla.

Quiso decirle que se encontraba bien y que tenían que volver al trabajo, pero no le salió la voz.

—¿Tiene…tiene que ver con Malfoy el del Comité de Pociones? —pregunto Joanna con timidez.

Hermione parpadeó con fuerza y no se atrevió a responder hasta que notó los ojos secos.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó.

Joanna hizo una mueca de disculpa.

—Bueno, os veía todos los días en el Caldero Chorreante pero desde hace un mes usted ya no va por allí. Él en cambio está allí todos los días, a la misma hora. Y creo que está esperándola.

Draco, pensó. Y de pronto se sintió tan triste y cansada de luchar contra lo evidente, que con voz baja y trémula le habló a su ayudante de todos esos meses, le contó todo lo que nunca le había contado a nadie. Las largas charlas en el Caldero Chorreante, de la visita a Ollivander, el beso en el laboratorio y finalmente el encuentro que había tenido lugar esa misma mañana en el ascensor.

Joanna escuchó en silencio, sin hacer gestos de desaprobación, ni siquiera de sorpresa, cosa que Hermione la agradeció profundamente. Cuando terminó de hablar, la joven bruja la miró a los ojos.

—¿Y qué va a hacer? —le preguntó.

Hermione suspiró.

—No lo sé.

—¿Usted le…bueno, le… —Joanna enrojeció, incapaz de plantearle una pregunta tan íntima a su jefa.

—¿Si le quiero? —acortó Hermione y la joven asintió.

Una cosa era mentirse a sí misma, pero ¿podría mentir a Joanna? ¿Decir que no estaba enamorada de Draco Malfoy en voz alta?

—Sí —reconoció, y sintió una enorme sensación de alivio al decirlo, mucho más fuerte que su sentimiento de culpa.

—Pues entonces yo creo que debería ir a buscarlo —dijo la joven y regresó a su pequeña mesa de trabajo con tanta tranquilidad como si acabara de recordarle la cita que tenía a la una.


A Hermione le temblaban tanto las manos –todo el cuerpo –cuando se apareció en una orilla del camino que le sorprendió no haber sufrido una despartición. Comprobando rápidamente que nadie la hubiera visto, se guardó la varita en el bolsillo y echó a andar hacia su destino.

Se trataba de un solitario camino empedrado que moría a los pies de una mansión.

Hermione pensó que Malfoy Hall no se parecía nada a Malfoy Manor. La finca debía de tener la mitad de tamaño y los setos no eran tan altos. Si se ponía de puntillas podía ver por encima de ellos el cuidado jardín y la casa de piedra gris. Hermosa y elegante pero no ostentosa. Tampoco las cancelas de la propiedad tenían maleficios ni hechizos de protección, de hecho se abrieron en cuanto Hermione se acercó, como si le dieran la bienvenida. Ella lo agradeció porque era posible que hubiera perdido el valor de tener que llamar.

Un sendero de grava cruzaba el jardín y terminaba en el porche de la mansión. A un lado había una pequeña terraza en la que un hombre sentado en un butacón de mimbre leía un libro.

Además del pelo platino, el perfil regio y elegante lo delataba. Las pestañas largas y claras, la nariz recta y el gesto obstinado de la boca. Leía completamente ajeno a su presencia.

Si hubiera querido podría haber dado marcha atrás o desaparecerse sin que él lo hubiera notado, pero los pies de Hermione se movían solos, llevándola hacia él como si flotaran, más que caminaran, sobre la gravilla.

Creyó que una vez allí sentiría dudas, sentiría miedo y quizás incluso se arrepentiría de la decisión que había tomado, pero Hermione Jane Granger no sentía nada de eso.

Sólo sentía su corazón latiendo con tanta fuerza que le sorprendía que él no la hubiera escuchado todavía. Sentía un nudo de nervios en el estómago y un temblor ridículo en las manos como el de una adolescente a la que acabaran de darle su primer beso, pero siguió caminando.

Y entonces, Draco apartó la mirada del libro y la vio. Sus ojos y su boca se abrieron de sorpresa durante unos segundos, después se puso en pie. Se quedó parado, mirándola fijamente como si se tratara de un espejismo o una ilusión, pero cuando pareció estar seguro de que era de carne y hueso, soltó el libro de cualquier manera y bajó rápidamente hasta el sendero de grava por el que Hermione se acercaba.

Se detuvo allí y ella también lo hizo, y los dos se contemplaron durante un largo instante como si estuvieran esperando por algo. Entonces Hermione sonrió, una sonrisa temblorosa pero alentadora, y Draco echó a andar hacia ella, a zancadas.

Ella lo imitó y se encontraron a medio camino. Las botas de Hermione se hundieron en la gravilla cuando se puso de puntillas y le echó los brazos al cuello para besarle. Él la abrazó por la cintura y la besó en la boca con tanta fuerza que se tambalearon por unos instantes pero a ninguno de los dos le importó, y siguieron besándose.

Esta vez no fue un beso lento, casi de reconocimiento. Fue rápido, brusco, un beso reprimido durante demasiado tiempo. Un beso como si lo hubieran esperado toda la vida.

Y cuando se apartaron, despacio, sin ganas –él le robó tres besos cortos, antes de dejarla ir –Hermione tenía lágrimas en los ojos y a Draco le latía el corazón con tanta violencia que hasta ella lo podía sentir.

—Pensaba que no ibas a venir —susurró él, con la voz tomada. Y Hermione pudo sentirlo. El miedo, la falta de esperanza, la tristeza que había sentido mientras esperaba su decisión.

—Fui a buscarte al laboratorio en cuanto salí de trabajar—le confesó —Higgs me dijo que te habías ido a casa hacía media hora. También me dijo que la hidromiel del Caldero Chorreante estaba envenenada.

—Eso es que le caes bien —señaló Draco, rozándole la punta de la nariz.

Hermione sonrió por primera vez en semanas.

—¿Y Thickey está bien? Esta mañana parecía estar convirtiéndose en una zanahoria.

—Los sanadores han dicho que estará naranja durante una temporada pero supongo que se recuperará —y se encogió de hombros, como si Thickey no le importara.

A Hermione tampoco le preocupaba mucho el mago en esos momentos, así que le acarició el rostro con una mano. Draco cerró los ojos y entonces, lo que le había llevado tanto tiempo admitir, le salió solo.

—Te quiero —declaró. Era verdad, de otro modo nunca habría ido allí. Y él lo sabía, a juzgar por el modo en que la miró. Cogió la mano de Hermione y besó la yema de los dedos. Después la besó en la boca, un beso largo, concienzudo, dibujando círculos en torno a su lengua, y luego se apartó y le plantó los labios húmedos y calientes en el cuello.

Hermione sintió todo su cuerpo deshaciéndose en las manos de Draco, incapaz de recordar la última vez que había experimentado algo así, consciente de lo que lo deseaba. Suspiró, aferrándose con ambas manos a su nuca, y entre besos y caricias, Draco comenzó a guiarla hacia el interior de la casa.

Se apartó un instante, sin soltarle la mano, para subir por las escaleras. La besó en la boca y después abrió la puerta. La guió lentamente, soltándola lo justo para avanzar unos pasos, para después besarla y tocarla en cualquier rincón de la casa.

De esa manera, Hermione apenas pudo ver el interior de la mansión. Sólo podía abrir los ojos cuando él dejaba de acariciarla, lo cual no sucedía durante más de cinco segundos. Y así llegaron a la puerta de su habitación.

Draco se detuvo allí y la miró, en una muda pregunta. Y esta vez fue Hermione quien lo besó, le tomó la mano y lo guió dentro.

Allí volvieron a besarse, atrapándose los labios y rozándose con la lengua mientras sus manos se quitaban la ropa. La túnica de directora de Hermione se abrochaba en el pecho, hacia un lado. Draco desabrochó los primeros botones con relativa soltura pero cuando llegó al botón que quedaba justo sobre su pecho, las manos le temblaban tanto que le llevó varias intentonas conseguirlo. Pero siguió bajando y con la ayuda de Hermione lograron desabotonarlos todos hasta que la túnica negra cayó al suelo.

Después le llegó el turno a la túnica de Draco que tenía unos diminutos botones en la nuca. Hermione le rodeó el cuello con los brazos y comenzó a desabotonarlos mientras él la besaba y le acariciaba el cuerpo. Tenía las manos ligeramente ásperas e incluso alguna quemadura después de tantos años elaborando pociones, pero Hermione se estremecía tanto cada vez que él la tocaba que tuvo que apretar las rodillas para que dejaran de temblarle.

Logró deshacerse de tres botones y entonces Draco se apartó un momento y se sacó la túnica por la cabeza de un tirón, aplastándose el pelo hacia atrás. La arrojó lejos y volvió a poner sus manos sobre el cuerpo de Hermione.

La besó y la llevó suavemente hacia atrás hasta que cayeron sobre la cama, el cuerpo de Draco sobre el de ella, con una rodilla entre sus piernas. Las despojó de las botas y de la ropa interior con una ansiedad tierna en su torpeza y entonces se paró a contemplarla.

Hermione ya no era una adolescente. Tenía casi treinta y siete años y dos hijos. Y nunca había estado íntimamente con un hombre que no fuera Ron. Draco había esperado ese momento durante veinte años. Estar a la altura de sus expectativas era sencillamente imposible.

Se removió inquieta y trató de atraerlo hacia ella para que dejara de mirarla, pero Draco no se movió durante un buen rato, sin dejar de contemplarla como si fuera lo más hermoso que hubiera visto.

Ron jamás la había mirado de esa manera. Nunca una mirada había logrado incomodarla y excitarla tanto al mismo tiempo. Impaciente, acarició el torso pálido y esbelto de Draco, y notó cómo se le endurecía el cuerpo bajo la palma de su mano y cómo contraía el abdomen cuando ella lo tocaba.

Después él volvió a besarla y Hermione sintió una expectación en el bajo vientre que hacía años que no experimentaba. Apretó los muslos contra la pierna de Draco cuando él dejó su cuello y la besó en el pecho. Primero en uno, luego en el otro, cubriendo sus pezones con la boca y tocándolos con la lengua hasta que Hermione jadeó, acariciándole el pelo. Después siguió bajando y la besó en el vientre, colándole la lengua en el ombligo. La besó allí, en las caderas, entre las piernas, en los muslos e incluso le dio la vuelta y la besó en el interior de las rodillas y por toda la espalda.

Volvió a girarla y entonces Hermione le puso una mano en el pecho y lo empujó hacia un lado. Cuando Draco cayó en la cama, se sentó sobre él y le devolvió todos los besos. En el cuello, las clavículas, las cicatrices del pecho, el abdomen y hasta la marca oscura y desdibujada del anterior del antebrazo izquierdo.

Entonces Draco se apoyó en las manos y pegó la espalda al cabecero, con Hermione sentada sobre él. Volvieron a besarse y sólo dejaron de hacerlo cuando Hermione se alzó, cambió de ángulo y descendió sobre él con un jadeo.

Apoyó la barbilla en su hombro cuando los dos comenzaron a moverse con el mismo compás, balanceando las caderas guiada las manos de Draco. Pero cuando empezó a gemir a media voz, él buscó sus labios para tragarse sus jadeos y durante minutos más que besarse, respiraron el uno en la boca del otro, gimieron el uno en la boca del otro, hasta que al final Hermione arqueó la espalda y lanzando una exclamación más alta de lo que había pretendido, alcanzó el clímax.

Con los ojos llenos de lágrimas, abrazó a Draco, temblando de placer, y continuó moviéndose durante unos instantes más, hasta que la siguió al orgasmo.

Entonces él la envolvió en sus brazos y Hermione supo que, pesara a quien pesara, que ellos dos estuvieran juntos no podía estar mal.


Cuando la vieja elfina doméstica de Malfoy Manor le abrió las puertas, Draco se dio cuenta de que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que visitó a su madre. Sólo había ido un par de veces desde Navidades, pero no se trataba tanto de ser un mal hijo como de los malos recuerdos que le traía ese lugar. Y desde que su padre había muerto, a Draco se le hacía todavía más difícil estar allí.

Cuando Lucius murió, Narcissa redujo el servicio a la vieja elfina doméstica que la había cuidado toda la vida, y desde la guerra no habían vuelto a usar el comedor ni el salón de dibujo, así que la mitad de la mansión parecía desocupada y vacía.

Draco había animado a su madre a comprarse otra casa o a mudarse con él, pero Narcissa se había empeñado en seguir allí, y el lugar parecía más que nunca un mausoleo a Lucius o quizás un ostentoso superviviente de los horrores de la guerra.

Encontró a su madre en un pequeño salón donde solía tomar el té o beber alguna copa de vino de Ogden. Cuando Draco era pequeño también era el lugar donde solía recibir a sus amigas pero después de la guerra ya no recibían visitas.

Narcissa estaba sentada en un sillón tapizado, bebiendo una taza de té. Mechones de color perla se mezclaban con su lustroso pelo dorado y había adelgazado bastante desde que se enviudó, pero seguía siendo hermosa. Sonrió al ver a su hijo y un abanico de arrugas se dibujó junto a sus ojos grises.

Draco la besó en una mejilla y se sentó a su lado. Charlaron durante un rato sobre todo y nada, y llegado el momento su madre se interesó por Astoria.

—Está bien —le contestó Draco. Astoria había pasado por Malfoy Hall hacía un par de días a recoger alguna de las cosas que se había dejado allí y a elaborar con él un calendario de las semanas que cada uno pasaría con Scorpius durante el verano.

No hubo tensión ni incomodidad entre ellos. Astoria le habló de sus planes de pasar unas semanas en Francia y Draco le confesó que había iniciado una relación con Hermione. Su exmujer lo felicitó sinceramente. Aunque muy diplomática, Astoria nunca mentía. Si no se hubiera alegrado por él, sencillamente habría eludido el tema.

—¿Y tú? ¿Cómo estás tú? —le preguntó Narcissa, contemplándolo enigmáticamente —Te veo… diferente.

Draco había ido a Malfoy Manor expresamente para que su madre se enterara por él y no por teceras personas de lo de Hermione, así que decidió afrontarlo sin dar rodeos.

—He empezado a salir con alguien —dijo —Se trata de Hermione Granger. No creo que la recuerdes, es…

—La recuerdo —lo interrumpió su madre y Draco trató de adivinar qué pensaba al respecto por su tono o la expresión de su rostro, pero Narcissa se mantuvo neutra. Completamente neutra.

—No pareces sorprendida —murmuró él.

Su madre lo miró de nuevo de esa forma enigmática, como si supiera más de lo que dejaba ver, y cogió su mano.

—Una madre sabe, siempre sabe —declaró y Draco agradeció que no le hiciera ningún reproche. No había esperado que lo hiciera, especialmente desde que había hecho las paces con su hermana Andromeda, viuda de un hijo de muggles, pero aún así se sintió aliviado.

Se quedaron callados durante unos segundos, después Narcissa lo observó con nostalgia.

—Tienes mis ojos y el rostro de tu padre, pero tu barbilla es igual que la de tu tía Andromeda. Puntiaguda y obstinada. ¿Te lo había dicho alguna vez?

Draco asintió. Se lo había dicho muchas veces desde que era pequeño, pero nunca había entendido en qué sentido lo decía hasta ese día. Como si le leyera la mente, Narcissa sonrió y le dio una palmadita en la mano.


—¡Por los pantalones de Merlín! ¿Con Draco Malfoy? ¿En serio? ¿El mismo Draco Malfoy que tú y yo conocemos?

—Ron, baja la voz, vas a despertar a Hugo —lo amonestó Hermione, aunque no frunció demasiado el ceño. Todavía temía por la reacción de Ron cuando realmente comenzara a asimilar lo que acababa de contarle.

—Lo siento, pero es que… ¿Malfoy? ¿En serio? —repitió el pelirrojo, con la boca muy abierta. Por supuesto, no bajó la voz.

—Sí, Ron, Draco Malfoy. El único Draco Malfoy que conocemos —contestó, tratando de mantenerse tranquila y relajada.

Ron separó los labios como si fuera a volver a decir "¿En serio?" pero no emitió ningún sonido durante un buen rato. Primero se puso colorado hasta las orejas, luego hizo una mueca, como si se hubiera atragantado. Después se levantó, pero volvió a sentarse enseguida. Y al final se puso en pie de nuevo, caminó hasta el fregadero y se bebió un vaso de agua. Entonces pareció preparado para hablar de nuevo.

—Todo esto es culpa mía —declaró, mortificado.

Hermione había esperado muchas posibles reacciones de Ron, pero ni en sus más alocados pronósticos había imaginado que él fuera a decir eso.

—¿Cómo? —barbotó.

—Sí —Ron negó con la cabeza, con gesto contrito —Te he dejado demasiado sola. Creía que era lo mejor porque al principio vernos era, bueno, un poco raro pero debí visitarte más, hablar más contigo cuando me traías a los niños…

—Ron —lo interrumpió Hermione. No sabía si sentirse enternecida u ofendida —No estoy con Draco porque me haya vuelto loca de soledad. Estoy con él porque quiero. Sé que resulta un poco difícil de asimilar, pero no es el Draco Malfoy que tú recuerdas. Ha cambiado mucho… —por un instante sintió la tentación de explicarle a Ron por qué se había enamorado de Draco, pero le pareció que su ex marido no estaba preparado para oír eso —Y me trata muy bien.

Ni siquiera Ron podría ponerle ni una pega en ese sentido. No es que él la hubiera tratado mal cuando estuvieron juntos, pero Ron era un poco torpe con todo lo que tenía que ver con demostrar afecto. A menudo la trataba más como se trata a una amiga que como a su pareja. Draco no tenía nada que ver con eso.

Sin embargo, Ron no parecía muy convencido de que Draco la tratara bien. O tal vez seguía pensando que se había vuelto loca desde que él ya no estaba tan presente en su vida.

—Si tú lo dices… pero si alguna vez se pasa de la raya…

—Te lo haré saber —prometió Hermione. Le dio un beso en la mejilla y salió del apartamento de Ron, dejándolo solo para que se hiciera a la idea.


Draco llamó a la puerta del despacho de Hermione y abrió cuando escuchó la voz de la bruja invitándolo a entrar. Hermione estaba sentada a la mesa, escribiendo con una pluma de águila en un pergamino. Su ayudante, que trabajaba en un pequeño escritorio a la izquierda, abrió muchos los ojos al ver a Draco.

—¿Puedo hablar un momento con usted, directora Granger? —preguntó Draco, con pomposidad intencionada.

Joanna Creevey se puso en pie rápidamente, como si tuviera un resorte.

—Vaya, he olvidado echarle azúcar a mí café, así que bueno, yo…yo… —y desapareció por la puerta entreabierta, sin terminar la frase y sin llevarse su taza de café. Draco decidió que Hermione tenía bien enseñada a su ayudante.

—¿Qué es eso que no puede esperar? —lo interrogó Hermione. Dejó la pluma y se estiró en la silla, sonriente.

—Ha sucedido algo curioso en el Comité de Pociones —comentó Draco, sentándose frente a Hermione. La examinó buscando algo que la delatara pero ella permaneció tranquila, la viva imagen de la inocencia —Worth ha dimitido.

—¿De verdad? —preguntó Hermione, presuntamente sorprendida. Pero Draco no se fiaba. Todo era demasiado sospechoso.

—Sí. Ha aparecido esta mañana, nos ha dicho que dimitía y que su última decisión era nombrar a Donovan como su sucesor en el puesto.

—¿A Donovan? —repitió ella, y en esa ocasión sí que parecía genuinamente sorprendida.

—Sí, pero eso no es lo más extraño. Donovan se despertó hace un rato y cuando le informé de que era el nuevo jefe me hizo llamar a Thickey, Higgs y Kettle. Cuando estuvimos todos, dijo, y cito textualmente, "Mi primera decisión como Jefe del Comité de Pociones es nombrar nuevo Jefe del Comité de Pociones a Draco Malfoy. Mi última decisión como Jefe del Comité de Pociones es dimitir del cargo de Jefe del Comité de Pociones". Y después, no te lo vas a creer, volvió a dormirse.

Esa vez, Hermione no pudo contener una risilla mal disimulada que pronto se convirtió en una carcajada. Para Draco era la prueba manifiesta de que estaba implicada en lo que había sucedido.

—Hermione, ¿puedo saber qué has hecho? —le preguntó, irritado.

Con gran esfuerzo por su parte, ella logró dejar de reírse y adoptar una expresión casi avergonzada.

—En realidad no he hecho nada. Ayer me encontré a Worth en el ascensor. Estaba muy alterada y me di cuenta de que estaba llorando. Le pregunté si le pasaba algo. Al principio me dijo que no, pero luego me dijo que no aguantaba más trabajar en el Comité de Pociones. Dijo que todos eran una panda de locos y que no podía soportarlo más. Dijo que por eso había pasado medio año en África.

—Y tú la animaste a dimitir —intervino Draco. No podía negar que se sentía en cierto modo orgulloso de ella por ese toque de astucia.

—Por supuesto que no —Hermione intentó fingirse ofendida, como si ella fuera incapaz de hacer algo así —Me confesó que lo que a ella realmente le gustaba eran las pociones curativas y yo le comenté que había un puesto libre en San Mungo… Después salí del ascensor y regresé a mi despacho a encargarme de que se cumpla la Ley Mágica —finalizó, con expresión estoica.

Draco la observó con los ojos entrecerrados de sospecha.

—¿Y Donovan? —preguntó.

—Juro que no tuve nada que ver en eso —prometió Hermione, enseñando las palmas de sus manos en señal de inocencia —Te dio el puesto porque eres el mejor del Comité. Hasta él, que se pasa el día durmiendo, lo sabe.

Draco intentó disimular lo mucho que le gustaba que ella lo alabara y se puso de pie.

—¿Ya te vas? —le preguntó Hermione, haciendo un mohín con los labios.

Él se inclinó sobre la mesa y le dio un largo beso en la boca.

—Sí, me voy —anunció —Tengo una "panda de locos" a la que dar órdenes.

Le guiñó un ojo a Hermione y salió de su despacho.


—Puede que no sean los mejores, pero los Chudley Cannons son auténticos —argumentó Ron acaloradamente. Tenía las orejas coloradas.

—No dudo que es entrañable que seas hincha de los Chudley Cannons después de que hayan estado a punto de descender a regional durante los últimos cincuenta años, pero es innegable que el mejor equipo de la liga británica son las Hollyhead Harpies —replicó Draco, con sarcasmo. Tenía las manos guardadas en los bolsillos de la túnica y permanecía inalterable en contraposición al pelirrojo.

—El Puddlemere United ha mejorado mucho en los últimos años —metió baza Harry. Hermione se dio cuenta de que estaba más de acuerdo con Draco que con Ron, pero por supuesto, no pensaba reconocerlo.

—¡Puddlemere United, Hollyhead Harpies! —escupió Ron con desdén —Es fácil ser de los equipos que siempre ganan pero el verdadero mérito está en apoyar a tu equipo cuando pierde.

—Entonces nadie puede igualar tu merito, Weasley, eso está claro —repuso Draco.

Ron se quedó callado unos instantes, como si no tuviera muy claro si Draco acababa de insultarle o de darle la razón. La verdad es que se las había ingeniado para hacer ambas cosas.

—Las Hollyhead Harpies también pierden a veces, no son tan buenas —Ron regresó a la carga enseguida, pero esta vez se dirigió a un lugar a donde Harry no podía seguirle.

—Sí lo son —replicó el moreno, bajo la mirada atenta de Ginny.

—Todo eso es muy interesante —intervino Hermione —Pero tal vez os gustaría despediros de vuestros hijos dado que no vais a volver a verlos hasta Navidades.

Al oírla, Draco y Ron miraron hacia abajo, para encontrarse a Scorpius, Rose y Hugo contemplándolos con impaciencia. Afortunadamente eso los disuadió de seguir con tus interminables discusiones ya fueran sobre quidditch, la copa de las Casas de Hogwarts o el tiempo.

Como de costumbre, la estación estaba abarrotada de estudiantes y familiares. Ese sería el primer año de Hugo en Hogwarts y estaba tan emocionado como lo había estado su hermana. Por eso en cuanto se despidió de sus padres y sus tíos, se lanzó corriendo al Expreso seguido de sus primos y de Scorpius. Buscaron un compartimento cercano a su familia y los más pequeños se apretaron contra el cristal, saludando a sus padres con una mano hasta que el Expreso se puso en marcha con un silbido.

Hermione contempló emocionada como el tren desaparecía, llevándose a sus dos hijos. Le parecía que había sido ayer cuando aún gateaban. Como si adivinara lo que estaba pensando, Draco le pasó un brazo por los hombros.

Ron los miró, ceñudo.

—Quizás los Chudley Cannon no ganen la liga, pero Slytherin ya puede despedirse de la Copa de las Casas mientras Rose esté en Hogwarts —dijo, tomándose su revancha.

Draco puso los ojos en blanco y Hermione abrió la boca para enfriar los ánimos pero por suerte Ginny agarró a su hermano y tiró de él para llevárselo.

—Nosotros ya nos vamos —les dijo, suspirando —Adiós. Despídete, Ronald.

—Adiós —gruñó Ron, como un niño al que le hubieran quitado su juguete favorito, y desapareció junto con los Potter por la columna que daba a la estación de King's Cross.

En cambio Draco y Hermione se quedaron un rato parados en el andén 9 y ¾, contemplando la vía vacía hasta que prácticamente sólo quedaron ellos.

—Bueno, supongo que nosotros también deberíamos irnos —dijo Hermione. Hizo ademán de encaminarse a la salida, pero Draco la retuvo.

—¿Sabes lo que deberíamos hacer? Irnos a vivir juntos.

Aunque estaba completamente serio, Hermione no podía dar crédito a lo que acababa de decir tan a la ligera, como si simplemente le hubiera propuesto ir a tomarse un helado en Florean Fortescue.

—¿Qué? —dijo con esa voz chillona que se le ponía cuando estaba nerviosa.

—Ya me has oído. Empieza a ser molesto tener la mitad de mi ropa en tu armario y la otra mitad en el mío. Y los niños están fuera, no volverán hasta Navidades.

Era evidente que no estaba bromeando.

—Es demasiado pronto —murmuró Hermione.

—¿Pronto? —Draco desechó su argumento con un soplido de incredulidad —Ya ha pasado más de un año desde que Weasley me amenazó con darme una paliza si me portaba mal contigo, según él, como la que su padre le dio al mío en Flourish&Botts allá por la Edad Media.

En un par de meses se cumpliría el año y medio desde que Hermione había ido a buscarlo a Malfoy Hall y a todos los efectos prácticamente ya vivían juntos. Eran pocas las noches que dormían separados, sólo cuando los niños estaban en casa.

—Pero los niños… —objetó Hermione.

—Los niños se llevan bien. Scorpius te adora y afortunadamente creo que a Rose y Hugo no les caigo tan mal como a su padre. Veníos a Malfoy Hall. Hay habitaciones de sobra para todos. Rose y Hugo podrán tener tres habitaciones cada uno si quieren.

—Rose y Hugo no necesitan tres habitaciones y no pienso vivir en Malfoy Hall —se obstinó Hermione. Había sido la casa que Draco había compartido con Astoria y no le parecía apropiado mudarse a allí.

—Pues iremos a tu casa. O compraremos otra, qué más da.

Draco hablaba de comprarse una casa como quien hablaba de comprarse un sombrero.

—No es tan sencillo, no se… —comenzó, pero él la interrumpió dándole un beso en los labios que hizo que se le aflojaran las rodillas.

—¿Qué me dices? —le preguntó con ojos brillantes, y Hermione supo que Draco había ganado esa batalla, pero por orgullo dijo:

—Lo pensaré.

Draco le dedicó una sonrisa torcida que decía a las claras que se sabía vencedor. Después le pasó un brazo por los hombros y los dos caminaron de vuelta a King's Cross, dejando atrás el lugar donde había empezado todo.


¡Hola!

Pues esto ha sido todo, ¿qué os ha parecido? Confieso que no estoy muy convencida con el final-final, no quería que fuera nada demasiado moñas ni demasiado soso y al final no sé para qué lado ha caído. En mi imaginación, pasado un tiempo prudencial -o lo que es lo mismo, el tiempo que le lleva a Draco convencer a Hermione xD -se acaban casando, pero es de esas cosas que no me atrevo a escribir por si rompo el marcador de fluffypuntos xDDDD. Por lo demás, obviamente tras pensárselo un poco, Hermione se fue a buscar a Draco y... bueno, lo celebraron xDDD

También quería poner un poco la reacción de Narcissa -que, como su hijo, ha dejado atrás los prejuicios después de tantos años -y del pobre Ron xD No quería ponerlo montando en cólera porque son adultos y además están divorciados, pero por supuesto, se quedaría en shock con una noticia así. Los imagino a él y a Draco discutiendo siempre que pueden sobre cualquier tontería xD

Por otro lado, me daba pena dejar a Draco con esa jefa tan desagradable y quería humanizar un poco a la pobre Worth (que yo la entiendo, con eso de no soportar más trabajar en esas condiciones xD) así que ahora Draco es su propio jefe por intercesión de Donovan (habla poco, pero siempre dice cosas que merece la pena oír xD).

Y con esto doy por finalizado un dramione que nunca creí que me atrevería a escribir. Gracias a Sig por imaginarlo y a todxs por mandarme ánimos e inspiración. Por ser el último capítulo, me haría especial ilusión saber lo que pensáis :) Como ya digo, responderé a todos los reviews aunque tarde un poco -me marcho de vacaciones en un par de días -. Recordad dejarme vuestros correos con paréntesis si no tenéis cuenta en fanfiction, que si no la página se los come.

Muchas gracias por acompañarme en este viaje a "Diecinueve años después" :)

Con cariño, Dry.

PD: Click a "Review this chapter" para "celebrar" lo que te apetezca con Draco ;)