Disclaimer:Los personajes son de S. Meyer. Pero las versiones de esta historia y lo que pase en ella, me atrevo a decir tienen la influencia de mi mente.

Teenage Dreams Twilight Contest.

Nombre de la historia: 'The One That Got Away'
Nombre de la autora: Kaprii Mellark
Pareja: Bella y Edward
Número de palabras: 7.240 (según Word)
Rated/Advertencias: M, por obvias razones. No se me ocurre nada más, por el momento. N/A al final. So, enjoy (:

···

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The One That Got Away.

And in another life I would be your girl
We keep all our promises, be us against the world
And in other life I would make you stay
So I don't have to say you were the one that got away
The one that got away…


···

Cada una de las experiencias que he vivido y los recuerdos que guardo en mi memoria, me llevan a este punto de mi vida.

En el que, en lo más profundo de mi ser, desearía borrar cada uno de los años transcurridos. Tal como el agua del mar se lleva las huellas que mis pies descalzos van dejando en la arena.

¿Poder controlar el destino? Una risa, pequeña y llena de ironía ante un pensamiento tan irreal, escapa de mis labios. Qué iluso puede llegar a ser el hombre. Qué tontos fuimos al pensar que podríamos moldearlo de acuerdo a lo que nos dictaran nuestros corazones.

No teníamos idea…

Estaremos juntos, lo sé — afirma él con una seguridad casi genuina y la mira fijamente a los ojos.

¿Para siempre? —susurra ella de vuelta y él asiente. — ¿Siempre, siempre?

Igual que en las películas de Disney…— declara con sus ojos claros brillando por la luz que la fogata, a unos metros de distancia, proyecta en ellos. Sumada a una chispa de travesura y una adoración innegable los hace parecer aún más claros de lo que son. Sus labios están presionados fuertemente, torciéndolos en la esquina derecha y una sonrisa lucha por salir. Entonces ella, captando el juego y siguiéndolo, abre sus ojos desmesuradamente y en una fingida indiferencia, lanza un bufido y añade — ¡Pero qué cursi!

Él ríe con fuerza y luego ella se une. Luego de unos segundos las risas mueren, dejándolos con la respiración entrecortada, suspiros saliendo de sus bocas y esa mezcla de felicidad y ansiedad propia de su edad en el cuerpo. Y es ahí, cuando con la seriedad que solamente demuestra si el momento lo amerita, él la toma por las mejillas, sintiendo la suavidad y el calor de su rubor. Une sus frentes y antes de besarla, promete: "Siempre"

Los momentos vienen como una avalancha a mi mente. El pasado y el deseo utópico adolescente de creer saber y controlar todo. De vivir el momento y pensar que no tendrá fin.
A pesar de lo agridulce de las memorias, sonrío.

¿Te has preguntado alguna vez qué harías si tuvieras mucho, mucho dinero a tu disposición? Quizás algunos comprarían el automóvil de sus sueños. O correrían a Las Vegas y tratarían de doblar la suma, probablemente perdiendo todo en el intento.

Yo, en cambio, no pediría nada de eso. Si pudiera, compraría una máquina del tiempo sólo para ir al pasado. Podría mirarte a los ojos y no salir huyendo, si no que me perdería en el calor de tus brazos. Presionaría mi rostro en el hueco de tu cuello y aspiraría ese olor tan propio de tu piel: a sol, jabón y tabaco. A ti.
Y entonces… diría tantas cosas.

Verano de 1997.

'Necesito una limonada' es el primer pensamiento que cruza la cabeza de la castaña al detener la bicicleta. Apoya uno de sus pies sobre el asfalto y con una de sus manos quita las gotitas de sudor que se han acumulado en su frente.

A su lado Rose exhala ruidosamente con el rostro sonrojado y mirándola lo dice todo: ella necesita lo mismo.
La diferencia entre ellas -entre las muchas, pero que no van al caso- es que mientras esta saca un pequeño elástico de uno de los bolsillos de sus pantaloncillos cortos, con una gracia propia de su naturaleza desarma la trenza en la que ha peinado su cabello y lo amarra en una coleta alta; la castaña recuerda que el suyo está completamente pegado a su nuca y cuello. Ha olvidado, una vez más, atarlo para así capear en algo el sofoco producto del sol y el ejercicio.

Ya es una rutina para ellas pedalear los quince minutos que hay entre sus casas y la playa. Añadiéndole otros quince en los que recorren el vecindario simplemente por hacerlo o sentarse en alguna cuneta y tomar helado.

Bella mira a su amiga y sonríe. No es porque sea rubia o más alta que ella. O porque tenga una pinta de modelo de revista adolescente, de esas que están de moda últimamente –y ella sabe que su figura, aunque delgada, le da buenos puntos. Pero, siendo sincera consigo misma, a su más que seguro aspecto parecido a un tomate asado, una melena frisada y pegajosa no le añade un ápice de atractivo. Y suspira. Al menos, en cuanto se quede solamente en traje de baño y se sumerja entre las frías olas, se sentirá igual al resto del mundo en el lugar.
En el mar no hay diferencias visibles.

¿Bella?— la voz de su amiga la saca del breve letargo en el que ha caído luego de unos cuantos chapuzones. Se siente muy a gusto con su espalda acostada en la toalla, recibiendo los rayos del sol en su piel. Dios sabe cuántas veces su madre le ha dicho lo esencial que es una buena dosis de vitamina D y el plus que un poco de color le da a sus discretamente tonificadas extremidades.

Para una persona pálida por naturaleza como lo es ella, el conservar el rostro impolutamente blanco -a excepción de sus mejillas, las cuales adquieren un tono rosáceo aún sin estar frente al sol- y el que sus brazos y piernas estén tostados con suavidad es un milagro del que puede sentirse orgullosa.
Bueno, un milagro y casi medio bote de protector solar. Tampoco quiere correr el riesgo de tener la cara irritada y de un rojo furioso. Porque Bella aprendió, cuando tenía seis años, que tarde en la playa y piel protegida van de la mano. Luego de horas jugando bajo el sol, una insolación que la dejó con pomadas sobre sus mejillas durante días y la voz de su madre recordándoselo cada vez que hay oportunidad.

¡Bella! — unas gotas de agua helada le salpican el rostro, haciéndola abrir los ojos y sentarse con brusquedad. Frente a ella Rose la mira con una ceja arqueada y los labios fruncidos, ocultando una sonrisa. Su cuerpo, esbelto pero a la vez delgado que ha dejado hace al menos dos años las señales propias de la pubertad, ahora está empapado dando cuenta que acaba de salir del agua.

¿Qué pasa? —la castaña acomoda las gafas de sol, una de sus posesiones más preciadas, sobre sus ojos, justo encima de la línea de su flequillo. Apoya las manos sobre la toalla, una a cada lado de sus caderas y la observa —Estás poniéndote rosada…

¡Lo sé! Me arde la nariz…—la rubia arruga la parte aludida en una mueca y se sienta sobre su toalla — ¿Tienes protector solar?

Seguro que mamá puso algo en la mochila —un bostezo escapa de su boca y poniendo los lentes de sol de vuelta en su lugar, se reclina hasta quedar recostada nuevamente — Revisa el bolsillo pequeño. Quiero intentar broncearme las piernas…

Bella, tus piernas están bien —Rosalie saca el frasco de crema y vierte un poco en su mano, aplicándolo sobre su rostro con lentitud —Créeme, yo sé de bronceado…

¿Lo que lees en tus revistas?—murmura la otra chica, en medio de una risotada — ¡Por supuesto, por eso es que estás a medio quemar!
Rosalie, achica sus ojos y se da la vuelta dispuesta a darle un golpe de vuelta.
Y entonces, los ve.

Un grupo de chicos, cuyas edades deben estar entre los diecisiete y los veinte años, se lanzan un balón entre ellos a unos metros de distancia. Las risas y los gritos se hacen cada vez más fuertes a medida que me acerco. La pelota se escapa de su alcance, cayendo casi frente a mí y deteniendo mi paso. Entonces el más alto de ellos, un joven no mucho menor que yo y al parecer el que les lleva más edad, se acerca a trote lento. Su complexión física se ve atlética, hombros anchos y definidos, con el cabello corto y negro cuyos rizos van en todas direcciones debido al viento.

— Lo siento —una sonrisa de disculpa baila en sus labios, haciendo nacer en sus mejillas unos hoyuelos tan infantiles como desconcertantes en medio de su apariencia fuerte. Recoge la pelota y cargándola bajo su brazo, me guiña un ojo alejándose en medio de silbidos de los demás
— Esto es mío, preciosa.

Sin poder evitarlo le sonrío de vuelta. Y me doy cuenta de que, al parecer, el volver a este lugar será un Déjà vu constante.

Enfundada en una falda de mezclilla azul, una camisa antes perteneciente a Charlie amarrada en los extremos alrededor de su cintura y sus zapatillas de lona favoritas, Bella camina aquella misma tarde en dirección a la playa. El sol está por ponerse, y la expectación se siente en el aire. Rose a su derecha, avanza a paso decidido y una sonrisa lista para dominar el mundo.
Según sus mismas palabras "esta tarde sería espectacular". Tal como el chico que conoció hace unos días y a quien encontraría hoy, también lo era.

¿Y cómo es que se llamaba él?

Un brillo peculiar sube a los ojos de la rubia, quien ante la mención del que ella considera su próxima conquista de verano, parece ganar más brío en su caminar.

Emmett. Y Bella, deberías haberlo visto. Era enorme. Moreno, fuerte y con unos ojos azules...—un suspiro escapa de los rojos labios de la chica. Seguido por una sonrisa completamente traviesa— Y te lo aseguro, amiga mía, que pedazo de...

Rose...— sin poder evitarlo la castaña lanza una risotada— no quiero saber el tamaño de "lo que sea ibas a decir" de un sujeto que no conozco.

...hombre. Iba a decir: que pedazo de hombre. Bella. No sé que tienes en la mente...—la chica niega con la cabeza, fingiendo reproche. Bella hace rodar sus ojos y pronto las dos ríen.

Ahí están —la rubia sonríe y señala con un rápido gesto de su mano a un grupo de personas, algunos de pie y otros sentados alrededor de una pequeña fogata sobre la arena.
Algunos saludos aquí y allá, unos minutos más tarde Bella está sola, de pie cerca de las llamas estudiando el fuego que danza lentamente y del cual escapan algunas chispas saltando hacia el aire. La risa de Rosalie brota con fuerza desde el otro extremo del improvisado campamento. Parece muy bien acompañada por el chico al que manifestaba evidente atracción horas atrás y Bella piensa "Rose parece haber acertado". Él era en realidad de un físico y altura enormes, pero aquellos agujeritos tan graciosos en sus mejillas al presentarse y sonreírle le da un aire de simpatía que logra un equilibrio bastante atractivo entre su masa muscular y su rostro de niño.

Hey, Bella—la joven se da la vuelta y ve de pie junto a ella a uno de sus compañeros de clase quien le sonríe y observa sus manos antes de añadir— ¿No bebes algo?

Hola, Alec—se pasa la lengua por los labios y piensa que en realidad algo de tomar no le vendría mal. Sonríe y asiente— No. Pero me gustaría.

Ok, ven conmigo. Jane está guardando nuestras provisiones.

¿Más vale prevenir que lamentar?—ríe y avanza detrás de él con las manos en los bolsillos traseros de su falda, hasta llegar a una chica rubia, quien a pesar de la seriedad de sus facciones sonríe y los saluda.

Exacto. No queremos que nadie agote el dulce néctar— el joven de pelo castaño, se agacha y abriendo una mochila oscura, saca una pequeña botella de cerveza extendiéndola hacia ella—Sólo por tratarse de ti y por esta vez — le guiña un ojo en un evidente flirteo. No es desconocida para ella la atracción que él le manifiesta. Luego de aquella fiesta de cumpleaños en casa de su primo Mike hace unos seis meses y una noche en que no pasaron de algunos besos, el chico no pudo desprenderse. Y aunque, siendo sincera consigo misma, aquellos ojos grises y facciones perfectas la cautivan, es lo mismo que experimenta al ver a algún otro chico guapo en la televisión. Sólo un gusto.

Un bufido involuntario escapa de mis gusto que perduró en el tiempo y me llevó a tomar una de aquellas pequeñas malas decisiones que he hecho a lo largo de toda mi vida. Haberme dado una oportunidad con Alec no fue el mayor de mis errores, pero fue algo que no debería haber sucedido y que, evidentemente, no me arrepiento de haber terminado.
Se dice que "un clavo saca a otro clavo".No siempre es así. Y lo aprendí por las malas.
A pesar de creer que él era la opción indicada para ese momento de mi vida, con el corazón dolido y la mente confundida, sabía que nunca fue la correcta. Fueron meses en los que me sentí la mujer más mentirosa, culpable e infeliz sobre la faz de la Tierra y en los que entendería que debido a mi estupidez lo había perdido todo.

Un golpe de viento me alborota el cabello y me recorre de la cabeza a los pies. Meto la mano en el bolsillo de mis pantalones buscando el pequeño teléfono celular para ver la hora.
El tiempo se hizo imperceptible y casi olvidé por completo el compromiso adquirido hace unos días atrás. Rose también estaba de vuelta en la ciudad y aunque conversábamos con frecuencia vía telefónica, se entusiasmó con la idea de reunirnos como hace años durante nuestra adolescencia.

Ya una vez lejos de la arena de la playa, me calzo las sandalias de cuero, no sin un poco de incomodidad por la arena pegada a mis pies y hago mi marcha hacia el auto. Pero es cuando enciendo el motor y la radio comienza a sonar en la estación de música favorita de mi madre, que el más nítido de los recuerdos hace presencia en mi mente.

Las notas musicales salían del instrumento al tiempo correcto, dando forma a esa melodía que ella conocía tan bien. El rostro del chico estaba inclinado sobre la guitarra y aunque ella no podía ver sus facciones, se notaba la concentración con la que este se manejaba.
A pesar de estar rodeado de personas, parecía realmente encerrado en alguna especie de burbuja.

Ella avanza unos pasos en su dirección, dando pequeños sorbos a la botella de cerveza en su mano. Dobla sus rodillas y se sienta sobre ellas, en la arena, sin dejar de prestar atención a la música. Y se deja ir con ella.

Desde esa distancia puede apreciar más detalles. El cabello entre pelirrojo y rubio oscuro de un largo que llega hasta sus orejas y nuca, cuyo desorden cubre su frente y parte de su rostro en la inclinación que este se encuentra.

¿La vestimenta? Tan simple como una camiseta oscura, cubierta por un polerón a cuadros del mismo color. Los jeans evidentemente desgastados, arrugados en la zona de las rodillas debido a la posición en la que estaba sentado –"a lo indio", las piernas flexionadas y cruzadas sobre los tobillos. Bella mira sus pies y se muerde el labio, medio-sonriendo. Obviamente no es la primera persona a la que ha visto usando un par de Converse rojas, pero este hecho, añadido a la manera magistral con la que está interpretando una de las canciones favoritas de su infancia, ya hace que el chico le simpatice. Y aún sin conocerlo.

Los dedos de él son largos, delgados y pálidos, y se mueven con precisión sobre las cuerdas mientras uno de sus pies parece ir marcando sobre la arena el paso de la melodía.

Cash — ella levanta la mirada hacia el rostro masculino. Él ha dejado de tocar y la mira fijamente. Su mano ahora descansa sobre las cuerdas, mientras la otra sostiene un cigarrillo entre los dedos.

¿Cash? —repite la chica, de pronto se siente totalmente estúpida y sus mejillas se calientan. Claramente se había concentrado demasiado en la música y en su estudio de los detalles que rodeaban a la persona frente a ella, como para darse cuenta de que él había dejado de tocar
— ¿Es ese tu nombre? ¿O...?

Johnny Cash. Los 50's. June… (1)—el joven la mira, esperando hacerla entender. Bella siente que la comprensión llega a su cerebro, casi como si este mismo hubiera elegido ese momento para volver a funcionar.

La canción…—sonríe y pasa una de sus manos entre su cabello, revoloteándolo sobre su cabeza. Un gesto claramente nervioso y propio de ella desde que tiene memoria— Por supuesto…

Él parece captar esa expresión de confusión en el rostro de la joven y aunque le parece adorable de una manera extraña, busca sacarla de su mortificación

Descuida…—un silencio largo se deja caer. O lo que puede llamarse así, estando con más de tres personas hablando y riéndose alrededor de ellos. Sus miradas permanecen conectadas, hasta que él pone la suya en el cigarrillo aún sin encender entre sus dedos— Hey… ¿tienes fuego?

Uh…no, lo siento—la chica toca sus bolsillos buscando. No es raro que Rose deje alguna que otra vez un encendedor entre sus prendas y esta podría haber sido una de esas ocasiones—Pero podría ir y preguntarle a mi amiga… ¿o a alguno de los chicos?

No hace falta —él acerca la guitarra hacia ella— ¿Te importaría?
La chica oscila su mirada entre el objeto y los ojos del joven, los que tienen un toque entre divertido y avergonzado — De acuerdo—Estira sus brazos y lo toma, poniéndola con suavidad a un costado de sus piernas, sobre la arena. Sin quitar sus ojos de él, observa como en dos zancadas se acerca a la fogata, se inclina sobre esta y al alzarse vuelve con el cigarrillo encendido entre sus labios.

Gracias —Vuelve a tomar su lugar, esta vez un poco más cerca de la chica. Da una calada al cigarro y al exhalar el humo la esencia del tabaco flota en el aire.

Entonces ¿quieres ser June por hoy?—Bella mira los ojos verdes del joven, los que a la luz del fuego parecen adquirir un extraño tono dorado. El corazón comienza a latirle con fuerza y experimenta esa sensación en su estómago que la hace sentir ansiosa— Necesito una segunda voz para esta canción — Ella se muerde el labio inferior y asiente.

Ok. Yo seré June y tú serás Johnny— ambos jóvenes sonríen ajenos al momento en el que la promesa, implícita y tan sencilla pero definitiva que uniría sus vidas, fue hecha.

La casa de Karen y Brandon Hale, los padres de Rose, sigue tan impecablemente blanca como la recuerdo hace años. No alcanzo a tocar el timbre cuando tengo a mi rubia y embarazada amiga colgada de mi cuello. Tengo que ahogar el grito de alegría que quiere escapar de mis labios al verla. Está radiante y más hermosa que nunca, claramente las fotos y video-llamadas no le han hecho justicia alguna desde que nos vimos en persona por última vez, hace casi ya un año.

Me veo arrastrada hacia la sala, por una de sus manos fuertemente anclada a mi antebrazo. Y tras unos minutos y una taza de té, ambas reíamos al contar las experiencias del último año.
Acaricio su vientre sobre la tela de la blusa, justo en el momento en que el bebé da una patada. La miro a los ojos y estos brillan con tal emoción que el nudo en mi garganta se hace insoportable. Dos rebeldes lágrimas caen por mis mejillas, las que pronto sus dedos limpian con suavidad y una sonrisa de comprensión sube a sus labios.

—Suficiente de mí—dice cuando ya he controlado el breve ataque de llanto que se avecinaba—Quiero saber, con detalle, qué te ha traído de vuelta.

Mi mirada rehuye la suya por unos segundos, los que bastan para que ella compruebe que algo ocurre.

—Me conoces—muerdo mi labio dándome cuenta de la obviedad de mis palabras y suspiro— Estoy aprovechando las primeras vacaciones que me permito en tres años…

—De acuerdo…

— Y tú y yo sabemos que no he visto a mi madre hace bastante, ni siquiera vine a su matrimonio.

— ¡Eso ya lo sé! Ahora vamos a la razón principal—cruza sus brazos por encima de su vientre con una clara impaciencia. Debí imaginar que el carácter propio de Rose se volvería doblemente letal con las hormonas del embarazo. Me miro las manos retorciéndolas sobre mi regazo y paso una de ellas por mi cabello, que aunque llega hasta los hombros, se desordena de la misma manera que solía hacerlo cuando era más largo, como hace años. Decido ir al grano.

—Él también ha vuelto.

Cuando miro a quien ha sido mi amiga los últimos quince años de mi vida, sé que ella comprende lo que esto quiere decir.

¿Lo tienes?—Pregunta ella en un susurro.

Vamos arriba— Él la toma de la mano y avanzan juntos, en silencio. Algunos tropezones más tarde y risas acalladas por otros susurros, entran a la que es la habitación del chico.
Está atardeciendo y la luz del sol entra por la ventana creando un efecto anaranjado en el suelo y paredes.

Creo que no había estado aquí antes— exclama ella. Recorre con la mirada y da algunos pasos por el lugar. Una cama a medio hacer, en la que reposa la guitarra acústica negra que conoce bien. Un pequeño escritorio con una radio, algunos libros y discos esparcidos sobre él. En resumen: el cuarto de un típico adolescente. Pero con ese algo que lo diferencia del resto. Como él. Porque ella sabe que este chico no es igual a los demás.

Vamos afuera—ella alza sus ojos y se encuentra con los de él, bailando divertidos en su rostro. Desde que lo vio y sobre todo, desde que sus manos sintieron la firmeza de esas facciones, Bella pensó que ser tan guapo debería ser ilegal. De pie ahí frente a ella, luciendo algo tan sencillo como zapatillas, jeans y una polera con la imagen de Jim Morrison estampada en el frente, sumado al cabello cuyo largo casi le tapaba las orejas y por el que disfrutaba pasar sus dedos y desordenar aún más en cada oportunidad. Edward era la imagen viva de la despreocupación. La chica sonríe y enarca una ceja, ante las palabras oídas.

Acabamos de subir…

Él se da media vuelta y luego de abrir la ventana a sus espaldas, extiende una de sus manos hacia ella.

¿Vienes?

Corre un viento casi imperceptible y sentados sobre el techo de la casa observan como el sol termina de esconderse tras el horizonte.
Pasando uno de sus brazos sobre los delgados hombros femeninos, él la acerca un poco más hacia su costado.

Sorbo tras sorbo la botella de ron, gentileza de la Señora Cullen –aunque ella lo ignora- comienza a vaciarse quedando mucho menos de la mitad del contenido. Y aunque el efecto del alcohol no ha emborrachado sus sentidos, al menos no completamente, sí sienten un mareo suave y esa sensación de adormecimiento en los labios. Esas sensaciones que se experimenta cuando lo tienes viajando por la sangre.

Miran el cielo color naranjo, las azoteas de las demás casas del vecindario, la fina línea oscura del mar a lo lejos y conversan. Él habla de la música y de cómo esta se ha convertido en lo más importante en su vida desde que aprendió a tocar el piano a los trece años. Le cuenta como el tener padres separados y vivir prácticamente entre Jacksonville y Londres no fue el trauma que cualquiera que lo viera desde fuera pensaría. Que es todo lo contrario, puede decir que tiene dos lugares favoritos en todo el mundo, a los cuales puede llamar hogar. Y llegar a vivir a esa ciudad, hace un año, es una de las cosas que agradece a su madre.

Él ríe al recordar y hablar de todo lo que quiere hacer. Y ella nota ese brillo en sus ojos al hacerlo y está segura no se debe sólo al licor consumido.

En su mente anhela poder llegar tener esa misma convicción en sus palabras al hablar de su vida y su futuro. Muy en el fondo, sabe que no debería porque el futuro es algo incierto. Sólo le queda vivir y soñar junto a él, en ese techo observando el horizonte.

Recuerda a su padre fallecido dos años atrás desde entonces. En como, a pesar del dolor de la pérdida y el estado zombie en el que cayó su madre durante un tiempo, sus vidas resurgieron. Aunque sabe que debe cumplir expectativas y no simplemente hacer eso que su corazón quiere, se permite pensar en el futuro. Ese que es incierto y está en blanco. En todo lo que ella será y tendrá algún día.

Y cuando Edward le pregunta si tiene frío y el olor de su aliento a alcohol y menta penetra en su nariz, lo mira y simplemente se acerca. Sus bocas se encuentran, saborean y reconocen. Ella puede sentir la suavidad de su lengua en el borde de sus propios labios y el calor de su saliva en su paladar.

A pesar de que no es el primer beso, ya que llevan unos cuantos intercambios en los meses que llevan conociéndose, ella sabe que algo en su interior ha comenzado a cambiar. Y cuando las manos recorren poco a poco por encima de las ropas, con lentitud y a ratos con una leve ansiedad, primero con algo de timidez y ganando seguridad a la par de avance; él también se da cuenta de lo mismo.

Esto era algo más. Y algo que querían mantener por un largo tiempo.

—Ok —los ojos azules de Rosalie me miraron con precaución— ¿Y cómo lo supiste?

— ¿Recuerdas a Alice Cullen? Una chica bajita y delgada. Cabello negro…

— ¿Su prima? ¿La del cabello loco? —asentí.

— Me la encontré en el aeropuerto, el mismo día en que llegué aquí…

— ¿Y?

— Al parecer siguió su sueño. Lo que sé es que está en la ciudad por un proyecto familiar, algo relacionado con la música —le doy un sorbo al té casi frío— mencionó que hoy por la noche hay una inauguración. Una escuela de música o algo por el estilo…

Mi amiga sonríe y asiente.

— ¿Planeas ir? —me encojo de hombros. No le dije que fue la misma Alice, con una amabilidad agradable, quien me entregó un pequeño folleto con la dirección del lugar— Sal e imprégnate de vida por unas horas. Dios sabe que iría contigo, igual que antes, pero…—señala con un divertido gesto de su cabeza la pancita prominente frente a ella.

— Lo sé. Creo que necesito una ducha. Y en realidad…

— ¿Sí?

— No me vendría mal salir un momento. Estoy de vacaciones, supongo que está más que justificado…

—Estás de vacaciones. Y nadie ha muerto. No tienes por qué andar cargando esa cara de póker por la vida.

—No es cierto…— Me ruborizo al sentirme pillada. Ella lanza un bufido y luego sonríe— Sólo he estado pensando muchísimo. En muchas cosas.

—Lo sé —sonríe—Ahora dame un abrazo.

Los quince minutos de camino al hotel se me hacen largos. Una vez dentro de mi habitación, me dirijo al minibar y saco una pequeña botella de agua mineral de la nevera. Tras pensarlo unos minutos, la cambio por otra de menor tamaño. Sirvo un poco en un vaso y en tres sorbos siento el sabor fuerte del ron en mi lengua. Parece que esa pequeña dosis de alcohol me despeja la cabeza y agradezco a mi sentido de independencia. Mamá insistió más de una vez, en que me alojara en casa. Pero francamente, no habría podido hacer esto sin que me preguntara si tenía problemas.

Dejo el vaso sobre la mesilla de centro de la sala de estar. Empiezo a quitar una a una las prendas de mi cuerpo. El chaleco de hilo, las sandalias y el vestido que aún conserva el olor a sal y a mar. Un poco de arena cae sobre el piso del baño. De todas maneras, necesitaba quitarme la evidencia de haber estado en la playa. Hasta el cabello parecía pedirme a gritos una dosis de champú.

En la vida aprendes cosas cruciales, como: hablar, caminar y leer. También aprendes a diferenciar entre una cosa y la otra. A callar y escuchar cuando tienes que hacerlo. Puedes aprender a tocar un instrumento, cocinar o manejar un automóvil. Pero es tu memoria, no tú, la que aprende a guardar los recuerdos. Es algo que no puedes intentar engañar o cambiar.

Es en momentos como este, cuando el agua tibia de la ducha cae sobre mi cabeza y recorre mi espalda desnuda en que he pensado en azotar mi frente contra la pared de loza a mi lado e intentar dejar a esa parte de mi cuerpo en coma. No recordar en absoluto, aunque sea por un breve momento.

Mientras me enfundo en un fino vestido color verde oscuro y estudio mi figura frente al espejo, observo el pequeño dibujo que sobresale por el borde del tirante que cubre mi hombro. Y sé que estoy mintiéndome a mí misma.

Creo que jamás he sabido el verdadero motivo por el que conservé esta marca. Quizá la respuesta esté en el hecho de que rememora los mejores meses de mi adolescencia.

¡Oh!—la castaña acerca el brazo del chico a su rostro y lo observa con los ojos abiertos de par en par, aún más si es posible. Las palabras entremezcladas en forma de cadena lucen imponentes sobre la piel pálida de su brazo y ella ríe con fuerza al reconocerlas— ¡Demonios!

¿Qué?—Edward se mira la parte baja del antebrazo, cierra los ojos y lanza un bufido—Y ahora tendré que vivir con un brazo que luzca la palabra "demonios"—abre los ojos y mirando el cielo en una expresión de pena casi real exclama — ¡Seré un renegado social! —Ella ríe con fuerza y lo golpea en el hombro.

Tonto. Sabes lo que quiero decir—baja su mirada al tatuaje, acariciando los bordes suavemente con uno de sus dedos. Mira los ojos verdes frente a ella y los suyos tienen un brillo de determinación. Una sonrisa traviesa llena sus labios—Quiero uno igual a este.

Él enarca ambas cejas, haciéndolas casi desaparecer bajo las hebras de cabello que cuelgan sobre su frente. Un suspiro sale de sus labios. Luego una sonrisa de completa satisfacción.

Quita su brazo de las pequeñas manos femeninas y retrocediendo unos pasos, apoya su espalda sobre la puerta del Mustang rojo. Ella lo mira, estudiando sus facciones y como estas adquieren una expresión de concentración. El ceño y los labios fruncidos, los ojos fijos en algún punto tras ella. Finalmente verde y café se encuentran.

Quieres uno… —ella asiente—Yo te regalaré uno —un par de segundos más tarde, ella cuelga de él, rodeándole con brazos y piernas. Él afirma su peso, con las manos en las desnudas pantorrillas de la joven. Sonrisas son intercambiadas— No todos los días cumples dieciocho años…

Un tiempo después de su partida, supe que se quitó el tatuaje. Para mí, entonces, una señal clara de querer olvidar. Un verano después, cuando tenía diecinueve, aún dolía. Lo admito y cómo lo hacía. Mi corazón, mis ojos y mi cabeza estaban en un estado de recuperación delicado.

E incluso, algunas veces lloraba escuchando las canciones que compartimos. Esas que tocó para mí al lado de las indispensables fogatas en la playa, rodeados de gente pero inmersos en nuestro propio mundo.

Para cualquier otra persona, yo sería la tipa más patética del mundo. Recordando un romance que aunque corto, no necesitó de mucho tiempo para volverse intenso. Casi tanto como para sentir que mi cerebro salía a dar un paseo cada vez que esas manos me recorrían la piel.
Pero no se trataba solo de él. Sino del hecho de haberlo experimentado para luego perderlo.

Hay veces en que encuentro aquellos discos entre mis recopilaciones de música y los oigo. Una vez, dos veces y tres. Las estrofas y la melodía penetrando en mi sistema.
Oh, it's the best thing that you ever had. The best thing that you ever, ever had.(2)
Sí. Es lo mejor que tuve. Y que dejé marchar sin hacer nada al respecto.

Cierro la puerta del taxi, mirando la fachada de lo que parece ser el edificio de una escuela. Unos faroles iluminan la entrada y un grupo de personas conversan cerca de la puerta. Los tacones de mis zapatos resuenan en el pavimento al acercarme.

Una pareja de chicos vienen caminando tomados de la mano en mi dirección. Él, mucho más alto que ella la abraza por la espalda y corriendo hacia un lado el abundante y anaranjado cabello de la chica, besándola en el cuello. Ella ríe y dándose la vuelta lo besa con una efusividad que enciende todo a su alrededor, empujándolo con suavidad y haciéndo chocar su espalda contra el vehículo a su lado.

Los besos van subiendo en intensidad. El ambiente es cálido. Las bocas se unen, desunen y contraen. Mientras las manos acarician buscando más piel que la que la ropa ya descartada ha dejado al descubierto. Esta descansa un poco más allá, en el asiento. O en el piso del auto.
Hay una canción sonando en la radio del vehículo y la melodía a un volumen bajo fluye en el ambiente. Parece embriagar sus sentidos tanto como la sensación de sus pieles tocándose.

Quizás sean sus letras, gritando en cada palabra los pensamientos que bailan en algún lugar de sus cabezas. O que la música por sí sola simplemente se les mete por los poros, llevándolos hacia otro lado.

Una de las manos del chico recorre en suaves círculos el abdomen plano de ella, quien está sentada a horcajadas sobre su regazo. Se aventura un poco cada vez más hacia el sur, llegando al borde de la falda que ella viste. La respiración queda en su garganta un breve segundo en el que sus miradas se cruzan.

Y entonces los dedos acarician con suavidad aquella piel mucho más tersa que la suya misma. Cálida de una manera que él siente puede quemarlo vivo. Si sus dedos avanzaran sólo un poco más allá…

Los ojos cafés están escondidos detrás de sus párpados. Se dedica a sentir, mueve sus caderas al ritmo de aquella mano de dedos largos está imponiendo. Es una lentitud que a ratos parece insoportable, pero placentera. Y con seguridad la segunda sensación es mucho, mucho más fuerte.

Porque tal como aquella voz que sale por los parlantes canta, los juramentos son creados para ser rotos, los sentimientos son intensos y los placeres continúan así como el dolor lo hace. Las palabras no tienen real sentido, se olvidan. (3).
Aquí no hay palabras, sólo caricias que demuestran lo que sienten.

Quiero tocarte…—su voz sale en un murmullo que él oye apenas. Alzándose sobre ella, la recuesta cubriéndola de pies a cabeza con su cuerpo.

Ella lo siente, él es duro en algunos lugares, para suavizarse sin perder firmeza en otros. Su mano sube y baja, lo envuelve y lo acaricia con una fuerza suave. Es cálido y potente.

Son minutos largos en que el mundo da vueltas hasta que todo se desata. Aquel nudo en sus vientres crece con una fuerza arrolladora hasta reventar. Él gime en su hombro y ella sólo echa la cabeza hacia atrás, con los labios entreabiertos y un grito mudo escapando de estos.

La música sigue. Y sigue, mientras sus respiraciones se regulan lentamente y sus labios se juntan. A pesar de no haber palabras, ambos piensan: todo lo que siempre quisieron, está entre sus brazos (4)

El lugar era amplio, decorado con sutileza y un toque implícito de elegancia. Había una cantidad moderada de personas mezcladas entre adolescentes, jóvenes y adultos, quienes conversan con entusiasmo.

Alice Cullen era la joven mujer que todos pensamos que sería. Pero sin los aretes que una vez tuvo en su nariz y labio. La misma personalidad llena de energía, a la que le ha sacado mucho provecho y dónde la labor que cumple desde hace un par de años, la ha situado: es la flamante directora y profesora de piano de la nueva Escuela de Música Clásica y Contemporánea en la ciudad de Jacksonville.

La escucho con genuina atención mientras como lentamente algunos canapés de la servilleta que tengo en mi mano. En un discurso animado, me cuenta como ha sido su vida desde la última vez que nos vimos. Y el orgullo se nota en sus ojos al hablar de este, al hablar de este proyecto familiar que la ha traído de vuelta desde el otro lado del Océano Atlántico.
Cuando mi cerebro registra estas últimas palabras es que comprendo: él no sólo ha vuelto también. Si no que está aquí. Creo que casi podría sonreír por la obviedad de la situación y que no he percibido antes. Proyecto familiar.

— ¿Recuerdas a Edward? —los ojos enormes y azules de Alice me estudian con detenimiento.

— Por supuesto —meto el último trocito de canapé en mi boca. Mi prioridad es mantenerla ocupada el mayor tiempo posible y no tener que enfrentar las preguntas que seguramente, están bailando dentro de su cabecita.

—Le comenté que nos encontramos y se sorprendió bastante. Lo juro, parecía un pez fuera del agua. Su reacción no es nueva, era evidente que ustedes se gustaban hace años. No me mires así —sonrió y miró hacia todos lados buscando algo— No conozco todos los detalles, pero lo que sí sé, es que lucían muy lindos juntos. Francamente nunca entendí por qué se separaron. ¡Oh! Ahí está. Espérame un momento aquí, cielo. Iré a decirle que llegaste —y así, me guiñó un ojo y se marchó dejándome con la boca abierta.

¿Qué rayos significaba todo esto? ¿Acaso él…quería…verme? De pronto sentí que un agujero enorme se abría bajo mis pies y comenzaba a tragarme, dejándome sin aire. Las manos me picaban y mi cabeza era un caos. ¡Bella! ¡No es momento de tener pánico escénico! Simplemente enfréntalo como la mujer adulta e independiente que eres. Me dije a mí misma, recordando las palabras de Rosalie en momentos así. Ya casi podía ver a una miniatura de mi rubia amiga salir a bailar sobre mi hombro derecho dando saltitos con unos pompones en las manos y gritando "¡Go, Bella, go!"

Mi diatriba mental se vio interrumpida por la figura alta que avanzó hasta quedar frente a mí.
Alcé mis ojos y…diablos. Estos tres años no habían pasado en vano.

Tan guapo como siempre, con aquellas facciones que eran las mismas pero con la madurez evidente por el paso del tiempo en ellas. Ni el traje oscuro que vestía, ni la camisa azul a juego y sin corbata, ni el que estuviera usando zapatos y no zapatillas como con las que yo lo recordaba, eclipsaban la esencia propia de Edward. Su apariencia gritaba casual y despreocupado por donde se le mirara.

Y aquel cabello seguía siendo igual de indomable que siempre, ahora luciendo más corto pero siempre algo despeinado sobre su cabeza.

— Hey...

—Hola…—sus ojos recorrieron mi rostro—estás…igual. Pero distinta…—frunció el ceño sonriéndose a si mismo— ¿es eso posible?

—Lo es—mordí mi labio, permitiéndome estudiar sus facciones de la misma manera que él lo había hecho con las mías— porque puedo decir lo mismo de ti.

—Estás bellísima —Un silencio se puso en medio de nosotros. Hola, sonrojo. —No tienes que decir lo mismo, no te preocupes — Reí sin poder evitarlo.

— ¿Qué haces en la ciudad? Quiero decir, Alice ya me contó que sabes por qué estoy acá… entonces…—se rascó la nuca y creo que lo oí murmurar un "rayos".

— Supongo que deseaba volver — Tenía que saber qué había sido de su vida. Quería saber como su sueño se había hecho realidad— ¿Escuela de Música, eh?

El brillo que no veía hace tanto embargó sus ojos. Lo reconocía: orgullo. El hombre frente a mí era feliz. Y estoy segura que también era pleno en todos los aspectos de su vida. Imposible que una persona como Edward no lo estuviera.

Desde ese momento en adelante, no percibí el correr de las manecillas del reloj. Con una copa de champagne en la mano, me contó cómo había pasado estos últimos tres años entre el Conservatorio de Música en Londres y el desarrollo de la idea que siempre había estado en su cabeza. La creación junto a otros que amaran la música tanto como él, de un lugar en el que su enseñanza estuviera al alcance de los demás. Se le unieron Alice, el esposo de ésta -un francés llamado Jasper- y dos compañeros que conoció durante sus estudios en Inglaterra.

—Te extrañé...— soltó de pronto, sin alzar sus ojos del movimiento de sus dedos sobre el borde de la copa— durante mucho tiempo. Incluso pensé que algún día esa sensación de que algo me faltaba cesaría…Y ahora estás aquí.

Mi cerebro intentaba procesar con lentitud las palabras oídas. Sabía que debía responder algo. Diablos, era yo en primer lugar la que debió haber dicho aquellas palabras, porque describían exactamente lo que yo sentía. Lo que siento.

— Yo también te extrañé…—me armé de valor y me acorté un poco la distancia que me separaban de él— Y hay tantas cosas que no te dije. Pero tú tenías que marcharte y... yo debía estar aquí…
El corazón me saltó un latido al sentir sus nudillos acariciar el borde de mi mandíbula.

— ¿El destino tenía otra cosa para nosotros? Así parece...— Elevó sus ojos hasta clavarlos en los míos. — Eras mi musa inspiradora.

— Pero ya no lo soy…—susurré, intentando pasar aquel nudito en mi garganta.

— En realidad, siempre lo has sido —declaró en voz baja— Desde que me senté a tu lado ese día en la playa y quisiste ser June —una sonrisa pequeña subió a sus labios— ninguna chica, a esa edad, conocía a Johnny y June.

— No sabes nada de mí desde hace tres años —mi cabeza se negaba a aceptar que esto estuviera pasando. Mi corazón sin embargo…

— Tenemos tiempo ¿verdad? —asentí.

Había tanto que hablar y tanto que recordar, que no entendía como me había privado de esto, temiendo enfrentarlo.

— ¿Puedo verte? —había dicho mientras yo hacía parar un taxi a la salida del edificio. Me di la vuelta y clavé mis ojos en los suyos. Su rostro estaba a centímetros del mío y me observaba con una expresión anhelante. Feliz— Me gustaría verte... Si tú quieres, claro. Yo…—silencio—…hay tanto que quiero decirte.

— Sí —asentí— También me gustaría. También tengo mucho que decirte….

— Lo sé —sonrió— Tú dime cuando. Tienes mi número

—Te llamaré— besó mi mejilla con suavidad y lentitud.

Los minutos avanzaron sin que me diera cuenta y de camino al hotel pensé en el Edward que vi hoy. Durante nuestra conversación podía sentir sus ojos sobre mí. Y no niego que los míos se despegaban con dificultad de su perfil. Tal como él había dicho antes, éramos los mismos pero distintos a la vez.

En cierta forma, aquella familiaridad que siempre tuvimos había encontrado un nuevo lugar y, quizás, esta era aquella otra vida en que lo nuestro habría resultado si hubiésemos seguido adelante.

Suspiré y cerré mis ojos. Esa noche soñé con Edward. Y con el futuro que estaba segura, de alguna manera podríamos construir. ¿Cómo sería este? Nadie lo sabía.
Pero, al parecer, finalmente no era necesaria una máquina del tiempo.

o-o-o-o
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N/A 1:

¡Hi there! La chica-Contest hace aparición. AMO la música de esta artista, así que, se justifica xD
Extensas notas de autor a continuación. ¡Lo siento!
Unos puntos que aclarar:

(*) La estrofa al principio de la historia, pertenece a la canción que inspiró esto, por supuesto. Y dice:

En otra vida, yo sería tu chica.
Mantendríamos nuestras promesas, seríamos nosotros contra el mundo.
Y en otra vida, yo haría que te quedaras.
Así no tendría que decir, tú fuiste el que se alejó.

(1) Johnny Cash y June Carter. Cantantes de música country de alrededor de los años cincuenta y sesenta, quienes se conocieron a lo largo de diversas presentaciones en vivo compartiendo una amistad que los uniría finalmente en romance. Hay una estrofa en la canción que inspiró esta historia en la que son nombrados.
(2) Oh, it's the best thing that you ever had.The best thing that you ever, ever had. (Oh, es lo mejor que alguna vez tuviste. Es lo mejor que alguna vez, alguna vez tuviste) Frase de la canción 'High&Dry' de la banda inglesa Radiohead.
(3) y (4) Aluden a frases de la canción 'Enjoy The Silence' de la banda de música electrónica Depeche Mode.

Y por cierto, ambas bandas están totalmente recomendables. ¡Genios!

N/A 2: (la última, lo juro)

Debo decir que me gustaría dedicar este fic como regalo especial para KoteCullenSwan por su cumple (algo atrasado, pero sabes por qué u.u. Gosh. Como costó subir esto xD). Ily. A lot.
A Jabi B (si wncita, tú, mi "cuñada" xD) quien también cumplió años hace poco y me preguntó hace un tiempo si ya lo había hecho. So, espero les guste. (Más les vale, osea … xD)
Gracias a mi beta, amiga y salva-vidas Ebrume. Tanta sabiduría en un envase tan chiquito… jajaja. Estoy cruzando los dedos por esoquetúsabes *-*
Y Panchi ¿infaltables Radiohead y Depeche, verdad? De Katy no fue Thinking of You, pero fue esta. Las amo ambas (ññ)

Y a toda persona que vea esto: gracias por leer, de verdad, espero te haya gustado. Y si fue así, y te animas, puedes ir al perfil de TeenageDreamTwilightContest (pronto: link en mi perfil) y votar por esta historia desde Sábado 6 de Agosto hasta el Viernes 12 de Agosto.
Hay mucho más inspirado en canciones de Katy Perry para leer allí, por supuesto. ¿Qué mejor? ;)
Sé que tengo un capítulo de otra historia por subir, y aunque no puedo prometer nada seguro (no me atrevo y me da vergüenza el atraso *sonrojo*), la otra semana habrá noticias. Si aún están interesadas, por supuesto…
¿Reviews? ¡Vamos, no sean tímidas!
Ok ya… Eso sería todo (:
Nos leemos pronto.
Denisse.-