La obra Crepúsculo le pertenece a Meyer.

A todas las lectoras que comentan o de manera fantasma leen esta historia, mil y mil gracias, gracias por la espera y paciencia, pues me había sido complejo volverla a escribir, más por falta de tiempo que por deseo.

A mi Beta adorada Belen Robsten quien tiene infinita paciencia conmigo y quien sabe que tiene parte de mi corazón: Gracias nena.

FALSAS APARIENCIAS CAPITULO 24.

Oh si, en el juego de la vida, del amor y de la sobrevivencia, todo era válido y Edward Cullen sabía que debía jugar sus mejores cartas.

Escondido detrás de las cortinas del gran salón del Savoy, vio a Bella, era tan hermosa, tan divertida, era lo mejor de su vida.

¿Y si le digo la verdad?

Todo era demasiado vulgar, estaba atrapado entre redes como animal sin escapatoria.

¡No! me odiará, ella lo hará, me odiará.

Y se aprestó con careta de cínico sin alma a pisar el corazón de Tania Denali.

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Isabella, luego de que Tania soltara las palabras aterradoras, sintió como si un cuchillo la abriese de par en par; su corazón -en ese momento vulnerable- estaba entre las fauces de los celos y las dudas. Recordó las palabras que desprendieron de los labios de aquella mujer de manera dolorosa: "Él no la ama, todo es un teatro querida, una mala representación del hombre más asqueroso de toda la ciudad" Cerró sus ojos por un breve instante y la música a su alrededor desapareció, sólo escuchaba en su memoria todo lo que el bastardo hermoso le había dicho hasta el cansancio, las cartas hermosas llenas de fuego "he leído las cartas madame" ¡No! sus cartas, esa mujer no podía conocerlas, eran propias, íntimas, sólo de él para ella, su alma y pasión plasmadas en tinta.

Ella miente Isabella, ella miente…

Se repetía a cada segundo: Tania Denali estaba enamorada de Edward Cullen. Su mirada, la actitud de gata, los senos alzados y su respirar agitado siempre que lo veía lo afirmaban; lo amaba, lo deseaba, lo añoraba y, de alguna manera, lo odiaba. Isabella conocía como era la vanidad de una gata seductora como Tania, años atrás ella fue igual, odiaba a cada hombre que le decía que no, a cada uno que se negaba a adorarla, y siempre al final ella -malvada y caprichosa- hacía que todos los que cometían la "blasfemia" de no mirarla y admitir que era lo más hermoso de toda Francia sufrieran las consecuencias ¿Cuáles? Ser apartado de la sociedad parisina y ver como todos se alejaban tan sólo porque la emperatriz de Paris lo decía.

Conocía las tretas que mujeres peligrosas utilizaban para hacer que los hombres cayeran, para que estos fueran humillados y para que nada de ellos quedase intacto.

Isabella sabía que Edward Cullen había sido amante de la pelirroja maldita. Durante el tiempo en que ella lo observaba como algo inalcanzable, supo que el bello cínico se acostaba con muchas mujeres en Inglaterra, la misma Jessica Stanley, oculta entre sus abanicos, le narró como muchas suspiraban por él. Isabella nunca lo juzgó por ello, era hermoso, fascinante, maravilloso, loco y divertido ¿Quién se negaría a sus encantos? Además él era un hombre; por supuesto esta afirmación no iba teñida con el discursito manido de viejas locas que decían que por ser hombres tenían derecho a todo, no, para Bella, quien añoraba y envidiaba la libertad masculina, el ser hombre les daba un camino sin límites que les permitía seguir sus impulsos sin que nadie los juzgara. Edward Cullen, divino y narcótico, no tenía porque ser un monje ¡Dios! no lo adoraría si lo fuese. Por lo tanto jamás pensó en aquellas mujeres, él la amaba, se lo decía en cada momento, en cada ocasión ¡él no mentía! No lo hacía.

Un abrazo hermoso y fragante la sorprendió. Isabella se encontraba reviviendo en su mente cada uno de los momentos que vivió junto al Dios que adoraba, acariciaba en su memoria desde el minuto en que lo escuchó hablando sensualmente con aquella hembra hermosa que él cabalgaba hasta el instante perfecto de él enredado en su cintura.

-Te amo- le susurró tiernamente al oído- no me importa si todos aquí piensan que no lo debo decir por ser poco culto y vulgar madame ¡diantre!- lo escuchó aspirar profundamente- te amo Isabella, hasta más allá de los mares- dentro del corazón de Edward Cullen un terror palpitaba, un horror que lo desgarraba, ella se le iba como el agua entre las manos, ella, por lo único que él sería un hombre digno y bueno.

Isabella tomó sus manos y besó fervorosamente los dedos largos y pulidos de caballero.

-Te amo igual- de manera inquieta buscó a la mujer que trató de amargarle la noche y no la vio por ninguna parte, esto le hizo creer que quizás Tania sólo quería molestarla ella no me conoce, no me conoce ¿gata peligrosa? Yo… la princesa encantada -Te demoraste mucho querido.

Edward luchaba en su interior.

No se desgarraría y no permitiría que aquella maldita arruinara su noche, la más importante hasta ahora, la que, frente a todo Londres, él decía que si, que podía ser digno de Isabella Swan.

Le sonrió con picardía, se apartó dos pasos de ella y alargó su hermosa mano.

-Hay misterios bruja, que una dama no debe conocer sobre el hombre que será su esposo- se abalanzó sobre ella y se inclinó hasta quedar frente a su rostro - misterios que debe tener para que su mujer piense que su esposo es un hombre que no está tocado por las simples bajezas de lo humano.

¿Misterios?, ¿Qué misterios? Isabella inquieta preguntó con sus ojos, mas la sonrisa maliciosa y llena de burla le hizo saber que él se refería a cosas mundanas y cotidianas, el pavo real de Edward Cullen y su vanidad sin tregua estaban allí diciéndole que no había nada de que preocuparse.

- Te extrañé amor mío- ella tomó su mano.

-¡Mientes bruja! Debes tener tu tarjeta de baile repleta con todos estos tunantes queriendo bailar con la reina del Savoy- sus ojos fueron oscuros, ella le respondería de la misma manera turbulenta.

-Si, pero- se acercó a su oído- a todos les dije que eres tú el dueño de mi corazón y de mis bailes hasta que yo sea una anciana, mi tarjeta ha sido copada.

Él la alzó con fuerza y la arrastró hasta el centro del salón tomándola fuerte de su cintura.

-Así es madame, así es, toda tu vida está copada por mí ¡bailemos hasta que todo desaparezca!

Ambos se observaron de manera inquieta, un leve terror relampagueó en la conexión de sus ojos, pero, sin embargo, enmascararon sus miedos y la música bella los envolvió para que no pensaran en un mañana sino en ese momento, en esos minutos donde, sin miedo, bailaban frente a todo Londres.

El camino a casa fue silencioso y cómodo. El cínico le daba a la atmósfera un aire juguetón y guasón. A los pocos minutos, alargó sus manos hacia el vestido de blanco marfil de su mujer y acarició sus muslos por encima de la costosa tela, Isabella brincó ante el toque, si los besos lascivos de unos días atrás la hicieron arder como el Vesubio, no se imaginaba como sería el día en que se desnudaría frente a aquel hombre, de sentirlo dentro de ella. Edward sabía lo que sus manos provocaban y, esbozando una sonrisa ladeada, sus ojos brillaron en la oscuridad del coche.

-Es usted madame una mujer de muy malos pensamientos- alzó la ceja sugestivamente- yo sólo me preocupo por sus pies- sin vergüenza fue hasta los zapatos blanco y, de forma seductora, los quitó dejando a la vista sus delicados pies que estaban envuelto por unas finas medias de seda, sus manos presionaron el empeine de forma suave y lenta, luego los tomó en su totalidad y, de manera mágica, acarició cada uno, haciendo que madame emitiera un suspiro lento y que sus ojos no se despegaran de él que la mimaba como hacía años nadie lo acariciaba- son hermosos amada, hermosos- se inclinó un poco y besó el pequeño pie mariposa que estaba adolorido por el baile- amo cada parte de tu anatomía bruja.

-Edward- gimió con ternura, no, él no mentía.

Suavemente, el hombre levantó su mirada hacia ella, la máscara guasona había caído y sólo quedaba él, que por primera vez en su vida sería lo que nunca se permitió ser: tierno.

-Cuando te veo madame- acariciaba el talón- veo algo hermoso- besó uno de sus dedos- cuando te toco soy afortunado- presionó el tobillo en círculos- cuando estoy contigo- de nuevo su mirada clavada en ella- soy todo lo que quiero ser; mi piel y mi alma te pertenecen Isabella Swan, todo lo que soy es para ti – frunció su ceño y su rostro se tornó hermoso y profundo- no permitas que nadie te diga lo contrario, soy uno antes de ti y soy otro después de conocerte amada mía.

Madame paró su excitación, algo en aquella voz era desconocida ¿qué le decía?, ¿Qué le advertía?, ¿Edward deseaba contarle algo pero no se atrevía?- ¿qué tienes querido?- tomó su cabello con fuerza- ¿estás preocupado?, ¿Quieres contarme algo? Por favor Edward…este es el momento para decirme lo que ocultas, si es que ocultas algo, es la hora…

Hubo un silencio.

¡No!

No podría decirle nada, todo era demasiado asqueroso y repulsivo ¿cómo decirle que llegó hasta ella por una apuesta de juego?, ¿Cómo decirle que sus primeros acercamientos sólo fueron para seducirla y llevarla a la cama?, ¿Cómo contarle los sucios detalles de un hombre que sólo era un tahúr y que ella era su as de diamantes para pagarle a Alistair Sinclair, para la diversión de Tania Denali y para que él, un inútil contumaz, continuara en su vida de casanova burlón y malvado? Todo, todo era una maldita obra de teatro, una pieza terrible en algún libro de Dickens, donde la crueldad de todos la convirtieron en la presa de una jauría de lobos, padre, dos enemigos y sobre todo el peor: él.

¡No!

No podía, tres semanas y ella sería suya para siempre. Pasaría el resto de su vida amándola, ya no sería inútil y él le demostraría, a cada segundo, que casarse con un bastardo cínico era la mejor decisión que ella había tomado, que aquel día perfecto en que lo buscó en la calle hollín - en medio de la violencia, la pobreza y el mal olor para decirle que lo amaba -valió la pena, no sería posible ganarse su respeto si Isabella sabía cuan aterradora fue la circunstancia para que él la mirara.

¡Dios!

Tembló.

Si la maldita apuesta no se hubiese dado él no la hubiese conocido, no se le habría acercado ni tocado, aquella verdad lo desgarró por dentro ¡no la habría tocado! Su opio de corazón.

-Estoy feliz- contestó volviendo a su esplendorosa sonrisa- ¿has tenido esa sensación de que siempre creíste que eras alguien feliz, pero cuando en realidad la felicidad se presenta te das cuenta que toda tu vida fue una farsa?, ¿Qué sólo existe este momento en que nada será igual?, ¿En que eres pleno?

-La he sentido Edward- su voz fue dulce y sonrió tierna.

-Yo la conocí el día que supe que te amaba.

-Para mi es igual- una lágrima se deslizó por su mejilla- desde el primer día que te eh visto hermoso bastardo.

Ambos gimieron, Edward desesperado besó su pie, su muslo escondido entre telas y medias, su vestido y picoteó el centro de su vientre mientras que Isabella, con su cabeza recostada en el lujoso sillón, permitía aquella adoración vehemente. Un beso en la comisura de su boca le anunció que él venía por ella, por sus labios, su saliva, su lengua y todo lo que ella prometía, el beso fue profundo y voraz, en espacios dulces, calientes, desesperados y agónicos. Sus manos se entrelazaron en medio de aquella pasión de lenguas y sonidos, la mano libre de Isabella se deslizaba por el cuello de Edward, y la de éste poseía su cintura, todo en aquel carruaje era oscuro y taciturno, un aire de agonía dulce y un viento de algo irremediable y poético, si, así, como debía ser el amor en la época Victoriana, siempre con el patetismo de una era triste que se desmorona y con la incertidumbre de algo que comienza.

Un amor entre el pasado de gente que agonizó de amor y no lo dijo nunca y con la posibilidad de personas que amarían y tendrían terror por hacerlo en un siglo que se avecinaba salvaje.

A los minutos, Edward dejó a Isabella en las puertas de la enorme mansión mientras que Alice la esperaba con una hermosa caperuza que daba a la calle un aire de nostalgia.

Ambos se dijeron te amo, se miraron y afirmaron un por siempre.

No me lastimes Edward ella pensó.

Yo no permitiré que me dejes de amar Isabella lo hizo él.

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En medio del camino, Edward Cullen, en la oscuridad del carruaje, planeaba cada movimiento, cada palabra, toda la crueldad genética de una raza que siempre tenía la daga en su lengua se aprestaba a lastimar, sin importar como, a Tania Denali.

Una mucama regordeta y mórbida lo reconoció y lo miró con deseo vulgar.

-¡Mister Cullen! Que agradable sorpresa, parece que han sido siglos desde la última vez.

El bastardo cínico en él sonrió, la mujer era una celestina, una lechuza rastrera y maliciosa, ese tipo de mujeres que habitaban en Londres y que, tras sus uniformes y supuestas actitudes de servilismo, odiaban a todo el mundo y disfrutaban ver como "los superiores" eran más asquerosos que una letrina. Cualquier señal de lo que él iba a hacer y la mujer correría hasta donde su ama y le gritaría que Edward Cullen venía con oscuras intenciones.

Un brillo de una moneda, un guiño provocador y una palmada en el trasero de la mucama, y él sabía que ella los dejaría en paz.

-Piérdete preciosa, una jarra de vino está tras esa moneda.

Caminó por los pasillos de la enorme casa de Tania Denali, una sonrisa burlona y asqueada se dibujó en su rostro mientras avanzaba. Él sabía que toda aquella riqueza era producto de su belleza y de su talento para mentir, era una cortesana vulgar pero con una inteligencia tan arrasadora que nadie era capaz de levantarse frente a ella…hasta hoy.

Pisó fuerte para que la pelirroja lo escuchara, un año atrás, la misma escena se repetía noche tras noche, él con paso duro le hacía saber que iba por su cuerpo y que no quedaría nada de éste cuando la poseyese. Conocía lo que lo esperaba pero, aún así, un asco profundo casi le hace vomitar en plena alfombra. Si, allí frente a él, Tania se encontraba desnuda con su cuerpo en pose de Maja de Goya esperando que Edward Cullen la penetrase hasta la muerte.

-Hola querido- dijo ella con risa solapada y divertida- me hiciste esperar demasiado, apuesto que madame Swan no quería dejarte ir.

Edward ocultó su repulsión, no permitiría que la maldita ensuciara el nombre de quien sería su esposa.

-Pero ya estoy aquí muñeca- se acercó hasta la cama y, como un buen actor, posó sus ojos en el cuerpo perfecto y voluptuoso de la mujer, mas la mirada no contuvo todo el deseo de años atrás, sólo fue una mirada por un cuerpo que no lo llamaba, pero la mujer no se percató, estaba demasiado extasiada con la presencia de Edward en esa habitación que no supo que aquel hombre venía con una intención diferente a la que ella esperaba.

-Estoy feliz cariño- se apoyó sobre sus hombros y sus senos turgentes se balancearon de forma sensual. El hombre frente a ella sólo pensaba en los pechos de la mujer que amaba, quizás no eran tan grandes, pero eran bellos como frutas maduras y su boca ya los había saboreado y estaba convencido de que, frente al roce, el sabor, el tacto y la sensación de éstos en su lengua, ya estaba irremediablemente encadenado – bésame- alargó su mano, la mirada verde de Edward era indescifrable, de alguna manera ella presintió que el hombre ya no era el mismo de antes, ahora había algo más. El ruego del beso no fue tomado en cuenta, entonces Tania se levantó sinuosamente haciendo que su cabellera roja se deslizara por todo su cuerpo. Edward se fijaba en cada parte de aquella anatomía bellamente agresiva, bajó sus ojos hacia el sexo de ésta y el vello violento y poco estético le hizo tener la añoranza de aquel que era limpio y suave- desnúdate mi amor- sonrió- ¿quieres que te ayude?

-No- sonrió con malicia- lo hago yo querida- dio dos pasos hacia atrás, la risa divertida de Tania le hizo revolver el estomago, pero sin embargo él continuó con su careta divertida- te excita esto ¿no es así linda?- su capa cayó en el suelo al igual que su hermosa casaca oscura.

-Estoy excitada hermoso, tú eres el único que logra esto en mí- ella relamía su boca, su lengua pasaba por sus labios ansiando el momento en que él la besara. Edward empezó a desanudar los puños de su camisa blanca, ella estaba impaciente ¡Dios! era tan hermoso- Yo te excito ¿no es así Edward?- preguntó con un puchero de dulzura y capricho.

Él no contestó.

Se desnudó sigilosamente, la luz de la lámpara iluminaba su hermoso cuerpo mientras caminaba hacia la mujer que tenía el corazón palpitante y el sexo húmedo, Tania no veía la hora de que Edward estuviese dentro de ella, jadeando, embistiéndola con fuerza y diciéndole cosas pérfidas al oído.

Desnudo frente a ella, la mujer sólo miraba su miembro, éste estaba en reposo, ella enarcó una ceja, recordaba los días en que él antes de llegar a ella, siempre estaba en alza, erecto y orgulloso, desesperado por penetrarla, era como si no pudiese respirar por la necesidad, mas ahora, sólo veía a aquel hombre que parecía una estatua sin vida.

-¡Bésame!- se lanzó a él y lo tomó de su cabello jalando con dureza hasta su boca- ¡ahggg!- un grito duro fue la respuesta pues Edward mordió su boca, no con aquellos mordiscos sensuales y juguetones, si no con una mordedura dolorosa y punzante - ¿me mordiste?- preguntó entre la sorpresa y la excitación- no eres de esos hombres que juegan duro Edward Cullen.

-Si lo soy, ven aquí Tania, hazlo de nuevo- la orden fue acatada y ella volvió a besarlo, mientras que él, allí parado con los brazos a sus lados, se quedaba incólume y sin vida en su cuerpo, sólo sus dientes enterrándose en los labios de la mujer quien gritaba casi segura que un poco de sangre salía por ellos.

-¡Me volviste a morder! ¡Maldito!

-Y lo volveré a hacer Tania Denali si vuelves y te acercas- su vos dura y agresiva hizo que la mujer respirara con fuerza- no estoy inspirado esta noche.

-¡Ja! no puedes decir eso- se bajó de la cama y caminó sigilosa tratando que su monumental figura, que era su mejor arma, hiciese el trabajo de despertar al animal dormido- puedo perdonarte que me mordieras, es más, me gusta rudo amor mío- sin previo aviso fue hasta él y tocó de manera descarada su verga- yo sé que me extrañas cariño- acariciaba de arriba abajo- yo sé que lo haces, nadie puede darte lo que yo te doy, ninguna de esas mujeres sabe que es lo que te gusta Edward Cullen.

La mirada de Edward era de asco absoluto, asco por ella, por él, por aquel momento vulgar, por sus manos sobre su cuerpo, por su boca en rictus asqueroso, por su respiración, por su desnudes que ya no lo llamaba, por todo su pasado.

Agarró sus muñecas de forma intempestiva, ella dio un brinquito de triunfo, ya lo tenía en su poder ¡si! finalmente había regresado. Edward colocó sus manos por encima de su cabeza, una de sus piernas entre los muslos blancos de Tania y, con agresividad, la tumbó a la cama.

-¡Oh si!- ella se removió- ¡ven ahora!

Un tigre se abalanzó sobre ella y de manera furiosa mordió su cuello, la mordió tan fuerte que ella gimió de agonía y trató de zafarse del peso insoportable que la oprimía, pero el cuerpo de Edward la aplastaba y no le daba espacio al movimiento.

-¡No!- Edward rugió con furia- no estoy excitado contigo golfa- con una de sus rodillas apartó sus piernas y se instaló en su sexo- no estoy excitado contigo- con su pelvis golpeó su centro- me repugnas.

Los ojos azules de la mujer se abrieron de manera desmesurada, pues lo que veía frente a ella no era el amante a quien amaba, era otro y tenía miedo de éste.

-¿Qué haces?- golpeó sus hombros- ¿qué haces maldito?

-¿Qué hago?- tomó sus muñecas- ¿qué hago? Esto Tania Denali- hizo como si la fuese a penetrar pero sólo la golpeó- esto ¿crees que me conoces linda?, ¿Crees que puedes jugar conmigo como si yo fuese un títere en tus manos?

-Eres un juguete idiota- gruñó- eso es lo que eres.

-No soy un pene Tania, tengo alma y no te pertenece, puedes- y se acercó a sus oídos- puedes desnudarte y mostrarme tu cuerpo y no sentiré nada ¡nada! No me excitas, no me provocas nada. Tú y tu sexo sucio y desagradable no son lo que quiero.

-¿Y qué es lo que quieres estúpido?

-Isabella Swan- su nombre en ese cuarto fue una blasfemia- eso es lo que quiero, ella es la que me excita, la que amo.

-¡No amas a nadie!

- La amo.

-No.

-Si, la amo-la enterró en su cama- La amo como nunca he amado a alguien, como nunca te amarán a ti.

Una carcajada de hiena resonó en la habitación, Tania detuvo su lucha contra el cuerpo de Edward y fijó su mirada en él.

-Eres un iluso querido, un iluso, ella no te ama, sólo está encaprichada contigo.

-Va a ser mi esposa.

-Porque no le queda de otra imbécil, nadie se casará con ella, y sí lo hacen es por su dinero.

-¡Me escogió a mi!

-Es una ilusión Edward mi amado, una ilusión, madame Swan es tu ilusión, tú ilusión de ser alguien ¿estás enamorado de ella? ¡Mientes! Estás enamorado de su dinero, de su prestigio maldito bueno para nada, enamorado del honor de ser parte de esa familia ¿enamorado? No me hagas reír- ella hablaba de manera ahogada, lo gritaba entre la falta de aire y su deseo por que él comprendiera que no podía amar a nadie, porque Edward Cullen no podía, porque si lo hacía ¿qué sería de ella? Su vida dependía de que hombres como esos no tuvieran corazón, o mejor dicho, hombres que sólo aspiraran a mujeres depravadas como ella.

-La amo.

-¡Fóllame idiota! y verás que eso que llamas amor no es nada comparado con lo que yo te puedo dar, es a lo único que puedes aspirar imbécil.

-¡Nunca! Mírame Tania- se apartó de ella- ¡mírame! Soy un hombre maldita- su verga estaba en alza, pero su asco mediaba allí- ¡mírame! Puedo estar contigo, puedo penetrarte pero no me verás, porque yo sólo estaré pensando en ella, estaré viéndola a ella - una lágrima de asco, dolor y tragedia se deslizó por el hermoso rostro de Edward Cullen- me tendrás dentro de ti y sólo sentirás mi asco linda, sólo sentirás mi rabia.

-¡Te odio!

-¿Me odias? Yo te odio más- fue hasta sus senos y mordió uno de sus pezones- yo te odio más, esto es lo que quieres de mí, esto es lo que deseas , quieres llevarme a tu nivel de nuevo, quieres que vuelva a ser el maldito que era contigo.

-Nunca vas a cambiar, seguirás siendo igual, cuando te aburras volverás a ser el de antes: jugador, tahúr, el hombre de la calle ¿quieres casarte con ella? ¡No lo vas a hacer! ¡Te voy a destruir!

-¡No lo harás! No puedes, porque yo lo haré primero, lo haré primero.

-No tienes el poder- el rostro de Tania cambió abruptamente, observó la lágrima que corría en su rostro ¡Dios! ¿Él lloraba?, ¿Él sentía? La humillación, el horror, el dolor, y la rabia corrían por sus venas- estás condenado Edward Cullen, condenado.

-No lo estoy- con una de sus manos tomó las muñecas de la mujer y la apretó con fuerza mientras que con la otra agarró su cuello- No eres nada Tania, sólo una cortesana, no eres una dama ni buena persona ¿qué dirás? No tienes nada, sólo es tu palabra, todos saben que tienes la lengua más viperina de todo Londres, que siempre has estado envidiosa de todas las aristócratas de la ciudad por no dignarse a ser tus amigas, que vas de cama en cama para obtener dinero y poder ¿Quién eres tú? Te mueres por ser parte de ese mundo.

-Al igual que tú.

-No, te equivocas querida, yo puedo ser un maldito, un tahúr y todo lo que quieras, pero soy hijo de Carlisle Cullen, soy hijo de alguien a quien respetan.

-Nadie te respeta, ni ella lo hace.

Isabella, siempre allí presente con su mirada cariñosa, sus palabras de amor, los besos de fuego, yendo con él al baile del Savoy, caminando por la ciudad a pleno media día, besándolo sin que nada le importara, diciendo que sería su esposa, su mujer y la madre de sus hijos, si, ella si lo respetaba.

-Ella lo hace, me conoce, sabe que tengo alma, una que no será tuya jamás, eso es lo que te duele ¿no es así querida? Porque tú también lo sabías pero te empeñaste en hacerme creer que sólo era una alimaña estúpida- de pronto una iluminación llegó a la mente de aquel hombre- ¡Demonios!- golpeó la cabecera de la cama tan fuerte que Tania gritó creyendo que el golpe iba hacia ella- eso es, eso- sus ojos verdes relampaguearon, su sonrisa ladeada volvió y su cinismo estaba a flor de piel- al fin entiendo querida…me amas, estás enamorada de mí pero sabías que nunca te amaría, lo sabías- su lengua sobresalió entre sus hermosos dientes- por eso me orillaste con el bastardo de Sinclair, creíste que si yo iba en pos de madame ella me rechazaría, ella me odiaría y así yo seguiría creyendo que no merecía nada.

-Eres un idiota- las aletas de Tania se dilataban- no sabes nada, nada…si, te amo, te amo maldito hijo de puta, te amo, pero mi venganza es mucho más de lo que tú te llegarás a imaginar, mucho más- su voz fue desgarrada.

-¿Qué quieres de mi?, ¿Qué te ame?

-¡Quiero eso! Lo quiero todo, cásate con ella y no cumpliré mi venganza mi amor, te perdonaré si vienes cada noche a mi cama, a mi cuerpo.

-Nunca- con la fuerza de un huracán se levantó de la cama- jamás.

-Te voy a destruir, haré que todos sepan que tu hermana Rosalie está embarazada de un sirviente, le diré a Charles Swan que te quieres casar con su hija por dinero, todos sabrán la clase de alimaña que eres- se paró de la cama desesperada al verlo vestirse, escuchó un gemido de rabia, los ojos hermosos y profundos de Edward Cullen lloraban por sí mismo y por todo.

-Su padre sabe quien soy.

La mujer parpadeó ¡oh si! Claro que sabía, el todopoderoso Charles Swan no dejaría que su única hija se casara con un hombre como Edward Cullen, debía haber algo más, algo más.

-Oh- ella se carcajeó- ¿te tiene en su poder?, ¿No es así? Madame Swan, hija única y solterona, cuyo único prospecto es un tahúr con buen apellido- sus hombros se empezaron a mover por la fuerza de sus carcajadas- eso es.

Edward volteó hacia ella vestido en casi su totalidad, quería vomitar sobre el piso, tomó su casaca, su capa, caminó hasta ella y le brindó una mirada que una mujer como Tania nunca había visto, una mirada de total desprecio, de asco, de desamor. Alzó su mano y lo abofeteó con fuerza, él no se movió ni un milímetro, ella volvió a abofetearlo, pero nada.

-¿Sabes lo que es el amor Tania?, ¿Lo sabes? Eso que sientes por mi no se compara con lo que siento por ella, nada, Isabella es todo para mi - tomó su brazo y lo arrastró hasta su pecho- mírame querida, ve como un hombre asqueroso como yo puede amar a alguien en su vida, mira como me muero y desgarro por dentro, soy capaz de todo, capaz de lo mejor, y lo haría por Isabella Swan, por ella, nunca por una mujer como tú- la soltó con fuerzas y en dos zancadas estaba fuera de la habitación.

Un grito de furia se escuchó por toda la casa.

Tania jugaba también, había estado toda su vida en un mundo de hombres, sabía como pensaban, lo que deseaban, los supuestos y educación con lo que ellos se movían.

¡La juzgaba!

El maldito la juzgaba ¡no sabía nada! y creía que tenía derecho a destrozar su corazón.

Sin importar que estuviera desnuda, salió de la habitación y corrió tras el hombre que caminaba apresuradamente por los pasillos.

-Me río de ti Edward Cullen ¿crees que ella es buena?, ¿Crees que es una virgen dulce y pura? ¡Ella es peor que yo! Mucho peor ¡no la conoces maldito bastardo!- mientras gritaba, Edward bajaba la escalera- ¡ella no ama a nadie!

Como un bólido, Edward se enfrentó a Tania desde una de las gradas, la miró con fastidio. Una pasión en él que lo enardecía venida desde el centro de su corazón, una pasión que lo enceguecía, un olor, un tacto, una boca, una voz, una presencia.

-¡Pero yo la amo! y es lo que me importa Tania, ¡Yo! El ser más despreciable de esta ciudad ¡yo! ¡La amo! como nunca entenderás, como nunca te amarán a ti, como jamás fui capaz de amarte ¡jamás!- una voz ronca y desgarrada salió de su pecho- ella será mía, lo será.

Y corrió hacia la puerta dejando a la mujer desnuda y humillada llorando en una casa solitaria.

La lluvia melancólica caía sobre la ciudad, las gotas pequeñas se confundían con las lágrimas de un bastardo que lloraba en agonía.

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Al día siguiente, la noticia de la muerte de Lady Emma Whitlock estremecía la ciudad, la mujer había fallecido en medio del dolor y la tortura por un parto prematuro y terrible. Su esposo, sentado en su cama viendo el cadáver blanquecino, sólo pensaba en los años que vivió con ella, en que no la amó, en que siempre añorara otro cuerpo, en como la maldijo por no ser Alice, en que todo lo que aquella niña tonta de voz pequeña y falsada le había quitado ¿y ahora? Ahora no quedaba nada, sólo un cuerpo muerto y la tremenda consciencia de que ella siempre, de alguna manera, supo que él no la amó jamás.

Alice, escondida en su habitación, lloraba de dolor, de culpa y de remordimiento ¿Cuántos años odió a aquella niña estúpida?, ¿Cuántos años deseó que ella muriera? ¡Señor!

Arrodillada en su cama, pensó en su padre, el viejo vicario, bueno y dulce que le enseñó a ser buena, a rezar y a cantar en latín, que le dijo que debía perdonar y amar a todos, un hombre que siempre creyó que su pequeña nena de ojos grises estaba destinada a ser la mujer de un buen hombre y que estaba para ser la madre de buenos niños católicos ¡Dios! ¿Si él hubiese sabido que mientras ella rezaba junto a sus padres fingía? Recordó como cuando sólo tenía veinte años, y con el eco de su padre rezando, sólo pensaba en el cuerpo desnudo de Jasper, en sus gemidos, en el placer, en ella debajo de él, en su boca sobre su cuerpo, en su piel… Recordó como, cuando él se casó, los rezos aterradores del viejo se hicieron sus enemigos, porque la pasión y el deseo de Alice se confundían con su odio hacia Emma Whitlock, como se arrodillaba frente al crucifijo de la vieja parroquia y oraba y rogaba porque la delicada dama muriera, se cayera de un caballo o viniese la viruela y la desfigurara, su padre estaba tan orgulloso de ella, al ver semejante pasión, semejante devoción.

Eres tan buena querida la mano de su padre sobre su cabello, la fe de él en ella.

-¡Dios!- arrodillada en su cama- perdóname padre, soy buena, no soy mala, soy la hija que tú querías, por favor perdóname.

Era una hipócrita, una total hipócrita ¡no! ella no era la hija buena que él deseaba. Fue amante de un hombre a los diecisiete años, gritaba su nombre cuando él la penetraba, deseaba cosas lascivas con él todo el tiempo, sólo se veía desnuda a su lado, odiaba a la mujer con quien él se había casado, la había odiado durante años, deseado verla muerta, fue amante de un hombre a quien no amaba, gozó con él, y ahora, con la perspectiva de Emma muerta ¡y que Dios la perdonase! Ella no sentía nada, sólo ese vicio llamado culpa, esa sombra, ese eco falso de vergüenza, esa nada, porque allí, arrodillada frente al crucifijo- único regalo de su padre y herencia - Alice Brandon deseaba de igual manera o más que antes a Jasper Whitlock.

-¿Estás bien Alice?- Bella tras la puerta preguntaba- puedes hablar conmigo querida.

Pero Alice no contestó e Isabella, preocupada por su amiga y por su prometido -quien era mejor amigo de Jasper- se debatía hacia quien dirigir su abrigo y consuelo, además, estaba inquietada porque Edward se había despedido de ella, la noche anterior, con un aire de melancolía que ella no supo definir.

A la media hora, una pequeña carta de su bastardo fue suficiente para que se diluyeran sus dudas.

Madame hermosa…te amo mi amor.

Hoy ha pasado algo terrible amada mía, a estas alturas ya lo debes saber: madame Emma Whitlock ha muerto, mi amistad con Jasper y con su familia hace que deba estar con él bruja mía, si ¿Quién lo diría? Resulta que dentro de este corazón loco, no sólo existe alguien que ama locamente a una mujer, sino que también se descubre como amigo. Hoy lo acompañaré en su duelo, espero que puedas venir hasta aquí y servirme como compañía querida.

Te amo irremediablemente hasta más allá de los mares.

Tuyo

Edward.

Isabella sonrió y se llevó la carta a su pecho, corrió hacia la habitación de Alice y le dijo que iría a la mansión de Jasper.

-¿Quieres que le diga algo cariño?- la contestación siempre fue la misma: Silencio- yo estoy contigo amiga, si quieres sal y habla conmigo, sé lo que sientes linda, no te encierres por favor, estoy preocupada- posó su mano sobre la puerta del ama de llaves- eres mi mejor amiga, eres mi familia Alice, nunca lo dudes- esperó un minuto, pero comprendió que Alice sólo quería soledad.

Caminó hasta su cuarto, una tasa de té la esperaba junto a Susy que la ayudó a vestirse para ir al velatorio de la mujer. A la media hora, su padre Charles, quien como siempre era un indiferente, sólo atinó a decir que iría al entierro pero que no se presentaría a la velación, pues para él, esas demostraciones de llanto y luto, eran de mal gusto y fuera de educación.

-Es totalmente irrelevante tanto llanto Isabella, los muertos no necesitan nuestras lágrimas y no es inglés ser tan dramático.

Isabella hizo un gesto de impaciencia frente a su padre, quien parecía irremediablemente condenado a no sentir nada.

Bajó las escaleras para recoger su paraguas y esperar el coche que la llevaría hasta la mansión en Mayfair, salió al antejardín, después de una noche de lluvia aquel día pintaba hermoso, un gesto triste se dibujó en su cara, había tratado poco con Lady Emma - mujer ratonil y pequeña - que siempre parecía perdida en el mundo y sorprendida por estar casada con el hombre más bello del mundo, bueno el segundo más bello después de su bastardo.

Un olor a alquitrán llegó a su nariz, tocó su rostro, el olor era penetrante, al igual que un perfume costoso pero fastidioso, al cual ella conocía muy bien. Escondida entre las columnas de la casa estaba Tania Denali vestida de manera escandalosa, fumando un cigarro y sonriendo burlonamente.

-¿Usted?

-Oh Madame, le dije que vendría ¿no me estaba esperando?- caminó con soltura hacia Isabella Swan.

-No, váyase de mi casa- dio dos pasos para bajar la escalera que la encaminaba hacia la calle donde Oscar la esperaba junto con su cochero- no es bienvenida.

-¡Que pena princesa encantada!

Isabella volteó furiosa ¡maldito Sinclair! Él debió contarle, desanduvo sus pasos y se enfrentó a la mujer.

-¿Qué desea?

-Lo mismo que usted, a Edward Cullen- la mujer de cabellos rojos contestó orgullosa, unos diamantes enormes y vulgares se balanceaban de un lugar a otro- lo quiero.

-No sea ridícula, ese hombre no le pertenece.

-No, ni le pertenecerá a usted madame- se acercó al nivel del rostro de Isabella- quiero contarle algo.

-No me interesa- se apartó- usted mentirá- abrió su sombrilla de manera aparatosa y con algo de dramatismo para así darle a entender a la mujer que le era indiferente.

- ¿No quiere saber madame como Alistair Sinclair obligó a nuestro amado Edward para que la enamorara porque él le debía diez mil libras?, ¿No quieres saber como yo participé?, ¿Y cuales fueron las condiciones de dichas propuesta madame? Su prometido miente, tengo la pruebas querida- se hizo por detrás de su espalda- no, yo no miento como lo hace él, yo no miento.

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Oh ahora esto se puso bueno, esperen la princesa encantada del próximo capítulo en adelante.

Gracias por leer muñecas.

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