La obra Crepúsculo le pertenece a Meyer, la historia y situaciones de esta historia son mías.

Obra registrada bajo derechos de autor.

¡Ha vuelto el bastardo y la bruja! Casi no ¡por Dios! a todas las lectoras que han esperado pacientemente a que estos dos regresaran mil gracias, a las que comentan y continúan aquí como lectoras fantasmas.

A mi beta- editora Belen Robsten quien le da cuerpo a esta historia, quien es una amiga fiel y con quien me divertí entre montañas y cigarrillos.


FALSAS APARIENCIAS

25

Máscaras, todos los seres humanos las usamos. Resulta difícil – incluso peligroso - vivir en este mundo y mostrar quienes somos realmente. En la antigua Grecia, el actor de teatro, usaba máscaras para interpretar un personaje; el hipócrita era como se lo llamaba, él hablaba desde la máscara, interpretaba un personaje, respiraba en el sin que su verdadero rostro mediara en la actuación subjetiva. Porque si, en el encubrimiento se encontraba el arte, la belleza de la obra, mas la verdad - que nadie deseaba comprender- era que aquel hipócrita tras su máscara se ponía otra; la careta de lo irreal llegaba hasta él y era aceptado por todos, el personaje era real, el hombre tras la máscara no lo era pues todo en él era cubierto.

¿Quiénes somos realmente?, ¿quién es aquel que se oculta tras una cara, una sonrisa o una pose para así poder sobrevivir?, ¿somos tan horribles?, ¿tan degenerados?, ¿tan monstruosos que no podemos mostrar nuestro rostro delante de todos?, ¿qué tememos?

Para Isabella Swan la máscara era todo. Había logrado sobrevivir en el mundo por muchos años con ella puesta, entendió que no podía mostrar su identidad pues ser real en un mundo de actores era estar expuesta y en peligro. Aún así el peso de la careta sobre su rostro fue pesada y agobiante, pero la ayudó a sobrevivir, a llevar una vida tranquila y a ocultar su culpa, mas no podía negar que extrañaba a la verdadera mujer, la que reinó muchos años atrás, la que no temía a nada, la de sonrisa franca, quien era capaz de disfrutar, aquella que no permitía que le impusiesen mandatos, la que gritaba verdades sin miedo a las consecuencias, quien podía defenderse en un mundo de fieras y actores consumados, la que era capaz de caminar con la frente en alto diciéndole al mundo cuan libre era. ¡Cómo le hubiese gustado ser un poco más piadosa! ¿Qué hubiese ocurrido de haber sido más tierna y compasiva? Ahora, a los veintiocho años de edad, Isabella Swan empatizaba con dichas emociones. En el silencio de su impecable interpretación de la hija pudorosa de Charles Swan, ella había sido capaz de observar a las personas que poblaron su pasado, aquellos que la amaron sin importar su clase social ni su apellido. Muchos de ellos ya no estaban y los otros eran seres luminosos que ayudaban a que su vida fuese soportable. Con la certeza que llegó junto a la culpa y al dolor de haber destruido vidas, Isabella entendió cuanta gente a su alrededor necesitaba compasión, ser escuchados y que alguien los ayudase a sobrellevar vidas que la mayoría detestaba.

Y aunque durante años estuvo incomoda en aquella piel y bajo su máscara, ésta la salvó de sí misma, pero en su afán de refugio, su protección la hizo una cobarde; temía a todo y descubrió con dolor hasta que punto sería capaz de ocultarse tan solo para vivir en esa paz de aristocracia, en aquella decencia teatral, en la digna obra de falsedad y estúpidos prejuicios. Lo que no pudo prever fue que con sólo una chispa de fuego divino, todo su mundo se volvería una llama, un incendio que la empujaría a sentir como la antigua Isabella, una ráfaga de fuego que la renacería de las cenizas y que la haría vibrar con sed de vida, un fuego interno, la necesidad de darse por completo, el deseo agobiante de devorar y ser devorada. Un día, una tarde en un establo y aquella chispa con nombre de hombre vendría y la haría sentir de nuevo viva, nuevamente peligrosa.

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Tania Denali entró en la impresionante mansión de Charles Swan con una sonrisa sardónica y con la certeza de triunfo. Caminó a lo largo del salón principal -delante de Isabella Swan - balanceándose de manera segura. Lucía un tremendo escote que dejaba ver sus senos turgentes y voluptuosos y el vestido de un verde ocre se abrazaba a su torso como si fuera un guante. Por un segundo volteó hacia su Némesis y pensó que seguramente le faltaba lo que a ella le sobraba, un segundo y dudó que la solterona - opacada por el terrible vestido oscuro - fuera todo lo que ella había escuchado.

No me llega a los talones, es sólo una rica aristocrática con un pasado excéntrico

Tania llegó a pensar que todo el escándalo de Paris era algo exagerado que, bajo otra lupa, era chusco y no había llegado a mayores, pero que con el amor al chisme y a la exageración de los franceses había sido agrandado Viéndola bien la pobre mujer es una cosilla insignificante.

Ella y su vanidad de diosa perfecta, jamás aceptaría que madame de cabello oscuro y ojos marrones - nada especiales- era aquella que en ese momento tenía al cínico animal de Edward Cullen comiendo de su mano.

Una revolcada con esta insulsa y se arrepentirá toda su vida.

Tania Denali lo salvaría del tedio, le daría todo, ella estaba dispuesta a entregarle el mundo y mucho más sin que su amado tuviese que arrastrarse.

-Es una hermosa casa madame- la enfrentó mientras apagaba su escandaloso cigarrillo.

-No es bienvenida- Isabella clavó sus ojos en la mujer, centró su mirada en el vestido hermoso y algo parecido a la envidia la poseyó.

-Me dará las gracias querida, se lo aseguro- iba a sentarse en el hermoso sofá de terciopelo azul que reinaba en el salón principal cual reina, mas el gesto de no se atreva dado por los ojos de la dueña de casa se lo impidieron.

-Vamos al salón de té, señora Denali-Isabella levantó su rostro y guió a la mujer a la pequeña habitación de color rosa destinada al té británico y a la eterna rutina de las cinco de la tarde donde todos fingían ser civilizados y corteses.

La campanilla de servicio sonó por toda la casa. Tania descansó su hermoso cuerpo en una silla de mimbre blanco mientras que observaba divertida el lugar y a Madame Swan que caminaba de un lado a otro mientras esperaba a la servidumbre.

Una Alice de ojos llorosos llegó a los pocos segundos. Parpadeó, atónita, frente a la imagen de la vulgar pelirroja que la saludó burlonamente. Por un momento Isabella observó el rostro de su mejor amiga y entendió su dolor y su culpa.

-Querida, podrías traerle a la dama una tasa de chocolate- Alice e Isabella intercambiaron miradas- no te preocupes Alice, estaré bien.

-¿Segura madame?

-¡Por Dios!- Tania alzó sus manos de manera impaciente- no vengo armada, soy indefensa como una palomita – sonrió con sarcasmo - Oye Alice ¿podrías acompañar ese chocolate con unas galletitas? ¡Me encantan las galletas!- el ama de llaves entrecerró sus ojos, le dedicó una mirada de asco y se retiró haciéndole saber a su ama que cualquier problema y ella estaría allí al segundo- ¡que simpática!- ironizó Tania- es usted una mujer diferente madame, tratar así a una simple sirvienta.

Isabella volteó hacia la mujer y la enfrentó a pocos metros.

-Deje de fingir Tania, ¿qué quiere?- cruzó sus brazos.

-Se lo dije madame- se quitó el pequeño sombrero coquetón que colgaba de manera estratégica a un lado de su precioso rostro- decirle la verdad sobre su prometido.

-No me interesa, se lo repito.

-No sea tonta y no pretenda conmigo madame- la voz de Tania cambió abruptamente- le interesa, de no ser así, yo no estaría en su casa, en esta ridícula sala presta a tomar chocolate con galletas- suavizó su vestido y respiró con fuerza- Su prometido fue mi amante- soltó la oración con solemnidad y fijando sus grandes ojos azules en Isabella.

Isabella ladeó su cabeza y frunció su boca de manera divertida.

-Lo sabía.

-¿Lo sabía?- no podía negar que estaba sorprendida- ¿Edward se lo contó?

-No, yo lo sabía desde hace mucho tiempo señora Denali- caminó dos pasos hacia la silla enfrente de la mujer y se sentó delicadamente- Todo Londres lo sabía ¿acaso cree que me sorprende querida?- la voz antigua resurgía en ella- todos los hombres de Londres han pasado por su lecho ¿por qué mi Edward debía ser la excepción? Lo fácil, fácil se toma.

Tania se removió frente al insulto.

-Fue más que un amante ocasional, fueron dos años.

-¿Y? no veo un anillo en su mano madame, dos años y ya no está con usted, quizás se aburrió.

-¡Lo eché de mi lado!

-¿Entonces cual es el problema?

La exuberante pelirroja empezó a sentir que aquella mujer pequeña y modosa no era la tonta frágil que ella creía, por lo que, sin titubear, debía atacar con más fuerza.

-¿Acaso cree que ha olvidado mi cuerpo, madame?

Isabella temblaba por dentro mas la máscara la seguía protegiendo Él me ama, me desea…

- No sea vulgar Señora – los celos de la posesión, el burbujeo de la sangre a derramar, el volver a ser ella misma la impulsó a sacar su mueca cínica ante una perpleja Tania.

-¿Cree que puede olvidar mis manos?, ¿mis gemidos opacados por los suyos? Dos años madame, dos años no se olvidan fácilmente…

- Es cierto Tania, es complejo borrar dos años pero amiga mía… ¿sus gemidos? Estoy empezando a creer que subestima el gusto de mi prometido.

- Lo quiero conmigo ¡él me pertenece! – La pelirroja comenzaba a perder la postura prepotente ante el espectáculo frente a sus ojos.

-No es su propiedad.

-¡Lo es! Yo le di todo madame- adelantó su cuerpo hacia Isabella Swan - su prometido es un tahúr, un cínico a quien le gusta la vida fácil, lo atrae el dinero, es un holgazán bueno para nada- le brindó una sonrisa torcida- a excepción de las maravillas que sabe hacer en la alcoba, de resto no vale nada.

-Y sin embargo lo ama- los celos inundaban su pecho, ella lo sabía, sabía que la mujer de cabello rojo se moría por aquel hombre, ella había escuchado el tono de lascivia y amor hacia Edward, lo había reconocido años atrás- sin embargo viene acá y se arrastra como una perra para que yo no me case con él- el rostro de Tania fue mostrando su verdadero cariz- ¿no vale nada?, ¿a qué jugamos? – Ojo por ojo, ambas mujeres iban sacando sus armas de guerra.

-¿A qué jugamos? Juego a ganar Isabella, juego a ganar- caminó con fuerza y tropezó en los bordes de su vestido- yo soy una perra, lo soy, no espero nada especial de Edward Cullen, lo conozco ¿lo conoce usted? Creo que no- dio un vistazo por el lugar: pintura rosa, sillas de mimbre, flores colgando por las paredes, mesilla con un impecable mantel blanco con pequeñas margaritas pintadas a mano - Debe ser interesante ver el rostro de mister Cullen admirando semejante riqueza, de seguro piensa que ha ganado la partida, en las noches me imagino como él se recrea viéndose como el maldito dueño de su fortuna.

-No lo conoce.

-¡Por favor!, ¿sabía que su padre Carlisle murió en la ruina por su culpa?, ¿qué éste pagaba todas las deudas de su hijo?, ¿qué tenía que ir él mismo a sacarlo de todos los burdeles mal olientes en White Chapell? Su novio no es un caballero.

Isabella cerró los ojos con fuerza, sabía que el pasado de su adorado bastardo era una cloaca de malos hábitos y terribles errores, ella lo sabía, él se lo había insinuado. De alguna manera aquel pasado era parte de ese algo que ella amaba, él había sido real con ella, nunca había tratado de ser o parecer un hombre decente, de pasado intachable, eso era parte de su encanto, él tan peligroso, tan vulnerable y tan humano.

-No, no lo es, por eso lo amo más.

-¡Maldita loca!, ¿acaso no escucha lo que le estoy diciendo? – La furia contenida comenzaba a punzar y a doler en todo su cuerpo. Allí, rodeada de lujos y frente a un ser que ahora desconocía, Tania comprendió que las batallas jamás tenían el triunfo asegurado.

Susy, con bandeja en mano, escuchó los chillidos de la mujer y tembló frente al espectáculo, sus ojillos azules parpadeaban y se preguntaba el porque esa mujeruca de cabello endemoniado gritaba como una loca impúdica. Dio tres pasitos pequeños y asustados y dejó el chocolate y las galletas en la mesa del centro.

-Está bien Susy querida, ve a la cocina- Isabella le brindó una mirada tranquila, la cual era inversamente proporcional al volcán que estaba por estallar en aquel lugar- No grite en mi casa Tania- la retó con sus ojos- y si, si escuché todo lo que me dijo y no me importa.

-Ahh ¡usted!- la mujer la señaló desde sus guantes negros- usted es como todas las mujeres de su clase, fingen ser decentes y por dentro son como cualquiera, son como yo.

Madame Swan bajó su mirada de manera cansada. Levantó sus manos hasta las cintas que anudaban su sombrero y de manera lenta y precisa se lo quitó. Tania bebía sorbos del chocolate que le habían servido absorta en si misma, levantó la mirada justo cuando Isabella tiraba el sombrero en el suelo.

-Se equivoca- fue hasta la bolsa de mano de Tania, la abrió, sacó un cigarrillo y se lo puso en su boca- yo soy peor.

La máscara, al igual que su sombrero, fue arrancada de su cara. De pronto sintió un aire frío que llegaba hasta ella, el oxigeno vino puro a sus pulmones, era como si al fin, luego de casi nueve años, pudiese respirar. La princesa encantada volvía, prendió el cigarrillo y su rostro caprichoso y cruel vino a la vida- no me da miedo usted mujercilla sin importancia.

-¿Con que es verdad?- gata contra gata, ambas sacaban sus garras, ambas tenían como meta destrozar el rostro y el corazón de la enemiga- finalmente, Sinclair me ha hablado de usted madame.- Tania hizo un saludo irónico.

-¿Si? – Soltó la carcajada- es un pobrecillo sin espíritu, un pobre idiota.

-Pues ese pobre idiota la odia- Tania quería ir por ella, destrozarla y acabar con la estúpida farsa- Sinclair quiere acabar con usted madame, no me contó jamás que fue lo que ocurrió entre ustedes, pero debió ser algo maravilloso, he de confesarle que cualquier cosa que usted le hizo a ese cretino se lo merece.

-No puedo negar que me divertí- en su interior, Isabella lloraba. Tantos años tratando de acallar aquel terrible espíritu, de luchar por ser mejor y de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, la maldita de años atrás resurgía más fuerte y poderosa, si, la hipócrita, la máscara puesta en su rostro no venció a la bruja cruel que en ella habitaba – y no me asusta lo que él pueda hacerme- estaba aterrada.

- Edward Cullen- Tania mordió una galleta, algo en la actitud de Isabella Swan la hizo estremecer, el sentimiento de desasosiego amenazaba con apoderarse de sus sentidos, el pasado aleteaba con furia en las barreras de su consciencia, un suspiro nervioso, un nuevo cigarrillo y la compostura de quien pelea por lo que desea resurgió, no se daría por vencida. Ella había vivido en un mundo de hombres crueles y superficiales. Desde niña comprendió que su única arma era su belleza; a la edad de catorce años – siendo una niña pobre de Gales- su madre la vendió a un hombre rico que se encaprichó con ella. Tania conoció de manos de ese hombre todo lo que sabía, aprendió a manipular y a fingir, a burlarse y a golpear primero y no permitió que ningún hombre hiciera con ella lo que quisiera, en el juego de la crueldad varonil, ella comprendió que debía ser más astuta y que Dios o el diablo le habían dado belleza para así manipular a todos a su antojo, es así que la fama de vil de la princesa encantada no la asustó jamás….hasta ahora- es el instrumento- recorrió de manera insolente a la mujer frente a ella- es perfecto para eso, la puta de Londres- nombró con cada letra el apodo terrible que por muchos años había marcado la vida de Edward Cullen.

-¡Cállese!- Isabella gritó entre dientes mientras que aspiraba su cigarro- no tiene porque llamarlo así.

-¡Por favor Madame!- Tania repasó en un segundo el rostro de Isabella, algo indescifrable había en ella y no lo podía entrever- ¿Cómo cree que sobrevivió durante tantos años? Su único talento está entre sus piernas, él lo sabe, utilizó su belleza, sus maneras divertidas, su talento para coquetear y así lograba que todas las mujercillas de Londres, mujeres estúpidas, viudas, viejas desesperadas, le dieran todo lo que él deseaba: joyas, ropa, mantener su casa y pagar sus deudas de juego, y se lo aseguro Isabella, él se burlaba de cada una de ellas- se mordió su labio inferior como signo de burla, creyendo así que tenía el corazón de su enemiga estrujado entre sus manos.

-¡Ja!- un sonido hosco y cínico salió de la pequeña boca de la princesa- ¿y usted en que categoría está, Tania?, ¿pagó también?

-Madame, él fue mi capricho, pagué por su belleza, por sus talentos, un juguete que yo me merecía después de aguantar viejos idiotas que no me daban lo que yo quería, encontré que mi Edward era igual o peor que yo, un animal hambriento, deseoso de libertad, con ganas de no fingir, con deseos de tener una mujer que no le temiese ni le prohibiera nada.

Isabella gimió en su interior, los celos la poseían de tal forma, veía el cuello de la mujer y sólo quería destrozarlo, Tania sabía jugar bien, era como un buen espadachín, atacaba hacia los puntos débiles, daba toques dolorosos y luego se retiraba, lo que no sabía es que estaba frente a alguien que jugaba mejor.

-Mmm- frunció su boca- ¿y quién dice que no es lo que yo quiero? No venga usted a mi casa creyendo que va a asustarme tentando mi moral.

-Oh- arrastró el sonido con fingimiento- vaya Isabella, mi querida- caminó a unos pasos a pocos centímetros de su cara- debo decir que me encanta no tener que ir hacia usted con delicadeza, insiste ¿no es así? Su prometido linda, hace unos meses se metió en lugares donde no debía, es decir, donde hombres como Sinclair juegan y juegan sin importar nada, pues pierden miles y es como si le quitasen un pelo a un gato- los ojos de la pelirroja centelleaban ante el homicidio psicológico que se aprestaba - nuestro Edward es un vanidoso y arrogante, cree que tiene derecho a estar en el mismo punto que todos ellos- se acercó a su oído- lo desprecian.

Una imagen se presentó en la mente de madame Swan, el hombre del día anterior, un hombre que deseaba ser respetado, tenido en cuenta, alguien con la creencia de que no valía nada, ese hombre frente a ella, deseoso de complacer y de ser respetado.

-Igual que usted.

- Debo decir que en ocasiones me daba pena- Tania, como toda mujer vulgar, tenía una tendencia a lo melodramático e histriónico- iba allí con los caballeros y miraba todo el dinero sobre la mesa, soñaba con aquel, deseaba tener eso y más, tentó su suerte, jugaba y jugaba, ganaba poco y perdía casi siempre- hablaba como si se estuviese enfrentando a un público- Sinclair lo observaba, el hijo de alguien que siempre lo despreció era ese vulgar bufón, para Alistair, hombre mediocre, ver el hijo de alguien como Carlisle Cullen caer en semejante bajeza le era satisfactorio, lo siguió durante meses, le tendió pequeñas trampas, le hizo ganar cientos de libras haciéndole creer a Edward que la suerte estaba de su lado, era el arma perfecta – hizo un gesto cínico- hasta que finalmente Sinclair lo encerró, durante noches hizo que perdiera, apostaba miles de libras y Mister Cullen creía que una noche más y saldría de la pobreza, un hombre inútil, se lo dije, pero no podía con las fortunas que allí se jugaban, una semana y la suerte nunca estuvo de su lado, diez mil libras y la suerte para Edward estaba echada, la soga al cuello y Lord Sinclair saltó sobre él.

Ecos, cada palabra fue escuchada con atención, el ritmo de su corazón se aceleraba con cada oración, calculaba los ritmos, analizaba cada sintagma, en algún momento todo fue claro y preciso, aquel hombre divino de su primera fotografía sentado en aquella hermosa yegua, arrogante con sus anillos de oro y rubí, mirando por encima de todos, burlándose de cada uno, dos años topándose con ella en cada acto, obra de teatro o fiesta y jamás, ni una sola vez, éste la miró.

Una hiel recorrió su garganta, el caballo indómito que era su alma corría por oscuros caminos se adentraba de nuevo a los lugares de donde siempre quiso escapar -Continúe- no demostró ni un solo gesto de la furia y el dolor que la carcomía.

-Es una linda historia ¿no es así madame? Sinclair urdió un plan, la deuda sería saldada a cambio de que Edward Cullen la sedujera, hiciera que usted lo amase, que lograra que se casara con la hija de Charles Swan, engendrarle un hijo y luego abandonarla.

-¡Dios!- se llevó su mano a la boca para acallar un grito.

-¿No es ridículo?, ¿no es una trama sin gracia? Algo cruel y despiadado pero maravillosamente certero, Edward es el venado, la ramera de su hermana entró en el juego con su bastardo y su amante sirviente, todo encaja. – Tania se regocijaba en el puñal de la victoria.

Isabella tosió para no ahogase, el sabor de la hiel se atragantó en su garganta.

-¿Usted?

-¿Yo madame? Edward Cullen- una amargura cimbró en la voz de la hermosa pelirroja- aún cree que puede despreciarme, de alguna manera se cree mejor que yo, quería que sintiera lo que es amar a alguien y ser menospreciado ¡lo amaba! Y se burlaba de mi, si usted lo despreciaba, él vendría a mi lado - la mujer cerró el puño- jamás creí que la estúpida treta de Sinclair funcionara, usted era la princesa encantada, Alistair me lo insinuó, pero yo confiaba más en su moral de mujercilla sin gracia y temerosa, si se negaba, el deseo de Edward crecería, pero al final se aburriría y volvería a mi, yo pagaría sus malditas deudas y nunca se iría de mi lado- un sudor perlado recorrió su frente- dos seres podridos y él sabría que jamás habría salvación.

Ardo por usted Isabella…

Las palabras venían.

Bella… regáleme, déme un poco de su vida…

Te amo bruja…

Nací para suplicarte mi reina malvada, nací para obedecerte y nací para adorarte….

Cuando te veo madame, veo algo hermoso, cuando te toco soy afortunado, cuando estoy contigo, soy todo lo que quiero ser; mi piel y mi alma te pertenecen Isabella Swan, todo lo que soy es para ti, no permitas que nadie te diga lo contrario, soy uno antes de ti y soy otro después de conocerte amada mía…soy feliz cuando estoy contigo.

¡No!

Isabella lo había visto, ella lo conocía, día tras día vio como Edward Cullen la amaba, él no mentía, no podía ser tan bueno en eso, ser tan cruel, tan malvado, él era más, ella lo sabía, vio como peleaba por su hermana, como jugó su vida para evitar que el hijo de Rose sufriera, como él se alejó de ella y no la presionó jamás, leyó sus cartas, sintió sus besos, la electricidad que lo recorría cuando la tocaba, sus gemidos vulnerables en cada roce de labios, la verdad en sus ojos.

-No le creo nada ¡lárguese de mi casa!, ¡víbora! No se acerque a mí ni a mi prometido.

-¡Imbécil!, ¿cree que la ama?, ¿cree que sus estúpidas cartas de amor son reales? – Tania gritó en su interior ¡victoria! al ver el rostro de Isabella retorcerse ¡las cartas!- Oh si, mi amada Isabella, soy tuyo Isabella, mi corazón te pertenece, no se asuste madame, las cartas son las pruebas que Sinclair exigía- sólo fueron tres, el resto nunca volvieron al despacho del parlamentario, para esa época, Edward estaba ya enloquecido y aquellas cartas eran parte de sí mismo- él se ríe de ellas, de todas, usted le produce nauseas.

-¡Miente!

-No miento maldita, desea su dinero, lo que el apellido Swan puede darle, pero la desprecia, él me lo dijo anoche mientras estaba dentro de mí.

Caballos….

Trotes tempestuoso en mitad de la tormenta.

La princesa encantada en todo su apogeo volvía, un grito de furia salió de ella….el cazador cazado…un juego de ganar o morir.

Y sin miedo a nada, el desgarro de su careta…la máscara arrancada de su rostro y, como tigresa sangrienta, Isabella Swan alzó su mano y abofeteó con fuerza el rostro de Tania Denali produciendo que ésta cayera al suelo por el golpe.

-¡Maldita! Tengo todo ¿Cómo cree que puede mantenerse?- se arrastró hacia su bolsa- ¡mírelos! Son sus joyas, un poco de dinero para hacer la pantomima del hotel Savoy- Tania había mandado a seguir a Edward a la casa de empeño, contaba con la deshonestidad del prestamista para que se las vendiera por el doble del precio, luego se las daría a Edward como regalo- todo por su fortuna- el sabor del hierro llegaba a su boca y se confundía con su saliva- le pagó a Sinclair su dinero, pero eso no le bastó, él quiere todo ¡todo esto! Ya no es un pago, él juega a ganar, tiene el maldito as bajo su manga, todo, se ve como el dueño de cada maldita libra y su padre Charles Swan lo sabe- se carcajeó de manera histérica- su hija es una yegua que le dará un nieto para sostener su fortuna, su hija, la solterona de Londres ¿no lo ve Isabella? Todos juegan, es el títere de un juego idiota.

Isabella sintió como su mundo se caía a pedazos, nada era real y estaba inmersa en un juego de poder, era la víctima de algo siniestro, del odio de Sinclair, del despecho de Tania Denali, de la indiferencia de su padre que estaba dispuesto a sacrificarla y victima de la crueldad de quien amaba. Cuantas veces le dio la oportunidad para que le dijera, cuantas veces le hizo saber que ella confiaba en él, abrió su corazón, le contó sobre su matrimonio con Michell, él ganó su alma al aceptar aquel fantasma en su vida y todo…todo era un juego, una mentira, una treta. Nada era real, estaba en aquella pesadilla, tanto tiempo intentando ser alguien moralmente aceptable para limpiar su pasado y su culpa, deseaba el respeto ¿ahora? Aquellos por lo cuales fingió eran sus victimarios, todo su esfuerzo por cambiar para ser mejor no valió la pena, todo era vano y él único que pensó que podría comprenderla y hacerla libre era quien la mataba.

De pronto una voz vino desde el pasado:

Algún día mon amour amarás a alguien y ese hombre hará que pagues todo lo que has hecho…no tienes derecho a nada…el castigo vendrá por ti…

Si,

Ella lo sabía.

Aquel dolor se lo merecía.

Por aquel a quien había hecho sufrir.

Por Michell quien murió por ella.

Por la bala en su sien.

Por su corazón despedazado.

Por el crimen letal de haber matado a alguien que la amó por quien ella era…

Por la inocencia.

Respiró con fuerza.

¿Con qué este era el teatro del mundo?

¿Todo era una mascarada?

Entonces…

Con su corazón sangrante, muerta en vida, decepcionada…ella les daría a todos la gran charada.

No era la victima.

Isabella Swan, era la cazadora.

Crueldad…

No la conocían.

Fijó sus ojos en Tania Denalí, un frío la recorrió por todo su cuerpo, y sin un gesto que demostrase cual era el dolor que la desgarraba, escupió unas palabras con la frialdad de la nieve.

- Me casaré con Edward Cullen.

-¿No escuchó lo que le dije?

-Me casaré con Edward Cullen.

-¡No puede!- trató de levantarse del suelo, pero el aparatoso e incomodo vestido no se lo permitió- ¡Será la burla de toda Inglaterra! , ¡Él no la ama!

Como una fiera, Isabella Marie Swan Kane, siendo ella misma en todo el poder y en toda su gloria como a los diecinueve años de edad, se lanzó al cabello de la burda mujer y la jaló por todo el salón de té hasta el principal mientras que Tania chillaba de dolor.

-¡Suélteme!

-¡Escúcheme estúpida!, ¿cree que me asustan sus gritos de perra en celo? – Se acercó a su rostro aún con el cabello en su puño- ¿qué pretendía idiota? Voy a casarme con ese hombre ¿quién dice que no quiero ese lindo juguetito? – Frío exudaba de sus poros- lo compro madame- sonrió- cada cabello de él me pertenecerá, Edward Cullen me gusta, es más, me fascina- los ojos azules de Tania se salían de su órbita, su cuero cabelludo parecía desprenderse de su cráneo, frente a ella había una mujer diferente a la que minutos antes le hablaba- ¿jugar Tania querida? Yo siempre gano preciosa, tendré a ese hombre en mi cama, cada maldita libra me la pagará, su talento será mi diversión ¿cree que sus gritos de actriz de cabaret me asustan? – la soltó con fuerza tirándola hacia la pared- viene a mi casa creyendo que va a despechar mi moral y buen juicio – saltó hasta la mujer que brincó ante el movimiento y miraba hacia los lados para escapar, Alice, ante los gritos, corrió y vio a su ama como jamás la observó- se equivoca, vaya donde Sinclair, dígale que le cuente como hice su corazón añicos y como me importó un rábano hacerlo- fue hasta el pequeño bar donde su padre escondía el vino mientras Tania intentaba salir del enfoque de ataque de Isabella- ¡no se mueva! ¡Alice vete de aquí!

-¿Señora?

-¡Te dije que te largaras!, ¡Ahora!- no era racional, estaba cabalgando sobre Thunder y nada importaba- ¡ahora!- Alice se pasmó frente a la visión, aquella voz aterradora, ella, la mujer desnuda en el cuadro, la dueña de aquel vestido rojo endemoniado estaba allí. Con prudencia y con pasos de miedo se alejó.

Isabella tomó un largo sorbo de vino y Tania soltó una carcajada nerviosa.

-Le contaré a todos sobre el trato.

-Hágalo y haré que la cuelguen en plena plaza, diré que entró a mi casa, que me amenazó y que llena de rabia se robó una de mis joyas. Todos mis sirvientes serán testigos madame.

-No necesito sus joyas, soy muy rica.

-Oh si- fingió inocencia- sin embargo, mi collar de diamante ¡uff!- movió sus pequeñas manitos- Desapareció, diré que fue usted, todos le creerán a la inocente, solterona y delicada hija de Charles Swan, haré que mi padre la lleve a juicio- si, Charles la ayudaría, no por amor, si no por el miedo al escándalo- la pondré en la picota pública, sacaré a la luz sus historias de alcoba, a ninguno de los señores de la ciudad les gustará y mucho menos a sus mujeres- de manera divertida la punta de su lengua se advirtió entre sus dientes, la contendora frente a ella vio una serpiente- ¿Quién le creerá a una cortesana como Tania Denali?- caminó, no como la modosa y siempre fingida señorita Swan, sino como aquella dueña de sí misma- la haré ver como una mujer despechada, como alguien que no soportó que su amante se decidiera por alguien mejor.

-¡Usted no es mejor!

Isabella sonrió.

-¿Y a quién le importa? Soy una Swan-Kane querida, mi apellido puede con todo, mientras que usted es una vulgar mujer que tiene todo por esto- señorita Swan, siempre bien puesta y recatada, siempre con voz baja, alguien tímido y silencioso, la mejor actriz de Londres, ahora, sólo con su verdadera piel y sin miedo, atrapó con sus manos el sexo de Tania Denali por encima de sus vestidos- por su vagina como cloaca, no Tania querida amiga- la mujer se vio atrapada entre la pared y la mano que agarraba su vestido y las cintas de su calzón con fuerza- no somos iguales, yo soy peor que usted, no me chantajee porque siempre perderá mi amiga, vamos, hablé de mi futuro esposo y yo saldré a defenderlo, sabemos en que sociedad vivimos Tania, él es un hombre- entornó sus ojillos- tiene derecho a desfogarse con putillas sin clase, al final los espera la decencia y usted sólo será una más, corra donde Sinclair y dígale que si abre la boca lo haré quedar en ridículo, diré que en Paris todas se burlaban de su pene flojo, que intentaba casarse con la más bella de Francia y ella le escupió en la cara, pobre, pobre Alistair, fue un perro faldero que me lamía la mano esperando mis sobras.

Un estremecimiento recorrió la columna de Tania, la mujer frente a ella no era aquella que siempre había visto caminar entre sombras, la expresión de su cara no era la misma, sus ojos, que siempre miraban por lo bajo, ahora relucían y era como si una chispa de un rojo furioso destellara en ellos. Las mujeres y ella manejaban otra crueldad, no la de los hombres que iba del lado de la indiferencia o la violencia, la crueldad de las mujeres iba del lado de la palabra, de estrujar el alma, del desprecio absoluto hacia el otro. Nunca lo había visto, ella siempre creyó que era la reina de la crueldad, pero allí estaba Isabella Swan y se sintió un aprendiz. Gimió, había lanzado a Edward Cullen a las fauces de aquel lobo, ella lo destrozaría y al final, lo único que quedaría de él era un despojo humano. Para un observador superficial aquello quizás sería bueno, pero para Tania no, ¡no! ella no quería el despojo de un hombre, ella quería a Edward Cullen hermoso, cínico y orgulloso, rendido a sus pies, igual como lo conocía, el mismo de siempre pues él era su perversión y su cinismo perfecto, lo que ella amaba, no a un hombre sin alma, no a alguien despedazado por dentro.

-No tendrá piedad ¿no es así?

- ¿Piedad? Compré el semental, él no la puede reclamar, no tiene derecho- cada palabra fue dicha de manera medida y con una lentitud dulce, lo único que sabía en ese momento era que, a pesar de todo, su corazón -o lo que quedaba de el- le pertenecía a ese hombre cruel, ya no había vuelta atrás, Edward era el llamado a ser quien ella amara, para bien o para mal ¿la amaba? Isabella sabía que en el retorcido mundo de aquel bastardo él la amaba también, quizás no tanto como ella, quizás su amor dicho en cada palabra y escrito en cada carta estaba lleno de vanidad y arrogancia. Él llegó a ella por una deuda, por una apuesta, haría que él pagará con sangre todo aquello, al final, si él era digno del juego, ella haría lo impensable, sería su esclava y le daría su corazón… después de tragarse el suyo.

-Va a destrozarlo- Tania reconoció en aquella oración hasta que punto amaba a ese hombre, una iluminación nacida de saber que nunca lo tendría fulguró en su cabeza: Edward amaba a esa mujer porque él intuía cuan parecida era a él, sólo alguien como ella lo domesticaría; Tania, niña prostituida de Gales, entendió lo mediocre que era al saber que Edward siempre la despreció, porque al final la encontró igual de aburrida y predecible que todas las amantes que habían pasado por su alcoba, una mujer más rogando ser amada, mientras que Isabella Swan pedía a gritos- y él lo supo- ser liberada.

-¿Lo ama Tania?- preguntaba desde los celos y desde la desesperación.

-Si- gruesas lágrimas cayeron por su rostro.

-Yo también- palmeó su cara como se palmea una vieja yegua a punto de sacrificar- límpiese el rostro querida, tan lindo que es, no debe verse tan arruinado y feo- oh si, la crueldad era ese algo que ataca, aquello que nos hace seguros, todo eso que parece que nos hace invencibles. Se alejó de ella y sirvió una gran copa de vino- beba Tania- la mujer tomó en un respiro el dulce licor, llegó con la certeza de que ganaría, ahora vencida y pequeña, madame Denali supo que jamás volvería a tocar la piel de Edward Cullen.

Cerró los ojos y respiró.

-No me tocó anoche- ironía del destino, en aquel juego diabólico, ella en ese momento le brindaba compasión- me dijo que la amaba como jamás amaría a alguien- caminó hacia su bolsa y sacó el anillo de rubí que le había comprado al prestamista- lo empeñó para no ser un mendigo- los tiró al piso- la ama.

La dueña de la casa la miraba con indiferencia.

-¡Largo de mi casa! – Su voz fue un grito contenido- su presencia me repugna.

El rostro de Tania, desfigurado y asombrado por el giro de los acontecimientos, era de decepción. Un día creyó que dándole una lección a Edward Cullen él se daría cuenta cuán tonto había sido al pensar que podría llegar a ser un caballero. Juzgó que su alma de tahúr no podría con el hecho irrefutable de ver como Isabella Swan lo despreciaba. Jugar y perder para que él supiera cuanto amor había en ella y que él, finalmente, entendiese que sólo ella lo podía amar. Por unos días el juego de crueldad la insufló, pero todo se volvió en su contra; si la señorita Swan no lo amaba, él sería humillado y no volvería a soñar con el mundo aristocrático del cual creía pertenecer e iría a su lado y ambos despreciarían el mundo de las altas esferas de Londres, si madame Swan no lo amaba él entendería el dolor que en el desamor existía y sería menos cruel con ella y al final la desilusión haría el milagro de abrirle los ojos y ver como solo Tania lo amaría de verdad. Pero el deseo ideal no siempre se fulgura con el destino, Tania Denali, masticando la humillación, reconoció que las cartas jugaron en su contra ¡que tonta era! Solo ahora comprendió que, aunque Edward Cullen fuese despreciado por Isabella, él jamás regresaría, porque como buen apostador, él siempre viviría obsesionado con un giro más, con una mirada de esperanza de aquella mujer, con una palabra y que cada día, por el resto de su vida, éste esperaría la mañana creyendo que tendría la oportunidad de ganar.

Isabella vio la mujer perderse en la enorme puerta. Hasta el final del recorrido se mantuvo impávida, orgullosa y sin perder la postura. Sólo ella sabría cuanta rabia, decepción y tristeza se albergaban en su interior ¡nada valía la pena! Años en que deseó olvidar y dejar su vida atrás y ésta volvía y le enrostraba el hecho aterrador de que la máscara, que la sostuvo por años, no fue verdadera, que solo era mera apariencia y que con un pequeño empuje "la princesa encantada" estaría de vuelta, no, no estaba de vuelta, ella siempre estuvo allí, jamás había cambiado, solo mudó de piel.

Se escuchó el sonido de la puerta cerrarse y al instante Isabella se desmadejó como una triste muñeca, quería vomitar, gritar, correr y llorar por la furia y el desencanto.

Como pudo, caminó hacia las escaleras, la sombra de Alice - que vio como su ama daba pasos largos hasta su habitación - la siguió en silencio dejando distancia entre ellas. Llegó hacia la puerta, se paró a un metro y contó los segundos. Un sonido desgarrador la hizo entender que, como amiga y como mujer, Isabella la necesitaba.

Entró y se encontró con su ama que ahogaba el llanto enterrando su rostro en una almohada.

-Cariño- corrió hasta ella y se sentó a su lado tocando la espesa mata de cabello.

La mano cálida de Alice fue buena, la estremeció, sólo Alice Brandon podría comprender pues ella conocía los caminos de la decepción. Respiró entre el llanto, quitó su rostro de la almohada y abrazó a su mejor amiga.

- Que cruel es todo Alice, que cruel es todo.

-No puedes casarte con ese hombre querida, es un horror.

Isabella desechó el abrazo y puso sus manos sobre su cara, caretas y máscaras, gimió con fuerza- ¡estúpido bastardo! Te lo advertí- hablaba para ella sola- te lo dije mil veces, te lo dije- destapó su semblante, una bocanada de aire llegó a sus pulmones, el caballo se detuvo y las lágrimas también- será la boda más hermosa de todo Londres- levantó una ceja.

-¡Dios no!

-Iré como una virgen ante el altar.

- Vas a destruirte querida.

-Todo Londres hablará de ella por años.

Alice estaba aterrada.

-Te desconozco Isabella.

- Será todo un carnaval ¡todos serán muy felices!- una voz burlona resonaba en cada palabra, alzó su rostro de manera mecánica, el movimiento de autómata asustó al ama de llaves- Amaba Paris de la misma manera como odio Londres, allí yo era la reina- y de manera pausada y durante dos horas, Isabella abrió su boca de cereza y le contó a Alice Brandon quien fue ella durante años…la otra, la verdadera.

Alice sólo se dedicó a escuchar tratando de entender a la desconocida frente a ella, alguien que había intuido, que sabía que existía pero que ahora se mostraba en su totalidad.

El viejo Charles Swan era aburrido, predecible y vanidoso, un hombre con ritmos y rutinas que su hija conocía hasta el dedillo.

Parada frente al escritorio, y con una llave maestra, abrió el cajón donde él guardaba documentos importantes. Isabella era un ánfora vacía, el dolor siempre deja exhaustos a quienes lo padecen y por momentos sólo son simples máquinas que responden a estímulos de rutina. Indiferente, posó sus ojos frente a los papeles y allí estaba el contrato.

Parpadeó de forma muy lenta y leyó los términos de éste.

Ella como objeto de compra y venta, como peón del juego, alguien a quien se le había quitado su humanidad y sólo era una yegua que se le ofrece a un semental para ser preñada.

No era nada en aquel papel.

Ni la hija.

Ni la mujer.

Ni la amada.

No era nada…

Con sumo cuidado dejó los papeles como los encontró, cerró el cajón y salió de la biblioteca.

Se miró al espejo.

Algo de polvo de arroz, un poco de colorete en sus mejillas y el cabello rebelde volvió a su modo de trenzas y bucles.

Todo estaba bien.

Esperaría…

La máscara fue puesta en su lugar.

Esperaría con la paciencia del cazador.

El Big Ben dio las seis de la tarde, Isabella, sentada en el salón de su casa, bordaba, cada puntada era dada con lentitud, guardando la furia en cada penetrar de la aguja. El sonido de las botas que le anunciaban que Edward se acercaba la cegó, enterró la aguja en uno de sus dedos, no sintió nada, algo de sangre manchó la tela.

Levantó su rostro y sonrió.

-Te extrañé hoy bruja- la mueca divertida se dibujó en su rostro, ese día mortalmente hermoso Edward Cullen estaba frente a ella- me prometiste que me acompañarías al velatorio de Emma Whitlock- caminó desesperado hacia ella y la besó apasionadamente- ¡que Dios me perdone! Pero sólo pensaba en tu boca madame.

-Me sentí mal- le brindó una mirada dulce- yo también te extrañé- le susurró al oído de manera sensual- pronto – pasó su lengua por el lóbulo de su oreja, caricia letal- seré tuya y me tendrás para siempre.

-¡Dios Bella!- los verdes ojos destilaban fuego- cuento cada día- su voz fue ronca- cada día para tenerte- atrapó sus manos y besó cada uno de ellas, deteniéndose en la palma de su mano derecha y posando su boca en ella.

-Yo también, serás mío para bien o para mal.

El tono fue oscuro, lleno de promesas condenatorias, Isabella Swan volvía al juego, todo estaba dicho, ella apostaba, le daría a Mister Cullen la mejor partida.

Ninguno ganaría, ambos perderían en la batalla, al final, cuando todas las cartas estuvieran expuestas y se hubiese entregado la sangre y el alma, Isabella Swan sabría quien era realmente Edward Cullen; si él era digno de ella y dejaba su corazón en el camino, ella bajaría su espada y aceptaría la derrota, porque perdiendo ganaba y la victoria estaría en el terrible y demoníaco hecho de que, sólo poseyendo el alma del bastardo adorado y cruel, ella podría sentir que finalmente estaba lista para ir hacia él sin máscaras, y que Edward Cullen amaría sin miedo a la princesa encantada, sin importar la maldad de su pasado ni lo cruel que podía ser.

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El mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres son meros actores: Shakespeare.

Gracias por leer.