Los personajes le pertenecen a Meyer.

A las chicas que dejan comentarios muchas gracias, saben muy bien que no puedo contestar pero que leo cada una con agradecimiento, a las lectoras fantasmas las cuales se hacen sentir, mis agradecimientos por igual.

A mi editora BPiccioni gracias por ser quien eres bebé.


FALSA APARIENCIA 26

A los diecisiete años de edad, Isabella Swan Kane, conocida en toda Francia como "la princesa encantada", era una muñeca de porcelana que se movía entre los grandes salones con sus bellos vestidos de colores vivos - nunca negros- de tules, seda y organza.

Era una niña, un encanto y un demonio.

Para todos sus amigos era Isabel, nunca la A, con la cual termina su nombre en inglés, fue pronunciada, siempre Isabel. Para ella, ese nombre era cascabel, música y baile. Todo Paris la amaba, todos querían tocarla, hablar con la pequeña y divertida Isabel, todos deseaban poseerla aunque ella los observaba con ojos de malicia y capricho.

A veces, cuando no lograba lo que quería, hacía berrinches, fruncía su pequeña y mala boquita y realizaba un gesto que daba a pensar que le habían arrancado su corazoncito de cristal, y, sin más ni más, todos corrían y vendían su alma para que la petit Isabel no sufriera. Al conseguir su objetivo, alzaba sus ojos oscuros y diabólicos y brindaba una sonrisa de niña buena entregando una limosna de simpatía y decía:

"Que buenos son conmigo…no los merezco"

De esa manera, la princesa y su pequeña y delicada figura maligna, gobernaba los salones, hacía que todos giraran a su alrededor deseosos de ella, de escucharla hablar, tocar un poco de sus vestidos y lograr ser de los amores y los afectos de aquella linda, suave y letal araña.

Ella era baile, música, salones y fiestas, era el centro de todo lo que valía la pena en Paris, es decir, hedonismo, sexualidad y lujuria.

Desde los quince años, Isabel, de una manera solapada, se instaló en la enorme ciudad y decidió que la vida era luz, brillo y risa, que deseaba jugar, que le alabaran su piel de porcelana, su cabello oscuro y misterioso y sus labios pétalos de rosa. Su madre Renata -o Renée como le decían sus amigos - la instaba a ser la vanidad sin medida. La colocaba frente al espejo y, con palabras traviesas, le decía a la niña que la belleza era el arma más poderosa con que una mujer contaba, que con ella podía conquistar imperios y mundos, que la belleza estaba hecha para hacer de los demás unos mendigos y que los hombres eran animales simples que buscaban que una mujer hermosa les validara su arrogancia de pavos reales.

-Cherrie, los hombres son animales tontos, siempre desean una mujer hermosa para así sentir que pueden conseguirlo todo, son tan básicos que, con un guiñar de una pestaña, puedes lograr que cualquiera se arrodille a tus pies- la madre, una belleza de cabello rubio y ojos azules, le susurraba al oído sus lecciones de vanidad- los ricos son los más tontos, ellos creen que lo pueden todo, que nacieron para ser alabados y respetados, por eso siempre buscan una mujer hermosa- Renée besaba la mejilla de su pequeña muñeca que se miraba al espejo haciendo una introspección de su hermosura pálida y frágil- creen que la merecen y que ella, más que su mujer, es parte de su fortuna, esas mujeres son sus tesoros y siempre, mi cherrie, creerán que con una diosa a su lado tendrán el mundo a sus pies- Renée caminó hacia su cómoda y de allí sacó una tiara de diamantes, muy escasos y exóticos, de color rojo- la belleza, mi amor, es el poder- y allí, frente al espejo, coronó a su hija- se poderosa mi petit, se poderosa.

Años después en Londres, Isabella, mayor y amargada, recordaba las palabras de Renée y entendió que Charles Swan Kane - aristócrata fatuo - compró a su madre tan sólo porque creyó que se la merecía, al final no le importó si ella lo amaba, porque él amaba más su presencia al lado de aquella mujer divina que era Renée. Fue un buen intercambio, la separación fue el final del contrato, unos años de hermosura y Charles logró lo que deseaba: tener algo tan bello que engrandeciera su fortuna.

Un día, Isabel, quien ya era una gatita perversa, conoció a un pobre niño de ojos miel y cabello como el sol: Michell. Él era quien la observaba aterrado entre los rincones del enorme viñedo, el que la seguía como perrito faldero y tartamudeaba cada vez que ella, de manera maligna, le hacía una pueril pregunta o se sonrojaba como una doncella tímida.

Oh là là pensaba Isabel, Michell era un hermoso y exótico juguete.

Sin embargo, Isabel no entendía porque el niño tímido era tan evasivo y silencioso. Ella era una niña mala, no comprendía que, para aquel, su figura era la encarnación de algo sagrado y él la observa como una hermosa virgen a la que no se podía tocar pero si adorar apasionadamente.

Ella lo deseaba.

Había leído libros prohibidos y quería probar los misterios ocultos del cuerpo…Isabella era virgen aún y estaba sumamente aburrida de serlo. Ella podía tener al hombre que quisiera, lo sabía, podía ser amante de Gabriel Dupond, quien tenía un cabello largo y romántico y bailaba exquisitamente, de Henry Blaise, quien era un tunante divertido y besaba de maravilla, o quizás de su compatriota, aquel - siempre se le olvidaba el nombre - de apellido Sinclair, quien tenía un hermoso caballo y cuya fortuna no temía mostrar frente a ella, todos, demasiados, pero, sin embargo, ese niño tenía algo, la llamaba, la provocaba, era un deseo oculto por corromperlo, un instinto gatuno de jugar con el infeliz ratón.

Y así comenzó su acoso, se hizo amiga de su familia - unos humildes caballistas que vivían cerca de la gran villa- fingía interés por la madre enferma que se intimidaba frente al hecho de que mademoiselle Swan visitara su hogar con sus vestidos azules y que siempre se sentara con ella en la cocina a conversar, se hizo amiga de las hermanas, unas niñitas aburridas que lo único que hacían era babosear frente a lo costoso y pomposo de los trajes y las joyas de Isabella. Lo único que no fingió fue su interés por los caballos - que el viejo domesticaba para los grandes señores de Paris- pues ella amaba las bestias enormes y salvajes y jamás habìa tenido miedo de montar en ellas a pelo. Oh si, Isabel era un cazador nato que no perdía pista de su muy pequeño pichón.

Mas Michell, intuitivamente, sabía que ella era peligrosa, el pobre niño se sofocaba y no hablaba, ella le brindaba sonrisas maliciosas y se divertía haciéndolo tartamudear frente a preguntas de oscuro sentido.

-Michell ¿sabes montar a las bestias?- ella dibujaba un gesto de inocencia pero sus oscuros ojos ardían- Michell, tu mamá me ha contado que eres pintor ¿has pintado a mujeres desnudas? Yo puedo posar para ti- la familia sonreía, ellos pensaban que la manera de hablar de la niña formaba parte de su mundo de extravagancias, cosa de gente rica decía la madre del muchacho, sin embargo, el aludido, presentía que su delirio no hablaba en broma.

La pequeña araña había triunfado cuando se percató de que la pregunta turbó al nervioso niño de dieciocho años, con sus sugerentes preguntas, Isabella instaló una imagen divina en la cabeza de Michell, éste la imaginaba desnuda posando para él, ya no era la imagen de la niña pura y hermosa - que él creía- con alma de santa, no, allí, con Isabella coqueta mostrando estratégicamente su escote, electrizando los sentidos con su cercanía, riendo bellamente, mordiéndose los labios en sugerente invitación, Michell Anurag, había rebajado la imagen sagrada a la imagen de un hermosa mujer que deliraba sus sentidos, y en la noche, oculto en los establos, el pobre niño inocente se masturbaba con delirio estrellando sus dientes tratando de no gritar el nombre de Isabel.

Ella lo descubrió, no necesitó verlo, lo presintió y, con una risa divertida, supo que el inocente ratoncillo le pertenecía.

Era sólo cuestión de días.

Acosó…

Excitó…

Jugó...

Isabella acorralaba y huía en fingida vergüenza, se divertía y brindaba miradas de pasión febril para que así, al final, el niño se fundiera y se quemara en un amor y obsesión que lo hizo caer rendido, una tarde de verano, ante la visión de Isabel desnuda en el hermoso río de la villa, donde ella dio el zarpazo final para que el inocente Michell cayera en sus redes y no saliera jamás.

Isabella cierra sus ojos en el Londres frío de finales del siglo XIX y recuerda como un día, su mejor amigo Eleazar, le contó que el cadáver de Michell - que yacía en aquel río donde ella por diversión y curiosidad dejó que la hiciera suya- tenía anudado un pequeño pañuelo con las iniciales de su nombre y con el olor de su perfume.

Diez años después la araña ha vuelto, mucho más letal, peligrosa y astuta. No es el inocente Michell a quien desea atrapar, no, ahora, Edward Cullen - su maravilloso bastardo - a quien ama hasta el dolor es su presa, ella entiende que para él necesita algo más concreto que una mirada inocente, una risa intrigante o un "quizás" que produzca incertidumbre para que él alucine en las noches, no, pues Edward Cullen es un hombre que sabe jugar los juegos de la seducción, para él necesita otra estrategia mucho mejor planeada. Isabella sonríe, la princesa lo hace, porque, al final, él es un hombre y, como tal, se rige bajo una única y singular regla: el deseo de saber que al tener una mujer, ésta se rinda completamente y que en su corazón acepte que el hombre la ha poseído… y en efecto lo hace.

Tantos hombres años atrás, y ninguno, ni siquiera Eleazar, pudo burlar esa norma, es la vanidad sobre cualquier cosa, es la verdad total, no importa si no aman a la mujer, ellos sólo buscan vanidad, rendición absoluta.

Edward Cullen no era la excepción.

Y

Ella lo amaba, lo odiaba y lo amaba de nuevo.

Iba a comerse su corazón como un día amenazó y después…después rendida a él pagaría su deuda para con Michell, con los demás…todos ellos.

.

.

.

Charles llegó esa noche del club donde pasaba la mayor parte de sus días, la enorme mansión en Kensington estaba alumbrada por los hermosos candiles que le daban a la casa una impresión de melancolía atemporal. Era su casa favorita de las muchas que tenía, las demás eran sólo extravagancia de hombre que medía su fortuna a la par con todo lo que podía comprar con ella.

Oscar, su lacayo, lo recibió con una venia indiferente y cáustica, si en algún momento alguien le preguntase a éste como era el rostro de su amo, el hombre se vería en grandes problemas, pues se le había enseñado siempre que a los hombres "superiores", como Charles Swan, no podía vérseles a la cara ya que éstos estaban demasiado tiempo viendo hacia arriba y permitir que un sirviente lo viese frente a frente, era algo vulgar y de mal gusto.

Cenó fuera como siempre, ver a Isabella en el desayuno y quizás en el almuerzo era demasiado para él, suficiente demostración de cariño e intimidad, tres, quizás cuatro conversaciones eran suficientes ¿qué podría él hablar con la insulsa de su hija? Ella, quien lo decepcionó y que lo rebajó a un simple mercachifle.

Con una copa de vino en su mano, el viejo Swan- Kane caminó hacia su despacho privado, allí bebería su copa y se serviría tres más, le daría un repaso a sus cuentas – que de ante mano sabía que su hija había repasado- y firmaría unos pagarés a sus arrendatarios y luego, como buen inglés y ateniéndose a las modas de la educación, leería –sin entender nada- algún capítulo de un escritor nacional ¡que pérdida de tiempo! Sin embargo lo hacía para que nadie pudiese decir en voz alta- cosa que todo Londres sabía- que él era un ignorante.

Estaba todo oscuro, detestaba eso, llamaría a Oscar, pues semejante contravención de sus órdenes era algo inadmisible, sin embargo, la luz llegó de forma impredecible y en medio del despacho Isabella lo esperaba.

-Siempre tan perezoso padre- La hija estaba sentada en una pequeña silla de terciopelo rojo que se encontraba al lado de la enorme biblioteca y del candelabro de bronce labrado que la decoraba.

Estaba vestida de un color azul violeta, tenía el cabello recogido en una gruesa trenza que coronaba su cabeza y llevaba, en sus orejas y muñecas, unos hermosos diamantes aguamarina. Charles parpadeó de manera profusa, sus ojos fueron sorprendidos por una mujer que desconocía frente a él. En algún momento, y aunque Renée era rubia y de ojos azules, pudo ver en su morena hija aquella chispa de su esposa, chispa que lo obnubiló años antes, y que hizo que él, un hombre apático, la deseara hasta el punto de comprarla como una yegua de exposición, aunque eso era lo que él creía, pues Renata siempre supo lo que deseaba para sí misma.

-¿Qué haces en la oscuridad?- caminó hacia su escritorio mientras se quitaba su bufanda de seda blanca.

-Esperándote Charles- su voz fue sugerente y retadora. Isabella observó como su padre se sentaba con aire de fastidio pues ella había interrumpido su rito diario de muy fino borracho aristócrata.

Por un momento, la mirada de ojos oscuros de Mister Swan se topó con el rostro de su hija, quien dibujaba un gesto que él no conocía.

-¿Por qué estás vestida de esa manera? – señaló el vestido que no era nada tímido y que mostraba a una hija hermosa que nunca había visto.

-Porque esta soy yo Charles- una sonrisa plena fue la que acompañó la respuesta- tu hija.

Si algo odiaba el padre de Isabella, eran aquellas palabras entrecortadas y cifradas de las mujeres, detestaba ese dejo de palabrería con ínfulas de misterio. No podía negar que, en algunas damas, era algo casi seductor para un hombre que en su vida sólo había sentido algo parecido a la pasión, pero ahora, a sus cincuenta y un años de edad, a Charles Swan - un déspota estúpido y arrogante - aquella manera de hablar femenina lo ponía a punto del vómito ¡mujeres con presunción de interesantes! Las mujeres sólo servían para ser jarrones decorativos, cumplir con sus deberes de esposas y, alguna como Isabella con talento para las matemáticas, ayudar a las cuentas de su casa, de resto nada más.

¿Ahora su insulsa hija?, ¿qué más podría soportar un hombre? Rogaba porque ella no estuviese leyendo sobre aquellas urracas que andaban haciendo ruido sobre la igualdad de sexos y el derecho al voto, al menos ya se iba a casar- con esa alimaña- pero era lo que él deseaba, después un nieto y la vergüenza pública de un hombre que la abandonaba haría el trabajo de sumirla en la casa de campo y él tendría su descendencia asegura.

- Siempre has sido mi hija Isabella- se arregló su mostacho desesperado porque ella se fuera, un buen Borbón lo esperaba.

-Si, una desgracia para ti padre- ella se paró de la silla y caminó suavemente hasta la enorme ventana que daba a la calle- no hay día en que no me lo hagas saber.

Charles bufó impaciente ¡y ahora melodramática! Colocó sus manos sobre sus rodillas y dio un vistazo al despacho fijando sus ojos en la pequeña cava de vinos.

-¿Y a qué se debe esta conversación?

La hija recorrió al padre desde la punta de sus zapatos hasta su cabello, todo en él era impecable, con esa pulcritud que tienen aquellos seres que no sienten nada o, peor aún, que le temen al sentir.

-Hubiese dado todo padre porque me amaras un poco- su voz fue tranquila y parca- yo sé- dio tres pasos y con dos de sus dedos recorrió la superficie del escritorio sabiendo muy bien que Charles Swan fruncía sus cejas y empequeñecía sus ojos sin entender una sola palabra- que eso está más allá de lo que eres.

-¡Isabella deja de hablar tonterías!- golpeó con sus manos las rodillas.

-No me conoces- se enfrentó a él- y no te importa nada, sólo tú, tus vinos y tus estúpidas reuniones en el club de caballeros.

-¡Basta! No puedes faltarme el respeto de esta manera ¡soy tu padre! - se levantó de improviso.

-¡Oh!- la princesa carcajeó- ¡Por fin te sales de tus modales Charles!… Padre- la última palabra fue pronunciada de manera irónica- en este momento hago lo que me da la gana, estoy libre de ti- y, de los bolsillos de su hermoso vestido, sacó los infames contratos, el rostro del padre se tornó furioso e intentó arrancarle los papeles de la mano - ¡No!, ¿no es mi sentencia padre?, ¿mi contrato de compra venta? Donde vendes a tu hija como una yegua.

- ¿El bastardo te contó?- levantó su mano enjoyada con un enorme anillo cuya piedra era una amatista, símbolo de lo que él era y de toda la familia Swan-Kane.

-No- la mujer llevó su cuerpo hacia atrás- el bastardo no me ha dicho nada, eres tú y tu maldita ignorancia hacia mí, dejas los contratos en esta oficina, sin importar que sea yo la que maneja cada uno de tus papeles- respiró con fuerza- tu falta de respeto hacia mí es insufrible, sólo me ves como una cosa sin valor, me subestimas Charles, siempre lo haces.

-Lo hice por ti.

-No, lo haces por tu apellido y fortuna, lo hiciste y me pisoteaste como si fuera una alimaña - con gesto desafiante, sirvió el costoso vino en una copa de cristal - me llevas de la mano hacia un hombre que no vale nada, sabes que Edward Cullen va a destruirme y sin embargo, eres tú el que me entrega sin importar que yo sea tu hija- bebió un sorbo con gracia- ¡eres un monstruo!- una risa dura salió de ella – y yo que siempre creí que mi actuar en Paris fue más por mi madre que por ti, oh no, soy tu hija en todo- lo miró a los ojos con malicia- viejo aristócrata cruel.

-¿Quién se casaría contigo Isabella? Una mujer de veintiocho años, una solterona cuya única virtud es mi fortuna- se sentó de nuevo en la silla- pudiste casarte con Sir Michael Newton pero lo rechazaste tan sólo porque creíste que ese maldito tahúr de Cullen te amaba ¿qué querías que hiciera? Necesito un heredero y tú necesitas un hombre que te quite el desprestigio social de soltera y amargada, no me vengas con idioteces niña, si yo muero estarás sola sin una libra ¿qué harás?, ¿institutriz?, ¿ama de llaves?, ¿prostituta? ¡Por favor! No eres una mujer joven, nadie se acostaría contigo.

Y allí frente a ella, estaba Charles Swan cruel, que permitía que de su boca salieran palabras terribles que lastimaban a su hija, sin embargo, ella ya lo conocía, decir que estaba sorprendida por lo que él acababa de decir sería una mentira.

Bajó sus ojos lentamente, una sonrisa socarrona y perversa se dibujaba en ella, su padre que nunca la conoció realmente y sólo veía en ella un recipiente para la simiente Swan –Kane.

-Oh papá ¿prostituta?- tomó la pequeña silla y la colocó a centímetros de su presencia, el viejo estaba sofocado- dejaste de verme a los tres años de edad y te reencontraste conmigo cuando tenía veintiuno- clavó su mirada en él- casi veinte años y tu hija fue una desconocida- tomó su mano, Charles quiso inmediatamente liberarla, pero una fuerza en su hija lo impidió- Nunca fuiste a Francia, lo odias, allí tu pequeña e insignificante hija era alguien que no te imaginas.

-¿De qué hablas?

-Papá – apretó con fuerza- mi querido papá- su rostro fue fiero- ¿por qué crees que mi madre no me escribe?, ¿Por qué piensas que me vine de Francia en silencio y me presenté ante ti aquella noche frente a tu puerta?, Dime ¿cómo una mujer como yo tiene de mejor amigo a un hombre como Eleazar Merchant?, ¿por qué me escondo en insípidas ropas negras?

-Isabella- Charles fijó sus ojos sobre su hija, allí, vestida de manera vulgar como nunca la había visto, era otra, su voz, su rostro y su risa cínica- ¿Qué ocultas?

Ella se acercó.

-Yo me oculto Charles Swan, la princesa encantada, la courtisane, une pute- aún con la ignorancia de su padre en el francés, las últimas palabras fueron descifradas, el viejo parpadeó y su rostro estaba lleno de preguntas, ahora, años después, el silencio de Renée, la negativa de volver y ese payaso ridículo de Eleazar provocaban miles de inquietudes- oh si papá, oh si, en Paris fui la reina, no hubo quien no me conociera, Swan-Kane, en Francia, es sinónimo de vergüenza, de maldad, tu hija Charles, tu insípida niña solterona era el espectáculo.

-Es una tontería Isabella- quiso levantarse- no puedes ser tan vulgar.

-Me casé a los diecisiete con un simple pintorcillo cuidador de caballos ¿quieres que te muestre el cuadro de tu niña desnuda? Es hermoso.

-Isabella.

-Organizaba fiestas que duraban días en la villa que tu dinero pagaba a las afueras de la ciudad. Tenía lo que me daba la gana con sólo mover un dedo.

-¡Cállate!

-Apostaba en las carreras tu fortuna y, sin embargo, al día siguiente mis arcas estaban llenas, tu apellido es una burla Charles Swan, destruí muchas vidas, no puedo volver a Francia porque me odian, porque soy un monstruo papá- se levantó con rapidez, las sedas del vestido hicieron un frufru entre muebles y objetos- volví aquí para huir, para dejar todo atrás, para olvidar, me hundí en estas casas, en vestidos negros, me oculté entre cortinas, coloqué sobre mi rostro máscaras, esa es la hija que conoces Charles, pero esta que ves ahora soy yo.

El padre se quedó atónito, observaba aquella gata que gritaba en su despacho, no podían ser mentiras todas aquellas palabras, nunca se preguntó sobre la vida de su hija en Francia, ella vino con su presencia oscura y poco hablar y simplemente él la aceptó como algo molesto e inevitable.

-¿Por qué me dices eso ahora?, ¿quieres el escándalo?, ¿vengarte de mí?, ¿deseas que rompa el contrato?

Oh

Y allí estaba ella sonriendo.

La cacería empezaba.

- Voy a casarme con Edward Cullen papito querido- alisó sus vestidos- voy a darte el nieto que deseas, seré todo eso que tú quieres- tomó los papeles- mañana irás donde tus abogados y derogarás este contrato pero no le diremos al bastardo- se relamió sus labios- será nuestro secreto padre, a cambio, te prometo que no enlodaré tu apellido por todo Londres.

Charles Swan, un hombre ignorante y tonto sustentado por su apellido y dinero, siempre había ganado cada una de sus batallas, tan sólo ayudado por su fortuna y linaje, pero nunca en su vida se había enfrentado con alguien como la mujer con quien estaba en frente.

-¡No lo harías!

-No tengo nada que perder padre, en este momento tu dinero y apellido no me importan, rétame y haré que toda mi vida en Francia sea conocida por Inglaterra, serás la burla de todos- mordió sus labios en gesto travieso- no podrás volver al salón de caballeros, darle la mano a la vieja urraca de la reina o a su idiota de príncipe heredero- se acercó a él- no sabes como odio todo esto, todo lo que tu nombre representa Charles, dame una oportunidad y haré lo que siempre he querido, vomitar sobre todos.

Los ojos oscuros, la mirada seca, el gesto tenaz y Charles vio a alguien de su pasado frente a él- te pareces a mi padre.

-Soy tu hija.

-¿Te casarás con ese hombre que no te ama?

-¿No es esa la historia de Inglaterra padre? Una tierra que no soporta el amor, ¿qué importa si no me ama? Será un buen negocio, todos seremos maravillosamente infelices.

.

.

No se puede pedirle a un tunante cabezudo que deje de ser lo que siempre ha sido. El pavo real muda sus plumas, la serpiente cambia de piel pero el arrogante pavo sigue estando allí y la peligrosa serpiente continua su serpentino sesear. Edward Cullen amaba a la bruja sobre todas las cosas del mundo, pero aún, su alma divertida y burlona seguía estando allí, su risa cínica, su caminar vanidoso y su manera de hablar excitante y fogosa pero el hecho de saber que sería el esposo de madame Swan, afirmó su esencia, pues, de alguna manera, ella amándolo le hizo entender que no debía tener vergüenza de nada.

Aún le gustaba jugar y apostar.

Seguía bebiendo whisky y vino sin perder su encanto; y aún continuaba coqueteando con las mujeres, haciéndolas sonreír y dándoles algo juguetón y perverso en que pensar.

Y aún así, en los espacios de soledad, mister bastardo encantador se veía soñando como feliz melancólico en el hecho increíble de ser esposo de ella.

¡Diáblos! ¿Quién lo diría? Seré un hombre respetable se carcajeaba a solas ¡Bah, no mientas Edward, serás siempre un cínico irremediable! Sin embargo en él la añoranza por su padre y el deseo escondido de algún día calzar los zapatos de Carlisle Cullen lo llenaban de esperanza.

En la casa de Esmerald Platt, sentado en la mesa principal con un vino de la mejor cosecha, escuchaba música mientras que las mujeres de la casa lo miraban con deseo. Les guiñaba un ojo y les regalaba una que otra moneda, era lascivo, pero no con ellas, cada una de aquellas mujeres eran insignificantes a comparación de su Bella bellísima. Durante la semana anterior, él había sido incitado hasta el hervor, Isabella jugaba con él, a veces la sorprendía en pequeños silencios y, de una tempestuosa manera, sus ojos marrones le dirigían miradas de fuego, a veces en la casa, con Alice en medio- cosa que le parecía ridícula- bailaban con sólo la tonada de la voz de la bruja cantando en un muy sensual francés.

-Bruja- se acercaba a su oído- a veces pienso que dices cosas inmorales en ese idioma amor mío.

Ella se quedaba mirándolo y levantaba la ceja haciéndole saber que si, que cada palabra en aquel inquietante idioma eran oscuras, de alcoba y piel.

¡Dios! ¡Lo enloquecía!

Y a veces ella era misteriosa y lejana. ¿Cómo algún día él pensó que aquella cosilla oscura, que jamás se dignó a mirar, era alguien que lo enloquecería hasta el delirio? Frente a ese hecho toda su arrogancia y fatuidad se hizo evidente, fue con la consciencia del amor por Isabella donde Edward Cullen realmente había cambiado, ahora trataba de ver más allá de lo que se le presentaba.

Esme lo miraba desde lejos, por un momento se topó con los ojos de Edward y éste le brindó una mirada divertida alzando una copa de vino. Ambos rieron de manera cómplice, la mujer de cabello miel y de mejillas maquilladas, sabiendo que él se casaría con madame Swan, estuvo orgullosa de sí misma y del sacrificio que hizo por él.

-¿No tienes miedo de que tu prometida se entere que aún vienes aquí querido?- se sentó a su lado.

Los ojos verdes brillaron bajo la luz rojiza del salón.

-Soy inocente querida, además es una copa de vino y una buena conversación con una amiga- besó su mejilla- sólo eso.

-Las chicas- señaló a las putillas que, arrinconadas en un sofá, lo miraban con tristeza- están de duelo.

Edward prendió un cigarrillo y observó a la dulce pelirroja que durante años fue alguien con quien calmó ansias de manera gratuita.

Ella lo amaría siempre, jamás la miró con desprecio y le dio buenas noches de placer y un recuerdo para atesorar cuando tuviese treinta y cinco años y fuese una desdentada mujer trotando calles por un mendrugo de pan.

-Sólo fue placer Esmerald- caló con fuerza su cigarrillo.

La dueña del burdel carcajeó.

-¿Y lo has dejado de buscar querido?

El hermoso rostro y su guasón gesto se hizo presente.

-No estoy muerto mujer- Golpeó la mesa y se levantó de ella- siempre busco placer, pero ahora quiero el mejor- sacó unas monedas.

-¡Eres irremediable Edward!- Esme recordó al padre años atrás, deseoso de libertad y ansioso por dejar linajes atrás.

-Por supuesto madame- se inclinó ante ella en venia respetuosa- irremediablemente encantador- puso las monedas sobre la mesa.

-La casa invita.

-Hoy no querida- besó su mano- hoy no, es hora de comenzar a pagar.

Se despidió de Esme, últimamente ella veía como él se alejaba cada día más, quizás un día dejaría de verlo.

La algarabía de las chicas del burdel se hizo presente, Edward, pavo real exhibiendo su plumaje brillante frente a las damas, se acercó a ellas y, a cada una, dio un beso en la mano- ¿me olvidarán mujeres?- preguntó con gesto impúdico.

-Oh no Edward ¡jamás!- contestó una de ellas con lagrimillas en los ojos.

-Buena chica- se acercó a la mujer flaquilla de nombre Kate- buena chica- les dio una mirada a todas- yo no las olvidaré.

Él les dio su último gesto de coquetería, su halago de seducción, mentía, ellas lo sabían, pero a ninguna le importaba. Edward volvería, la casa de Esme era libertad en medio de la hipocresía y de la falsedad de Londres, pero jamás, jamás volvería a ellas.

Eso era lo que él creía…

.

.

.

Sus manos callosas por el trabajo apretaban suavemente las manos de madame. Sus ojos azules agradecían, casi hasta las lágrimas, por el hecho de que Isabella le informaba que a la mañana siguiente él partiría hacia Forksville para tomar el trabajo de sirviente de cava y que en unos meses él tendría un pequeño feudo para él, Rosalie y el pequeño hijo en camino.

-No se como agradecerle madame- dijo con la voz entrecortada.

-No tienes que agradecer nada mister McCarty, se lo prometí- fijó su mirada en Rosalie que ya estaba entrando a su último mes de gestación, ella, sentada en la cocina de la ruinosa mansión Cullen, limpiaba sus lágrimas y daba pequeñas caricias a su vientre abultado, para Isabella, Rose era sin lugar a dudas la mujer más hermosa que había visto en su vida, sus ojos celestes, y una gruesa trenza rubia que caía pesadamente a un lado, le daban una imagen serena y maternal; la envidiaba, envidiaba el amor que aquel muchacho enorme y tierno le daba, envidiaba que ella luchó por amarle, fue a él sin miedo y prejuicios, Rosalie estaba a punto de ser una mujer feliz fuera de la vida sofocante de la ciudad y de la cuna donde nació.

-Eres un ángel Isabella.

El "ángel" sonrió de manera amarga, cosa que para Rosalie no pasó desapercibido.

-Te lo mereces, ambos- desde que Tania Denali descubrió el juego de Edward, el rostro de Isabella había adquirido un gesto oscuro repleto de pensamientos. Por un segundo, quiso castigar a Rose y a Emmett por ocultar semejante bajeza, pero lo descartó, ellos eran víctimas y el bebé en camino fue el arma para construir semejante traición- Emmett vendrá en tres días, ambos se casarán según lo acordado y esperarán mi boda con Edward, después, partirán a la villa para esperar el nacimiento del pequeño.

-¿Iremos a la boda?- los ojos azules se abrieron de manera desmesurada- ¡No! sería un escándalo Isabella, todos lo sabrían.

Bella levantó su mano hacia su rostro despejando el incómodo mechón de cabello que rebelde se había salido del muy parco peinado. Un movimiento lento y lleno de significados.

-No importa Rosalie- fue hasta ella y besó su cabeza rubia- es hora de que dejes de avergonzarte.

-Mi hermano no lo permitirá.

-Lo hará cariño- le guiñó un ojo- lo tentaré, seguramente algo de escándalo – y respiró- lo va a divertir.

-Está muy orgulloso y feliz, Isabella - vio a la mujer caminar con pequeños pasos hasta la puerta de la cocina- quiero que sea feliz, es mi hermano- mas la voz se perdió en medio camino, corrió con dificultad y Emmett rozó su hombro- ¿Te encuentras bien Isabella?

Por un momento, la bruja detuvo su caminar, su rostro, que miraba la escalera, era perverso, lleno de rabia y concentrado, pero al volverlo hacia su futura cuñada se suavizó, fingidamente, y sonrió con timidez- estoy muy bien querida, no te preocupes, todo saldrá como lo tengo planeado- Rosalie parpadeó inquieta- ¿Tu hermano Rose?

-Arriba- un paso por parte de Isabella en la primera grada- ¿no pensarás subir hasta su habitación Isabella? No es decente.

Isabella frunció su ceño.

-¿Decente?- oh, la princesa no se detenía, recorrió a la embarazada Rose- ¿lo somos?- levantó su ceja- Ve con tu prometido, ayúdale a empacar, mañana parte con una carta hacia mi sirviente principal en Forkville, ve querida- comandó con su mano el gesto de despedida- es hora de comenzar una nueva vida.

Eran las diez en punto de la mañana, el Big Ben daba su campanada anunciando la nueva hora: Londres empezaba su caminar. El vendedor de leche y de periódico vociferaban, los vendedores de carbón con sus carretas tocaban las campanas de las casas ofreciendo el oscuro combustible, se escuchaba el trote de los caballos y el látigo aterrador que zumbaba en las infelices carnes de las bestias. La ciudad se levantaba en medio de la neblina y del apogeo de industrias donde miles de seres humanos iban a trabajar en condiciones terribles.

Esa era Londres, hermosa y criminal.

Isabella llegó hasta el cuarto de Edward, algo se escuchó, reconoció el sonido del agua chapuzando y de la cuchilla de afeitar en el aljibe.

Su corazón latió desbocadamente, verlo era una tortura, entender que él, cruel y hermoso, estaba allí en su masculino ritual, hizo que el cuerpo de Isabella vibrara.

Su sensualidad agazapada burbujeó entre sus telas oscuras, desabrochó tres de los botones de su rígido vestido, dibujó la sonrisa de niña traviesa fingiendo inocencia y caminó hasta la puerta entre abierta.

Y allí estaba él frente al espejo con su pantalón, descalzó y sin camisa. Por unos segundos, Bella se detuvo a observarlo ¿podría ser más hermoso el bastardo adorado? Su piel era blanca y lustrosa, los músculos de su espalda se esculpían sobre su cuerpo como si ellos hubiesen sido delineados con cuidado, podía ver su pecho repleto de mínimos vellos que se perdían de manera delirante hacia lugares prohibido y su cabello húmedo que se aglomeraba tras su cuello…él respiraba y era magnifico, y cada uno de sus movimientos eran acompasados y vanidosos.

Se recostó en los bordes de la puerta.

Quería morderlo.

Devorarlo.

Beber de él.

Edward sintió la mirada tras su cuerpo, la observó por la imagen en el espejo y encontró una mujer extraña y excitante recostada con abandono viéndolo con codicia.

-¿Te gusta lo que ves bruja?

-Me gusta todo lo que veo bastardo- caminó dos pasos hacia él.

-Y todo será tuyo amor mío- se aprestaba a comenzar con la pequeña brocha a untar sobre su barbilla la crema de afeitar.

-¿Me lo prometes?

-Con toda mi alma- carcajeó al ver como ella se acercaba- ¿entras aquí sabiendo que peligras mi reina?- mordió su labio inferior y su pecho saltó ante la posibilidad de estar a solas con ella sin la interrupción de sirvientes molestos, padre cretino o amigo ¡imbécil! protector.

-Entro- tomó la brocha- sabiendo que voy a perder mi alma- besó su barbilla que picaba ante la barba.

- Ten miedo - estaba fuera de sí- de perder tu vestido mi amor.

-¿No te importa mi alma mister Cullen?- recorrió hambrienta con su mano y lo rastrilló con sus uñas de nácar el pecho de aquel hombre que olía a jabón y a colonia inglesa- que malo eres.

Edward intentó ir hacia la boca de Isabella, estaba desesperado por el beso, por un toque, por penetrar su lengua en el paladar de su bruja y degustar el sabor a melocotón y menta, pero ella se alejaba.

-No soy yo el perverso mi corazón- dio dos pasos hacia ella, pero algo se interpuso entre ambos: la cuchilla de afeitar que ella tomó rápidamente- ¿piensas matarme Isabella?- la mueca burlona relució en su cara.

Una chispa oscura brillaba en sus ojos.

No tienes idea mi amor.

-No, pienso afeitarte querido- señaló hacia la silla- siéntate por favor.

Edward acató la orden, se sentó en la silla que estaba al lado del espejo e infló su pecho ante la visión de Isabella Swan untando la brocha con jabón de manera lenta.

-¿Harás esto todos los días después de casarnos Isabella?- ella esparcía el jabón por la barbilla- porque puedo dejarme mimar- intentó llevar las manos hacia la falda y deslizarlas hasta el trasero de su prometida.

-Quita las manos bastardo- se alejó un metro- ¿Quién dijo que puedes tocarme?

Ambos se miraron, él jugaba y en ella hay amenaza oculta.

-Dos semanas y mis manos estarán por todas partes madame- descansó sus brazos al lado de su cuello- ¡vamos mujer! Déjame hermoso.

Isabella agarró la barbera y la colocó sobre el cuello de aquel hombre que un día se atrevió a tentar su mundo.

-Te amo bastardo- lentamente la cuchilla raspa parte de la barbilla- lo sabes ¿no es así? – La mirada verde se oscureció- eres tan hermoso como un pavo real- la mano libre tomó su cabello- es tu arma- haló con fuerza- me seduces con ella.

-Bella yo…

-Silencio- susurró seductoramente- puedo cortar este hermoso rostro y no nos gustaría mister Cullen, a ninguna nos gustaría.

De pronto la mirada lujuriosa se tornó grave.

-No sé de que hablas bruja.

-Eres el tesoro de Londres mi amor- ella trató de volverse juguetona, volvió con la barbera sobre el rostro, la deslizó y, en algún momento, hay un aire de peligro, un movimiento y ella cortaría su yugular- sería un crimen que algo le pasara a el, no hay mujer en esta ciudad que no quiera observarte de cerca, saber si eres real y los hombres te envidian- limpió la barbera en la toalla.

-Pero sólo tú puedes tocarme bruja- gimió cuando los labios de Isabella tentaron su boca y mordió su labio inferior- esta belleza- su risa sonó por todas partes- es la fortuna que te doy, mi pobre corazón mendigo no es nada, te lo regalo, esto soy yo.

-¿Mío mister bastardo encantador? – se acercó y mostró su escote que dejaba ver sus senos como leones maduros- ¿puedo contar con eso?

-¡Demonios bruja! No hagas eso a un hombre como yo que está a pan y agua- trató de evitar su excitación que se adivinaba en su pantalón- ¿quieres volverme loco Bella? Porque ¡joder! lo logras- sin medir consecuencias, la atrajo hasta él, Isabella aún sostenía la barbera en su mano, la sentó en su regazo y la besó con fervor, su mano se deslizó por su cintura y la apretujó con fuerza, el pecho de ambos en compás de fuego se movían a un ritmo desenfrenado- no sé qué voy a hacer contigo- besó su cuello y algo del jabón manchó el vestido de Isabella- sueño, respiro y vivo por el día en que pueda llamarte mía, bruja.

Se deseaban…

Se amaban…

El erotismo de la escena los hacía arder bajo lo prohibido, profano e inmoral.

El fuego corría en sus venas, el hambre de dos cuerpos que se fusionan entre roces y palabras que esconden significados perversos.

Londres, allí afuera, continuaba con su ritmo impuesto, mujeres luchaban por un lugar, hombres trabajaban sin cesar e Isabella Swan se aprestaba a jugar al límite de lo demoníaco.

Sangre

Dolor

Y todo el valor que merecía Edward bastardo para ser su esposo iba a doler con rasguños sensuales.

-Ummm- Bella bufó por lo bajo- ese día Edward- volvió con la peligrosa cuchilla en su barbilla- ese día querido, será inolvidable- la barbera ascendió lentamente hasta los límites de su oreja- vas a saber cómo soy- una leve e imperceptible cortada en su mejilla, algo que el mismo Edward sintió como un pinchazo de aguja, hizo que una gota de sangre recorriera su piel. Bella gimió de dolor, para ella aquella herida fue dolorosa más que para él- ¿podrás perdonarme?

-Puedo perdonarte Isabella, que saques mi corazón y lo hagas pedazos mi amor, eso y más - tomó su muñeca y presionó con fuerza, la navaja cayó en el suelo e Isabella abandonó su cuerpo y permitió que Edward la besara durante minutos en aquella habitación en medio de un Londres sombrío.

.

.

.

Edward abrió los ojos, aquel hermoso animal relinchó en sus dos patas haciendo un acto de coquetería salvaje.

¡Su yegua!

Aquella que le pertenecía al viejo conde Volturi estaba frente a él, oscura y perfecta.

-Es mi regalo de bodas Edward- le susurró tras su espalda mientras que estaban en las grandes y lujosas caballerizas de la casa Swan- te pertenece.

El hombre volteó hacia ella, vestido de gris oscuro y hermoso sombrero de copa, Edward Cullen preguntó el porqué de aquel extravagante regalo.

- Te conocí con ella mister Cullen- se acercó y acarició a la indómita yegua- le dijiste que la amabas- Edward sonrió con picardía- y creo que ella no te ha olvidado, la marcaste con tus palabras querido- tomó las riendas- ven, móntala, ella te pertenece.

Edward dio un paso hacia atrás.

Maldito infeliz, yo sólo tengo de fortuna… ¡nada! No tengo nada.

-Voy a retribuirte cada día Bella mía- su voz fue potente- ¡te lo juro!- besó su mano- te lo prometo aunque deba volverme honorable.

-No te quiero honorable –le quitó su sombrero- eso es demasiado para ambos- y le ofreció la yegua- ¡ve querido! Esta hembra es toda tuya.

El animal sintió el peso del jinete, dio cuatro fuertes coses contra la grava, movió su hermosa cabeza y esperó la orden de su dueño.

-¡Vámonos!- la yegua se paró de nuevo en sus patas traseras, relinchó de manera estruendosa y, bajo las riendas de Edward Cullen, se hizo al galope con el viento.

Edward volteó para mirar a la mujer que dejaba atrás, por un segundo, algo en el rostro de ella brilló, algo que sólo había visto una noche de truenos y tempestades en el bosque de Nottighamshire, la vio desaparecer en la bruma y algo en él dolió con profundidad, era como si la niebla se la llevara, una sensación desgarrada lo tomó por sorpresa, cada día con ella era incertidumbre, un susurro e Isabella bruja amada sería arrancada de sus manos. Tres días, tres eternos días y la palabra esposo sería real, si, sólo tres días para tener la piel y el alma de la mujer que amaba y para que el honor de su padre volviese.

¡Tres días!

Y nadie la arrancaría de su lado.

En pleno galope violento, Edward se juró a sí mismo que, por amor a ella, haría cualquier cosa, incluso enloquecer…aunque intuyó que ya lo estaba.


Dos cosas quiere el hombre de verdad: el peligro y el juego. Por eso quiere la mujer, que es el juguete más peligroso. Nietzsche

Gracias por leer, para la próxima boda….alisten corsés, la princesa les aseguro estará lista.

Y esta contadora sonríe maquiavélicamente.