Los personajes le pertenecen a Meyer.

FALSAS APARIENCIAS

Capítulo 28


El ambiente expectante,

los sonidos de las voces en un murmullo incómodo, aleteando palabras superficiales.

Las preguntas que descansan mudas en las gargantas, las respuestas que danzan livianas,

Los actores listo, el telón se abre y las apariencias se esconden detrás de una máscara.

Todos hablaban de manera queda. Charles Swan contenía su furia mostrándose indiferente y cáustico. Tener que soportar la humillación de albergar a todos esos plebeyos en su mesa, ¡Un sirviente!, ¡por todos los cielos! A una mujer preñada y desvergonzada, al fatuo de Eleazar Merchant, a la deslenguada de Jessica Stanley con el estúpido de su marido y aEdwardCullenque lo retaba con sus ojos burlones y con sus palabras de doble sentido ¿Qué se cree? ¡El dueño de la fortuna soy yo!, lo tenía preso de la desesperación, pero, sobre todo, ver a esa desconocida en que se había transformado su hija, esa mujer, que con la ceja levantaba, le decía que tenía el control de todo.

─ Mi padre querido ─ ella sonrió ─ quiere que su única hija tenga la más fastuosa boda que jamás ha existido, ¿no es dulce? ─ tomó un poco de vino y relamió sus labios ─ siempre preocupándose por mí.

La luz de los candiles daba al comedor una atmósfera de calidez inversamente proporcional a la realidad. Edward levantó una copa frente al viejo patriarca ─ Realmente conmovedor, mister Swan, es usted un padre ejemplar en este país.

Ambos hombres se miraron de hito a hito: odio profundo, lucha, Charles deseaba pisotearlo y Edward mostrar que no era fácil ser humillado.

─ Siempre he querido lo mejor para mi hija.

─ Nadie lo duda, suegro ─ sus dientes relucieron en la hermosa boca, con una mano tomó la copa de vino, mientras que con la otra, por debajo de la mesa y a unos cuantos centímetros de la prometida, jugueteaba impúdicamente con el liguero de ésta, presionando, enrollándolo en sus dedos, acariciando el pedazo de piel que le permitía tocar ─ todo por su hija ─ dirigió su mirada hacia Isabella con un gesto chispeante, en ese momento era feliz, un hombre en plenitud de sí mismo, dueño de quien era, su naturaleza se desplegaba, todo él divertido ─ pues se merece lo mejor, soy un hombre afortunado al encontrar semejante joya que hará de mí ─ y sus ojos verdes fueron oscuros y provocadores ─ un buen hombre.

─ ¡Salud! ─ Eleazar se levantó de su silla burlón y arrogante ─ ¡brindemos! ─ se arregló su fino bigote ─ Mon papillon ─ le guiñó un ojo en complicidad, amaba despertar los celos del cínico, quien, por su parte, deseaba arrancarle al franchute el estúpido mostacho ─ sabes que siempre he querido lo mejor para ti mon amour, hoy te digo frente a todos que te amo ─ la mesa retumbó, Edward gruñó y por poco deja de hacer lo que tanto le divertía debajo de la mesa ─ oh vamos mister Cullen, lo mío es meramente platónico ─ soltó la carcajada ─ deseo que seas muy feliz y que en esta unión encuentres todo lo que buscas, para bien o para mal.

─ ¿Para mal? ─ el bastardo resoplaba, Jasper lo invitó a la cordura ─ sus palabras son enigmáticas, mister Merchant.

─ ¡Oh vamos!, ¡soy francés! Me gusta el drama, mister Cullen… ─ sintió la mirada de fuego de Isabella sobre él, por lo qué, con su mano en el aire, trató de despejar las incógnitas que sus últimas palabras habían propiciado ─ ¡Ustedes los ingleses!, ¡Mon dieu!

En ese momento, la oscura ama de llaves entró en la sala seguida por dos mujeres de la servidumbre. Vestida de manera severa y con su cabello convertido en aquella dura moña, Alice mostraba todo lo que una mujer de su condición era: silenciosa, presta a servir, sin emoción y casi invisible, pero, Jasper y Eleazar ─ quienes habían visto tras aquella dura armadura a una mujer llena de pasión y fuego ─ no duraron en mirarla de manera soterrada, sin embargo, Eleazar -libre y con deseos de divertirse - le dio una mirada sin vergüenza que no pasó desapercibida por muchos allí, sobre todo por el amante.

Alice sirvió el vino y al pasar el brazo por el hombro derecho de Eleazar, éste giró su cabeza y dijo:

─ Un poco más, lady ─ Alice, sin un solo gesto que la delatara, pero sintiendo los cuchillos sobre su cuerpo, sirvió un poco más de vino al francés descarado ─ no, no ─ puso su mano sobre la de ella ─ no me refiero a eso querida.

El acero de la mirada de la ama de llaves se dirigió al hombre frente a ella.

─ ¿A qué se refiere, Monsieur?

─ Un poco más de dulce ─ y, divertido, señaló el postre ─ amo lo dulce mademoiselle Brandon, debería saberlo después de tantos años.

Y ahora fue Edward quien instó a su amigo para que no sacara la pequeña daga de su chaqueta y se la clavase en el pecho del insufrible francés.

─ ¡Compórtate querido! ─ Isabella golpeó la mesa, amigo y princesa se miraron cómplices ─ no estamos en Paris.

─ ¡Como nos divertimos, mon papillon! ─ siguió los pasos de la mujer oscura que se perdía hacia la cocina, Jasper tragaba hiel y Eleazar se juraba que intentaría de nuevo escabullirse entre las piernas de la muy ardiente dama ─ ¡cómo nos divertimos!

En los juegos de la crueldad, las miradas secretas y las palabras cifradas eran el comienzo de la partida.

Isabella sintió el respirar en su cuello, Edward se había acercado de aquella manera "elegante" como lo hacían los ingleses en la mesa para susurrarle algo en su oído ─ te amo, pero odio a tu amigo ¿puedo matarlo, bruja? Es un imbécil y un impertinente, dame ese placer.

─ No querrás hacerlo, allí como lo ves – y señaló a Eleazar ─ él ha matado a varios, cariño.

─ ¿Cómo lo sabes?

─ Todo Paris lo sabe.

─ Dime, bruja ─ sopló aire caliente sobre su rostro ─ ¿algún día tendré que pelear con él por ti, mi amor? Porque lo haría, se pelear y lo sabes.

Isabella levantó su delicada mano de forma bailarina, un pequeño aleteo de pájaro llevado hasta su cabello, movimientos precisos de alguien con una jugada maestra, blufear como un buen tahúr ─ ¿matarías por mí, Edward?

Voz siniestra.

─ No lo dudaría un segundo bruja ─ su mano volvió a sus muslos─ pero hoy, mañana, esta semana, todo el año y el resto de mi vida quizás mi interés esté en matar a alguien más.

─ ¿Quién es la víctima?

─ Tú, milady, por supuesto ─ un poco de vino en su boca, una promesa en sus ojos, sonrisa ladina y lobuna y la sensación ardiente de que su corazón era una pira de fuego dispuesto a incendiar el frío hielo de su educación y cinismo.

Tomó su copa, se levantó de la mesa, y se dispuso a hablar, no sin antes hacer el ritual de hombre de modales al oler el delicioso bouquet del vino.

─ Milady ¿sabe lo que ha hecho por este hombre? ¡Me ha cazado! – Respiró profundamente con esa sensación de ardor contenido ─ mañana a esta hora, seré el ciervo en tu trampa, Bella mía, aún así, yo he ganado, me das tu mano y yo te entrego todo lo que soy, estoy dispuesto a ser tu rey y tu mendigo ─ tiró hacia atrás su sacoleva ─ has hecho de mí un loco y un poeta, no se ría Lord Whitlock ─ Jasper ocultaba su sonrisa ─ puedo serlo e incluso merecerlo. Hace un año éramos solo mi hermana Rosie ─ la mujer embarazada se conmovió al escuchar a su hermano, pensó en su padre y quiso creer que estaría orgulloso de aquel hijo que, para muchos, fue su derrota ─ y yo – alargó su mano y acarició el rubio cabello ─ ahora no estamos solos, empezamos una familia, quiero pensar ─ tosió ─ que mi padre, quien siempre creyó que su hijo varón era un idiota ─ sonrió ─ quizás tenía razón ─ respiró con nostalgia ─ pero fue la presencia divina de milady, quien me convirtió en alguien de valor, un hombre que merece la pena, por el simple hecho de amar ─ levantó su copa y miró hacia el vacío evocando a Carlisle ─ brindo por mi padre ─ un gemido pequeño salió del pecho de Rosalie ─ por mi hermana que me ha soportado, por mi mejor amigo y por la mujer que se propuso hacer de mí un hombre decente, ¿lo logrará? – sus cejas pobladas se levantaron y su boca hizo un gesto retador. Para un hombre como Edward, quien siempre huyó de los sentimientos profundos y del melodrama, estar allí siendo todo menos el fresco sinvergüenza era difícil, una vida donde burlarse de aquello que no entendió y que, durante sus veintinueve años de edad, le pareció ridículo fue su manera de escapar y de no enfrentarse a la madurez ─ espero, amor mío, que no. ─ soltó una carcajada que en medio segundo murió en su garganta ─ Isabella, te prometo que seré lo que tú quieras, lo que desees, estoy para ser tu esposo ─ sin importar los modales que rezaban que los sentimientos o muestras de cariño no se hacían públicos, Edward Cullen se acercó a la boca de Isabella Swan ─ estoy – y la besó enfrente de todos ─ para ser tu esclavo ─ la mujer no parpadeó, permitió los labios sobre ella y le brindó un gesto enigmático y profundo.

Isabella lo observaba, sentía la intensidad de su amor, fue consciente de que estaría atada a Edward Cullen para siempre, sea como sea, desde la pasión que la consumía hasta la furia de querer destruirlo. Era hermoso, allí, parado frente a todos con su cualidad de adonis inalcanzable, Bella supo que aquel hombre sería su condena, con resignación, entendió que así debía ser, que ambos eran fieras dispuestas a consumirse; ella lo amaba, y él la amaba, no había duda, Edward estaba atado a su piel como cadena a la roca, sin embargo, los dos debían pagar el haberse encontrado. Más que la rabia de la mentira, lady entendió que la prueba a la que sometería al bastardo, era la que mediría hasta qué punto él podría soportar los pecados de su pasado y hasta donde ella sería capaz de entender la vulgaridad del suyo.

Esperar…

Observar…

Ella le brindaba gestos de ternura y risa, sin embargo, estaba pendiente de la puerta de manera astuta, sentía los ojos de águila de Eleazar sobre ella midiendo las reacciones pues, conociéndola como lo hacía, entendía que no se podía hacer nada para salvarla.

Se oyó la campana que anunciaba algo, Eleazar e Isabella se miraron, por un momento, el hombre hizo un gesto de ruego, mas ella le sonrió, bajó su mirada, respiró y, en ese gesto mínimo, dio comienzo a la función.

─ Milady ─ el impertérrito Oscar traía una carta ─ es para usted.

─ ¿Para mí? ─ giró la cabeza hacia su padre─ quizás sea mamá diciendo que vendrá de sorpresa ─ Isabella burlaba al padre, su madre nunca vendría, pero, aún así, no podía evitar hacerle una jugarreta cruel a Charles Swan. Éste se estremecía ante el hecho- para él aterrador- de que Renée apareciera con su hermosa presencia desfachatada y lo hiciera sentir - como solo una vez sintió- pasión y necesidad de piel.

Bella emitió una risilla de campana, leyó la pequeña misiva y, como una actriz experta en el juego, hizo un gesto de: ¡Oh!, ¡Vaya, vaya! Mordió sus labios de manera sensual haciendo que Edward prendiera las alarmas de hombre que conoce el gesto soterrado, aquel que es signo de sus reacciones eróticas y, como un poseso, se acercó hacia la dama que leía ávidamente la carta.

─ ¿Qué lees, mi amor?

Ella se llevó el papel a su rostro y le brindó una de aquellas miradas que contienen todo menos inocencia.

─ Es algo en francés querido, sin importancia ─ arrugó el papelillo que olía a perfume de hombre ─ pasado solamente ─ llevó sus manos al cabello rojizo de su prometido ─ ahora solo veo mi futuro frente a mí, fascinante y hermoso.

Guardó la carta entre los pliegues de su vestido y anunció que, al final de la cena, los caballeros podrían ir al salón azul para fumar sus cigarrillos y beber una copa de whisky, mientras que las damas irían al salón principal.

─ Tanto Rosalie como Jessica deben contarme sobre los misterios del matrimonio, quiero saberlos todos ─ tensó su barbilla mientras observaba a Eleazar, quien en cualquier momento explotaría en una sonora carcajada y a Edward, que entrecerraba sus ojos preguntándose ¿Quién diablos le escribía a su mujer a unas horas de su matrimonio? Estaba celoso, como siempre, desde el momento en que ella le dijo el nombre Michell se atormentaba, el maldito está muerto decía una y otra vez, sin embargo, no podía evitar sentir como una punzada dolorosa lo desgarraba, su vanidad lo había salvado, lo hizo comportarse como un hombre de mundo que no ruge ante el dolor de saber qué, su mujer, ya conoce otro cuerpo y otra piel, seguro de sí mismo, creía que después de amarla como solo él sabía hacerlo, extinguiría de su memoria cualquier residuo de otro hombre sobre el cuerpo de Isabella Swan… aún así, la carta estaba allí, bajo su vestido, como si quien la hubiese escrito tuviese el derecho de estar cerca de ella… tocándola.

Sin mediar nada, bebió un trago profundo de vino.

Edward Cullen, cínico bastardo sinvergüenza, no sabía que el juego había comenzado y, mucho menos, que él era la presa.

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En el salón azul, los hombres conversaban de todas esas cosas "complicadas" que suelen hablar los caballeros de alta sociedad: el club, el parlamento y sus estúpidas discusiones o, el favorito de Charles Swan; el insufrible clima. Todos evitaban palabras profundas, ninguno quería comprometerse con la conversación, era demasiado íntimo, humano, hablar de cosas del alma, sin embargo, muchos de ellos, en ese momento donde se parloteaba más por educación que por necesidad, estaban al borde de las emociones.

Emmett entendió que nunca sería uno de ellos… quería escapar.

Charles Swan tragaba su orgullo y hacía su gala de hipocresía.

Eleazar miraba hacia la puerta consciente de que su mejor amiga se encontraba al borde de un precipicio y se negaba a ser salvada.

Y, tanto Jasper como Edward, estaban consumidos, celos y pasión enfurecida disfrazada por la civilidad de uno y por el cinismo del otro.

Todos allí ocultos bajo el humo del cigarro.

Alice intentaba estar calmada, iba de un lado a otro siendo la buena ama de llaves que ella era.

Se deslizaba en los pasillos de la enorme mansión y de pronto, entre el salón azul y el interior de la casa, sintió como una mano la arrastró hasta la pared.

─ ¿Eres amante del maldito francés? ─ Los ojos azules brillaron en la oscuridad.

─ Claro que no ─ Alice hizo lo que mejor sabía: fingió indiferencia y miró hacia los lados temerosa de que algunos de los sirvientes los descubriera.

─ ¿Por qué te mira como si quisiera devorarte? ¡Quiero matarlo!

─ ¡Por Dios, Jasper!, ¡nos van a descubrir!

─ Me importa un bledo, vi como te miraba, conozco esa mirada Alice, fue la mía durante años, es la misma que tengo cuando te veo y deseo tocarte.

─ Es solo un amigo, tú sabes como son los franceses, son extravagantes en su manera de hablar.

─ ¡Te desea!

─ Solo juega, siempre ha sido así.

Jasper pateó con fuerza.

─ ¿Es decir que se te ha insinuado Alice?

Oh Dios…Dios.

─ Ha coqueteado un poco conmigo, eso es todo.

─ ¡Maldito hijo de puta!

─ ¡Jasper! ─ jamás lo había escuchado decir una mala palabra, nunca había sido grosero.

Él bajó su cabeza avergonzado, no podía evitarlo, necesitaba quitarse el sabor de veneno terrible, esa impotencia de no poder reclamarla ante el estúpido francés, de marcarla como suya frente a todos, ¡se odiaba!, ansiaba sentirla, creer que no había nadie en el mundo capaz de hacer jadear a Alice como él. Fue hacia su boca e intentó besarla, pero ella rehuyó a su toque.

─ ¡Perdóname Alice! No quiero que nadie te mire, no puedo pensar en eso, no puedo.

Alice Brandon era una sirvienta, lo sabía, sin embargo, las palabras de Jasper la ofendían, no por el hecho de que él intuyera que Eleazar fue su amante, sino porque con ellas le quitaba todo el derecho de haber sido una mujer libre durante diez años.

─ ¡Eres un idiota! ─ trató de alejarse, pero de nuevo el brazo la sostenía ─ no tienes derecho a decirme nada, haz sido tú el que estuvo años con una mujer que no amaba ─ su respiración se aceleraba segundo a segundo ─ ¡le hiciste el amor!, ¡por Dios! le hacías el amor - su voz fue débil- ¿Con qué descaro vienes a reclamarme a mí que un hombre me observe?, era Emma la que sostenía tu brazo cuando paseaba contigo por todo Hide Park, ella llevó un hijo tuyo en su vientre ¿y yo? Jasper Whitlock, jamás tuve derecho a sentir celos y ahora vienes y marcas territorio sobre mí, puede que sea una sirvienta milord, pero soy una mujer ¡y si! quizás en algún momento de mi vida deseé que me besaran, que me tocaran, que me poseyeran, que me amaran.

Las palabras susurradas con fuerza por Alice crearon en Jasper el efecto aterrador de que, quizás en esos años de separación, otro hombre hubiese tenido lo que él había ansiado durante tanto tiempo.

─ ¿Tuviste otro hombre, Alice Brandon? ─ La acercó a su cara ─ ¿otro amante? ─ deseaba morderla allí, desgarrar su corpiño y atornillarse a su cuerpo, ambos se miraron, gimieron, se necesitaban desesperadamente, cuando el beso fatal iba a ser ejecutado, sintieron las pisadas pequeñas de alguien que venía hacia ellos, Alice se soltó del amarre temerario y caminó cinco pasos hacia el salón interior donde las mujeres se reunían. Una de las jóvenes sirvientas venía caminando hacia el salón azul con una bandeja que sostenía una nueva botella de whisky.

La chica pasó por un lado del ama de llaves con la mirada baja, vio a Milord recostado en la pared y tembló ante él, para Alice, esa fue la oportunidad de huir del lado de su amante, un segundo y ella hubiese permitido que éste la desnudara frente a todos.

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Londres victoriano a las nueve de la noche, en la atmósfera se percibía el aire frío del mar y la niebla que se deslizaba siniestramente entre las calles, las luces amarillas de los candiles iluminaban una ciudad construida para ser escenario de belleza y crueldad, donde todo era posible, donde la pasión y la muerte iban de la mano creando un paisaje de oscura hermosura. Palacios y abadías, iglesias y mansiones, White Chapell y Bravante Street, lados opuestas de la ciudad, toda ella cruzada como una herida abierta por el nostálgico Támesis.

Él gemía.

Ella enterraba la nariz en su cuello aspirando la varonil esencia.

Intentaban respirar del beso sofocante que, durante más de cinco minutos, los había hecho casi perder la razón en los límites del oscuro jardín, sin importar que hubiese invitados en la casa, Edward la arrastró hasta llevarla a la oscuridad para morder su boca de forma posesiva, cualquier cosa… cualquiera para volver a ella, para tocarla de nuevo.

─ ¿Parece que me extrañas, mister Cullen? ─ Isabella, sujetada con fuerza por los brazos oscuros, trató de zafarse ante la posesión, era consciente de que había sembrado la semilla de algo aterrador en él.

─ ¿No lo haces tú, milady? ─ susurró en su oído.

─ No ─ lo dijo con presencia.

─ ¡Mientes, bruja! ─ mordió su barbilla ─ mientes, soy inolvidable.

─ ¡Dios mío! – Miró su rostro, los ojos verdes relucían en la oscuridad ─ voy a casarme con un papagayo arrogante.

─ Sí, lo soy ─ confirmó la afirmación con una sonora carcajada ─ un pavo real mi amor, todo tuyo ─ se desprendió de ella, dejando en Isabella una dolorosa sensación de vacío. Edward se irguió vanidoso frente a ella ─ ¡Mírame, milady! Quiero que todo Londres sepa que me has domesticado y que éste fatuo ahora tiene el honor de ser tu esposo.

─ Pobres mujeres Edward, me odiaran.

─ Así es amor mío, déjalas que murmuren, tú sabrás la verdad ─ y volvió a sus brazos.

─ ¿Cuál verdad? ─ Su pecho se tensó como una cuerda de guitarra a punto de claudicar, estaba cansada sin empezar siquiera.

─ Que toda mi belleza está hecha sólo para tu deleite, reina mía.

─ ¿Sólo mía, Edward?, ¿siempre serás mío?

─ ¡Diablos! No lo dudes jamás, Isabella ─ se enojó, a centímetros de su cara comenzó a respirar agitado ─ yo no soy nada, para todos en esta ciudad soy un paría, la diversión inmoral de una sociedad que desea escándalos, y de pronto, este bastardo maldito va a casarse con la joya de la corona.

─ Yo…

─ ¡Cierra la boca milady! ─ le guiñó un ojo ─ o te la cierro de un beso ─ ambos rieron ─ eres lo mejor de este estúpido país y ¡demonios!, ¡te tengo! Solo para mí, me haces hombre bruja, me das honor.

─ Quiero que tengas honor Edward Cullen, quiero que – cerró sus ojos, una última oportunidad ─ si no estás seguro de lo que vas a hacer…

─ ¿Qué? ─ la pregunta no llegó proferida por las dudas de Isabella, venía desde los celos que estaban alerta a cualquier cambio.

─ Puedes arrepentirte, irte, no estar atado a mí de por vida Edward, eres libre.

─ ¡No lo soy!, ¡no soy libre Bella!, ¡te amo como un loco! ─ volvió a alejarse, cerró sus puños, su interior concentraba un dolor ciego que nunca había sentido, un temor a algo ─ ¿Por qué me dices esto Bella? – Rugió de rabia ─ ¿te arrepentiste de casarte conmigo?

─ Quiero que digas la verdad ─ su voz fue oscura, el rostro de Edward se contrajo ante la frase, la maldita sombra del porqué había llegado hacia ella se cernía sobre él.

─ ¿Alguien te ha dicho algo, Isabella?

─ ¿Qué deberían decirme, mi amor, que yo no sepa?

Oh ingleses crípticos, ocultando verdades en preguntas y enigmas.

─ ¿Por qué me pruebas? ─ Su belleza se volvió agresiva, su rostro era fiero y todo su cuerpo- largo y musculoso- estaba tenso. Isabella sentía el tronar de su corazón en su pecho ─ ayer estabas segura, no había dudas y ¿ahora? ─ la levantó de su cintura y la arrinconó en uno de los muros del jardín ─ ¿Quién te escribió?

Touché para la princesa….

─ No es importante eso, pero lo que se decide aquí si lo es, Edward ─ respiraba agitada, necesitaba, quería ¡rogaba! que él dijera la verdad, que se sincerara con ella, de esa manera, Isabella podría abrir su corazón ponzoña, liberarse de todo, ser alguien mejor, no tener miedo a nada, ambos tan depravados y malvados, tan iguales, si él decía la verdad, podrían volver a ser puros de una muy extraña manera, mirarse a la cara y amarse así: inocentes y malvados. Si Edward callaba, le quitaría a Isabella Swan la oportunidad de redención.

─ ¡Te amo! ─ Y lo dijo con el alma, con esa desesperación de quien está a punto de ser ejecutado, con la agonía de los minutos, con la súplica en sus ojos ─ ¡te amo tanto! ─ Unas lágrimas recorrían su rostro ─ pero no soportaría saber que no me amas igual, que me mientes.

─ ¡Dios! ─ el llanto de una mujer era un arma peligrosa ─ yo te amo más, no miento, yo no miento bruja, soy solo para ti, desde siempre.

Ella gimió más fuerte, era el sonido del dolor que se ceñía al cuerpo, que devoraba como cáncer cada célula; él la amaba, pero mentía de una cruel manera, él iba hacia ella haciéndole creer que, tras su amor, no había ambición, crueldad ni trampas estúpidas, él la amaba pero sin respeto. Bella lloraba de dolor ¿Qué posibilidad de exoneración existía para Isabella si ambos tenían miedo?, ¿cuál era la posibilidad si ambos eran malvados?

Quizás la destrucción.

─ Vete Edward, vete de mí si no estás seguro de amarme como deseo.

Edward besó sus lágrimas, el sabor salado de ellas lo llenaban, esas lágrimas eran pasión contenida, fuego. Bebió de ellas con orgullo viril, un hombre que entiende que, en ese momento, ella era su mujer, su esposa, su otra mitad.

─ No digas eso, mañana te amaré como deseas mi amor, mañana me verás a tus pies, sobre tu piel, dentro de tu cuerpo, te diré como te amo milady, te lo diré de mil maneras, yo no miento jamás ─ se besaron de manera desgarradora, sus manos se entrelazaban desesperadas, el sonido de sus respiraciones se entrechocaban, eran violentos en el beso y tiernos en lo vulnerables.

A los cinco minutos, Alice, con el candil en sus manos, los sorprendió en la oscuridad, no dijo nada, ni un gesto, solo observaba el rostro de su ama y supo que ella sufría.

─ Mi señora, su padre pregunta por usted.

Isabella se adelantó, algo se deslizó en su vestido, por un segundo lo había olvidado, la carta cayó, él no dijo nada, lo repitió en cada beso, le brindó la oportunidad y él había mentido, blasfemado.

Edward recogió la misiva, deseaba saber de quién era, olía a hombre, a fina loción masculina, a pasado que desconocía… entendía que Isabella podía tener a quien quisiera, la carta lo aterrorizaba y lo enceguecía. Lleno de celos, la escondió en su bolsillo, Isabella no sonrió, su triunfo pequeño le era amargo, su sutil venganza había comenzado, la trampa estaba lista aún sabiendo que ella iba a sufrir y rogó a Dios - o al Diablo - que su hombre fuera lo suficientemente fuerte para soportar la prueba, para aceptarla tal cual era: Un hermoso y aterrador monstruo.

Todos se despidieron, los carruajes resonaron fuera de la gran mansión, Charlie dio un seco gracias y se retiró asqueado de que su casa haya sido contaminada por gentuza. No miró a su hija, ella era una desconocida y algo en él temblaba ante ese rostro que, durante toda la cena, solo tuvo para él frialdad, burla y desprecio.

─ Debes irte ─ en el portal de la casa, su espalda sobre la fría pared y con los brazos de Edward atrapándola, trató de despedirlo ─ mañana será nuestro día, querido ─ la nariz de él acariciaba el contorno de su rostro, su aliento era caliente, él la abrazaba con miles de sensaciones, estaba desesperado, a las once de la mañana, ella iba a estar frente al vicario diciendo que sería la esposa de Edward Cullen ─ no quiero que pases mala noche.

─ No voy a dormir, Isabella, estaré contando las horas para llegar a ti ─ quería besarla pero ella colocó una mano sobre su boca ─ un beso de despedida bruja.

─ Nos están viendo ─ Emmett se hacía el desentendido mientras que Rosalie dormitaba en el carruaje.

─ ¡Que importa! Mi último beso de novio ─ se acercó ─ será un beso casto, mañana – se carcajeó bajito de manera libidinosa y segura ─ te besaré impúdicamente, un poco de santidad para este sinvergüenza lady.

─ No tienes remedio ¿no es así?

─ No, no lo tengo ¿quieres que sea un aburrido esposo como los demás? ─ acercó su rodilla y la colocó entre las piernas de la mujer haciendo con ella una muy juguetona caricia ─ yo sé que no bruja.

─ Sé que nuestro matrimonio será especial mi amor, eso te lo prometo, siempre pensarás en mí.

Algo en Edward lo detuvo, trataba de descifrar el rostro de porcelana de aquella mujer, pero un gesto sensual y dulce hizo que él se perdiera allí.

─ Pienso en ti todo el día, a cada momento – tentó su boca y sonrió en ella, Isabella, a milímetros de su cara, midió aquel hermoso rostro y se estremeció ─ a veces ─ miró a los lados y mordió su labio inferior ─ casi siempre, pienso en ti y mi cuerpo me delata bruja ─ la observó fijamente retándola, haciéndole saber que ciertas partes de su anatomía eran traidoras y lo ponían en evidencia.

Isabella parpadeó.

─ Oh.

─ Me intoxicas, eres opio para mis sentidos Isabella ─ sin importarle nada, besó sus labios de forma dulce, bajó hasta su cuello y, de manera húmeda, realizó un recorrido hasta su oreja, Isabella lo escuchó gemir ─ sé que me harás el hombre más feliz sobre la tierra Bella mía.

─ ¿Y si no lo hago, Edward?

─ No digas eso.

─ ¿Y si no lo hago?─ insistió.

─ No me importaría, te amaría igual, te amaría igual mi amor ─ la voz fue diferente, llena de oscuras promesas, dulce y violenta ─ un día me dijiste que no, Isabella Swan y desde ese día fui irremediablemente tuyo bruja, irremediablemente.

Si tan solo no lo hubieras hecho todo mal Edward, si al menos me respetaras un poco…. A pesar de todo soy una mujer… a pesar de quien soy merezco respeto… a pesar de mi pasado yo necesito respeto.

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.

.

Con una copa de borbón en la mano, Edward miró la carta que reposaba sobre el escritorio, bebió lentamente y fumó de su cigarro, el papel elegante estaba arrugado, lo llamaba, lo incitaba.

─ Mañana vas a ser mía lady, nadie te va a hacer dudar ─ se levantó furiosamente y sin culpa abrió la carta ─ ¡Maldición! ─ Francés estúpido, no entendía nada de lo que allí estaba escrito, por un momento, pensó en las aburridas clases de francés en Eaton y en como, durante ellas, solía mirar libros de mujeres desnudas para escándalo de todo el colegio y dolor de cabeza de su viejo padre. Intentó recordar al menos un idiota verbo, algo que hiciese que la pequeña misiva de siete líneas tuviera algún sentido. Cerró los ojos no, no puede ser algo importante, quizás sea una simple nota de felicitación, nada, absolutamente nada. Por un segundo, se rio de él mismo ¿desde cuándo el cínico que anida en él era un cavernícola celoso?, ¿cómo pudo pensar que existiera alguien que le compitiera? ¡Demonios! Golpeó con sus botas el piso, su pecho ardía, ¡sí!, ¡estaba celoso! La mirada de ella, como sonrió al leerla, la forma en que la escondió y como el payaso de Eleazar Merchant se reía descaradamente al observar el acto.

Sirvió otro trago de borbón y volvió al papel… y una sola palabra ¡una sola! pudo entender.

...mon amour, tu tué mon cœur de votre mariage...

Entendió el mi amor, ¡idiotas franceses y su lenguaje almibarado y engreído! ¡Mi amor! ¡ja! ¿Mi amor? Con furia, rompió el papel, no estaba firmado, no había allí nada que él entendiese, sólo una maldita palabra que lo podía decir todo y que lo dejaba en el limbo.

¡No!

¡No!

Ella lo amaba, lo amaba a él, mañana en la mañana, madame Swan sería su esposa, una tonta carta en un idioma almibarado no podría hacer dudar a Isabella; sin embargo, en estado febril, agarró papel, pluma y un poco de tinta.

Escríbeme Edward… amo cada una de tus palabras.

Fue así que, con las brumas del alcohol y con la fiebre de los celos, Edward, sin pensar en nada, en lógica, métrica o poesía, vertió su ardor sobre el papel.

Le escribió a Milady sobre lo que sentía cuando ella se dejaba ver, lo que el sonido de su voz le provocaba. Ratificó la suerte de que ella lo hubiese elegido, de como él, un hombre sin fortuna, era merecedor de un beso, una caricia, de la respiración de ella sobre su rostro.

«La amo tanto Isabella, que mi corazón late sintonizado con el vuestro»

Le habló sobre los momentos en que ella no estaba y como él cerraba los ojos e intentaba captar su esencia y el sabor de su boca en la suya. Le habló sobre todo aquello que ambos construirían, como serían uno solo contra las habladurías, como ella lo convirtió en un caballero a sus pies.

«No necesito nada amor mío, solo el hecho de ser llamado tu esposo me es suficiente»

Dos hojas llenas de pasión, sueños, caprichos y lujuria, cada letra contenía furor, celos, agonía y deseo, no le importaba la exageración, las palabras sin sentido que dejaba a medias, allí, en cada párrafo, ponía su corazón que no se medía ante nada.

Fue hasta la habitación de su hermana e hizo que Emmett llevara la carta.

─ Es un favor Emmett, en casa Swan se acuestan tarde y creo que hoy la servidumbre no dormirá ─ los ojos azules de su cuñado lo observaron profundamente, el hermano de su esposa era un hombre extraño, no podía entenderlo, casi siempre burlón y despreciativo, cínico y superficial, podía ser en algunas ocasiones un hombre que estaba siempre al borde de ser rescatado y respetado.

En silencio, Emmett salió de la casa y en media hora llegó a la enorme mansión Swan. Las luces estaban prendidas, se deslizó hacia la parte posterior de ella y le dejó la misiva a Alice.

La puerta de la habitación estaba medio abierta e Isabella peinaba su cabello con furia.

─ ¡Milady! ¿Quiere destruir su cabello? ¡Por amor de Dios! ─ corrió y le quitó el cepillo de sus manos ─ ¡basta ya! Es tan fácil decir que no.

─ No lo voy a hacer.

Alice respiró con fuerza.

─ Es usted una estúpida niña malcriada, egoísta y voluntariosa ¿no tiene vergüenza?, ¿hace esto para castigar a ese hombre aunque se arrastre usted a la tragedia?, ¿qué clase de monstruo es?

Isabella se levantó furiosa de la silla, huyó de su reflejo frente al espejo y miró a su amiga con ojos de rabia.

─ ¡El peor!

─ ¡No lo es! No sé qué pasó en su vida pasada milady, pero no es lo que cree ser, yo la he visto, cuando ese pasado que usted carga la deja respirar, usted será fulgurante, eres una buena chica. Quizás eso que la atormenta, ha ayudado para que sea la gran mujer que yo conozco, la que conversa con la servidumbre, la que es amiga de la gente de la aldea, la que ayuda a quienes se lo piden. Alguien sin prejuicios sociales, vea eso ¡por amor de Dios! No arruine todo por la lujuria que ese hombre le produce. Ahora es otra persona, quiere todo de él ¡todo! Ha dejado que esa mujer, la que fue usted en el pasado vuelva, está actuando como una niña caprichosa ¡es una tontería milady! No hay razones válidas que la hagan actuar así ¡por favor, Bella! ¡Deje esto hasta aquí! Si quiere, yo le ayudo a empacar, puede irse, irse de Londres, incluso irse del país, puede huir.

─ No voy a huir, no voy a huir de Edward Cullen ─ se acercó a su amiga, su rostro mostraba a una mujer desesperada ─ lo amo mucho.

─ ¿Y aún así, en lo único en que piensa es en destruirlo? No entiendo ese tipo de amor, Isabella.

─ Oh, sí lo entiendes, Alice Brandon, si lo entiendes, es el mismo que te llevó a ser la amante de Jasper Whitlock ─ el ama de llaves retrocedió ─ ese que hizo que lo esperaras por años, ese que, sin culpa, te hacía odiar a la cosilla sin gracia de su esposa, el mismo que te hace correr como una mujer sin moral cuando el carruaje resuena a lo lejos, es el mismo querida. No razón, no lógica, ganas de morder, de poseer, deseos de castigarlo porque él parece mediocre ante tus afectos Alice Brandon, esos hombres que no están satisfechos, que quieren más, que subestiman el amor, la pasión, que piensan que solo ellos tienen derecho a todo, hombres que pretenden lastimar y salir impunes, Alice.

Una sonrisa irónica en el rostro de la sirvienta se dibujó.

─ Pero usted no ha sido así Milady, esa mujer de su pasado parece que fue la que subestimó, así que no hable de mujeres desdeñadas Isabella, no hable de mujeres que han vivido en la oscuridad amando a quien parece no poder tocar, mujeres que lloran en los rincones ─ y las lágrimas brotaron de sus ojos ─ mujeres que se ahogan de celos y deseos cuando ven que el que ama no les pertenece, no hable Milady ─ sacó la carta de su bolsillo ─ ¿quiere sufrir?, ¿desea realmente sentir el dolor de amar a alguien que cree que es mejor que usted Isabella? ─ Le entregó la carta ─ pues, adelante mi señora, mañana todo Londres será testigo de su vanidad e insensatez - limpió su lágrimas- lo más triste, es que solo usted perderá todo - señaló su pecho- y si ese hombre la ama, como creo que lo hace, también lo perderá a él ─ puso su rostro cerca del de Bella ─ a veces es mejor perdonar Milady, no se pierde, se gana ─ caminó hacia la puerta en silencio.

─ ¿Has ganado tú, Alice?, ¿piensas que Milord Whitlock dejará de ser quien es porque te ama?

Un silencio.

─ No milady, yo perdí hace muchos años, sin embargo, yo amo tal cual, no necesito la vanidad, yo soy feliz en aquellos momentos en que Jasper es solo mío, sé que al final quizás yo termine como una mujercilla oculta en los rincones y envejeciendo en una casa siendo una insignificante sirvienta, pero sabré que amé, sin importar si me amaron con la misma fuerza ─ volteó y encaró a su amiga ─ yo amé Milady…

─ Yo no soy así, sé que puedo perder, pero necesito saber, necesito confirmar que este amor no está maldito – respiró profundo.

─ Hasta mañana, Susy y yo vendremos a cambiarla ─ y sin más ni más, salió de la habitación con una pequeña lágrima en sus ojos.

No importa el precio… ya no importa.

A la media hora, Isabella, leyendo la carta, enterraba su rostro en la almohada, ya no había solución, ella iría a ese matrimonio con la certeza de que no importaba el terrible terreno en el que se aprestaba a jugar, ambos perderían.

Ya no había remedio.

No es más que mi maldito instinto de supervivencia.

Isabella Swan, ya no se conformaba con el medio sentir que la había traído de vuelta a Londres. Ahora, iba a vivir de verdad, a sentir al límite, aunque se le fuera la vida en ello.

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Diez de la mañana.

El sol salía en su esplendor por toda la ciudad; pobres, ricos, envidiosos, burlones, chismosos y demás se aprestaban a ver el cortejo del matrimonio de la mujer más rica de Inglaterra, después de la reina.

El circo estaba listo.

Los grandes carruajes de la casa Swan y demás invitados parecían escucharse en toda la ciudad.

La abadía Westmister se preparaba para el acontecimiento.

El principio de la obra…

La gran charada…

El comienzo desgarrador de Isabella Swan para castigar a quien amaba, para castigarse ella.


Editado por BPiccioni que al igual que a mí, nos odia el Skype.

A las lectoras que dejan comentarios, a las lectoras fantasmas, a las chicas que siguen aquí con esta historia, muchas gracias, el próximo la gran función, Sacha pensando en los capítulos que vienen goza, sabiendo que bruja y bastardo están dispuestos a incendiar Londres. ¿Alguien sobrevivirá?

Gracias por la paciencia, repito, han sido semanas desagradables, a veces los dioses de la mala fortuna tocan a tu puerta y no puedes evitarlos.