Alerta: Todos los personajes de esta historia NO ME PERTENECEN, son creaciones de la fabulosa Stephenie Meyer, yo solo los tomo y armo mi propia historia.

Advertencia: Este fic, puede contener escenas de violencia sexo y/o lenguaje adulto, las/os menores que se animen a leerlo quedan bajo su propia responsabilidad, quedan advertidos.


§§-§§ Isa Lady Love§§-§§

El oficio más antiguo de la historia, la mujer más bella ante sus ojos. Pagar por ella no era suficiente para tenerla, y luchar contra una elección sexual, lo era menos. Si Edward Cullen hubiera escuchado las palabras NO TE ENAMORES DE UNA PUTA, todo sería más fácil.

EN PROCESO DE EDICIÓN by Ariana Mendoza


Rubí

Caminé por la entrada del edificio a toda prisa, llevando diez centímetros de tacón insoportables.

¡Mierda! Me había quedado dormida en esa maldita pocilga; seguramente lucía horrible. Mi maquillaje estaba corrido, apenas y había tenido tiempo de lavarme, y el estúpido celular se había quedado sin carga.

Coloqué mejor mis lentes, subí al ascensor, y presione el piso 26. Miré en mi muñeca mi hermoso reloj de oro y diamantes: once menos veinte. ¡Bien!, estaba realmente fregada con el horario. Tenía una nueva cita a las once de la mañana y apenas iba llegando a la oficina, requería dos horas más de producción para dicha cita y ni siquiera me había presentado ante Aro.

El ascensor se detuvo en el piso 15, en el que subieron tres personas más. Sonreí, el estúpido joven que trabajaba en la administración de la empresa de

Publicidad estaba ahí. Ni siquiera se percató de mi presencia.

El ascensor volvió a frenar y bajaron un par de ellos, dejándome sola con él. Negué con mi cabeza mientras sonreía; este chico sí que tenía suerte. No le bastaba con estarme siguiendo todo el tiempo, sino que además el destino se ocupaba de cruzarme con él en todo momento.

Carraspeé para hacerme notar, él se volteó un momento y me vio de arriba abajo,

hasta llegar a mi rostro. ¡Dios! Hoy no era mi mejor día, pero estaba segura de que incluso con una bolsa en la cabeza le parecería hermosa. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro; me acerqué a él coquetamente.

―¿Te das cuenta de que el destino quiere que estemos juntos? ―dijo el muy imbécil, tomándome de la cintura y volteándome al lateral del ascensor.

Subí mis brazos por sus hombros, y sonreí estúpidamente a lo que me decía.

―El destino y yo tendremos una maldita conversación: es un pesado. No entiende

cuándo es no.

Pasé mis dedos por su rostro hasta recorrer sus labios; no estaba tan mal, pero definitivamente no era de mi agrado: cabello oscuro con ondas, piel trigueña, ojos café, para nada especiales, y… ¡Oh, sí! Lo olvidé… y una maldita manija en medio de su rostro oficiando de nariz.

Se llevó mi dedo índice a su boca para chupalo, mientras me hacía cosquillas en

la punta con su lengua. Quité rápidamente mi dedo, antes de que quisiera meterme la nariz. quisiera metérselo en la nariz.

―¿Nunca vas a entender que fuimos hechos para estar juntos?

Se acercó a mis labios peligrosamente, para detenerse a unos centímetros de ellos.

―Cuando quiera disfrutar de un buen pene, te llamaré a ti primero.

¡En tus sueños! Antes me clavo un pepino.

Recorrí su entrecejo para terminar en la punta de su nariz. Algo logré con mis palabras, porque se movió levemente contra la pared del ascensor y su cadera se estrelló contra mi vientre, haciéndome notar el bulto que se le había formado. Y una vez más, noté que… nada. Nada podía generar en mí. Ahí abajo estaba más seco que el desierto. Me repugnó, y lo alejé cortésmente de mi cuerpo con una amable sonrisa en mi rostro.

Vi a mi derecha la pantalla indicadora del piso, y di un salto mental por estar a solo dos pisos de llegar a mi destino. Era tan fastidioso lidiar con este pajero.

―Si me dejaras una noche estar contigo, cambiarías de parecer, te lo aseguro.

¿Cuándo me harías el honor?

Sus palabras me molestaron, estaba harta de escuchar esas estupideces. ¿Por qué diablos creían que tenían el don para hacerme cambiar de preferencia?

Lo empujé, preparándome para bajar a mi piso; él me tomó de las caderas para voltearme nuevamente. Sujeté su rostro entre mis manos, me puse de puntas de pie para llegar hasta sus labios, y pasé mi lengua por ellos con una larga lamida.

―Nunca… nunca…. ¿me escuchaste? ¡NUNCA me gustarán los hombres!, y menos si son como tú.

Sus ojos se abrieron como platos, y su antigua sonrisa se transformó en una cara de horror, para terminar pasando su mano por sus labios y limpiarse mi saliva.

Lo dejé en el ascensor, mientras lo miraba seria sobre mi hombro y me contoneaba exageradamente para él. Era la primera vez que me escuchaba molesta, hasta ahora siempre lo había soportado, y permitido que se deleitara con mis besos en largas sesiones en el ascensor. Pero estaba harta. Demasiado harta de escuchar la insistencia de los hombres.

Me quité los tacones y caminé por recepción, para dirigirme a la oficina de Aro a escuchar sus insultos. Jane me vio desde su puesto con cara de horror, quitó de

sus labios el micrófono del teléfono y…

―Be…

―Ni me lo digas, ya sé, ya sé

Apresuré mi paso hasta llegar al final del pasillo y doblar a la izquierda, donde estaba el inmenso despacho de mi «jefe». Cuando llegué hasta la gran puerta de roble, me tomé un momento para mejorar mi cabello y arreglar mi ropa; no podía hacer mucho más conmigo, así que respiré profundo y me adentré.

Aro estaba de espaladas en su sillón, hablando por el móvil. Cuando la puerta se

cerró a mis espaldas, él volteó para verme parada delante de su escritorio, con

aspecto desastroso y tacos en mano. Sus cejas se elevaron viéndome con sorpresa, y recorriendo mi cuerpo de arriba abajo. Hice una mueca por su actitud,

y me acerqué a tomar asiento frente a él.

―¿Puedo llamarte luego? Quiero solucionar algo antes… Bien… te lo agradezco… Adiós, cariño.

Dejó su móvil sobre la mesa y juntó sus manos sobre la misma, para mirarme con odio.

―Habla ―soltó con autoridad.

―La muy maldita no me llevó al hotel que me dijiste: fuimos a una pocilga de

burdel lleno de borrachos. Te llamé y ¡no me atendiste! ―grité, levantándome de mi asiento.

―A mí no me grites, Isabella.

Se dejó caer en su gran sillón y bufó, estirando la mano para tomar su taza de café.

―Me dijiste otra cosa, Aro. La muy puta me llevó a ese maldito antro de mala

muerte, me hizo follarla ¡no sé cuántas veces!, y te llamé. ¡Te llamé y no me atendiste!

Caminé exasperada por la sala, mientras movía mis manos agitadamente, haciéndome entender de alguna manera más desesperante.

―Baja tu tono de voz, Isabella.

Una de sus manos fue al puente de su nariz, y su rostro se escondió entre sus hombros.

―¿Cómo quieres que esté? Me abandonaste a mi suerte; me dejaste con esa maldita vieja que cambió todo el itinerario y, cuando más desesperada estaba, tú no apareciste. ¿Dónde mierda estabas? ¿Sabes lo que me pudieron haber hecho?, estaba lleno de hombres borrachos. Esa bastarda casi me hizo hacer un menàge con uno de esos hijos de puta.

Bien, estaba exagerando, pero tenía que maquillar la historia para sonar más desesperada.

―¿Qué?

Sus ojos se abrieron enormes y me vio con sorpresa.

―Sí. Aro, ¿sabes lo que pudieron haber hecho esos hombres? Tú sabes... tú sabes que…

Me quité los lentes y los arrojé sobre la gran mesa, mis labios se unieron en una

curvilínea que comenzaba a temblar, los ojos se me llenaron de lágrimas y comencé con mi acto.

―¡Esa hija de puta! ―gritó, dando un golpe en la mesa que me sobresaltó, y corrí a su lugar.

―Tenía miedo. Tenía mucho miedo, Aro. No quiero estar más con ella, por favor… por favor…

Me arrojé a su regazo, con las piernas a cada lado de su cadera. Hundí mi rostro en su cuello, y enredé mis brazos alrededor de su nuca, para soltarme a llorar como niña pequeña. Él acariciaba mi espalda con cariño mientras besaba mi mejilla.

―Shh, shh, preciosa, te prometo que nunca más volverá a tocarte.

Me removí un poco encima de él, y me sequé rápidamente las lágrimas para mirarlo a los ojos: unos hermosos ojos miel junto a una sonrisa amable. Cubrí sus mejillas con mis manos y me acerqué a sus labios, para dejar en ellos un pequeño beso. Sabía que él amaba que yo hiciera eso, y a mí… a mí me daba igual. De un movimiento rápido él me tomó de las caderas y me sentó en su escritorio.

―Mi niña, pero mírate cómo estás. Cuéntame, ¿qué pasó luego?

Sus manos acariciaban mis brazos y recorrían mi cintura, caderas y piernas. Abrí mejor los muslos para darle acceso a donde sabía quería llegar.

―Solo follamos, varias veces… y… me hizo ponerme algo raro como una… ―Sus

manos apartaron mi vestido hasta subirlo a mi cintura; abrí mejor mis piernas

para que notara la novedad―… una túnica.

Elevó una de sus cejas, viendo mi entrepierna sin ropa interior. Yo solo hice una mueca y estiré mis brazos para recostarme sobre el escritorio.

―Luego… me penetró….

Sus dedos comenzaron a jugar entre mis pliegues; su rostro parecía extasiado. Sabía que para Aro era su objeto sexual más preciado, pero nunca iba a terminar de sorprenderme la obsesión que sentía por mi cuerpo. Se relamía los labios mientras seguía jugando con mi sexo.

―… con esos… hmmm… juguetes… ¡Ah!... sigue… sigue…

Me retorcí sobre el escritorio, levantando mis piernas y apoyando cada talón en el borde de este. Dejé caer mi cabeza hacia atrás mientras mis manos se hacían puños, mi respiración comenzó a fallar. Humedecí mis labios varias veces, el constante jadeo empezaba a secar mi boca. Presioné mis ojos con fuerza cuando sentí cómo los dedos de Aro empezaban a entrar en mi cuerpo. No había hombre que pudiera excitarme, solo Aro había logrado que mi aversión por el sexo masculino no muriera por completo.

Dos de sus dedos entraron completamente en mi sexo, y solté un fuerte gemido al sentirlo jugar dentro.

―¡Ay, Bella! Grita preciosa… grita…

Una de sus manos fue a mi boca e introdujo dos de sus dedos; los mordí levemente, mientras sentía cómo jugaba y el ritmo se acrecentaba. Aumenté la presión en mis dientes.

Relajé los músculos de mi vagina, porque sabía que Aro iba a incrementar la

fuerza en cada estocada; el maldito se desquiciaba. Abrí más las piernas y la presión fue aumentando, creció la velocidad y bajé la mirada a mi entrepierna para verlo mover sus dedos con rapidez, entrando y saliendo de mi cuerpo.

―¡AH!

Mis gemidos fueron subiendo de volumen. Levanté mi rostro y vi a Aro, quien sonreía relamiéndose los labios, con sus ojos de cachorro pidiéndome algo más que, por supuesto, le iba a dar.

―Más… por favor… más... fuerte… ¡Ahhhh!

Me agité como siempre y comencé a moverme sobre el escritorio, la presión en mi vagina se hizo cada vez más brusca y sentí arder las paredes de mi interior. Traté de relajarme, pero sabía que él enloquecía, haciéndome doler.

―Aro, Aro… bebé… me… ¡Ah!... Me lastimas, amor.

Llevé mi mano a mi entrepierna para sujetar la suya y disminuir el dolor, sentía que me iba a desgarrar por dentro con tanto movimiento brusco. Eso lo alteró mucho más y aumentó la presión, entrando y saliendo con más fuerza de mi cuerpo. Un tercer dedo se unió, y con brutalidad me empujó hacia el centro de la mesa.

―¡Ah!... Dios… ah… bebé…

Con la respiración totalmente irregular lo miré a los ojos, y vi en su mirada la súplica. Estiré mi mano hasta su cabeza para tomarlo de los pelos y acercarlo a mi vagina. No tardó mucho en enterrar la lengua en mi cuerpo y lamer mi clítoris con desesperación, mientras sus dedos seguían con la práctica entre mis labios.

El muy hijo de puta sabía hacerlo bien; su lengua se movía rápidamente por mi vulva mientras me veía a los ojos, y era imposible contener los gritos. Además de las mujeres, Aro era el único que podía darme sexo oral, y era ampliamente satisfactorio dejarlo hacerlo.

―¡Bebé, por favor! ¡Ah! ¡Ahhh!

Un dolor conocido empezaba a bullir en mi vagina, el ardor del movimiento me estaba lastimando, pero sabía que no era una opción decirle eso a Aro; siempre causaba un efecto contrario decirle que me lastimaba. Mi cuerpo comenzó a temblar y me agité aún más, los movimientos en mi clítoris cesaron para después chupar la misma zona, ahora sí con más delicadeza.

―¡Oh, por favor… ya! ¡Ah!

¡Dios! Estaba retorciéndome de placer y él quería seguir jugando conmigo. Una sonrisa asomó por sus labios, y su lengua volvió a estimular mi clítoris con velocidad. ¡Por Dios!, quería matarme. Estaba más que mojada con sus tres dedos en mi interior.

El remolino de placer empezó a formarse en mi vientre, y empecé a mecerme sobre la mesa con mayor brusquedad, hasta que mis brazos se vencieron por mi propio peso y me dejé caer con las piernas abiertas y sujetando el cabello de Aro entre mis dedos, dejándome llevar por el placer.

Aproveché para gritar todo lo que quería en su oficina; necesitaba que las demás perras supieran que yo era su preferida.

―¡Oh, Dios! ¡Aro! ¡Ahhh! ¡Ahhhhh!

Los músculos de mi sexo se contrajeron, mientras un increíble orgasmo arrasaba con mi cuerpo y los gritos envolvían el despacho. Mi cuerpo tembló por completo, mi mano sujetó fuertemente el cabello de Aro mientras sentía cómo quitaba los dedos de mi interior y pasaba su lengua por el mismo lugar para llevarse todo lo de mi cuerpo.

Me relajé en la mesa y dejé mis brazos caer a ambos lados de mi cuerpo, mientras mis piernas se aflojaban y él las sujetaba de cada lado. Su lengua seguía en mi cuerpo, lamiendo todos los restos de mi orgasmo. Sentía unas pequeñas cosquillas entre mis pliegues, y una húmeda lengua pasar por entre ellos con movimientos dulces.

―Hmmm…

Me removí un poco y levanté mi rostro para verlo en esa posición.

―Aro…

Me incomodaba que se quedara tanto tiempo lamiendo, aunque sabía

que eso lo excitaba mucho.

―¡Bebé, ya está! ―dije, levantando un poco su rostro.

Bajé mis piernas y lo acerqué a mi cuerpo.

―Hmmm, Isabella… preciosa.

Sonreí a sus palabras, siempre me decía lo mismo.

Bajé la mirada a su entrepierna y su miembro estaba fuera de su pantalón: flácido y goteando. Me sorprendí de la vista, no me había percatado del momento en el que él lo había sacado. Definitivamente, el sexo oral con él me nublaba todo mí alrededor.

Me bajé del escritorio y acomodé mi ropa. ¡Agh!, estaba totalmente mojada. Mis muslos estaban pegajosos y mi entrepierna estaba totalmente húmeda. Moví mi vestido para dejar entrar un poco de aire y secar más rápido mi piel; Aro me miraba con gracia por mis movimientos.

―No te rías. Tú deberías de ir a limpiarte ―dije con el ceño fruncido y señalándolo con el dedo índice.

―Bien. Antes de que vaya a ducharme y cambie mi traje, cuéntame qué más

sucedió con Juliette.

―Ya te dije todo: no quiero volver a ver a esa maldita enferma nunca más.

Me arrojé de espaldas a un enorme sofá a un lado, y levanté mis piernas sobre el

respaldo.

―Esa enferma pagó mucho dinero por ti, ¿sabías?

―¿Cuánto?

Me senté de un salto para verlo responder.

―Mucho dinero, Isabella. Mucho.

―¿Más que la actriz que me alquiló por una semana?

―No, no tanto, pero casi

Me arrojé nuevamente en el sofá y comencé a reír sin

parar.

―Parece que soy tu nuevo amuleto de la suerte o… mejor dicho: tu nueva mina de

oro, ¿verdad?

Reí con fuerza y me retorcí en mi lugar.

―Puede ser que estés en lo cierto, pero aún sigues bajo mi cuidado y no te dejaré

libre tan fácilmente ―dijo riendo por lo bajo.

―¿Cuándo dejarás de tratarme como a una niña? ―pregunté ofuscada, cruzando mis piernas sobre el sofá.

―Cuando dejes de serlo.

―Ya no lo soy.

―Cuando cumplas veintiún años veremos qué te depara el destino ―soltó con sorna, mientras tomaba su café nuevamente.

Me levanté de mi lugar y corrí hacia él para sentarme sobre sus piernas,

colgándome de su cuello.

―¿Me dejarás elegir a mis clientas? ―pregunté con voz de niña, arrugando mis

labios y acariciando su nuca.

Él se relajó en mis brazos y pasó su mano por mis piernas, dirigiendo sus dedos a mi entrepierna.

―No por el momento. Ahora dime, ¿dónde estabas? ¿Por qué llegaste tan tarde?

En ese momento mi cabeza hizo un clic y me levanté de su regazo bruscamente. ¡La cita! ¡Maldita sea, había olvidado la cita!

―¡Mierda! La cita, Aro, la cita de las once. ¿Qué hora es? ―Miré rápidamente mi reloj: eran las doce menos cuarto―. ¡Puta madre!

―Canceló.

―¿Qué? ―pregunté sorprendida.

―Ayer, Jane recibió una llamada de la señora Christine ―pronunció con gracia.

―¡Ew! ¿Señora? ¿Por qué diablos dejas que las señoras me alquilen? Estoy harta de ver vaginas viejas, ¡búscame clientas de mi edad!

―Isabella, las señoras de alcurnia son las que pagan las impresionantes cuentas que llenan tu apartamento. Además, no seas grosera, detesto que tengas ese vocabulario. Y no es cierto que siempre tengas clientas mayores, ni siquiera pasan de los cincuenta. ¡¿De qué diablos te quejas?!

―Aro, tú estás acostumbrado a lamer esta ―señalé mi entrepierna―: joven,

húmeda y delicada.

Él sonrió.

―No sabes lo que es lamérsela a las viejas esas.

―No exageres, sé que te encantan.

Se levantó de su lugar y se acercó a mi lado.

―¡Tengo veinte años! ¡Quiero follar con alguien de mi edad! ―grité.

Sus manos envolvieron mi cintura, hasta que una de ellas tomó mi mentón y me besó con extrema lentitud. Dejé que su lengua se encontrara con la mía, y disfruté de las suaves caricias que ejercía en mi trasero. Pero se alejó rápidamente.

―No vuelvas a gritarme, Isabella, porque me va a importar muy poco que llores cuando te deje en la calle.

―¡No, no, no me hagas eso!

Me aferré a su cuerpo y comencé a llenarlo de besos en el rostro.

―Dime dónde estabas, Isabella

Rápidamente me solté y caminé por el despacho.

―En esa mugrosa pocilga. Me dormí, y cuando desperté eran las diez de la mañana. Estaba sola, y la estúpida me dejó mil dólares en un sobre. ¿Mil dólares? ¡Perra! ―solté bufando.

―Bien. Hoy tienes dos citas, y quiero que estés despampanante.

―¿Quiénes son? ―pregunté, siguiéndole el paso hasta su sillón.

―Una de ellas es Aghata Bilson, veintinueve años, soltera, empresaria.

―¿Empresa de…?

―No seas ansiosa, Isabella, déjame terminar.

Rodé los ojos y me senté en sus piernas.

―Indumentaria. Tienes cita con ella en el Hotel Mondrian.

―Bien, tiene dinero. Es en West Hollywood, ¿verdad?

Él asintió a mi pregunta.

―Y ¿quién es mi segunda cita?

Jugué con su corbata un momento; él sonrió y me acomodó en sus piernas.

―Rose.

Di un salto y grité triunfalmente.

Extrañaba mucho a mi Rose, ella era mi clienta más asidua, y podría decirse que algo así como mi pareja. Rose era una importante publicista de LA, tenía varios ofrecimientos de trabajo en el extranjero, pero siempre algo la retenía a no incursionar en ellos, y ese algo siempre era… yo. Ella estaba embobada conmigo, y a mí… simplemente me gustaba más de la cuenta. No iba a enamorarme de una clienta.

Hacía dos semanas que no la veía, estaba de viaje con una corporación, encausándose en un nuevo proyecto, y yo estaba muy feliz y orgullosa por ella. Pero la extrañaba demasiado y necesitaba verla, sentirla.

―Ay, Aro, la extrañaba tanto. Gracias por dejarme verla nuevamente.

Él no estaba muy feliz con mi aprecio en demasía hacia Rose; siempre me había dicho que no podía enamorarme de una clienta. Lo sabía y jamás me involucré con nadie, más que solo entre las sábanas, pero ella había traspasado algo más que el sexo.

Ella me entendía desde muchos aspectos, me quería y me lo hacía saber de las

maneras más intensas y románticas. No podía evitar pensar que tal vez sí estaba

enamorada de ella, pero nunca lo admitiría ante nadie. Ni siquiera ante ella.

―Tengo una sorpresa para ti ―dijo, poniéndose de pie.

Se dirigió hacia el gran cuadro de Rembrandt que tenía colgado en medio de su sala, me dio la espalda, y presiono sobre el teclado numérico junto al cuadro una clave: iba a abrir la caja fuerte. ¿Qué diablos podría sacar de allí para mí?

Me puse en puntas de pies intentando mirar sobre su hombro, pero no veía nada. Él se movía levemente, como hurgando entre sus cosas. Una de sus manos tomó la puerta de la caja y la cerró, mientras colocaba nuevamente el cuadro. Se volteó hacia mí con una caja plana color azul Francia forrada en terciopelo.

―Desde ahora en adelante, Isabella Marie Swan…

Levanté mis cejas al escuchar mi nombre completo de sus labios.

―… Isa Lady Love, mi más hermosa joven…

Sonreí ante el apodo. Yo había elegido llamarme así cuando comencé a trabajar para Aro en la Compañía de Elite para Caballeros, claro que, en mi caso, era para damas.

―… serás mí piedra preciosa más importante, y es por eso que tendrás el honor de usar mis joyas.

Se detuvo ante mí, abriendo lentamente la caja. Mis ojos brillaron ante la expectativa, y mi boca formó una perfecta O al ver lo que contenía.

―Un hermoso vestido rojo te espera en tu apartamento para que lo uses esta noche y, junto a él ―tomó el collar y lo colocó ante mis ojos─, esta preciosa piedra. ¿Sabes cuál es su nombre?

―Rubí ―dije embobada con la joya resplandeciente.


Hola mis queridas lectoras/es, he aquí mi segundo fanfic, se me aguan los ojitos, jajaajaj mi segunda historia, recién recién terminada, si si la acabo de escribir hace momentitos nomás, la tenía en la mente hace días y necesitaba escribirla. Todo lo que empiezo lo termino, asi que no significa que no continuaré con MBLTDL, ni nada, seguiré actualizando todo como venía haciéndolo.

Pues que decir de esta historia, simplemente que me uní a FF, para poder escribir cosas como estas jajajajajaja no se si soy buena si les gusta o no, pero realmente es un escape para mi, y si, en el camino hago feliz a alguien leyendo esto, me alegra. No voy a contenerme con este fanfic, aquí me desataré jejejeje así que para aquellos/as que no gustan y no desean leer cosas sexuales tan explícitas o violencia y demás, pues les diré que este fic no lo lean porque pondré de todo un poco, y quiero sentirme libre al escribirlo. Espero que les haya gustado este primer capítulo, decidí q este fanfic tendrá capítulos muuuuuuuuuucho mas cortos que los que subo en MBLTDL, así podré actualizar más seguido. Bueno espero que me sigan en esta historia tambien y sea de su agrado. Nos leemos prontito, Mordiditas!

Regina