Ni un alma en las calles

La orden había sido clara, el señor Gisguet, prefecto de la policía había ordenado atrapar a esa banda de ladrones lo más pronto posible. Y toda orden dada por la autoridad era de máxima prioridad para él, el inspector Javert se puso en marcha al momento.

Finalmente después de tender su red por semanas tuvieron la presa al alcance de su mano, la patrulla que dirigía el inspector se movilizó al barrio de los Mercados.

Solo llegar a uno de esos miserables barrios el valor y arrojo de los uniformados decayó… nadie quería entrar a esas calles infestadas por lo más bajo de la vida parisina, no era por la calaña de personas con las que se toparían ni con la inmundicia, tenían miedo al cólera… al cólera que se había presentado como una de las peores epidemias por las que atravesaba la ciudad y que no dejaba de matar a tanto inocente se topaba en su camino. Mostrando una determinación única el inspector Javert fue el único que avanzo con paso decidido hacia la guarida donde se encontraban aquellos descarriados que tenían un boleto directo a las prisiones francesas.

Javert cuidaba cada uno de sus pasos, siempre vigilando cada recodo, cada rincón, no podía permitirse una equivocación, no podía permitirse un descuido, su misión era atrapar a esos hombres que escapaban a su castigo y no se permitiría fallar.

Entre más avanzaba más podía observar los estragos en los que estaba sumida esa parte de la ciudad, no había nadie en las calles, el único ruido que le acompañaba era el propio eco de sus pasos.

Sin previo aviso el cristal de una ventana de la casa a la derecha por la que iba pasando en esa callejuela se rompió Javert saltó ágilmente hacia atrás para evitar los cristales rotos solo para ser sorprendido por una cubetada de agua sucia que le empapo completamente. El inspector sacudió molesto la cabeza mojada, la distracción además de haber sido asquerosa había logrado su objetivo ya que los cuatro miembros de esa miserable bandilla de desobligados había logrado escapar a la cacería de Javert y ahora corrían por la calle haciendo que el eco de sus pasos rápidos se incrementara a cada pisada sobre las baldosas.

¿Y pensaron que eso sería suficiente para detener a Javert? ¡No! Al momento el inspector comenzó la persecución no sin antes seguir pensando lo extraño que había sido el hecho de que se lanzaran en loca carrera para escapar siendo que ellos eran cuatro y él solamente un miembro de la policía francesa.

Los cuatro sujetos se detuvieron en seco ¡Se habían atrapado en un callejón! Y si eso no fuera suficiente ahora Javert aparecía terrible a la entrada bloqueándoles el acceso. Como todo animal salvaje que se ve preso en una trampa los cuatro se armaron de valor y gritando como locos para tratar de confundir de nuevo a Javert se lanzaron contra él con palos, cuchillos y lo que traían en la mano al momento de huir, esto no fue ni siquiera un reto para el inspector Javert quien solo usando su bastón logró detenerlos, había sido demasiado fácil… demasiado…

No fue hasta que Javert levantó por el cuello al infeliz que había quedado todavía consciente se dio cuenta de su error, el hombre se veía completamente consumido por el mortal cólera… Con un imperceptible estremecimiento Javert lo soltó…

El inspector Javert regresó con la ropa aun mojada al exterior de las callejuelas que formaban el barrio del Mercado, los guardias franceses se veían muy interesados en preguntar qué había pasado pero él con su hermético silencio se guardo todo para sí…

Solamente llenó su informe en la caseta de la guardia y posteriormente se retiro argumentando que no era propio de un oficial de la ley presentarse mojado en las instalaciones de la policía.

Mientras se cambiaba en sus habitaciones no dejaba de pensar en que había estado en contacto con personas infectadas por el cólera, había estado en ese barrio lleno de podredumbre, había sido mojado con quién sabe qué cosa…

-Diantres…

Había pasado una de las noches más terribles de toda su vida, apenas y había logrado dormir un poco y eso cuando ya se veían la inminente llegada de la aurora…

El inspector Javert se levantó de su sencilla cama para prepararse para la jornada de ese día cuando un fuerte dolor abdominal lo hizo doblarse a la mitad teniendo que sentarse de nuevo en la cama.

Permaneció varios minutos en la misma posición esperando el espasmo pasara mientras apretaba las mandíbulas tan fuertemente como le fuera posible para evitar el dolor.

Después de minutos de agonía el dolor paso, Javert se levantó ligeramente tembloroso hacia el armario donde estaba guardada su ropa, debía ir a cumplir con su deber…

Los hombres de la guardia apostados en esa estación de policías se sorprendieron al ver el estado del inspector Javert ¡Era la primera vez en todos esos años de servicio que el inspector se veía agotado! Claro que después de la primera impresión todos pensaron que se trataba de lo mucho que se exigía y que seguramente era cansancio acumulado por cubrir dobles turnos a causa de la epidemia que ahora azotaba Paris.

No, no era cansancio normal, Javert estaba agotado, sentía todo su cuerpo acalambrado, sentía las manos frías…

No llegaba al medio día, cuando el inspector literalmente tuvo que correr a los baños de la estación para vomitar, había sido una gran fortuna que no hubiera nadie en ese momento alrededor o se hubieran dado cuenta…

Aunque seguía negándolo no podría engañarse por más tiempo, lo sabía, estaba absolutamente convencido, esto lo confirmaba: Javert también había enfermado, podía sentir el frío abrazo de la maldita epidemia de cólera...

Estoy condenado…-musitó para sí.

Continuara…