Y aquí llega el último capítulo de esta extraña convivencia. Gracias por alertas, favoritos y reviews, pero sobre todo gracias por haberos pasado a leer esta pequeña historia. ¡Y sin más os dejo con el esperado capítulo de Dudley! Espero que os guste.

Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a J.K. Rowling.


Dudley Dursley.


Dudley ya no era el abusón sin conciencia que había sido de niño. Desde que su primo lo salvara, algo había cambiado dentro de él; no sentía repulsión hacia Harry o su mundo, de hecho tenía curiosidad por saber todo lo posible. A fin de cuentas ¿qué niño no soñó alguna vez con ser mago? Sin embargo y aun a pesar de lo que pudiera parecer, Dudley Dursley no era tonto y desde su fatídico encuentro con los dementores, el chico se había guardado mucho de demostrar su agradecimiento y su interés hacia Harry delante de sus padres.

Recordaba el día en que su primo les dijo que estaban en peligro y que debían abandonar Privet Drive sin dilación. Cuando supo que iban a ser escoltados día y noche por dos magos su reacción fue muy diferente a la de sus padres; no se escandalizó ni tembló de miedo, simplemente esperó con paciencia lo que tuviese que ser. El día que Hestia Jones y Dedalus Diggle llegaron, el joven Dursley cogió sus cosas y, sin poner impedimentos, se fue con ellos, aunque nunca imaginó lo que llegaría a ocurrir en realidad.

Entre el mago y Dudley había surgido una pequeña camaradería a la que sólo daban rienda suelta cuando estaban solos. Dedalus le hacía toda clase de preguntas sobre los muggles y sus ingenios para sobrevivir sin magia, mientras que Dudley absorbía –con todo el detalle del que su mente era capaz –los retazos de ese mundo con el que coexistía el suyo.

Cualquier persona que hubiese conocido al antiguo Big D, se habría sorprendido por la evolución que ese chico, torpe y algo violento, había experimentado. Sí, Dudley había cambiado y estaba orgulloso de ello. Pero hay cosas que no pueden desaparecer sin más y en el caso del hijo de los Dursley, era su afición a la comida.

Una de las tardes en la que sus padres habían salidos escoltados por Hestia Jones, Dudley decidió hablar con Dedalus sobre ese delicioso tema que le traía de cabeza. ¿Existe la comida mágica? ¿En qué se diferencia de lo que comía él habitualmente? ¿Había chefs especializados? ¿Era posible para una persona normal, comerla? El mago se rió con ganas ante tanta pregunta y pensó que lo único que podía hacer para aplacar el ansia del chico era darle a probar algunas de las maravillas gastronómicas del mundo mágico.

Comenzó por lo sencillo, una caja de grageas y un par de ranas de chocolate. La cara de susto de Dudley cuando vio que aquellas ranas se movían fue para enmarcar. No se atrevió a cogerlas y mucho menos a hincarles el diente hasta que el mago le aseguró por enésima vez que no estaban vivas. Con mucho más cuidado del que solía emplear a la hora de llevarse cualquier pedazo de comida a la boca, Dudley mordió un trocito de la pata. Una suave sensación de calor recorrió su cuerpo. Era chocolate, sí, pero había algo especialmente sabroso en aquella rana. Ya estaba dispuesto a terminarse aquel manjar, cuando se lo arrebataron de las manos con urgencia.

—¡Dudders! —chilló Petunia—. Mi niño precioso, ¿en qué estabas pensando? Ay, Señor, espero que no te hayan envenenado con esa cosa tan espantosa.

Mientras su madre le limpiaba como si de un crío de cinco años se tratase, Dudley observó con lástima como su padre tiraba asqueado aquella delicia de chocolate a la basura. El chico suspiró con resignación, quizás sería mejor esperar a que su primo Harry volviera antes de intentar adentrarse de nuevo en el –ya de por sí mágico –mundo de la comida de los magos.