Hola!

Veamos… os traigo el tercer capítulo. A ver que os parece.


El día siguiente, el viernes, la tarde pareció demorarse para llegar. Y cuando al fin llegó, Philippa tuvo que ir a ver a su amiga al hospital. John fue solo a la cafetería, y observó que Dybbuck ya estaba allí. Hizo una mueca de desagrado y se sentó junto a él:

-¿Y tu hermana?-quiso saber el muchacho, burlón.- A ver si adivino: se lo has dicho antes de venir y ella ha huido gritando.

-Ha ido al hospital. Ahora viene.-replicó fríamente John.

Esperaron nerviosamente. John traqueteaba con los dedos en la mesa, y Dybbuck no dejaba de mirar a la puerta. Finalmente, Philippa llegó. Por alguna razón, seguía sin ponerse las gafas, por lo que su mirada les atravesó fácilmente como si supiera lo que estaban tramando. Pero esa sensación se evaporó cuando les sonrió tranquilamente y se sentó. John y Dybbuck se miraron de forma retadora:

-Phil, hay una cosa que tenemos que decirte.-indicó suavemente John.

Ella alzó las cejas, sorprendida por lo directo que estaba siendo su mellizo. Presintió que algo iba mal e hizo una mueca preocupada:

-¿Qué ha pasado? ¿Qué habéis hecho?

-Bueno, no ha pasado nada...-dijo cuidadosamente Dybbuck.

-Y tampoco hemos hecho nada.-le interrumpió John.

Los dos se miraron de forma amenazante. En un pacto sin palabras, habían decidido que el último que hablara se libraría de contarle a la joven lo que ocurría, recayendo la responsabilidad en el otro.

-¿Entonces?-inquirió Philippa, confundida y molesta por todo aquello.

-El caso es que…-empezó Dybbuck. Finalmente, dudó, y decidió que era John el que realmente debería avergonzarse, y no él, así que dijo de un tirón.- Johnestáenamoradodeti.

-¿Qué?-exclamó Philippa.- No he entendido nada.

-Ha dicho.-respondió John, adelantándose.- Que está enamorado de ti.

-¿Qué?-replicó Dybbuck, furioso.- No, espera, lo que he dicho es que John está enamorado de ti.

Furiosos, observaron a Philippa. La joven les estaba mirando con la sorpresa más absoluta pintada en el rostro, que en un instante pasó a rabia:

-¡Pero qué demonios estáis diciendo!-exclamó con los ojos echando chispas. Se levantó de un golpe y les miró con una mueca de asco.- No es una broma graciosa.

-No, espera, Phil.-la retuvo John antes de darse cuenta de lo que hacía.- No es ninguna broma.

-¿Pretendéis que me trague eso?-inquirió Philippa con demasiada suavidad.- ¡Por favor! John, eres mi hermano. Y Buck… eres Buck.

La joven sacudió la cabeza. "Y es una pena que sea así", se dijo para sí. Si Dybbuck no fuera… Dybbuck; podría salir con él. O aún mejor: si su hermano no fuera su hermano, podría salir con él. Sí, pero nada de eso se podía cambiar. Así que Philippa tendría que aguantarse, y mientras tanto, no permitiría que nadie se riera de ella de esa forma, dañando sin saberlo sus sentimientos.

-John tiene razón.-admitió Dybbuck.- No es ninguna broma.-y añadió orgullosamene.- Y te lo hemos dicho para que elijas. Él o yo.

Philippa vio la seriedad, el dolor y la vergüenza en sus miradas, y en lo más profundo de su interior, supo que era cierto. Apretó los labios en una fina línea y sacudió la cabeza para despejarse. No, no y no. Aquello no podía estar sucediendo. Lo peor no era que se le estaban declarando dos chicos que le gustaban, pero con los que no podría estar porque uno era su hermano y el otro su amigo. No, que va. Lo peor era que esos dos chicos se le habían declarado por una estúpida apuesta que sólo afectaba a su orgullo. Les miró fingiendo indiferencia:

-Nos vemos mañana en la Colina de la Verdad.-no iba a desmoronarse, no iba a cambiar sus planes, a pesar de todo.- Y esto no ha pasado.-añadió.

Philippa les dio la espalda y se alejó. Los muchachos se quedaron inmóviles durante unos largos minutos, y luego, agachando la cabeza por la vergüenza y la decepción, sin comprender absolutamente nada, marcharon cada uno en una dirección.

John sabía que lo suyo era peor. No sólo porque era su hermano, sino que además, precisamente por eso, tenía que convivir con ella. Arrastrando los pies, llegó a su casa y se aseguró de no cruzarse con Philippa en lo que quedaba de día.