Casi me da vergüenza aparecer por aquí después de 6 meses.

Casi.

¿Qué ha pasado? Pues la vida. Muchos proyectos, dos trabajos al mismo tiempo. A pesar de eso, abría todos los días el fanfic y con suerte era capaz de escribir unas pocas palabras cada día. Me sentía derrotada por ello, la verdad. Y más cuando recibía continuamente mensajes y reviews de apoyo.

No sabéis lo mal que me siento cuando leo fics increíbles, con capítulos larguísimos, y cuyos autores actualizan varias veces por semana. Por mucho que me guste mi fic, dice mucho de mí como escritora que solo sea capaz de actualizar cada varios meses. De nuevo, lo siento.

(creo que es la vez que he contestado más reviews jaujaus).

Guest 1. Me siento fatal después de recordar este review porque había olvidado que prometí publicar pronto. Soy un ser horrible y lo siento.

Circe Salazar. Me recuerda tanto a mí misma cuando he tenido la genial idea de leer fics picantes en descansos de clase, muerta de vergüenza como si alguien pudiera ver lo que estoy leyendo. Lol

Rumiko no Haru. Teniendo en cuanto la gran cantidad de buenísimos lemon Malec que hay en esta web, me tomaré esto como un cumplido. Y más siendo el primero que he escrito nunca :D

Airic-Been. "Puro erotismo". Gracias por esas dos palabras, me subieron la moral cuando leí el review. De nuevo lamento desaparecer sin ni siquiera una nota. Si sucediera algo semejante, publicaría algo para daros a entender que sigo viva xD Gracias (por partida doble lel).

Monikako2010. Si sigues por aquí, en este te alegrarás. A veces pienso que no debería haberme metido con Clace porque son la pareja central de la saga y llevarlos bien me es difícil. Pero bue :/

JWayland. Que un lector te diga que tus personajes son "IC" cuanto te esfuerzas en que así sea son la mayor recompensa. Personalmente también me he identificado siempre con Alec (bueno… una mezcla de Alec y Simon jajaja), así que intento poner mimo al escribir sobre él. Gracias y besos.

natiscp. Es curioso lo de la naturalidad, porque cuando yo leo mi propio fic me parece todo muy "because yes". Aunque por lo que tengo entendido le pasa a mucha gente al leer sus obras. Gracias :3

Malec-Klaine. Siempre he pensado que así sería en los libros, aunque Malec sea tan secundario: Magnus es la persona que le da seguridad a Alec, permitiéndole tomar las riendas de la relación y asegurándole que nada que haga podrá fastidiarla. Los idealizo demasiado ~

Kyle Lancaster. Hi. Fíjate que en la primera versión del fic Alec iba a ser el "pasivo" en la primera vez, pero después me puse a pensarlo y me parece casi coherente que Magnus le incitara a lo contrario el día del estreno. No sé, en realidad me dio una sensación de satisfacción cuando lo vi escrito y me pareció creíble :/

CarmjeehLightwood. Tomo nota. Ya he decidido que sí o sí si tengo que estar un tiempo OFF pondré una nota. Gracias xD

Astrid Hofferson 01. No digas eso. Hay increíbles fics sobre estos dos en esta web y en otras, y en todos los idiomas. A veces creo que os pasáis con las alabanzas (pero gracias jeje).

Carla. Estoy bien y viva!

Este es muy light, con apenas Malec, así que no espero que me perdonéis. Pero lo que viene supongo que sí (y espero que sea mucho antes de Navidad… pero como soy un ser indigno, quién sabe U.U).

Sin advertencias.


XIX. Sobre futuras alianzas y galimatías mágicos

Cuando Clary entró en la habitación de Jace, lo encontró fuera de la cama por primera vez en más de una semana. Se paró en el umbral, el vuelo de la falda acariciándole los tobillos vestidos en algodón.

El joven se estaba anudando la camisa, maniobrando con los lazos sin prestar atención a nada: era imposible no fijarse en cómo la tela detallaba la espalda fuerte y los huesos de las estrechas caderas. Bañado por la luz que se derramaba por la ventana, parecía todo él hecho en oro.

Carraspeó para llamar su atención, aunque era obvio que Jace ya sabía que no estaba solo. El joven le dirigió una mirada de soslayo mientras se le curvaban las comisuras en una mueca jactanciosa.

―¿Habéis venido por algo en particular o solo para admirar las vistas? ―preguntó con sorna.

Clary imploró que su rostro no se viera del mismo color que su cabello. Al parecer su escrutinio había sido menos discreto de lo que creía.

―Mi hermano desea hablar contigo ― anunció―. Te recibirá en su despacho en dos horas.

Jace aceptó la noticia con un fruncimiento de ceño mientras se colocaba un jubón negro encima de la camisa.

―¿Por qué tendría un despacho? ―masculló―. Ni que tuviera algo importante que hacer.

―Bueno, es el futuro rey ―replicó Clary―. La mayoría consideraría eso importante.

Futuro es la palabra mágica. Por ahora no es más que cualquier otro nefilim.

―¿Qué sentido tiene discutir con el emisario? ―le espetó Clary, cansada de aquella discusión.

Intercambiaron una mirada tensa. Clary suspiró y agachó la cabeza, humedeciéndose el labio inferior.

―Tienes tus razones para que no te caiga bien pero, Jace… es mejor no llevarle la contraria.

Ni siquiera entendía por qué le había dedicado aquella advertencia. Sebastian no sería capaz de ir contra alguien por simple antipatía.

¿O ?

Una imprevista agitación se apoderó de sus manos al recordar cómo la había mirado su hermano el día que desafío a su padre frente a la Corte. Las marcas de sus dedos en el brazo habían permanecido días; cada vez que las miraba sentía ganas de llorar.

Jace pareció haberle leído el pensamiento, pues sus dedos le rozaron el brazo en una tranquilizadora caricia, casi un roce fantasmal.

―¿Te ha hecho algo tu hermano? ―quiso saber.

Clary creyó que el abominable nudo en la garganta la ahogaría. El impulso inicial hubiera sido dejarlo salir todo, la aprensión que la había devorado durante semanas y que no se había atrevido a compartir con nadie. Ni tan solo con Simon.

En su lugar, su respuesta fue más bien un titánico eufemismo.

―Sebastian es estricto, intransigente ―dijo, eligiendo minuciosamente las palabras―: le han enseñado así, aunque hasta llegar a Idris no percibí lo mucho que le pesa esa responsabilidad sobre los hombros. Está… tenso, casi ansioso. Y dice cosas que… no siente.

O al menos deseó con todas sus fuerzas que así fuera. Quería a su hermano, aunque fuera inexplicablemente bipolar y la mortificara desde que pasó la adolescencia. Aunque la hubiera amenazado con pocas palabras mientras le marcaba el brazo con dedos como garras.

―Todo eso está muy bien, pero no responde a mi pregunta ―insistió Jace―. Si te ha hecho daño…

Clary apreció la tensión que aleteaba tras sus palabras, una amenaza latente que se desataría ante la mínima provocación. Agachó la cabeza, incapaz de soportar la intensidad de aquellos ojos que ardían como oro líquido.

―¿Por qué te importa tanto? ―murmuró.

―Soy un cazador de sombras ―le recordó él―: luchar en guerras que no son mías es una de mis maravillosas cualidades.

―¿Harías lo mismo por cualquiera, entonces? ―sugirió Clary, ceñuda.

Jace pestañeó, tomado por sorpresa. Y no era una persona fácil de desconcertar.

―Yo…

Pareció darse cuenta de que aún tenía la mano en su brazo y se apresuró a retirarla. A Clary no le pasó desapercibido que se le había erizado la piel donde la había tocado. Las manos de Jace era duras donde las de Simon eran suaves, pero también cálidas.

Frente a ella, el muchacho se removió con incomodidad.

―¿Por qué has seguido viniendo cada día?

Clary fue incapaz de desenganchar los ojos de los suyos, que la miraban con innegable curiosidad. Los rizos rubios que le pendían de la frente casi le rozaban las pestañas, largas y doradas.

―No lo sé ―soltó de pronto.

Fue una revelación darse cuenta de que era así. No había un motivo claro por el que planear su día dejando un hueco siempre fijo para visitar a Jace en su convalecencia. Para pasar largos minutos sentada junto a él; a veces pintando, otras leyendo. Muchas sin apenas hablarse.

Pero estaba muy segura de lo que pensaría cualquiera que lo mirara desde fuera.

El rostro de Simon cruzó como un espejismo ante sus ojos, su sonrisa pueril y la mirada generosa, y el estómago se le contrajo con una punzada de castigo. Se llevó una mano al costado, pues de pronto le costaba respirar.

―Me alegra que estéis recuperado, señor Wayland.

Se marchó precipitadamente, dejándole allí plantado y sin duda confundido.

Al salir con premura, Clary chocó de cabeza contra alguien notablemente más alto que ella; su frente apenas impactó con el esternón del otro, haciéndola rebotar hacia atrás. Miró hacia arriba, preparando de antemano una mueca indignada.

Alec la observaba con los ojos azul oscuro fijos en ella. Parecía sorprendido de verla allí, lo cual tenía cierta lógica si lo miraba desde su perspectiva.

―Bueno días, Alec ―repuso con celeridad.

―Eh… hola ―saludó él, escueto.

Un silencio tenso se instauró entre ambos y ninguno parecía querer moverse en breve. Clary intentó que Alec no notara su turbación o cómo le ardían las mejillas…. ¿Cuánto rato había estado allí? ¿Había permanecido ajeno a propósito, temiendo interrumpirles? Por alguna razón, aquel pensamiento le llenó de gratitud.

―¿Está Jace despierto? ―quiso saber Alec.

―Sí ―se apresuró a decir Clary, aliviada porque él hubiera sido el primero en hablar―. Cuida de él, por favor.

―Siempre lo hago ―garantizó Alec con una sonrisa leve.

―Es de él mismo de quien no me fío ―puntualizó Clary―. No le dejéis ir a cazar hasta que esté del todo recuperado.

―Es difícil convencer u obligar a mi hermano a hacer algo que no quiera, pero lo intentaré ―insistió Alec.

Era obvio que pretendía que confiara en él. Alexander siempre parecía obedecer a la necesidad de tener la aprobación de todo el mundo; una gran responsabilidad que sin duda provenía del tiempo en el que fue heredero al trono.

Clary sonrío: si alguien podía evitar los impulsos demenciales de Jonathan Wayland, sin duda era su parabatai.

―Gracias ―dijo, antes de marcharse a paso ligero.


Clary estuvo distraída toda la mañana por mucho que intentó prestar atención a la entusiasmada palabrería de Simon sobre los torneos venideros. Por supuesto, estuviera Jace Wayland o no en ellos, no dejaba de ser un evento a tener en cuenta.

Su hermano había comunicado a sus padres la decisión de participar en las justas que se aproximaban, aunque eso no había incrementado el interés de Clary por ello. Irónicamente y después de ver lo sucedido la vez anterior, el accidente que había dejado a Jace Wayland convaleciente, empezaba a recuperar la aversión inicial por una actividad de ocio tan violenta.

No quería pensar que el suceso había sido buscado por Sebastian en modo alguno. No. Su hermano no había participado jamás en una justa y desconocía las normas más básicas. Sebastian era fuerte, tal vez más que Jace Wayland; no por nada la genética le favorecía al descender de una línea de ilustres cazadores de sombras.

Un cúmulo de catastróficas desdicha, nada más.

―También quisiera añadir que me he puesto tu vestido azul. Dos veces ―oyó decir a Simon―. Las enaguas me sientan mejor de lo que creía…

La chica parpadeó varias veces y le miró, estupefacta. Simon levantó ambas manos mientras soltaba una risa nerviosa.

―¡Era broma! ―se apresuró a aclarar―. Aunque admitirás que estilizarían mi figura…

―¿A qué ha venido eso? ―exigió Clary, aun confundida.

―Tengo la sensación que no has oído nada de lo que he dicho en los últimos diez minutos ―se explicó el chico. Le puso una mano sobre la suya―. ¿Hay algún problema?

Clary miró los dedos del muchacho coincidir con los suyos; el gesto de Simon había sido natural, como quien se ajusta la ropa al cuerpo o se frota los ojos. Nada que ver con los tartamudeos incoherentes y los roces espasmódicos que le había dado los primeros días.

Dolía por alguna razón, y ni ella misma sabía por qué.

Ante su respuesta inexistente, Simon decidió cambiar de tema. Desvió la mirada.

―¿Has cargado esa bolsa todo la mañana por el simple placer de llevar peso?

Casi se había olvidado. Aliviada por concluir aquella tensa situación, Clary desenvolvió media docena de pastelitos más o menos circulares; ninguno era del mismo tamaño que otro y parecían tener un exceso de azúcar glasé. Simon observó uno con mal disimulado escepticismo.

―¿Los has hecho tú?

―Lo cierto es que sí, aunque no estoy demasiado segura del resultado ―admitió la muchacha.

―Confieso que me sorprende el simple hecho de que sepas usar un horno ―soltó Simon. Hizo una mueca―. Vale, eso ha sido ir demasiado lejos…

―Te recuerdo que crecí entre mundanos ―se apresuró a decir Clary, lejos de sentirse ofendida―. Siempre ha habido cierto lujo en nuestras vidas, pero… bueno, jamás esperé acabar siendo la princesa de un país invisible para la mitad del planeta. Aprender a cocinar es solo parte del lote de la supuesta-vida-mundana.

Reparó en que el chico no había dado bocado todavía.

―¿No vas a probarlo? ―inquirió―. Simon, no puede ser tan terrible…

La palidez del rostro del muchacho indicaba lo contrario; a Clary le pareció una reacción exagerada. Puso los ojos en blanco cuando Simon se llevó uno de los dulces a los labios y le dio un pequeño bocado.

―Está… rico ―admitió.

Se tragó el resto del dulce; a Clary le dio la sensación de que estaba comiendo ceniza con bonito aspecto. O algo espinoso.

―No tienes que comértelo ni mentir sobre su sabor ―gruñó. Se comió un dulce entero de un bocado, degustándolo con detenimiento―. Aunque, en mi opinión, no está mal.

―No es mentira ―se defendió Simon, sirviéndose un segundo dulce.

Al final el chico dio cuenta de la mitad de los dulces; Clary se contuvo en vistas a caber en los vestidos que le habían cosido para los próximos tres meses. Pasaron varios minutos hablando de cosas intrascendentes, haciendo manitas y disfrutando de la mutua compañía en general.

Hasta que un sonido borboteante, como agua hirviendo en una cazuela, manó de la garganta de Simon. Este se apartó a una velocidad vertiginosa de ella; Clary, que había estado recostada contra su hombro, casi se precipitó al suelo.

―¿Qué ocurre…? ―sugirió.

El joven se cubrió compulsivamente la boca con ambas manos, dándole la espalda. Podía oírlo respirar entre jadeos; se estremecía como si sufriera convulsiones. Intentó gatear lejos de su alcance, pero no llegó a mucho y apenas alcanzó a desmoronarse sin fuerzas contra el pasamanos pintado de blanco.

Se quedó allí, encogido con la frente casi rozando la madera. Clary se acercó a él por la espalda, levantando ambas manos temblorosas en su dirección; no comprendía lo que estaba sucediendo y a su mente le costaba encontrar una explicación.

―¿Simon…? ―probó.

Él negó con vehemencia; Clary oyó el inconfundible y contagioso sonido húmedo de arcadas.

Se arrodilló al lado de Simon para observarle mejor. El rostro le brillaba en sudor que le apelmazaba el cabello castaño a la frente. Entre sus dedos goteaba sangre oscura y densa que se le escurría por la muñeca y le corría por los antebrazos.

―¿Simon? ―repitió. Después comprendió lo que ocurría y el horror invadió su voz―. Por el Ángel bendito…

El chico abrió los ojos, oscuros como canicas de ónice. El blanco estaba inyectado en sangre y los irises bailaban de un lado a otro, enloquecidos. Su aspecto y la sangre que le goteaba por los labios ofrecían una escena poco menos que truculenta.

―Dioses, Simon… Quédate aquí ―chilló, intentando que su voz no sonara excesivamente histérica―. Traeré a alguien. A Magnus o… Te pondrás bien ―añadió, arremangándose las faldas.

Simon negó con violencia, levantando una mano ensangrentada en su dirección en un claro gesto de paciencia. Por alguna razón no quería que fuera a pedir ayuda.

Intentando mantener la calma, Clary se metió la mano en el bolsillo y le tendió a toda prisa su pañuelo, bordado con sus iniciales. Él se lo llevó a los labios, el algodón quedando inservible ante tanta sangre que no parecía detenerse. Tosió varias veces, pequeños goterones escarlatas salpicándole la camisa y la frente.

―Estoy bien… ―gruñó―. Por favor, no llames a nadie…

―No estás bien ―replicó Clary―. Sé razonable, Simon: acabas de vomitar sangre.

―Confía en mí ―suplicó él, pestañeando en exceso.

Notó la desesperación en su tono, la súplica aullada en solo tres palabras. Suficiente para que Clary luchara contra su instinto de protección y se forzara a permanecer inmóvil. Le puso una mano en la espalda, dibujando espirales que pretendían ser tranquilizadoras sobra el cuero del jubón.

―Juro que sólo llevan azúcar y caramelo… ―balbuceó, horrorizada.

Simon se puso de nuevo las gafas, que habían resbalado por el puente de su nariz y caído al suelo. Sus dedos dejaron sendas escarlata en los cristales y la montura.

―Siéntate ―murmuró Clary, tomándolo del brazo y tirando de él hacia les escaleras de la pérgola.

Él así lo hizo, dejándose caer torpemente en el último escalón. Justo a su derecha, la pintura blanca de la balaustrada aún presentaba las marcas rojas de su sangre.

―Es más aparatoso que grave, te lo aseguro ―aseveró Simon en un hilo de voz.

―Sería más fácil creerte si no parecieras salido de un descuartizamiento ―apuntó Clary con mordacidad.

El muchacho no parecía haber reparado en su siniestra apariencia: extendió levemente las manos y observó los goterones carmesíes que rociaban su camisa. Se le dilataron las pupilas, aunque fue tan rápido que Clary creyó que se lo había imaginado.

―Me gustaría que me explicaras por qué pareces tan tranquilo ―exigió la muchacha.

―No he sido sincero del todo contigo… ―confesó Simon dándose por vencido.

Tragó saliva, o al menos Clary esperó que fuera saliva.

―En realidad llevo años enfermo, y recaigo una y otra vez ―admitió con voz ronca―. Puedo pasar semanas bien, sin ningún síntoma… pero vuelve a suceder tarde o temprano. No puedo predecir cuándo volveré a empeorar…

Clary cerró los ojos con fuerza en un ingenuo intento de serenarse. Las preguntas se aglutinaban hasta ser frases sin ningún tipo de sentido.

―¿Tiene cura? ―alcanzó a decir.

Le apretó el brazo en el espacio de silencio que siguió a la pregunta. Simon esquivó intencionadamente su mirada.

―Me temo que no.

La joven intentó presionar el nudo de congoja más allá de su garganta, tragárselo para que dejara de ahogarla. Nunca había vivido la enfermedad en su entorno cercano, aunque había oído sobre los pobres desdichados que lloraban la pérdida de un ser querido ante un enemigo invisible.

Que su compañero fuera el primero de su lista personal parecía una cruel broma del destino.

―¿Es fatal…?

Ante su pasmo el chico emitió una carcajada sardónica, desconcertante en su rostro lívido y desencajado.

―En realidad, de todas las cosas que se pueden decir de esta enfermedad, que sea mortal es la última de ellas ―confirmó.

Clary juraría que había cierta ironía en su tono, aunque el contexto le dijera que ello no tenía sentido.


Cuando Jace entró en el estudio del príncipe de Idris, creyó firmemente que le habían indicado mal y se había equivocado de sitio.

A diferencia de lo esperable en un hijo de la realeza, el despacho de Sebastian era de lo más austero. Donde Jace esperaba encontrar cuadros recargados y candelabros de oro solo había estanterías funcionales, paredes desnudas y ni una nota de opulencia.

Tal vez Sebastian sí tenía algo en común con él mismo. La mera idea le produjo un fastidio inmensurable.

El príncipe en persona estaba sentado detrás de su escritorio en una silla con respaldo tallado en madera. Había un fajo de papeles repartidos en montoncitos sobre la mesa; él garabateaba incansable en uno de ellos con una pluma de búho nival. Le indicó con un gesto de mano que pasara pero no le miró directamente al hablar, más concentrado en llenar dos copas de un vino rojísimo.

―Toma asiento, señor Wayland ―sugirió.

Jace lo hizo, repantigándose como si estuviera sentado en la habitación de alguno de sus hermanos y no frente a su futuro rey. Si Sebastian consideró inadecuada su postura, no comentó nada al respecto. Aparentemente el príncipe necesitó varios segundos para decidirse a abandonar lo que quiera que estuviera haciendo y elegir su siguiente frase.

―Quiero que aceptes mis disculpas ―aseguró, arrastrando las palabras―. Era mi primera justa en Idris y quería demostrar mi valía sobre la liza. Tal vez me excedí y no tuve en cuenta la contención que se estila en Alacante.

Jace deseó golpearlo, arriesgándose a ser acusado de atentar contra la Corona. Se las había apañado para tildarle de débil, y con él a todos los justadores de Alacante.

―Nunca quise perjudicarte en modo alguno ―prosiguió Sebastian―. De nuevo juro que lamento profundamente el daño que haya podido pausarte.

"¿Estás seguro de que lo lamentas? ¿No será que lamentas que siga con vida?" Jace sabía de sobras que exponer en voz alta sus sospechas acabaría en un castigo a la altura. Aunque sin duda valdría la pena con tal de ver la mueca del futuro-rey.

―El juego entraña riesgos: todos lo sabemos y aceptamos. No hay nada de qué disculparse ―garantizó.

Era obvio que mantenían una conversación falsa que camuflaba un sinfín de pullas y contrariedades personales. Afortunadamente, a Jace no se le ocurría nada más que añadir que pudiera prolongar aquella tirante situación, así que se puso en pie con celeridad.

Sebastian tenía otros planes al respecto.

―¿Por qué tanta prisa? ―sugirió. Empujó la otra copa en su dirección sin verter ni una gota―. Siéntate. Bebamos y charlemos como dos caballeros cualesquiera.

Jace desearía estar en cualquier otro lugar y compañía, pero supuso que ofender de tal manera a su futuro soberano era caminar sobre la cuerda floja. Volvió con reticencia a su sitio y se llevó a los labios la copa que le tendía su anfitrión. Al menos tenía buen gusto con el alcohol, se dijo.

―¿Hay alguna novedad respecto al reciente aprecio entre mi hermana y tú? ―soltó Sebastian a voz de pronto.

Jace casi se atragantó con el vino; al parecer Sebastian encontró su mueca de desconcierto sumamente divertida.

―Soy el Príncipe ―afirmó, encogiéndose de hombros―. Mis ojos y mis oídos están por todas partes. ¿Realmente te sorprende? No podía pasarme desapercibido que Clarissa acude una vez al día, a menudo dos, a tus estancias personales.

―Con todos mis respetos, ¿nadie os ha dicho antes que tenéis una obsesión malsana por controlar la vida privada de vuestra hermana? ―Jace lanzó la pulla sin pensar.

Lejos de sentirse ofendido, Sebastian le dedicó una mirada empapada de lástima.

―Tú también tienes una hermana ―apuntó―. Dudo que tu actitud difiriera mucho de la mía si la bella Isabelle fuera a hacer algo que deshonrara su apellido.

―Siempre que no le comportara perjuicio alguno y fuera elección suya, la apoyaría sin dudarlo ―replicó Jace en sus trece.

Sebastian esbozó una sonrisa condescendiente que dejaba en claro que le consideraba un necio.

―Tenemos ideas muy distintas sobre lo que supone un "perjuicio" para nuestros seres queridos ―aseguró.

―En eso, por suerte o por desgracia, coincidimos ―soltó Jace.

Sebastian no dejó de mirarle mientras daba un sorbo al vino; Jace decidió imitarle, tal vez para llenar el incómodo silencio. El príncipe se relamió los restos de alcohol de los labios sin perder un ápice de compostura.

―Pareces convencido de que desapruebo lo que puede surgir de vuestra prometedora relación ―se mofó―. Nada más lejos de la realidad: la alentaría de buen grado si eso implicara que mi hermana dejara de frecuentar la compañía de ese mundano.

La última palabra casi la escupió, como si le dejara un regusto amargo en la boca. Jace cayó en la cuenta que toda aquella conversación había sido hábilmente encaminada hacia un único fin. Y si Sebastian quería que él entrara al trapo, así lo haría.

―¿Por qué despreciar tanto a los que no son nefilim? ―cuestionó.

Sebastian le miró fijamente por unos instantes, el negro de sus ojos denso y reluciente como brea concentrada. Jace se preguntó si había ido demasiado lejos al acusarle tan concisamente de repudiar a parte de sus súbditos.

―Estás equivocado ―se limitó a decir el príncipe―. Iguales, pero separados ―fue un alegato definitorio, radical―. Hay una explicación muy lógica para que se prohíban las relaciones interraciales en Idris, algo que imaginaba que Maryse y Robert te habrían explicado. Los híbridos a menudo son criaturas deformes… en el mejor de los casos. En el peor de ellos son seres con características impredecibles que no encajan en el orden de las cosas.

Volvía a no mirarle directamente al hablar, la vista posada en el infinito, así que Jace no podía saber hasta qué punto creía en sus propias palabras.

―Sé todo eso. Sin embargo sigo sin ver cuál es el problema entre una nefilim y un mundano ―insistió Jace―. Los genes nefilim son dominantes, como deberíais saber ―soltó la puntilla con ironía―. Su hipotética descendencia serían cazadores de sombras.

No podía creerse que estuviera defendiendo a aquel mundi enclenque. No cuando su impulso primigenio las últimas veces que le había visto era partirle las gafas de un puñetazo.

Sebastian sonrió una vez más, delineando el borde de la copa con la yema de un dedo.

―Es más sencillo que todo eso ―aseguró―. Permitir que una sangre tan pura y un noble apellido como los de mi hermana se ensuciaran al hibridarse con un mundano sería… desastroso.

―Esa es vuestra opinión, pero no entiendo por qué parezco formar parte de esto ―confesó Jace, irritado―. Parecéis muy seguro de que, por alguna razón, mi amistad con Clarissa la alejará de su compañero.

―Para ser alguien que, por lo que cuentan, ha roto tantos corazones, tienes una extraña falta de confianza en tus propias habilidades ―replicó Sebastian.

Se estaba burlando de él, una mofa elegante pero muy poco sutil. Lo había estado haciendo desde que Jace cruzó el umbral de la puerta. Toda su verborrea encaminada a un único punto convergente.

No podía creer que le estuviera alentando a seducir a su propia hermana; una persona que, por otro lado, ya tenía pareja.

Sebastian se puso en pie y Jace lo imitó en un acto reflejo. Era más alto que él, puede incluso que Alec; notar aquel detalle le incomodó. Deseó que aquel gesto diera por acabada la reunión, pero Sebastian aún tenía algo que aportar.

―Me gustas, Jonathan ―admitió Sebastian, apoyando ambas manos en la mesa―. Me gusta tu forma de pensar, cómo juegas en equilibrio con la insubordinación y la integridad. Por eso mismo me gustaría tenerte como aliado en sucesos venideros.

Jace guardó silencio unos segundos antes de soltar una risotada mordaz.

―Habláis como si reunierais fuerzas para una guerra ―observó.

Contuvo la respiración cuando el negro de los ojos de Sebastian se tornó absoluto, el corazón de un abismo hasta donde no llega la luz. Apenas un leve temblor en la comisura de los labios evidenció que una emoción turbulenta hervía paciente debajo de la máscara.

―Todo va a cambiar mucho. Es el orden natural de las cosas ―aseveró con firmeza―. Mi deber como futuro soberano es anticiparme a dichas eventualidades. Saber en quién confiar es solo el primer paso para ser un líder respetable cuando me corresponda… tomar el relevo.

Jace no pudo contener el estremecimiento que recorrió de arriba abajo su espina dorsal. No sabía cuánto tardaría Sebastian Morgenstern en subir al trono, pero deseó que no fuera pronto.


Magnus se alborotó el pelo con una mano, la otra garabateando frustrada en la libreta que tenía abierta frente a él. La fórmula no salía y se sentía seriamente a punto de prender fuego al dichoso cuaderno.

―¿Algo va mal? ―sugirió la voz que le quitaba el sueño.

El brujo sonrió, condescendiente, dejó caer la pluma y levantó la vista.

Alec estaba tendido en la cama sobre su estómago, leyendo, la piel semidesnuda tentándole con su blancura inmaculada. Solo llevaba ropa interior, el resto de prendas descartadas largo rato atrás. Tenía las rodillas flexionadas, las piernas cruzadas con los tobillos elevados en una posición que significaba lo mismo en cualquier rincón del mundo. Magnus pensó fugazmente si no sería esa su manera, tímida y sutil, de incitarle a que se lanzara sobre él en aquel instante.

Su expresión sin embargo era tan genuina, tan imposiblemente inocente, que le hacía dudar y sentirse culpable por haber dejado que su cabeza vagara hacia tales derroteros.

Deseó ponerse a bailar de regocijo. Apenas unos meses antes, la posibilidad de tener a Alec desnudo y leyendo tranquilamente en la cama de ambos le hubiera resultado quimérica.

―Una fórmula mágica que me saca de quicio ―gruñó

―¿Puedo ayudar?

―No a menos que sepas cómo mezclar sal púrpura de volcán y polvo de diente de demonio jax sin crear una explosión que arrase mi habitación ―se lamentó Magnus.

―Mis conocimientos no llegan tan lejos ―admitió Alec, apoyando la barbilla en una mano.

Magnus sin pestañear, absorbido por sus pensamientos. ¿Qué hacía enfrascado en galimatías mágicos cuando algo tan hermoso le esperaba en la cama?

Dos segundos después había mandado a paseo el fajo de pergaminos y la tinta y caminaba descalzo en dirección a su objetivo. Se reunió con él en la cama; Presidente Miau se había hecho un ovillo entre la colcha y la almohada, así que Magnus lo bajó gentilmente al suelo. El mueble no llevaba allí ni cuarenta y ocho horas y el gato ya se había hecho dueño y señor del mismo.

Recorrió la figura del joven una vez más, comiéndoselo con los ojos. El cuerpo de Alexander era una procesión de líneas que incitaban a rodar la mirada por ellas. Le saltaron a la vista las marcas evanescentes de moretones en su cuello; algunas recientes, otras casi invisibles. El recuerdo de noches formidables que Magnus pensaba multiplicar.

Alec abrió un brazo para recibirle, ofreciéndole un rincón que siempre estaba disponible para él y en el que Magnus se sumergió de buen gusto. Hundió la nariz en la curva del cuello pálido. Inspiró allí, donde le latía el pulso, su olor corporal: almizcleño y floral como todos los nefilim, con solo el rastro de la colonia que había usado aquella mañana. Se encogió contra él, inmóvil, con las rodillas prácticamente pegadas al pecho y la piel pulsando por su cercanía.

Muy a menudo en las últimas semanas se encontraban cayendo en aquella paz desprovista de objetivo. Se acurrucaban uno junto al otro, dispensándose arrumacos y besos lánguidos hasta que inevitablemente el sueño les alcanzaba. A veces ni tan siquiera hablaban en mucho rato. Tiempo atrás Magnus hubiera considerado que se estaba volviendo repulsivamente melindroso.

Magnus le tomó la mano izquierda y se la llevó a los labios: primero el dorso, luego la palma callosa. Le besó las yemas una a una, deslizando sus dedos entre los ajenos como si sostuviera algo quebradizo.

―Mañana voy de cacería con Isabelle ―habló Alec―. Es aquí cerca, no tardaré más de tres días…

Magnus ahogó una risita.

―¿Qué? ―quiso saber Alec, ceñudo.

―Adoro cómo intentas tranquilizarme.

―Dijiste una vez que te resultaba doloroso que me marchara de la ciudad ―dijo el nefilim, totalmente serio―. Quiero asegurarme de que estés bien.

Magnus analizó cada milímetro de su rostro en busca de un signo de que estaba bromeando. Lo hubiera pensado automáticamente si se tratara de otra persona: no había mucha gente que sintiera genuina preocupación por él. Y tal exceso de apego aún le chocaba incluso en alguien tan altruista por naturaleza.

―¿Eres tú el que va a cazar demonios salidos del Averno y soy yo el que te preocupa? ―le increpó.

Alec no respondió; en su lugar lanzó su peso sobre Magnus, los dedos de la mano derecha delineando el surco entre sus pectorales. Le temblaba la palma contra su pecho, las yemas callosas estremeciéndose al contener su ímpetu.

Bajo la fachada de rostro angelical Alexander era una fuerza de la naturaleza como todos los nefilim. Gran parte de sus gestos aún eran comedidos, calculados cuando se trataba de él. Una parte de Magnus lo agradecía, especialmente al tratarse de algo que no había experimentado jamás en ninguna de sus relaciones.

Por la otra no le importaría que un impulso fuera de control llevara a Alec a partir la cama en dos.

Con él dentro.

―Es duro para aquellos que no cazan ―apuntó Alec―. Es diferente para nosotros: el tiempo pasa mucho más rápido cuando lo empeñas en matar demonios ―calló un instante antes de esbozar una sonrisa torcida, avergonzada―. Jace estaría orgulloso de mí si me oyera.

Magnus se aupó para unir sus bocas, sosteniéndose con ambos codos mientras tironeaba de su labio inferior en un mordisco juguetón. Sabía que era lo más íntimo que sucedería aquella noche y no lo querría de otro modo.

No es que no hubieran tenido tiempo de sobras en las últimas noches.

―Es tierno que te preocupes tanto por mí, pero estaré bien ―garantizó Magnus, su respiración evaporándose entre ambos.

Alec tenía los ojos cerrados, sus largas pestañas oscuras estremeciéndose mientras se perdía en el beso. El vello se le erizaba, la piel hipersensible bajo sus manos que abrazaban las formas duras de su estómago. El muchacho suspiró y ladeó la cabeza, dejándole acceso a la zona justamente inferior a su oreja.

―Desearía no tener que marcharme… ―confesó con voz queda, respirando las palabras contra la comisura de los labios de Magnus.

Lo dijo bajito, con un matiz de culpabilidad, como si lo considerara una confesión indigna para un cazador de sombras de bien. Magnus pasó la mano entre su cabello hasta que los dedos se le acoplaron a la forma de la nuca. El choque de miradas electrizó el aire durante unos largos instantes antes de que impactaran de nuevo, devorándose mutuamente a besos perezosos. Los brazos de Alec le envolvieron en su firme calidez, acoplándose a él como el molde a la pieza de una armadura.

Aquella noche volvería plácidas en el recuerdo todas las que Alec iba a pasar fuera.


Esa misma noche, muchas estancias en otra dirección, Sebastian Morgenstern estaba sentado en su habitación, copa de vino en mano.

Esperando.

Su reloj de cuerda había dado las dos de la madrugada cuando supo que ya no estaba solo.

La recién llegada se presentó como una forma difusa bailando en la penumbra que solo el candil ahuyentaba. Imaginó que alguien que no estuviera acostumbrado a los hologramas huiría despavorido ante lo que creería una aparición de ultratumba.

Pero no él.

Nunca la había visto antes, pero había oído historias. Rumores de hombres (y mujeres) que sucumbían ante la visión cautivadora de féminas como la Reina Seelie o su invitada. A menudo la realidad superaba con creces las habladurías.

Vestía con ropas que no se veían tan al Este: desde luego ninguna mujer de Idris llevaría algo tan eminentemente masculino. Sus ojos no habían visto un rubio como aquel; ni dorado ni platino, un color sin nombre entre ambos. Caía sobre los hombros estrechos y pálidos como revolutas de madreselva. Ni lunares, cicatrices o un cabello fuera de sitio.

Era hermosa. El tipo de belleza imposible sobre la que se escriben historias y se cantan canciones. Sin lacra ni defectos.

Aquella perfección era lo que la volvía inherentemente monstruosa. Se preguntó si todos los Hijos de la Noche renacían sin mácula, arrebatadoramente magníficos, para encandilar a sus presas como el canto enajenante de una sirena.

Lejos de caer en tales encantos, Sebastian no permitió que impresión alguna se transluciera en su rostro. Se limitó a ladear la cabeza sobre el hombro, tamborileando con los dedos en el cristal de la copa.

―Por fin nos conocemos, mi señora ―comentó, indiferente pero no por ello menos galán.

―Diré que el placer es mutuo cuando esta conversación así me lo demuestre ―respondió la mujer.

Su tono era tajante, casi autoritario. Sebastian tuvo que pensar si en algún momento había obviado el detalle de que se estaba dirigiendo al Príncipe de los nefilim. Lo más probable era que no le importara, que pisoteara el statu quo como gran parte de los Hijos de la Noche.

―Por lo que he oído, has conseguido crear un revuelo importante ―apuntó el muchacho.

―¿Te refieres a aquella aldea miserable? ―dijo ella, su voz preñada de desdén.

―Todos siguen preguntándose quién ha sido lo bastante loco como para transformar a medio pueblo y matar a la otra mitad frente a las narices de Idris ―admitió Sebastian, divertido―. No alcanzan a comprender que de hecho es un movimiento inteligente.

―Me pediste una distracción, y como tal creo que ha cumplido las expectativas ―opinó la mujer con un mohín desdeñoso―. Nadie espera un ataque bajo la sombra del mismo Alacante, y tampoco que el artífice corra a buscar el refugio de sus muros.

―No os falta verdad ―le concedió el chico, dando un largo sorbo a su copa.

Se relamió los labios y observó, ensimismado, el fondo vacío del recipiente.

―Hablemos de negocios, mi señora ―propuso―: no perdamos de vista que ése y no regocijarnos en pasadas glorias es el objetivo de este encuentro.

La mujer echó a andar hacia al otro lado: el hecho de no oír el repiqueteo de sus zapatos acentuaba su aire fantasmal.

―Mi llegada a Idris se pospondrá aún unas semanas ―anunció―. Hay ciertos asuntos que debo resolver antes. A pesar del retraso me gustaría que todo esté bien atado cuando sea el momento.

Sebastian se llevó un dedo a las sienes, registrando cada rasgo de su rostro en busca de un truco.

―Os escucho ―afirmó.

Su invitada parecía ufana ante la atención que recibían sus palabras.

―Te encargarás de… camuflar a mis presas para que nadie sospeche de mí ―sonó casi a mandato―. Es una petición en la que no estoy dispuesta a dar mi brazo a torcer.

―Uh. ¿Pensáis cazar dentro de los muros de Idris? ¿Con lo vieja que sois aun os permitís algo que arriesga tanto vuestro modo de vida? ―se burló Sebastian.

Ella río, lanzando la cabeza hacia atrás y exponiendo el pálido cuello para emitir una carcajada.

―¿Qué puedo decir? ―confesó―. No soy de las que se niegan los placeres de la vida.

―O de la muerte ―puntualizó Sebastian. Suspiró―. Sea como sea, no puedo permitiros poner en peligro a mis ciudadanos… por ahora. Tendréis que acostumbraros a otro tipo de alimento, o bien podéis valeros de un nocturnal. No obstante… ―habló al ver que ella iba a replicar―, os prometo cuantas víctimas podáis consumir una vez todo haya terminado.

La mujer se pasó la punta de la lengua por los labios rojísimos. Ello expuso fugazmente la punta de los colmillos marfileños que puntearon su piel.

―Espero que no hayas olvidado nuestro trato ―advirtió―. Exijo una consideración elevada respecto al resto de Subterráneos cuando llegue el momento.

―¿Con quién creéis que estáis hablando? ―le espetó Sebastian, súbitamente molesto.

―Los nefilim son traicioneros, sea o no su origen divino ―apuntó la vampiresa―. Los siglos te enseñan a no confiar demasiado en alguien que se jacta de ser el más justo entre los justos. Y la prueba está aquí mismo: un príncipe conspirando contra los suyos.

―Solo si no se ponen de mi parte ―aclaró el chico―. No tengo interés en perjudicar potenciales aliados.

―Si me traicionas me veré obligada a hablar ―dictó la mujer, implacable―. Imagínate el escándalo si se descubriera que el Príncipe de Idris conspira contra sus propios súbditos…

Sebastian cuadró los hombros, un fuego helado consumiéndole las entrañas al percibir su tono peligroso. Apretó la mano sobre la copa vacía hasta que sus dedos blanquearon: poco le faltó para que el objeto estallara entre sus dedos.

―¿Es eso una amenaza? ―probó.

―Tómatelo como quieras ―replicó ella acercándose a pasos fantasmales―. Te recuerdo que fuiste tú el que decidió pedir mi ayuda.

―No pedí ayuda, pedí colaboración ―puntualizó él.

―Lo que sea ―sentenció la mujer, imparable―. Tal y como me aclaraste, muchos de los vampiros de Idris no soportan el sometimiento de Raphael Santiago hacia los nefilim. Conozco a Raphael: lo he conocido desde hace décadas y sé cómo actúa ante un conflicto. Por mucho que clame que sus congéneres son lo primero, será incapaz de alzarse contra los hijos del Ángel llegado el momento. Su magnanimidad es pésima en ése aspecto, y también de unos cuantos que le siguen ―se irguió, recta como una estaca, y levantó la barbilla―. Hay otros muchos que no dudarán en posicionarse junto a un líder más fuerte si se produjera una divergencia de posturas.

―¿De esto se trata todo? ―preguntó Sebastian, deslizando la copa vacía frente a su rostro―. ¿Aplastar la influencia de un vampiro con el que tenéis una antigua rencilla? ¿O es… otro motivo el que perseguís?

La vampiresa permaneció inmóvil durante unos segundos, tanto que parecía una de las estatuas marmóreas que decoraban el Gard. Sin alas ni gracia angelical, claro.

―¿Perdón? ―le espetó―. ¿Cuestionas mis razones?

―Nada más lejos ―aseguró Sebastian con sorna―. Sencillamente me resulta… desconcertante que alguien como vos lo arriesgue todo por un antiguo amante.

Lo percibió con claridad abrumadora, cómo se transformaba su lenguaje corporal. Los dedos se crisparon como los de una bestia dispuesta a saltar sobre alguien que ha invadido su territorio. El verde ponzoñoso de sus ojos transformado en cuchillos certeros. Los labios, tensos en las comisuras escarlata, desvelando solo en un resquicio las encías donde nacían los colmillos como agujas.

―No sé qué rumores han llegado a tus oídos, pero…

―Perdón, ¿os importa si nos dejemos de medias verdad, Lady Belcourt? ―la cortó Sebastian―. Sé qué habéis estado haciendo desde hace meses. Que habéis puesto Inferno y el Laberinto Espiral y todo el mundo de las sombras patas arriba buscando el rastro de un único nombre. No me importan vuestras razones, pero al menos no mintáis sobre vuestra motivación.

Fue apenas un pestañeo y la vampira se lanzó sobre él a la velocidad de un relámpago. Si hubieran estado cara a cara probablemente Sebastian hubiera dado un respingo; sabía a la perfección que una ilusión no podía dañarle, así que permaneció inmóvil con una sonrisa jactanciosa en los labios con los colmillos de la mujer a escasos centímetros de su rostro.

―No has amado nunca, pequeño híbrido ―siseó Camille Belcourt―. Y mucho menos a un inmortal. El amor de alguien que vive para siempre es absoluto, irracional. Hace estremecer a los simples mortales que solo tienen un suspiro para acercarse al fantasma del auténtico amor. Y resulta más valioso aun cuando tras siglos encuentras a alguien eterno que no cae en la apatía y acaba deseando morir ―pareció tomar aire, algo irónico dado que no lo necesitaba―. Solo cuando hayas amado y sido amado por alguien así, comprenderás que quiera ver derrumbarse una ciudad entera desde los cimientos.

Le brillaban peligrosamente los ojos de un verde mortífero. El discurso salió de sus labios con tanta pasión enfebrecida que Sebastian olvidó y perdonó que se hubiera referido a él como "híbrido". Ni tan solo sabía cómo había accedido Camille a la información que le permitía asignarle aquel término.

No importaba. Siempre podía arrancarle la cabeza y lanzarla bajo el sol cuando fuera un estorbo.

Se puso en pie con dejadez, retirándose el cabello plateado de los ojos.

―Mandadme un mensaje de fuego cuando estéis preparada ―habló―. Esta reunión ha terminado, Lady Belcourt.

Y dicho esto cortó con el pie el círculo de polvo negro en el suelo, disolviendo la visión de la dama y sus palabras traicioneras.


Recuerdo que la primera escena que me gustó mucho de Simon en Ciudad de Hueso fue cuando intenta llamar la atención de Clary diciendo que se ha beneficiado a su madre. Oh dios, que jartón de reír cada vez que lo leo xDDDD