Hola amigos, Mary Morante se aparece.

Antes que nada, se que muchas personas han estado esperando este nuevo capítulo (sobre todo Esgoher y Alexamili que fueron las más insistentes jeje, así que les dedico en especial a ellas este nuevo capítulo.

También no puedo dejar de agradecer los review a Melody of Perdition, Myriamj, Eleanor C. Geraldine, sandra pullman, Ferishyn, Jackye H, diana carolina, VickyCruz, isabel20, Ires, Mariana, Pamys-Chan, Adele1809, RIN-KAGAMINE, Miss Cerezo, asuro, rochiimeliimeliirochii, rocio, silkie 19, Anillus, Hakurashin, Lebel27, Pao, ola ke ase, Una lectora, J.C, , serena potter pataki, Priscila, LUNA, Spektro, Nori, akira92nay, KrenGeraldine, Mayra Hdz, nan5, iris59, AriannaV, Milanh, pia, lula, hiyorin 55, milene vanessa, mimi, vale, a todos ustedes les agradezco el sincero apoyo que me han dado con sus reviews, ya que sin ellos no me animaría tanto en buscar un pequeño espacio en mi tiempo libre para continuar con esta historia.

Sin más introducción, espero lo disfruten.

Disclaimer: Hey Arnold y sus personajes son propiedad de Nickelodeon y Craig Bartlett. A excepción de los creados por mí para este fanfic.

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EL EFECTO DEL SOL DE MEDIANOCHE

El Secreto De La Medianoche

En el aeropuerto internacional de Hillwood, Phoebe se despedía de su mejor amiga – Helga… en serio no entiendo porque estás haciendo esto – dice la joven oriental con grandes lágrimas resbalando por sus mejillas.

Con gran afecto, Helga abraza a Phoebe permaneciendo así por largos minutos, susurrándole la razón al oído – Pheb's yo… estoy embarazada y bueno, Arnold… Arnold, me pidió que abortara, que eliminará a mi bebé. No puedo estar con él Phoebe… tú más que nadie, puedes entenderlo…

Lentamente, la oriental abrió enorme los ojos, como platos. La razón que le había dado la rubia era tan espeluznante que la había empalidecido – por Dios… Helga…

La fuerte lluvia continuaba demostrando su presencia, con lejanos truenos que alcanzaban a retumbar en la casa del cabeza de balón. En la habitación principal, Helga comenzó a estremecerse en la cama, girando (aun dormida) de forma impaciente y dejando escapar de sus labios, un nombre que pronunciaba como murmullo – Ar-nold…

Sin saber cómo había llegado ahí, ahora Helga estaba en la clínica donde se recuperó del desmayo sufrido en el tribunal, y de nuevo trataba de escapar del cautiverio al que Arnold la tenía sometida. La rubia apoyo su mano en el pomo de la puerta para salir del cubículo. Arnold apoyo su mano en la puerta y la volvió a cerrar en forma enérgica, sacando un ruido ensordecedor. Tomo el brazo de Helga con la otra y la aprisiono contra la puerta – No... No te referirás a la vez que estaba buscando los archivos de mi tesis ¿verdad? Jejeje dime que no estamos hablando de ese día.

La rubia desvió los ojos y entendió que la tenía acorralada. Se armo de valor y le enfrento – ¿De qué te ríes idiota? ¡Claro que estoy hablando de ese día! ¿De cuál otro?

Abriendo enorme los ojos, Arnold tenía una extraña mueca en su rostro. Parecía que sonreía, pero su sonrisa era sombría y estaba asustando a Helga – jeje, no puede ser… ¿sabes querida Pataki? Creo que confundiste y… ¡Demonios! todo estos años jejeje…

¿Confundirme? Si tú dijiste…

¿Qué? "No puedes hacerme esto" "Me va a retrasar en el trabajo" "Debe ser una broma" ¿eso fue lo que escuchaste? – El rostro de Arnold estaba colorado, al igual que sus ojos y obviamente Helga no entendía lo que le sucedía – ¡Por Dios Helga no estaba hablando contigo! Estaba hablando por teléfono usando mi "manos libres" con la doctora Clara González.

Una extraña seriedad mostraba la cara de Arnold. Tenía a Helga aun contra la puerta y los brazos le servían como barrotes de cárcel, sin darle oportunidad para escapar. Su aliento chocaba sobre los labios de ella; casi estaban de la misma altura, solo le llevaba dos o tres centímetros a la rubia (siempre y cuando ella no usara tacones) – Durante todos estos años, durante casi seis años me he estado preguntando qué fue lo que paso entre tú y yo… y todo fue por una maldita confusión que tuviste.

¿y cómo iba yo a saber que no estabas hablando conmigo?

¡Me hubieras preguntado! ¿Por qué no me dijiste que estaba embarazada?

¡Arnold te lo dije! te dije muchas veces que estaba embarazada, pero siempre me ignorabas, no me hacías caso o te ibas, y el colmo fue cuando me diste sal de uvas para la indigestión. Todo por estar con tu estúpida investigación.

Me hubieras enseñado un estudio, o un análisis de sangre… ¡Maldita sea Helga! me destrozaste la vida, rompiste mi corazón… y me alejaste de mis hijos.

Me alejaste de mis hijos…

Abriendo los ojos de golpe, Helga ahoga un silencioso grito en su garganta, antes de siquiera emitir sonido. Su respiración es demasiado acelerada, y aun cuando inconscientemente intentara controlarla, simplemente no podía. Cerrando los ojos, la rubia fue recuperándose lentamente (cosa que le estaba costando mucho trabajo). Se volvió en un letárgico movimiento, hacia el centro de la cama y abrazo a su hijo – por Dios, todo fue un sueño… un mal sueño nada más – hunde su nariz en los alborotados cabellos de Phil, dando varios suspiros – lo bueno es que ya desperté – pensó Helga, mientras acariciaba la cabeza del niño.

Cada inhalación que daba, llenaba sus sentidos del varonil aroma de Arnold. Era lógico esperar que la ropa de cama tuviera no solo su perfume, sino que ya se encontrara impregnada con su esencia natural, contrariando un poco a Helga.

¡Rayos! no se qué puede ser peor – analizaba en silencio la rubia – si el sueño que me despertó, o amanecer enredada en las sabanas de este zopenco cabeza de balón. Bueno, por lo menos no se encuentra cerca – Abraza con cariño a su pequeño y le dan un tierno beso escondido en su abundante melena.

– ¡Mamá, mamá despierta! ¡Harriet no me quiere dar el nuevo videojuego que me compro!

Apretando los párpados, somnolienta, Helga trata de intervenir pesadamente en la discusión de sus hijos – Harriet ¿Cuántas veces te he dicho que no tomes las cosas de tu hermano, sin permiso?

– ¡No es cierto mamá este videojuego no es suyo! el señor doctor Shortman me lo compro para mí solita, él me dijo que este sería mío, solo mío.

– ¿En serio de verdad? – cuestiona el niño, mirando con reserva a su hermana.

– Mira Phil el tuyo esta donde está la televisión grandota ¡vamos córrele!

Ambos niños salen corriendo haciendo bastante escándalo, despertando un poco más a Helga – ¡Criminal niños no hagan tanto ruido! ¡Demonios! – alza la voz un poco y se vuelve a abrazar de su "hijo", hasta que su cerebro termina por despertar y la pobre rubia abre de golpe sus ojos.

– Buenos días Pataki – le dice Arnold con sarcasmo, siendo aun presa de sus delicados brazos – Veo que amaneciste de muy "buen humor".

– ¡AAH! ¡Aléjate de mi camarón con pelos! – Grita Helga, separándose de él en forma brusca y tratando de cubrirse con la sabana – eres un pervertido aprovechado.

Arnold se acomoda de lado, saboreando el agridulce momento de la venganza – Creo que la que estaba "aprovechándose de la situación" era otra mi querida Geraldine, porque según recuerdo tú me tenias tan abrazado, que por un momento llegue a pensar que querías ahogarme.

Con un fuerte sonrojo y el entrecejo fruncido, Helga mira con cólera al rubio – ¡Diantres!, aun con el cabello alborotado no deja de verse tan atractivo, sobre todo porque trae la camisa del pijama abierta del pecho… ¡Un momento! ¿Qué diablos estas pensando hermana? – Helga sacude su cabeza para alejar esas ideas y frunce más el ceño, rechinando los dientes – no me retes Shortman, NO_me_retes.

– Lo que tú digas – responde retándola con una sonrisa cínica en su rostro – como sea, voy a ducharme – se pone en pie, y comienza a desabotonar la camisa del pijama.

La rubia enrojece en el acto, tapando sus ojos al instante que se gira, dandole la espalda – ¡Espera idiota! ¿Qué crees que haces?

– Es sábado, necesito darme una vuelta rápida al hospital, y me tengo que bañar – Responde tranquilo, encogiéndose de hombros.

– ¡Eso ya lo dijiste bucko! Pero si tienes las intenciones de exhibirte, te sugiero que lo hagas en otro lado inepto – Responde irritada y de inmediato, toma su bata de dormir (asegurándose que esta vez sea la suya) y se dispone a salir de la alcoba dando pasos agigantados, pero Arnold se interpone en su camino al último minuto.

– ¿Acaso te pongo nerviosa Pataki? – Le cuestiona un poco hostil – porque ayer no te sentía tan insegura, querida mía.

Mostrando su peor cara, Helga lo empuja con el hombro antes de abandonar la habitación – ¡Argh! Aléjate de mi Shortman.

– Por cierto – menciona Arnold desde la puerta de la alcoba – Te aviso, llevaré a los mellizos a que conozcan a sus abuelos.

Helga se congelo al instante, sintiendo un fuerte escalofrío bajar por su espalda, dejándola inmovilizada a mitad del pasillo – ¿Con el permiso de quién te vas a llevar a mis hijos, Shortman? – pregunta sin volverse, rogando a los cielos que Arnold no notara el nerviosismo en su voz.

– También son mis hijos, Pataki – responde el rubio en tono molesto – y según la juez Emerald Herg, soy el tutor y responsable legal de los niños.

Apretando los dientes, Helga se vuelve hacia él – No por mucho tiempo cabeza de balón, te lo puedo asegurar – finaliza anudando con fuerza el cinturón de su bata y se aleja dando pasos agigantados, apretando los puños. Pasa por el cuarto de la televisión y se detiene en la entrada, observando a sus hijos jugando con los nuevos videojuegos que Arnold les compro. Ahora cada uno disfrutaba su propio juguete, y hasta se acompañaban al encender la interface del aparato, creando al fin algo de paz entre los dos.

Por mucho tiempo, Helga intento juntar el dinero suficiente para comprar otro videojuego portátil para Harriet; pero su situación económica nunca se lo permitió. Y no solo la diferencia radicaba en el videojuego. La rubia se ocupo tanto en distraer la atención de Philip (para que no sufriera en el hospital), que los juguetes del niño fácilmente triplicaban los de su pequeña hija.

No pudo evitar sentirse triste al entender, cuanta falta le hizo a Harriet. Todas esas veces que no estuvo cerca cuando más la necesito, y solo imaginar lo mal que la ha de haber pasado estando sola, le generaban un nudo en la garganta. Ella más que nadie en el mundo, conocía ese sentimiento amargo de la soledad; y sin querer, se lo estaba heredando a su hija.

– ¿Madre? – La voz de Harriet la regresa a la realidad – ¿Estas llorando?

Asombrada por la pregunta, Helga pasa un dedo por su mejilla y solo entonces, se percata de que esta humedecida – no amor – Se arrodilla hacia ella y le da un inesperado abrazo – no pasa nada pequeña.

Con alivio en su mirada, la menor se separa de Helga y la toma de la mano – ¡Mira mamá mira!, todo lo que me compro el señor doctor Shortman ¡ven! – la jala y le muestra una enorme cantidad de juguetes, muchos a medio desempacar.

Lo dicho, seguramente Arnold había dedicado todo el día siguiente del juicio, a decorar y arreglar el cuarto de televisión para los pequeños, además de cubrirlos con una respetable cantidad de juguetes, a partes iguales, claro está – Me alegro mi vida – acaricia su mejilla y le sonríe en forma maternal.

Una vez más, Helga siguió con la vista todos esos juguetes, que fácil ocupaban una buena parte de la habitación – Arnold Philip Shortman – Helga empezó a sentir una enorme impotencia. ¿Cómo era posible que ese idiota llegara e intentara ganarse el amor de sus hijos, con costosos obsequios?

– No – Se dijo para sí. Al ver a los niños tan contentos, no tendría el valor suficiente para quitarles los regalos del camarón con pelos, pero ¿cuánto tiempo podrá soportar esta situación? – Niños será mejor que los cambie de ropa, creo que su padre los quiere llevar a algún lugar.

– Pero mamá – ambos protestan, poniendo cara de disgusto – ¿es necesario? ¡queremos jugar!

– Si Philip, es necesario – la rubia se arrodilla de nuevo para quedar a la altura de los niños, y les extiende el dedo meñique de su mano izquierda – Escuchen, solo prométanme una cosa, no le comenten a nadie más de nuestras vidas, por favor.

Ambos niños se miraron extrañados – pero ¿porque mamá? – pregunta Harriet.

– Solo prométanlo – finaliza Helga con voz de mando.

– Esta bien mamá – los pequeños meñiques se juntaron con el grande de su madre – lo prometemos – expresan al unísono.

– Gracias bebés, los quiero mucho – Helga se abraza de ambos y permanece así por largo rato – vamos que hay que cambiarles las pijamas.

Pasada alrededor de una hora, Arnold esta terminando de ajustar su corbata y se asoma al cuarto de juegos, donde los pequeños (ya vestidos) continuaban jugando. Después de recorrer la habitación con la vista, solo encuentra una mesita de servicio donde hay un par de platos vacíos, con restos de cereal, probablemente leche y algunas manchas que tal vez eran de fruta. Enarca una ceja y no puede evitar preguntar – ¿Niños y su madre?

– Voy a estar bastante ocupada Arnoldo – escucha a sus espaldas y al girarse ve a Helga aun en bata, y en su cabeza una cinta de tela retrae sus dorados cabellos, apartándolos de su cara la cual, esta cubierta por una extraña y llamativa mascarilla azul – Los niños ya están listos, camarón con pelos.

– Jajaja ese color te queda bien – le dice Arnold con sorna.

– ja-ja que gracioso, anda búrlate todo lo que quieras, no importa – responde cruzando sus brazos.

– Es que mi mamá tiene una cita más tarde y… ¡ouch! – sobando su cabeza, Phil mira molesto a su hermana, responsable del golpe que recibió.

– ¿Con que una cita? – le cuestiona el rubio, acortando distancias fríamente – ¿Te estas arreglando para algo importante, o "alguien"?

– Eso no es de tu incumbencia, cabeza de balón – le dice en un susurro a su adversario, asegurándose de que sus hijos no escucharan su viejo apodo. Pasa de él y se aproxima a los pequeños – niños recuerden lo que les dije – hace una pequeña pausa y vuelve su vista a su hijo, echándole esa mirada – ¿Philip?

– Lo siento mamá – el pequeño baja la vista apenado, y Helga se arrodilla para quedar a su nivel, hablándoles en voz tan baja a los dos, que Arnold no alcanzó a oír. El rubio sentía claramente que se estaba perdiendo de algo importante, y estaba convencido que Helga se traía algo entre manos.

De solo imaginar, que Helga se estaba arreglando para verse con Brainy, cambio el semblante en su mirada, siendo esta gélida y llena de ira. Con amargura en su rostro, Arnold se dirigió a los niños – Vámonos.

Una vez que los niños se despidieron de su madre, Arnold condujo bajo la lluvia matutina rumbo a la casa de huéspedes, llevando a los pequeños en el asiento trasero. Mentalmente continuaba preguntándose a donde, y sobre todo, con quien se iba a ver Helga. Posando los ojos en el retrovisor, sabía que existía una forma de enterarse lo que Helga G. Pataki estaría haciendo más tarde.

La manera de obtener la información era demasiado baja, aun para el más desesperado de los individuos, y él encajaba en esa descripción – Y díganme niños, ¿su madre va a ver a alguien en especial?

Los pequeños Pataki, que un segundo atrás iban riendo y jugando, quedaron en silencio ante la pregunta. Ambos cruzaron miradas y es Harriet quien toma la palabra – No podemos decirte eso señor doctor Shortman, es un secreto de la tropa Pataki… shhh.

Con que secreto de la tropa Pataki eh, Helga es bastante lista, más de lo que imagine –Arnold entendió que si quería sacarle información a Phil, o Harriet, no iba a ser tan sencillo. Con toda intención cambio de tema – ¿Les comentó su madre hacia donde nos dirigíamos?

– Dijo que íbamos a conocer a unas personas muy buenas – respondió Philip.

El rubio alzo una ceja – ¿buenas personas?... vaya, ahora Helga si me sorprendió – pensó por un breve instante. Él suponía que Helga pondría a sus hijos en contra de su familia. Una vez más, la juzgo mal – ¿les dijo algo más?

– Pueees, que te hagamos caso y que no nos peliemos y que no hagamos travesuras y que te obedezcasemos – vuelve a intervenir el niño – ¿A dónde vamos papá?

– Hay unas personas que quiero que conozcan – dirige la vista al camino y titubea por un segundo, antes de continuar – ¿Cómo se sienten con sus abuelos Bob y Miriam?

– El abuelito Big B es un abuelito ganador, porque dice que somos de una familia de ganadores – menciona Harriet – es simpático y divertido.

Afirmando con la cabeza, el pequeño Pataki continua – Así es y también dice que soy el hombre de la casa, todo un ganador como bueno Pataki. La abuela es una persona muy amable y siempre nos recibe con mucho entusiasmo.

– ¡Y dulces! ¡no olvides los dulces!

El rubio cabeza de balón conocía perfectamente la historia, detrás de la "familia perfecta" de Helga. Durante mucho tiempo, estuvo al tanto de la indiferencia que pesaba sobre ella y en ningún momento se hubiera esperado comentarios tan positivos. Es decir ¿Bob y Miriam buenos abuelos? Eso si que era inesperado – Me da mucho gusto.

Durante el resto del camino hablaron de otros temas, echando de repente el anzuelo sobre la "misteriosa cita" de Helga, el cual (poco a poco) iba funcionando.

Solo no jalar mucho la cuerda, aflojarla de vez en cuando (consejo de su abuelo, cuando fueron tras el gran César) sino, todo habrá sido en vano.

Llegando a la casa de huéspedes, aparco y puso el freno de mano. Se volvió hacia el asiento trasero y analizó la presentación de los niños – Saben que… necesito ir primero adentro… porque… bueno ustedes…

– ¿Tienes que hacer pis? – pregunta Harriet, cubriendo su boca para reír a gusto, siendo acompañada por su hermano.

Una infantil sonrisa se curvo en los labios de Arnold – Voy a entrar a la casa solo unos minutos, después saldré por ustedes – vuelve la vista a la enorme casa de huéspedes, de donde salían los murmullos desordenados de los inquilinos – Ahora vuelvo niños, no tardo – salió del coche y abrió su paraguas.

La pregunta ahora era ¿Cómo se sentirían sus padres con los "nuevos" nietos? o ¿los niños con sus abuelos? ¿Qué pensarían de Helga? ¿Hablarían mal de ella delante de los niños, o esperarían a que no estuvieran presentes? ¿Los aceptarían como Shortman? y los niños, ¿aceptarían a sus abuelos? Por todo esto, Arnold había entrado solo a la vieja casa; tenía la intención de hablar primero con sus padres y abuelos, para que la sorpresa no los tomará "tan" desprevenidos – ¡Hola! buenos días ¿mamá? ¿papá?

– ¡Arnold que bueno que llegas! – exclama Miles, saliendo del pasillo y tomando al joven rubio de un brazo – ven pronto acompáñame al invernadero, tienes que ver esto.

– Pero papá… yo… – se vuelve a su espalda – necesito decirte algo, verás vengo…

Sin prestarle atención, Miles remolco con emoción a Arnold hacia el invernadero – ¡Abuelo mira quien vino!

– ¡Arnold que bien que viniste! ven necesitamos que veas esto – Ahora, Phil junto con Miles llevaban a Arnold tomado del brazo, uno de cada lado.

– N-no podría esperar… en serio… – los tres llegan a la parte trasera del invernadero, donde son recibidos por una gran cantidad de flores blancas tornasoladas, con pétalos amariposados, que terminan en una discreta punta. De la base de cada pétalo, salen unas finas líneas en color amarillo, finalizando cerca de la punta, con un apenas perceptible tono rosa pastel. Los estambres de la flor emergen del centro, justo donde se encuentra el pistilo, que es de un color amarillo más pálido.

La enorme cantidad de flores (grandes, chicas, en botón, a medio abrir; algunas llegando a abultarse en racimos, que sobresalían de las macetas) dejaron boquiabierto al rubio. Caminó lentamente, para apreciar íntegramente, cada una de las maravillosas flores que decoraban el fondo del invernadero. Extendió su mano y con sumo cuidado, toco una de esas exóticas bellezas – pero papá… tú dijiste…

– ¡Lo mismo pensé yo, Arnold! – exclama Miles con jubilo – Mi teoría es, que en estos días que ha estado lloviendo tanto, seguramente el clima humedeció la tierra lo suficiente, para que los brotes que nos trajimos de San Lorenzo al fin florecieran… – Miles toma al sorprendido rubio de un hombro y le entrega una flor en sus manos – ¡Esto es lo que por mucho tiempo hemos estado esperando Arnold! sobre todo por tú…

Un fuerte sonido (el golpe de varias cacerolas en el piso) acompañado de los agudos gritos de Stella y Suzie, interrumpieron el discurso de Miles y puso en alerta a Arnold – ¡AAAH! ¡un pequeño ratero!

– Parece que a las damas les pasa algo, o encontraron a alguien – menciona Phil.

¿Pequeño ratero? – un rayo de luz, que parecía más bien un relámpago, ilumino el cerebro del cabeza de balón – ¡AY NO! ¡los niños! – Arnold se abrió paso entre su padre y abuelo, y entro a la casa lo más rápido que pudo, localizando a su madre con una escoba (en posición de ataque) y a Suzie detrás de ella, vigilando las gavetas de la cocina y echando un vistazo rápido, al grupo de galletas que estaba en el piso, rodeadas de algunas cacerolas.

– ¡Atrás hijo!, en las alacenas hay un pequeño delincuente.

– ¡Basta! – dice el señor Hyunh a espaldas de Arnold – será mejor llamar a la policía – toma su teléfono celular y comienza a marcar el número de emergencias, pero el furioso rubio le arrebata el teléfono, dejándolo de golpe en el mueble de la cocina – No va a marcarle a nadie, señor Hyunh.

Todos los inquilinos, que ya estaban en la cocina, se asombraron más por la actitud grosera de Arnold, que por quien fuera que fuese aquel, que se esconde en la cocina – Arnold muchacho ¿qué ocurre contigo? – cuestiona el señor Potts.

Sin prestar atención alguna a los demás, Arnold se inclinó hacia la gaveta inferior, abriendo la puerta con cuidado – ven sal, no le tengas miedo a estas personas, estas a salvo conmigo – abre los brazos y espera con paciencia.

– ¿E-está seguro, señor doctor Shortman? – pregunta una voz temerosa, que parecía provenir de otro lado.

Con una tierna sonrisa, Arnold trata de escucharse lo más paternal posible – claro que sí mi amor, ven aquí conmigo para presentarte con estas buenas personas.

– No entiendo Arnold, tú conoces a… oh Dios… – el viejo Phil enmudeció cuando vio, como unos pequeños zapatos blancos, fueron saliendo por debajo de la puerta entreabierta del estante de arriba. Arnold se puso en pie y termino por abrir el estante, revelando a una pequeña niña rubia, de dos coletas, quien al ver el desconocido grupo de individuos, brinco y se abrazo de Arnold, cerrando los ojos muy fuerte – ya princesa, ya paso.

Todo el mundo estaba atónito, la forma de la cabeza, el cabello, el verde de sus ojos (los mostraba momentáneamente, cuando abría sus ojos). Todos sabía a quien se parecía, pero nadie decía nada – ¿H-Harriet? ¿ya es seguro para salirme?

– Si Philip – se abraza fuerte del cuello de su papá – es muy seguro con el doctor Shortman.

– ¿Harriet y… Philip? – Stella bajo la vista hacia el gabinete inferior, y despacio, la puerta se fue abriendo. Fue un instante, casi un par de segundos, en los que Stella cruzo miradas con el niño, quien tenía el cabello tan castaño como ella, igual que su nariz. La única diferencia Shortman eran esos ojos azules – n-no… n-no puede… ser… – suelta la escoba, que cae al piso.

– ¡Papá! – grita el pequeño y corre a los brazos que Arnold ya le estaba extendiendo.

La habitación quedo en silencio, nadie se animaba a decir o comentar algo, ni siquiera a objetar la palabra con la que el infante se refirió al joven rubio. Solo eran silenciosos testigos, de algo que nunca jamás, había pasado por sus cabezas. Arnold vio de reojo a la pequeña multitud y dio un largo suspiro – mamá, papá… abuelo, abuela, familia… – echo un vistazo a los pequeños que despacio, se giraron hacia esos "extraños", y continuo – ellos son Harriet Cecil y Philip Gerald Pataki, y sí, son mis hijos.

El primero en reaccionar, de cierta manera, fue el señor Kokoshka, que cayó a sus espaldas, inconsciente.

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– Muy bien, la siguiente se llama Dania Silver – expresa con aburrimiento, la asistente del camarógrafo.

– Esta bien primor terminamos por hoy, puedes bajar – dice el guapo y talentoso genio de la lente, a la hermosa pelirrubia que desciende del escenario – no olvides dejar tu número personal jaja, uno nunca sabe cuando ocurrirá una "emergencia" – finaliza guiñando un ojo.

Poniendo una mirada boba, la chica responde coquetamente – jijiji Alan, eres un pícaro – lanza un beso hacia el joven y se dirige a los camerinos.

Tras bambalinas, Helga veía la escena con hastío – Pero que estupidez… "Alan, eres un pícaro"… pff… espero terminar pronto con esto – cierra la cortina y se regresa al camerino de maquillaje.

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– …Y por lo pronto, tengo la custodia de los niños – Ahora Arnold y el resto de los inquilinos estaban sentados en la sala, escuchando atentos la resumida y "maquillada" historia, de como se volvió padre de un día para otro. Los niños permanecían sentados en las piernas de Arnold (Phil en la derecha y Harriet en la izquierda) mientras que él los mantenía abrazados, otorgándoles una sensación de protección.

De nuevo, el mutismo se apodero de los presentes – Pero… porque Helga n… – Stella empezó a hablar, siendo silenciada por el gesto de negación, que Arnold hizo con la mirada (recordándole que los niños escuchaban y por esto, no les dijo todo).

– Papá tengo hambre.

– Sí, yo también señor doctor Shortman – dice Harriet, viendo los ojos curiosos que no apartaban la vista de los dos. La niña se acurruco más en el hueco que formaba el costado, y el brazo de él – ¿Ya no más galletas?

– ¡Por supuesto que hay galletas, princesa! – Gertie se apareció con un plato de galletas, desprendiendo el aromático calor que demostraba su recién salida del horno. La vieja abuela tenía mucho tiempo que no se mostraba tan entusiasmada y ahora, su semblante había "rejuvenecido" – ¿pero quién es este pequeño vaquero que esta aquí? – Tomo a Phil de la cintura y con un ágil movimiento lo llevo a su espalda, asustando un poco al niño.

– ¡Yipee! – grito la abuela y enseguida se puso a dar pequeños brincos, desatando de a poco la risa del pequeño Pataki – ¡mira papá mira, estoy cabalagando!

Después de unos minutos, Gertie se detuvo en seco y con cuidado se incorporo, tomando al niño para que no cayera – Ahora es tu turno – sin más, extendió la mano del niño a Stella.

Una dulce mirada se desprendía de los ojos de Stella. Tomo la mano del niño y al hacerlo, una fuerte sensación embargo su pecho. Se sentía feliz, dichosa, infantil, bendecida, etc. Todo en un sentimiento y un sentimiento en todo. Sin darse cuenta, empezó a sollozar, y una lágrima bajo por su ojo derecho – Hola Philip mucho gusto, yo soy tu abuelita Stella.

Después de titubear un segundo (y ver de reojo a su padre) se animo a responder – Mucho gusto abuelita Stella – con fuerza, Phil estrecho su mano – soy Philip Gerald Pataki, pero puedes llamarme Phil, o Gerald… ¿porque lloras?

– Por nada mi vida… snif… por nada – Stella cayó sobre sus rodillas y abrazo con fuerza a su nieto.

Harriet se giro, al escuchar una voz varonil a su lado – permítame presentarme con usted señorita, soy Miles Shortman, su nuevo abuelito.

Con una sencilla sonrisa (cubierta por restos de galletas), Harriet tomo la mano que su abuelo le extendía – Mugsho gugto, shoy Harrit – respondió torpemente, tirando migajas.

Cuando Arnold se percato, su familia junto con los huéspedes rodeaban a ambos niños, y estos parecían ya no tenerles miedo – Tengo que hablarle a Lola, para que los niños los conozcan – menciona el señor Potts, corriendo al teléfono.

– Eres excelente en relaciones públicas, galletita – le dijo Phil, sonriéndole a su esposa.

– Gracias amorcito – Phil le da un tierno beso en la mejilla – solo necesitaban un empujoncito.

Pasada alrededor de una hora, Arnold se localizaba de nuevo con sus padres en el invernadero. Stella llevaba en brazos a Harriet y Miles traía sobre sus hombros a Phil – Esto es un milagro, ¡un doble milagro! – comentaba Stella, abrazando más a la niña – y usted señorita es una hermosa damita.

– jijiji gracias abuelita Stella.

– Puedes decirme solo abuelita, cariño.

– ¡Papá mira! – Arnold cogió con cuidado, las flores que Phil le entregaba – ten papá, estoy seguro que a mi mami le va a gustar muchísimo un ramo con estas lindas flores.

– Mmmh, no estoy seguro de que a tu madre… esta flor… – El rubio observo de reojo a sus hijos quedando en silencio, solo oyéndose el suave golpeteo de las gotas de lluvia, sobre los cristales del invernadero.

– Esa flor se ve muy rara señor doctor Shortman, brilla cuando el cielo brilla – refiriéndose a los relámpagos.

– Eso es porque esas flores tienen algo especial damita, una increíble historia – interviene Phil, llegando a ellos con su impermeable amarillo – y se las contare con mucho gusto, cuando estemos en el interior bien secos.

Una vez que estaban de nuevo en la sala, la abuela sirvió chocolate caliente – Dinos la historia abuelito Phil, por favor – ambos niños se sentaron a los pies de Phil, y Arnold se puso justo detrás de ellos, en el piso.

– Escuchen con suma atención niños, ya que esta historia involucra a sus padres y a sus abuelos aquí presentes – mete una mano en su bolsillo y saca un dije de jade, con forma de ojo – En América del sur, hay un lugar llamado San Lorenzo, allí se conocieron sus abuelos e hicieron grandes descubrimientos arqueológicos y científicos. Ellos eran unos reconocidos exploradores.

– vaya… – dijo Harriet, dando un enorme sorbo a su chocolate – ¿y que más?

Sujetando el dije por la cuerda de cuero, el viejo Phil le dio un leve manotazo, haciéndolo girar – En esa impresionante y maravillosa tierra, habitaban unos extraños y místicos seres; se les conocía como "los ojos verdes". Esta tribu era enigmática, ningún miembro de las aldeas cercanas los habían visto, pero nunca dudaban de su existencia. Por todos lados, escondidos en la profunda amazonas, se encontraban indicios de ellos: totems, ídolos, piezas arqueológicas, muchas cosas hablaban de su innegable presencia.

Los niños (al igual que Arnold), escuchaban impresionados la narración – Una ocasión, una terrible enfermedad cayó sobre los "ojos verdes". Sus abuelos inventaron un antídoto que les ayudo a combatirla; y a pesar de que estaban muy agradecidos, no se mostraron delante ellos, solo dejaron un amuleto como este.

– Pasó el tiempo y de nuevo la enfermedad azoto a los "ojos verdes". Era indispensable que se hiciera un nuevo antídoto, ya que la fórmula anterior había perdido su efecto. Sus abuelos regresaron a San Lorenzo pero se perdieron, y su padre viajo junto a su madre y nosotros para localizarlos, aunque no iba a ser algo sencillo.

– ¡Viajaste y salvaste a los abuelos! – exclama Phil, volviéndose hacia su papá – eres muy valiente papá.

El mencionado sonríe con gusto, a todo padre le enloquece la idea de ser un héroe para su hijo – En aquel entonces – continuo Phil – nadie sabía como íbamos a encontrarlos, solo su padre tenía la suficiente fe de que lo lograríamos – eleva la vista hacia Arnold y le guiña un ojo – y solo él, fue lo bastante observador para descubrir uno de los tantos secretos de los "ojos verdes" – se aproximó a Harriet y puso una mano detrás de su oreja, sacando por "arte de magia" una flor blanca, impresionando a la pequeña – descubrió el efecto de "el sol de medianoche".

Al terminar de decir esto, Gertie apagó las luces y el abuelo ilumino con una lampará de mesa, la flor que traía en sus manos, mostrando unos destellos tornasol que daban un poderoso reflejo brilloso, impresionando a los niños – ¡WOOW! ¡¿ya viste Philip?!

Por su parte, Arnold cerro los ojos y exhalo un fuerte suspiro, recordando ese suceso. Casi podía sentir que caminaba junto a Gerald, en esa oscura noche.

Flashback…

– Viejo te lo juro, estamos perdidos – le decía Gerald caminando con temor, cerca del rubio – y en la selva hay muchos animales nocturnos, ¿por qué no mejor regresamos al campamento, y salimos mañana con luz de día?

– Si volvemos podrían darse cuenta de que salimos a esta hora y nos vigilarán de cerca, además Gerald no te voy a mentir, yo también estoy nervioso… pero son mis padres… y si quieres regresar, no te juzgare amigo.

Pronto, el moreno se puso delante de Arnold, abrazándose a si mismo por la fría humedad de la noche – Déjame decirte una cosa Arnie, odio los enormes mosquitos, odio caminar y sentir que piso algo baboso, odio la hiedra venenosa y sobre todo, odio el molesto sonido de la jungla; me hace sentir que en cualquier momento voy a ser devorado por un oso panda.

Con calma, Arnold baja la mano donde porta la linterna, y lleva la otra a la cintura – Tranquilo Gerald, los osos panda solo habitan en china.

– ¡Ese no es el punto! digo… detesto esto, pero voy a odiar más saber que mi mejor amigo esta allí perdido, en quien sabe donde, y yo no estoy con él para ayudarlo, por eso no te dejare.

Una enorme sonrisa se curvo en el rostro de Arnold, le extendió la mano e hicieron su saludo – Gracias Gerald, no se como podría hacer esto sin ti.

– ¿Qué? ¿creíste que te iba a dejar toda la diversión? – ambos rieron y al continuar su camino, el cabeza de balón vio de reojo que algo brillaba en el piso – un momento… – volvió a alumbrar hacia atrás y no vio nada raro.

– ¿Viste algo Arnold? – Gerald se inclina en el lugar que él esta iluminando, y tampoco nota algo extraordinario – ¿se te cayó algo?

Negando con la cabeza, da un último vistazo al sitio – Creo que no, sigamos – El rubio se gira sobre sus talones y escucha que Gerald se queja, de nuevo – ¡Oh diablos!, Arnold ilumina mis botas, creo que ahora si pise algo asqueroso.

En respuesta, eleva ojos al cielo – caray Gerald, no podemos pasar toda la noche iluminando lo que… – Al girarse hacia Gerald, observa que detrás del moreno, brota un pequeño resplandor – ¡Creo que encontramos algo! – Arnold se apresuro hacia el pie de un árbol y enfoco de nuevo las plantas que allí estaban, descubriendo una flor tornasol, que después conocería como "el sol de medianoche" – Oh cielos…

– Creo que vi otra flor parecida… ¡por allá! – señala el chico afroamericano hacia un camino, escondido tras una cueva. Con premura, ambos se acercaron y al llegar a la estrecha entrada, (cuyo interior tenía diversas grietas, lo que daba paso a la luz de la luna) Arnold y Gerald iluminaron con sus linterna y como por arte de magia, en el piso se fue haciendo un camino de una suave luz, que a poco se fue incrementando – Creo que vamos por buen camino, ¿eh Gerald?

Fin del Flashback.

– …¡LA SOMBRA! – dijo Phil con voz alzada, provocando que los niños se asustaran.

– Er… creo que es suficiente por hoy abuelo, niños despídanse – el pelirrubio se incorporo y tomo las manos de sus hijos.

– Pero queremos escuchar el resto de la historia – se queja Philip, haciendo un puchero.

– Sí doctor Shortman, vamos a quedarnos – Harriet mira con ojos tristes a su padre, y ambos casi lo convencen.

Casi.

– Lo siento niños despídanse de sus abuelos, ya vendremos otro día.

– Está bien – expresan de mala gana – Adiós abuelito Phil, abuelita Gertie, abuelito Miles, abuelita Stella – dijeron los pequeños y a cada uno le dieron un beso de despedida.

Antes de salir de la casa de huéspedes, Stella toma el brazo de su hijo – En serio volverás a traerlos ¿verdad?

– Por supuesto, tan pronto como sea posible – le sonríe a todos en las escaleras, pero antes de descender, el abuelo Miles le entrega un par de "sol de medianoche" a Harriet – Tome señorita, espero le guste mi obsequio.

– ¡Sí abuelito, muchas gracias! – le da un beso en la mejilla y entra corriendo al coche, cobijada por el paraguas de su padre.

Después de esa fugaz visita a la casa de huéspedes, condujo rápido al hospital, donde revisó que cada paciente (de la investigación del laboratorio Carvagio) a su cargo, estuviera tomando el nuevo medicamento, Lominestina o "Lominess" como se manejaba comercialmente. Para mayor comodidad, se encontraba en la central de enfermería, con los expedientes médicos.

– Doctor Shortman… ya me aburrí – Harriet se recarga en su regazo, fingiendo que se quedaba dormida.

Arnold revolvió en forma juguetona, los alborotados cabellos de su flequillo – Permíteme unos minutos más princesa, ya voy a terminar – Toma otro expediente y se pone a revisar la última dosis de ese paciente – ve al cuarto de juegos con tu hermano.

– Mamá tampoco tenía tiempo para mí – menciona triste, caminando cabizbaja hacia el cuarto de juegos que tenía el piso de pediatría. Al escuchar estas palabras, el rubio recordó la forma en que la encontró en el área de jardines, que dividía los dos edificios. Un sentimiento de culpa le dio un vuelco a su corazón – Esos tiernos y expresivos ojos verdes me van a meter en muchos problemas – pensó haciendo media sonrisa. Si era sincero consigo mismo, le gustaba ser presa de esa adorable pelirrubia de cinco años.

Dio un vistazo a los expedientes faltantes y tomo una decisión – Enfermera, llame por favor al residente de guardia.

Una vez que terminó de hablar con el residente de pediatría, Arnold fue al área de juegos – ¿quién quiere ir por un mantecado?

– ¡Yo! ¡yo! – gritaron entusiasmados y corrieron a tomar la mano de su padre.

– ¿Ya te vas? – escucha a sus espaldas, tomándolo desprevenido – ¿qué hay del trabajo Doctor Shortman? ¿y la investigación de México?

– ¡Doctor Torres, doctor Céspedes que sorpresa! – dice Arnold – vean les presento a mis hijos, son Harriet y Philip.

– ¡¿Hijos?! – los galenos cruzaron miradas entre sí, pero Arnold se les adelanto – es una larga historia y de echo, ya nos íbamos.

El doctor Céspedes se inclino hacia los niños – Mucho gusto pequeños, soy Mario Céspedes – extiende la mano y al saludar a Harriet, sus ojos parecían salirse de sus órbitas. Con mano temblorosa, el médico acomodo sus lentes, solo para asegurarse que la deficiencia visual no le estuviera jugando una mala pasada. Trago saliva en forma pausada, casi petrificado. Mantenía la vista fija en las flores que la niña cargaba, en la bolsa de su overol – esas flores… no puede ser… es imposible…

Claramente incómodo, Arnold la acerco más hacia él. No le gustaba la forma en que Céspedes miraba a su hija – Bueno, es hora de irnos, niños despídanse – abriéndose paso entre los dos médicos, el rubio se encamina a los elevadores. Unos metros adelante, vio sobre su hombro al tiempo que tomaba a la niña en sus brazos.

Nunca imagino que sería un padre tan sobreprotector.

– C-creo que yo también me voy – le dice el doctor Céspedes a su colega – tengo cosas que hacer.

Enarcando una ceja, el doctor Torres asiente convencido – Esta bien Céspedes, nos veremos el lunes.

Una vez afuera del hospital, Phil corrió hacia el vehículo, y Harriet pidió a Arnold que la bajara. Él obedeció y les abrió la puerta del coche, sin saber que en ese momento eran cuidadosamente observados. Las lentillas de los binoculares se enfocaban más en la rubia de dos coletas. El individuo, de tez morena, escuálido y barba de tres días; porta unos enormes lentes de aviador, una vieja gorra de béisbol y la camisa guinda abierta del pecho – Ya la vi socio, esa chiquilla lleva una auténtica "sol de medianoche", sin dudarlo – dice a la persona al otro lado del celular.

No me interesa que identifiques la flor, ¡ese maldito de Shortman nos ha engañado a todos!…dijo que trajo muestras, pero nunca menciono que tenía muestras frescas… recuerda que lo necesitamos… síguelo y dime todo lo que hace.

– Ok – finaliza la llamada y el individuo los sigue en silencio, guardando distancia para que no se percatara que un auto los va siguiendo.

Dentro del vehículo, iniciaba un debate Shortman-Pataki – ¡Qué lastima que no vamos a comer mantecado con mamá! – expresa Phil, tomando su videojuego – a ella le fascina mucho.

Observando por el retrovisor el rubio sonríe satisfecho, pues él sabía a que "mantecado" se estaban refiriendo – Así que le fascina mmmh… ¿y qué tanto le fascina?

– Pues siempre no le gusta – dice Harriet – a veces que da dolo de cabeza, a veces que quiere para dormir, a veces que lo extraña mucho mucho mucho.

– Pues podríamos pasar por su madre, y comeríamos mantecado los cuatro – listo, el anzuelo había sido lanzado una vez más.

Harriet y Philip cruzaron miradas – ¡junta Pataki! – los niños se inclinan y susurran en voz baja – Phil ¿qué hacemos? ¿le decimos al doctor Shortman o no?

– Es lo que queremos Harriet, una familia para comer mantecado siempre, los cuatro de nosotros… pero mamá…

– Se va a enojar – dice la niña con tristeza – y mucho… ¿qué hacemos?

c – c – c – c

– Señor Redmond, la última chica venía con un folleto promocional para fotografías, pero ya le explique que esa promoción termino hace una semana, y se niega a irse si no habla con usted primero ¿llamó a seguridad?

Enarcando una ceja, el apuesto Alan Redmond (hijo del millonario Sammy Redmond) se alza de hombros y comienza a desinstalar su cámara profesional – Por mi háblale a quien quieras, por mi parte ya termine.

Asintiendo, la asistente de Alan toma su radio portátil – seguridad, necesito que mande unos vigilantes por favor.

– ¡Ah no, eso sí que no! – las cortinas del fondo se abrieron de par en par, saliendo Helga con un seductor y hermoso vestido entallado a sus curvas, con lentejuelas color azul cielo, de espalda descubierta y un amplia apertura de lado derecho de la falda, (mostrando demasiada piel, para su disgusto) que terminaba con una rosa azul, además portaba un guante más oscuro en la mano izquierda, y un sutil peinado decorado con perlas, le daba un toque elegante a su aspecto. Justo en ese momento, el personal de seguridad se aproximo detrás de ella y la tomaron de un brazo – señorita por favor, acompáñenos sin hacer escándalo.

– ¡¿Podrían retirar sus asquerosas manos de ella?! – grito Alan con ira – ¡No quiero que la vuelvan a amenazar y si lo hacen, rodarán sus cabezas!

Con temor, los vigilantes soltaron a la hermosa rubia y salieron si decir una palabra. Alan era un hombre con mucho poder en la ciudad de Hillwood y no dudaban en que iba a ejercer su palabra, y una vez que este le pidió a su secretaria que se retirará, quedaron los dos solos.

Helga cruza sus brazos y mira desafiante al hombre de la cámara.

– Este día si que se ha puesto interesante – comenta en tono altivo, se aproxima a ella y hace una sutil reverencia – mi bella y espléndida señorita, ni aunque pasaran un millón de años, podría alcanzar a expresar la dicha que me da el volver a verla – con maestría, roba la mano derecha de la rubia y le da un apasionado beso en el dorso, siendo cruelmente interrumpido por ella, que retiró bruscamente su mano.

– No puedo decir lo mismo, Alan – habla entre dientes, por mantener la mandíbula apretada – créeme que no me lo esperaba.

Flashback…

Cuando estaban en sexto grado, las chicas de la P.S.118 lograron su pase a la final nacional de voleibol, y aunque no era el deporte favorito de la pelirrubia, prefería estar con el resto de sus compañeras (además de su mejor amiga Phoebe) que pasar las tardes en casa, con sus padres.

Como buen aficionado a los deportes, Sammy Redmond acudió al partido acompañado por su hijo Alan – este si que es un buen juego ¿no Alan? – ambos se sientan en sus lugares – podemos ver como se debaten el título nacional, además de un pequeño bonus extra para ti, mi muchacho jajaja.

El chico alza sus hombros y acomoda la lente de su cámara – si como tú digas – habla con pereza.

No es que al joven Redmond no le interesarán las chicas, sino todo lo contrario. Pero al ser un individuo con visión más que artística, la chica que lo embelesara no podía ser cualquiera.

Y en definitiva, Helga G. Pataki no era cualquiera.

Cuando por fin enfocó su cámara sobre ella, de inmediato bajo el aparato fotográfico. Quería verla con sus ojos reales y no a través de una fría lente. Esa habilidad, esa fuerza en los golpes, esos saltos y esas maneras de caer, fue lo que llamó su atención.

Sin embargo, el movimiento de su cabello cada vez que brincaba, el rostro fuertemente enrojecido por el ejercicio, que le obsequiaba un tono rojizo a sus labios; los giros que daba y delineaban su cintura, la playera que de a poco, comenzaba a juntarse sin inhibición a sus primeras curvas (debido al sudor) y esas piernas delineadas pero enérgicas, fue lo que atrapo su corazón.

– Alan hijo, llevas mucho tiempo con la boca abierta – su padre le mira con picardía, dándole unos codazos al costado – te ha llamado la atención una de las chicas ¿eh?

No importaba que ella fuera la más gritona, o la más mandona, la más grosera, o la que tuviera más vello facial en su rostro. Él la conocería a como diera lugar – ...eso parece.

Fin del Flashback.

– Yo tampoco esperaba verte de nuevo preciosa – Alan rodea de los hombros a la rubia, con galantería – tal vez tengas hambre, porque no dejas que te invite al restaurante más caro de la ciudad.

– Un momento Casanova, yo solo vine a una cosa – le extiende furiosa el certificado que la gran Patty le obsequio. Él lo toma y alza una ceja, mirándola serio – lo siento mucho querida mía, pero esto caduco la semana pasada.

Dios no puedo creer que este haciendo esto – oh sí que lo creería, después de todo, esto era por sus hijos. Calmándose a sí misma, Helga dio varias inspiraciones antes de proseguir – mira, en serio necesito fotos de estudio, sólo tengo hasta el lunes para entregarlas... – no quería demostrarlo, pero estaba desesperada – por favor.

El castaño bajo la vista hacia el papel y negando con la cabeza, lo hizo en mil pedazos delante de ella. Helga gimió bajo al ver esto y sus ojos se llenaron de ese brillo particular, que da el paso a las lágrimas.

Al ver esto, Alan sonrió y llevo sus manos a las rosadas mejillas de la pelirrubia, juntando sus frentes – Por ti hermosa, haré la mejor sesión de fotos que he realizado en toda mi vida... Gratis.

Sintiendo un gran alivio, Helga beso ambas mejillas de Alan, posterior a esto, lo abrazo de forma efusiva, provocando que él diera unos pasos hacia atrás – ¡muchas, muchas gracias Alan!

Ambos estaban tan felices en ese abrazo, que no se dieron cuenta de que el cabeza de balón lo había presenciado todo.

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ConTinUarA…

En el invernadero de la casa de huéspedes ha florecido esa extraña y peculiar flor, llamando la atención no solo a los padres y al propio Arnold, sino también a las personas que lo han estado vigilando desde México ¿que querrán hacer con él? ¿cual es el misterio que rodea esta flor de apariencia tan inocente? y lo peor de todo es que no solo lo van a estar cuidando a él, sino a la pequeña portadora de "el sol de medianoche"

Aparte de todo esto, Arnold a visto con ojos propios, como Alan se comporta con su rubia y por desgracia, esta pareciera "corresponderle" ¿cómo explicará esto Helga? ¿en serio se afrontará con Arnold para aclarar las cosas? ¿o lo usará a su favor?

Bueno amigos, me despido y una vez más, les agradezco la infinita paciencia que han tenido a este su fic, no dejen de ponerme su opinión por favor.

Ya ven Esgoher y Alexamili, lo prometido es deuda jaja :D.

MaRyMoRaNTe:)