LOS JUEGOS DEL HAMBRE

Es la hora.

Ya no hay vuelta atrás.

Los juegos van a comenzar.

Los tributos deben salir a la Arena y...

luchar por sobrevivir.

¡Que empiecen los septuagésimo cuartos juegos del hambre!

Una nueva versión de los Juegos del hambre. Todos los personajes y la historia pertenecen a Suzanne Collins. Solo esta historia es de mi invención.


PRIMERA PARTE: LOS TRIBUTOS

Capítulo 1

El bosque esta silencioso, como siempre. Tan solo se escuchan los suaves cánticos de los pájaros y el susurro de las hojas al agitarse a causa del viento. El paraje que se extiende ante mí es inmenso y bello. Y prohibido. Para llegar hasta aquí he tenido que infringir muchas normas; estaría penalizada con la muerte. Pero los agentes de la paz suelen hacer la vista gorda con tal de que en el Quemador haya carne fresca a la venta. Antes, ese lugar era un almacén donde se guardaba el carbón de las minas; hasta que se creó un sistema más efectivo para llevar el carbón a los trenes desde las minas, y fue abandonado. Con el tiempo, las personas del distrito doce hemos hecho de él un mercado negro. Necesitamos sobrevivir de alguna forma.

El distrito doce no es ni mejor ni peor que el resto de los distritos. Todos tenemos algo en común, y es la pobreza a la que estamos sometidos. Solo que esto no es ninguna novedad para alguien que viva en ellos. Manejados por el Capitolio, nos vamos hundiendo poco a poco en el fango.

Antes éramos trece; al menos hasta que llegaron los Días Oscuros, en donde los distritos nos unimos y rebelamos contra el poder. Pero seguían siendo poderosos. De los trece distritos, doce fueron derrotados y el decimotercero aniquilado. Todo esa guerra dio lugar a muchas desdichas, entre ellas los Juegos del Hambre, el castigo por intentar conseguir la libertad.

Sus reglas son muy sencillas: de cada uno de los doce distritos deben ser escogidos por sorteo un chico y una chica entre los doce y los dieciocho años; los llamamos tributos. Participan en los Juegos del Hambre, y deberían de estar orgullosos; lucharán por sobrevivir, matándose entre ellos hasta que solo quede uno vivo. El vencedor tiene la suerte de ser rico y famoso durante el resto de su vida. Aunque, no tiene tampoco nada de bueno ganar, ya que pierdes la oportunidad de llevar una vida normal. Siempre tendrás el remordimiento de haber matado a veintitrés jóvenes, tus hijos (si es que los tienes) estarán condenados a participar, o, al menos, que las probabilidades de que lleguen a ser tributos sean elevadas. Además, automáticamente, un ganador se convierte en mentor: otra cosa de la que estar orgulloso.

Hoy es el día de la cosecha, cuando seleccionamos a las tributos. Por esa razón, esta mañana, al salir de la casa, las calles de la Veta estaban vacías de mineros con hombros caídos dispuestos a bajar una vez más a las minas. Llamamos la Veta a la zona más pobre del Distrito 12, donde viven todos los mineros.

Camino hasta el tronco hueco de un árbol y saco de ahí mi arco y mis flechas. Es una rareza fabricada por mi padre, que murió en una explosión de las minas; aun hay noches en las que me despierto gritándole que corra.

El bosque es el único lugar donde puedo ser yo misma, hablar sin tener que medir mis palabras y sonreír como no lo hago en ningún otro lado. Subo por las colinas, cada vez más rápido, en dirección hacia un saliente rocoso con vistas al valle, un lugar perfecto para un encuentro.

Mi mejor amigo me espera allí: Gale.

Verlo allí, aguardando mi llegada, hace que sonría.

―Hola, Catnip.

En realidad me llamo Katniss, como la flor acuática a la que llaman saeta, pero, cuando se lo dije por primera vez, mi voz no era más que un susurro, así que creyó que le decía Catnip, la menta de gato. Después, cuando un lince loco empezó a seguirme por los bosques en busca de sobras, se convirtió en mi nombre oficial. Al final tuve que matar al lince porque asustaba a las presas, aunque era tan buena compañía que casi me dio pena. Por otro lado, me pagaron bien por su piel.

―Mira lo que he cazado.

Gale me enseña una hogaza de pan, atravesada limpiamente por una flecha. Ese pan, tan perfecto, de formas redondeadas y ligeramente tostado que solo puede salir de un lugar: la panadería.

―¿Cuánto? le pregunto; un pan así de bueno debe costar una fortuna.

―Tan solo una ardilla. El panadero estaba sentimental. Me ha deseado buena suerte.

―Prim nos ha dejado un queso.

Prim es mi hermana pequeña. Tan solo tiene doce años, y esta es su primera cosecha. Lady, su cabra, nos proporciona leche y queso fresco. No con la frecuencia que desearíamos; por eso, es un regalo muy especial.

Gale, que también sabe eso, lo admira.

―Gracias, Prim. Nos daremos un verdadero festín.De repente, se pone a imitar el absurdo acento del Capitolio. Lo escuchamos anualmente de Effie Trinket. ¡Casi se me olvidaba! ¡Felices Juegos del Hambre!Recoge unas cuantas moras de los arbustos que nos rodean. Y que la suerte... empieza, lanzándome una mora. La cojo con la boca y rompo la delicada piel con los dientes; la dulce acidez del fruto me estalla en la lengua.

―¡...esté siempre, siempre de vuestra parte!concluyo, con el mismo brío.

Tenemos que bromear sobre el tema, porque la alternativa es morirse de miedo. Además, el acento del Capitolio es tan afectado que casi todo suena gracioso con él.

Pienso en Gale y en la promesa que hace un par de años hicimos. Tan solo tenía catorce años, pero estaba muy segura de cuales eran mis prioridades. Por eso acepté.

Era un día muy parecido a este: hacía sol, las presas abundaban y al día siguiente sería el de la cosecha. Mi tercera cosecha; la quinta de Gale. Quizás fuera el miedo que sentíamos, o lo conscientes que éramos de las numerosas papeletas que había con nuestro nombre (las que nos correspondían más las que habíamos metido nosotros en la urna por voluntad con tal de conseguir comida), pero algo nos impulsó a prometernos algo que, la verdad, en esos momentos no parecía muy difícil de cumplir.

―Si mi nombre saliera en la próxima cosechamurmuró Gale dubitativo, ¿cuidarías de mi familia?

Pensé en Hazelle y los hermanos pequeños de Gale.

―Claro que sí. ¿Y tú de la mía?

Me sonrió, como pocas veces hacía, y mucho menos en esas fechas tan señaladas.

―Te lo prometo. Si uno de nosotros sale elegido en la cosecha, nuestra obligación será proteger a la familia del otro.

Y así surgió otro vínculo entre nosotros, porque la idea de que Gale no dudara en proteger a Prim era lo que me impulsaba a seguir reuniéndome con él cada día en los bosques.

Nos preparamos, tal y como dice Gale, un festín: rebanadas de pan untadas en el queso de cabra y hojas de albahaca. Alimentos lujosos que casi nunca podemos permitirnos.

El valle que nos rodea está rebosante de vida: verduras por recoger, raíces por escarbar y peces irisados a la luz del sol. Todo sería perfecto si a las dos no tuviésemos que estar en la plaza para el sorteo de los nombres.

―¿Sabes qué? Podríamos hacerlodice Gale en voz baja.

―¿El qué?

―Dejar el distrito, huir y vivir en el bosque. Tu y yo podríamos hacerlo.No sé cómo responder, la idea es demasiado absurda. Si no tuviésemos tantos niñosañadió él rápidamente.

No son nuestros niños, claro, pero para el caso es lo mismo. Los dos hermanos pequeños de Gale y su hermana, y Prim. Nuestras madres también podrían entrar en el lote, porque, ¿cómo iban a sobrevivir sin nosotros? ¿Quién alimentaría esas bocas que siempre piden más? Aunque los dos cazamos todos los días, alguna vez tenemos que cambiar las presas por manteca de cerdo, cordones de zapatos o lana, así que hay noches en las que nos vamos a la cama con los estómagos vacíos.

―No quiero tener hijosdigo.

―Puede que yo sí, si no viviese aquí.

―Pero vives aquíle recuerdo, irritada.

―Olvídalo.

La conversación no va bien. ¿Irnos? ¿Cómo iba a dejar a Prim? Y Gale está completamente dedicado a su familia. Si no podemos irnos, ¿por qué molestarnos en hablar de eso? Y, aunque lo hiciéramos..., aunque lo hiciéramos..., ¿de donde ha salido lo de tener hijos? Entre Gale y yo nunca ha habido nada romántico. Cuando nos conocimos, yo era una niña flacucha de doce años y, aunque él solo era dos años mayor, ya parecía un hombre. Nos llevó mucho tiempo hacernos amigos, dejar de regatear en cada intercambio y empezar a ayudarnos mutuamente.

Y, sí Gale quiere hijos, no va a tener problema para encontrar esposa; es guapo, lo suficientemente fuerte para trabajar en las minas y capaz de cazar. Muchas chicas susurran al pasar a su lado en el colegio, y está claro que lo desean. Me pongo celosa, pero porque no es fácil encontrar buenos compañeros de caza.

Hoy pescamos, recolectamos y cazamos, en ese orden. Al final del día tenemos una docena de peces, una bolsa de verduras y, lo mejor de todo, un buen montón de fresas.

Vamos al Quemador y cambiamos fácilmente seis de los peces por pan bueno y los otros dos por sal. Sae la Grasienta, una anciana que vende cuencos de sopa, nos compra la mitad de las verduras a cambio de un par de trozos de parafina. No es un buen cambio, pero nos esforzamos en mantener una relación estable con ella, ya que es la única que no lo pone pegas a la carne de perro salvaje.

Las fresas se las vendemos al alcalde. Cuando llamamos a la puerta trasera, nos abre Madge, su hija; está en mi clase del colegio. A pesar de que su padre es una persona importante del Distrito 12, ella suele ser reservada, igual que yo. Como no tenemos ningún grupo de amigas, solemos acabar siempre juntas en clase. Apenas hablamos, lo que nos va bien a las dos.

Gale y yo nos dividimos el botín, lo que nos deja con dos peces, un par de hogazas de buen pan, verduras, un puñado de fresas, sal, parafina y algo de dinero para cada uno.

―Nos vemos en la plazale digo.

―Ponte algo bonitome responde sin humor.

Mas tarde, exactamente a las dos en punto, estoy en la plaza, junto con los chicos de mi edad. Compartimos saludos tensos y silenciosos. En el escenario provisional hay tres sillas, dos de ellas ocupadas, por el padre de Madge y Effie Trinket, la acompañante del Distrito 12, recién llegada del Capitolio, con su aterradora sonrisa blanca, el pelo rosáceo y un traje verde primavera. Los dos murmuran entre si y miran con preocupación el asiento vacío. Miro a Prim, con el traje de mi primera cosecha, con los chicos de doce años. Para todos ellos es la primera vez, aunque lo hayan visto cientos de veces.

El alcalde sube al podio y empieza a leer; habla de la creación de Panem, enumera la lista de desastres, las sequías, las tormentas, los incendios... Después van los Días Oscuros, y del Tratado de la Traición, que nos concedió unos maravillosos Juegos del Hambre. También lee la lista de vencedores de nuestro distrito, que es escasa en setenta y cuatro años de juegos; tan solo dos vencedores, y solo uno sigue vivo: Haymitch Abernathy, un barrigón de mediana edad que aparece en ese momento tambaleándose, dejándose caer en la tercera silla. Está borracho, y mucho. Intenta abrazar a Effie Trinket mientras le aplaudimos por protocolo.

Ésta, cuando es presentada, sube al odio y nos saluda con su habitual ‹‹¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte!››

Al instante, localizo a Gale entre la multitud, y él hace lo mismo. Empiezo a pensar en las cuarenta y dos veces que aparece su nombre en esa gran bola de cristal. Es su ultima cosecha, ya que el próximo año tendrá los diecinueve y estará trabajando en las minas. Lo único en lo que puedo pensar es que espero que su papeleta no salga de la bola. Y quizá él esté pensando lo mismo sobre mí, porque se pone serio y aparta la vista.

‹‹No te preocupes, hay mil papeletas››, desearía poder decirle.

Ha llegado el momento del sorteo. Effie Trinket dice lo de siempre, ‹‹¡Las damas primero!››, y se acerca la urna con los nombres de las chicas. Mete la mano, y antes de que lo lea solo puedo desear que no sea yo.

―Primrose Everdeen.

El nombre de mi hermana, que tan solo tenía una papeleta metida en la urna, resuena en mi mente. ¡Una entre un millón! ¡Por eso no me había preocupado mucho por ella! Sin duda alguna, la suerte no está de nuestra parte.

Pero sigo sin poder reaccionar, y cuando pasa a mi lado en dirección al escenario, tomo posesión de mis acciones y me abro paso a empujones.

―¡Prim!grito mientras me encamino hacia ella. ¡Me presento voluntaria!vuelvo a gritar con voz ahogada. ¡Me presento voluntaria como tributo!

Está permitido, pero aquí, en el Distrito 12, donde la palabra tributo y la palabra cadáver son sinónimas, han ido desapareciendo los voluntarios. En otros distritos, donde es todo un honor participar en el concurso, es muy difícil que se acepten los voluntarios.

―¡Espléndido!exclama Effie Trinket. Pero creo que queda el pequeño detalle de presentar a la ganadora de la cosecha y después pedir voluntarios, y, si aparece uno, entonces...

―¿Qué más da?interviene el alcalde. Deja que suba.

Prim está gritando como una histérica detrás de mi, me rodea con sus delgados bracitos como si fuese un torno.

―¡No, Katniss! ¡No! ¡No puedes ir!

―Prim, suéltamedigo con dureza, porque la situación me altera y no quiero llorar. ¡Suéltame!

Noto que alguien tira de ella por detrás, así que me vuelvo y veo a Gale, que levanta a Prim del suelo, mientras ella forcejea en el aire.

―Arriba, Catnipme dice, intentando que no le falle la voz; después se lleva a Prim con mi madre. Yo me armo de valor y subo los escalones.

―¡Bueno, bravo!exclama Effie Trinket, llena de entusiasmo. ¡Éste es el espíritu de los Juegos! ¿Cómo te llamas?

―Katniss Everdeenrespondo, después de tragar saliva.

―Me apuesto los calcetines a que era tu hermana. No querías que te robase la gloria, ¿verdad? ¡Vamos a darle un gran aplauso a nuestra último tributo!canturrea Effie Trinket

Pero ninguno de los presentes aplaude, sino que, uno a uno, poco a poco, todos levantan los tres dedos centrales de la mano izquierda, se los llevan a los labios y después me señalan con ellos. Es un gesto muy antiguo (y poco usado) de nuestro distrito que a veces se ve en los funerales; es un gesto de dar las gracias, de admiración, de despedida a un ser querido.

Mientras Haymitch vuelve a hacer el ridículo sobre el escenario despotricando contra el Capitolio ante las cámaras, miro hacia delante y veo las colinas donde Gale me propuso huir esta mañana. Sé que hice lo correcto al negar la propuesta, porque, ¿quién se habría presentado voluntario en el lugar de Prim?

Pero si hubiéramos huido tiempo atrás con nuestra familia... ¿dónde estaríamos ahora?

―¡Qué día tan emocionante!exclama Effie. ¡Pero todavía queda más emoción! ¡Ha llegado el momento de elegir a nuestro tributo masculino!

Avanza a la bola de los chicos. Coge la primera papeleta que encuentra, vuelve rápidamente al podio y yo ni siquiera tengo tiempo para desear que no sea el nombre de Gale. Peeta Mellark.

¡Peeta Mellark!

‹‹Oh, no. Él no.››

Pero antes de que Peeta de un solo paso, una mano se alza entre la multitud de chicos y camina decididamente hacia el escenario.

―Me ofrezco voluntario para ser el tributo masculinodice Gale en el silencio que se ha formado entre la multitud. Porque nos conocen, porque saben que somos amigos y les aterroriza la idea de que nos tengamos que enfrentar a muerte en la Arena; o, al menos, sienten temor de que no volvamos para proporcionarles más carne. Los dos cazadores de la Veta, cazados por el Capitolio.

‹‹¿Qué has hecho, Gale?››, pienso horrorizada mientras se sitúa a mi lado. ‹‹¿Que has hecho?››


En este capítulo habréis visto similitudes con el libro (por no decir casi todo, jeje). No quería cambiar nada, a excepción del final. De aquí en adelante serán muy distintos, comparados con el libro; aunque seguirá habiendo cosas que no cambien, como los trajes de las entrevistas, los tributos...

Gracias por leerlo, dejen Reviews para saber su opinión y si debería continuar o no con la historia.

Amanda Stryder Hawthorne.