Traducción del genial fic Buried Alive, escrito por la también genial Bonomania.

Los personajes pertenecen a J.K. Rowling, la historia a su autora original, y a mí sólo me resta adjudicarme el tiempo y el esfuerzo para adaptarlo a nuestro idioma.

Disfrútenlo =)


O-o ENTERRADO VIVO o_O

El teléfono había estado sonando todo el día. Tío Vernon estaba desesperado, tía Marge estaba enferma y Harry había trabajado sin molestar a su tío. El ambiente era tenso y pese a su nerviosismo, era más la preocupación de que eventualemente sería el receptor del estado de ánimo del hombre.

Esa mañana le había dado a Harry su lista de deberes y le exigió seguir con ella y permanecer fuera de su camino. Todo era normal entonces. Harry trabajó en silencio, sabía que era rápido y eficiente, y sobre todo, sabía mantenerse alejado. Sí, un enfrentamiento con tía Petunia a menudo lo dejaba con dolor de cabeza, pero siempre era mejor que no recibir comida o algunos golpes de un puño fuerte.

Las llamadas comenzaron a llegar al mediodía. Harry se quedó en la cocina, limpiándola, pero se detuvo de su friega vigorosa cuando escuchó la tensa voz de su tío:

—¿Ella está bien?… ¿Qué es lo que tiene?… ¿Qué no puedo…? ¡Soy su hermano de sangre, por el amor de Dios!

Debía ser sobre tía Marge, pensó Harry, y seguramente era algo malo porque la voz de Vernon parecía ansiosa.

—¿Está bien…? Sí, sí, por supuesto.

Su tío colgó el teléfono y Harry volvió rápidamente a la limpieza. Escuchó los pesados pasos entrando en la cocina y sus hombros se tensaron, pero se obligó a mantener la cabeza baja sin interrumpir la labor de sus manos.

De pie junto a Harry en el fregadero, Vernon tomó una copa de la estantería y la metió bajo el grifo. A medida que llevaba el vaso de agua a sus labios, Harry pudo ver por el rabillo del ojo la temblorosa mano de su tío. Estaba muy pálido. En ese pequeño lapso, le pareció más humano que nunca.

¡Merlin! Harry pensó que incluso la mirada fría se ensombrecía. Se detuvo a medio fregar. El silencio era abrumador. Todo en la mente de Harry le dijo que mirara hacía otro lado y fingir que no había visto nada, su miedo o esperanza, o algún otro tipo de emociones torcidas.

—¿Qué, muchacho?— inquirió tío Vernon con la voz entrecortada.

Harry tragó saliva y abrió los ojos desmesuradamente. Negó con la cabeza.

—¿Tú lo hiciste, verdad?— dijo su tío no muy convencido de sus propias palabras.

Harry permaneció en silencio. ¿Qué debo hacer? Su mente voló a un territorio desconocido. Por lo general su tío siempre era seguro de sí mismo, pero después de esa llamada teléfonica parecía casi asustado.

—Tú, siempre tú—. La voz de tío Vernon se estremeció, y miró hacía otro lado por un instante, liberando a Harry de su mirada intimidante—. ¡Dejaste alguna de tus rarezas en ella ese día, chico!

La copa en la mano de Vernon fue lanzada precipitadamente bajo el fregadero, rompiéndose en pedazos.

Harry se estremeció y se puso derecho. El corazón le latía en silencio en el pecho y el último véstigio de su atención se centró en las extremidades de su tío, con temor de que de pronto se pusieran a trabajar en él. No, no podía evitarlo, pero al menos podía intentar protegerse.

—¡Marge está enferma y todo es tu culpa!— gritó tío Vernon poniéndose rojo—. ¡Tú y esa maldita escuela tuya!—. Una de sus manos sobresalía, como si fuera a agarrar a Harry de la camiseta, pero el sonido estridente del teléfono rompió el incremento de su ira. Sin pensarlo un segundo más se apresuró a contestar la llamada.

Harry se apresuró a limpiar la suciedad restante de la cocina antes de guardar todo y subió a encerrarse en su habitación.

Las llamadas siguieron llegado. Harry pegó su oído en la puerta de su dormitorio. Amigos y vecinos de tía Marge, uno tras otro, parecían llamar para hablar con su tío sobre la enfermedad de su hermana, o para preguntar cómo estaba él. Entre llamada y llamada, los pasos de Vernon se oían en el rellano de un lado para otro de la planta baja.

Dudley y Tía Petunia habían salido de compras durante todo el día, y a pesar de que su tío había intentado llamar varias veces, Harry supuso que simplemente no lo había conseguido y ahora esperaba que llegaran a casa.

Eran las tres cuando Dudley entró saltando por la puerta con bolsas de compras en los brazos.

—¡Llévalas arriba, Duddinkis!— escuchó Harry gritar a tía Petunia.

—¡Petunia! ¿Dónde has estado? ¡He intendo llamarte por horas!

—Sabías que saldríamos de compras, Vernon… ¿Vernon? ¿Qué pasó?

—Marge está enferma, Pet. No me han dicho qué es lo que tiene, sólo que está muy mal. He empacado un poco de ropa en una maleta…

—¡Vernon, no podemos irnos! Sabes lo que esa gente dijo sobre el muchacho… ¡La protección!

—¡Olvídate del chico, Marge nos necesita!— gruñó Vernon antes de gritar: —¡Dudley, trae aquí abajo tu game boy y un par de zapatos!

Harry, al percatase que estaban planeando irse sin él abrió la puerta de la habitación, pero fue empujado con violencia hacía el interior por Dudley, que iba gimiendo.

—¡Pero estoy cansado! Acabamos de llegar a casa.

—Tu tía Marge está enferma, Dudders— le dijo tía Petunia con dulzura—. Iremos a verla.

Harry cogió las gafas del suelo y se aferró a su cama para recuperar el equilibrio. Cuando Dudley voló por la puerta de su habitación otra vez, con el game boy en la mano, Harry lo siguió por las escaleras. Tía Petunia se afanaba en bajar las cortinas y cerrar todas las puertas y ventanas. Tío Vernon se colocaba el abrigo sobre los enormes hombros.

—¿Tío Vernon?— dijo Harry con cautela.

—¿Qué demonios quieres?

Harry dio un paso atrás, pero se esforzó por mantener la voz segura.

—No pueden irse sin mi… ¿Qué pasará con las protecciones?— dijo mientras se encogía.

Vernon no le hizo caso y le entregó la maleta a Dudley.

—¿Tía Petunia?— le habló Harry, preocupado.

Por un segudo, pensó que la expresión de su tía era de disculpa, pero rápidamente volvía a estar encolerizada. Harry habría jurado que ella estaba a punto de decir algo, pero Vernon intervino antes de que se diera la oportunidad.

—Petunia, Dudley, tomen el coche. Iré en un minuto.

Ella le miró con recelo, pero hizo lo que se le ordenó sin darle a Harry más que un vistazo rápido antes de salir.

Cuando sonaron las puertas del coche cerrándose, Vernon dio un paso hacía Harry, con expresión amenzanante. Inclinándose, señaló con un dedo tembloroso el rostro de su sobrino.

—Escúchame, muchacho. Tú lo hiciste, sabes que lo hiciste. ¡Ahora regresala a la normalidad!

—T-tío Vernon, yo no fui ¡Lo juro!

El agudo sonido de una bofetada resonó en el aire antes de que Harry sintiera el escozor que se extendió por su mejilla.

—¡No me vengas con eso, muchacho estúpido! Ella no ha estado bien desde ese día, lo sé.

—Eso fue un accidente. Nunca quise… ¡Han pasado casi tres años! No pude haber sido yo ¿no te das cuenta?—. Por un instante, la cara de tío Vernon pareció dolida. Harry vio las líneas de su frente y se percató de lo preocupado que el hombre debía estar—. Sé que estás preocupado por ella, es tu hermana, es de la familia. Sólo… por favor, tío Vernon, si se van…

Sin previo aviso, el dorso de la mano de Vernon se estrelló contra la cara de Harry, tirándolo al suelo. Las gotas de sangre comenzaron a salir de su nariz. Con las gafas torcidas, miró hacía arriba temoroso, pero la expresión en la cara de su tío lo tomó desprevenido: sus ojos eran un remolino de dolor, molesta preocupación y, Harry estuvo seguro por un momento, un atisbo de remordimiento. En ese instante, a pesar de lo ocurrido, sintió un poco de pena por el hombre.

—¡Levántate, muchacho!—. Cuando Harry no intentó levantarse, una enorme mano salió disparada agarrándole el hombro de la camisa. Harry intentó safarse cuando Vernon lo arrastró escaleras arriba, pero el hombre lo ignoró—. ¡Podrías haberlo hecho! ¡Podrías haber obedecido!—. En la parte superior de las escaleras, Harry se agarró al barandal, pero Vernon le zafó la mano —¡Podrías haberlo evitado!—. Vernon empujó a Harry hasta el final del pasillo— ¡Pero siempre has de ser…—, lanzó a Harry a su cuarto— difícil!

Harry trató de levantarse de inmediato, pero Vernon levantó el puño en señal de advertencia. Rápidamente cerró la puerta y sacó un juego de llaves de su bolsillo. Harry sabía que estaba a punto de ser encerrado; como en cámara lenta, la puerta se cerraba lentamente, llévandose poco a poco la luz del corredor. Lo último que vio antes de que la puerta se cerrara completamente fue el poco peculiar aspecto en el rostro de Vernon. El hombre había dudado.

Todo lo que Harry podia pensar era en su varita. Estaba encima de su escoba, abajo, en la alacena bajo las escaleras. Se escuchó el sonido de la puerta principal cerrándose y un escalofrío recorrió su espalda. Era sólo cuestión de tiempo, pensó. Las protecciones no estaban. Sólo esperaba que la Orden del Fénix llegara antes que los mortífagos.


En cuestión de segundos, Harry se percató de que era inútil tratar de forzar la puerta. Sin su varita no era nada, no era fuerte. La puerta apenas se movió cuando trató de empujarla con todo su peso. No tenía reloj en su cuarto, y su tía por lo general le señalaba la hora cuando lo llamaba para hacer el desayuno. El sol se ocultaba rápidamente y todo lo que Harry podía hacer era pasar de estar tenso a mirar agitado a través de la ventana. Estar encerrado en su habitación no era tan terrible como lo habría sido la alacena, así que pudo haber sido peor. Agradecía al menos que su tío no hubiera pensado en ello. El extraño silencio, sin embargo, de la casa vacía le hizo sentirse más aislado de lo habitual. Pero lo peor de todo era la ansiedad. Sabía que algo tendría que suceder ahora que los Dursley se habían ido y él no podría seguir soportando la espera.

Cuando se sentó rígido en su cama, su estómago gruñó sonoramente, recordándole que no había comido nada desde la rebanada de pan tostado en el desayuno.

No tenía comida, no tenía agua. No tenía varita mágica. No había nada que le protegiera. Pensaba todo esto como si una bludger le picara la cabeza. "No hay necesidad de las protecciones si no tengo nada para mantenerme vivo" Se burló mentalmente de sí mismo con resignación, resultaba casi difícil de creer la situación en la que de repente se vio envuelto. Una vez más, los problemas lo habían encontrado. "Me encataría que Snape me viera ahora" pensó con rabia. Arrugó la nariz sintiéndo la sangre seca.

La siguiente hora transcurrió sin incedentes. Harry miró su álbum de fotos y se imaginaba estar con su mamá y su papá. A medida que el sol se ponía en el horizonte, esperó que Hedwing regresara, pero no era tan factible cuando apenas el día anterior la había envíado a la Madriguera. Con nada más qué hacer, se tendió en su cama y se quedó allí, con los oídos muy abiertos para detectar cualquier cosa extraña. Su habitación era iluminada sólo por la leve luz de la farola de afuera. En cuestión de minutos sus ojos se cerraron y el silencio fue roto por sus suaves ronquidos.


Había soñado con Sirius, pero no una pesadilla. No, esto era peor, porque se trataba de un sueño feliz e hizo que se entristeciera por tener que levantarse, el día había sido tan malo que sólo podía estar triste de seguir vivo.

Al principio, no supo lo que lo despertó. Sólo sabía que estaba despierto y que no había sido tía Petunia la causante, como era habitual. Se llenó de temor mientras se sentaba abruptamente, esperando que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Su respiración se aceleró. Allí estaba. El sonido familiar de una Aparición.

Crack.

Crack.

Crack.

No escuchó voces en un primer momento, por lo que no sabía si sentirse aliviado o temeroso por su vida. Estaba atrapado y el pesamiento de verse en una situación de peligro cayó sobre él como una tonelada de ladrillos. No podía salir, pero otras personas —los que se había aparecido— podían entrar. Así que hizo lo único que estaba a su alcance: se escondió. Tiró de la tabla suelta en el piso, agarró la capa de invisibilidad y se la puso encima. Se colocó debajo de la cama con el cuerpo pegado contra la pared del fondo, esperaba fundirse con la oscuridad y que eso fuera suficiente.

Se mantuvo tan quieto como pudo y escuchó el crujido de la puerta principal mientras se abría.

—No hay luces encendidas. Te dije que no había nadie en casa. Las protecciones cayeron. No conoces a los Dursley.

Harry no reconoció la voz, era grave y, definitivamente, nada agradable.

—¿Acaso te importa el chico, Gable? ¡Mírate! Pequeño idiota. Podrían estar esperando para abalanzarse sobre nosotros.

Harry se puso tenso. Definitivamente no son de la Orden, pensó. Inconscientemente se echó hacía atrás bajo la cama.

—¡Tanquilos los dos!— susurró alguien más. Su voz era familiar—. No se olviden de las órdenes del Señor Tenebroso: Si Potter no está aquí, averiguar dónde lo han metido. Y entonces… disponer de ésta casa y asegurar que no pueda volver—. Harry se encogió. Lucius Malfoy. Podría reconocer el tono pomposo en cualquier parte—. Ellos no pueden salvaguardar un lugar que no existe.

Las voces volvían a escucharse a medida que buscaban en cada habitación de la planta baja. El corazón de Harry latía a toda prisa cuando la voz de Lucius Malfoy volvió a escucharse:

—Dolohov, revisa el jardín. Gable, las escaleras.

Con el sonido de fuertes pasos acercándose, Harry rezó por la intervención divina.

Qué venga la señora Figg, que alerte a la Orden ¡Alguien, por favor!

Pudo escuchar entonces a Gable murmurar pasa sí mismo.

—Maldito Malfoy, puedes hacerlo tú mismo, grandisímo engreído—. Se detuvo. Una pequeña luz azulada brillaba a través del resquicio de la parte inferior de la puerta de la habitación de Harry, un lumus— ¡Miren nada más!— exclamó el mortífago jugueteando con la cerradura—, algo ocultan aquí, seguro—. Harry se preguntó brevemente por qué el hombre no se limitaba a abrir la puerta él mismo. Tal vez Dolohov tenía razón, Gable le tenía miedo— ¡Sube, Malfoy!

De pronto, más sonidos de pisadas corriendo por las escaleras se escucharon y Harry pensó que se enfermaría de la ansiedad.

Pero antes de que llegaran a la habitación, se escucharon varios "crack" de personas apareciéndose, algunos más ruidosos que otros. Se oyó una comnoción en las escaleras y Gable gritó llenó de pánico:

—¡Es Dumbledore! ¡Y trajó a su pequeño ejército con él!

El corazón de Harry dio un vuelco. ¡Habían llegado! ¡Lo salvarían!

Los mortífagos corrieron escaleras abajo y vieron al otro grupo acercarse.

—¡Destruyan la casa!— ordenó Malfoy apuntando con su varita la cocina.

—Esto me mantendrá ocupado— se burló Gable de sí mismo— ¡Incendio!

El hechizo se repitió en las voces de Malfoy y Dolohov.

El fuego no tardó en propagarse. Cuando las llamas fueron demasiadas, Dolohov y Gable desaparecieron. Malfoy, vengativo, tiró las cortinas del salón, revelándose a sí mismo a los aurores y miembros de la Orden que estaban en el exterior y se burló en la cara de Dumbledore. Cuando los adornos detrás de él comenzaron a ser destruidos violentamente por el fuego, desapareció rápidamente dejando una nube de humo negro.

—¡FUEGO!— gritó alguien afuera.

Harry estaba distraído por las volutas de humo gris que serpenteaban por el resquicio bajo la puerta. Sólo había fuego, hasta ahora, en la planta baja; lo sabía porque no se veía todavía un resplandor naranja, pero él seguía atrapado. No sabía qué hacer. No podía salir incluso si quisiera. Los Dursley habían puesto de nuevo las barras en la ventana y no podía hacer magia sin varita todavía. Esperaba tener un lapso de magia accidental, pero no había tenido ninguno desde que infló a tía Marge.

Tía Marge. Por un instante, Harry se encontró a sí mismo preocupado por su familia, preocupado por si los mortífagos iban tras ellos. Tenía que salir. Necesitaba asegurarse de que estaban a salvo, tenía que decirle a alguien que fuera a cuidar de ellos.

Se sacó la capa y comenzó a rodar bajo la cama para salir, pero comenzó a toser por el humo gris que se alzaba en negro, rodado como ondas a través de cada grieta en la puerta, aumentando en el techo.

De pronto, Harry escuchó la asustada voz de Remus Lupin.

—¡Harry! ¡Cachorro!— gritó el hombre desde el exterior.

Un crujido estridente reveló que el fuego crecía. Un tremendo calor parecía estar llenando la habitación. Harry estaba seguro de que podía sentir el picor en su pecho en contacto con el suelo. Podía escuchar lejanamente los encantamientos Aguamenti, reconóciendo algunas voces y otras no. El sonido del agua salpicando era tranquilizador.

Un momento después, la voz de Lupin se escuchaba en las escaleras, y Harry supo que había logrado entrar a la casa.

—¡Harry! Cachorro, ¿dónde estás?

Harry se mantuvo en el suelo, intentando no respirar el humo, pero no funcionaba. ¡Tenía náuseas y el suelo estaba tan caliente! Era una tortura tratar de respirar.

—¡Potter!

¿Qué…? No, no podía ser.

—¡Harry!— le gritó Lupin ya con la voz ronca.

—¡Remus!— trató de responder, pero sólo sonó como un ronco susurro.

¡Aguamenti!— escuchó a Remus.

Por un momento, Harry dejó de preocuparse por sí mismo y la preocupación se centró en la gente que arriesgaba su propia vida para salvarlo.

Sin saber lo que hacía, trató de no respirar el humo y se retorció para encontrar la manera de salir de debajo de la cama. Reptó hacía la puerta ayudándose con los manos mientras el piso crujía bajo su peso, trató de ser todo lo fuerte que podía. Un momento después lo escuchó.

—¡Lupin!— gritó la conocida y profunda voz.

¡Es él! ¡Snape! pensó Harry, reconocería esa voz de barítono en cualquier parte.

—¡Está arriba!

Harry dio un paso atrás con la fugaz sensación de esperanza envólviendole el cuerpo. Intentó toser todo el humo que había inhalado. Las pisadas se hicieron más fuertes.

—¡Harry!— llamó Lupin, y por un segundo, con esa voz tan cerca, Harry se olvidó de no respirar y dio un paso adelante ansioso.

Snape y Lupin apenas tuvieron tiempo de retirar las cerraduras de la puerta antes de que la casa crujiera espeluznantemente. Todo el edificio se desplomó repentinamente.


A pesar de que el fuego se extinguía, la casa parecía roca fundida. El sonido de las paredes cayendo a su alerededor resonaba en sus oídos y lo único que Snape y Lupin podían hacer era ponerse a cubierto en la alacena bajo las escaleras. Snape tenía la esperanza de que la vieja teoría era cierta: el lugar más seguro para esconderse siempre era bajo las escaleras.

Incluso cuando parecía que el fuego se había calmado, el traqueteo de los cimientos de la casa indicaba que algo se venía abajo. Todo lo que podían hacer era sentarse, esperar y tener la esperanza de que Harry estuviera bien.

Snape susurró rápidamente un Anapneo para desobstruir sus vías respiratorias y las de Lupin; se pateó mentalmente por no pensar bien bajo presión y le indicó a Lupin que hiciera un encatamiento casco-burbuja en él y pronto lo hizo para sí mismo, con el fin de respirar comódamente. Esperaron hasta que el humo se disipó.

Lumos— dijeron al mismo tiempo.

Con la casa libre de fuego y humo, se pudo escuchar el vozarrón de Dumbledore llamándolos. Con cautela abrieron la puerta de la alacena, Snape lanzó un Patronus para informarle al director que estaban bien. La última cosa que quería hacer era gritar cuando la casa se encontraba en un estado bastante precario. Una vez fuera de la alacena Snape miró alrededor; era un desastre. Todo estaba, si no consumido por el fuego, cubierto de polvo o derrumbado en el suelo. Señaló las escaleras, era lo único intacto. Comenzó a subir con cuidado, pero se percató de que Lupin no lo seguía. Estaba a punto de hablarle, pero el otro hombre tenía una expresión de confusión en el rsotro. Regresó sus pasos y vio lo que el otro miraba. Los dedos de Lupin recorrieron unas palabras talladas en el interior de la puerta: "Habitación de Harry". Snape estaba tan confundido como Lupin, pero aquello no era su prioridad.

—Vámos, Lupin, debemos encontrar a Potter— le dijo en voz baja.


Sus pies estaban firmemente en el suelo, y un momento después cayó sin gracia con un sonido ensordecedor. Se estrelló en el suelo con un fuerte golpe. Jadeó e intentó respirar, pero el humo y el polvo llovían sobre él. A su alrededor escuchaba las ráfagas de cosas derrumbandose, de cristales rotos y el débil sonido de voces en el exterior, diferentes a los ruidos del derrumbe.

Trató de incorporarse desorientado y confundido, pero otro ataque de tos lo envió de nuevo al suelo. Cuando la tos cedió, trató de recuperar el aliento una vez más, escuchando las consoladoras voces de afuera. A pesar de que sus gafas estaban rotas y deformes, miró el agujero por encima de él. Pudó distinguir su dormitorio y llegó a la conclusión de que el suelo de su habitación había colpasado sobre la cocina, llevándoselo en el proceso.

Sentió pánico sin embargo cuando, incluso a través de las destrozadas gafas, divisó una oscura grieta formada en el techo de lo que solía ser su habitación. Bastante seguro de que no eran sus ojos jugándole una mala pasada, veía cómo la grieta se hacía cada vez más grande. La pintura despegada caía sobre su cara como pequeños copos de nieve. Podía oir cómo crujia mientras la grieta se iba extendiendo por todo lo ancho del techo. Pequeñas grietas adyacentes aparecieron de repente, y entonces oyó un un ruido tremendo y de inmediato se giró para impulsarse fuera de peligro, pero fue demasiado lento.

Su respiración entrecortada fue lo último que escuchó antes de que el techo se viniera abajo justo encima de él.


—Harry— dijo Lupin den voz baja.

Siguió a Snape por las escaleras, pero el primero se detuvo haciéndo un gesto a Lupin para que no hiciera ruido. Esta vez, Lupin también lo escuchó. Una tos muy débil, pero ahí estaba.

—Por aquí— dijo Snape, pasando a Lupin mientras se dirigía a la cocina.

Todo estaba reducido a escombros. El polvo comenzaba a asentarse, pero la estancia aún estaba nublada. Una de las paredes de la cocina se había derrumbado también, dejando al descubierto el jardín trasero, o al menos lo que podría considerarse como tal a través del polvo. El resto de la cocina no era más que escombros carbonizados, un lío entre negro y marrón.

Su corazón se oprimió cuando levantó la vista y vio que el techo había colapasado. Echó un vistazo rápido a Lupin, que estaba a su lado, y se dio cuenta de que sentía por dentro la misma cantidad de miedo que se reflejaba en rostro de su acompañante. Era tanto temor que no se atrevieron a moverse a través de los escombros.

—Potter— llamó al fin Snape—. Poter, ¿estás aquí?

Un pequeño gemido se dejó escuchar, pero Snape lo oyó. En ese momento, toda racionalidad abandonó a los dos hombres y frenéticamente se dirigieron hacía el sonido. Por el rabillo del ojo lo distinguió: los dedos de Harry eran la única parte visible de él. Era lo único que no estaba enterrado bajo los escombros.

¡Merlin! Los ojos de Snape se abrieron como platos.

—Harry— dijo Lupin entrecortadamente. Se abalanzó hacía adelente y comenzó a excavar quitándo las rocas, pero la firme mano de Snape en su hombro le detuvo— ¡Severus, por favor! ¡Ayúdame a sacarlo!

—¡Escúchame, Lupin! Ve a ver al director y dile que necesitamos sanadores y rescatistas entrenados—. Lupin fue a hablar, pero Snape lo interrumpió—. Lupin, rescatistas entrenados, ¡ellos conseguirán sacarlo! Necesitamos fortalecer los encantamientos protectores sobre la casa antes de que podamos mover nada.

—Quédate con él, Severus.

—Ve, Lupin—. El tono no dejaba lugar a la discución.

Lupin se precipitó fuera del escenario y Snape pudo oírlo gritarle a Dumbledore incluso antes de que saliera de la casa. Buscó de nuevo con la mirada los dedos polvosos de Harry sobresaliendo de los escombros, se arrodilló e inclinó su rostro hacía dónde debía estar la cabeza del chico.

—Potter, todo está bien, te hemos encontrado; necesito que me escuches. Tienes que hacer un sonido, cualquier cosa que puedas…—. Snape escuchó atentamente, pero no oyó nada. Se le secó la boca y su corazón se aceleró involuntariamente—. Potter, si me escuchas dame una señal.

Cualquier cosa, pensó Snape ansiosamente. Nada en absoluto. De pronto sucedió: los dedos del muchacho se flexionaron débilmente. Snape vio cómo se cerraban un poco y luego se extendían, como si Harry quisiera llegar a él.

—Eso es Potter. La ayuda está llegando— aseguró Snape, encontrado que era muy difícil mantener animadversión alguna por alguien que atravesaba algo tan grave. Al ver al niño atrapado… enterrado vivo, no pudo evitar las punzadas de preocupación que tiraban de sus entrañas. Sin mencionar la preocupación del por qué las protecciones de sangre habían desaparecido. Se percató de que muchas cosas estaban fuera de lugar apenas puso un pie en la casa. Fuera lo que fuera, Harry estaba en medio de ello…, Snape se movió para tomar los dedos del muchacho con una mano cuando Lupin se precipitó de nuevo en la estancia, seguido de un pequeño equipo de magos y el propio Dumbledore.

Snape se echó atrás, avergonzado por un momento, era demasiado orgulloso para ofrecer al niño un pequeño consuelo. Se puso de pie y permitió que Lupin tomara su lugar; vacilante, éste se apoderó de los dedos de Harry y el muchacho regresó el apretón debilmente. El rostro de Lupin mostró alivio y le susurró unas palabras de consuelo al chico, palabras que hicieron eco en el interior de Snape y provocó que respirara pesadamente.

—Severus, mi muchacho.

Snape se volvió y se encontró mirando fijamente el triste rostro de Dumbledore. La mirada del anciano mago, sin embargo, se dirigía ya a la escena entre Lupin y aquél que sólo podía asumir era Harry. Snape carraspeó con el fin de recuperar la atención de Dumbledore.

La voz del director era suave, profunda.

—Los aurores han lanzado hechizos desilusionadores por el momento. A algunos de los vecinos muggles de Harry tuvieron que modificarles la memoria, pero por lo demás, no saben nada. Los equipos de rescate están lanzando encantamientos para fortalecer la casa, aunque por ahora parece estar estable.

—¿Qué hay con los sanadores?— preguntó Snape, tratando de no sonar impaciente.

—El equipo de rescate son todos entrenados sanadores, Severus— señaló Dumbledore a tres hombres que evaluaban los escombros y se apresuraban a iluminar la estancia. Uno estaba en cuclillas, mientras le decía a Lupin que mantuviera despierto a Harry todo el tiempo que pudiera—. Tienen que sacar a Harry de la manera muggle, con las varitas nada pueden hacer más que sanarlo—. Ante la mirada incrédula de Snape, Dumbledore continuó hablando—. No sabemos el alcance de las lesiones de Harry, Severus; un movimiento en falso, un hechizo equivocado, podría provocarle un daño irreparable. El sanador Thompson es un miembro distinguido de la Orden… Sabe todo lo que sabemos nosotros, hará todo lo que esté en sus manos por Harry. Confío en él.

Espero que sí, pensó Snape. Asintió con la cabeza antes de mirar decididamente a Dumbledore a los ojos.

—Dile que lo ayudaré. En lo que necesite.


Los miembros del equipo de rescate sudaban. Manos cubiertas de ceniza y polvo trasladando yeso roto y ladrillo poco a poco. Lupin apenas se había movido, hablando suavemente y tomando la mano de Harry como si fuera a desmorornarse si se soltaba.

La túnica externa de Snape hacía tiempo que estaba tirada a un lado, tenía las mangas de la camisa arrugadas hasta los codos. El único consejo del sanador Thompson fue que anduviera con cuidado.

Trabajaba estrátegicamente cerca de Lupin, pronto fue descubierto el desnudo antebrazo del chico, lleno de arañazos sangrientos y la piel estropeada. Snape y los rescatistas trabajaban sin descanso y cuándo Severus quitó un bloque de ladrillo especialmente grande, los ojos de Lupin brillaron.

—¡Harry!— exclamó apretando la mano del muchacho.

Snape se deshizo rápidamente de los escombros más pequeños, arrojándolos bruscamente tras él. Se formó un nudo en su garganta al descubrir el cuello y la cabeza del niño. La sangre que goteaba de la nariz de Harry era desconcertante, al igual que la sangre en su cabello. La mejilla izquierda estaba apoyada en el suelo, las gafas torcidas y estrelladas yacían a unos centímetros de su cara, cubierta de esquirlas de ladrillo. Uno de sus ojos ya lucía un negro moretón.

—Vámos, Harry—. Lupin se inclinó hacía adelante—, soy yo, Remus. ¿Puedes mirarme?

Los ojos de Harry, sin embargo, permanecieron cerrados, aunque seguía aferrando débilmente con sus dedos a la mano de Lupin.

Agachándose hasta el nivel de Lupin, Snape compuso su mejor y más severa voz y gritó:

—¡Potter! ¡Potter, abre los ojos!—. Segundos más tarde, el rostro de Harry se contrajo, sus ojos se agitaron—. Eso es, Potter. Abre los ojos.

Un débil gemido escapó de los labios del chico. Lentamente sus párpados se abrieron y miró por las rendijas que eran sus ojos empañados hacía Snape y Lupin; respiró hondo e intentó abrirlos más, pero se arrepintió al instante, un gran dolor lo atravesó. Apretó los ojos y un inquietante ruido escapó de su garganta.

—Harry, Cahorro, cálmate— le susuró Lupin.

—Abre los ojos, Potter. Tienes que mantenerte despierto, ¿de acuerdo?—. Los ojos de Harry se abrieron de nuevo y se llenaron de lágrimas—. Lupin, necesito que lo mantengas despierto. Sigue hablando con él, obligalo a responder— le ordenó— ¡Thompson!— gritó antes de ponerse en pie.

El sanador Thompson parecía presionado. Los otros miembros del equipo de rescate cavaban entre los escombros a su alrededor; Snape observó cómo el sanador traía una gasa en la mano mientras la presionaba contra lo que descubrió era la pierna de Harry. Hizo todo lo posible para no mostrarse afectado, pero casi podía sentir la palidez de su rostro.

—Es Potter— dijo, aclarándose la garganta—. Está despierto, tiene movimiento en los dedos de su brazo derecho y parecer responder cuando le hablo; también tiene una herida en la cabeza…

—¿Qué tan mala?— inquirió Thompson firmemente mientras recogía su varita y conjuraba algo en voz baja, después de cada susurro salido de sus labios, la sangre desaparecía, pero volvía a aparecer en unos instantes, observó Snape. La sangre de Harry empapaba cada vez la gasa.

—No es tan malo como…— respondió distraídamente. Se interrumpió sacudiendo la cabeza—. Yo puedo curarla, estoy entrenado.

—Tiene que ver gente que esté familiarizada con él, señor Snape. Mantengalo despierto. Si pierde el conocimiento me informa inmediatamente. Haga lo mejor que pueda y consiga que hable. Trate de no tocar nada que sería mejor curado en San Mungo. Podemos hacer el resto desde aquí— dijo señalando la parte inferior del cuerpo de Harry—. Asegurese de que se quede con nosotros.

Snape asintió secamente. Cuándo volvió con Lupin, Harry estaba hablando. Sus palabras salieron rasposas y dolorosas, y sólo hablaba para contestar las preguntas de Lupin; pero estaba despierto, consciente, y eso era todo lo que importaba. Se arrodilló y miró a Lupin con expectación.

—Debemos mantenerlo despierto y alerta. Avisaremos a Thompson si deja de responder— dijo lacónicamente. Miró a Harry y extendió una mano para tocar la herida en la cabeza—. Potter, ¿te duele?— apretó alrededor de la herida y Harry gruñó suavemente entre dientes.

El chico miró con recelo cómo Snape sacaba la varita y la apoyaba en su cabeza.

El hombre podía ver la desconfianza incluso a través del dolor en Harry.

—Voy a curar la herida de tu cabeza, Potter— dijo pensando que lo mejor sería hablar directa y sinceramente—. Dolerá al principio, pero será rápido. Lupin está aquí.

Lupin miró a Snape, y luego a Harry, que parecía buscar confirmación de su parte; echó la cabeza a un lado y le ofreció un asentimiento acompañado de una sonrisa.

—El profesor Snape lo hará mejor, Cachorro. Sólo mantén los ojos abiertos y mírame, ¿vale?

Afortunadamente, el sangrado era poco. Snape conjuró un paño y le lanzó un encantamiento desinfectante. Harry apretó los dientes cuando su herida fue limpiada.

Anapneo— murmuró Snape para despejar las vías respiratorias de Harry del humo del incendio—. Episkeyo— dijo enseguida y al fin la sangre en su nariz dejó de caer—. Es probable que tenga un dolor de cabeza, aunque supongo que será el menor de sus dolores dadas sus actuales condiciones.

—S-señor— dijo Harry con expresión cansada y dolorida—. Gra-Gracias, señor.

Snape no dijo nada, se limitó a inclinarse y arrojar algunos más de los escombros alrededor del cuerpo de Harry.

Lupin lo mantuvo hablando, pidiéndole que le contara de cosas triviales, de sus amigos y de quidditch. El equipo de rescate estaba progresando, aunque Snape hacía todo lo posible por mantener la calma y hacer caso omiso de la cantidad de sangre que rodeaba al sanador Thompson.

Al poco rato, la mayor parte de la espalda de Harry fue descubierta, igual que sus brazos y una de sus piernas. Un hueso en el brazo izquierdo estaba hecho añicos, pero Snape decidió, por orden del sanador Thompson, que sería mejor curarlo con una gran dosis de análgesicos, crece-huesos y por alguien más experto en el hechizo espiskeyo.

Harry intentó moverse, pero una vez fue suficiente. El dolor era intenso y Lupin apretó su mano.

—No, no, Harry. Quédate quieto, quédate quieto.

Lo único que quedaba por liberar era la baja espalda de Harry y el resto de su otra pierna. El sanador Thompson trabajó frenéticamente. Todos los miembros del equipo de rescate eliminaron los escombros de la parte superior de la pierna destrozada, sin embargo, los ojos de Harry se desorbitaron y un fuerte sollozo escapó de sus labios.

—¿Qué pasa? ¿Dónde te duele?— preguntó Lupin inquieto mientras tomaba a Harry como si fuera a salvar su vida.

—Haz… detenga— le pidió Harry— ¡Haz que se detenga!— gritó queriendo enterrar la cabeza en el suelo para ocultar su sufrimiento.

—¡Detenganse!— gritó Thompson —¡No toquen nada!

El equipo de rescate se apartó de los escombros.

—¿Thompson?— inquirió Snape.

—Hay demasiada sangre. No muevan nada, no cerca de la pierna.

Tiene el dolor por dentro, se dijo a sí mismo Snape esperando encontrar una respuesta… encontrar una cura.

—Bloqueo espinal. Señor Snape, ¿está usted familiarizado con este hechizo?

Había tenido que administrar bloqueos espinales a muchos mortífagos bajo las órdenes del Señor Tenebroso. Cuando sus sirvientes más fieles regresaban de una misión heridos y se apiadaba de ellos, permitía que Snape administrará la antestesia raquidea para adormecer la zona mientras eran sanados. Snape apostaría a que podía hacerlo con los ojos cerrados, pero un hechizo inexacto en la etapa en que se encontraba Harry podría costarles la batalla. Podría costarle al chico la vida. Su aire de habitual autosuficiencia falló con el peso de aquella responsabilidad. Este era el hijo de Lily. Sólo un niño. Si le hacía daño era como hacerle daño a Lily. ¿Y si le fallaba?

—¿Señor Snape?— le urgió el sanador Thompson, sacándolo de su ensueño.

Asintió aturdido. El hijo de Lily estaba herido, pero tenía los medios para eliminar su dolor. Resopló y se armó de valor antes de agacharse al nivel de Harry y Lupin, éste lo miró con los ojos llenos de temor.

—No estés tan preocupado, Lupin. He hecho esto antes.— dijo Snape, tratando de sonar lo más seguro de sí mismo que podía. El rostro de Harry estaba contraído y luchó contra la oleada de naúseas—. Potter— Harry negó con la cabeza y gimió débilmente en el suelo. Con un movimiento que le sorpendió a sí mismo, Snape colocó una mano sobre el hombro del chico—, mírame— su voz era más suave esta vez, profunda y mucho menos frenética que las voces alrededor—. Potter, confía en mí.

Harry miró los ojos de Snape y lo único que encontró fue sinceridad. Esta vez no miró a Lupin pidiendo seguridad.

—Trata de no moverte— le dijo Snape sin dejar de mirarlo—. Sentirás un pequeño dolor pero se desvanecerá enseguida, debo enfatizar la importancia de que permanezcas quieto.

Cuando pareció que Harry había recibido el mensaje, Snape se puso de pie y le dio al Sanador Thompson un gesto final antes de romper la camisa de Harry por la espalda; hizo todo lo posible por ignorar los cortes, moretones y la sangre. Se arrodilló junto al cuerpo del niño, moviendo los dedos con cuidado por sus vértebras. Halló el lugar corrercto, llevó su varita por encima manteniendo la mano firme. Y enunció con cuidado cada letra del hechizo:

Siste Morsus.


Siste Morsus.

Las palabras, aunque envuelto en su dolor, cortaron a través de la bruma sus oídos. Se quedó tan quieto como pudo, y no evitó reprimir un gemido al sentir el "pequeño dolor" del que Snape había hablado. Se mordió el labio y Remus debió haberlo notado, porque apretó su mano alrededor de la suya. Al darse cuenta del efecto del hechizo se sintió extraño, por un momento el pequeño dolor estaba ahí, pero al siguiente fue reemplazado por un extraño calor que se extendió por su cuerpo, y al final, nada. Podía sentir su respiración y notó con mayor claridad que antes que su cabeza palpitaba —Como Snape me dijo, pensó— pero todo lo demás se había ido. Se sintió tan descansado. El dolor en algunos puntos era importante, tanto que que no se atrevía a mover un músculo, pero fue menos intenso. Se permitió un suspiro inquieto, cerrando los ojos por un momento.

—¡No, no, Cachorro! Mantente despierto.

Sus ojos se abrieron de nuevo al escuchar a Remus. Me duelen, pensó Harry, sólo quiero cerrarlos… un minuto o dos… eso es todo…

—Potter, abre los ojos—. Sorprendido, Harry los abrió de golpe para ver a Snape de cuclillas junto a él—. Tienes que mantenerte despierto—. El hombre se inclinó sobre su cuerpo— ¿Sientes esto?

Harry frunció el ceño. ¿Sentir qué?, pensó, aunque pronto se hizo evidente que lo dijo en voz alta.

—¿Lo sientes, Potter?

El chico sacudió la cabeza y murmuró algo.

—Habla, Potter, te ayudará a maneterte despierto.

—No siento nada— exclamó atropelladamente.

—Eso es lo que esperabámos— susurró Snape, como si hablara consigo mismo—. Tengo que hablar con Thompson y el director, mantenlo despierto, Lupin.

Las botas de Snape crujían en la arena del suelo mientras salía de la estancia. Harry no pudo evitar sentir que una cierta sensación de seguridad se iba con él. Detectó la mano de Lupin en la suya y rápidamente volvió su atención a él; el hombre lo miraba con el alivio grabado en su rostro. Harry le obsequió una débil sonrisa, pero sabía que debió más bien parecer una mueca. La bruma en su mente poco a poco se aclaró. Durante un tiempo, solamente podía pensar en el dolor, las voces y lo mucho que quería cerrar los ojos, pero al igual que el polvo se asentó en los cimientos de la casa, también el polvo se asentaba en su cabeza. Sí, todavía estaba aturdido, pero al menos estaba al tanto.

—¿Cómo te sientes?— le preguntó Remus con voz suave y relajante, buscándolo con sus cálidos ojos.

—Bien— contestó con voz ronca—, adolorido.

—No lo mencionaré a nadie. Molly se alborotará y no creo que quieras que alguien lo sepa— sonrió Lupin.

—Ron se pondrá verde de envidia— agregó Harry débilmente, exhalando una nerviosa media sonrisa.

Miró profundamente los ojos de Lupin, y Harry no pudo evitarlo. Remus frunció el ceño cuando los labios del chico se estremecieron. Maldita sea, pensó Harry, ¿por qué ahora? No quería dejar que sus emociones ganaran. No delante de Remus.

—Harry… ¿qué pasa? ¿Qué te duele?—. El hombre se medio incorporó y parecía a punto de pedir ayuda cuando un nuevo jadeo lo detuvo— ¿Qué pasa?

—Nunca llegué a disculparme— dijo Harry desvíando la mirada al suelo.

—¿Por qué?

—Por… por Sirius.

Lupin tomó la mano de Harry y éste se arrepintió en seguida de haberlo dicho. Pero le resultó tan condenadamente difícil mirar a los ojos a Remus, sabiendo lo que le había hecho a su mejor amigo. Su respiración aumentó dolorosamente, pero eso no lo dijo. Una oleada de náuseas rodeó su estómago hasta la garganta, pero la mano del Remus apretaba otra vez con fuerza la suya, podía sentir los dedos ajenos haciendo círculos en su palma.

—No tienes que disculparte, Harry— respondió Lupin ahogadamente, y Harry aún no se atrevió a mirarlo—. No tenías idea de lo que pasaría, si alguien tiene la culpa…

—¡Debía habeme dado cuenta!— exclamó Harry tan fuerte como su voz se lo permitió.

—Eres un ser humano.

El pecho de Harry temblaba de emoción contenida, y esta vez no pudo ocultar la obvia mueca de dolor que cada estremecimiento le causaba.

—Ya no hables sobre eso, Harry— le dijo Lupin energicamente—. Tenemos que conseguir que te tranquilices—. El chico asintió con la cabeza como pudo—. Cuéntame sobre Ron y Hermione. ¿Dijiste que te han escrito para decirte que quieren pasar unos días del verano juntos?— preguntó alzando las cejas y los labios de Harry se curvaron hacía arriba.

—Ellos no… tú sabes— contestó Harry entre respiraciones—. A Ron le gustaría, pero no se lo ha pedido todavía.

—¿Y qué piensas tú respecto a eso?

Me preocupa. Tengo miedo. No quiero estar solo…

—Están hechos el uno para el otro.

Lupin se percartó de que la respuesta de Harry no había sido del todo sincera, así que decidió cambiar el tema.

—La señora Figg alertó a la Orden. Vio a los mortífagos y si no hubiera sido por ella…

—¡Oh, Dios!— exclamó Harry de pronto, asustado.

—¿Qué pasa, Harry?

—Los Dursley…

—Ellos están bien, Cachorro. No estaban aquí cuando empezó el ataque…

—¡No! ¡N-No lo entiendes! Los mortífagos vinieron.

—Lo sé ¿Qué quieres decir?

—¡Iban tras ellos…!— jadeó Harry.

—Harry ¿de qué estás hablando?— inquirió Lupin seriamente.

—No podían encontrarme, así que buscaban a los Dursley— su pánico era tangible—. Encuéntralos.

—No, Harry, tú eres mi prioridad en este momento.

—¡Por favor!— imploró Harry—. Los van a matar. Por favor, encuéntralos. Te lo suplico, por favor…

Lupin miró la cara de pánico del chico, el cuerpo magullado y maltratado. Se le rompía el corazón al verlo de esa manera.

—Por favor, Remus, por favor.

Esos ojos suplicantes… Remus no podía soportar ver el dolor en ellos. Sus pensamientos se dirigieron a Sirius, él habría hecho cualquier cosa por Harry. Cualquier cosa.

—Por favor.

A regañadientes, Lupin asintió con la cabeza, susurró un "Está bien" antes de que su mente hubiera tomado la decisión.

Harry asintió aliviado.

—Gracias— murmuró.

Con un último vistazo a los ojos de Harry, Lupin levantó el rostro sin soltarle la mano y llamó a gritos a Snape.


Afuera todo estaba tranquilo, todo lo contrario de la caótica situación dentro de lo que había sido una casa. Dumbledore le hablaba sobre las protecciones, asegurándole que si los mortífagos volvían, estarían preparados. Después de ser visto, sin duda, por Lucius Malfoy, era seguro que el mortífago descubrió su máscara. La posición de Snape como espía no podría recuperarse si Malfoy le vio llegar a la casa de Harry Potter a lado de Dumbledore.

—¿Se da cuenta de que no puedo volver con Él, señor director?— inquirió.

—Lo sé, hijo mío. Has sido de gran ayuda y sigues siendo un miembro valioso de la Orden. No olvides eso. La necesidad urgente es encontrar tantos partidarios como podamos, y la protección de Harry.

Los ojos de Dumbledore brillaron y Snape miró hacía otro lado, a sabiendas de lo bien que Dumbledore podía leerlo. De repente, un fuerte grito llamó su atención:

—¡Severus!

En un segundo, Snape piso la casa, alarmado.

—¿Qué ocurre?— preguntó al llegar a lado de Lupin.

—Nada, Severus. No ha pasado nada, pero tengo que irme.

—¿Irte? ¿Qué quieres decir con irte?

Dumbledore llegó en un segundo más tarde para escuchar la explicación de Lupin.

—Los Dursley están en peligro, tengo que econtrarlos—. Snape iba a decir algo, pero se lo impidió—. Harry me pidió encontrarlos.

La determinación de sus ojos era lo único que mantenía a Snape en silencio. Remus se inclinó hacía Harry y le preguntó a dónde se había ido su familia.

—La ciudad de Hindhead. Tía Marge está enferma— respondió bajando la voz tanto como pudo e hizo una mueca mientras trataba de moverse hacía adelante—. Por favor, Remus, mantenlos a salvo. No dejes que…— se interrumpió, incapaz de decirlo. Le recordaba demasiado a Sirius; pero no hizo falta que terminara, Lupin lo sabía.

—Iré contigo, Remus— dijo una voz vieja y sabia. Dumbledore dio un paso adelante, con su túnica púrpura ondeando tras él—. No puedes ir solo.

—Gracias.

Por un momento, Snape pareció afectado. Dumbledore puso un mano sobre su hombro y lo apretó con gentileza.

—Severus, dejo a Harry en tus capaces manos— acercándose a su oído agregó—. Hazlo por ella—. Caminó hacía la salida y volvió a mirar a Lupin—. Vámos, Remus. El tiempo avanza y no espera al hombre. Por desgracia, tampoco Voldemort.

Snape se estremeció por dentro ante el nombre.

Remus le dio a su cahorro una significativa mirada antes de soltar su mano lentamente. Los dedos de Harry se encogieron al perder el contacto. Snape, todavía atónito ante la perspectiva de quedarse de repente solo y a cargo de la situación, miró a Harry; sin sus gafas le recordaba tanto a Lily. Lupin le sacó de su trance anunciando que se iban. El licántropo parecía asustado, nervioso. Era evidente que no quería dejar a Harry.

—Severus Snape, escúchame atentamente— le dijo en voz baja pero firme—. Es un chico de quince años. No es James. Nunca lo ha sido. Es curioso que Sirius nunca se haya dado cuenta…— le miró pensativo un momento—. Si dices algo fuera de lugar…— agregó. Snape parecía impasible—. Severus, me di cuenta de cómo la mirabas—. Snape se percató de lo que Lupin hablaba y su corazón dio un vuelto, porque por supuesto, su rostro nunca mostró nada, sólo indiferencia—. Si realmente la amabas, Severus…

Snape se inclinó interrumpiendolo amenazadoramente.

—Nunca dudes de mi amor por ella, lobo ¡Nunca!

—Entonces pruébalo— le retó Lupin. Un pequeño quejido les obligó a mirar a Harry, que agotado les sonrió ligeramente. Remus volvió a mirar a Snape y su rostro se suavizó—. Tiene los ojos de su madre.

Lo sé, Lupin ¡Merlin! Ya lo sé.

—El señor Potter está en buenas manos — dijo Snape, finalmente seguro de decirlo con honestidad.

—Quédate con él, por favor, Severus.

Asintió con la cabeza.

—Buena suerte, Lupin.

Y entonces Lupin se marchó. El único sonido que se escuchó en el exterior haciendo eco fue el pequeño crack de dos personas desapareciéndose.


Vale, debo confesar que ha sido más complicado de lo que esperaba, por que Bonomania es inglesa, y el inglés de Reino Unido se me complica más que el estadounidense... Sí, yo también ignoro el por qué jeje.

Bueno, espero que lo hayan disfrutado y se hayan quedado con ganas de más. Es una historia muy bonita y muy bien escrita, espero no haber fallado en eso al traducirlo.

El siguiente capítulo será colgado la próxima semana, ya que aún estoy trabajando en él.

Sin más, me despido y agradezco que hayan leído.

Látex.