Disclaimer: Personajes de JKR.

Breve continuación, porque es muy cobarde dejarles allí, ¿no? Ahora viene lo difícil.


La luz entraba por la ventana de la habitación de James y caía sobre su mitad de la cama. La sábana desprendía calor seco; brillaba con el sol y el tono verde del árbol de delante de la fachada. Sobre la pared se veía el perfil de sus hojas.

Olía levemente a sudor, pero sobre todo a primavera, y a la enorme sensación de comienzo que la apresaba esa mañana. No iba a levantarse. No tenía prisa ni responsabilidades; sólo tenía que dejarse llevar, y disfrutar del momento, de estar allí y de estará con vida.

James dormía todavía. Su pecho se elevaba y descendía rítmicamente, casi como las cortinas mecidas por la brisa, como si el movimiento estuviese allí con la única misión de hacerle compañía, de conectarla con el resto de lo que se mueve y respira.

Habían hecho el amor una vez para él, para exorcisar sus fantasías de adolescencia. A continuación había seguido una vez para ella, con calma y también con asombro a medida que aparecía su sorpresa de ver sus planes tan diferentse a tres días antes, cuando todavía estaba en Estados Unidos y acababa de recibir su diploma.

Le quería, eso estaba claro. No sabía como. Habían pasado horas hablando tendidos en la cama, con cinco centímetros entre los dos, él con el dolor lancinante del brazo y ella incapaz de conciliar el sueño después de la siesta de dieciocho horas del día anterior. Había vuelto a Hogwarts a través de los ojos de James y él había ido con ella a través de las experiencias de la carrera. Le había contado sus esperanzas, sus desilusiones, su fuerza y el conocimiento de si misma que había adquirido en los últimos años. Se escuchaban con atención completa, con poca consciencia de si mismos, pero sin el ansia que habrían sentido si se hubiesen acostado en el colegio.

Reconocieron que venían de sitios distintos. James estaba enamorado de ella desde hacía años y años y había sido de trayectoria sexual errática. Había usado su libertad a fondo pero con parsimonia. Había sido insensible con otras chicas sabiéndolo y sin saberlo, de todos modos quería a otra, como una enfermedad que sólo dolía de vez en cuando y muchas veces sólo si le convenía. No había un ápice de exigencia en él; ningún rencor por no haberle querido antes, pocas señales de haberla echado de menos. Lily sospechaba que la había querido todos esos años, de acuerdo, pero no para cada preciso momento, sino para su futuro, para cuando su felicidad y su tranquilidad mental fuesen algo que reclamasen su atención. Hasta entonces estaba muy contento con amantes pasajeras.

¿Qué necesidad hay de ser feliz a los veinte? Lo importante es saber que puedes llegar a serlo y pasarlo bien entre tanto. James había tenido la vaga idea de que un día la buscaría y la convencería de llegar con él a los ochenta, quizá fuera de Londres, en un pueblo con mar. Hasta entonces... no le había preocupado tanto.

Ella le quería desde hacia tres días, pero estaba más acostumbrada a tener un futuro, fuese cual fuese, con la persona que tenía en la cama. Esa parte la pillaba menos a contrapie. Por lo demás, era menos inocente que él. Sabía que el amor se acaba y había vivido ese final un par de veces. Ahora le miraba admirando su falta de rencor y también su falta de agradecimiento, y reflexionando se dijo que habían formado una pareja inmediatamente, desde el instante que había usado el hechizo vudú para apropiarse de la mitad de su fractura de brazos. Desde ese momento habían sido ellos dos y todos los demás, por separado. Eso en parte estaba relacionado con que todos los demás habían sido mortífagos, pero la sensación no había cambiado desde que habían salido del peligro.

Tenían la impresión de que tenían que vivir mucho en poco tiempo, de que ya había empezado la cuenta atrás que acabaría finalmente con su muerte. Ahora James ya no tenía ganas de temporizar. Una vez durante la noche, Lily se había abrazado a él como si fueran los únicos supervivientes de un naufragio. James había pensado que estaba llorando y la había mecido entre sonidos reconfortantes, pero luego había visto que tenía las mejillas secas. Sólo la había dominado por un momento el recuerdo de la muerte y había dejado que él la sujetase como en los túneles, cuando pensaban que los cinco minutos siguientes eran todo cuanto quedaba de lo que la vida tenía en reserva para ellos.

Cuando estaba considerando seriamente levantarse y hacer el desayuno, James abrió los ojos y se hizo el silencio, menos por el roce de la cortina y el sonido del viento en el follaje. Tenía los pies enredados en la sábana de arriba y la tiró al suelo de una patada. Luego se estiró, todavía boca arriba, y dejó caer las manos unidas sobre su frente. Giró la cabeza hacia ella y sonrió.

Era un sonrisa torcida, que elevaba sólo la comisura de arriba de la boca, con poca consciencia del paso del tiempo y sin una sombra de preocupación. Era imposible no corresponderle. Sólo llevaba unos pantalones de chandal que Lily apenas recordaba haberle visto ponerse mientras ella estaba ya casi más allá de la consciencia, como si el ruido hubiese abierto un ventanuco desde el mundo de los sueños.

James se recostó contra el cabecero y Lily se dispuso en el hueco de su brazo.

- Deberíamos hacer planes.

Ella asintió con la cabeza y en ese momento llamaron a la puerta.

James ahogó un taco y se avalanzó sobre su ropa interior. Lily le ayudó a ponerse la túnica en el brazo malo y perdió el tiempo necesario para vestirse ella misma. Tuvo el tiempo justo para enrollarse en la sábana y oir a James gritar "¡Ni se te ocurra entrar, Padfoot!" justo antes de que en la entrada del dormitorio apareciesen Sirius, Remus y Peter con aspecto de no haber dormido en mil y una noches, con túnicas raídas y un par de botellas de vino.

Lily se puso a juego con su pelo. Sirius la señaló con el dedo con los ojos muy abiertos. Remus parpadeó varias veces y Peter abrió la boca en forma de dónut.

- ¿Que pasa? Preguntó James con ironía- ¿Nunca habéis visto a una chica vestida con una sábana?

Luego les empujó fuera de su cuarto, todavía en estado de shock, y Lily tuvo el gusto de oír a través de la madera como se recuperaban, le felicitaban por seguir con vida y por lo bien que lo estaba aprovechando. Rebuscó en los cajones de James y sacó algo de su ropa, deseando tener algo que llevar que no proclamase por los tejados lo que había estado haciendo esa noche.

Luego salió y encontró a Sirius refunfuñando:

- Y me parece fantástico que yo esté jugángome el pellejo pensando que estás al borde la muerte y maldiciendo a la Orden por ponerme una misión justo entoces, y mientras tu estás en pleno halo postcoital. Bueno, supongo que al menos...

Se interrumpió al verla llegar. Ella se sentó en el sofá con las piernas muy juntas y casi suspiró de alivio cuando James se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros. Les miró a todos y se sorprendió de lo mucho que habían cambiado desde el colegio. James tampoco parecía el chico que se tumbaba en las mesas cuando se aburría de la clase. Se le había transformado la cara; ahora parecía la clase de hombre que haría reír a un niño que llora, aunque ese mismo niño le acabase de dar una patada en la espinilla.

Sirius seguía tenien más bien pinta del niño que habría pegado la patada, pero ahora la miraba con benevolencia, aprobación una punta de burla y con su atractivo devastador atemperado por ojeras devastadoras. Remus reflejaba las estrecheces de su bolsa y había envejecido más que los demás, pero era el único que mantenía la compostura, la dignidad y las buenas formas. Le saludó con la mano. Peter tenía una sonrisa enorme y un poco de calva que no había tenido en el colegio. Entonces llevaba el pelo bastante largo y con patillas, recordó Lily. Estaba redondito, colorado, y tenía aspecto de ser un bueno compañero de cañas en la barra de un bar. De hecho, tenía aspecto de acampar en la barra de un bar una parte importante de su tiempo.

Remus asintió un poco con la cabeza y dijo:

- Creo que me marcho. De hecho, creo que vosotros también os marcháis, añadió señalando a sus dos amigos.

Quedaron en cenar todos juntos esa misma noche.

Mientras recogían sus capas y desaparecían después de abrazar a James otra vez entre murmullos y risitas, Lily fue a la cocina y hizo un poco de comida. Revuelto de huevos, un resto de bizcocho y fruta; por lo demás no había nada más que chuches en la casa. Lo trajo levitando hasta la mesita baja del salón. James no tenía comedor.

- Ha sido breve, sonrío.

- Sabían que tenemos cosas de que hablar sin ellos delante.

Lily se instaló de modo que le diese el sol en las rodillas, pero no en los ojos, y mordió una pera a través de la piel. Asintió.

- ¿Quieres quedarte aquí a vivir?

Analizó la cuestión. James no parecía decantarse hacia una opción o la otra. En cuanto a ella... Le daba pereza y le daba miedo buscar piso. En cambio, se sentía segura allí, con él, como si haber sobrevivido juntos una vez le garantizase que volviese a pasar. Aparte, sería terrible que James estuviese de misión y no volviese donde ella fuese a saberlo de inmediato y pudiese curarle si era necesario.

- ¿Tu que preferirías?

James ni siquiera se lo pensó, o ya lo tenía pensado de antes.

- Quiero que vivas con alguién que no te vaya a vender, que pueda resisitir a un impero y que te defendería si vienen a por ti. Yo haría todas esas cosas, así que me gustaría que te quedases, sí...

Lily rio entre dientes.

- Ahora mismo es más probable que vengan a por ti que a por mi. Si eso pasa me gustaría estar allí, claro.

James le estrechó la mano.

- Igual nos morimos mañana. De nuestra promoción de Hogwarts, ya sólo quedamos la mitad.

Lily apretó los dedos.

- Ahora, toda la vida que tengamos extra es un poco como un bonus, ¿no? Ahora sólo podemos estar contentos. Si tu quieres y tenemos suerte llegaremos a lo del mar y los rosales y los nietos y el abuelo guay que vas a ser...

Él alzo las cejas y se encogió de hombros con media sonrisa:

- Yo quiero.

- Y si no tenemos suerte nos moriremos y procuraremos que nos pase a la vez, y pensaremos eso, que todo lo que ha pasado desde hace tres días y pasará en adelante ha sido un regalo, la reserva...

James asintió pensativamente.

- No es una vida peor que otra. Tenemos un propósito que vale la pena, algo por lo que sabemos que es necesario luchar. Esto tiene un significado.

La pelirroja apoyó la frente sobre su hombro y murmuró:

- No vamos a rendirnos.

Él le acarició el pelo.

- Si quieres, ahora puedes ir a por tus cosas. Yo tengo que pasar por el cuartel de los Aurores. Ahora estoy de baja por un par de días por misión que se ha toricido, pero tengo que aparecer una vez al día. Es el protocolo para que vean que no estoy en pleno estrés post-traumático, o me he cambiado de bando, o yo que sé. Por la tarde te puedo acompañar a la Orden y a ver a Dumbledore. Por la noche cenamos con todo el mundo... y luego ya veremos.

- Tengo mis maletas en un hotel... Mi hermana ha ocupado la casa de mis padres con su marido. Pensé que les molestaría. Pero ahora tendré que ir a verles y explicarles que no voy a volver...

James frunció las cejas.

- Si están un hotel, dalas por perdidas y no vuelvas. Es mejor que desaparezcas. Sabrán en seguida que yo estoy vivo - en esto momento hubo un brillo un poco siniestro en sus ojos- pero si piensan que te puedes haber muerto, mejor.

Lily pensó melancólicamente en sus túnicas favoritas, y esa falda verde que tanto le gustaba, y se felicitó por no llevar joyas en la maleta porque casi todas las que tenía eran regalos y tenían importancia sentimental. Obviamente la falda verde no era lo bastante importante para jugarse la vida, ni siquiera con esa blusa de seda blanca que le había costado tanto encontrar, pero no dejaba de ser una lástima.

Asintió.

James sacó de un cajón un puñado de galeones y la puso en la mesa, claramente para ella pero sin dar explicaciones. Lily se dijo que tenían que pensar en ir a Gringotts juntos y enterarse de como poner las cuentas en común. Ella no podía ir al banco en camisa de hombre. Soltó un resoplido al abrir el cajón y ver que tenía una pequeña fortuna amontonada sin orden ni concierto, como si fuese un cofre del tesoro. Era una cosa más que mostraba que nunca traía a gente a casa salvo si confiaba en ellos por completo. Aunque probablemente que el temor a que le robasen era el menos importante de sus razones de hacer eso.

Mientras estaba así, cotilleando en el cajón, tumbada sobre la tripa en el sofá y imprimiendo en su piel el dibujo de los cojines, James apareció vestido con su túnica negra y el pequeño escudo de auror en el pecho, más o menos peinado. Lily le hizo tender el brazo y se lo vendó con los gestos rápidos de la experiencia. Luego hechizó la funda de la almohada para crear un cabestrillo. Le dio un beso en los labios. James cerró los ojos, sonrió y agarrando la varita desapareció de su salón.

La mujer se dejó caer sobre los cojines, de nuevo sola en su nueva casa y en su nueva vida, y suspiró de satisfacción. Un pellizco en el pecho le recordó la sensación de soledad que había sentido al llegar a un hotel en su ciudad natal, dar su nombre en recepción, y subir por las escaleras arrastrando a trompicones sus dos maletas llenas de ropa. El pasillo era oscuro y olía a humedad. Había pensado en su hermana, que estaba contruyendo una familia que no la incluía, su madre muerta, sus amigos en los que no podía confiar hasta que los viese del brazo de Dumbledore, y en el capítulo cerrado de su vida en América mientras se lanzaba a hacer lo que tenía que hacer. Entonces estaba empezando en una habitación con papel de flores rancio. Le gustaban los comienzos, pero ese en particular no estaba mal haberlo dejado atrás.

Se incorporó, se estiró, se felicitó por lo buena medimaga que era y por lo poco que le dolía el cuerpo. Contó una cantidad de galeones y empuñó la varita. Apareció en el cuarto de atrás de Madam Malkin, alegrándose de haber sido tan buen cliente durante su época de Hogwarts que su atuendo no iba a hacer tanta impresión como el hecho de que estuviese de vuelta.

Efectivamente, la buena señora cuarenta años, gusto excelente, regordeta, impecable peluquería- se le tiró al cuello con los ojos húmedos. Lily dió vueltas sobre si misma y la besó en las dos mejillas, sonoramente, pródiga de su alegría. Luego se apartaron y Madam le dijo:

- Lily, cariño, pareces un elfo doméstico.

Y era verdad, con la camisa de James, las zapatillas de James, una mochila de cuero llena de galeones y el pelo perfectamente peinado.

Del brazo recorrieron toda la tienda desierta, puesto que era martes y las once de la mañana, rehaciendo todo un vestuario a Lily. Ella lo disfrutó una barbaridad. Era como construirse la vida desde cero. Madam Malkin tenía también una selección de ropa de segunda mano, y rebuscando encontró casi el clon de su falda verde y un jersey gris de cachemira que estaba casi segura que había pertenecido a James durante Hogwarts. Lo compró todo sin regatear, segura de que ya le habría hecho un precio. Luego se apareció de nuevo en casa de James y dejó las cinco bolsas repletas tiradas en el sofá. Volvió a desaparecer hasta la tienda de envíos mágicos de Harland Simmons, donde cambió la dirección de recibo de sus bultos que se habían quedado en América a una chimenea de Kings Cross. Le dijeron que estarían en una hora y se dijo que era el momento para ir a la compra. Pasó por el supermercado mago comprando todas las cosas que le gustaban y que James no tenía en los armarios; todos esos productos que sólo se tienen si se cocina. También los dejó en el salón de la casa y pasó a recoger sus baules en la estación.

En ese punto ya no quedaba mucho sitio en el cuarto, pero puso la mano en una pared y empujó un poco. Tal como había previsto, el tabique se movió.

- Merlin, me encantan las casas mágicas, murmuró, y con esas palabras se apareció en su cuarto de Privet Drive, la casa de sus padres, para hacer el recado más importante del día.

Miró a su alrededor. El cuarto estaba vacío. Sólo quedaba el armazón de hierro de su cama y el armario empotrado. Todos los recuerdos de la infancia de Lily habían desaparecido, salvo lo que se había llevado consigo.

En parte era por su culpa. Le había dicho a Petunia que hiciese la limpieza de la casa sin ella. No había podido evitarlo; había perdido mucha clase para ir a ver a su madre cuando estaba enferma y tenía que trabajar en sus últimos exámenes. Petunia tenía un niño pequeño y quería mudarse inmediatamente para dejar de pagar el alquiler.

Lily pensó en James y evitó ponerse nostálgica. De todos modos, paredes extensibles o no, en esa casa no había sitio para mucho trasto. Y ella no era muy sentimental.

Apartó la puerta con la mano y oyó el llanto de un bebé en la habitación de al lado. Sonriendo, pasó a la habitación principal, que estaba en la penumbra, y cogió en brazos a su sobrino. Había estado echándose la siesta. Era un bebé regordete, de grandes ojos azules un poco saltones. En ese momento pataleaba con muy mal humor. Lily, que venía a decirle adiós, le cogió en brazos, le meció y posó los labios sobre su frente. El pequeño Dudley se calmó un poco.

Entonce apareció su cuñado en la puerta con un bate de beísbol, aullando:

- ¡Deja al niño en su cuna inmediatamente!

Lily, presa de pánico, le dio la espalda y cubrió al bebé con su cuerpo con un un chillido agudo. El pequeño se puso a llorar todavía más fuerte que los dos adultos. Lily se arrebujó en el suelo abrazándole fuerte y Vernon se adelantó haciendo semi círculos, como si estuviese acosando a un tigre en la jungla. Justo cuando empezaba a estar al alcance de su bate, se encendió la luz y la figura delgada de Petunia se plantó en plena habitación:

- Ya está bien, ¿no? Dijo secamente.- Vernon, esa mujer es mi hermana. Lily, dame a mi niñito y deja de hacer el estúpido. Te he dicho mil veces que si vienes a casa tienes que entrar por la puerta.

Vernon bajó el bate con cara algo avergonzada y murmuró que un mujer tan claramente pelirroja y curvada no debería ser la hermana de su esposa, tan rubia y esbelta. Se habían visto una vez en la boda pero Lily se había mantenido a distancia de el lado del novio. Estaba demasiado ocupada mendigando el afecto de Petunia como para hacerle mucho caso a su prometido.

Lily se incorporó con el bebé casi incotrolablemente enfadado y se lo tendió a su hermana, que con una sonrisa de arrobo, teniendo en cuenta los estándares de Petunia, recibió en la cara un salva de puñetazos.

- Vete a asearte, le dijo a su hermana.

Lily desapareció en el baño y se miró en el espejo. Llevaba ropa muggle de sus baúles de América. Un vestido hasta más abajo de las rodillas, de flores, ancho- en absoluto la indumentaria de una secuestradora. Se peinó intentando no mirar la colonia de Vernon donde había estado la maquinilla de afeitar de su padre, y bajó a la cocina. Petunia la esperaba con una taza de té delante. Dudley agitaba salvajemente un sonajero en su sillita, y Vernon leía el periódico y le lanzaba miradas de desconfianza de por encima de la sección de economía.

- ¿No crees que deberías disculparte?

Lily suspiró y invocó los brazos de James a su alrededor.

- Perdón, Vernon. Debería haber llamado a la puerta.

Su cuñado emitió un gruñido que se podía interpretar de cualquier manera. Petunia tuvo una sonrisita aprovadora.

- Tómate un té, Lily.

Lily cogió la taza obedientemente. Era casi la hora de la comida.

- He venido a deciros adiós, Petunia. Pensaba que podría seguir visitandoos, pero ya no me atrevo.

Petunia asintió con una leve inclinación de cabeza. No parecía destrozada. Por supuesto, estaba al corriente del peligro que pesaba sobre los magos. Para ella, lo más importante es que no amenazase a su casa y a su hijo. En cuanto a su hermana... bueno, estaba formada para hacerle frente a eso, ¿no? ¿No había sacado siempre unas notas maravillosas? Era el orgullo de sus padres, y era médico mago, o lo como sea que se dijese eso, y ya era el momento de decirse adiós y seguir cada una la vía que habían elegido.

- Quería decirte que voy a estar viviendo en Londres. No te puedo decir donde, pero...

Tuvo una pequeña sonrisa de felicidad, deseando fervientemente que su hermana se animase a compartirla.

- Me he ido a vivir con un antiguo compañero de colegio. Igual te acuerdas de oirme hablar de él. Se llama James Potter. Creo que vamos en serio...

Estaba segura de ello pero no sabía como decirlo a su hermana sin que su idea de la depravación intrínseca de los magos se disparase, teniendo en cuenta que se habían visto hacia poquísimo en el funeral y no había habido ningún James Potter secándole las lágrimas mientras enterraba a su madre.

- Pero es Auror y nos pone todavía más en peligro. Pet, no debes decir que he venido. Si piensan que estoy muerta mejor. Por poco me muero hace tres días.

Petunia palideció un poco, pero fue incapaz de determinar si era por preocupación o por el mero reflejo de repulsión ante la muerte. Lily le agarró la mano.

- Si necesitas mi ayuda, sabes como llamar al profesor Dumbledore.

No quedaba nada más que decir. Abrazó a su hermana y se estremeció al sentir sus finos brazos estrecharla levemente contra sí, casi nada. Le dio un beso más a su sobrino y tendió la mano a su cuñado, que se levantó para decirle adiós. Lily vio que no tendría más remedio que salir por la puerta y maldijo la posibilidad de que puediesen verla. Atravesó corriendo el jardín y se apareció en casa de James -su casa- desde el cobertizo.

James estaba tumbado sobre el baúl más grande entre una montaña de bolsas, tirando una pelota al aire, esperando. Sonrío de esa manera tan, tan... James, y le dio un beso de bienvenida. Vio que había ordenado la compra en los armarios de la cocina y que había comprado comida para llevar. Abrió las cajas: borscht, ensaladilla y filete ruso.

- Que cosas más raras comes tu para llevar, masculló con buen humor.

James se encogió de hombros.

- No cocino pero limpio que no veas.

Comieron en el suelo mientras ordenaban entre los dos los cacharros de Lily. Era muy gracioso ver a James suplicándole al armario que se agrandase un poco más, por favor, y el armario cediendo milímetro a milímetro como un anciano con EPOC a medida que James se humillaba cada vez más rastreramente.

Con la ayuda de las varitas no tardaron más que un par de horas, y se tumbaron en la cama a echar la siesta. La noche anterior no habían dormido enlazados, pero esta vez Lily puso la cabeza sobre su pecho y dejó que la presencia de James borrase su soledad, centímetro a centímetro, también como un anciano con EPOC.

James enlazó los dedos con los de Lily. Una vez más el dolor del brazo no le dejaba dormir y sentía cierto desasosiego. Ahora tenía a Lily cerca de él, donde no podía pasarle nada sin que lo supiese y se había pasado un par de horas haciendo el ganso como hacía tiempo que había dejado de hacerlo, pero tenía la sensación de que tenía que darse prisa. Quería dejar entrar la rutina por la puerta grande, abandonar al James medio adolescente que había vivido la muerte de su padre y las tristezas del principio de su vida profesional, y empezar a construir cosas, no sólo a luchar contra las que le parecían mal.

Necesitaba a Lily para crear una burbuja de cosas que mereciesen la pena en ese Londres gris y turbulento. Miro por la ventana y se dio cuenta de que llovía. Pensó que después de todo igual era mejor mudarse, salir de la ciudad ya, irse ya, a Godric's Hollow, al West England. Tenía una casa allí. La protección de su piso de repente le pareció insuficiente. Si se iban a la casa del pueblo, harían un fidelio. Sirius estaría de acuerdo. Se prometió que lo hablaría con Lily cuando todo estuviera más en orden.

Cayó la tarde y se dirigieron de la mano por la calle desde el sitio donde habían aparecido hacia el cuartel de la orden del fénix. Lily llevaba un gorrito oscuro que cubría su pelo; James se había cambiado de túnica para no llevar el uniforme de Auror. Un trozo de pergamino había llegado para Lily en la universidad con la escritura de Dumbledore y la dirección del cuartel.

Hacía frío en la calle. Se formaba vaho al respirar. La neblina había caído después de la lluvia y Lily se arrebujó en su capa forrada, con olor a nuevo. James le pasó un brazo por los hombros y anduvieron como si fueran una pareja antigua, como si hubiesen hecho eso mismo muchas veces.

Era parecido a llegar a casa de unos amigos un día de navidad después de atravesar toda una ciudad enbarrada.

Llamaron a una puerta oscura de las afueras de Londres y se abrío al segundo. Una ráfaga de calor entró desde la cocina con olor de bizocho y cerveza de mantequilla. Muchos pares de manos les recibieron a la entrada y vieron a la Orden del Fénix, como una familia, celebrando su retorno. Estaban Remus, con una túnica nueva y sonrisa inefable -la soledad es mala para aquellos con razones de odiarse a si mismos. Alice y Frank Longbottom, Frank con sus orejas de soplillo y Alice y su pelo cortísimo cubierta hasta los los codos de masa de pastel, mientras su bebé redondito y mullido -Neville- intentaba morder los dedos de su madre.

Peter y Sirius habían abandonado una partida de ajedrez al oirles llegar. Arabella Jenkins, Dorcas Meadowes, Minerva McGonagall y Emily Vance tomaban el té en un círculo de sillones. Fabian y Gideon Prewett habían estado comentado la partida y provocando a las piezas para que explotasen espontáneamente. Dumbledore, Flitwick, Moody y Hagrid llegaron desde otra habitación, todavía con el gesto solemne de quien había estado tramando misiones. Moody se adelantó y les miró fijamente.

- Son ellos, declaró con tono solemne. -Lo certifico.

Nadie le hizo caso porque todos estaban convencidos de que ello antes de que el jefe de James diese una prueba más de paranoia.

También estaban los pequeños de los Bones, jugando con Neville, y sus padres en un rincón. De pie, algo nerviosas, había dos mujers que Lily había esperado con enorme impaciencia: Danielle Lutyens y June Harper, unas de sus amigas del colegio. James se fue por un lado a estrechar la mano de la mujer a la que había llamado Pink, la de Florence Dahl y de Marlene McKinnon. Elphias Doge llegó justo después que ellos y nadie, salvo Dumbledore, le hizo mucho caso. El no volvía de entre los muertos.

Todos se sentaron en torno a la mesa, con una mezcla de solemnidad y de consciencia de estar disfrutando de un breve momento de respiro. Lily estrechó docenas de manos; James recibió rondas enteras de abrazos y felicitaciones. Les preguntaron para cuando la boda. Todos querían celebrar algo. Además, la gente se casaba muy rápido en esa época. Cuestión de tenerlo hecho.

La profesora McGonagall se secó unas lágrimas de la comisura de los ojos cuando James besó a Lily delante de todos y ella se sonrojó un poco; sólo un poco.

Como tenían que salir con desfase, June y Danielle se marcharon casi inmediatamente a preparar la cena. Danielle sería la anfitriona- los demás se reunirían con ellos. Pink se fue enseguida. Tenía una misión; a Lily le pareció que estaba un poco triste. Los Bones se fueron a acostar a los niños.

Florence Dahl insistió en sacar una foto para conmemorar la ocasión, y allí posó una versión de la primera orden del Fénix y Lily, el nuevo miembro, que en realidad siempre había formado parte de ellos.

Lily habló en privado con Dumbledore. Tenía pensado presentarse en San Mungo al día siguiente. Andaban faltos de personal y la formación de medimagos se había interrumpido. Tenían demasiado trabajo para estar en las aulas. El hospital mago estaba muy protegido, pero sus empleados eran un objetivo favorito de secuestros. Las filas de mortífagos también andaban cortas de medimagos:

- No es que sean menos puristas que las demás profesiones, explicó Flitwick. Es que han hecho el juramento hipocrático mago, y eso les limita la tortura, hasta cierto punto.

Luego aparecieron en casa de Danielle con los demás Merodadores y todo el mundo bebió más de lo que había previsto.

Sirius declaró que Lily era la mujer perfecta, y sino que bajase Merlin y lo viese, y ella lo soportó con bastante ecuanamidad. Ella también pensaba que Sirius era el hombre ideal para tener de su lado en una guerra. Era valiente hasta la temeridad, y se podía confiar en él completamente a ciegas, menos para una despedida de soltero, en la que igual se le iban las cosas de las manos. La llevó a dar una vuelta en motocicleta voladora y James frunció el ceño durante todo el tiempo que no estaban, hasta que volvió despeinada y con la respiración acelerada diciendo que había sido genial pero no quería volver a hacerlo en su vida.

June no era el eslabón más fuerte de la orden. Carecía de la fortaleza mental para no hundirse bajo la presión constante, pero juró que hacía lo que podía. Era periodista en la Gazeta. Lily se dijo, igual que Dumbledore, que en una resistencia hacía falta gente de todo tipo.

Danielle tenía entonces un pie fuera del país y probablemente iba a sacar el otro en breve. Se alegraba enormemente de ver a Lily, pero tuvo sabor a despedida. La mujer se encontró a lo largo de la noche hablando cada vez más con los Merodeadores, como si fuese encajando, poco a poco pero sin poder evitarlo, en el puzzle que habían formado hasta entonces sin ella.

Cada uno desapareció por su lado en esa noche que cerraba un día eterno. Lily reflexionó distraidamente sobre lo flexible que es el tiempo, y como esa semana se iba a cerrar y sólo iban a contar el día del metro y ese, dos milenios transcurridos en apenas veinticuatro horas.

Volvieron al piso y ya parecía su casa. Tenía su cojín de patchwork y la manta que había hecho con el abrigo de pieles de su abuela paterna. James desapareció en el cuarto de baño y ella se tumbó en la cama, intentando poner en orden sus ideas. No era fácil. Necesitaba una semana de calma, de ausencia completa de acontecimientos. Al día siguiente iban a levantarse, él se iba ir a jugarse el cuello con el departamento de Aurores y ella se iba ir a San Mungo a que la contratasen. Luego habían acordado que irían a Gringotts y pondrían en común su dinero.

Eso le recordó que tenía que juntar los pergaminos antes de ir al banco. James chilló a través del ruido del agua donde guardaba sus documentos y Lily entornó los ojos al ver que James era varias veces más rico que ella. De hecho, tenía muchísimo dinero. Ella, al fin y al cabo, no había tenido más herencia que la mitad de la casa que le había pagado Vernon Dursley. Morirse de cáncer es muy caro. El dinero que tenía Lily lo había ganado sóla.

James salió de la ducha oliendo a jabón y humedad. La pelirroja había preparado un poco más de poción curativa y se la dio en silencio. La aceptó con una sonrisa y se paseó desnudo por la habitación. Lily se sintió un poco mejor. James era de ella, y su dinero también, lógicamente.

Le estudió con detenimiento por primera vez. Era bastante más alto; moreno, con el pelo bastante largo, los ojos castaños y la mirada tierna cuando la miraba a ella. Todavía le quedaba una chispa de alegre arrogancia en la esquina de los labios, pero Lily sospechaba que iba a desaparecer pronto y dominaría en su aspecto el aire tranquilo, seguro de si mismo y difícil de soprender, la experiencia de muchas cosas. Tenía la barbilla pronunciada, la nariz larga, holluelos en las mejillas, y dos pequeñas líneas paralelas a lo largo del ceño. Con la edad había adquirido fuerza y sus miembros, en la adolescencia largos y fibrosos, iban adquiriendo una complexión menos atlética. Seguía estando en forma, por supuesto, pero ya no se debía al deporte si no a la actividad heteróclita del Auror. Tenía unos reflejos extraordinarios y bastante mala vista.

James vio que lo estaba mirando y la observó a su vez. Era invierno y sus pecas se veían menos. Las echaba en falta, pero suponía que volverían con el sol. En ese momento había cerrado los ojos y ya no se veía el resplandor verde. Realmente tenía unos ojos preciosos. Se veían venir desde el otro lado de la habitación.

No era musculosa. Colgaba un poco de carne a ambos lados de los brazos, y sus pechos eran más pesados y menos redondos de los que había imaginado cuando fantaseaba con ella. Tenía las caderas redondas y las piernas finas, y un asomo de barriga de piel muy blanca.

Tenía una mirada... Iba a pasar el resto de su vida intentando estar a la altura de esa mirada.

Se tumbó a su lado boca abajo y cubrió con un brazo la cintura desnuda de Lily, que miraba al techo. Esa noche no tenían ganas de decir casi nada. Todo lo importante había quedado dicho y se habían pasado el día charlando por los codos; hablando entre ellos, con amigos y con extraños. Estaban tan cansados desde un punto de vista emocional como lo habían estado físicamente hacia dos días.

Lily cerró los ojos y rodó hacia él, y le murmuró al oído:

- Y ahora, siempre hacia delante.

James asintió.