Sentía la comodidad de estar en un lugar conocido, pese a no recordar haberlo visto antes. Recorrió, paso a paso, aquel cementerio oscuro, difuso, como si sólo paseara por entre las tiendas del barrio comercial, buscando algo que le llame la atención entre ángeles caídos y de caras musgosas. Frente a la capilla deteriorada que coronaba la suave colina de la necrópolis, sintió el gran impulso de leer las lápidas, que una espesa neblina se negaba a revelar.

Se arrodilló sobre el pasto descuidado y crecido, oyó el graznido distante de unas urracas. Arañó la niebla con insistencia, algo de desesperación también. La lápida comenzaba a descubrirse. Sólo pudo leer con claridad un nombre: Scarlett Amber Perkins.

Su propio nombre.

Despertó despabilada, incorporándose inmediatamente en el asiento trasero del jeep. Traqueteaba al andar en la oscuridad, cortada por los dos ases de luz de los faroles delanteros.

- Todavía no llegamos, Perkins. Siga durmiendo, le vendrá bien- recomendó la voz conocida de Joseph Isidore; su profesor de Antropología, quien la ayudó con la tesis y ahora el que la traía a su primera excavación. -Las ansias no acelerarán esta chatarra, niña-

Scarlett sonrió con timidez y se reacomodó en el asiento trasero, apretujada contra las proviciones. Cerró los ojos y procuró estar lo más quieta posible. No le contaría al señor Isidore acerca de sus sueños recurrentes ni aunque de eso dependiera su vida. Sentía vergüenza, eran algo que prefería guardarse. Algo en lo que cada vez pensaba más y más.

Rompía el alba cuando los jeeps llegaron a la excavación. Scarlett se dio cuenta de que se había quedado dormida, aunque no supo cuando, al despertar de golpe ante el amanecer anaranjado. Se bajó a echar una mano y descargar los equipos, pese a que le dijeron que no era necesario. Por ser mujer, pensó. Por ser mujer no creen que pueda hacer lo mismo que ellos, pero les demostraría lo contrario. Ayudó a montar la nueva carpa en el campamento, donde dormirían los recién llegados, entre chistes machistas que ella entendía. Su conocimiento de árabe era suficiente como para comprender qué decían los lugareños y guías locales. En ese idioma les dijo que avisaran que ella iría a inspeccionar el templo que estaban desenterrando; los hombres se quedaron intercambiando miradas perplejas y culposas.

De su bolso sacó un anotador y unos crayones; tuvo que abrazarlos contra su pecho porque el viento del desierto, arenoso y áspero, hacía presencia en ráfagas inesperadas. Pasó junto a unos colegas, que sólo conocía de nombre y foto, y se presentó con amabilidad. A todos se los había imaginado más altos; ella era bastante alta para ser mujer, pero se sintieron menos intimidantes con ese porte, con los labios curtidos por el sol y sonrisas cansadas a causa de un mal descanzo.

-Puedes adentrarte- le dijeron. -Este templo está muy estable y no cremos que vaya a desmoronarse a menos que tengamos una máquina demoledora- el señor Rigby demostró que sus rumores de bromista eran ciertos. Scarlett rió y se apresuró a pasar por el primer columnar.

Miraba a su alrededor con una fascinación medida, para no parecer una niña en una juguetería. La luz del sol era suficiente para iluminar con claridad lo más alto de las columnatas, aunque no tanta como para deslumbrarla. Pasó el segundo par de columnas, el tercero. Arrastró con ella una escalera rústica, que había encontrado tirada entre carretillas y palas; allá adentro, donde el sol no alcanzaba tanto, la curiosidad de Scarlett era más fuerte. Las paredes alrededor de la entrada al interior de aquel templo a Isis supieron ser coloridas, pero ahora eran sólo una sombra de sus buenos días. Apoyó con cuidado la escalera y subió unos pasos. Una frase en jeroglíficos, eso quería calcar. Posó una hoja de papel y con el canto del crayón comenzó a acariciar la superficie, con cuidado y paciencia. Era una frase que la había llamado; como si hubiera anunciado su presencia para que ella la busque y la encuentre.

Por cada alegría, hay un precio que pagar.