Luna roja…

La luna blanca se viste y el visitante nocturno la envuelve

El día y la noche juntos, Una historia de amor en dos mundos diferentes

"La gente siempre creerá lo peor de ti, negara tus habilidades por miseria propia"

Bosques de Roldan… Inglaterra, siglo XIV.

Cerca de la Aldea Saint John, ubicada en las afueras de Luxemburgo, Inglaterra. Vivía una solitaria joven. Atendida por su tío y la esposa de este, la joven de escasos 22 años, se esforzaba diariamente por vivir contra los estigmas de la gente, creyéndose odiada, evitaba el pueblo. La causa, su ceguera.

Por ese tiempo las personas decían que la ceguera era una de las terribles habilidades de las mujeres mágicas, es decir, las brujas. Por esta razón, la ceguera de esta chica era considerada peligrosa, además de que su físico era tan atrayente, que no había manera de que no confundirla. Cabello tan negro como las noches de luna nueva, la piel tan blanca como la nieve, rasgos faciales delicados, de baja estatura y delgadez adornando su cuerpo, unos grandes ojos de algún color azul nacarado, con una cortina blanca se extendía sobre ambos. Debido a la ceguera eran tan llamativos, no había manera de no verla, provocando que los hombres se le acercaran, dejando mujeres rabiosas. Por esta razón, su tío prefería que ella no bajara al pueblo, por temor a que la atacarán. Como le sucedió, 6 años atrás.

6 años antes…

― Miyako-san, ¿podríamos conseguir algo de cacao? ― La hermosa joven caminaba con un bastón, sus desarrollados sentidos restantes le evitaban golpear gente o estrellarse.

― Por supuesto que sí, querida ― La chica se encontraba parada frente a una cesta de frutas, cuando sintió a un pequeño estrellarse en las piernas de la joven,

― Disculpa― el niño se disculpó,

― Descuida pequeño estoy bien ― le pelinegra sonrió —

— ¡Mamá! ¡Mamá! —Gritó el niño asustado, alterando a los que pasaban por un lado de ellos— ¡Bruja! ¡Una bruja! ¡Bruja! — se escuchó a una mujer el niño corrió con su mamá y la pelinegra se asustó

— ¡Miyako-san! —gritó la joven, un señor la tenia del brazo, la sujetaba fuerte

— ¡Déjela! ¡Déjela! — la tía cogió la cesta salió hacia la joven que era jaloneada por las mujeres y un hombre. La chica estaba asustada, sintió que la golpeaban con pequeños círculos que su olfato clasifico como manzanas rojas y tomates, la jaloneaban de sus ropas.

— ¡Está enferma de sus ojos! — Gritaba la mujer de cola de caballo, que respondía al nombre de Miyako — Es ciega, ¡No, no es una bruja! ¡No lo es!— dijo la mujer

De repente se escuchó la voz de un hombre, la voz era apacible y tranquila.

— ¡Deténganse! — habló con fuerza el hombre, que todos y todas reconocieron como el jefe de la villa. El hombre era pálido, de largo y blanco cabello, delgado, con parpados delgados, hermosos ojos negros, alto. Vistiendo

—Ukitake-sama— habló Miyako—

—Vuelvan a sus quehaceres— Aclamó con firmeza el jefe de la villa, la peli negra estaba asustada, pero no lloró. Rodeada de los brazos de su tía.

— Rukia, ¿estas bien? — preguntaba, tocándole la cara

—Ukitake-sama, gracias por ayudar a mi sobrina, Rukia— reverenció, Miyako

—Gracias, muchas gracias— habló la afectada, su agitación se calmó. La respiración, ella se compasó, el sujeto que la había salvado. Despedía un aroma, totalmente único —

—Me disculpo en nombre de mis aldeanos— sonrió el apuesto hombre, que robaba el aliento. Ella podía sentir los ademanes del hombre, y su aroma la embriagó por un segundo.

—Una vez más, gracias— dijeron las peli negras.

—Hasta pronto, Rukia, Miyako. — habló el hombre

Miyako cogió de la mano a su sobrina, cogió la cesta. Miyako, condujo a Rukia, hasta las afueras de la aldea, caminaron el kilómetro de distancia hasta llegar a la casa de la peli negra.

—Rukia, lo siento no volverá a pasar. Te lo prometo— Asustada y entristecida, Miyako, sobaba la cabeza de Rukia en un casi abrazo.

—No te preocupes, gracias al cielo, no pasó nada que lamentar.

—Pero tú vestido, esta arruinado—

— Es sólo un vestido, además tengo muchos,

— Gracias, a Momo-chan que siempre te escoge de modelo, por eso no me preocupo, tienes razón pequeña. Ahora apresurémonos antes de que llegue tu tío, o entonces si nos ira mal.

—Es cierto, se molestará, es muy enojón. Así que mantengamos el secreto — Rukia completó y ambas rieron

Al llegar a casa de Rukia, Miyako puso agua a calentar para ayudar a la pelinegra a bañar. Colocó la tina en el baño y llenó con agua fría el tanque. Cortó las verduras mientras le contaba a Rukia una historia sobre animales del bosque.

—Rukia el agua esta lista, desvístete por favor— dijo Miyako

—Claro, lo haré— Rukia había memorizado su casa, además todo estaba en la misma habitación, sólo unas cortinas dividían el baño.

La chica se desvestía, sintió a Miyako, llegar y el vapor de agua se sintió cerca de Miyako. El agua corrió por el cuerpo de la chica, la mujer colocó la barra de jabón en la mano de la joven

—No sé, como esas personas pueden desperdiciar tantas manzanas— dijo la joven

—Lo sé, todo por estúpidas creencias, que te llevan a violentar— Respondió Miyako. Se escuchó la voz, del esposo de mujer

—Esconde mi vestido roto— le dijo Rukia y Miyako obedeció

—Regresé— se escuchó desde la puerta

—Espera cariño, nuestra Rukia está tomando un baño— Rukia fue vestida por Miyako. Ambas salieron del baño.

— Que hermosas— dijo el hombre acercándose a Rukia para besarle la mejilla. Luego a su mujer. Que lo miró con escrutinio, lleno de sangre.

—Tío, hueles a sangre— se alejó Rukia riendo, se acercó a tientas al sillón de madera.

—Qué mala Rukia-chan. No quieres a tu tío, —

— ¿Cómo te ha ido querido? — Preguntó la esposa

—Muy bien, querida tenemos venado, pronto oscurecerá—

— Sí—

—Rukia ¿Quieres que te sirva de comer? — preguntó la tía

—No, gracias. No tengo hambre—

Rukia sintió la presencia de su tío.

— ¿Qué te pasó en el rostro? — Preguntó molesto, tomando el mentón de su sobrina

— ¿Eh? —

—Miyako ¿Qué le paso a Rukia? — Las mujeres pasaron por alto que los golpes recibidos por Rukia, dejarían marca.

—Kaien, ¿Qué sucede? — improvisó y Rukia entendió

—Nada, tío— Respondió

—No me mientas— Miro enojado a su esposa que no contestó

—Está bien, estaba durmiendo y gire de más y caí, eso es todo—

— Rukia… estos golpes son específicos— Respiró profundo y se calmó

— Lo siento…— dijo la esposa— Fuimos al pueblo y los aldeanos…—

— ¿Qué estaban pensando las dos? — se molestó— Miyako, tu sobretodo— ella lo miró arrepentida

—Eso no es cierto, tío—

—Rukia, no quieras arreglar las cosas mintiendo— se molestó por la reprimenda

—Kaien, querido. No volverá a pasar— le miraba arrepentida

—No, no pasará de nuevo. No quiero arriesgarte, Rukia— las palabras del hombre demostraban un cariño sobreprotector

—Tío, no quiero vivir así para siempre, ya estoy harta— se levantó y camino hasta llegar fuera de la casa…

—Mi amor, es por el bien de las dos. Rukia es lo que me dejó, Byakuya, después de aquella oscura noche. — respiró se acercó a su esposa y la abrazo, besó su frente. — lo siento, sólo me preocupo. Volvamos a casa. No quiero que vuelva a suceder.

Desde ese día Rukia, no volvió a bajar al pueblo. Ahora pasaba mucho tiempo fuera de casa, esperando al viento y sus amables ráfagas que le obsequiaban olores diferentes todos los días, viviendo la misma rutina. La llegada de sus tíos cada mañana, el baño que le preparaba Miyako, la comida, limpiaba la casa, Kaien le mantenía limpio, hacia compras cuidaban de ella.

Rukia sabía que también podía hacerlo, cuidar de sí misma. Pero al final, terminaba cediendo, debido a la desesperación causado por la sobreprotección de Kaien, el hermanastro de su padre.

Para Rukia, el viento era lo único diferente cada día, el viento traía con él toda clase de olores. Algo que ella no se perdía, disfrutaba el sol, la lluvia, los sonidos, reconocía la mayoría. Pero había uno en particular que no volvió a repetirse nunca, el armonioso y dulce aroma del jefe de la villa.

Rukia se había propuesto tener un jardín, pero no quería a sus tíos interviniendo en él. Las flores eran el único recuerdo de él, del hombre que amaba tanto. Quería el jardín, como el que había en su recuerdo, algo que sólo su amado padre pudo crear para ella antes de la terrible noche que cambio la vida de la familia de Rukia. Crearlo ella, un lugar especial sólo, para ella. La rutina estaba asesinando su alegría.

Cierto día, empezó hacer preguntas a su tío, sobre las distancias para llegar al bosque, él, inocentemente le respondía. Tratando de contarle una de sus historias, algo que ella realmente apreciaba.

Una tarde sus tíos se despidieron de Rukia como todos días, el sol estaba por ocultarse y la Familia Shiba debía regresar a casa. Kaien, no deseaba dejar a su sobrina, pero la aldea no era buena opción, además ella no había querido dejar la casa de sus padres, desde la terrible tragedia, a los 4 años de la pelinegra.

Rukia había puesto la cerradura en la puerta y, atrancado sus ventanas excepto por una, la de la habitación, le gustaba dormirse con los olores y arrullarse sonidos del bosque. En la oscuridad, cambio su vestido, por su batón de tela lisa. Se metió en la cama, dispuesta a descansar.

—Rukia…— escuchó, —Rukia… querida, alcánzame el pan…— hablo una mujer joven, delgada, de baja estatura, piel blanca que preparaba la cena. Una niña idéntica a la joven mucho, le alcanzó la canasta de pan.

—Rukia… Te he dicho que no debes dejar tus flores fuera del florero— Un hombre alto, de largo cabellos negros, y hermosos ojos azules, delgado y porte elegante y serio se dirigía a la pequeña. El hombre caminó hacia un libro en la portada se podía leer "Cuentos fantásticos"

—Lo siento… papá— dijo la pequeña corriendo hacia las flores.

—Rukia, querida— habló la mujer

— ¿Hmm? — respondió la pequeña al voltear hacia Miyako

— Agradeciste a papá por las flores que cortó del jardín—

—O no… lo siento mamá— colocó sus flores en un florerito a la medida, caminó hacia el hombre, que ya hacia sentado en el sillón—

—Papá, perdón— dijo la pequeña con sus grandes y hermosos ojos listo para llorar

— ¿Por qué pequeña Rukia? — dijo el hombre brindándole una tierna sonrisa

—Lo siento… gracias por las hermosas flores—

—No te preocupes, mi amor— el hombre deposito un pequeño beso en la frente de la pequeña—…Todo por mi princesa.

—Papi…— le miró la pequeña con ternura

De pronto todo se oscureció, las velas de la mesa se apagaron, el apuesto hombre de elegante porte, se levantó a encenderlas una vez más.

—No te preocupes amor, listo— dijo el hombre—

Todo pasó tan rápido, un hombre estaba frente al padre de la pequeña Rukia, quien acababa de encender la era un hombre de estatura más baja que el padre de la pequeña, delgado, cabello castaño y ondulado hasta el cuello, una sonrisa sádica, con unos terribles ojos rojos, las venas se enmarcaban en su cuerpo pálida, la mirada era de terror, en un abrir y cerrar de ojos, estaba sobre el cuello del hombre de cabellos negros, sujetándolo con fuerza. Lo arrojó contra la pared destrozándolo todo. La madre corrió ayudar a su esposo que se había roto una pierna, que miró a su hija espantada

— ¡Papi…!—grito la niña, asustada miraba a su padre— ¡Papi!

— ¡Huye! ¡Hisana, llévate a Rukia! — la mujer se alejó del amado esposo, el sujeto de mirada sádica, mordió la mano del hombre gravemente lastimado. La mujer tomo a la pequeña en sus brazos, el hombre de cabellos ondulados, con una expresión tranquila, pálido, ojeroso, hermoso pero sombrío, agarró a Hisana del cabello y la separó de su hija, ambas mujeres gritaban

— ¡Mami, papi! —aventó a la pequeña contra la pared, la mirada aterrada de Byakuya al ver a la pequeña en el piso, fue algo que el individuo disfrutó

—Rukia— gritaron ambos padres— ¡Rukia! —gritó el padre, intentando levantarse e

—Tu hija será un excelente regalo… de Bienvenida, Kuchiki Byakuya— olio el cuello de la mujer— lo leí en tu puerta— se rio el tipo.

—Hisana— él padre de la pequeña, trato de levantarse pero él sujeto a una impactante velocidad lo levantó del suelo para estrellarlo contra la mesa y el librero. En la otra mano cargaba a Hisana.

— ¡Suéltala maldito! — balbuceo el esposo herido,

—Bueno realmente, esta familia no me importa— habló el sujeto— sólo tengo hambre, aunque…— se acercó al pelinegro— tu serias un buen soldado, claro, después de la furia… que experimentaras— dijo el hombre que vestía totalmente de blanco

— ¡Mal…dito! — Byakuya reconoció el monstruo frente a él, salido de las historias de los aldeanos.

—Hijo de la noche me llaman, pero…— Modio al padre de la pequeña Rukia, en el hombro. Colocó sus labios en el lugar de la herida para succionar la sangre del hombre, — no tiene caso presentarme

—No te atrevas a tocar a mi hija…— murmuró el padre— te ma…— los ojos de este se cerraron, el hombre de cabellos castaños, se hizo una incisión en un dedo que metió en la boca del hombre. Dejando ensangrentado el interior de la boca del pelinegro

—Bueno, ahora esperar— sujetó más fuerte a la esposa del Kuchiki, la mordió y succionó su sangre.

—Tú no eres un buen elemento… y estas, enferma— miró a la mujer, — es mejor que acabe contigo ahora—

—Byakuya te amo… Ru… Rukia — se escuchó de la lastimada garganta de Hisana

—Que tierna…— dijo el hombre de ojos rojos, que succionó por completo hasta la última gota del cuerpo de la mujer, — ¡Arg…! Que mal sabor…— caminó hacia la pequeña pero escuchó al hombre moverse, volvió al lado de este y lo sujetó del cuello y salió con él… los ojos azules sólo lograron ver a su esposa muerta y su pequeña sobre el piso…

—¡Rukia! ¡Corre! ¡Corre! — La oscuridad estaba en los pies de la ahora joven Rukia, —¡Rukia!

— ¡Papá, mamá! ¿Dónde están?— el pánico se apodero de la niña, todo era oscuridad, sentía estar cayendo— ¡Papá! ¡Papá! ¡Mamá! — Entre la oscuridad, la imagen de su padre, cubierto de sangre apareció, mirándola con tristeza, sus ojos ya no eran los de él—

—¡papá! Regresa— cayendo suplicaba la chica— ¡PAPÁ! — gritó, despertando asustada, bañada en sudor… aferrándose a la almohada de un lado.

— ¡Papá! ¡Mamá! — quiso llorar, pero se detuvo, volviendo a la almohada.

Su corazón agitado y sudorosa, trato de recuperar la tranquilidad en su agitada respiración y algo muy extraño sucedió. Después de tantos años, el dulce y armonioso aroma que no se había repetido, volvió a su nariz.

Quiso aspirar más… y escuchó casi en un susurro.

—Tranquila… fue… sólo… un… sueño— Rukia se asustó además del sueño

— ¿Quién está ahí? — Preguntó, cubriéndose con la sabana, buscó temblorosa la mesa a un lado de su cama, —Conteste… — dijo Rukia

— ¿Quién… quién está ahí? — repitió, escuchando en respuesta, alguna clase de risita, el dulce olor se esparció por la habitación, confundiendo a Rukia,

— ¿Jefe? — pero nadie contestó

—Estoy loca… no es posible— se dijo así misma en voz alta, se volvió a recostar, el olor seguía allí, no podía confundirlo, ella lo sabía, era el jefe de la aldea