PRESENTACIÓN

¡Hola a todos! Aquí entrego una historia titulada "Tierra de sombras". No es una continuación, sino un fanfiction alternativo que apareció mientras preparaba "Alguien para mi" (otro alternativo también; pueden encontrarlo consultando mi Profile =P).

El escenario principal es Escocia y la historia es algo dramática, melancólica y algo más por ese estilo. Está centrada, sobre todo, en Albert y Candy; quienes quizá aparecen como perfectos desconocidos respecto a lo que estamos acostumbrados a ver en los personajes; lo cual es lógico dado que son sobrevivientes de la guerra. No me parece que vaya a ser una historia de altos vuelos ni tan prolongada, pero eso sólo el tiempo lo dirá. Comprenderé si les parece extraña o les disgusta incluso XDDDD ¡Estoy loca! ¡Lo reconozco! Peeero... ¡Tenía que escribirla! ¡Mis dedos no pudieron resistirse!

Aclaración: estoy bastante corta de tiempo para investigar más; así que pido disculpas por si las expresiones en gaélico escocés no están correctamente construidas. ¡Vamos! ¡Que no soy experta! =P ¿Porqué utilizar expresiones de este tipo? Bueno, es difícil de explicar, pero así surgió la historia en mi imaginación.

Ya saben: jitomatazos a la casilla respectiva =P ¡Gracias por leer! Ah! Y recuerden que las fechas de actualización son un verdadero misterio para mí =P jeje U_U!

Aclaraciones sobre la historia:

La denotación "Alternativo" implica una serie de circunstancias por las cuales el fanfic no está basado en situaciones de la serie original. He aquí una lista de las principales diferencias:

* Los padres y la hermana de William no murieron. Los tres sobrinos de William viven con Rosemary y su esposo, mientras que William vive con sus padres. No obstante todos habitan en el mismo poblado, a orillas del Mar del Norte, dentro del territorio del Fiordo de Dornoch.

* George administra Lakewood y es una especie de guardián para Aloy, la dueña de la propiedad. Lakewood no es ni de lejos una mansión de las proporciones que se muestran originalmente en la serie y el manga, sino que es más bien una especie de casa de campo con algunos terrenos y un pequeño bosque rodeándola. Aloy es pariente de los Ardley.

* Candy fue adoptada por George debido a circunstancias muy especiales; por lo tanto, vivió con él y Aloy en Lakewood, fungiendo como una especie de dama de compañía para ésta, antes de marcharse a estudiar enfermería; esta situación le condujo al frente de batalla nada más iniciar la Primera Guerra Mundial.

*Los Ardley son de buena posición; pero no son inmensamente ricos. Son más bien una familia muy antigua que es respetada por los lugareños allá en Escocia. La familia no posee ninguna propiedad en América. El padre de William conserva el título de Sir y el propio William ha recibido tal nombramiento por su servicio durante la guerra. La historia de los Ardley en cuanto a clan plasmada aquí, no guarda ninguna relación con la explicada en los fics: El Capricho de William, Luna de Escocia o Candice.

* Supongo que la mayor sorpresa serán las circunstancias que conseguirán reunir a William y a Candy en la remota Dubh Bàigh.Y la propia relación entre ellos dos. ¡Ah! ¡Me temo que el factor destino se ha impuesto de nuevo!...

AGRADECIMIENTO ESPECIAL: A Roni de Andrew, por inspirarme parte de la dirección de esta historia gracias a su bello fic (La Heredera) que por cierto: aún no consigo terminar de leer -_-!.

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CAPÍTULO 1: Interrogantes sin respuesta

Sin percatarse realmente de lo que hacía, extendió una de sus manos para apartar un mechón del largo cabello rubio que caía descuidadamente sobre el rostro del extraño. Una ráfaga del cálido aliento masculino envió pequeños estremecimientos por su piel. Él dormía, como siempre, benditamente ignorante del caos que aún dominaba las trincheras y que convertía en insuficientes todos los esfuerzos por salvar vidas.

El hombre llevaba inconsciente más de tres semanas, y ella se preguntó si jamás despertaría. Era hermoso, pensó por enésima ocasión; tan hermoso como sólo un ángel podía serlo. Recordó por un momento la primera vez que le viera, ingresando en esa camilla hacia el pabellón de emergencias, tan pálido como la muerte, y tan fuerte como el roble que se erguía a un lado de aquella pequeña casa de los páramos estadounidenses, donde ella había crecido bajo la constante vigilancia de un par de extraños que ahora eran la única familia que podía evocar.

Nunca un paciente le había llamado tanto la atención. Y cierto era que nunca, desde que llegara a ese pequeño e improvisado hospital en el frente italiano, había sido testigo de la conmoción que podía causar un perfecto desconocido entre todos: pacientes, médicos, enfermeras y demás visitantes ocasionales y voluntarios.

Era un espía, a decir de muchos; pero, por más que se esforzara, ella no conseguía imaginarlo cometiendo las atrocidades de que le acusaban. Los más le consideraban responsable por el atentado al tren que había cegado cientos de vidas a unas cuantas millas de ahí. No. Eso era imposible. Él sólo podía ser bueno y noble. Sólo podía sonreír y dar felicidad a todos cuantos le conocían. Sí. Eso era lo más seguro. Ese rostro, cincelado con la perfección de una escultura clásica, sólo transmitía bondad.

Sin embargo, cierto era que el paciente poco podía hacer para confirmar sus sospechas o las de cualquiera, puesto que aún no recuperaba la conciencia, y se mantenía delirando palabras incoherentes, pronunciadas en una lengua extraña que ningún miembro del personal había conseguido reconocer. Con un suspiro de frustración, ella recordó que ese encontraba ahí precisamente para documentar los registros del paciente; porque al día siguiente sería trasladado a un nuevo hospital, lejos de la zona de conflicto, y lejos de ella.

Resignada y sintiendo como una desconocida sensación cercana a la impotencia surgía en su interior, se dispuso a verificar los signos vitales del herido, pensando que la guerra era una cuestión implacable, y que era una verdadera lástima el que la violencia generalizada dejara poco espacio, y más escasa consideración aún, para desconocidos a quienes todo el mundo consideraba una amenaza.

Apartó, con reticencia, su propia mano del masculino rostro, sabiendo que le echaría en falta. Resultaban extrañas, en verdad, las cosas a las que uno podía llegar a aferrarse en ese escenario aterrador. Se dijo, con inexplicable tristeza, que él jamás la recordaría como ella a él, porque continuaba sin regresar al mundo de los vivos. Una verdadera pena no tener siquiera un nombre para evocar, porque ella no le olvidaría; jamás podría hacerlo.

Siguiendo un impulso, llevó sus manos hasta el colgante de plata que le obsequiara la señora Aloy, la jefa de su tutor, antes de su partida a la escuela de enfermería y, sin dudas ni arrepentimientos de alguna clase, lo retiró de su propio cuello y lo colocó en el del hombre, rogando al creador que, así como le había protegido a ella, le protegiera a él también.

Sólo Dios sabía si él lograría recuperarse. Sólo el Señor sabía si algún día él abriría los ojos y contemplaría el mundo otra vez. Ella dudaba que fuera así; porque estaba consciente de que las posibilidades de ser admitido en otro hospital hasta que consiguiera recuperarse eran reducidas, no sólo por sus especiales circunstancias, sino porque a cada hora llegaban nuevos heridos requiriendo atención urgente.

Percibiendo cómo la desesperanza comenzaba a invadirla, cerró los ojos y elevó una silenciosa plegaria por él, por ella misma y por todos aquellos que participaban en esa guerra sin sentido. Rogó porque la tristeza dejara de ser la reina indiscutible de la historia y que, pronto, muy pronto, el mundo pudiera despertar de esa pesadilla.

Piuthar... ─ fue apenas un murmullo enronquecido, pero ella le escuchó. Abrió los ojos y se encontró con la mirada azul más intensa que hubiera visto nunca. Su respiración se agitó ante el inesperado regalo de la providencia, que le concedía contemplar los ojos de ese misterioso hombre antes de verle partir.

Piuthar... ─la expresión se repitió, haciéndole comprender que, si bien él no estaba totalmente consciente, era la primera vez desde su llegada que se mostraba realmente despierto. Sintió deseos de ponerse a bailar, pero eso no era lo que se esperaba de su posición, así que optó por decir:

─Tranquilícese, no se esfuerze o volverá a perder el conocimiento ─indicó, convertida ya en la profesional que sabía hacer bien su trabajo. Su mano tomó la del hombre buscando alguna alteración de los signos vitales, pero todo parecía normal; aparentemente él estaba mostrando el primer indicio de la recuperación─. Es bueno saber que ha despertado ─indicó con una sonrisa, que provocó que los ojos azules le miraran interrogantes.

La expresión del hombre se tornó aún más confundida mientras dejaba sus ojos para recorrer el improvisado pabellón de aislamiento, y ella comprendió que tal cosa era normal. Probablemente lo último que él recordaba era la explosión misma, o incluso, algún evento antes de ésta. El camino sería largo y tortuoso, pero que el hombre estuviera ya consciente era el mejor de los signos.

Feliz con el inesperado giro del destino, salió del pabellón, dispuesta a convencer al doctor Leighton, uno de sus médicos favoritos, para que acudiera lo más pronto posible a reconocer al paciente.

No podía saber que ya no le miraría otra vez. De la misma manera en que ignoraba que, en ese momento, dos grupos de aviones con banderas de bandos contrarios se acercaban a toda velocidad, desde direcciones diferentes, para encontrarse en un punto del cielo situado sobre el improvisado campamento de auxilio. La escaramuza resultaría inevitable, con consecuencias funestas para las inocentes víctimas quienes, al resguardo de la superficie terrestre, desconocían que su destino ya había sido escrito.

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VOCABULARIO GAÉLICO

Piuthar: hermana.

NOTAS

Esta parte de la historia ocurre aproximadamente en 1915.