Mansión Ardley, Chicago, 1911.

─¿Capricho? ─los ojos azules se abrieron al máximo al escuchar las palabras de George, quien recién regresaba de cumplir el último de sus encargos. William compuso una expresión que habría hecho reír a Puppé y a Candy por igual, de haberlo visto, al conocer la opinión de la tía Aloy sobre su última decisión. George, de pie frente a la mesita para el oporto, no dio muestras de parecer afectado en la misma forma que él; su rostro era una perfecta máscara de cortesía y seriedad.

─Así es, señor William ─respondió el hombre mayor, con gravedad─. A madame Aloy no le hizo la menor gracia.

─Bueno, ella es así ¡Qué remedio! ─William se encogió de hombros, en filosófica aceptación del asunto. Ahí, sentado junto a la ventana, cruzado de piernas en una aristocrática pose, no parecía para nada un vagabundo, pensó George. Si bien, la camisa de fina seda carecía de la restricción de la corbata y tenía dos botones desabrochados en la parte superior, mostrando el bronceado que su portador había adquirido gracias a sus paseos al aire libre; tanto la innata elegancia de la postura, como la ropa del muchacho, proclamaban silenciosa, aunque evidentemente, su encumbrado origen.

El joven rubio permaneció un momento pensativo, uno de sus brazos descansando cómodamente sobre la mesita; en ésta también se encontraban una licorera de cristal y dos copas, una sin utilizar y otra a medio llenar; la última evidenciaba sutilmente, que su tranquilidad actual era sólo una fachada y que, en realidad, esperaba con ansiedad el reporte de George. Los labios de éste se curvaron levemente al comprender lo especial de la ocasión. Sintió una punzada de orgullo al contemplar el impecable estilo con que William disimulaba la tensión.

─George… ─William iba a decir algo, pero contuvo sus palabras y permaneció en silencio, como reflexionando en lo que diría a continuación. El hombre le permitió tomarse el tiempo necesario. No tenía prisa. Además, las cosas habían ido mucho mejor de lo que él mismo se hubiera atrevido a imaginar. Aún no entendía el porqué de la pronta claudicación de Madame Aloy ante el mensaje del presidente de los Ardley; sin embargo, la reflexión que el asunto merecía, tendría que ser pospuesta hasta concluir la entrevista con William.

El joven rubio se puso de pie. Un movimiento felino que tensó sus músculos y reveló algo de la vitalidad del trotamundos mochila al hombro en que se convertía últimamente. Con pasos lentos se dirigió al alto ventanal para descorrer las cortinas. En un silencio que se antojaba hasta solemne, permaneció contemplando lo que fuera que estuviera más allá de los cristales. Sin embargo, George supuso que la profunda mirada de William se encontraba posada más allá de la realidad, confrontando sus personales razones con las palabras de Aloy.

─¿Cómo reaccionaron los chicos? ─preguntó. Y, extrañamente, George pudo notar cierta crispación en su tono; cosa poco corriente para alguien que, como William, no era dado a disfrazar ni intenciones, ni sentimientos. Parecía que la pregunta había sido realizada por mera formalidad y que ningún detalle al respecto sería bienvenido. George decidió sondear un poco, verdaderamente intrigado.

─Ellos estaban verdaderamente emocionados con la noticia ─respondió, intentando imprimir a su voz el entusiasmo justo para incentivar el interés de William. Sin embargo, comprendió que su inicial suposición era correcta, cuando éste permaneció en silencio; aún contemplando el paisaje tras el ventanal. Creyó percibir que él apretaba los puños, pero el movimiento fue tan breve que no estuvo seguro de haberlo visto en realidad.

Transcurrieron varios minutos, marcados por las finas manecillas del reloj de pared situado en el extremo izquierdo de la habitación; mismos durante los cuales, William abandonó su inmovilidad sustituyéndola por una caminata in crescendo a través de la mullida alfombra. Su anterior tranquilidad convertida en movimientos que rayaban lo frenético.

─Dime George ¿Tú también piensas que se trata de un capricho? ─preguntó, deteniéndose abruptamente para mirarlo; el desafío patente en cada uno de sus rasgos. La tensión dominando cada miembro de su juvenil cuerpo. El azul de sus ojos oscurecido fugazmente por quien sabe qué intensa emoción. El desconcierto unido a la desesperación atisbando por su mirada. Su voz teñida con la incredulidad; resistiéndose a considerar siquiera la posibilidad de tal desatino.

George comprendió que la situación era más seria aún de lo que se había imaginado y que la respuesta a tal pregunta era demasiado importante para William. Por un momento, su mente evocó las palabras con que Aloy se dirigiera a Candy: "El capricho de William". Al escucharla, horas atrás, no advirtió sino la usual desaprobación que la anciana mostraba ante cualquier empresa del líder de los Ardley; pero ahora comprendía que también había existido cierta consternación y asombro en su tono. Y no tenía más que mirar a su pupilo para entender la preocupación de Aloy. Conociendo a William como lo conocía, estaba seguro de que habría algún misterio al respecto.

George carraspeó, intentando aclarar sus ideas y alejar el repentino pánico que se apoderó de él ante la insólita visión del futuro que se le presentó en la extraña mirada del muchacho; luego, sin demasiadas esperanzas de ser verdaderamente útil, empezó a esbozar una respuesta:

─Señor William, con todo respeto, pienso que…─empezó a hablar; pero fue interrumpido por William, quien dotó a su voz de toda la violencia que bullía en su interior.

─¡Hubo tres cartas! ¡Tú las leíste! ¿Qué otra cosa podía hacer, si no?

George contuvo la fácil respuesta que surgió en su mente, comprendiendo que no sería bienvenida en absoluto por el señor William. Efectivamente: habían existido tres cartas, pero ninguna de ellas era la responsable de semejante exabrupto, totalmente inusual en su pupilo, y cabía la posibilidad de que tampoco la temeraria decisión a la cual se refería William fuera producto de esa tercia de misivas. George sabía que existía algo en ese asunto de lo que William no lo había enterado. De hecho, el hombre tuvo el desagradable presentimiento de que las cartas habían sido la perfecta excusa para encubrir una decisión ya tomada con anterioridad. Empezaba a vislumbrar, muy de cerca, la verdadera fuerza de carácter del joven. Algo que le preocupaba y enorgullecía por igual.

George permaneció en silencio, mientras recordaba cómo William no había sido el mismo desde que, días atrás, regresara de su enésima aventura secreta llevando consigo una misteriosa nota guardada dentro de una botella de cristal. Desde entonces, ésa era la caminata número diecinueve sobre la alfombra; de las que había contado, por supuesto. En todos esos años bajo su cuidado William nunca se había comportado de esa manera. A George la cosa no sólo le parecía divertida y alarmante a un tiempo; sino, por sobre todo, extraordinaria y digna de una segunda, y hasta una tercera, reflexión.

Para añadir combustible a la hoguera de su intriga estaba, además, ese interesante y significativo detalle de la autoridad asumida: esos días habían sido los únicos, exceptuando aquélla mañana de hacía varios años en el tejado, en que William había utilizado con total conciencia su rango y posición en la familia Ardley para salirse con la suya. La inestimable certeza de que él era el cabeza de familia había golpeado de lleno en su mente, convirtiéndolo en cuestión de horas en un oponente formidable, incluso para George.

Sin embargo, en lo referido al "¿Qué otra cosa podía hacer?", exclamado con un tono que rayaba en lo melodramático, George no se sentía impresionado con semejante frase. Estaba completamente seguro de que William no había solicitado su opinión para esta decisión en particular: simplemente se había limitado a enviarlo, con instrucciones harto precisas rumbo al sur del país, en busca de la problemática chiquilla que, bien sabía, era el quid de la cuestión incluso ahora. Por suerte, la niña estaba ya a salvo en Lakewood bajo la entusiasmada protección de por lo menos tres Arldey. Se preguntó, pese a sus dudas, si William conocía a la niña personalmente, dado que la descripción que le había proporcionado, difícilmente podía provenir de las ingenuas misivas de sus jóvenes sobrinos.

─Señor William… ─George se atragantó con las palabras, sabía que tenía en sus manos un momento crucial para la educación de William, pero la forma de proceder se le escabullía. Pese a tener casi veintiún años William parecía, en contadas ocasiones como esa, el patriarca que todos los Ardley imaginaban: un anciano sobrio, intimidante y tremendamente astuto. Aún ahora, George sabía que fracasaría si intentaba adivinar lo que cruzaba por la mente de su pupilo.

─Lo sé, George ─interrumpió éste, para alivio del aludido. Hubo resignación en su voz; como si comprendiera que era la hora perfecta para capitular. Todo disimulo abandonado y dejando entrever que, al menos, no estaba dispuesto a negar que existía un detalle de considerable importancia en toda la cuestión. Una sonrisa se dibujó en su juvenil rostro, confiriéndole una apostura notable; sus ojos brillaron, permitiendo entrever un poco de lo que ocultaba su alma.

─¿Qué cosa, señor William? ─inquirió él, a propósito, intentando medir el tiempo en el que William elaboraba una respuesta coherente; es decir, una que lo hiciera quedar libre de toda sospecha. Presentía que William no estaba preparado para enfrentarlo con la verdad completa. Complacido, George se dijo que la astucia del joven también había mejorado gracias a esta experiencia; pero, aún le faltaba mucho por aprender; e innumerables batallas qué librar contra Aloy y él mismo.

─¿No crees que Candy se parece mucho a Rosemary? ─dijo William, trayéndolo de vuelta a la realidad. El muchacho se acercó resueltamente a la mesa y tomó en sus manos la copa a medio llenar.

Mientras lo observaba apurar el resto del oporto, George pensó que era asombroso lo mucho que había cambiado su pupilo en tan corto tiempo. Sabía perfectamente que la mención a Rosemary no había sido casual en ninguna forma y, también sabía, que tal justificación revelaba lo que él había querido averiguar: William ya conocía a la niña. No obstante, comprendía que no diera más explicaciones; después de todo, si algo tenía perfectamente claro el muchacho, era que existían cosas sobre las que jamás podría decir mucho a ninguna persona; ni siquiera a sí mismo.

Sin embargo, y debido a todo ello, no podía permitirle a William un escape fácil. Ya que como si de un despacho corriente se tratara, el muchacho le había enviado con carácter de urgencia a efectuar lo que, a todas luces, era sin duda un secuestro; y a probar su ingenio contra la infantil astucia de una adolescente terriblemente propensa a provocar problemas. Eso sin contar que acabó enfrentando al dragón, es decir madame Aloy, en su propia guarida. Sí: merecía que su pupilo le revelara algo más, algo que aclarara un poco el rompecabezas en que se habían convertido los últimos días.

─Largo cabello rubio ondulado, hermosa sonrisa… Sí. Es posible ─aseveró George intentando mantener su habitual tono cortés; luego, guardó un significativo silencio, demostrando deliberadamente sus dudas. El suspiro exasperado de William le llenó de satisfacción. El muchacho había comprendido sus intenciones a la perfección.

─¿Pero?...─la satisfacción de George creció al instante. William había conseguido que su voz sonara todo lo intimidante y amenazadora que necesitaba para hacerlo abandonar la dirección de la conversación. Una mueca casi burlona se pintó en su maduro rostro al pensar que, si William esperaba verlo echarse atrás con eso, quedaría decepcionado. Muy decepcionado.

─La señorita Rosemary no tenía pecas ─asentó, casi con severidad; su preocupación y análisis del comportamiento de William olvidada por un momento ante el recuerdo. George también mencionó algo que le pareció importante recalcar─: Además, sus ojos tenían esa profundidad irrepetible que sólo encuentra igual en el océano que se vislumbra desde los riscos de Dleystone al atardecer, durante el verano.

Para su consternación, William lo miró perplejo; como si hubiera encontrado al fin una explicación a una duda largamente sostenida. George comprendió que sus palabras lo habían alertado sobre algo; pero se le escapó el significado de ello. Ni siquiera se percató de haber llamado señorita a Rosemary, pese a que ésta se había casado y dado a luz a Anthony hacía mucho tiempo. Sin embargo, haciendo caso omiso de su error, William decidió proseguir, ahora más tranquilo e imprimiendo a su voz una nota de inconfundible sinceridad:

─ Supongo que estás siendo bondadoso con la memoria de mi hermana, George; pero, bien sabes que en lo referente a las pecas estás mintiendo. Todos en la familia solían bromearla con eso ─refutó William, dedicándole una de sus amables sonrisas. Esas que, George estaba seguro, le acarrearían decenas de inversionistas de grueso calibre en un futuro cercano, debido a su fuerza y calidez

─Tal vez ─admitió George, levemente sonrojado, al comprender que William decía la verdad. Se recriminó en silencio por haber olvidado un detalle tan importante.

─Por supuesto ─asintió William, con expresión sumamente concentrada, seguramente inmerso en los pocos recuerdos que conservaba de su única hermana─. A decir verdad, yo no la recuerdo de esa forma; pero ella me contó alguna vez porqué razón papá solía llamarla "chispas de sol".

─¡Vaya! ─exclamó George, sin saber qué decir; sorprendido aún por su involuntaria omisión.

─ Sin embargo ─continuó el muchacho con voz inusualmente divertida─, te confieso que he llegado a pensar que las pecas deberían ser exclusivas de Candy ─dijo, riendo sin poder evitarlo. El espíritu de George se agitó al notar cómo una singular calidez inundaba la profunda voz de William al mencionar el nombre: sin duda era un deleite para el joven pronunciarlo. A su sorpresa se unió un sentimiento de irrefrenable nostalgia; porque hacía mucho tiempo que William no se mostraba así de feliz.

─¿Recuerdas Dleytower, George? ─comenzó a decir William, aún con ese tono de lejano ensimismamiento impregnado de genuino deleite que pocas veces mostraba─: las torres de piedra gris, el toque del gaitero mayor al amanecer, el susurro de los árboles mecidos por el viento, el brezo multicolor que anuncia la primavera salpicando las rocosas laderas, el bosque tras la colina y aquel estanque rodeado de árboles que refleja un hermoso color verde que brilla a la menor provocación… ─el joven guardó silencio; quizá ocupado en recordar o, tal vez, plenamente consciente de que había dicho más de lo necesario.

George miró a William bajo una perspectiva totalmente diferente. El asombro, la comprensión y un destello de dolor se reflejaron en sus ojos oscuros; unos ojos que habían sido testigos de innumerables tristezas en la familia Ardley y que ahora asistían al primer episodio de lo que, tal vez, podía convertirse en una tragedia.

De pronto, George comprendió, a cabalidad, lo significativo de la escena que atestiguara la tarde del día anterior a las puertas de Lakewood y lo acertado de las palabras de madame Aloy y se admiró; no tanto de que la vieja matrona hubiera calibrado a la perfección el asunto, sino de que hubiera sopesado perfectamente las posibles consecuencias que le acarrearía el contradecir a William en esta ocasión. Más sabía el diablo por viejo…

George había dicho a William una verdad irrefutable: su hermana Rosemary era el alma de Dleystone. Siempre había sido de esa manera. Rosemary había nacido en aquella propiedad que dominaba los riscos y el océano a un tiempo. Dleystone era parte de las propiedades escocesas de la familia Ardley, aunque su importancia no era tan crucial como el castillo Dleytower, mencionado por William. George sintió un escalofrío de impotencia recorrerle las entrañas. Si Dleystone era la residencia que habitaba el primogénito del Jefe del Clan; Dleytower era mucho más que eso. El castillo era el pasado, el presente y el futuro de los Ardley, todo a un tiempo; su raíz más profunda: el alma del Jefe del Clan.

Recordó Dleytower. El que podía considerarse aún el hogar ancestral de los Ardley. La residencia del Jefe del Clan. Era tal y como William lo había descrito. Era asombroso el cómo su pupilo guardaba en el alma aquélla imagen.

La última vez que estuvieron de visita en ese lugar, William, siendo aún un adolescente, había descolgado el retrato de su madre del sitio de honor de la estancia, mientras pronunciaba, en gaélico, palabras amorosas que la animaban a reposar en la eternidad y a bendecir a la nueva ama que su corazón de sucesor proporcionaría. Era una promesa sagrada mediante la cual se consagraba a cumplir con su misión en la vida; ayudado, por supuesto, de todos aquéllos que estaban bajo su protección, y con la que también, declaraba estar dispuesto a buscar sin descanso el alma que sería la vida de Dleytower y la suya propia.

El descolgar el retrato del sitio de honor era un ritual arcaico, establecido por el segundo Ardley de la historia registrada, que se celebraba cuando el heredero alcanzaba la edad suficiente para iniciar una vida independiente de su familia o cuando el jefe del clan moría inesperadamente, aunque su sucesor no hubiera llegado aún a la edad estipulada. Era en ese momento, cuando el símbolo más preciado de Dleytower permanecía oculto, en espera de que una nueva generación empezara a consolidarse bajo la protección de un símbolo totalmente distinto, aunque complementario al resto de los existentes.

Era una manera demasiado gráfica de anunciar que el sucesor estaba listo para emprender sus obligaciones comprometiéndose, también, a vivir honrando las tradiciones sin anclarse en el pasado. Significaba, a su vez, que el heredero se disponía a construir su propia historia, sin sombras y con la mayor honestidad posible, abriendo su corazón por completo a la vida. En el caso de William había significado por sobre todo, el inicio de un camino que conducía a la aceptación del indeseado destino que; siendo el joven que era, le parecía en más de una manera opresivo. A George aún le asombraba la entereza con la que el muchacho había enfrentado ese impactante ritual, pese a su corta edad. Jamás podría olvidar la decisión de su mirada en aquel momento.

"Que sólo una razón prevalezca para tí. Que una sola flama ilumine tu oscuridad" rezaban dos frases en el decálogo que el primer laird reconocido con el apellido Ardley, un guerrero intrépido que cometió la osadía de robarle una prisionera de noble ascendencia al duque normando, hizo grabar en la pared secreta de Dleytower, como se le llamaba al muro norte. George siempre había pensado que era una clara advertencia demasiado ligada al motto de la familia acuñado en honor de ese mismo, legendario personaje: "mirifice amare".

Los Ardley habían vivido honrando ese lema de todas las formas posibles, inventando nuevas, incluso. En el transcurso de los siglos los laird de la familia se habían asegurado de demostrar a sus enemigos que nadie podía salir bien librado si se atrevía a amenazar aquello que estaba cerca de su corazón. Ningún Ardley que hubiera encontrado verdaderamente la auténtica flama para iluminar su oscuridad fue vencido y esa extraordinaria circunstancia era el motivo para que en el resto de los clanes una advertencia cobrara vida y fuera transmitida de generación en generación como un secreto de supervivencia: "Guárdate de amenazar con obras, palabras o pensamientos la razón de un Ardley; porque morirás bajo sus manos".

George pensó en William, quien tras la muerte de su padre había heredado no sólo el título, sino la posición como el Jefe del Clan Ardley. La ceremonia de investidura había sido aplazada indefinidamente debido a la corta edad del muchacho. Había sido Aloy, en su calidad de tutora legal, quien lo decidiera así.

Mientras el tiempo transcurría, inexorable, aguardando la esperada madurez del heredero, Dleystone y Dleytower, las dos residencias principales, habían sido puestas simbólicamente a cargo de Rosemary, hasta que la muerte de ésta puso en evidencia la necesidad de una cabeza visible para los Ardley. Tal situación, jamás ocurrida en los últimos cuatro siglos de historia, desembocó en el nombramiento del bisabuelo William, encadenando definitivamente al muchacho a una responsabilidad que por mucho tiempo rehusó aceptar y que, aún ahora, le provocaba conflictos existenciales.

Tras la muerte de Rosemary, William rehusó cumplir sus obligaciones como sucesor y, ni Aloy, ni el propio George lograron convencerlo, por ningún medio, de comenzar su preparación para la difícil misión de gobernar a la familia Ardley, pues el adolescente declaró tajantemente que no estaba interesado en tomar semejante carga sobre sus espaldas.

George recordó las agrias discusiones entre Aloy y William debidas a la resistencia inicial del muchacho: una rebeldía sostenida en la personal convicción, auténticamente Ardley, de jamás pronunciar un juramento que le fuera imposible cumplir. Por mucho tiempo, William estuvo seguro de que ser la cabeza de la familia no era su destino. Sin embargo; tal obstinación había sufrido, de manera inesperada, una modificación radical.

George pensó por un momento, en aquel lejano amanecer, cuando encontró a William en la terraza de la mansión de Lakewood, ataviado con el traje formal de los Ardley y con el aspecto de haber pasado la noche en vela, rumiando pensamientos que no le correspondía aún formular. William había abandonado su recinto favorito con la firme convicción de que, siendo el sucesor de su padre, debía acatar las tradiciones hasta las últimas consecuencias. Fue así como, enfrentándose por primera vez en su vida a Aloy, emprendió el viaje hasta el castillo Dleytower para celebrar la ceremonia mediante la cual asumió sus responsabilidades como Jefe del Clan Ardley en Escocia y presidente de la familia Ardley en América y el resto del mundo. El inesperado e inexplicable cambio de opinión los desconcertó a él y a Aloy por igual. Ya hacía varios años de aquello.

William continuó con su reflexión. Su voz pausada, lenta, profunda y tremendamente seria; totalmente ajeno a los pensamientos del hombre mayor y al silencio que los envolvía─Recuerdas a Rosemary ¿no es así George? Según decía papá, desde que nació ella fue siempre el alma de Dleystone: toda luz dorada y profundidad. Es una pena que muriera tan joven. Es verdaderamente triste que papá y mamá también murieran; sin embargo, aún me queda Anthony… ─William dejó escapar un suspiro y permaneció inmerso en sus pensamientos.

George sintió la tristeza invadirlo. William rara vez mencionaba a su familia, perdida en una sucesión de tragedias que habrían resquebrajado sin remedio el espíritu de hombres con dos décadas más de vida. Era sorprendente la fuerza que había en ese joven. Aloy también había conseguido verla, sin duda, o no habría permitido a William ejecutar la inusitada decisión de tomar bajo la protección de la familia Ardley a una de las chicas al servicio de la casa Leegan; una huérfana sin pasado.

George no pudo evitar que sus pensamientos volvieran a la capitulación de Aloy. No recordaba ningún episodio remotamente similar al ocurrido en Lakewood. Ni siquera para realizar aquel viaje a Escocia Aloy había consentido sin más; sino que había exigido de William razones suficientes y probadas para apoyar sus intenciones. La anciana matrona no era precisamente un oponente débil; y en esta ocasión, George tenía que admitir, en privado, que se sentía decepcionado con su aceptación. ¿Cuáles habían sido sus palabras exactas?: "Es una orden de William y sus órdenes son indiscutibles".

George se dijo con desesperación que habría dado cualquier cosa por descubrir una explicación satisfactoria a todo lo ocurrido; sin embargo, se sintió más acongojado al descubrir que, de encontrarla, bien podía ser un indicio inequívoco de la catástrofe que presentía estaba ya en camino hacia ellos; William en principio. No obstante, entre más las analizaba, las palabras del joven presidente le hacían perder toda esperanza de la lejanía del desastre. Algo le decía que el alma del muchacho agonizaba sin remedio por un futuro en sombras que aún no asomaba en el horizonte; pero que él intuía perfectamente.

─¿Sabes George? Creo que no hay motivo para preocuparse. Candy estará bien. El disgusto de la tía Aloy no puede durar mucho tiempo; sobre todo si de hacer felices a los muchachos se trata.

De vuelta a la conversación, George pensó por un momento en lo que William dijera, y no creyó ni por asomo que la decisión de su pupilo, tomada con todo el peso de su autoridad como presidente de las familias Ardley, se hubiese debido a la consideración en que éste tenía a Anthony y a sus demás sobrinos, como estaba empeñado en hacerle creer. No. George ahora estaba plenamente seguro de que debía que existir algo más. Alguna razón condenadamente importante y trascendental. William jamás había sido caprichoso, eso le constaba; y, pese a su juventud, todas sus decisiones eran perfectamente analizadas antes de ser formuladas. Bueno, quizás no esta última.

─¡Ah! ¿si? ─George se abstuvo de mencionar sus dudas, mismas que estaban plenamente justificadas, puesto que al escoltar a Candy a Lakewood, horas atrás, había sido testigo de la grosera recepción que, en conjunto, los jóvenes Leegan y la anciana Aloy le habían dispensado a la niña; aunque presentía que ésta, a pesar de sus esponjosas coletas rubias y tierna sonrisa, podría enfrentarlos sin mayor problema si era necesario. Y lo sería. De eso no tenía ninguna duda.

─Los Ardley amarán a Candy ─dijo William, con pasmosa seguridad; su voz inusualmente melancólica; su mirada extraviada en sabrá Dios qué recuerdo agridulce.

George refrenó el deseo de preguntarle a qué se refería; más no lo hizo porque temió que William se negara a responderle, e incluso se enfadara. Aún no podía explicarse a sí mismo la razón de su inexplicable inquietud; pero una idea que aún no había tomado forma en su mente le estaba molestando. El tono profético de William, totalmente fuera de lugar, inquietaba sus nervios de una manera que nunca había experimentado.

─Señor...─ por enésima ocasión durante la entrevista, George se encontró incapaz de comentar nada.

Todo circunspección y ecuanimidad, William lo observó con detenimiento; sus ojos dando forma a una mirada que jamás había mostrado antes: una que hablaba de cierto innato sentido de arrogante liderazgo, transmitido de generación en generación, venido desde allende el mar, desde los agrestes territorios montañosos de su amada Escocia, donde el primer Ardley de la historia registrada había erigido Dleytower. Por un segundo, como si de un salto en el tiempo se tratara, George tuvo ante sí al soberbio hombre que había ayudado a forjar. Un guerrero como pocos, dispuesto a arriesgar el todo por el todo, a dar la vida incluso por aquello que consideraba valioso: el amo de Dleytower, nada más y nada menos.

─¿Sabes George? ─dijo William, con una voz inusitadamente pensativa, casi solemne─. Supongo que Aloy tiene algo de razón, también.

─¿De verdad lo cree, señor William? ─atinó a decir George, totalmente perdido de la conversación. Concentrado en sopesar cada precioso detalle de las expresiones que surcaban el rostro del heredero. Este continuó; ajeno al examen de George y a todo cuando no fuera lo que quería decir.

─Pude haber encontrado docenas de soluciones distintas a ésta ─dijo con sinceridad─; pero las cosas han sido tal y como tenían que ser. No daré marcha atrás; la adopción es un hecho ─dijo, imprimiendo a sus palabras el énfasis necesario para declarar la irrevocabilidad de su decisión. Luego, después de una prolongada pausa, prosiguió explicando sus planes; unos planes que sólo George conocería de ahí en adelante─. Al menos así será para Aloy y los demás; pero lo cierto es, que no será una adopción común y corriente...

Mientras escuchaba lo que William tenía planeado, George enmudeció. Literalmente. Asombrado por las directrices trazadas por aquel a quien todavía consideraba apenas un joven; nunca un adulto. Se preguntó, sin realmente querer reflexionar en ello ¿a qué estaba jugando William? Y se recriminó, por una vez, no tener la voluntad suficiente para coartar sus planes. Además, debía admitir que William estaba capacitado para tomar sus propios riesgos.

Sin embargo, mucho antes que pudiera ordenar sus pensamientos, la breve explicación terminó y William prosiguió abruptamente la conversación anterior, sin darle tiempo siquiera a pensar y respondiendo, sin saberlo, su no formulada pregunta. Sorprendiéndolo aún más, si era posible.

─Candy es como Dleytower, George: toda luz, color y fortaleza. Roca firme contra el poder de las mareas y la violencia de las tempestades. La libertad siempre será una necesidad vital para ella. Así que no creo que necesite de los Ardley por mucho tiempo; de hecho, ni siquiera pienso que los Ardley le seamos verdaderamente útiles ahora ¿o crees que me equivoco?

La siguiente frase quedó sin formular; pero resonó, como una especie de profecía, en los oídos y la mente de George, tan nítida y clara como si William la hubiera pronunciado: "En realidad, somos los Ardley quienes necesitamos a Candy". Perplejo; estuvo a punto de atragantarse con su propio aliento contenido. Jamás hubiera pensado que las cosas fueran de esa forma. Su rostro debía de reflejar su estupor, porque su pupilo lo obsequió con una nueva sonrisa, más amplia que la primera, dándole a entender que comprendía perfectamente su razonamiento y lo aprobaba.

─Por supuesto que no, señor William ─estuvo de acuerdo George, más por responder algo, lo que fuera, que porque en realidad lo creyera. Sus pensamientos seguían su propio curso, ajenos a la conversación y centrados, más que en ninguna otra cosa, en la desolada expresión que William trataba de esconder. La mención que éste hiciera de Rosemary y Dleystone lo habían perturbado casi tanto como la directa alusión a Dleytower y la peculiar descripción de Candy. ¿Porqué diantres William no lo decía con claridad? ¿Porqué dejar que las cosas transcurrieran más allá? ¡Él era el Jefe del Clan, por Dios! Aunque fuera un secreto para los otros. El muchacho estaba a sólo unos meses de asumir la presidencia de las empresas Ardley también.

George sintió el pánico crecer desde su estómago, extendiéndose por todo su ser. Tenía la horrible certeza de que William había decidido, por inexplicables razones, condicionar su propio futuro y el de los Ardley, en una apuesta insensata. El cómo lo sabía era un misterio, pero estaba seguro de ello.

─Soy el Jefe del Clan ─remarcó William, con voz inusualmente seria y profundamente conmovida─. Y, aunque detesto admitirlo, ésta vez sirvió de mucho. ¿No crees? ─el joven permaneció un momento en silencio antes de pronunciar la siguiente frase; una afirmación estremecedora─. Candy representa una gran bendición; una muy especial, George. Sobre todo, para mí.

El corazón de George latió descompasado al comprender, horrorizado, lo que William estaba implicando. El verdadero sentido de las palabras de la inesperada sentencia surgió en su mente en perfecto orden: "Soy el Jefe del Clan. No quería serlo; pero lo soy. Y, si debo serlo, bien puedo permitirme un sólo capricho; uno tan especial, que sólo yo conozco su verdadera importancia".

George recordó a la niña. Al capricho de coletas rubias y preciosos ojos verdes que había escoltado hasta la mansión de Lakewood, y a quien los tres jóvenes Ardley le habían dispensado una alegre bienvenida frente a las arrugadas narices de madame Aloy, haciendo caso omiso de la declarada desaprobación de la anciana. A pesar de su corta edad, la adolescente no desmerecía ante la imponente residencia y parecía encontrarse en casa; como un miembro más de la familia; uno inestimablemente apreciado. Verdaderamente era para pensárselo.

¿Cómo demonios la había conocido William? No. Mejor no indagar en el resto de la historia. Mejor fingir que el heredero había dado un traspié en su preciosa educación y que, impelido por su buen corazón, había cometido una metedura de pata interesante. Sólo eso.

George no podía permitirse creer en algo más. Por su salud mental, trataría de no pensar en la manera en que el carácter de la niña le evocaba el del propio William. Por la tranquilidad de días futuros, intentaría no recordar la intensa soledad disfrazada de sonrisa que ella tenía en común con el heredero Ardley. Por su propia paz interior, olvidaría esas últimas palabras de William y la cálida expresión que éste reservaba para el simple recuerdo de la pequeña con pecas en la nariz.

─Alternaré mi tiempo entre Lakewood y Chicago ─dijo William, despacio, dándole tiempo al hombre para asimilar sus palabras─, ya que Candy podría necesitarme ─con esas tranquilas palabras, dichas con la seriedad que correspondía al presidente de las familias Ardley, William se colocó su habitual máscara de desenfadado buen humor. Olvidada, por el momento, la verdadera razón de la conversación; e incluso la niña que había dado origen a ella.

George observó al joven, quien, sin que él se percatara de ello, había regresado a la posición en la que le encontrara inicialmente: sentado frente a la mesa del oporto, en perfecto control de sus emociones; como si la conversación anterior no hubiese sucedido nunca. Y así era; porque George supo, sin necesidad de que William se lo indicara con palabras, que la entrevista había terminado en ese momento. Y también comprendió, no sin perplejidad, que esa había sido la forma de William de anunciar sus planes futuros. Unos planes que cristalizaban las más descabelladas esperanzas de Aloy y él mismo. Ya no habría dudas, ni marcha atrás: William había admitido su destino y de ahí en adelante sería, verdaderamente y para siempre, el hombre a cargo de las familias Ardley.

Súbitamente, a George lo golpeó otra revelación; justo la explicación que había estado buscando para el comportamiento poco usual de Aloy. Comprendió que, en realidad, todo el episodio podía tomarse como la más agresiva negociación entre William y la matriarca de los Ardley: la adopción de Candy, por la libertad de William. George no dudaba que, desde el principio, Sir Wiliam había sido plenamente consciente de lo que Aloy esperaría de él a partir de ahora. Verdaderamente asombroso; no podía describirlo de otra manera y en verdad, dudaba seriamente que en el futuro existiera algún conflicto de autoridad entre Aloy y William. El heredero acababa de anotarse su primer gran victoria.

Aún reflexionando en lo mucho que el joven le había revelado en ese breve intercambio de palabras, George avanzó hacia el ventanal, para recorrer las cortinas y dejar la habitación en la oscuridad. Sabía que William necesitaría eso; y también sabía que el muchacho no requeriría su presencia por lo menos durante la siguiente semana. Ambos tenían mucho en qué pensar.

Antes de salir de la habitación George le miró de nuevo: ahí, en medio de la solitaria habitación, inmerso en el que había sido su mundo durante demasiados años. El heredero exhibía la satisfacción del deber cumplido asomando por cada poro de su cuerpo: la tranquilidad aún atisbando en su expresión y un destello de anticipación brillando en sus cristalinos ojos.

Nada quedaba de la tristeza e incertidumbre que se había permitido demostrar ante George hacía unos instantes. Ningún rastro de los recuerdos compartidos, ni del deleite que evidenciara al pronunciar el nombre de Candy. Sólo la imagen de un joven adulto con la entereza suficiente para dirigir el destino de una de las familias más acaudaladas de América.

George cerró la puerta después de salir, y, alejando todo sentimiento de duda, silenciosamente elevó al cielo una plegaria que habría sorprendido incluso al propio señor William: "Gracias Dios bendito. Gracias de todo corazón, por haber enviado esa niña a la vida de William".

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NOTAS

Para todos los efectos, la adopción se establece en 1911, es decir, cuando Candy tiene ya trece años. Candy llegó a la casa Leegan cuando aún tenía doce años (en el manga puede verse que dice que ya pasaron seis años desde que encontró al príncipe) y acaba de suceder el cumpleaños durante el cual Anthony le obsequia el rosal, y, como el asunto de la caída de las rosas es más un presagio que un cambio de estación, no aseguro que haya terminado la primavera, por lo cual quizá el cumpleaños número 24 de Albert (26 de junio) todavía no ocurre. Además puede verse que no transcurre mucho tiempo entre su cumpleaños y la fecha en que es enviada a México.

Sobre la historia

Este es el primer fic continuación que me planteé escribir sobre Candy Candy; sin embargo, por accidente, comencé a escribir primero "Luna de Escocia". Aunque ambos comparten los antecedentes y la historia del Clan Ardley que diseñé, éste en especial, ahonda mucho más en la herencia genética de Sir William Albert Ardley y su posición como Jefe del Clan y, sobre todo, en sus personales razones y sentimientos en lo que a Candy White se refiere. La historia transcurre por completo en el continente Americano.

Esta historia no tiene en cuenta la nueva información arrojada por la nueva novela Candy Candy Final Story. Así que puede considerarse continuación al manga y alternativa a Final Story.

Sobre el título:

Desde la primera vez que escuché a tía Aloy decir en el anime "¡Cómo es posible que se haya envuelto en semejante capricho!" y luego mirar a Candy con furia y repetir al borde de la apoplejía: "¡Ah! ¡El capricho de William! Y, posteriormente, durante la presentación de Candy a los Ardley, volver a decir: "Esta es Candy, adoptada por capricho del tío William"...pensé que, sin duda tenía razón, puesto que ¿qué es un capricho?.

Según el diccionario, capricho es: "un propósito o idea que uno se forja sin fundamento y de manera repentina" "empeño o antojo" "lo que es objeto de ese antojo" "arbitrariedad" y no me cabe la menor duda que todos esos significados pueden aplicarse a Candy y lo que le llevó a la familia Ardley =P y bien puede decirse que, tal y como la tía Aloy supo ver, Candy es el capricho de William. Fue gracias a un "porque se me antoja" "porque lo digo yo" y "porque sí" que una rubia pecosa pasó de mucama a hija adoptiva y, tal vez, a algo más. Porque ¿qué es un capricho sino un apego fuera de la razón? ¿y acaso el amor tiene razones?

Sobre los Ardley:

Como no existe, en la historia real, algún Clan del que se pueda decir que haya sido derivado el apellido Ardley, dado que los más cercanos son los Anderson y los Agnew y ninguna de sus derivaciones está registrada como Ardley. Y como tampoco ningún emblema correspondía al símbolo que ya se conoce de los Ardley, opté por diseñar una historia para este clan en particular, tomandome todas las libertades autorales necesarias.

Dada la apariencia de William, puede afirmarse que existen antepasados Vikingos en el linaje y con toda seguridad Normandos también. Dada la prosperidad de los Ardley en América, tampoco es creíble pensar que no cuenten con propiedades en Escocia; no parecen pertenecer al grupo de clanes que perdieron definitivamente sus territorios; más bien parecen ser un clan que ha sobrevivido a través de siglos y siglos consolidando su poderío económico y territorial. Archibald comenta en el manga que el tío William tiene veinte mansiones en los Estados Unidos y otras tantas en diversos lugares del mundo; así que para este fic, existirán por lo menos tres lugares en Escocia que se mencionarán frecuentemente relacionados a los Ardley: Dleytower, Dleystone y Arwick.

Dleytower: como la composición de su nombre lo indica, es una torre, fortaleza o castillo según avanzan los siglos, que es considerada la residencia oficial del Jefe del Clan. Dada su antigüedad, es posible que tenga mas de una leyenda en su historia.

Dleystone: es la residencia que corresponde al primogénito del Jefe del Clan, sin importar si éste es hombre o mujer. En Escocia, al contrario que en Inglaterra, existen antecedentes sobre la herencia de títulos y gobierno de territorios por parte de las mujeres. La terminacion "stone" deriva del inglés "roca", y señala que la residencia está construida sobre superficie de esa naturaleza.

Arwick: Es el señorío del que toma su nombre el título que ostenta Sir William. Por lo regular, los títulos nobiliarios corresponden al nombre de un lugar, dado que denotan poder sobre el mismo.

Algunos nombres de lugares, poblaciones y territorios están tomados de sitios reales de las lowlands y las highlands e incluso de los borders escoceses; sin embargo, la descripción de ellos es enteramente ficticia y no guardan relación alguna con la realidad. Lo mismo puede decirse de los nombres y apellidos de algunos personajes.

Fiel a la historia real de los clanes, los Ardley cuentan a varios clanes entre sus aliados; entre ellos los Brown (gracias al matrimonio de Rosemary, la hermana de William), los McKenzie, los Heyr, y algunos más. Respecto a los Heyr: tampoco son un clan real; sino que de ese apellido deriva la familia Ayre; actualmente poseedora del señorío de Kilmarnock. Los Heyr originales son habitantes de la frontera inglesa con Escocia en su mayoría. Pero me tomé la libertad de convertirlos aquí en un clan por sí mismo y otorgarles una identidad de lowlanders; es decir, habitantes de las lowlands escocesas. Así que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Los Cornwell no son considerados un clan, sino una familia parte del clan Ardley. El cambio en los apellidos se debe al matrimonio de la abuela de Archibald y Alistair, los Leegan tienen la misma relación, y quizá sean, junto con los Cornwell, la familia más directamente relacionada al apellido Ardley. No puede descartarse la posibilidad de que Neal Leegan esté muy arriba en la línea de sucesión, unos lugares después de Archibald, y que el padre de Archibald sea el sucesor directo de William, dado que William está soltero.

Todo clan escocés ostenta un motto o lema. El motto o lema del clan Ardley es: "Mirifice Amare" que en latín significa: "amar con amor increíble" o "amar de forma extraordinaria". La historia del clan Ardley, al igual que la de cualquier otro, gira en torno a su lema y es construída en base a él. Lo cual significa que existen numerosas anécdotas sobre los antepasados de William y sus íncreíbles hazañas en nombre del amor, escándalos incluídos. Posiblemente es un lema extraño comparado con la generalidad; pero tiene una razón de ser para la historia que se describirá, principalmente, en "El capricho de William".

El escudo de armas no difiere mucho del logotipo presentado en el medallón del príncipe de la colina. Mas adelante detallaré el mismo y la razón de cada símbolo para ser agregado en él. Como dato curioso, en la historia real, los Agnew actuales poseen dentro de su escudo el águila con las alas desplegadas muy similar a la del medallón y los Brown (apellido de Anthony) tienen como motto: "Floreat Majestas" que significa algo así como "permitan a nuestro poder florecer".

Bueno, hasta aquí las puntualizaciones básicas. Reitero mi respeto y admiración por la historia escocesa y espero no ofender a nadie al utilizar los apellidos comúnes. Repito: cualquier parecido con hechos o personas reales es mera coincidencia.

Sobre el título de William:

Albert tiene el título de "Sir" antepuesto a su nombre. Tal nombramiento sólo puede haberlo heredado, puesto que es muy joven para haber sido condecorado por la corona británica que, a todos efectos, es la que otorga tal distinción por un servicio prestado al país.

En realidad William no es "Caballero de su majestad" (el otro rango por medio de cual un ciudadano puede ser llamado "Sir") sino "Baronet", dado que ese es el único rango nobiliario cuyo portador tiene derecho a ser nombrado "Sir" (los otros títulos anteponen la palabra "lord") y a heredar tal nombramiento a sus descendientes.

El título de Baronet es muy antiguo, se remonta al siglo XVI y surgió gracias a la idea de un monarca británico de obtener dinero a través de ascender de categoría social a los caballeros (Knights).

Sobre la hermana de William:

He decidido conservar el nombre de "Rosemary" que aparece en la versión en inglés del manga, en vez de "Pauna" como es traducido la mayor parte de las veces. La razón es el sabor típicamente escocés del mismo. En la versión en inglés también se menciona que ella es condesa, probablemente adquirió ese título debido a su matrimonio. Como William dice que ella es su única hermana, es lógico que ella sea la primogénita del jefe del Clan.