CAPITULO XXVIII: PARA SIEMPRE

El hecho de ser la bailarina principal entorpecía mucho la vida social de Nina. Antes le hubiera dado igual, era la dulce niña de su madre. Pero eso era antes.

Ahora es capaz de vivir de verdad, tocando al límite la timidez y la frigidez que la caracterizan… pero rozando sus puntos oscuros, dejándose llevar por el deseo y la astucia. Aún así… sigue viviendo en el límite de una afilada hoja de una navaja. Un leve empujón, y queda rota, hecha pedazos para toda una noche.

Esas noches en las que necesita acurrucarse en los brazos de Lily, rodeándola con sus brazos como sólo ella sabe hacer. Conoce todos sus secretos, desde los más infantiles y puros hasta los más sádicos y peligrosos. Tiene sus miedos, su subconsciente le sigue jugando malas pasadas. Su madre sigue apareciendo en sueños, aunque los tenga tan olvidados que hayan dejado de existir… siempre vuelven.

Frente a la compañía se ven obligadas a callar y mostrarse como rivales, como todos creen. Miradas frías y llenas de odio, gestos de trato inferior, indiferencia… pero cuando tienen un segundo libre, esa coraza cae, se hace pedazos, añicos… pero no debe hacer ruido, porque nadie debe enterarse… si no, algo muy gordo se montaría. Sin embargo, cada segundo de espera tiene su recompensa. Valía la pena esperar todo un día para poder disfrutar de ese baile tan ardiente, particular, eterno y secreto que compartían.

-La práctica hace al maestro… ¿no crees? –susurró Lily, cuya voz se ve entrecortada entre jadeos, ronroneos que escapan de su control, y besos inesperados de Nina.

-Tú me has enseñado –respondió Nina, colocándose al nivel de Lily.

La luz y la oscuridad siguen tan presentes en sus vidas… de día, la serenidad y trabajo limpio, durante todas las largas horas que duren los ensayos, y por muy duros que sean, ellas resisten. No sólo a los gritos de Leroy, sino los gestos extraños que acometen cuando la pieza que bailan se excede de los límites que rozan la neutralidad. Todo el estudio enmudece, Lily baja la cabeza. No se sonroja, no siente vergüenza. Pero no puede permitir que el asunto se le escape de las manos. Sólo Leroy, y ya es más que suficiente, debe saberlo. De noche, las palabras timidez, vergüenza, miedo… desaparecen de su vocabulario, como si nunca hubieran existido. Existe una perfecta armonía entre Nina y el cisne negro, un control que sólo Lily es capaz de lidiar. Los barrios en la noche enmudecen ante la presencia de ambas, nadie es capaz de mirarlas, pero a la vez son incapaces de ignorarlas. Son como dos imanes que se atraen, a veces los polos son iguales, y desaparecen entre la multitud, y otras son distintos, entonces nadie es digno de separarlas. Y así, para siempre.

La rutina se repite, pero… ¡Dios, es todo tan único! Cada segundo es totalmente diferente, una serie de momentos que quieren perdurar para siempre su existencia, pero cuyo tiempo es ínfimo, casi inexistente… por eso hay que guardarlo.

La noche del estreno de Anastasia llegó, con su consabida recepción después de la obra. Leroy les rogó contención, él era el único ajeno al secreto. Ambas asintieron, pero Lily estaba distraída. Aunque logró ocultarlo. Cientos de invitados, inversores en su mayoría y algún que otro amante del arte escondido entre tanto rico. Esa noche no había sido la más divertida, en parte por la ausencia de los ataques de risa y las espontaneidades de la joven bailarina.

Su fin fue un alivio. De camino a casa, un doloroso y desconocido silencio se estableció entre Nina y Lily.

-¿Qué te pasa, pequeñaja? –inquirió Nina, consciente de que algo ocurría.

-Dime, si yo me tuviera que marchar de Nueva York por algún motivo, ¿vendrías conmigo? –su voz y su gesto no daba lugar a bromas ni nada que se le pareciera. Por primera vez en mucho tiempo, Lily estaba hablando en serio una noche.

-¿Acaso lo dudas? Me iría contigo donde fuera, cuando fuera y cómo fuera –Lily no le volvió a contestar durante el trayecto a casa.

Una vez allí, cuando casi estaba olvidado, Lily le enseñó una carta. Nina no llegó a leerla completa, pero sólo por la presencia de ciertas palabras, sintió como si su mundo se viniera abajo.

-¿Tienes… tienes que volver a San Francisco? –tartamudeó Nina, justo antes de tumbarse sobre su espalda, y acomodar a Lily sobre su pecho-. ¿Cuándo?

-A finales de verano, para la nueva temporada –admitió Lily. Su voz era monótona y llena de hastío, mostrando un desagrado impropio de ella-. Por eso te pregunté si vendrías conmigo… y te lo vuelvo a preguntar.

-Conoces la respuesta, cariño –la atrajo hacia sí y le besó la cabeza-. Aunque tenga que despedirme de mi carrera, me iré contigo. La vida de una bailarina es muy corta, pero contigo… siento que durará siempre. Y no quiero perderte, ahora no.

-Gracias…-susurró Lily, con un murmullo casi inaudible.

-Eso debería decírtelo yo… Tú me has hecho cambiar, me sacaste de mis miedos y pesadillas, me mostraste un mundo en el que no todo es blanco o negro, me llevaste por tu doloroso pasado y tu amado presente, soportas mis… dudas… Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Esa noche ninguna tuvo fuerzas suficientes para cerrar los ojos y evadirse al mundo de los sueños. Querían aprovechar cada minuto, cada segundo con mutuas revelaciones que aún seguían escondidas en la mente de cada una. Eran los minutos de caricias y abrazos eternos, de palabras dulces al oído que harían desfallecer a cualquiera. Era la noche de los eternos te quiero y quiero pasar mi vida contigo. Eran los minutos de ese cálido silencio… único culpable de que Nina y Lily cayeran presas de un compartido sueño sin sueños. Y para siempre.