Disclaimer: Todos los personajes y la historia de Crepúsculo y sus secuelas pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y personajes que no reconozcan son mías.


A un latido de ti / Greendoe

Capítulo uno

.

Unhappiness was when I was young

and we didn't give a damn

Cause we were raised to see life as fun

and take it if we can

Does anyone care

.

— Kate se mató camino a Seattle.

Algo así fue lo que dijo papá. No recuerdo bien las palabras, pero el tono, la forma, su postura, las mantengo grabadas muy claramente. Mantenía ese gesto estoico de hombre que ha visto mucho en la vida, y me miraba con aquella ciega certeza suya, como si no tuviera dudas de que reaccionaría con la mesura adecuada y no entraría en una crisis de pánico.

Eran los primeros días de octubre del 79, los últimos meses de la década y los primeros aires de mi vida. La noche anterior había estado leyendo El mercader de Venecia luego de que mi profesora de Literatura, la señora Collins, me lo recomendara como lectura de extensión. Por esa época todavía no estaba segura de cuáles eran mis reales inclinaciones literarias, casi como una metáfora de no estar segura de quién era yo misma, y me debatía entre los clásicos más conocidos y la aventura de descubrir autores contemporáneos menos apreciados, por lo que no me había negado a la propuesta. Nunca hacía mal conocer un poco más de Shakespeare, después de todo.

No había avanzado mucho, sin embargo. Alice había llamado, y cuando Alice llama tú debes dejar todo lo que estás haciendo y saber que pasarás colgada del teléfono por más de una hora, charlando tonterías y riéndote como una ridícula colegiala. Cortamos la comunicación cerca de la una de la mañana, cuando papá subió a acostarse y me observó divertido. Luego, a las dos con quince minutos, llamaron para informar del accidente, pero mis padres no me despertaron, solo lo supe por la mañana.

La casa estaba silenciosa y no subía el olor habitual del desayuno, lo que tendría que haberme alertado desde ya, pero ninguna tragedia cruzó por mi mente, desde luego: nadie se espera esas cosas. Solo cuando me encontré a papá sentado en su silla habitual de la cocina, mirando hacia la calle con expresión ausente y el ceño fruncido, intuí y supe a la vez que había pasado algo. Me paré en el umbral sin estar segura de qué hacer, ansiosa y asustada por partes iguales, y noté que mamá no estaba por ningún lado. Él esbozó esa sonrisa cariñosa y melancólica que a veces me daba.

—Kate se mató camino a Seattle –dijo, y volvió a mirar por la ventana.

No recuerdo los momentos inmediatamente posteriores a sus palabras. Sé que ese día no fui a la capilla y tampoco al siguiente, y que en algún minuto de la mañana me levanté de la mesa, metí en mi bolso del instituto algunas cosas y le dije a Charlie que estaría en casa de Alice mientras todo pasaba. Él entendió más o menos lo que quise decirle, y como no preguntó nada, pensé que quería darme espacio. Ahora imagino que lo correcto habría sido quedarme junto a mamá y ofrecerle mi hombro, pero no sabía qué decir y no era mi responsabilidad a los dieciséis años darme cuenta de esas cosas. Nunca es sencillo dar consuelo, y esa era mi primera vez tratando de aliviar el dolor de una madre que ha perdido a una hija. Mi madre, ni más ni menos.

No creo que se percatara de mi ausencia, de todas formas. Tal vez ni siquiera veía a Charlie, quien estaba encargado de recibir los pésames telefónicos y dar los detalles estudiados del triste deceso con voz cansada.

Para todo el mundo, Kate iba a Seattle para quedarse en casa de una amiga de la universidad. Había regresado a Forks para coger algunas cosas que necesitaría el fin de semana, pero tenía que volver pronto para preparar un difícil examen que se avecinaba. Se había retrasado para cenar con nosotros, por lo que había partido en medio de la noche pese a la insistencia de su madre, y en el camino, ya en Port Angeles, se topó con Garret Jensen y aceptó darle un aventón.

Esa fue la historia que mis papás se inventaron para engatusar a los chismosos del pueblo. Charlie me dijo que querían tranquilidad, que lo último que necesitaba mamá era lidiar con las insidiosas familias que nos habrían apuntado con el dedo de saberse la verdad. No sé si pensaba que me engañaba en serio, pero lo dejé ser feliz. No necesitaba leer la carta que Renée encontró sobre la mesita del teléfono y que me habían ocultado para saber lo sucedido. Nadie en casa conocía muy bien a Kate, siempre aparentemente perfecta y sincera, pero yo al menos me había enterado del plan de mi hermana.

No sé cómo conoció Kate a Garret. No fue en el instituto, si bien creo que coincidieron en algún momento, porque ya en esos años se movían en círculos sociales totalmente diferentes, lo que transformaba su historia en una representación de la dama y el vagabundo en clave moderna o algo así. Garret era el hijo mayor de los Jensen, una familia que tenía demasiadas bocas que alimentar, un padre en la cárcel y una madre esforzada y medio enferma. La hoja de vida de los hijos, con esos antecedentes, estaba marcada. En Forks gente como esa debía estar relegada a una vida de sobrevivencia, y por ningún motivo podía permitirse que sus niños se mezclaran con los "nuestros", porque no tenían nada en común.

Kate, los hijos de los amigos de mis padres, un porcentaje de los alumnos del instituto y yo misma pertenecíamos a los "nuestros". Si seguías esa lógica enferma, ¿qué tipo de escándalo se habría desatado si la perfecta primogénita de Renée Swan, estudiante modelo e hija de un importante abogado, hubiera comenzado a salir públicamente con el hijo de Jill Jensen? A nadie le importaba lo trabajador que fuera Garret, todos se encargarían de recordarle que su padre tenía las manos sucias. Que se pudriera como tantos otros trabajando a bajo salario en la forestal McCarthy, porque ahí pertenecía, y ahí debía quedarse.

Imaginar que podía nacer una relación entre dos sujetos tan diferentes e incompatibles como Kate y Garret era difícil, pero existió; yo los había descubierto una noche de desvelo junto a la puerta de nuestra casa. Y el día fatal, cuando mi hermana y su novio secreto se mataron contra un camión, el coche los llevaba hacia la libertad.

...

Nada de esto se lo conté a Alice, esa fue la primera de las muchas cosas que guardé secretamente en ese tiempo. Antes del accidente no me habría importado contárselo, estaba segura, pero no lo había hecho simplemente porque no creía que mi frívola hermana se tomara en serio su aventura, y tampoco me robaba el sueño. Tras su muerte, sin embargo, algo me impidió sincerarme. Era como si una línea invisible se hubiera interpuesto entre el resto de las personas y yo, sobre todo con mis amigas y sus familias funcionales, y la falta de respeto de mi madre a la memoria de Kate, escondiendo las circunstancias de su muerte solo por el qué dirán, solo aumentaba aquella ira interna que no era capaz de explicar.

Aun así, mi amiga era perceptiva. Si sospechó ya entonces que algo más me pasaba, nunca lo dijo, pero sí cumplió como la más leal de las compañeras. Entendiendo mi deseo de no pensar en nada en absoluto, fue a buscar algo de comer, subimos a su habitación y luego nos echamos sobre su cama a escuchar el último casete de Led Zeppelin (1). Más tarde, me dejó alojar como en una más de nuestras fiestas en pijama.

El funeral fue dos días después.

—¡Oh, Bella! –dijo una Jessica Stanley con ojos muy llorosos – ¡No puedo creerlo! Kate, de todas las personas… Lo siento tanto, tanto…

Me abrazó con fuerza, aplastando su cuerpo contra el mío, y después fue a darle la lata a papá. Por un momento me sentí conmocionada, pues siempre había pensado que Jessica era tan hipócrita como Lauren Mallory, pero sus ojos eran sinceros a pesar del escándalo innecesario que armaba. Supongo que no era su culpa ser como era: con una madre tan deseosa de atención, la hija no podía caer muy lejos, y sentía que en el fondo su gesto era bonito.

Después de ella vinieron otros compañeros del instituto, aunque aquellos que no me conocían muy bien prefirieron quedarse junto a sus padres y darme una triste sonrisa apesadumbrada. Mientras los niños más pequeños jugueteaban entre las tumbas lejanas, los hombres y las mujeres del pueblo se comportaban tal como debía ser: ellas lloraban desconsoladas y ellos mantenían sus poses trágicas, agitando la cabeza de forma negativa como si no pudieran creérselo todavía. Me pregunté si alguno iría con la misma disposición al funeral de Garret, si es que llegaban a ir, pero la respuesta me pareció obvia y repugnante.

Alice y Angela —siempre a mi lado —me abrazaron. Quise decirles que estaba bien, porque en realidad lo estaba, pero tenía la certeza de que no me creerían. Un poco divertida, seguí con la mirada a Elizabeth Masen, quien acababa de dejar una bonita rosa color damasco sobre el féretro. No parecía consciente de los murmullos de las señoras alrededor, quienes veían en su vestido blanco y su desordenado cabello cobrizo un aspecto poco fúnebre. Con algo de aprehensión, observé que mamá no se había enterado de su presencia y eso me relajó. La "señorita" Masen, como le gustaba recalcar a Renée, era tan mal recibida en esa concurrencia como los Jensen, y mamá detestaba toparse con ella aun cuando siempre le ignoraba.

Algo me decía, sin embargo, que Elizabeth no tendría ningún reparo en aparecerse también en la ceremonia de Garret.

Cuando empezaron a bajar el féretro, noté que mamá levantaba la mirada y recorría con los ojos a la concurrencia. Busqué a papá con decaimiento y me bastó un solo contacto para saber que ambos pensábamos lo mismo: Michael no había venido.

Poco a poco, la gente comenzó a dispersarse y las charlas se volvieron más animadas y altas. Era una pena lo de la hija de Renée, sí, pero todavía quedaba un fin de semana y se hablaba de las juntas en las casas para ver la transmisión de uno de los partidos más importantes de la temporada. Si todo hubiera ido bien para nosotros, habríamos partido hacia La Push a casa de Billy, Renée habría parloteado con Sue Clearwater, Charlie se quedaría pegado a la televisión con su amigo, y Jacob y yo nos pasearíamos por la playa mientras nos burlábamos de los adultos o recolectábamos piedras. Observando a las familias dejar el cementerio, me pregunté vagamente cuanto tiempo pasaría hasta que pudiéramos recrear algo similar a eso.

No había muchas esperanzas.

Una vez que nos quedamos solos, papá me hizo una seña para que acompañara a Renée mientras él iba a buscar el coche. Fue un momento brutal e incómodo, y como nunca me había sentido así con ella todo fue aun peor. Mamá lloraba ahora silenciosamente, miraba con ansiedad hacia atrás a medida que nos alejábamos, y no sabría descifrar si esperaba que Kate apareciera por arte de magia o la sola idea de separarse la agobiaba. Cuando Charlie reapareció, fue como deshacerme de una gran carga, como soltar un animal desagradable, y me sentí muy aliviada.

...

Un mes había pasado de eso y noviembre se presentaba igual que todos los años. En el instituto se respiraba un aire festivo, si bien todavía quedaban muchas clases hasta las vacaciones de invierno, y la supuesta detención por ebriedad de Chat Harrison se comentaba por todo el pueblo como por efecto dominó. Yo sabía que el rumor era cierto porque había escuchado a Charlie hablar de ello con el jefe de turno en la estación de policía, pero nadie se había acercado en los pasillos a preguntarme como era costumbre, quizá demasiado asustados de que pudiera ponerme a llorar por mi pérdida.

—Por mí, mejor – Le confesé a Alice al salir de una clase especialmente horrible de cálculo, un lunes tan malo como cualquier otro – Siempre me ha molestado que me traten como su jodida fuente de información.

—Supongo que están dándote espacio – dijo mi amiga.

—¿Espacio? – murmuré con acritud – Lo que me tienen es pena. Es como si llevara una plaga encima.

Alice sonrió con simpatía mientras buscaba entre la multitud del pasillo.

—Es mejor que Angela no te escuche – Me aconsejó – Está segura de que tu completa indiferencia al tema de Kate es una forma de protección y que en cualquier momento explotarás.

—Ya – dije, poniendo los ojos en blanco y soltando una carcajada seca.

—Eso pensé yo – comentó Alice, mientras estiraba su cuello – ¡Ah, me parece que ahí está! ¡Angela! ¡Angela, aquí!

Comenzó a sortear la marea de estudiantes y yo la seguí de forma automática, pensando en las musarañas y en la teoría de Angela. Viendo los rostros sin forma de los estudiantes del instituto que pasaban por el lado, sus palabras resonaron como una larga letanía, repetida una y otra vez, y sentí un desagradable pesar en el estómago y la amargura de algo todavía indeterminado en la boca.

Hasta ese noviembre, siempre había tenido a Angela por una de esas chicas que simplemente saben más que el resto, que llevan un extra añadido por la vida. Ya fuera por la responsabilidad que tenía con sus dos hermanos gemelos, o por una característica natural, ella era la clase de persona que solía dar con la palabra adecuada en el momento preciso, o por el contrario, sabía callar cuando correspondía. En los períodos de confesión de los vestuarios, por ejemplo, cuando más de alguna compañera se sinceraba y explicaba sus problemas en busca de consejos, no faltaba quien inevitablemente decía "no sé muy bien qué pensar, ¿tú qué opinas, Angela?", para luego asentir con vehemencia a cada palabra que ella dijera. Hasta entonces, yo solía concordar con esa opinión generalizada, pero luego murió Kate y me di cuenta de que Angela no sabía nada de nada, y que solo jugaba a ser la mamá de la clase.

Su sobreprotección me molestaba más de lo que me atrevía a confesarle a Alice. A veces me sorprendía en medio de una clase, con su mirada clara y penetrante en mi nuca, y sentía el deseo impulsivo de pararme de mi asiento y gritarle que parara, que no había nada malo conmigo y que terminara con sus desviadas aprehensiones maternales. Pero solo quedaba en eso, porque después nos juntábamos en los recesos para hablar de cualquier cosa y era Angela, mi amiga de toda la vida que solo quería verme feliz aunque no entendiera lo que me sucedía. Así que intentaba tomarme su actitud más bien a la broma, como me gustaba que creyera el resto, ya que temía que tarde o temprano perdiera el control y le espetara sin anestesia que no me importaba en absoluto la muerte de mi hermana.

Todo comenzó con eso. La muerte de Kate, el silencio en mi hogar y mis propias preguntas que no estaba segura de querer responder por temor a la verdad: ¿por qué no me importaba?

Era mi hermana, después de todo, aunque nunca fuimos aliadas o confidentes de ningún tipo. Kate era tan diferente a mí como lo era el día de la noche, siempre tan compuesta, todo el tiempo abierta a ayudar y sobresalir en cada nuevo desafío que se proponía. Yo, para decirlo de forma suave, era más bien vaga. Estudiante del montón (buena, pero sin destacar), no pertenecía a ningún club, y desde luego, no era la más popular. Muy por el contrario, tenía la leve impresión de que varios de mis compañeros me consideraban una excéntrica, y que recelaban de mi natural tendencia a las palabrotas, muy mal vistas en ese ridículo pueblo.

Nunca tuve celos de Kate, sin embargo. No quería que todos me alabaran por mi comportamiento, y mis padres eran demasiado cariñosos como para preferir a una de las dos. O bueno, Renée no lo era, pues siempre había manifestado una preocupación especial por Kate, pero tenía la seguridad de que era una compensación por todo lo que había tenido que pasar con el divorcio de sus padres cuando era niña. Y yo tenía a Charlie, mis padres estaban juntos desde antes que yo naciera, mientras que la relación de mamá con Michael Donovan había empezado a desmoronarse con la llegada de Kate al mundo. Si no me equivocaba, era mi hermana la que me había envidiado eso, aunque Charlie siempre la hubiera querido y tratado como a una hija.

—Bella, ¿qué vas a querer?

Volví a la realidad y me encontré en la fila del casino. Alice me miraba expectante, a la espera de una respuesta, y un puesto más allá, Angela charlaba animadamente con Ben Cheney, el chico bajito con quien yo compartía puesto en Biología y del que mi amiga, jamás lo confesaría, llevaba bastante tiempo prendada.

—¿Qué me ofrece el buffet de primera clase? – pregunté con una sonrisa. Alice rio entre dientes.

—Un guiso de extraño color con un puré un poco aguado… o macarrones.

—Ugh… supongo que macarrones. Otra vez.

—Así como vas no sería extraño verte convertida en una gran bola de queso – Comentó Alice, evaluando con seriedad la validez de su teoría.

—Eso, si alguna vez llegara a engordar – murmuré, y me encogí de hombros – Es la única comida que no es una mierda, ¿qué quieres que haga?

—Trae de casa.

Se encogió de hombros con simpleza, pero ya era su turno y comenzó a pedir nuestra orden antes de que pudiera responder. Una vez que le pasé mi parte del dinero, me cercioré de que nuestra habitual mesa estuviera despejada, y luego, con nuestras bandejas llenas, nos fuimos a sentar. Angela llegó unos minutos después con las mejillas coloradas y gesto aireado.

—Gracias por avisar que ya tenían su almuerzo – dijo con acidez. Alice y yo intercambiamos una sonrisa cómplice.

—Oh, lo lamento, amiga. Es solo que nos pareció que estabas tan a gusto hablando que no quisimos interrumpir.

Angela se sonrojó hasta las orejas. Con gesto ofendido, pinchó uno trozo del pollo que traía de casa y empezó a mascar con parsimonia. Nosotras reímos en silencio y nos pusimos a comer también, pero Alice, luego de hacer un gesto de asco por su plato, retomó la palabra.

—Bueno, ¿qué dicen de ir a Port Angeles después de clases?

—Yo no puedo – dijo de inmediato Angela – Mañana llegan mis abuelos del norte y mamá quiere tener la casa impecable. Ya saben que detesta que mi abuela la critique.

—Pues yo si voy – dije – No hay algo en el mundo que me haga más feliz que no ir a casa temprano. Mientras más tarde, mejor.

—¡Excelente! – gorjeó Alice, y al ver la expresión abatida de Angela, se apresuró a añadir – Ánimo, será solo una tarde.

Angela suspiró con resignación.

—No me molestaría tanto limpiar si supiera que vale de algo, pero sé que los gemelos lo destruirán todo apenas lleguen del colegio.

Una vez que sonó el timbre, Angela y yo nos despedimos de Alice y partimos hacia la clase de Biología. Al parecer, ese día seguiríamos viendo mitosis y meiosis, pero al menos Banner había decidido llegar un poco más tarde y no hacernos tan miserables con su larga y aburrida existencia. Aunque eso también tenía sus desventajas, porque me dejaba a la merced del pesado de Newton, quien entró a la sala pasando a llevar a Masen, sonriendo a Jessica y haciéndole un gesto con los pulgares a Tyler.

—¿Qué tal, Bella? – dijo con una voz que quería sonar casual. Aquí íbamos otra vez.

—Hola, Mike – Angela rio bajito por mi tono aburrido – Todo bien por acá, ¿tú?

—Perfecto – declaró mientras ocupaba su asiento, que quedaba un puesto más allá del mío – ¿Sabes? Estaba pensando que este sábado va a tocar una banda en Port Angeles…

—¡Mike, es Banner!

Newton hizo un gesto extraño con la boca y se sentó correctamente, aunque no sin antes dirigirme una sonrisa amplia, como si con ella me estuviera prometiendo los placeres del paraíso. Aliviada una vez que se volvió hacia el pizarrón, hice una mueca y miré con agradecimiento a Angela. Por alguna razón, lejos de espantar a Mike, mi repentina tragedia familiar había estimulado sus intentos amorosos. Quizá creía que estaba en algún tipo de depresión y eso me hacía bajar las defensas con sus posibles deseos, aunque mi opinión sobre él no había variado demasiado desde nuestra primera impresión en el kinder de Forks: ni loca.

Banner comenzó su perorata sobre fases y divisiones de células de inmediato, y antes de que se pudiera suspirar, ya estaba toda la clase sumergida en ese sopor tan propio de él. Un poco más allá, Lauren y Jessica hojeaban una revista de moda por debajo del banco; al parecer la moda de Nueva York dictaba, tal como nos había advertido Alice, que las hombreras estarían en su punto máximo. Crowley y Gordon, casi al final de la sala, jugaban al ahorcado, y a su lado, milagrosamente, Eric Yorkie tomaba apuntes. Por último, Stuart Dickinson le hablaba a una aburrida Lyla Green sobre sus canciones favoritas de Iron Maiden. Y vaya mierda, pensé, pues no había dudas de que Stuart carecía de la adecuada orientación musical, y si Lyla tenía dos dedos de frente, le daría calabazas.

El silencio me trajo inevitablemente de vuelta a mis cuestionamientos previos. Recordé el estado de las cosas en casa y me arrepentí al instante por pensar en ello, porque nada bueno iba a salir de ahí y solo lograba enojarme más. La realidad era que, aunque le había dicho a Alice y Angela que no quería llegar a casa, tampoco estaba segura de que mis padres lo notaran. O que les importara, para el caso, pues llevaba cerca de un mes evadiendo mi propio hogar y si seguía así bien podía comenzar con el papeleo para que los Brandon decidieran adoptarme.

Las pocas veces que había visto a Charlie estaba tan agotado que solo tenía fuerzas para comer todo lo que le ponían por delante, echarse a ver televisión y quedarse en ese mismo lugar durmiendo. Usualmente, antes de la muerte de Kate, mamá bajaba a medianoche para despertarlo y decirle que fueran a la cama, pero esa había pasado a ser mi misión. Era el único instante del día en que hablábamos, aunque se limitaba a un breve intercambio de palabras y ya. Nada que nos pusiera en evidencia.

Mamá, por su lado, era harina de un costal más gordo. Después del funeral, su comunicación se había convertido en algo impreciso e inacabado; hablaba poco y a menudo se perdía antes de terminar las frases. Su cabeza siempre estaba en otro lado, lejos. No había regresado al club, sus ojos azules estaban siempre llorosos, y su aspecto, algo que en el pasado la obsesionaba, estaba más descuidado que nunca. Si no hubiera sido por Charlotte Weber, la única de sus supuestas amigas que se había pasado por la casa, me apostaba mis casetes a que no se habría esforzado por salir de la cama, y al menos ahora había retomado su rutina de hacer las compras.

Con semejante ambiente, no creía ser tan desalmada por evitar mi casa. ¿Quién querría ir a un lugar donde la única convivencia familiar era una cena silenciosa y apática? ¿Dónde los padres no atosigaban a su hija adolescente con preguntas insidiosas e incómodas? ¿Y por qué, me preguntaba, Charlie no hacía nada? ¿Cómo permitía que su esposa se redujera día a día a algo cada vez más irreconocible? Lo de Kate era espantoso, pero él debía convertirse en un bastión, tenía que orientarla y ayudarla, ¿no? ¿O era yo la equivocada? ¿Era yo quien no procedía como debía ser?

Angela me dio en las costillas cuando la clase terminó, y el torrente de emociones que aquellas preguntas me generaban se fue con brusquedad, como por cortocircuito. No sin cierto remordimiento, noté que no había tomado ni un solo apunte en mi cuaderno, y una voz desagradable de mi horroroso inconsciente me dijo que si no me aplicaba en Biología podía acabar suspendiendo. Desde luego, resultaba difícil hallar algo atractivo en esa clase, y además, si suspendía era posible que mis padres me dieran una paliza, quizás eso los hiciera reaccionar…

La idea no me animó mucho.

...

—Bueno, bueno, ¡arriba ese rostro!

Alice ya esperaba en el estacionamiento, junto a mi coche. Como aún no cumplía los dieciséis, dependía temporalmente de mis servicios hasta febrero, lo que daba más o menos lo mismo, porque siempre estábamos juntas. Se había sacado su chaqueta y había abandonado su habitual reverencia a la moda para llevar, por una tarde, una divertida camiseta con el rostro de John Lennon que yo misma le había regalado. Alice lo idolatraba por sobre todas las cosas, y si bien yo prefería a George Harrison, compartía parte de su locura.

—¿Has pensado qué haremos? – le pregunté mientras abría la puerta del piloto.

—Podríamos dar una vuelta por la tienda de Rick y esas cosas – propuso mi amiga, acomodándose en su asiento.

—Sí, eso suena bien.

—Y podemos pasar no más de media hora en la librería – añadió luego, haciéndome sonreír.

—Gracias, Alice, eres toda consideración.

—Bueno, pues, ¡en marcha!

Pusimos mi última y más excelente recopilación de música, un casete que incluía a Lou Reed, The Clash, The Beatles y The Doors, entre otras cosas, le subimos al volumen y nos fuimos molestando por el camino mientras cantábamos. Sentir el viento en la cara por esos momentos me relajó. Mientras más me alejaba de Forks, más pequeños me parecían los problemas en casa y con mi familia, se desdibujaban como un retrato muy malo del que perdía memoria o cuya tinta comenzaba a deslavarse, y resultaba difícil imaginar que las cosas estuvieran mal.

Hacia las seis de la tarde, cuando nos aburrimos de dar vuelta las tiendas del centro comercial y jugar en las máquinas, Alice propuso ir al cine. La última película que habíamos visto era El octavo pasajero (2), donde un extraterrestre mataba a toda la tripulación de una nave espacial mientras te mantenían con el suspenso en la garganta. Angela y yo terminamos con serias secuelas después de eso, pero Alice, que sentía cierta atracción por las cosas asquerosas y sangrientas, no se había despeinado y declaraba circunspecta que no habíamos entendido la intención del director.

Salimos dos horas más tarde, un poco famélicas y comentando el desenlace brutal de la película. Luego de toda una tarde gastando, no me parecía prudente meter más dinero en algún local de la ciudad, sobre todo porque solo era principio de mes, pero mi amiga me arrastró de todas maneras y acabó pagando los pedidos de pizza, una mala costumbre que sus padres adinerados le habían heredado y de la que no me quejaba en voz alta. No sentía un gran placer aprovechándome de lo que tenía, pero siempre era perversamente agradable ver las miradas envidiosas que algunos chismosos de Forks me enviaban. Había muchos que no toleraban que varias de las cosas increíbles que traía Alice de sus viajes a Nueva York acabaran en manos de la desarreglada y maleducada Bella Swan.

—¿Lo has pasado bien, Bella? – preguntó mi amiga, una vez que emprendimos el triste regreso – No estás muy animada.

Me froté la cara con cansancio. Por el espejo del retrovisor, observé a un grupo de chicos que iban en una camioneta mientras escuchaban The Cure, evadiendo a propósito encontrarme con la avispada intuición de Alice. Detestaba tener que mentir u omitirle cosas a ella, de todas las personas, pero no era capaz de deshacerme de aquel freno que me bloqueaba. Era como la sensación egoísta de querer comerte un paquete de galletas sin convidar a nadie, como si aquella rabia me perteneciera y explicárselo acabara con su magia enfermiza. No era una sensación agradable, no era una simple travesura; lo veía más bien como una limitante mía.

—Estoy bien – mentí, y le dirigí una mirada exasperada cuando me observó con incredulidad – Bueno, podría estar mejor, pero estoy bien. Supongo que algo hecha mierda.

—¿Has dormido bien?

—No – reconocí, encogiéndome de hombros – Resulta difícil cuando mamá se pone a llorar y papá deambula por la casa como si fuera un fantasma.

—¿Tan mal van las cosas? – preguntó Alice con preocupación.

Mordí mi labio inferior para evitar decir algo mordaz y desagradable, tal vez preguntarle cómo se sentiría ella si su hermana hubiera muerto, pero me contuve por ese rescoldo de decencia que me quedaba, y porque no quería enemistarme con Alice por una tontería. Últimamente, mis días se dividían entre ocultar lo que realmente sentía y pensaba, y controlar los deseos de mandar al carajo a todo el mundo, y me angustiaba sentir que también estaba perdiendo la razón con mi mejor amiga. Tenía la impresión de que en cualquier momento la rabia explotaría y me tocaría recoger los escombros.

—¡Bella!

—Lo siento, Al, la droga me está afectando – bromeé, pero al ver su expresión seria no pude evitar soltar un suspiro – Va mejorando, de verdad… es solo que mamá todavía tiene días muy malos y papá está con algunos problemas en el trabajo. Pero ya estamos saliendo.

Mi declaración sonó tan convincente que incluso me sorprendió, pues nunca me había tenido por buena mentirosa. Alice, que debía estar pensando lo mismo, me evaluó por unos segundos, como preguntándose si era de fiar y no una de mis posibles pantallas.

—Bella… – dijo una vez más – Nosotras nos contamos todo, ¿cierto? Si hubiera algo que te molesta, algo que te inquieta… ¿me lo dirías, no?

Los ojos de mi amiga taladraron al fondo de los míos, buscando una comprobación, pero pareció turbada por lo que vio. Quise decirle que sí, que todo seguía estando igual que siempre, y que éramos jodidas hermanas de sangre que estarían al lado de la otra para apoyarse. Que todo mejoraría, que saldría de mi estado de apatía y volveríamos a enfrascarnos en largas conversaciones privadas sobre sexo y chicos que nos parecían guapos. Tuve deseos de darle la razón en todo, pero en el fondo sabía que solo era una mentira, y que nada podía estar como antaño porque ya no estaba Kate, y eso no me importaba e importaba al mismo tiempo.

—Somos amigas – respondí en cambio, pues eso al menos era puro y real.

Después de eso no habló mucho más, y yo no quise forzarla. No estaba de ánimos para buscar una conversación en la que no estaríamos realmente involucradas, y eso me consolaba porque al menos seguíamos siendo sinceras en algo y no estábamos llegando al nivel de evadir nuestros problemas con basura hipócrita y actuada. Tal vez Alice me creyera cuando le decía que las cosas iban mejor en casa y solo estaba cansada, tal vez no; lo importante era que respetaba mi incapacidad para abrirme y dejar todo salir.

La dejé en su casa pasadas las diez y media y nos despedimos con nuestro habitual beso en la mejilla. Ella me sonrió y aseguró que nos veríamos a la mañana siguiente con una sonrisa juguetona, y yo solo puse los ojos en blanco, porque ya sabía que tendría que pasar a buscarla. Casi en el momento exacto en que su figura desapareció en la noche, añoré su risa confiada y su presencia tranquilizante, y me recriminé por la agresividad con que la había tratado.

Después de estacionar donde solía ir el coche patrulla de papá, tomé mi bolso, el afiche y la camiseta de los Sex Pistols que había comprado, y bajé los hombros pesadamente. El cansancio del día más la densidad que se respiraba en el ambiente me destruyó todavía más la moral.

Afortunada o desafortunadamente, nadie salió a recibirme cuando entré a casa. No estaba segura si aquello debía generarme alivio o desazón, pero por un momento me quedé quieta en el vestíbulo, escuchando las viejas maderas de la casa crujir y notando el silencio violento que se esparcía. Me saqué los zapatos y los dejé junto al paragüero, y entonces me fije que en la mesita del teléfono había una nota emborronada de Charlie que decía que había ido donde Billy y llegaría tarde. Cuando eché un vistazo a la cocina, no me sorprendió descubrir que las botellas llenas de cerveza habían desaparecido, y tampoco me molesté en lavar el desastre que abundaba.

Subí las escaleras lenta y cautelosamente, esperando ser recibida por los sollozos amortiguados de mamá, pero nada se escuchaba al llegar al pasillo del segundo piso y aquello me asustó como había empezado a hacerlo desde el accidente. Con cuidado, abrí la puerta del dormitorio de mis padres, suspirando aliviada al observar a Renée profundamente dormida. Se veía pálida y demacrada, y unas profundas ojeras marcaban sus mejillas, pero me consolaba que estuviera durmiendo de verdad y no mirando el mechón de recién nacida de Kate, su primer chupete o una mierda por el estilo.

Mi habitación estaba tan revuelta como la había dejado por la mañana, por lo que tuve que pasar por sobre la mugre para comenzar a desempacar las cosas que traía del instituto y mis recientes compras. Dejé mi camiseta en un brazo de la mecedora con la intención de ponérmela al día siguiente, y busqué cinta adhesiva para colocar de inmediato el afiche, pero no lo encontré en mi caja de chucherías y tampoco bajo la cama.

"Que extraño", pensé, y entonces recordé que Kate me la había pedido prestada la tarde de su muerte porque quería arreglar un cuaderno. Sintonicé una radio que pasaba éxitos de los cincuenta y sesenta, le bajé el volumen y fui hacia la habitación del final del pasillo, donde no había entrado desde mucho antes del final de su dueña. Kate me lo había prohibido cuando entrara a la adolescencia y su hermana menor dejara de ser una fuente de compañía aceptable, y al crecer la política solo se había vuelto recíproca.

Su santuario, por supuesto, tenía toda clase de cosas que al mío no habría dejado entrar jamás, partiendo por la cursi cama estilo princesa que mi hermana había exigido cuando era niña y de la que nunca se había deshecho. Mientras mis paredes estaban llenas de dibujos, afiches y fotos dispersas, las de Kate mantenían su pulcro tono amarillo, excepto por un pequeño rincón a la cabecera de su cama donde había un collage de fotografías y recuerdos del instituto. Reconocí el sonriente rostro de Amanda Rush, la mejor amiga, a quien había visto llorar de forma desconsolada el día del funeral, y me sorprendí al verme con cuatro años de edad en una fotografía tomada en casa de Billy.

Fui hasta el elegante escritorio de madera y escudriñé en busca de la cinta. Alguien, probablemente Charlie, había dejado la mochila que habían rescatado del accidente en una de las esquinas de la mesa, y como pensé que la cinta podía estar atrapada debajo, intenté moverla con cuidado y dejarla sobre la silla. Tampoco estaba ahí.

Se me ocurrió entonces que podía buscar en la sala, y ya me estaba yendo cuando llamó mi atención un cuaderno caído de la mochila de Kate. Tenía la imagen de James Dean en plena pose de Rebelde sin causa (3) – yo sabía que ella lo idolatraba sobre todo en esa película –, y me sorprendió el empeño de mi hermana por mantener la encuadernación con vida. Con curiosidad, lo recogí del suelo y abrí la primera página, encontrando algunas anotaciones que había trazado sobre una reunión en sus tiempos de presidenta estudiantil y jefe de porristas. Su trazo fino, elegante y desesperantemente ordenado me hizo poner los ojos en blanco.

Casi por inercia, hice rodar el resto de las hojas y una fotografía cayó al suelo. Dejé el cuaderno sobre la mesa y me agaché a recoger la imagen, llevándome una sorpresa al mirarla detenidamente y descubrir, no a James Dean, sino a un sonriente Garret Jensen, que parecía mucho más vivo que en cualquier época que lo recordara. Miraba a la cámara como si no tuviera cuatro hermanas que criar y un trabajo de porquería, y supe que esa foto había sido tomada por Kate.

Cogí una vez más el cuaderno y busqué la página de la que se había desprendido la imagen, echándole un vistazo a lo que parecía haberse transformado con los años en el diario de vida de mi hermana. Escribía al principio de manera muy rutinaria, diciendo las cosas que había hecho en el día y sin dar detalles jugosos de su estado de ánimo, tal como me habría esperado de ella, pero entonces algo cambiaba y su pulcra letra se volvía rápida, furiosa y emborronada. Ver mi nombre escrito en él llamó mi atención.

Miré con recelo hacia la puerta, como si lo que estaba a punto de hacer fuera prohibido, y me puse a leer.

Bella,

¡Detesto a mi madre! ¡La detesto a ella y al estúpido interés de Michael por solucionar las cosas cuando ya no me interesa! A veces no puedo controlar las ganas de llorar y me pregunto por qué no fui hija de Charlie, por qué no puedo simplemente deshacerme de mi apellido y empezar de nuevo. Sé que a mamá no le gustaría. A ella y su estúpido afán de mantener las apariencias, su retorcida moralidad, en el fondo le agradan que sea Donovan. Cree que me da distinción.

Desearía ser un poco más como Bella, a ella no parece importarle lo que Renée diga. Ahora mismo la escucho en el pasillo, hablando por teléfono con su amiga Alice en una de esas conversaciones que mamá detesta porque mi hermana maldice como un camionero y no se da cuenta de que se disculpa con otra maldición.

Garret me ha pedido que nos fuguemos. No estoy muy segura si bromeaba o no, pero desearía que fuera cierto.

Mamá llama a comer. No siento deseos de verla. La detesto, es solo una mujer tonta y ciega que nunca ha entendido nada, que no me conoce y tiene miedo de verse como es en realidad. La detesto, la detesto...

Cerré de golpe el cuaderno al leer la última línea, y algo me impulsó a salir rápidamente de esa habitación, llevándome el diario muy apretado contra el pecho. Demasiado anonadada por lo que acababa de ver, contemplé a James Dean sin saber qué pensar, incapaz de analizar o realizar las conclusiones que pugnaban por crearse en mi cabeza. Porque aquellas no podían ser las palabras de Kate, la misma hermana con la que había vivido tantos años y que tan cariñosa había sido siempre con Renée. La furia de quien escribía, el descargo y la crítica real, porque sí, mi madre era justamente así, no calzaban con mi respetuosa y afectuosa hermana, no eran las mismas, y aun así…

Aun así, no había duda de que era su letra. Era Kate la fuente de esa ira oculta, uno más de los secretos que aguardaban junto a Garret Jensen. Todo lo que había omitido estaba ahí, imborrable.

—¿Bella?

Me sobresalté el escuchar la voz de Charlie ascendiendo por las escaleras. Tan concentrada y sorprendida estaba que no había notado el ruido de sus pasos al entrar, y algo me decía que ni él ni mamá debían ver el cuaderno. Aterrada, apuré el tranco hasta mi cuarto y cerré con cuidado la puerta, apagando de un manotazo la radio, quitándome las zapatillas apresuradamente y metiéndome en un solo movimiento fluido bajo el edredón.

Papá se asomó por mi habitación medio minuto después, haciendo su revisión habitual y convenciéndose de que en realidad no habían sido mis pasos lo que había escuchado. Unos segundos más tarde, sus pisadas lentas y pesadas se perdieron hacia su cuarto, y no pude evitar pensar, no sin algo de ironía, que quizá fuera buena actriz después de todo.

Kate lo había sido, y yo parecía decidida a seguir los pasos de mi hermana.


(1) El disco es In through the out door, de ese mismo año.

(2) El octavo pasajero es una película de Riddley Scott estrenada en 1979. Es conocida por ser la película inicial de la saga fílmica de Alien.

(3) Rebelde sin causa es una película de 1955. La cinta, protagonizada por James Dean, inmortalizó a su actor principal como icono del adolescente rebelde.