Disclaimer: Todos los personajes y la historia de Crepúsculo y su saga le pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y personajes que no reconozcan son míos.


A un latido de ti / Greendoe

Capítulo doce

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Dream on, dream on, dream on

dream yourself a dream comes true

dream on, dream on, dream on

And dream until your dream comes true (1)

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El 20 de junio fue el día más caluroso del verano en el estado de Washington, y la gente de Forks, habituada a matar el tiempo en el interior de sus hogares, debió improvisar modestos jardincillos en el intento de captar una mínima corriente de aire. Desorientada y acalorada, yo desperté en mi propia cama, con la sábana pegada al cuerpo y el pesado cabello sobre el rostro, pero me llevó un minuto largo reconocer el lugar. Por alguna razón, me asaltó la seguridad ineludible de que faltaba el retrato de Lee Miller frente a mí, y el catre sobre el nivel del suelo me daba una extraña sensación de vértigo. La cama, de pronto, resultaba demasiado grande y fría, sin el olor adecuado.

La noche anterior, tras cenar con los Masen, me había obligado a regresar a casa. Debía dejarme ver, como siempre, y todavía tenía que solucionar y comprar el regalo de Edward. Como ya había aprendido a lo largo del verano, bien sabía que partir de Blue Moon me resultaría más difícil por la mañana.

Sin dar demasiadas vueltas, y hastiada por el inusual calor matutino, me levanté al fin para darme una ducha. La casa estaba silenciosa, pero no le presté mayor atención a la nota de mis padres que anunciaba que pasarían el día en Seattle. Pasé de ellos como si nada, ignorando las señales, y veinte minutos después, enfundada en un par de pantaloncillos cortos que Alice me regalara tiempo atrás y una camiseta fresca de The Doors, salí en dirección a Port Angeles.

Ya era casi mediodía cuando volví a Blue Moon: el sol estaba en lo alto y golpeaba con fuerza sobre el viejo metal del monovolumen, y el susurro de los árboles traía consigo la frescura del río. Había guardado mis compras en el bolso, aún insegura por su posible recepción, y agobiada por el calor, fantaseaba con la maravillosa limonada de Elizabeth o una oportuna cerveza cortesía de Edward. Cualquiera de las dos opciones me habría venido estupendamente.

Sin embargo, olvidé mis fantasías en cuanto aparqué la camioneta, pues noté de inmediato que el Fiat de Elizabeth ya se encontraba ahí. Eso solo podía significar una cosa, y en efecto, divisé a lo lejos dos figuras sentadas en el porche que reían a carcajadas. A una de ellas solo la conocía por fotografías.

Lucy, la anunciada Lucy, había llegado temprano.

No me costó reconocerla. En Forks no se veía demasiada gente de color, pero de los que conocía, ninguno habría hecho gala de aquella melena tan marcadamente afroamericana que, ya en las fotos, Lucy ostentaba. En Forks la gente de todo color y origen se ocultaba, trataba de pasar desapercibida, mientras que Lucy habría destacado en el armario de escobas más infecto. Era pequeña y delgada como una espiga, de sonrisa torcida y desdeñosa, y de manera insólita, estaba abrigada como si comenzara el otoño. El verano de Forks debía parecerle un chiste al lado de Nueva Orleans.

Afortunadamente, les tomó más tiempo a ellas darse cuenta de mi presencia. De lo contrario, me habrían visto observarlas como un pez fuera del agua, pues aunque llevaba semanas y semanas visitando Blue Moon, nunca me sentí más foránea que al ver a Lucy junto a Elizabeth. Por insólito que fuera – pues no podían ser más distintas, estaba claro -, las dos amigas parecían hermanas, o lo que yo creía que debían ser las hermanas. Sus gestos, la manera en que terminaban sus frases y, me di cuenta al final, la complicidad con que entrelazaban sus dedos (tal como un par de colegialas en confesión sobre chicos), reflejaban una intimidad que yo nunca había tenido con Kate. Por lo mismo, me aterraba que Lucy no me aceptara, que su opinión pesara más allá de todo lo que yo había vivido en ese hogar.

— ¡Bella! — Saludó Elizabeth, agitando su mano libre. Me bastó ver aquel gesto para saber que estaba de un humor inmejorable, y sentí una punzada de envidia. Por un segundo, recordé a Alice.

— Hey, hola… — murmuré como una idiota, y tras mecerme de forma vacilante, avancé hasta el porche.

Lucy me examinó en cuanto puse un pie sobre la madera vieja. Tenía una cara preciosa en una manera radicalmente distinta a Elizabeth, y sus ojos almendrados, inusualmente separados uno del otro, se fijaron en mí con quizá demasiada insolencia. Sin lugar a dudas, me evaluaba, y de pronto deseé haberme peinado, no haber reaplicado mi maquillaje y llevar uno de aquellos espantosos vestidos vaporosos que mi madre habría aprobado. Aunque por supuesto, me obligué a recordar, Renée no habría considerado que valiera la pena impresionar a alguien como Lucy. Para la gente de Forks, las Lucy del mundo debían ceñirse a sus códigos.

Elizabeth, que no había prestado atención al escrutinio al que estaba siendo sometida, me pasó un brazo por los hombros. Luego, apretándome ligeramente contra su cuerpo, se giró hacia su amiga con gesto expectante.

— Bella, te presentó a Lucy. Mi hermana, para todo lo que realmente importa. Lu, esta es Bella, de quien tanto te hablé.

Naturalmente, me sonrojé por semejante introducción (¿qué tanto podría haber hablado Elizabeth acerca de mí?), y aquello pareció hacerle gracia a la recién llegada. No se lo esperaba, como no se lo esperaba nadie que me viera con esas pintas de delincuente en fuga. Con una expresión poco comprometida, me ofreció su mano, y yo me apresuré a estrechársela. Su piel era firme y suave.

— Gusto en conocerte, Bella – dijo la mujer, y yo di un respingo. Su voz sonaba distinta al teléfono, menos grave e intimidante. Entonces ella sonrió – Ya sabes, por la manera en que hablaba Liz de ti, no estaba segura de que fueras real.

— Oh, bueno…

— No le hagas caso – Interrumpió Elizabeth, saliendo en mi ayuda, y tuve la impresión de que era algo habitual en su dinámica – Solo está celosa porque monopolizas el tiempo de Edward.

Lucy soltó una risita desdeñosa.

— Oh, ¡el tiempo! Claro… – Aprovechando que Elizabeth consultaba su reloj, la mujer me guiñó un ojo. Supe que ambas recordábamos con claridad la pregunta que me había hecho en nuestra única conversación telefónica, y si era posible, me sonrojé todavía un poco más. También deseé decirle alguna palabrota o mostrarle mi dedo medio, pero no lo hice.

— Bella, ¿serías un encanto y despertarías a Edward por mí? Lleva una hora haciéndose el dormido. Creo que se niega a cumplir años.

Avergonzada como estaba, acepté de inmediato la proposición de Elizabeth, aquella excusa para salir del radar de Lucy, y me apresuré hacia la soleada habitación del segundo nivel. Me sentía algo más tranquila sabiendo que el primer encuentro con aquella extraña ya había pasado, pero me llevó un momento más retomar la disposición relajada con la que había despertado aquella mañana. Una vez más, me pregunté qué pensaría Elizabeth de lo que fuera que creyera que hacíamos Edward y yo cuando pasábamos tardes enteras sin supervisión de adultos, pero no quise darle más vueltas.

El cuarto del festejado estaba tal como lo había dejado la noche anterior, con la excepción de que el desgarbado cuerpo semidesnudo de Edward cruzaba el colchón de un extremo a otro. Tenía la cara oculta bajo la almohada, y el lado derecho, que era donde yo solía dormir, estaba desocupado. Había algo ominoso en ello, como si un fantasma hubiera tomado mi lugar y tanto el muchacho como yo estuviéramos conscientes de ello.

Al principio creí que Edward dormía efectivamente, pero me bastó derrumbarme a su lado para comprobar que no hacía tal cosa. Su respiración no era lo bastante profunda, su cuerpo estaba en tensión, y sobre todo, su reacción fue poco convincente cuando, en un alarde de mala voluntad, me incliné sobre el arco de su espalda y pasé mi lengua de forma juguetona.

— ¿Qué…? — Con un movimiento brusco, el muchacho echó a un lado la almohada y asomó su escandalizado rostro. Debía esperarse algo así, aunque su expresión de fastidio era de aquellas que reservaba especialmente para mí.

— Feliz 20 de junio – Musité con una sonrisa de oreja a oreja, antes de que pudiera decir nada. Edward entrecerró los ojos y volvió a dejarse caer sobre el colchón.

— Hola – dijo de forma escueta, su voz todavía ronca tras el sueño – Pensé que eras el perro.

No dijimos nada más. Nos quedamos en silencio, yo mirando el cielo raso y Edward a mí, y él alargó una de sus manos hasta tocarme las piernas, que se veían anormalmente blancas gracias a la luz del sol. Decidido a no hablar, se dedicó a trazar patrones sobre mi piel con la punta de los dedos, y como la adolescente angustiosa que era, me sentí excitada de inmediato, lista para cualquier cosa que tuviera en mente. En un ramalazo de cordura, tuve que recordarme que había sido su madre quien me había enviado allí.

Edward, sin embargo, no dejó de hacer lo mismo hasta que hablé. Tenía el ceño fruncido y los labios entreabiertos, y cerraba los ojos como si la luz del mediodía le dañara. Era una expresión que me resultaba familiar, como si ya hubiera visto algo de aquella escena antes, pero me llevó un momento comprenderlo. Recordé entonces aquel fatídico encuentro a las afueras de Callahan, el mercado de Forks, cuando el chico rompiera las reglas no establecidas y se atreviera a invitarme a un concierto. Cuando yo lo había mandado al diablo en todos los dialectos posibles.

Parecía que había pasado un siglo de aquello, pero recordaba de manera fresca la expresión de rechazo en su rostro. Edward se veía miserable, entonces y ahora también.

— Tu madre quiere que te levantes – Anuncié con voz contrita. Sabía que no era lo que quería escuchar, pero tampoco sabía qué quería escuchar y el recuerdo de aquella tarde, varias semanas atrás, despertó en mí una sensación desagradable – Y tu tía ha llegado.

La mención de Lucy suavizó la expresión del muchacho. Debía quererla mucho, tal como parecían quererse Elizabeth y Lucy, y una vez más, me sentí como una extraña a punto de ser arrojada a la calle. La punzada de envidia que había sentido antes se reavivó con un matiz distinto, incomprensible.

— ¿Cómo ha ido eso? – preguntó entonces Edward, con la sombra de una sonrisa en los labios. Supe de inmediato a qué se refería, y agradecí el cambio de tono.

— Oh, maravillosamente – Comenté con ironía – Si no me equivoco, estuvo a un segundo de hacer un comentario, frente a tu madre, de nuestra vida sexual. O eso creo.

— Qué curioso – murmuró Edward, sonriendo a su pesar – La expresión "vida sexual" me parece notoriamente poco excitante.

— Sí, ¿no? Es lo que diría una pareja de yuppies (2) de Nueva York a su psiquiatra de Brooklyn – Imposté una falsa voz y agregué –"Doctor, algo va mal en nuestra vida sexual. Woody ya no siente la pasión de antes por mí".

— ¿Woody?

— Y Wanda.

— Oh – Edward apretó los labios, conteniendo una risa – Pobre Wanda, como si no fuera lo bastante malo cogerse a un tipo llamado Woody.

— ¡Oh, Woody…! – Gimoteé, perdiendo por completo la cabeza y complacida de que mi improvisado plan estuviera dando resultado. Edward me observó con los ojos como plato mientras, en una melodramática y mala imitación, fingía un orgasmo – ¡Woody, oh! ¡Oh, sí! ¡Sí, sí, oh…!

Edward rompió a reír.

— Estás tan enferma…

— Oh, Woody, no debemos mentirnos. Sé muy bien que te tocarás con este recuerdo cuando estés solo – Me incorporé con ligereza, notando que sus ojos seguían clavados en mis piernas —Ahora, sé buen chico, mantente a raya y levántate. Tu madre prepara una celebración por nuestra vida sexual.

...

Una hora después, una vez que Lucy comentó lo delgado que estaba Edward y lo mucho que había crecido, y tras ofrecer mi ayuda a Elizabeth con el almuerzo, nos sentamos alrededor de la pequeña mesa redonda frente a lo que, a todas luces, era un derroche de comida. No había nada especialmente sofisticado – comida de semana, lo habría llamado Renée—, pero Elizabeth se lo había pasado bomba en ello. Su felicidad era tan genuina como la de una niña pequeña, y resultaba contagiosa. Solo por la ocasión, había recogido su cabello en una intrincada trenza que yo jamás habría logrado hacer con mis torpes dedos, y con una sonrisa plasmada en el rostro, nunca me pareció tan hermosa y joven como en ese momento. Por lo mismo, era una pena que su hijo, aunque aparentemente tranquilo y con una ambigua sonrisa en la cara, estuviera deseando salir corriendo de allí.

Lucy, que parecía haber levantado una tregua hacía mí, no volvió a decir o hacer nada me hiciera sentir incómoda. Desde luego, nos observaba a Edward y a mí como si estuviéramos en un zoológico, atenta a la menor muestra de contacto que, de cualquier manera, no ocurrió. Frente a sus ojos, me sentía especialmente consciente del cuerpo de Edward, como si nunca antes me hubiera dado cuenta de aquella extraña energía que manaba de él. Me había acostumbrado a que tocarlo fuera lo natural, y pensar cada movimiento me volvía inusualmente rígida, como aquel robot torpe de la Guerra de las Galaxias que vaticinaba siempre lo peor (3).

Lucy estaba atenta, me di cuenta de inmediato. No dejaba de conversar, pero miraba alternativamente a su amiga y a su sobrino, cuyo comportamiento silencioso no sorprendía a nadie más que a mí. Después de semanas junto a él, estaba acostumbrada a los períodos de reclusión de Edward, pero de alguna manera, entendí que aquello era una norma particularmente clara en su cumpleaños. La aversión a la fecha superaba el desprecio habitual al nacimiento del que yo misma había hecho gala alguna vez, y su humor no dejaba de empeorar.

Mientras Elizabeth y Lucy bebían vino, Edward y yo nos encargamos de bajar una docena de latas de cerveza, y pronto me sentí ligera, más tonta y deslenguada. Tras dos horas de comida, repeticiones y, en mi caso, doble porción de torta (para eso había ido, después de todo, le murmuré a Edward), los humores ya estaban dispersos, y mientras yo reía ante las anécdotas juveniles de las dos amigas, Edward se volvió más y más taciturno.

— Nueva York, dónde más – Respondió Lucy, cuando me atreví a preguntarles dónde se habían conocido – Liz era una niña todavía, pero yo ya llevaba lo mío. Estaba en la estación de buses, esperando el nocturno que me llevaría a Denver, donde mi tía Lottie. Era el pasaje más económico en esa época.

— Maldito Denver – dijo tajantemente Elizabeth, y soltó una risa.

— Maldito Denver – Corroboró Lucy – Como sea. Estaba yo ahí, congelándome el trasero porque era pleno enero, cuando apareció este querubín de plata con su abrigo de niña rica, sus lindos pendientes, sus zapatos resonantes y su cara de no quebrar un huevo.

— Mi madre me había echado de casa – Acotó Elizabeth, mirándome – Te lo había comentado.

— Vieja zorra – Soltó Lucy sin más, como si hablara de una goma de mascar en su zapato. Su amiga sonrió con tristeza, aunque no la contradijo – El querubín estaba deshecho y no tenía adónde ir, así que la obligué a sentarse a mi lado y le di de beber media petaca de ron hasta que se serenó. Se la había robado a mi tío abuelo Archie, otro viejo zorro, así que no me importaba nada. Y entonces no nos separamos más. Obligué a Liz a seguirme a Denver y desde entonces viajamos y viajamos y viajamos.

Elizabeth y Lucy se sonrieron con afecto, pero Edward, a mi lado, bostezó ostensiblemente. Observaba por la ventana con expresión distraída, en apariencia ausente a cualquier cosa que estuviéramos diciendo, pero de pronto deslizó por debajo de la mesa una de sus manos, de forma tal que ni su madre ni Lucy pudieran verlo. Alarmada, pensé que su intención era volver a manosearme en las piernas – o en algún lugar peor y mejor a la vez –, por lo que mi sorpresa fue mayúscula cuando, sin que mediara un cambio en su expresión, el muchacho entrelazó sus largos dedos con los míos.

Elizabeth y Lucy hablaban en ese momento de un viejo conocido, por lo que ninguna se percató de la mirada que ambos intercambiamos. Edward volvía a ser miserable, y en sus ojos se reflejaba un cansancio incompatible con sus dieciséis años. De forma impulsiva, quise preguntarle que qué creía que estaba haciendo, estuve a punto de hacerlo como lo habría hecho la Bella del comienzo, sin pelos en la lengua, y quizá algo de ello se vio reflejado en mi expresión feroz. El muchacho, sin embargo, no desvió la vista, medio borracho como estaba, ni su mano dejó la mía.

Me estaba desafiando, comprendí en un breve momento de lucidez, y yo no sabía a qué. Entonces, Elizabeth bostezó también.

— Creo que dormiré un poco antes de ir al café – murmuró, sin darse cuenta del susto que me había dado. Edward comenzó a acariciar mi palma con su pulgar.

— ¿Tienes… tienes que ir también hoy? —pregunté, entre nerviosa y sorprendida, pues había creído que aquel día no iría al Gran Gatbsy. Intenté que Edward no notara lo incómoda que me hacía sentir su contacto.

Elizabeth se encogió de hombros.

— No tengo más remedio – La mujer sonrió afectuosamente a su hijo, quien no le hacía ningún caso y, por el contrario, insistía entre mis dedos como si demandara mi atención – Este chico escogió nacer en temporada alta.

Luego todo ocurrió muy rápido. La madre se inclinó para revolver el cabello al hijo, pero este, por primera vez en toda la hora, la había escuchado. O tal vez no, tal vez lo había escuchado todo. Con el ceño fruncido, y en un movimiento limpio y fluido, el muchacho escapó de las manos de su madre antes de que estas le alcanzaran.

— Yo no escogí nada – dijo tajante, y soltando mi mano, se levantó de forma busca y se alejó hasta desaparecer por las escaleras.

La habitación se quedó en silencio, con la sonrisa pletórica de Elizabeth congelada en el momento de felicidad incompleto. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero eventualmente, me sentí abrir la boca como para decir algo, algo estúpido que intentara justificar a Edward por semejante comportamiento. Lucy fue más rápida, sin embargo. Bastó un gesto de sus ojos y sus manos para saber que debía callar. Ambas observamos entonces a Elizabeth, cuya expresión de tristeza solo era superada por la resignación. Intuí y supe a la vez que ella había estado esperando que algo así ocurriera.

— Ve a descansar, Liz – dijo Lucy en ese momento. Habló de forma ominosa, como si no fuera a tomar un no por respuesta – Yo recogeré aquí y te despertaré cuando sea la hora de ir al café. Y te iré a dejar también.

Elizabeth asintió en silencio. Se levantó lentamente, como si le pesara el cuerpo, pero incluso así tuvo la voluntad de sonreírme, una sonrisa floja y vacía, poco convincente. Después, desapareció por la puerta que conducía a su habitación, y solo cuando cerró la puerta, Lucy se permitió lanzar un suspiro agotado.

— Bien, eso ha ido mejor que el año pasado – murmuró como para sí, y recordando que yo estaba ahí, agregó – ¿Puedes ir a ver a Edward? No querría que hiciera algo estúpido.

Sus palabras me hicieron reaccionar. ¿Había algo efectivamente por lo que temer? ¿Algo como el año pasado, pensé, repitiendo al instante sus palabras dichas sin intención de que yo las escuchara? Mi cabeza, hasta entonces aletargada, comenzó a trabajar a toda velocidad, súbitamente angustiada, pero contemplé con estupor que Lucy simplemente empezó a recoger las cosas con tranquilidad y, luego, desapareció hacia la cocina.

La angustia crepitó a través de mi pecho y hasta la boca de mi estómago, porque nada de lo que acababa de ver me resultaba extraño. Nada en lo dicho y lo no dicho, nada en ese gesto de indiferencia que insinuaba el conflicto. Muy por el contrario. Era una sensación conocida, demasiado familiar tras meses de angustia por el comportamiento errático de mi madre y la indiferencia arbitraria de mi padre. Había huido de ella, pero tal vez era yo quien acarreaba esas cosas conmigo. Tal vez uno simplemente andaba buscando gente como uno en el mundo.

Imitando a Lucy, con la preocupación ya instalada, me encaminé una vez más hacia la habitación de Edward, sin saber muy bien qué esperar después de aquel accidentado almuerzo, pero esperando lo peor. Hasta el día de hoy espero lo peor, como si tras cada acto fuera a surgir mi hermana muerta, mi madre quebrada por el llanto. Como si la felicidad no fuera sino el augurio de un quiebre: la risa todavía clara de Edward por la mañana, antes de que su cumpleaños lo nublara todo.

Él estaba sentado en la cama, sin embargo. No hacía nada, no era violento. No había algo peor. Estaba quieto, callado, aunque sostenía su cabeza entre las manos y su expresión reflejaba el conflicto interior que debía vivir. No podía imaginar qué pensaba y qué sentía, pero creí atisbar, si en algo había llegado a conocerle, un resquicio de remordimiento. Porque pese a todo, yo sabía que Edward no había querido hablarle así a su madre.

El remordimiento también me era familiar.

— Hey – Susurré, mientras me sentaba a su lado.

El muchacho me observó a través de las pestañas, fija, cautelosamente. Tenía los ojos llorosos y los labios apretados en una tensa línea, y en su frente aparecían finísimas arrugas. Respiraba con pesadez, como si estuviera tranquilizándose – y yo estaba segura que así era, como siempre, porque ese era Edward—, pero me dio una sonrisa débil, tristísima, en cuanto me acurruqué junto a él.

Tras unos segundos, comprendí que no había nada que pudiera decirle.

Insegura, alargué una de mis manos para retirar los mechones de cabello que caían sobre su frente, y luego, ante sus abrasantes ojos verdes, me permití frotarle bajo la nuca, un gesto que había aprendido de mi madre. Ella solía hacer lo mismo con Charlie cuando este llegaba cansado del trabajo, pero eso había sido en otros tiempos, con otra familia que ya no era la mía y que no existía más que en mi recuerdo.

Supongo que esperaba tranquilizarle, pero surtió el efecto contrario: algo en mi contacto hizo que Edward perdiera el escaso dominio de sí mismo que había alcanzado en esos breves minutos. Como si se reactivara lo que había ocurrido en la sala, cerró los ojos con mucha fuerza – casi con violencia, diría –, y antes de que yo pudiera preverlo, se cernió sobre mí. Después, sujetando mi rostro entre sus manos, me besó.

Fue un beso entrecortado, varios besos agitados y demandantes que, a juzgar por mi respuesta y la manera en que me colgué de sus hombros, bien podrían haber emulado una lucha grecorromana. Luchábamos sin luchar, sin embargo, con esa ambigüedad de los instantes previos. Edward me ciñó a su cuerpo por las piernas y nos arrojó sobre el colchón sin miramientos, y al tenerlo sobre mí – en ese fragmento de minuto en que se desnudaba y me desnudaba con frenéticas manos ávidas – recordé la primera vez que habíamos estado así, ahí, en el inicio de los tiempos. De nuestros tiempos, al menos, que por alguna razón seguían siendo los de los mismos Edward y Bella.

Con su respiración agitada marcando el ritmo de mis pulsaciones, recordé que aquella vez él no había querido hacerlo, pero lo había hecho igual. La culpa – una más de las que había ido sumando – todavía se alojaba remota aunque segura dentro de mí, como esperando su turno para brillar en la tarima de mis errores. No quería hacerme cargo de ella, y quizá por eso lo recordaba todo como si le hubiera ocurrido a otra persona, pero sabía bien que la llantina y la súplica de por medio habían sido solo mías. El recelo y la reticencia, de Edward.

Era lo mismo; apenas cabía en este caso la diferencia de una inversión de roles. Porque yo no quería – o, más bien, no lograba salir de mi estupor y asombro para desearlo de verdad –, pero sabía que nada en mi cuerpo le iba a detener. Asistiría ahora, como entonces, al modo de una espectadora, porque nunca le había dicho que no y aquella vez no sería distinto. Edward no vocalizó sus dudas, pero nos observamos con un entendimiento hasta ese momento inédito. Y yo, al ver su aterrorizada expresión de pérdida, no pude más que asentir.

...

Unas horas después, aunque todavía no eran las siete de la tarde, bajé a la sala tras dejar a Edward durmiendo. Tenía una expresión pacífica e inusualmente infantil en el rostro, y asumí con certeza – a juzgar por su sueño pesado— que no había hecho más que darse vueltas en la cama toda la noche anterior, pensando en lo que fuera que pensaba sobre su cumpleaños.

La sala comenzaba a quedarse a oscuras, pero a través de las ventanas pude ver el matiz rojizo del sol poniente sobre el jardín. Hacía calor tras toda una tarde en aquella casa de madera, y dados los hechos recientes, tuve que hacer un viaje al baño para volver a sentirme algo más en armonía con mi cuerpo. Mientras me refrescaba, y como si aquel día hubiese estado compuesto de memorias, recordé la ocasión en que Edward y yo habíamos visto Taxi Driver, pero la Bella que me devolvió la mirada al otro lado del espejo estaba inusualmente serena. No tenía nada en común con la chica ansiosa de aquella vez.

Ya más a gusto, y sin saber qué hacer para matar el tiempo, volví a pasearme como un fantasma por la sala de estar de los Masen, cuyo silencio resultaba normal, aunque también enervante. Nuevamente, reparé en la extraña decoración y los libros que había, y volví a repasar las fotografías de Lucy, Elizabeth, el pequeño Edward y aquel hombre tímido que me observaba desde otra década. Como nunca, me asombró el inmenso parecido que guardaba con el chico que había dejado durmiendo escaleras arriba, y llegué a la conclusión de que se debía a la sonrisa renuente, a medio camino entre la conmoción por encontrarse donde se encontraba y un cierto fatalismo propio y atávico, justo en el fondo de sus ojos. Como Edward, me pareció que ese hombre también era un pájaro de casa que añoraba o había añorado por largo tiempo volar.

Curiosa, tomé el marco entre mis manos y observé con más detención los detalles que rodeaban al retratado, pero todo lo que pude sacar en limpio fue que se encontraba a las orillas de un río, en alguna gran ciudad que yo no podía reconocer de ninguna película que hubiera visto. De forma vaga, imaginé que podía tratarse de Nueva York o Chicago, pero entonces la voz ronca de Lucy me sobresaltó.

— Lo siento, no quería asustarte – Se disculpó ella en cuanto notó mi sorpresa. Sus ojos se desviaron rápidamente a la fotografía que tenía entre mis manos, pero con la misma velocidad estuvieron de nuevo en mi rostro. Una sonrisa amistosa apareció en sus labios – ¿Quieres limonada? Creo que preparé demasiada para una sola persona.

Debo haber dicho que sí, algo cohibida por la situación y la misma Lucy, porque diez minutos después figuraba junto a ella, ambas sentadas en el porche y con generosos vasos de limonada, como un hermoso corolario moral de Matar a un ruiseñor. Yo con mis pintas, ella con las suyas, debíamos componer la postal más extraña que había visto Forks en los últimos años.

Lucy debió intuirlo. Tras un largo silencio apenas matizado por el sonido de las cigarras y los pájaros – y por el idiota de Doctor Pepper, que perseguía una ardilla –, esbozó una sonrisa irónica y comentó:

— Cuando se está así, solo cuando se está así… – murmuró en voz baja, abarcando el jardín con una mano – Creo que entiendo la fascinación de Liz por este mugroso lugar. Sin ánimos de ofender a tu pueblo, desde luego.

Sonrió mostrando todos los dientes, y yo me descubrí sonriendo de vuelta. Aquello era lo menos ofensivo que había escuchado decir a Lucy en toda la tarde, porque acababa de descubrir, junto a nuestra común relación con los Masen, que compartíamos algo más. Yo también aborrecía Forks.

— Créeme, nunca encontrarás a nadie que esté más de acuerdo con eso que yo – murmuré, jugueteando con el borde del vaso. Luego, con voz modulada, añadí – Odio este pueblo de mierda.

— Amén a eso, hermana – dijo Lucy, riendo entre dientes. De pronto, me miró como si fuera la primera vez que lo hacía – Llevo quince años diciéndole lo mismo a Elizabeth, pero la mujer es más obstinada que una roca.

— ¿Tú has…? – Vacilé antes de terminar, todavía insegura acerca de lo que podía o no hablar con Lucy. No quería volver a ver los mismos ojos insolentes de la mañana – ¿Tú has intentado sacarla de aquí? ¿Le has dicho que se vaya?

— ¿Sacarla? – Lucy soltó una risotada – Arrancarla, extirparla; llámalo como quieras. Este pueblo es la peor idea del último siglo, solo superado por el momento en que Simon y Garfunkel decidieron que era una buena idea montar un dúo de canciones ñoñas.

Creo que podría haberla besado en ese preciso instante. No lo hice, por supuesto, pero esa mujer acababa de pronunciar las palabras mágicas para ganar mi afecto. Conmigo siempre era lo mismo, y naturalmente, la debo haber mirado con una mezcla de admiración y arrobo. De pronto, me gustaba Lucy.

— Tu odio a Simon y Garfunkel es música para mis oídos – murmuré, meneando la cabeza de un lado a otro.

Lucy rio, pero no dijo nada más. Por unos segundos, dejó que su mirada vagara por el jardín y más allá, donde el limpio horizonte no auguraba nada de las lluvias que, inevitablemente, caerían la semana siguiente. Luego, volvió a observarme, aunque esta vez no fue de la manera especulativa e irreverente de antes. En esta ocasión, parecía buscar algo que confirmara alguna inquietud oculta, y solo cuando se decidió volvió a hablar.

— Noté que estabas viendo la foto de Edward – Anunció con voz plana.

Al principio no comprendí a qué se refería. Por supuesto, estaba muy consciente de que me había pillado observando las imágenes dispuestas en la sala, pero la última fotografía que había cogido no era de Edward cuando niño, sino del hombre junto al río, de quien nada sabía.

Entonces lo entendí, y Lucy, que había visto mi confusión, añadió:

— La del otro Edward – Puntualizó, apretando los labios en una sola línea. Vagamente, me pregunté si Edward había aprendido el gesto de ella – Supongo que no debería sorprenderme que no lo sepas. Ya ves, a veces uno le da demasiado crédito a las personas que quiere.

No supe qué decir, pero asumí en medio de mi estupor – a medida que las tornas de mi cerebro comenzaban a girar y todo empezaba a tomar sentido – que la crítica estaba destinada a Elizabeth.

— Es el padre de Edward – Continuó Lucy, con la misma voz sin inflexiones – El otro Edward, quiero decir. Es el padre de nuestro Edward.

Resulta difícil precisar cómo me sentí entonces, porque no fue la simple sorpresa de una anécdota común, lo que podría haber ocurrido si un amigo me hablara de un familiar cercano. Si tuviera que aventurar una emoción, diría que me embargó aquella atípica euforia de saber que estaba en lo correcto – que mi teoría de los recortes de periódico, al menos, era correcta –, pero también que fue algo semejante a vivir el momento climático de una película en la que te has involucrado real y emocionalmente. Que, contra todo pronóstico, has hecho tuya.

Después de aquellas semanas involucrada con ese hogar, con esas personas que todo se lo decían sin decir nada, imaginé que de pronto caía un muro hasta ese segundo inadvertido, y entonces sentí una profunda e inexplicable tristeza. Porque Edward tenía un padre, claro que sí, y se llamaba igual que él.

Quiero decir, sabía que tenía un padre. Era evidente incluso para una estudiante limítrofe de biología como yo, pero por alguna razón nunca había sido capaz de imaginar que aquel chico tan perteneciente a Elizabeth – tan de ella, tan una extensión de lo que ella era –, tenía un progenitor concreto, otra persona que no fuera su madre.

Súbitamente, me sentí avergonzada. Porque llevaba meses de tratar a Elizabeth, pero en ningún momento había dudado de que los rumores que por años habían corrido en Forks sobre ella no fueran ciertos. Igual que cualquier idiota de mi pueblo, había creído sin más que el padre de Edward era una cosa de una sola noche, un desconocido sin nombre o, en el mejor de los casos, un hombre casado. Y quizá era eso, pero también era una fotografía. Y no sé cómo, pero no tuve ninguna duda de que había sido Elizabeth quien la había tomado.

El otro Edward no era una anécdota, sino un alguien.

— ¿Qué…?

Todavía sin superar la conmoción de la sorpresa y la vergüenza, me escuché balbucear de forma incoherente. Lucy entendió, no obstante aquello, porque mis dudas debían estar muy claras en mi expresión: ¿por qué era el padre de Edward solo una fotografía?

— Se conocieron en Chicago – murmuró la mujer con voz monótona, como si hubiera contado aquella historia un montón de veces. – En la Navidad del 62, para ser más precisa, que fue el año en que todos perdieron la cabeza por los misiles en Cuba (4).

"Eran tiempos extraños, si alguien de tu edad puede imaginarlo. Tiempos diferentes. Bastaba que caminaras una cuadra para encontrar a un hippie lunático o un futuro pantera negra (5) molesto por la situación del país. Yo no creía que nada fuera a cambiar en realidad para nosotros, los negros, pero no me quejaba: nunca me había faltado trabajo e iba adonde quería, y Chicago no era la excepción. La semana previa a Navidad conseguí un puesto de mesera en el bar del loco Stevie, y le dije a Liz, que estaba entonces en Detroit, que me alcanzara para Noche buena.

Me quedaban quince minutos para terminar mi turno esa noche. Liz no me había visto, porque yo estaba ocupada tratando de sacarme de encima a un borracho sobón, pero yo sí la vi a ella. Y lo vi a él, también, en el momento justo en que ella apareció".

Lucy rio con nostalgia, sacándome por un instante del embrujo hipnótico de sus palabras.

— Fue como en las películas, ¿sabes? – Su voz había alcanzado el volumen de un susurro, y con sus palabras, me pareció que lo vi todo tal como lo explicaba – Claro, yo estaba acostumbrada a que el querubín causara esa reacción ovejuna en los hombres, pero lo de él…

"Era un tipo tímido, con pintas de niño rico de suburbio, y apenas me había mirado a los ojos cuando me pidió un par de cervezas. No tenía mucha experiencia con las mujeres, eso se notaba, pero en cuanto la vio fue como… como, no sé, como si le hubieran dado vida, ¿entiendes? O una mierda por el estilo, no soy una poeta. De cualquier forma, no creí que tendría las pelotas para hablarle, mucho menos para invitarla, aunque creí que era del gusto de mi amiga. Supongo que era guapo, si te gustan esa clase de chicos blancos desabridos… Que tengo entendido que te gustan".

Lucy me guiñó un ojo, riendo ante mi insufrible e inevitable sonrojo, y yo imaginé a aquel hombre de la foto en acción, una reproducción en movimiento de Edward, nuestro Edward, con pequeñas variantes. Naturalmente, no se lo dije a Lucy, pero no tuve dudas de que lo habría encontrado guapo.

— Como sea – Prosiguió la mujer, encogiéndose de hombros – Tuvo las pelotas. O tal vez no estaba pensando en nada y se le había acumulado la sangre allá abajo, yo qué sé. El caso es que hablaron la nada misma, Liz coqueteó con él y lo obligó a bailar. Cinco minutos después habían desaparecido.

"Yo me puse como una loca, pensando en todos los peores escenarios posibles. De lo que sabía, el cabrón tímido podía ser un asesino serial, pero a ella no le importó nada, por supuesto, y apareció al mediodía siguiente con cara de haberse pasado la mejor noche de su vida. Entonces solo habló de Edward, Edward, Edward…"

Lucy hizo una pausa y acabó su limonada de un último trago. Sus ojos, siempre atentos, recorrieron la casa de extremo a extremo.

— Ya no volvieron a separarse – Puntualizó – En menos de un mes, vivían juntos en un departamento pulgoso que bautizaron Blue Moon, felices como solo un par de pobres imbéciles enamorados pueden serlo. Él se ganaba la vida tocando su guitarra en bares y Liz atendía mesas en un pequeño comedor de trabajadores.

"Les daba igual, nada de la vida real les importaba. Tenían tiempo para salir, beber y comer escasamente y se la pasaban encerrados, haciéndolo como unos conejos" – Lucy puso los ojos en blanco, aunque tuve la impresión de que era una exasperación falsa, cargada de afecto – "Poco antes de la Navidad del año siguiente, Liz descubrió que estaba embarazada. Eran un poco nauseabundos, si me lo preguntas, pero la verdad es que nunca vi a un hombre tan feliz. Aunque, por otro lado, yo crecí con mi primo Louis, que es un cabrón que golpea a su mujer cada vez que la deja embarazada. Tal vez por eso el pequeño John es tan estúpido…".

La mujer soltó una risa amarga y seca, como si su anécdota familiar fuera lo mismo que un tío borracho que muestra la ropa interior cuando está pasado de copas, pero no añadió nada más. Intuitivamente, asumí que era ahí donde acababa la feliz historia, y que lo que seguía tenía un tono completamente diferente.

Por un segundo, no estuve segura de querer saber el resto. Luego, hice la pregunta inevitable.

— ¿Qué ocurrió?

Lucy inspiró muy hondo y luego expulsó el aire con gesto cansado. Una expresión circunspecta había aparecido en su rostro, y volvió a encogerse de hombros.

— Edward desapareció – dijo sin anestesia, frotándose los ojos con los pulgares – Fue a comienzos de junio, si no me falla la memoria. A Liz le quedaba todavía un mes para tener al bebé.

"Si me lo preguntas a mí te diría que andaba algo raro, y eso es decir, porque era raro. Como trabajaba de noche, el día solía pasárselo junto a Liz, engordándola como si fuera un deporte y cantándole canciones absurdas de los Beatles, pero aquel último mes salía más que de costumbre. Decía que iba a dejar cartas a su hermano, un hermano que a estas alturas no creo que haya existido, pero Liz estaba demasiado feliz para notar nada.

Entonces, un lunes como cualquier otro, salió por la mañana y ya no volvió. Sus cosas, su guitarra, su hijo, todo se quedó en ese departamento, con Elizabeth, pero él no regresó. Lo único inusual que encontramos entre sus cosas fueron unos fajos de dólares, y que sus documentos no estaban. Supongo que sintió remordimiento por dejar a una mujer pobre con un bebé y creyó que con eso se solucionarían los problemas. O esa es mi teoría, al menos".

Lucy movió la mano de forma vaga, como si aquello ya no importara.

— ¿Elizabeth no cree lo mismo? – Me escuché preguntar, pero ya sabía la respuesta.

— No, por supuesto que no. ¿No te has enterado de la clase de persona que es? – Lucy frunció los labios – Ella creyó, y cree hasta el día de hoy, que algo debió ocurrirle a Edward. Estaba enorme, ¿sabes? Pero igual recorrió medio Chicago.

"Nunca vi a nadie así, era aterrador; como si fuera una marioneta a la que le cortaron los hilos y solo… diera tumbos. Fue a todos los hospitales y morgues que encontró, no halló nada, ni una seña, hasta que tuve que obligarla a ver la realidad como era. Pero no fue mi mejor idea: discutimos muy fuerte y Liz acabó teniendo a Edward antes de tiempo. Y entonces, fue como si la conectaran a hilos nuevos, solo que esta vez con un Edward distinto.

Supongo que así se cerró el ciclo. Poco antes de que el bebé cumpliera un año, Liz se dio por vencida y asumió que Edward no volvería. Seguía teniendo sus sueños, y habían hablado muchas veces de irse a vivir a algún pueblo pequeño, lluvioso, donde pudieran colocar una cafetería. Nada elegante, solo un buen lugar. Así terminó acá, donde ha pasado toda la vida llenando la cabeza de su hijo con fantasías sobre su padre".

Lucy me sonrió sin alegría.

— Edward ya no le cree, lo que no sé si es bueno o malo – La mujer torció el gesto, dividida entre la aprobación y el reproche – El año pasado montó una buena, lo que me sorprendió mucho porque siempre ha sido así, ¿sabes? Siempre fue el bebé y el niño más tranquilo que conocí, como si supiera que su madre tenía que apañárselas sola. Pero el año pasado… supongo que estaba harto, supongo que todavía lo está. Creo que prefiere imaginar que su padre es un imbécil que está ahí afuera, haciéndose rico a lo Rockefeller y cuidando de sus tres hijos legítimos.

Por la manera amarga en que Lucy pronunció aquellas últimas palabras, supe que ella pensaba igual que Edward, que nada había cambiado desde aquella discusión que había conducido al inesperado parto. Después de todo, nadie variaba su opinión salvo que algo nuevo y decisivo ocurriera, y nada había ocurrido: los años, si era posible, debían haber cristalizado la opinión de Lucy, así como aquella insólita tolerancia al mundo de fantasía que su amiga había construido alrededor.

¿Eran tan distintos los Masen, Lucy incluida, a lo que yo conocía en mi propio hogar?

Visto a través de los ojos de su mejor amiga, me descubrí sintiendo pena por Elizabeth. Pena y rabia, de alguna manera, tal como lo había sentido por mi madre, aunque de una manera menos involucrada, desnuda de la ira inmanejable que solo Renée podía despertar en mí. Pena pura, tristeza por lo que aquella mujer – a quien yo siempre había creído impermeable a los defectos graves de la vida – había hecho con su historia, lo que todo lo que había construido en Forks significaba en el fondo.

Como mi madre, Elizabeth Masen no había avanzado. Y fue ahí, al no querer pensarlo, al no atreverme a enfrentarlo, cuando algo se resquebrajó. El último ídolo de mi infancia y adolescencia cayó desnudo del finísimo velo que hasta entonces le había cubierto, y fue reemplazado por el retrato fidedigno de esa mujer triste que yo había vislumbrado a ratos. Que siempre se había mostrado así, solo que yo estaba demasiado cegada por mis fervientes deseos de encontrar una figura en la que apoyarme.

Elizabeth no había avanzado, repetí en mi fuero interno, y en el camino de su fantasía había arrastrado a su hijo, tal como mamá había hecho con Kate. Las similitudes entre mi hermana y ese muchacho en cuya vida me había inmiscuido los últimos meses me tomó por sorpresa. Las de Renée y Elizabeth, de pronto, no tanto como habría esperado.

Kate y Edward, pensé entonces, sintiendo un súbito e irrefrenable afecto por ambos.


(1) Dream on, canción de la banda de hard rock estadounidense Aerosmith, lanzada en 1973.

(2) Yuppie es un acrónimo de Young Urban Professional, y es un término muy usado durante la década de los 80 en Estados Unidos. Refiere a grupos medios altos de gente joven con buenos empleos, y se asocia peyorativamente con el consumo, el materialismo y un cierto esnobismo.

(3) C3PO, uno de los dos droides principales de la saga de Star Wars.

(4) La Crisis de los Misiles fue un conflicto, enmarcado en la Guerra Fría, entre Estados Unidos, la Unión Soviética y Cuba. Se desató cuando el primer país descubrió bases con misiles rusos en tierras cubanas, lo que era potencialmente peligroso para ellos por la cercanía entre costas. Finalmente, no hubo fuego, aunque se creyó por un tiempo que podía empezar la tercera guerra mundial.

(5) Los panteras negras refiere al Partido Pantera Negra de Autodefensa, organización de afroamericanos de tendencia socialista y revolucionaria que estuvo activa desde 1966 hasta 1982. Surge inicialmente para frenar las agresiones de los policías - blancos - contra las comunidades afroamericanas.

*A Lannister always pays his debts*