Los personajes de esta historia no me pertenecen, sino a sus respectivos autores, sin embargo la trama de la historia es totalmente mía, por lo tanto prohibida su reproducción total o parcial sin contar con mi consentimiento.

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500 años

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Había pasado tiempo, demasiado en realidad desde que había dejado Arcadia y contra todo pronóstico, podría regresar, la paz estaba restablecida y así se quedaría, sus rezos habían dado resultado y el gran señor del universo le había comunicado que podría volver a la tierra, continuar con aquella vida detenida en sus dieciséis.

—Volver…—la palabra le quedó en el aire, volver era más de lo que ella esperaba, pero si ellos no estaban ¿qué iba a hacer? Empezar de nuevo, sin nada, sin nadie parecía demasiado. Se secó con el dorso de la mano el intento de lágrimas que le cristalizaban los ojos, había llorado lo suficiente en la tierra como para hacerlo con la decisión tomada, era la reina y para eso no había retorno.

Su consuelo era volver a ver los campos verdes de Arcada, con el polen de sus flores revoloteando en el ambiente y esperaba sinceramente que eso no hubiera cambiado.

La voz del Señor la sacó de sus cavilaciones, tan suave como su mirada.

—Es hora de volver—Se le hizo un nudo en el estómago al ver inminente su partida, tanto tiempo en el paraíso manteniéndose en la más estricta ignorancia, hacían que ese momento se tornara casi shockeante— Las puertas siempre estarán abiertas para ti.

—Gracias— Que nostalgia alejarse de él y del lugar que había fungido de hogar durante sabe qué tiempo, pero no iba a mentir, solo deseaba volver.

Asintiendo, aquella divinidad posó sus manos sobre la cabeza de su ángel más puro, envolviéndola en un halo de luz, su ausencia se sentiría en aquel infinito.

Cegada, abrió los ojos, resintiendo el cambio de ambiente. Ya no portaba su habituales ropas, en cambio un delicado vestido blanco las sustituían, el peso en su cabeza la alertó del crecimiento de su cabello, largo a niveles en los que jamás imaginó tenerlo, más la sorpresa mayor fue encontrarse frente a las puertas de la Mansión Hidamari, con sus grandes ventanales cubiertos de gruesas cortinas.

Observó atentamente si notaba algún movimiento, extrañamente esperanzada, pero a los minutos desistió, no había movimiento y no era de extrañarse, aunque no tenía la certeza, suponía que su tiempo rezando había sido el suficiente como para extinguir la esencia mortal de aquellos a los cuales ella añoraba profundamente. Estaba tentada de de entrar y recorrer los largos pasillos, adentrarse en las habitaciones que mantenía frescas en su memoria, aún sin saber, si el tiempo había hecho mella en sus estructuras, si el polvo y el moho se había encargado de deshacer la tela de las sabanas, o en otro caso, si había alguien más ocupando los espacios por donde había caminado.

Que dolor sería comprobar con sus ojos, que todo aquellos que una vez le había pertenecido en calidad de amiga, ahora era la cede de nuevos y ajenos recuerdos.

Dudosa aún de si quedarse y comprobar lo que pensaba titubeó algunos pasos hacia la superficie de madera, arrepintiéndose a último momento y retirando aquel puño cerrado, listo para golpear. Ya tendría tiempo después para comprobar ciertas cosas.

Se alejó, dándole un último vistazo a la mansión, caminando hacia el pueblo, notando como el tiempo pasaba volando, siendo consiente por primera vez desde que había vuelto, de que justamente, había vuelto, ya no era más Tierra sagrada, con sus días interminables y su atemporalidad. Inhaló el aire con más ganas que nunca, percibiendo el aroma a pasto mojado, producto del rocío que comenzaba a caer, con el cielo casi completamente oscurecido, dos o tres estrellas parecían saludarla desde su posición titilando, recordándole que ahora ella estaba abajo, con los mortales.

El largo camino a pie no le supuso un gran esfuerzo, con su cuerpo habituado como lo estaba a los interminables peregrinajes a los que se había sometido a favor de la paz, sin embargo, que distinto se le hacía caminar ahora por los senderos de piedra zigzagueante. Grata fue su sorpresa al ver las cosas casi intactas, las mismas paredes con sus mismos adornos, los faroles encendidos en la oscuridad le delimitaban haces de luz, logrando ver aquel pueblo, quizá como le gustaría verlo, la luz del día le confirmaría.

Detuvo sus pasos sobre el pequeño puente, absorta en el reflejo de las luces sobre la superficie líquida, que parecía más bien un gran espejo negro, su mirada fija en el titilante movimiento, totalmente ida de sí, indefensa al sobresalto que sufriría en cuanto una mano se posara sobre su hombro.

—Señorita…—No escuchó absolutamente nada de lo que aquella voz dijo, atenta como estaba a reconocer el sonido, con una revolución en el pecho ante la sospecha del imposible que esperaba encontrar al darse la vuelta.

Se tapó la boca evitando soltar un gemido de sorpresa al ver las finas facciones del hombre frente suyo, con la mirada desconcertada. Un ligero calor se deslizó por sus mejillas mientras recibía totalmente confundida, el abrazo de aquel joven pelirrojo.

—Rayne…—las palabras se le atoraban en la garganta.

Los brazos del joven se afianzaron aún más a ella, ofreciéndole su nombre en un suspiro, él jamás lo admitiría, pero portaba las pestañas húmedas y brillantes de agua salada. Ahí, contra su pecho estaba la que se había adueñado de sus pensamientos, dejándolo en una espera interminable que esperaba llegara a su fin y no fuera otra cruel sueño producto de haberse dormido una vez más, rememorándola.

—Pero…¿cómo?—Desconcertada atinó a preguntar por el tiempo que había pasado ¿Sería que en realidad no había demorado tanto en sus rezos como ella creía?

—Quinientos…hoy, exactamente quinientos años—respondió mientras la soltaba, solo lo suficiente para poder mirarla a los ojos, demasiado verdes, demasiado inocentes aún.

—Es imposible que sigas vivo después de tanto—Habló contrariada sin dejar de acariciar con la mirada cada facción de su rostro, ahora sabía que quinientos años de rezos no la habían hecho olvidarlo, ni a él, ni a sus amigos, sus recuerdos permanecían frescos, pero su memoria desmerecía con creces la belleza de la persona frente a ella.

Él se encogió de hombros chasqueando la lengua antes de responderle.

—Por alguna razón, cuando te fuiste nuestro tiempo se detuvo.

—¿El de todos?—El corazón le tamborileo emocionado dentro de su pecho al recibir un asentimiento en conjunto con una pequeña sonrisa, casi una sombra sobre los labios.

—Todos a los que alguna vez quisiste—Amplió su sonrisa y prosiguió— los vas a volver a ver.

A la platinada se le aguaron los ojos nuevamente, había vuelto con la certeza de empezar nuevamente sin nada ni nadie, una espinita clavada en la felicidad que le producía volver a posar los pies en Arcadia, esa Arcadia por la que había sacrificado su vida allí.

Quiso acurrucarse contra las manos que se deslizaban por sus mejillas, secándole las lagrimas, pero se contuvo notando la presión a su alrededor, hundiendo el rostro sobre el pecho del joven, notando sus latidos acelerados, quizá por la emoción, quizá por la conmoción que le provocaba verla.

Él la dejó desahogarse, sintiendo la humedad traspasar la camiseta, mojándole la piel, así en sus brazos ella parecía tan suya que no pudo contener las palabras que bullían por tratar de escapar de entre sus labios, había esperado tanto que en realidad ya importaba poco y nada si lo decía.

—Ange…—El mote cariñoso se le hizo casi extraño al salir en voz alta de su boca luego de tanto tiempo—¿Te quedarás conmigo?—la sintió tensarse, y casi se arrepintió de su pregunta—No es…

—Si—la respuesta le salió a trompicones, inconclusa y casi temerosa al haberse visto impactada, jamás, ni en sus más preciosos sueños había llegado siquiera a desear que Rayne le preguntara aquello, era demasiado modesta como para considerar siquiera a aspirar a llamar su atención, aún así se recriminó el pensar que lo decía de la forma en que ella quería. Eran amigos y ella no aspiraba a más.

Se sorprendió al notar una vibración extraña en el pecho masculino, seguida del sonido contenido de un sollozo, levantó la cabeza encontrándose con la casi imperceptible mueca que hacía el hombre al llorar, con sus labios unidos en una fina línea temblorosa y las cejas juntas en una mueca que pretendía sostener todas sus emociones.

—¿Estás bien?—Se atrevió a subir una de sus manos y acariciarle una mejilla con sus largos dedos, sintiendo como se le contraía el estómago cuando él enfocó sus ojos directamente en los suyos, más brillantes producto del agua y le pareció que quería decirle algo con aquella mirada.

—Voy a estarlo siempre que estés a mi lado y no me dejes de nuevo—tan dulce como había sonado su respuesta se sonrojaron sus mejillas, no estaba dentro de su personalidad decir aquello, pero sentía que debía, por ella, ella merecía que le dijera lo que pensaba.

La chica lo miró durante algunos segundos, estupefacta, sin saber cómo tomarse aquello.

—Yo…—carraspeó casi imperceptiblemente, queriendo aclarar no solos su voz, sino también darse el tiempo de pensar en sus siguientes palabras— Siempre voy a estar a tu lado para apoyarte, así son los amigos, ya no me voy a ir Rayne— había sido sincera, pero se sentía tan hipócrita al hablar de amistad cuando lo que ella quería iba más allá de eso y la palabra amigos le había dolido en el alma.

Él aflojó su agarre, fue un golpe directo a su pecho el haber incluido aquella palabra en una oración que había empezado por acelerarle el pulso, realmente sentía como si le hubieran tirado un balde de agua fría, congelándole las emociones.

Se creyó realmente tonto en ese momento, era increíble que alguien como él, que era un científico, un purificador, habiéndose enfrentado a cientos de thanatos aún no tuviera el valor de decirle en palabras que la quería, tanto que la había esperado. Gruñó, exasperado por la situación, como tenía que hacer para obligarle a su sistema a escupir de una buena vez y por todas las palabras que se le venían atorando en la garganta…es que eran tan grandes que parecían no pasarle por la boca.

Se pasó la mano por el cabello, alborotándolo antes de tomar una decisión y haciendo acoplo de su escurridiza valentía, la tomó por la nuca acercándola a su rostro, sin darle tiempo a alejarse, acariciándole los labios con los suyos sin obtener respuesta más que un gemido de sorpresa. Estuvo a punto de retirar el contacto, herido ante aquel rechazo cuando aquella pequeña reina se aferró al cuello de su camisa abierta, impidiéndole alejarse, ahora si reaccionando a aquella caricia que la había dejado impactada.

Aún así, aún con todas esa emociones fluctuando a su alrededor, colándose entre sus cuerpo, su beso se redujo a una tierna caricia, tal y como eran ellos, totalmente inexpertos, sin atreverse a llegar más lejos, más habituados a la adrenalina del peligro que a aquella corriente nerviosa que parecía recorrerlos.

Tener que respirar nunca se les había hecho más tedioso, pero la necesidad primaba por sobre sus deseos y se separaron, con las mejillas arreboladas y la respiración dificultosa, sin atreverse a abrir los ojos, frente contra frente. Y cuando se dignaron por fin a mostrar las orbes, la intensidad de la mirada masculina le produjo un estremecimiento que le recorrió la columna, casi como una descarga eléctrica.

—¿Me…me quieres?—le costó formular la pregunta, y aún más trabajo le costó a él responder, claro que la quería, pero pasarlo a palabras parecía tan complicado.

—Sí— Nuevamente una respuesta incompleta, pero solo Dios sabía cuánto le había costado modularla y para completar el cuadro, tenía la certeza, gracias al calor en su rostro, de que estaba más colorado que un tomate y no se atrevió a mirarla directamente mientras se concentraba en su vergüenza.

Ange se tocó las mejillas enfebrecidas antes de sonreír tenuemente y hacer que la mirara, besándole rápidamente.

—Yo también…y te extrañé muchísimo todo este tiempo—le sonrió más ampliamente en lo que el chico se debatía entre saltar, gritar o simplemente quedarse callado, contrariado con lo que esas palabras le producían, satisfecho con saberse correspondido. La apegó más a él, besándole la coronilla, sintiendo que si no podía hablar libremente, esa era la forma más sincera que tenía para demostrarle que así como ella, no hubo día en el que no le dedicara aunque sea un pensamiento. Demasiado tarde había descubierto que la amaba, para entonces la había perdido y no le había quedado más que esperar, esperanzado por verla regresar nuevamente y ahora, ahora sí que no la iba a dejar ir.

—Te esperé…durante todo este tiempo y…lo haría quinientos años más—No la miró porque sabía que las palabras le quedarían trabadas y necesitaba decirlas, hacerle saber cuánto la quería, limitándose a mantenerla presa contra él.

—Lo siento—Aspiró el aroma del chico, sintiéndose nostálgica, había pasado largo tiempo en Tierra Sagrada tratando de recordarlo y ahora esperaba jamás olvidarlo—¿Tú crees que los muchachos aún se acuerdan de mi?

—No creo que haya día en que no se acuerden de ti—Susurró mientras enredaba sus dedos en los mechones plateados, saboreando aquel momento intensamente. No sabía cuántas cosas se había difuminado en su memoria y necesitaba afianzar cada sensación lo más que pudiera.

Sonrió.

—Me gustaría verlos—aseguró, ahora más contenta de cómo había llegado.

—Estoy seguro de que a ellos les alegrará verte…sobre todo a Roche— no llevaba más de diez minutos en ese puente y había experimentado más que en todos aquellos años y los celos no iban a ser los que se excluyeran dentro de aquel montón de emociones mezcladas, porque él sabía perfectamente que aquel periodista tenía sentimientos por la mujer que sostenía contra su cuerpo y lo sentía mucho, pero no estaba dispuesto a soltarla.

La platinada rio bajito, casi temiendo ofender los sentimientos del ojiverde, no le iba a asegurar que nada pasaría con Roche porque era en cierto sentido satisfactorio saberse querida de esa forma, aunque tenía claro que no podía verlo ni quererlo de la misma forma que a ese chico que sonreía altanero al saberse su dueño en cuanto ella había manifestado que era el único, lo quería así, lo amaba así, lo aceptaba de esa forma, y podrían haber pasado quinientos, mil o un millón de años y ella lo querría con la misma intensidad, así como cuando lo encontró herido en el bosque, pero eso sí que era un secreto, tal vez en algún momento se lo diría, no ahora, después. Había mucho tiempo por recuperar.

Si había esperado quinientos años, un tiempito más no le iba a hacer daño.

Le sonrió divertida ante el pensamiento y disfrutó del rojo de sus mejillas.

No, seguro que no le iba a hacer daño.

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Bien, reforma, reforma, así es muchachas, amé sus reviews, pero para ser sincera este shot daba vergüenza, así que me puse manos a la obra y lo modifiqué completito, incluso quedó más largo que el original. Ustedes dirán como quedó. Les agradezco mucho por leer y darle una oportunidad, si les gustó el primero me encantaría saber que opinan de esta versión mejorada.

Besos!

Flor!

Original: 27 de Septiembre de 2011.23:10 hs.

Reforma: 04 de Agosto de 2017. 19:03 hs.