Los personajes no me pertenecen, claro está son de SM, y la historia es una adaptación de un libro que me encantaa! Estoy modificándolo en donde pueda necesitar, pero la historia es de Almudena, no es plagio, reconozco que nada es mío, yo solo lo comparto con Uds.

Actualizaciones: Jueves y Domingo

Capitulo 1

Todavía soy capaz de recordarlo perfectamente.

Cuando volví del colegio, Jacob estaba en la cama, y Edward sentado a sus pies.

Tenía veintisiete años y acababa de publicar su primer libro de poemas, después del clamoroso éxito obtenido por la edición crítica del Cántico Espiritual, pero eso todavía no me impresionaba.

Era alto, grande, y ya tenía algunas canas.

Yo le conocía desde que tenía memoria, y le amaba de una manera vaga y cómoda, sin esperanza.

Un cantautor de moda iba a dar en Port Angeles un recital largamente esperado, todo un acontecimiento para la castigada oposición democrática. Edward repetía que tenía que ir. Mi hermano insistía en que no se encontraba con fuerzas para moverse, arrastraba una resaca horrorosa.

Entonces me ofrecí, era ya como un reflejo. Improvisé una expresión ansiosa, cerré los puños, intenté que mis ojos brillaran y repetí como un loro que me encantaría, me encantaría, me encantaría, de verdad que me encantaría ir.

Nunca había dado resultado.

Pero esta vez Edward me miró de arriba abajo y le pidió a mi hermano su opinión. Jacob, con una cara que, para mi asombro, expresaba más recelo que otra cosa, meditó un momento, le recordó mi edad y luego le dijo que hiciera lo que quisiera.

Edward volvió a mirarme. Yo estaba tranquila porque sabía que me iba a rechazar.

No lo hizo.

Se levantó, me cogió del brazo y empezó a meterme prisa. Si no salíamos inmediatamente llegaríamos tarde, y no existían demasiadas garantías de que el recital durara más de diez minutos. Si nos perdíamos el principio, apenas llegaríamos a escuchar las sirenas de los coches de policía.

Yo me resistía. No me había dado tiempo a cambiarme, llevaba puesto el uniforme del colegio, y solamente el jersey era nuevo, de mi talla. La falda me había quedado del año anterior y me quedaba muy corta, un palmo por encima de la rodilla. La blusa era de Tanya, una herencia, los botones amenazaban perpetuamente con estallar. Cuando comenzó el curso, mi madre se había mostrado menos dispuesta que nunca a gastar dinero; total, aquel era mi último año. Las medias estaban desgastadas, el elástico se había aflojado y no podía dar dos pasos sin que se me enrollaran en el tobillo. Los zapatos eran espantosos, con una suela de goma de dos dedos de alto. Y todo, excepto la campera verde, perteneciente a mi hermano varón, de un espantoso color marrón.

Fue inútil. No estaba dispuesto a esperar ni un minuto, aunque teníamos tiempo de sobra.

-Estás muy linda así.

Cuando salíamos por la puerta, Jacob me llamó, y me dijo que era mejor que Edward se fuera primero y que, mientras tanto, yo le contara algo a Tanya, que me iba a estudiar a casa de Alice, o algún otro cuento por el estilo.

No comprendí el sentido de aquella advertencia, pero Edward sí pareció entenderlo, se le quedó mirando y le dijo algo todavía más extraño.

-¡Vamos, Jacob, pero por quién me tomas!

Mi hermano se rió, y no dijo nada más.

El salió primero. Cuando bajé, me estaba esperando en el portal.

La campera era ligeramente más larga que la falda, y el borde áspero me rozaba los muslos al andar. Faltaba poco para Navidad. Hacía frío.

Me abroché el primer botón y me levanté la capucha. Me miré de reojo en el pequeño espejo empotrado en la fachada de madera de una vieja panadería, y decidí que la capucha no me favorecía. Me di cuenta también de que no se me veía una sola punta del uniforme. Podría no haber llevado ropa debajo del chaquetón verde.

Edward tenía un volvo plateado nuevo. Yo estaba muy excitada, era la primera vez que salía con él, la primera vez que salía de noche y la primera vez que salía con un tío que tuviera coche.

El trayecto fue largo. Port Angeles estaba atestada de coches repletos de niños y provisiones, familias enteras camino de un fin de semana en la playa. El hablaba sin parar, abiertamente malévolo y chismoso, contándome chistes, historias inverosímiles, exagerando, el tipo de conversación con la que antes solía desarmar a mi madre cada vez que llegaba a casa y se encontraba a Jacob castigado sin salir.

Entonces pensé que me trataba como a una niña.

Le pillé un par de veces mirándome las piernas y no fui capaz de sacar conclusiones.

Cuando aparcamos, bastante lejos del pabellón, se volvió hacia mí y me proporcionó una serie de instrucciones. No debería separarme de él para nada. Si aparecía la policía, no tenía que ponerme nerviosa. Si había que correr, le daría la mano y saldríamos de inmediato, sin rechistar. Le había prometido a Jacob devolverme entera a casa.

Dramatizaba deliberadamente, para excitarme con la perspectiva del riesgo y la carrera.

Me preguntó si sería capaz de comportarme como una niña buena y obediente.

Le contesté que sí, muy seria, me lo había creído todo.

Se inclinó hacia mí y me besó dos veces, primero levemente, en el centro de la mejilla izquierda, después sobre el borde de la mandíbula, casi en la oreja.

Había aprovechado mi rapto de muchachita en peligro para ponerme una mano en el muslo.

Cuando llegamos a la puerta, comenzó el rito de las salutaciones, los besos y las enhorabuenas. Me sentía ridícula entre tanta gente, con mi campera verde y las medias enrolladas en los tobillos. Edward parecía absorto en su propio éxito social, así que le solté el brazo e intenté retrasarme. Pero a pesar de las apariencias, estaba marcándome de cerca. Me agarró de la muñeca y me obligó a quedarme a su lado. Luego, siempre sin mirarme, me cogió de la mano, no me la dio como se la suelen dar los novios, los dedos entrecruzados, sino que tomó mi mano y la apretó entre su índice y su pulgar, como se coge a los niños pequeños en los cruces de calle.

Nunca me daría la mano de otra manera.

Un hombre mayor de aspecto socarrón, un escritor consagrado que destacaba entre la multitud por su expresión desganada, como si en realidad le importara muy poco el acontecimiento, fue el único que reparó en mi presencia. Me miró mucho tiempo, sonriente.

Cuando pasamos a su lado, ensanchó la sonrisa y se volvió hacia nosotros, hablando en voz muy baja.

-¡Vaya, Eddie...!

El aludido soltó una carcajada.

-Le has gustado. ¿Sabes quién es?

Sí lo sabía.

La gente empezaba a desfilar, y fuimos a ponernos en la cola. Poco después comenzó el barullo. Los guardias de la puerta, servicio de orden, bloquearon la entrada y se pusieron a chillar que allí no entraba nadie sin pagar. Los causantes del conflicto, un grupo de quince o veinte adolescentes, contestaron que no se pensaban mover. Así estuvimos un buen rato, hasta que alguien empezó a empujar desde el fondo de la cola.

La primera carga me descolocó. Ahora estaba exactamente detrás de Edward, pegada él, su nuca me rozaba la nariz. Los de atrás chillaron nuevamente, como tomando impulso, y desencadenaron una segunda avalancha. Los seis botones de mi campera, una especie de barritas de plástico marrón veteado de blanco que pretendían imitar la apariencia del cuerno de algún animal, supongo, se clavaron en su espalda.

Le pregunté si le había hecho daño. Me contestó que sí, un poco. Me desabroché la campera.

La multitud daba calor. Desde atrás seguían empujando. El aire se volvió espeso, olía a gente.

Edward me cogió de las muñecas y me obligó a abrazarle. Tenía que sentir mi cuerpo contra el suyo, y mi aliento sobre la nuca. Yo estaba bien. Sentía que aquella situación me proporcionaba impunidad. No me atrevía a besarle, pero comencé a restregarme contra él. Lo hacía por mí, solamente, para tener algo que recordar de aquella noche, estaba segura de que él no se daba cuenta. Me movía muy despacio, pegándome y despegándome de él, clavando mis pechos en su espalda y mordiendo diminutas porciones de su jersey granate hasta que la aspereza de la lana me chirrió en los dientes.

El tumulto se deshizo tan bruscamente como se había formado. Volvía a hacer frío. Me desasí de Edward, lo más deprisa que pude. Y él comenzó a comportarse de una forma extraña.

Miró el reloj, estuvo un par de minutos mirándolo, luego se apartó de la cola y comenzó a caminar en dirección contraria, muy decidido.

-Vámonos.

Obedecí, sin comprender muy bien qué había pasado.

-¿Fumas?

El tono de su voz había cambiado, ya no lo reconocía. Permanecí callada porque no sabía qué decir.

-Contéstame.

Sí fumaba, pero no se lo dije. Había dejado de confiar en él. Negué con la cabeza, muy seria.

Sin dejar de andar, sacó un atado y me pasó un cigarrillo.

No me atreví a preguntarle qué quería que hiciera con él. Lo encendió, y me lo tendió.

Me quedé parada y volví a negar con la cabeza.

-¡Por Dios, Bella, te estás comportando como una imbécil!

El, Alice y mi padre eran las únicas personas que me seguían llamando así. Jacob solía llamarme pato, patito, porque era, lo sigo siendo, muy torpe.

Tomé el cigarrillo, le di un par de secas y se lo devolví.

Seguimos andando, y fumando. Al rato me atreví a preguntar.

-¿Por qué no hemos entrado?

El me sonrió.

-¿De verdad te gusta ese tipo?

-No... -solamente le dije la verdad a medias. En realidad, por aquel entonces ni siquiera sabía que cantaba en inglés.

-A mí tampoco me gusta. Así que... ¿por qué íbamos a entrar?

Pasamos al lado de su coche pero él siguió adelante.

-¿Adónde vamos?

No me contestó. Nos metimos por una calle pequeñita. A pocos pasos de la esquina había un toldo rojo con letras doradas. Edward abrió la puerta. Dentro estaba oscuro.

-¡Ten cuidado, pato! Hay escalones -a pesar de todo, estuve a punto de caerme. Edward descorrió una pesada cortina de cuero y entramos en un bar.

Me quedé paralizada de vergüenza. La mayoría de los tíos llevaban corbata. La edad media de las mujeres no debía bajar mucho de los treinta años. Las mesas, diminutas, en torno a las que estaban sentados, casi todos por parejas, llevaban faldas de tonos rojizos. La luz era escasa y la música muy baja.

Los pelos se me habían escapado de la coleta y me caían sobre la cara. La conciencia del uniforme me torturaba. Todos me miraban.

Aquella vez era verdad. Todos me estaban mirando.

Nos sentamos en la barra. El taburete era alto y redondo, muy pequeño. La falda se tensó sobre mis muslos. Parecía todavía más corta. Crucé las piernas y resultó peor, pero ya no me atreví a moverme otra vez.

Edward hablaba con el camarero, que me miraba de reojo.

-¿Qué quieres? -me quedé pensando, en realidad no lo sabía-. No me irás a decir que también eres abstemia...

El camarero se rió y me sentí mal. Engolé la voz y pedí una cerveza.

Edward se dirigió al camarero, sonriendo.

-Se llama Bella...

-¡Oh!, le queda llamarse Bella...

-Lo que pasa es que me llamo Isabella -no sé por qué me sentí en la obligación de dar explicaciones.

-Bella, saluda al caballero –Edward apenas podía hablar, se reía ruidosamente, yo no comprendía nada.

-Tengo hambre -no se me ocurrió nada mejor. Tenía hambre.

Me pusieron delante un platito con patatas fritas y comencé a devorar.

-Las señoritas bien educadas no comen tan deprisa.

Volvía a mostrarse amable y risueño, pero su voz seguía sonando distinta. Me trataba con una desconcertante mezcla de firmeza y cortesía, él, que nunca había sido firme conmigo, y mucho menos cortés.

-Ya, pero es que tengo hambre.

-Y las señoritas bien educadas siempre dejan algo en el plato.

-Ya...

Bebíamos cerveza. Acabó la suya y pidió otra. Yo había terminado la mía e hice ademán de imitarle.

-Tú hoy ya no bebes más -antes de que dispusiera del tiempo necesario para despegar los labios y empezar a protestar, lo repitió con firmeza-. No bebes más.

Cuando nos marchamos, el camarero se despidió de mí muy ceremoniosamente.

-Eres una niña encantadora, Bella.

Edward volvió a reírse. Yo ya estaba harta de sonrisitas enigmáticas, harta de que me trataran como a un corderito blanco con un lazo rosa alrededor del cuello, harta de no controlar la situación. No es que no fuera capaz de imaginarme posibles desarrollos, es que los descartaba de antemano porque me parecían inverosímiles, inverosímil que él quisiera de verdad perder el tiempo conmigo, no entendía por qué insistía de hecho en perder el tiempo conmigo, porque lo perdía.

Fuera hacía mucho frío. El me pasó un brazo por el hombro, un signo que no quise interpretar, derrotada por el desconcierto, y anduvimos en silencio hasta el coche.

Cuando estaba abriendo la puerta volví a preguntar, aquélla fue una noche cargada de preguntas.

-¿Me vas a llevar a casa?

-¿Quieres que te lleve a casa?

En realidad sí quería, quería meterme en la cama y dormir.

-No.

-Muy bien.

Dentro, todavía se quedó un instante mirándome. Después, en un movimiento perfectamente sincronizado, me metió la mano izquierda entre los muslos y la lengua en la boca y yo abrí las piernas y abrí la boca y traté de responderle como podía, como sabía, que no era muy bien.

-Estás empapada...

Su voz, palabras sorprendidas y complacidas a un tiempo, sonaba muy lejos.

Su lengua estaba caliente, y sabía a alcohol. Me lamió toda la cara, la barbilla, la garganta y el cuello, y entonces decidí no pensar más, por primera vez, no pensar, él pensaría por mí.

Intenté abandonarme, echar la cabeza atrás, pero no me lo permitió. Me pidió que abriera los ojos.

Se volvió contra mí e insertó su pierna izquierda entre mis dos piernas, empujando para arriba, obligándome a moverme contra su pantalón de algodón.

Yo sentía calor, sentía que mi sexo se hinchaba, se hinchaba cada vez más, era como si se cerrara solo, de su propia hinchazón, y se ponía rojo, cada vez más rojo, se volvía morado y la piel estaba brillante, pegajosa, gorda, mi sexo engordaba ante algo que no era placer, nada que ver con el placer fácil, el viejo placer doméstico, esto no se parecía a ese placer, era más bien una sensación enervante, insoportable, nueva, incluso molesta, a la que sin embargo no era posible renunciar.

Me desabrochó la blusa pero no me quitó el sujetador. Se limitó a tirar de él para abajo, encajándomelo debajo de los pechos, que acarició con unas manos que se me antojaron enormes.

Me mordió un pezón, solamente uno, una sola vez, apretó los dientes hasta hacerme daño, y entonces sus manos me abandonaron, aunque la presión de su muslo se hacía cada vez más intensa.

Escuché el inequívoco sonido de una cremallera.