Ninguno de los personajes me pertenecen, sino a SM, la historia es una adaptación de un libro de Almudena

Capítulo 5

Pasaron meses, Edward se fue, y pasaron los años sin que volviera, hasta que me decidí a buscarlo.

Fui a mi Universidad, estaba muy ansiosa y había esperado impacientemente este día que permanecía marcado en mi almanaque desde hacía meses.

Mi profesor de griego me examinaba con expresión irónica, apoyado en una de las gruesas columnas del vestíbulo, no lo había visto antes, y no sabía como explicarle mi aspecto.

-¿Adónde vas con esa pinta?

Le sonreí mientras buscaba una excusa discreta, pero no la encontré. Noté que me temblaban las manos, y me las metí en los bolsillos. Me temblaban los labios también, así que me decidí a hablar.

-Anda, Félix, invítame a un café...

-Estás muy equivocada si piensas que voy a comprometer la sólida reputación que me he labrado en esta casa de estudios dejándome ver con una chica vestida así.

-Pero ¿de qué reputación hablas? Vamos, invítame a un café -le cogí del brazo y comenzamos a andar en dirección al bar.

Félix era un excelente profesor de griego, un individuo muy inteligente, dotado de un sentido del humor especialmente sutil, y un viejo amigo mío. Me había acostado con él tres o cuatro veces y me había gustado hacerlo. Pero tenía un defecto. Era terriblemente chusma, y, por tanto, la última persona con quien habría querido toparme allí, aquella tarde.

Las cosas no estaban saliendo muy bien.

Me había puesto tan nerviosa yo sola, esperando en casa, que finalmente decidí salir media hora antes de lo previsto. Como mis cálculos ya incluían llegar a la facultad con media hora de adelanto para poder sentarme en el centro de la primera fila, en el momento de mi encuentro con Félix disponía de casi una hora libre, demasiado tiempo para seguir dando vueltas delante de las puertas de la sala, cerradas por el momento.

No se me había ocurrido pensar que las puertas pudieran estar cerradas. No se me había ocurrido comprobarlo, y eso que pasaba por delante todas las malditas mañanas.

Lo mejor era bajar al bar, sentarse en una mesa un poco apartada y chismorrear un rato.

Tenía tantas ganas de registrar presagios favorables que llegué a pensar que, después de todo, mi encuentro con Félix había sido afortunado.

-¿Llevas algo debajo del abrigo? -me examinaba con auténtico interés.

-¡Pues claro que llevo algo! Ropa. Voy completamente vestida -intenté parecer ofendida-. De verdad, no adivino por qué le das tanta importancia a mi aspecto, ni que fuera disfrazada de...

-Vas disfrazada. Desgraciadamente no sé de qué, pero desde luego vas disfrazada -no iba a ser capaz de engañarle, así que me limité a cambiar de tema.

Cuando me acerqué a la barra a pedir los cafés, los ocupantes de una de las mesas delanteras, un grupito de alumnos de primero, dejaron escapar risitas sofocadas a mi paso, mientras se llamaban la atención los unos a los otros con el codo.

Me pregunté si no habría pasado un poco.

El abrigo no me preocupaba demasiado, siempre resulta bastante llamativo, un abrigo de lana blanca, pero lo había pedido prestado precisamente por eso, porque necesitaba llamar la atención.

Lo peor eran las medias de sport, de un beige indefinido, que se me enrollaban constantemente en los tobillos. Los elásticos habían opuesto una resistencia verdaderamente tenaz, pero al cabo, después de haberlas hervido tres veces y embutido a presión en la base de sendas botellas de champán durante un par de días, logré que se me deslizaran pierna abajo con auténtica naturalidad, a pesar de que las acababa de comprar y era la primera vez que me las ponía.

Aunque quizá las medias no resultaran tan ridículas en sí mismas, y lo peor fuera el conjunto que formaban con los zapatos. Recordé el corrillo de dependientas que se formó en la zapatería cuando, después de pedir que me trajeran el treinta y nueve del modelo con más tacón que tuvieran en marrón, saqué una media del bolso, me la arrugué en el tobillo y me probé un montón de zapatos estudiando detenidamente el efecto en los espejitos adosados a las columnas, antes de decidirme por un modelo de salón, muy sencillo, que me levantaba unos nueve centímetros por encima de mi estatura habitual.

Y eso que el día de la zapatería llevaba medias de nylon, normales. Aquella tarde no me había puesto nada, las piernas desnudas, en febrero, y el abrigo, en cambio, abrochado hasta el último botón.

Un portero me había informado de que las puertas de la sala solían abrirse unos diez minutos antes de la hora que figuraba en las convocatorias.

Cinco minutos antes de los diez minutos, me escabullí anunciando que tenía que ir al baño.

Caminé lentamente hasta las escaleras, llegué al vestíbulo y me colé por las puertas abiertas para sentarme exactamente en el centro de la primera fila.

Durante un buen rato fui la única persona de todo el auditorio.

Me había enterado por pura casualidad del acontecimiento. La Facultad de Lingüística organizaba cada dos por tres jolgorios de este estilo y nunca había prestado excesiva atención a los folletos y carteles que aparecían en las pizarras. Pero andaba buscando clases particulares, necesitaba dinero, estaba decidida a irme a Sicilia como fuera, en verano, y me habían comentado la aparición de un par de anuncios nuevos.

Entonces vi su nombre, letras pequeñitas, en medio de muchos otros nombres.

Miedo, pánico a la realidad, a una decepción definitiva, porque luego ya no podría recuperarle, no podría devolverle a la casa grande y vacía donde nos amábamos, miedo a perderle para siempre.

Había pasado mucho tiempo.

Para mí había sido muy fácil retenerle, porque yo vivía una vida trabajosa y monótona, estaba sola, sobre todo después de que Jacob se marchara de casa, mis días eran todos iguales, grises, la eterna lucha por conquistar un espacio para vivir en una casa abarrotada, la eterna soledad en medio de tanta gente, la eterna discusión -no pienso hacer derecho, papá, te pongas como te pongas-, el eterno interrogatorio sobre la fortaleza de mi fe religiosa, sobre la naturaleza de mis ideas políticas, la eterna invitación a llevar a mis sucesivos novios a cenar una noche -mi madre se empeñaba en creer que eran mis novios. Quizás hubiera podido ser feliz si él no hubiera intervenido en mi vida, pero lo había hecho, me había marcado veintitrés días antes de marcharse a Londres, y todo el tiempo transcurrido desde entonces no contaba para mí, no era más que un intermedio, un azar insignificante, un sucedáneo del tiempo verdadero, de la vida que comenzaría cuando él volviera. Y había vuelto.

Vi su nombre, en letras pequeñitas, y desde entonces mi cuerpo era un puro hueco. Me retorcía de deseo por dentro.

La ambición de mis objetivos había ido disminuyendo alarmantemente, un día tras otro, mientras preparaba la puesta en escena. Fui a ver a Alice para pedirle la bolsa de plástico que me había guardado en su armario durante los tres últimos años, desde aquella tarde en que mi madre me comentó que nunca me puse el vestido amarillo que me pidió prestado Tanya.

Poco a poco, la sala se fue llenando de gente.

Un señor bajito, calvo y con patillas fue el primero en sentarse sobre el estrado. Edward, que llegó hablando con un barbudo de aspecto histórico que le abrazó efusivamente al pie de la escalerilla, ocupó uno de los extremos, en último lugar.

Habían pasado cinco años, dos meses y once días desde la última vez que le vi. Su rostro, la nariz perfecta, la mandíbula cuadrada, apenas había cambiado. Las canas tampoco habían prosperado mucho, su pelo seguía siendo mayoritariamente cobrizo.

Estaba bastante más delgado, en cambio, eso me extrañó, Jacob comentaba siempre que en Londres se comía bastante bien, pero él había adelgazado y eso le hacía todavía más alto y más desgarbado, ésa era una de las cosas que más me habían gustado siempre de él, parecía eternamente a punto de descoyuntarse, demasiados huesos para tan poca carne.

Le sentaban bien los años.

Mientras el tipo de las patillas presentaba a los asistentes con una lentitud exasperante, él encendió un cigarro y echó una ojeada a la sala. Miraba en todas las direcciones con excepción de la mía.

El hueco me devoraba.

Tenía mucho calor. Y mucho miedo.

No me atrevía a mirarle de frente, pero detecté que se había quedado quieto. Me miraba fijamente, con los ojos semientornados, una expresión extraña. Luego me sonrió y solamente después movió los labios en silencio, dos sílabas, como si pronunciara mi nombre.

Me reconocía.

Actué según el plan previsto, me desabroché el abrigo lentamente, dejando al descubierto mi horroroso uniforme marrón del colegio. Edward se tapó la cara con una mano, permaneció así durante unos segundos, y luego volvió a mirarme. Seguía sonriendo.

Habló muy poco, aquella tarde, y habló muy mal, se quedó en blanco un par de veces, balbuceaba, daba la sensación de que tenía que esforzarse para construir frases de más de tres palabras, no me quitaba los ojos de encima, mis vecinos me miraban con curiosidad.

Cuando el viejo de las patillas inauguró la ronda de preguntas, me levanté de mi asiento. Las piernas aún me sostenían, sorprendentemente.

Recorrí muy despacio, sin ningún tropiezo, el pasillo y abandoné la sala. Crucé el vestíbulo sin mirar para atrás, atravesé las puertas de cristal de la entrada y sólo tuve tiempo de dar ocho o nueve pasos antes de que él me detuviera. Su brazo se posó sobre el mío, me cogió por un codo, me obligó a darme la vuelta y, tras estudiarme durante unos segundos, me tocó con la varita mágica.

-¡Qué bien, Bella! No has crecido nada...

Aceptó todos mis dones con una elegancia exquisita. Interpretó todos los signos sin hacer ningún comentario. Habló poco, lo justo. Cayó voluntariamente en mis trampas. Me dejó enterarme de todo lo que quería saber.

Me llevó a su casa, un ático muy grande pero atestado de cosas, en el centro.

-¿Qué ha pasado con Port Angeles?

-Mi madre lo vendió hace un par de años -parecía lamentarlo-. Se ha comprado una casita de piedra en medio del bosque en Forks.

Después, sus ojos me recorrieron en silencio, lentamente, de punta a punta. Sostuvo mis brazos con sus manos por encima de mi cabeza. Los mantuvo en esa posición mientras tiraba de mi jersey hacia arriba, hasta despojarme de él. Me desabrochó la blusa, me la quitó y me miró a la cara, sonriendo. No llevaba sujetador y él se acordaba de todo, todavía. Se inclinó hacia adelante, me tomó por los tobillos, y los levantó bruscamente, haciéndome perder el equilibrio. Tiró de mis piernas hacia sí, hasta colocarlas encima de las suyas. Me quedé tumbada, atravesada encima del sofá. Me desabrochó los cierres de la falda. Antes de quitármela, me cogió una mano, la acercó a su cara y la miró con atención, deteniéndose en las puntas de mis dedos, redondas y romas. Se me había pasado por alto ese detalle. Aun a sabiendas de que no debería hacerlo, rompí el silencio.

-¿Te gustan las uñas largas, y pintadas de rojo?

Todavía con mis dedos entre los suyos, me dirigió una sonrisa irónica.

-¿Importa mucho eso?

No podía contestarle que sí, que sí importaba, mucho, así que hice un vago gesto de indiferencia con los hombros.

-No, no me gustan -admitió al final; menos mal, pensé.

Terminó de desnudarme, despacio. Me descalzó, me quitó las medias, y volvió a ponerme los zapatos. Me miró un momento, sin hacer nada. Luego alargó una mano abierta y la deslizó suavemente sobre mí, desde el empeine de los pies hasta el cuello, varias veces. Parecía tan tranquilo, sus gestos eran tan sosegados,- tan ligeros, que por un momento pensé que no me deseaba en realidad, que sus acciones eran solamente el reflejo de un deseo antiguo, irrecuperable ya. Tal vez había crecido demasiado, después de todo.

Me pasó un brazo por debajo de la axila y me incorporó. Me quedé sentada encima de sus rodillas. Me rodeó con sus brazos y me besó. El solo contacto de su lengua repercutió en todo mi cuerpo. Mi espalda se estremeció. El es la razón de mi vida, pensé. Era un pensamiento viejo ya, trillado, formulado cientos de veces en su ausencia, rechazado violentamente en los últimos tiempos, por pobre, por mezquino y por patético, existían tantas grandes causas en el mundo, todavía, pero entonces, mientras me besaba y me mecía en sus brazos, era solamente la verdad, la verdad pura y simple, él era la única razón de mi vida.

Atrapé su mano y me la llevé a la cara, cubrí mi rostro con ella, la mantuve quieta un momento, notaba la presión de sus yemas, deposité un beso largo y húmedo encima de la palma, luego doblé los dedos, uno por uno, escondí el pulgar bajo los otros cuatro, rodeé su puño con mi mano y apreté mis mejillas y mis labios contra los nudillos. Trataba de explicarle que le quería.

-Tengo una cosa para ti...

Me apartó con mucho cuidado, se levantó y cruzó la habitación. Sacó una caja larga y estrecha de uno de los cajones del escritorio.

-Te lo compré hace tres años, más o menos, en un momento de debilidad... -me sonrió-. No se lo cuentes a nadie, creo que ahora hasta me da vergüenza, pero entonces me daba la nostalgia de vez en cuando, sobre todo cuando estaba solo, cogía el coche y me largaba adonde fuera. En uno de esos estúpidos arrebatos melancólicos, te compré esto -se sentó a mi lado y me alargó la caja. Aunque resulte una grosería decirlo, me costó mucho dinero, y no lo tenía, entonces, pero te lo compré de todos modos, porque te lo debía. Me he sentido extrañamente responsable de ti todos estos años. Nunca me atreví a mandártelo, sin embargo. La verdad es que me esperaba encontrarte hecha una mujer, y las mujeres no siempre saben apreciar los juguetes...

La caja, cuidadosamente envuelta en celofán transparente, contenía una docena de objetos de plástico de color blanco, beige y rojo; un vibrador eléctrico con la superficie estriada, rodeado por una serie de fundas y accesorios acoplables. Había también dos pilas pequeñas, metidas en una bolsa.

No me costó ningún trabajo mostrarme satisfecha. Estaba muy contenta, y no solamente porque él se hubiera acordado de mí.

-Muchas gracias, me gusta mucho -le sonreí abiertamente-. Pero deberías habérmelo mandado, me hubiera venido muy bien. Supongo que será de mi talla... -me miraba y se reía-. Si te apetece Puedo probármelo..., ahora.

Rasgué el celofán y examiné cuidadosamente el contenido. Encontré sin demasiada dificultad el depósito para las pilas y cargué el vibrador. Giré una ruedita que tenía en la tapa de abajo y comenzó a temblar. Incrementé la potencia hasta hacerlo bailar en la palma de mi mano. Me di cuenta de que Edward estaba sonriendo.

-¿Cuál crees que será el mejor de todos? -no me contestó, simplemente se levantó y fue a sentarse en un sillón adosado a la pared opuesta, unos tres metros y medio más allá, exactamente enfrente de mí.

Ahora verás, pensaba yo, ahora verás si he crecido o no he crecido, me sentía bien, muy segura, presentía que aquélla era mi única baza, había pensado a menudo en ello los últimos días y no había sido capaz de elaborar un plan definido, una táctica concreta, pero él me lo había puesto todo muy fácil, le gustaba yo, todavía me acordaba, y le gustaban las niñas sucias, pues bien, yo le demostraría que podía ser sucia, muy sucia.

Abrí las piernas lentamente y deslicé uno de mis dedos a lo largo de mi sexo, sólo una vez, antes de empezar a parlotear.

-Creo que voy a empezar con éste -extraje de la caja una especie de funda de plástico color carne que constituía una representación bastante fidedigna del original, con nervios y todo-.¿Sabes una cosa? Ya no me gusta ser tan alta, antes estaba muy orgullosa pero ahora me encantaría medir unos veinte centímetros menos, como Reneesme, ¿te acuerdas de Reneesme...?

-¿La de la flauta? -su expresión, sabia y risueña a la vez, era la misma que yo me había esforzado por retener durante todos aquellos años.

-Justo, la de la flauta, tienes buena memoria... -le miraba a los ojos todo el rato, trataba de aparentar el aire de frío cálculo que distingue a las mujeres lascivas y expertas, pero mi sexo, vacío aún, crecía y se esponjaba sin parar, y esa sensación nunca ha sido demasiado compatible en mí con la impasibilidad-. Ya está, pero ¡ahora es enorme!... Supongo que no te dará vergüenza que me lo meta aquí mismo, ¿verdad? -negó con la cabeza. Yo me froté un par de veces con el nuevo juguete antes de enterrarlo parsimoniosamente dentro de mí. A pesar de que se trataba del objetivo principal de todo aquello, me despisté y no pude observar su reacción. Era la primera vez que usaba un utensilio semejante y las mías, mis propias reacciones, me absorbieron por completo.

-¿Te gusta? -su pregunta deshizo mi concentración.

-Sí, me gusta... -Callé un momento y le miré, antes de seguir hablando-. Pero no es tan parecido al miembro de un hombre como yo pensaba, porque no está caliente, en primer lugar, y además, como tengo que moverlo yo misma, no existe el factor sorpresa ¿comprendes?, no hay cambios de ritmo, ni paradas, ni aceleradas bruscos, eso es lo que más me gusta, las aceleradas...

-Has tenido mucho sexo en estos años, ¿no?

-Bueno, me he defendido... -ahora agitaba la mano más deprisa, bombeaba con fuerza aquel simulacro de hombre contra mis paredes y me gustaba más, cada vez más, me estaba empezando a gustar demasiado, por eso me detuve bruscamente y decidí cambiar de funda, no quería precipitar las cosas-. ¿Esta que tiene púas es para hacer daño?

-No lo sé, no creo.

-Bueno, veremos..., pero yo te estaba contando algo, ¡ah, sí! lo de Reneesme, que como mide solamente metro y medio, todos los tíos le parecen enormes, es genial, siempre que le pregunto me contesta lo mismo, la tenía así -separé exageradamente las palmas de mis manos-, gordísima, pero quejándose, no lo entiendo, siempre se está quejando.

-Ya... -se reía a carcajadas, y me miraba, le gustaba todo aquello, estaba segura de que le gustaba, y entonces decidí empalmar aquella historia con otra de procedencia bien distinta, nunca me habría creído capaz de contárselo, pero entonces no me pareció importante.

-Oye, ¿sabes que las púas no hacen daño? Ahora voy a ponerle esto encima, a ver qué pasa -tomé una especie de capuchón corto, de color rojo,- recubierto de pequeños bultitos, y lo encajé en la punta-. Por cierto, que tiene gracia, hablando de Reneesme, hace un par de meses soñé contigo una noche, y los consoladores tenían mucho que ver con el sueño -me detuve un momento, quería estudiar su rostro, pero no fui capaz de leer nada especial-. El caso es que Reneesme se ha vuelto muy formalita de un tiempo a esta parte, era la más divertida del curso, de pequeña, pero hace un par de años se echó un novio formal muy formal, un hombre mayor, de 29 años...

-Yo tengo treinta y dos... -al principio me miró con la misma sonrisa que solía dedicarme cuando era pequeña, luego la reemplazó con carcajadas francas y sonoras.

-Ya, pero tú no eres mayor.

-¿Por qué?

-Porque no, igual que Jacob, él tampoco es mayor, aunque ya tenga un hijo y todo, bueno, da igual, el caso es que el novio de Reneesme tiene mucho dinero, una agencia de servicios editoriales y ni una pizca de sentido del humor, y la otra noche fuimos a cenar, ellos dos, Alice, que llevó un muchacho bastante gracioso, y yo, que no tenía nadie con quien ir, en serio, mira, si lo hubiera tenido, a lo mejor me habría llevado esto puesto -extraje el consolador de mi interior y comencé a despojarle de sus partes. Quería probarlo sin nada, seguramente resultaría menos efectivo así, las púas estaban empezando a alterarme demasiado-. El caso es que nos emborrachamos, Reneesme también, y le contamos la historia de la flauta el amigo de Alice se rió mucho, le encantó aquello, pero él novio de Nessie se cabreó, dijo que no tenía ninguna gracia y que, desde luego, no le excitaban ese tipo de tonterías, yo comenté que me parecía muy extraño que tú, cuando te enteraste, te habías puesto muy caliente, ¿verdad? -me dio la razón con la cabeza-. ¿Me has traído también una flauta de Londres?

-No.

-¡Qué pena! -en ese punto no pude evitar la risa, pero a los pocos segundos conseguí rehacerme y seguí-. Bueno, el caso es que aquella noche soñé contigo -la expresión de su sonrisa, distinta ahora, me hizo temer que sospechaba a qué categoría pertenecía realmente mi sueño, así que cambie de tema- Oye, ¿no te ofenderás si sigo con los dedos, un ratito nada más? Necesito descansar.

-como quieras...

-Gracias, muy amable, en fin Edward... -sus palabras, y sus ojos, me convencieron de que él estaba cayendo en mis redes-, me encantaría saborearte. ¿Me dejas?

Se bajó la cremallera, extrajo su sexo con la mano derecha y comenzó a acariciarlo.

-Te estoy esperando...

Recorrí de rodillas la distancia que me separaba de él, me incliné y me lo metí en la boca. Aquello empezaba a parecerse a un reencuentro de verdad.

-Bella...

-Hummm -no tenía ganas de hablar.

-Me gustaría sodomizarte.

Ni siquiera abrí los ojos, no quise enterarme de lo que decía, pero sus palabras se quedaron bailando en mi cabeza durante unos segundos.

-Me gustaría sodomizarte -repitió-. ¿Puedo hacerlo?

Liberé mis labios de su absorbente ocupación y levanté los ojos hacia él, mientras deslizaba su sexo contra mi mano, suavemente.

-Bueno, no hay que tomarse las cosas tan a la tremenda... -solamente pretendía impresionarle, pensé, eso era cierto, quería impresionarle, pero no tanto-. no hace falta que te tomes tantas molestias...

-No es ninguna molestia -me miró, riéndose, me había pillado, me había pillado bien, sentí que nunca llegaría a ser una mujer fatal, una mujer fatal como Dios manda, mi estrategia se había vuelto contra mí, y ahora ya no se me ocurrían más suciedades, nada ingenioso que decir-. Además, por lo que he podido ver, y escuchar, supongo que ni siquiera sería la primera vez...

-Pues, ya ves, creo que sí... -ahí me quedé callada, le miré un momento, y luego decidí que lo mejor era restablecer el orden de antes, así que volví a cerrar la boca alrededor de su sexo y desplegué todo el catálogo de mis habilidades, una detrás de otra, muy deprisa, pensando que así a lo mejor se le pasaban las ganas, pero apenas unos minutos más tarde la presión de su mano me obligó a abandonar.

-¿Y bien? -insistió en tono cortés.

-No sé, Edward, es que... -trataba de despertar su compasión mirándole con ojos de cordero degollado, no tenía que esforzarme mucho, estaba confundida, porque no podía decirle que no, a él no se lo podía decir, pero no quería, eso lo tenía muy claro, que no quería-. ¿Por qué me preguntas esas cosas?

-¿Hubieras preferido que no te lo preguntara?

-No, no es eso, no quiero decir que me parezca mal que me lo hayas preguntado, pero es que yo, yo qué sé, yo...

-Da igual, no importa, era sólo una idea -sus brazos se deslizaron bajo mis axilas, para indicarme que me levantara. Cuando estuve de pie, frente a él, hundió su lengua en mi ombligo, un instante, y luego él también se levantó, me abrazó y me besó en la boca, durante mucho tiempo. Sus manos fueron ascendiendo lentamente desde mi cintura, a lo largo de mi espalda, hasta afirmarse en mis hombros. Entonces me dio la vuelta bruscamente, me derribó encima de la alfombra y se tiró encima de mí.

Aprisionó mis muslos entre sus rodillas para bloquearme las piernas y dejó caer todo su peso sobre la mano izquierda, con la que me apretaba contra el suelo, entre mis dos omoplatos.

Noté un aceite suave y frio, y luego un dedo, alarmantemente perceptible por sí mismo, que entraba y salía de mi cuerpo, distribuyendo finalmente el sobrante alrededor de la entrada.

-Eres un hijo de puta...

Chasqueó repetidamente la lengua contra los dientes.

-Vamos, Bella, ya sabes que no me gusta que digas esas cosas.

Lancé las piernas hacia delante. Conseguí golpearle en la espalda un par de veces. Intentaba hacer lo mismo con los brazos cuando noté la punta de su sexo, tanteándome.

-Estáte quieta, Bella, no te va a servir de nada, en serio... Lo único que vas a conseguir, si sigues haciéndote la difícil, es quedarte con un par de moretones -no estaba enfadado conmigo, me hablaba en un tono cálido, tranquilizador incluso, a pesar de sus amenazas-, pórtate bien, no va a ser más que un momento, y tampoco es para tanto -me abrió con la mano derecha, notaba la presión de su pulgar, estirándome la piel, apartándome la carne hacia fuera-, además, tú tienes la culpa de todo, en realidad, siempre empiezas tú, te me quedas mirando, con esos ojos hambrientos, yo no puedo evitar que me gustes tanto...

Su mano derecha, que imaginé cerrada en torno a su pene, presionó contra lo que yo sentía como un orificio frágil y diminuto.

-Eres un hijo de puta, un hijo de puta...

Luego ya no pude hablar, el dolor me dejó muda, ciega, inmóvil, me paralizó por completo.

Aunque no pensé que fuera posible, el dolor se intensificó, de repente. Sus embestidas se hicieron cada vez más violentas, se dejaba caer sobre mí, penetrándome con todas sus fuerzas, y luego se alejaba, y yo sentía que la mitad de mi se iba con él. La cabeza me empezó a dar vueltas, creí que me iba a desmayar, incapaz de soportar aquello ni un solo minuto más, cuando empezó a gemir. Adiviné que se estaba corriendo, pero yo no podía sentir nada.

Luego, se quedó inmóvil, encima de mí, dentro de mí todavía. Me mordió la punta de la oreja y pronunció mi nombre.

Me dio la vuelta, moviéndome con suavidad. Yo no le ayudé en absoluto, mi cuerpo era un peso completamente muerto, no me movía, seguía quieta, con los ojos cerrados.

Se inclinó sobre mí y me besó en los labios. No le devolví el beso. Me besó otra vez.

-Te quiero.

Sus labios recorrieron mi barbilla, descendieron por mi garganta, se cerraron en torno a mis pezones, su lengua prosiguió hacia abajo, resbalaba a lo largo de mi cuerpo, atravesó el ombligo y recorrió mi vientre. Sus manos me doblaron las piernas y las separaron después.

Me sentí avergonzada, muy infeliz. Mi sexo estaba húmedo, su mano estiró mis labios para desnudar completamente mi sexo, dejando al descubierto la piel rosa, tirante, que me escocía como una herida a medio cerrar.

La aplacó con la lengua, recorriéndola despacio, de arriba a abajo, y luego se concentró en el insignificante vértice de carne al que se reducía ya todo mi cuerpo, resbalando, presionando, acariciándolo, notaba el extremo de su lengua, dura, frotándose contra él, y, entonces lo atrapó entre sus labios y lo chupó, volvió a hacerlo, y lo sorbió para adentro, lo mantuvo dentro de su boca y siguió lamiéndolo, y eso me obligó a moverme, a doblarme, a impulsar mi cuerpo en vilo hacia él, ofreciéndome por fin, para no desperdiciar ningún matiz.

Introdujo dos dedos en mi sexo y comenzó a agitarlos siguiendo el mismo ritmo que yo imprimía a mi cuerpo contra su lengua.

Su lengua siguió allí, firme, hasta que cesó la última de mis pequeñas sacudidas. Sus dedos aún me penetraban cuando apoyó la cabeza encima de mi ombligo.

-Te quiero.

Entonces recordé que ya me lo había dicho antes, te quiero, y me pregunté qué significaría eso exactamente.

Se tumbó a mi lado, me besó y se dio la vuelta, quedándose boca abajo. Me encaramé trabajosamente encima de él, me dolía todo el cuerpo, coloqué mis piernas encima de las suyas, cubrí sus brazos con los míos y apoyé la cabeza en el ángulo de su espalda.

Me recibió con un gruñido gozoso.

-¿Sabes, Edward?, te estás convirtiendo en un individuo peligroso -me sonreí para mis adentros-. Últimamente, cada vez que te veo, me tiro una semana sin poder sentarme.

Todo su cuerpo se agitó debajo del mío. Era agradable. No había terminado de reírse, cuando me llamó.

-Bella...

Le respondí con algo vagamente parecido a un sonido. Estaba demasiado absorta en mis sensaciones. Nunca lo había hecho antes, tenderme encima de un hombre, de aquella manera, pero me produjo una impresión deliciosa, su piel estaba fría y el relieve de su cuerpo bajo el mío, diametralmente opuesto al habitual, resultaba sorprendente.

-Bella... -comprendí que ahora hablaba en serio.

No me sorprendió, incluso lo esperaba, pese a mi exhibición previa, estaba preparada para digerir una nueva despedida, era inevitable.

A pesar de todo, acerqué mi boca a su oído. No estaba segura de que mi voz no me traicionara.

-¿Sí?

-¿Quieres casarte conmigo?

Taran! Q final de capitulo no? Bueno, veremos q dice Bella! Q les parece? Un beso!