Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.


Capítulo 1 – Una Nueva Vida

El Príncipe Emmett caminó furioso por los suntuosos pasillos del castillo hasta llegar a los aposentos de su único hermano, dos años más joven que él. Alzando uno de sus grandes puños, se apresuró a golpear la puerta.

—Adelante —se escuchó la voz de Edward.

La invitación fue más que suficiente para el mayor de los príncipes. Entró a la habitación hecho una tromba y, luego de cerrar la puerta tras de sí, se arrojó de espaldas sobre la amplia cama de su hermano y se cubrió el rostro con las manos.

—Veo que no te ha ido como esperabas —comentó el joven de cabellos cobrizos, mirándolo desde su escritorio de nogal—. ¿Te han denegado el pedido otra vez?

—Sí, otra vez —bufó Emmett, exasperado—. Es inaudito, Edward. No pueden casarnos sin nuestro consentimiento.

—Todos los reyes lo hacen, mi querido hermano. Nuestros padres no son la excepción —explicó el resignado joven, tratando de hacer entrar en razón a su hermano, que tan irascible se encontraba desde la noticia de su futura boda con la Princesa María del Reino de Pasos Blancos.

—También todas las cobras reales muerden, y eso no hace de su veneno algo menos mortal. No me parece justo que nuestros destinos se hallen atados al de nuestro reino de esta manera.

Las últimas palabras resonaron en los oídos del príncipe más joven, y le hicieron alzar levemente las cejas en señal de asombro.

—Eres el heredero al trono, Emmett —le recordó Edward—. Lamento decirte que eso conlleva no solo lujos y privilegios, sino también sacrificar tus anhelos personales por el bien de nuestro pueblo.

El mayor de los hermanos se pasó una mano por los oscuros cabellos mientras dejaba escapar un hondo suspiro.

—Yo quiero lo mejor para nuestro pueblo, y quiero que nuestros padres tengan la tranquilidad de que su reino quedará en buenas manos cuando llegue el momento. Pero no deseo pasar el resto de mis días junto a una esposa que no me ame y a quien tampoco yo pueda amar.

—Hermano, necesitas tranquilizarte. Míralo de esta manera, al menos a ti te han concedido dos meses más de soltería para que puedas conocerte con tu prometida. Yo estaré casado con Bella en sólo cuatro días.

El Rey Carlisle y la Reina Esme, soberanos de las admirables tierras de Aguamarina, habían acordado la boda de sus dos hijos, considerando que a sus 19 y 21 años ya contaban con edad más que suficiente para contraer matrimonio. Emmett había sido prometido a la Princesa María, única hija y heredera a su trono, con la expectativa de que la unión de los jóvenes propiciara también la de los reinos de Aguamarina y Pasos Blancos, de manera que Emmett gobernara sobre ambos territorios cuando muriera el padre de María. Edward, por su lado, había sido prometido a la Princesa Isabella de Calcedonia, también única heredera al trono. Esto implicaba que el hijo menor de Carlisle, al convertirse en esposo de la princesa, se convertiría también en futuro Rey de Calcedonia.

Edward e Isabella se conocían desde pequeños. De niños habían compartido numerosos juegos y aventuras, que se fueron transmutando en banquetes y bailes reales a medida que los chiquillos se fueron transformando en jóvenes. Edward incluso había estado presente con su familia en el funeral de la madre de Isabella, muchos años atrás. Había jugado un rol importante a la hora de consolar a la entonces niña, a la que ya no le quedaba más compañía que su padre, el Rey Charles, y su pequeña doncella Alice, a quien amaba como a una hermana. Pero a pesar de las alegrías y tristezas compartidas, y muy a pesar de los expresos deseos de sus padres, Edward e Isabella jamás se habían visto el uno al otro como más que amigos. Se tenían un profundo afecto, pero el amor nunca había llegado a nacer entre ellos, y aunque disfrutaban mucho de la compañía mutua, lo que los unía era la pasión por su libertad.

Lamentablemente para ellos, sus padres habían finalmente tomado la decisión de casarlos. El Rey Charles estaba sufriendo algunos inconvenientes de salud que le habían hecho notar la necesidad de asegurarle un heredero a su trono y, teniendo una gran amistad con Carlisle y Esme, había decidido que no podría encontrar mejor prometido para su preciosa Bella que el Príncipe Edward. El amor llegaría más tarde, les habían asegurado a ambos, y luego habían fijado la fecha de la boda para tres días después del arribo de Isabella al Palacio de Aguamarina.

—Pero tú llevas una vida de conocer a Bella, Edward —indicó Emmett—. Es mucho más que los sesenta días que me han concedido a mí para entenderme con una completa extraña de la que estoy seguro de que no me enamoraré.

—¿Cómo puedes saber eso? Tienes más probabilidades tú de enamorarte de una princesa que no conoces que yo de enamorarme de mi prometida, a quien en todos estos años de amistad no he visto con otros ojos que no fueran los del afecto fraternal. Además, he oído que la Princesa María es una joven muy bella.

—Su belleza no logrará impactarme lo suficiente como para enamorarme, Edward. De eso no tengo dudas —aseguró el de cabellos oscuros.

Su hermano percibió la angustia en las palabras del heredero, y no pudo evitar fruncir el ceño ante la revelación que se le presentó, como si hubiera leído su mente.

—Emmett… ¿Tú te sigues viendo a escondidas con la doncella? —le preguntó.

El más robusto de los príncipes palideció al saberse descubierto, pero aún así tuvo el coraje para transmitirle a Edward su inconformidad con la forma en que se había referido a ella.

—Su nombre es Rosalie, y te agradecería que así la llames. Piensa que si tú, siendo príncipe, te sientes incómodo cuando se menciona tu título por delante de tu nombre, tanto más incómoda se siente ella al ser denostada por su condición social.

—Su condición no me importa a mí, Emmett, pero sí a toda la realeza. Eres heredero al trono, no puedes seguir manteniendo amoríos con una doncella. Sé que Rosalie es una muchacha buena, además de agraciada, pero no es ella tu prometida y nunca lo será.

—¿Y crees que no lo sé? —gruñó el mayor de los príncipes, estrujando con una mano las finas colchas de seda—. Lo mío con Rosalie no es un simple amorío, Edward. No es un capricho o una travesura. Si pudiera alejarme de ella lo haría sin vacilar, pero… no puedo, simplemente no puedo.

Edward meneó la cabeza, desconcertado.

—¿Te has enamorado de ella?

Emmett dejó escapar otra honda exhalación, meditando su respuesta. Nunca se lo había planteado de esa manera, tal vez por miedo a descubrir la verdad de sus propios sentimientos. Estar con Rosalie lo llenaba no solo de placer, sino de vida y felicidad. Había comenzado como un coqueteo inocente, y luego se había desarrollado como un amorío sin importancia, por el solo goce de mantener una relación secreta y prohibida. Carlisle y Esme jamás se habían enterado de eso. Los reyes eran más que comprensivos con sus hijos, y les importaba su bienestar y felicidad más que cualquier otra cosa, pero siendo soberanos estaban también obligados a respetar las reglas de la Corte y las jerarquías sociales, y no habrían podido hacer nada para propiciar una unión entre el heredero al trono y una simple doncella. Edward sí estaba al tanto de la situación, pero su honor le había impedido abrir la boca delante de sus padres, aunque no se había callado a la hora de darle a Emmett su opinión al respecto. "Estás jugando con fuego", le había dicho. Pero ya era muy tarde, y el joven heredero ya se estaba consumiendo en su propia hoguera, que llevaba en alto el nombre de la fiel doncella.

—No lo sé. Es posible —murmuró.

Edward rodó una mano por sus cabellos de bronce, suspirando.

—Para mañana en la tarde tu prometida estará aquí —le recordó, sin más ánimos que los de hacerle más tangible su pronto destino—. ¿Qué piensas hacer?

—No lo sé. Rose sabe cómo son las cosas, y por supuesto lo acepta. Está devastada, pero sabe que no tiene otra opción. Soy yo el que no quiere alejarse.

—Creo que tendrás que intentarlo, Emmett. Si decides seguir con este secreto, yo no seré quien te delate, de eso puedes estar tranquilo. Pero por el bien de todos, principalmente el tuyo y el de nuestros padres, además del de tu prometida, lo mejor es que termines con esto. Es la única manera de que tu matrimonio con María pueda al menos acercarse a lo que anhelas para tu futuro.

El mayor de los hermanos escuchó las palabras cuidadosamente. A pesar de ser más joven, Edward se había convertido en un hombre muy listo y de sabios consejos, consiguiendo el respeto y la admiración de muchos. Tanto, que a veces Emmett se preguntaba si no sería él el más capacitado para ser el heredero. De cualquier manera, le había tocado al más robusto la responsabilidad de cargar con semejante tarea, e intentaría cumplirla lo mejor posible. En cuanto a Rosalie, ya decidiría qué hacer. Aunque quizás no era una cuestión de decidir, porque tal vez sus acciones ya no estaban conectadas con su cabeza, sino con su corazón. Por lo pronto, le quedaban dos meses de soltería para tomar las riendas de su vida o dejar que las cosas siguieran su curso natural. Dos meses para despedirse de ese sentimiento que, si no era amor, se le asemejaba demasiado.

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La tarde siguiente, dos bellas jóvenes se encontraban viajando en un fino carruaje, tirado por fuertes caballos alazanes. Isabella suspiró una vez más, su blanca mejilla apoyada contra la ventanilla, observando el solemne paisaje de Aguamarina bañado por la luz de la media tarde. Cuántas veces le había parecido el lugar más majestuoso del planeta, con sus bosques de coníferas y sus lagos cristalinos, tan azules como el color de la piedra preciosa que le daba nombre al reino. Ahora todo le parecía triste y desolado, a tono con su propia desdicha.

—Mira qué precioso lago, Bella —oyó la voz de Alice, su querida doncella y amiga desde pequeña, sentada ahora junto a ella en esa nueva aventura.

La princesa dirigió su mirada hacia el punto que le señalaba la muchacha, y asintió sin entusiasmo.

—Sí. Se parece mucho a todos los otros que hemos visto el día de hoy.

Alice ladeó la cabeza, desilusionada con la respuesta.

—Vamos, Bella, no me gusta verte así —le dijo tristemente.

—Tampoco a mí me place estar así, pero no lo puedo evitar. Este no es el futuro que imaginaba. Soy demasiado joven para atar mi vida a la de un hombre —volvió a suspirar, apoyando el rostro contra la ventanilla una vez más.

Isabella contaba diecisiete años recién cumplidos, lo cual no era mucho, pero sí lo suficiente como para convertirse en esposa. Muchas de las princesas contraían matrimonio a esa edad, a veces incluso más jóvenes. Pero también muchas de ellas soñaban desde niñas con casarse con un hombre rico y poderoso, y ser soberanas de tierras lejanas. Isabella no era así. Más que el poder y la fortuna, lo que ella amaba era su libertad. De pequeña, cuando la reina aún vivía, solía darle a su madre más de un dolor de cabeza. Le gustaba cabalgar, trepar árboles y jugar con los hijos de las doncellas, comportamiento un tanto reprobable.

Alice era una de sus compañeras de aventuras. La habían dejado abandonada en las afueras del castillo de Calcedonia cuando era tan sólo una bebé, y una de las doncellas la había adoptado como propia. Tenía la misma edad de Isabella, por lo que habían crecido a la par. Alice siempre se había mantenido en su lugar de servidumbre, respetando las costumbres de la realeza, pero la princesa la quería como una hermana y compartía gran parte del día con ella, especialmente desde que la había adoptado como su doncella personal.

—Tal vez, si miras el lado positivo, puedas ver que esto no es tan malo como parece, Bella —le sugirió la muchacha del cabello oscuro—. Muchos matrimonios arreglados se dan entre desconocidos. Tú has tenido la suerte de ser prometida a un buen hombre que aprecias y es tu amigo. Al menos sabes que te tratará como mereces y se preocupará por tu bienestar.

Isabella meditó las palabras de su buena amiga. Visto de esa forma, Alice tenía toda la razón. Sabido era lo infelices que eran algunas princesas tras casarse con hombres que no las respetaban. No todos los príncipes eran amables y buenos compañeros como lo era Edward, Isabella era conciente de ello. También era conciente de que pocas personas la conocían tan bien como él, lo cual favorecía a una buena comunicación y comprensión mutua. Pero una amistad y un matrimonio son cosas distintas, y esto es de lo que la Princesa de Calcedonia era más conciente.

—Lo entiendo, y valoro que así sea, así como valoro que sea Edward mi prometido y no algún príncipe sin lealtad ni sentimientos. Pero temo que no funcionaremos como marido y mujer, y nuestro matrimonio terminará arruinando la amistad que tenemos, y que tanto atesoramos él y yo. Siempre hemos sido espíritus libres, no disfrutamos de las ataduras ni el protocolo. El tiempo que hemos compartido ha sido uno de pura libertad, y ahora nos veremos en la obligación de estar juntos para siempre en calidad de esposos y futuros soberanos, con todas las responsabilidades que eso implica. No creo estar preparada para esto, y tampoco creo que Edward lo esté.

—No creo que nadie pueda estar preparado para eso, Bella —la tranquilizó Alice—. Pero estoy segura de que con el correr del tiempo lograrán adaptarse a estos cambios, y lo harán muy bien.

—¿Y qué hay del amor? —se apresuró a cuestionar la princesa de los profundos ojos castaños—. Edward jamás ha dado muestras de tener sentimientos románticos hacia mí, y sé que yo tampoco los tengo hacia él. ¿Cómo haré para besarlo en el altar? Peor aún, ¿cómo haré para compartir el lecho con un hombre a quien no amo? En sólo tres días se celebrará nuestra boda, y deberemos consumar nuestro matrimonio esa misma noche —recordó Isabella—. No puedo siquiera pensar en ello.

Para cuando la joven princesa terminó de hablar, el carruaje ya se estaba adentrando en los verdes jardines del palacio, y el castillo dejaba ver todo su esplendor a menos de media milla.

El corazón de Isabella comenzó a latir con más fuerza, pero se vio reconfortado cuando las pequeñas manos de su doncella tomaron las suyas.

—No pienses en ello ahora, Bella. El destino tiene sus misterios, y todo lo compone a su debido tiempo. Y si me preguntas a mí, yo te auguro un futuro magnífico junto a tu prometido —le sonrió cálidamente.

—No sabes cuánto deseo que no estés equivocada en tus predicciones, mi querida amiga —dijo Isabella, aún nerviosa, pero feliz de tener una compañera en esta nueva etapa de su vida.

—No suelo estarlo, ten fe.

El carruaje finalmente se detuvo en las puertas del castillo.

—Recuerda que soy tu doncella y debemos seguir el protocolo, así que por favor no me regañes si te trato de Alteza —susurró Alice, mientras el cochero se presentaba con uno de los guardias del castillo.

—Alice, ¿cuántas veces nos has acompañado a mi padre y a mí en nuestros viajes a Aguamarina? Casi todos aquí te conocen y saben lo que te aprecio, y conociendo a Sus Majestades Carlisle y Esme, no creo que se escandalicen por nuestro trato.

—De todas formas me dirigiré a ti como Su Alteza. Si el Príncipe Emmett también recibirá a su prometida hoy, como me has contado, seguramente habrá visitas que no nos conocen, y no sería correcto mostrarnos como amigas siendo que yo soy parte de la servidumbre.

—No lo eres para mí, pero comprendo lo que dices, y estás en lo cierto. Así será entonces —asintió Isabella, entendiendo las razones de su querida doncella—. Pero sólo cuando haya otras personas cerca. No quiero bajo ningún punto de vista que me trates de Alteza cuando estemos conversando solas, ¿me entiendes?

—Entendido, Su Alteza —asintió la pequeña mujer, con su risilla de cascabel.

—¡Alice!

—Es sólo una broma, Bella. Tranquila, todo estará bien, me lo dice mi corazón.

—Espero que no te falle —murmuró la princesa, y con esa última frase se dispuso a bajar del carruaje y afrontar su destino como futura Reina de Calcedonia y esposa del Príncipe Edward.


Quienes han leído mis otros fics se darán cuenta de que soy una loca por Alice y Jasper, pero esta vez hice una historia de época y más abarcativa, así que se van a encontrar con mucho Bella y Edward, mucho Rosalie y Emmett, y sí, también, mucho Alice y Jasper. Voy a hacerlo lo más parejo posible para que las amantes de cada pareja puedan disfrutar de la historia. Los seis están en situaciones totalmente distintas, así que es probable que les termine gustando no solo la historia de su pareja favorita sino también de las otras.

En mi perfil les dejo la portada y el trailer de este fic, si les interesa chequeenlo (y el trailer seguramente les ayude a hacerse una idea mejor sobre a dónde apunta la historia).

Hasta aquí el primer capítulo. Me alegraría mucho si pueden dejar un review sobre sus primeras impresiones y qué les pareció. Saben que los comentarios son como combustible, nos ayudan a mantenernos entusiasmados, así que esta vez en especial me van a hacer muy feliz si me dejan algunas palabras para contarme qué les gustó y qué no.

¡Hasta el próximo capítulo! :)

Lulu