Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.


Capítulo 3 – Primeras Impresiones

—¿Cómo has estado, Rosalie? —preguntó Isabella amablemente, mientras caminaba por el corredor del piso más alto junto a María, seguida de Alice, James y Jasper.

—Muy bien, Su Alteza, muchas gracias por preguntar —mintió la doncella. Lo cierto es que no se encontraba nada bien últimamente, con la noticia del pronto casamiento del Príncipe Emmett, y mucho menos ahora que había visto la belleza y confianza con las que contaba la princesa de los ojos esmeralda.

—Me alegra oír eso. ¿Cómo está tu hermanito?

—Benjamin está muy bien también. En este momento ha de estar con las cocineras. Le encanta pasar tiempo con ellas, siempre le regalan algún dulce —sonrió, pensando en su única razón para seguir adelante.

Rosalie tenía 17 años, al igual que Isabella y Alice, y sin embargo tenía la madurez y la seriedad de una mujer bastante mayor. Ella y Benjamin habían quedado huérfanos algunos años atrás, y desde entonces la doncella había asumido el rol de madre para su pequeño hermano, que contaba apenas 9 años de edad. Sólo se tenían el uno al otro, y Rosalie sentía el deber y la necesidad de ocuparse de él y darle todo el afecto que le fuera posible, de modo que no sintiera la falta de su verdadera madre ahora que ya no la tenía. La responsabilidad era grande, pero la felicidad de Benjamin era una recompensa que valía la pena.

Mientras escuchaba las palabras de la doncella, Isabella se percató de una ligera impaciencia en el rostro de la princesa que se encontraba caminando junto a ella.

—¿A Su Alteza le agrada su nuevo hogar? —le preguntó gentilmente a María.

—Por cierto que sí, es un bello reino y un bello castillo. Pero temo que no estoy familiarizada con las costumbres, Alteza —respondió la joven a la Princesa Isabella.

—Dudo que los hábitos varíen mucho de un reino a otro. Aguamarina es casi vecino de Pasos Blancos, las usanzas han de ser bastante similares.

—Así lo creía yo, pero por lo que estoy viendo, he de estar equivocada. Por lo pronto, en mi reino no es correcto mantener conversaciones con la servidumbre —comentó. Su tono de voz era suave y ameno, pero su mirada era absolutamente despectiva hacia la rubia doncella con la que Bella acababa de hablar—. Para establecer un diálogo, ambas partes deben estar a la altura. En mi reino, y en todos los otros en los que he estado hasta el momento, no es pertinente que una plebeya quiera colocarse al nivel de una princesa y mantener con ella una plática más allá de sus obligaciones como criada.

Rosalie se obligó a callarse y no fruncir el ceño, aunque ganas no le faltaban, más cuanto que esa humillación provenía de la misma mujer que estaba por quitarle al hombre a quien amaba. Bella, por su parte, hizo grandes esfuerzos por no morderse el labio inferior y mirar atrás, a su propia doncella, para comunicarle su desacuerdo con la opinión de la recién llegada. Y Alice, perpleja, se felicitó por haber tomado la sabia decisión de comportarse como una más de la servidumbre, muy a pesar de la Princesa Isabella y de la amistad que las unía después de tantos años.

Mientras meditaba sobre eso, la pequeña sirvienta observó a los dos hombres que caminaban junto a ella detrás de las princesas, y pudo distinguir sus diferentes reacciones ante las venenosas palabras de su señora. James había esbozado una pequeña sonrisa maliciosa, deleitado con la situación, mientras que Jasper le había clavado la mirada a María por una milésima de segundo antes de fruncir el ceño lo más sutilmente que su disgusto se lo permitió. Antes de que Alice pudiera retirar la mirada, sus ojos se encontraron con los de él, que le había echado un vistazo para corroborar si el comentario de María la había afectado tanto como a la doncella a la que iba especialmente dirigido. En medio del azul intenso de los ojos de ese caballero, Alice creyó leer un cierto pesar, como si el guardia estuviera intentando pedirle disculpas por lo que acababa de oír, aún cuando él no lo había dicho, ni pensado siquiera. Ella se limitó a delinear con sus labios una diminuta sonrisa de agradecimiento, que él respondió con la misma timidez.

—He aquí su recámara, Su Alteza de Pasos Blancos —anunció Rosalie a su nueva enemiga, contra la cual sabía que no podía competir. Abrió entonces la puerta que se hallaba frente a ella y, agachando la cabeza, la dejó pasar a sus aposentos.

—Gracias, muchacha. Espero no te olvides de avisarme cuando llegue la hora de la cena.

—Pierda cuidado, Alteza —respondió Rosalie, cerrando la puerta y suprimiendo el deseo de agregar un: Sé bien cómo hacer mi trabajo.

Avanzaron unos metros y la rubia doncella abrió otra puerta.

—Y estos son sus aposentos, Su Alteza de Calcedonia —informó a Isabella.

—Muchas gracias, Rosalie —le sonrió Bella, quien por un momento se había percatado de que sus problemas no eran tan terribles como ella pensaba. Si bien era huérfana de madre y estaba por casarse con un hombre del que no estaba enamorada, al menos no era huérfana de padre y madre, con un pequeño hermano al que atender, y con la constante humillación de no ser más que una sirvienta—. No te preocupes, estas son mis costumbres y las de Aguamarina, y por mi parte no pienso modificarlas —le susurró, tan bajo que sólo ella la oyó.

Rosalie sonrió, agradecida, y cerró la puerta. Se dirigió entonces a las tres personas que seguían junto a ella.

—Síganme por favor, les mostraré las habitaciones de servicio.

Bajaron por las escaleras hasta la planta baja y caminaron por el ala Oeste del castillo. Los movimientos de la rubia muchacha adquirían mayor confianza ahora que se encontraba en el área de la servidumbre, siendo que había recorrido esos pasillos desde que tenía uso de razón, trabajando como doncella apenas su edad se lo permitió. Rosalie era una de las muchachas de servicio más respetadas, siendo conocido por todos el empeño que ponía tanto en sus tareas como en la crianza de su pequeño hermano.

Viendo la nueva seguridad que cobraban los pasos de la hermosa doncella, James se decidió a hacer un artero comentario al respecto.

—Veo que a medida que descendemos, asciende la punta de tu nariz, doncella.

La rubia lo miró desconfiada, percibiendo en la voz del guardia un tono que no le agradaba para nada, pero continuó caminando.

—No comprendo a qué te refieres.

—Es sólo una apreciación personal. He notado que llevas la cabeza más en alto ahora que nos rodea la servidumbre. Me preguntaba si es éste tu… pequeño reinado —sonrió con malicia.

Rosalie se detuvo en sus pasos y lo miró, frunciendo el ceño, mientras Alice y Jasper se preguntaban si lo correcto sería intervenir o mantenerse a un costado.

—Lamento decirte que estás en un error. Soy una doncella que cumple con su trabajo y es respetada por ello. No me place jugar a ser una reina, ni aquí ni en ningún otro lado, por lo que te pido que te abstengas de hacer este tipo de comentarios, dado que no son más que una gran falacia.

James ladeó la cabeza y sonrió. No había estado equivocado al pensar que esa era una muchacha de carácter fuerte. A María no le agradaría saber de esa falta de sumisión, pensó. Pronto la pondrían en su lugar.

—He de pensar, entonces, que mis agudos sentidos de guardia me han engañado. Tendré más cuidado en próximas apreciaciones, doncella.

—Eso espero —replicó la joven, mordiéndose la lengua para no continuar la discusión. Era evidente que el guardia no mostraba ningún arrepentimiento, sino todo lo contrario, estaba siendo más que sarcástico. Se detuvo la doncella frente a una nueva recámara, mucho más pequeña y discreta que las anteriores. No era de extrañarse, todas las habitaciones eran así en el área de servicio—. He aquí tu cuarto, James. La cena se servirá para el servicio dentro de una hora y media, en el comedor que está al fondo de este mismo pasillo, junto a la cocina.

—Muy bien, Rosalie —volvió a sonreír el guardia, pronunciando su nombre con ligero desdén.

La rubia cerró la puerta y continuó caminando por el pasillo junto a Alice y Jasper.

—Señorita Rosalie —la voz masculina y serena de Jasper resonó tras la más alta de las doncellas, mientras la pequeña lo miraba con curiosidad, tratando de adivinar si el joven sería uno más en la larga lista de enemigos que Rosalie se estaba cargando poco a poco.

La muchacha del largo cabello de oro se dio vuelta para mirarlo, preparada para un nuevo enfrentamiento verbal. Su paciencia ya estaba más que colmada.

—Dime, Jasper.

El caballero vio la exasperación en el rostro de la doncella y consideró acertado lo que estaba a punto de hacer.

—Le doy mis disculpas, señorita, por la actitud de mi compañero. James es un poco… irreverente… y a veces olvida sus modales.

La tensión en el semblante de Rosalie se alivió al instante. Al menos uno de los recién llegados de Pasos Blancos tenía un poco de consideración por su trabajo y el del personal del castillo de Aguamarina. Sabía que Jasper no podía disculparse por la insolencia de la Princesa María. Eso, por supuesto, escapaba a su control. Habría sido una osadía de su parte el contradecir las palabras de la heredera al trono, a quien servía. Pero ya era más que digno y bien apreciado el hecho de que ofreciera disculpas por el comportamiento de James, quien seguramente no estaba arrepentido de nada.

—No tienes por qué hacerlo, Jasper, pero agradezco y recibo tus disculpas en nombre de tu compañero —respondió Rosalie con una ligera inclinación de cabeza, antes de abrir la puerta de una nueva habitación—. Tu cuarto, Jasper. Recuerda, la cena es en una hora y media, en...

—En el comedor que está al fondo del pasillo, junto a la cocina —el caballero terminó la frase por ella, asintiendo—. Gracias, Rosalie.

Rosalie asintió a su vez con una pequeña sonrisa de agradecimiento, y luego continuó el recorrido con la única persona que faltaba.

—¿Cómo has estado, Alice? —le preguntó amablemente, una vez solas.

Las temporadas que la Princesa Isabella había pasado en Aguamarina junto a su padre y su doncella, Rosalie y Alice habían tenido oportunidad de entablar un ameno compañerismo, compartiendo pláticas durante las comidas con la servidumbre y mientras realizaban sus distintas labores. Las dos jóvenes eran muy diferentes, tanto físicamente como en su carácter. Rosalie poseía una rubia cabellera, ojos de un azul pálido, incluso violáceo, y una altura considerable, acorde al nivel de respeto y seriedad que tenía por sí misma. Alice, en cambio, tenía los ojos de color castaño oscuro, al igual que su largo cabello, y una figura diminuta que correspondía con su alegre y suave personalidad, tan similar a veces a la de una niña. Sin embargo, y a pesar de los contrastes, ambas doncellas se entendían bien, compartiendo las inquietudes correspondientes a su edad, su posición social, y su carencia de una familia propia que estuviera presente para contenerlas en los momentos en que más solas se sentían.

—Muy bien, aunque los últimos días han estado muy ajetreados, con todos los arreglos de nuestro arribo y la boda que se aproxima —contestó Alice con una sonrisa. —¿Pero que hay de ti, Rose? Te noto un poco cansada.

—Lo estoy, Alice. No sólo física, sino también emocionalmente. Pero ya platicaremos sobre eso en otra ocasión.

—Por supuesto. No es para menos tampoco, con los nuevos huéspedes portando un carácter tan peculiar. Me parece que el trato con ellos no será de lo más sencillo —susurró Alice, recordando las desagradables palabras de María y de James.

—Ni que lo digas —asintió Rosalie—. No entiendo cuál es la gracia de intentar humillar a personas como nosotras, siendo que ya estamos más que enteradas de nuestra condición social. Es realmente innecesario y abusivo.

La pequeña suspiró con un dejo de tristeza, totalmente de acuerdo con su amiga, pero su cara se iluminó de vuelta en el instante que recordó al único de los de Pasos Blancos que parecía valer la pena.

—Al menos Jasper parece amable—, sonrió la morocha.

—Estoy de acuerdo. Hasta ahora se ha comportado como todo un caballero, a diferencia de su compañero.

—Tal vez James y la princesa sólo estén algo alterados por el viaje, y acaso sea por eso que no se han mostrado muy simpáticos —teorizó Alice, que siempre trataba de mantener el optimismo.

Rosalie ladeó la cabeza, mientras buscaba la llave de la última habitación.

—Alice, perdóname pero creo que estás siendo ingenua. De ser así, Su Alteza no se habría mostrado tan encantadora con Sus Majestades. Es claro que su problema es con la servidumbre. El cansancio del viaje no es excusa, también Jasper ha de estar agotado por la travesía y sin embargo no se ha mostrado descortés —explicó, abriendo la puerta—. Aquí está tu recámara, Alice. La mía está junto a la tuya. Estoy feliz de que estés aquí —dijo, y le dedicó una genuina sonrisa.

La pequeña doncella le dio un cálido abrazo.

—Gracias, Rose, también yo lo estoy. No te preocupes, estaremos bien —aseguró.

Rosalie cerró la puerta y caminó unos pasos hasta su propio cuarto, siendo esa su hora de descanso. Agotada, entró a la austera habitación y se recostó sobre el raído diván, cerrando los ojos. Se avecinaban tiempos difíciles, y sabía que iba a necesitar de toda su fortaleza para conducirse por ese castillo que ahora también ocupaba la Princesa María. Esa mujer tan segura de sí misma, tan altanera, tan suertuda. Todo lo tenía. No sólo belleza, distensiones, riquezas y tronos por heredar, sino principalmente un lugar privilegiado en el futuro del Príncipe Emmett, su Príncipe Emmett. ¿Por qué era tan injusta la vida? ¿Qué había hecho de malo Rosalie, y de bueno María, para tener un presente y un futuro tan diferente, tan desigual? De sólo pensar en ella, la doncella de los ojos violáceos sentía que se enviciaba el aire a su alrededor. Tal vez era bueno que la princesa de Pasos Blancos fuera tan engreída con ella. Al menos así podría odiarla sin remordimientos, sabiendo que no le debía gratitud alguna a esa joven que llegaba a destruir su felicidad, a apropiarse por derecho de lo que Rosalie había creído que tenía, pero que en verdad, como todas las otras cosas en su vida, no era más que una dulce ilusión.

Un suspiro escapó sus labios, y a través de él la angustia que se anidaba en su pecho. Sí, se avecinaban tiempos difíciles.


Gracias por los reviews, chicas :) Espero que les haya gustado este cap (y me parece que se van confirmando sus sospechas sobre María, jeje). Hasta la próxima!

pd: no me gusta molestar pidiéndoles siempre que dejen comentarios, pero la verdad es que los necesito para ver si la historia camina o no. No es chantaje, no se preocupen que no voy a andar exigiendo que dejen reviews para actualizar, pero en serio que me ayudan si dejan algún comentario, así veo cómo va la cosa. Gracias.

Lulu.