Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Prólogo

La siguiente historia está ambientada en los últimos tramos de las Guerras Genpei, una serie de conflictos civiles que se desarrollaron en el antiguo Japón a fines de la era Heian y que tuvo a dos clanes enfrentados por el poder: el clan Taira y el clan Minamoto. Esta guerra estuvo dividida en tres etapas, la última de las cuales terminó con la batalla naval de Dan-no-ura en 1185, año en el que ubico la acción. En Japón constituye la transición de la época clásica a la época feudal y el establecimiento del primer shogunato, esto es, los samurais asumen el mando del país.

Personalmente, yo no creo en la reencarnación ni en las vidas pasadas, ni en la trasmutación de las almas o en conceptos similares, pero no pude evitar imaginar a Ichigo y a Rukia conociéndose en otro punto del tiempo, mucho antes de los hechos de Bleach. He indagado entre los diversos ichirukis y no encontré ninguno que plantee tal posibilidad, aunque hay tantos que tal vez se me haya pasado, así que si alguien ha leído uno así por favor cuéntemelo, para poder leerlo también.

No se trata de un simple AU, quiero que la historia se enlace con la que conocemos. Debido a esto hay cosas que he tenido que resolver, como es el caso del contexto cultural e histórico que he elegido, sostener la personalidad de los personajes y hacer creíble la posibilidad de que se hayan encontrado en otra vida, vivos los dos. Lo primero lo sobrellevaré con el mayor decoro posible, porque la verdad es que, más allá de algunos hechos históricos, desconozco los códigos culturales de aquel momento. En cuanto a los otros aspectos, bueno, conllevan un par de problemas extra.

Por un lado, la cuestión del aspecto físico. Por lo que sé, el alma no reencarna en el mismo cuerpo, ¿entonces cómo hago? D: Elección arbitraria número uno: físicamente serán tal cual los conocemos y punto u.ú El segundo problema tiene que ver nada menos que con el nombre, que tampoco se conserva en el tránsito de una vida a otra. Elección arbitraria (y salomónica) número dos: se respeta el nombre de pila, no así el apellido :( He pasado muchas noches sin dormir (XP) y ya tengo pensado cómo justificarlo. Solo puedo anticiparles, para facilitar la lectura, que me referiré a ellos por sus apellidos: Kumagai para Ichigo y Taguchi para Rukia (clanes vasallos de los mencionados arriba). Espero que puedan disculparme por esto, creo que algo de verosimilitud con respecto al tema es necesario. Si hago tantas aclaraciones es para los posibles lectores puristas, para darles la chance de dejar de leer si no les satisface la forma de encarar el planteo.

El primer capítulo es más bien introductorio de las circunstancias en las cuales se conocen, en los próximos intentaré centrarme fundamentalmente en la evolución de la relación de la pareja. Muchas gracias a todos. Espero que aun después de toda esta parrafada, les agrade :D


Capítulo I: Encuentro


Los rumores de la menguante batalla se percibían lejanos. De la fortaleza brotaban voraces lenguas de fuego y negras columnas de humo que ascendían al cielo y velaban las estrellas. Nunca imaginó que un día se toparía con semejante panorama, la defensa se suponía impenetrable. Pero el enemigo era astuto, recién ahora podía llegar a comprender cuánto, y los habían tomado por sorpresa. Ignominiosamente, la mayoría de los suyos optaron por huir, muy pocos se quedaron para luchar y sostenían aislados combates, resignados a morir.

Para peor, funestas murmuraciones afirmaban que los generales habían perecido. Si eso era cierto, si tanto Tadanori como Shigehira habían sido derrotados, pocas esperanzas de victoria le quedaban al clan al que servía. Por los tiempos que llevaba el conflicto, esta derrota no hacía más que presagiar un nefasto desenlace para los Taira y el éxito seguro para los Minamoto.

Y todavía no había podido demostrar todo lo que sabía, todo lo que había aprendido de su querido y habilidoso maestro. Fue por eso que, cuando supo que el guerrero Benkei lideraba las facciones invasoras, decidió que era hora de hacer algo por su clan y por su propio orgullo. Ocultándose entre las sombras de esa noche ardua e interminable, agilizó el paso hasta la zona donde había visto que se asentaban los enemigos. Alguna vez había oído hablar de ese monje guerrero que servía a los Minamoto y le habían descripto su aspecto. Pensó que, si podía tomar su vida, al menos le haría un poco de justicia a su infortunado maestro, al cual acababa de dejar tendido para siempre en la tierra mezclada con sangre.

Las lágrimas volvieron a salir de sus ojos. Se los secó con prisa y se concentró en su autoimpuesta misión.

-o-

Los del clan Minamoto se sabían con la victoria, no había otro modo de explicar el que muchos se hubieran acomodado en el suelo para dormir. Sintió asco de tanta arrogancia. Con la habilidad obtenida a través de años de práctica, con el resentimiento adquirido a partir de la conciencia de su condición y de la subestimación de su género, trazó con su kaiken sendos surcos en la piel del cuello de los esporádicos vigías nocturnos tomándolos por sorpresa, tal y como había aprendido esas últimas horas del enemigo. Luego, con ansia contenida, siguió buscando entre los durmientes para dar con el objetivo.

Y ahí estaba. La armadura sobresalía de entre las demás a causa de su rango. Con una vivificante mezcla de euforia, miedo y resolución se acercó hasta el legendario samurai, caminando entre sus yacentes subordinados o saltándolos sigilosamente. Cuando llegó a sus pies, lo midió durante unos instantes. En ese momento, recordó de nuevo la imagen del otro cuerpo en la misma postura, un cuerpo que había sido querido y admirado. Esta vez las lágrimas no salieron. Esta era su hora, la que había estado esperando desde que había decidido obtener lo que su caprichoso destino le había negado.

Empuñó una vez más su kaiken, se abrió de piernas para abarcar la anchura de Benkei y, con cuidado, se deslizó hasta colocarse a la altura de su cintura. Su otra mano vino a sujetar también el arma, para asegurarse de golpear con la fuerza necesaria. Alzó los brazos por sobre su cabeza, calculó la distancia hasta el apenas expuesto cuello y apuntó. No tenía dudas, tampoco le importaba morir después. Esta era su hora, su reivindicación.

Y cuando tomó impulso con una honda bocanada de aire, una artera, repentina y humillante fuerza extraña se cerró desde atrás sobre sus manos, impidiéndole limpiar aunque sea un poco las dos afrentas que había sufrido durante esa absurda jornada. Pero esa noche no se terminaba, ni se terminaría jamás.

-Hasta aquí llegaste –le dijo una áspera voz, con pasmosa tranquilidad. Esas grandes manos oprimían dolorosamente las suyas, que todavía aferraban el puñal.

Intentó forcejear, tal vez tuviese una oportunidad, si tan solo pudiese girar y asestarle un golpe seco, quizás el sujeto caería inconsciente antes de que el jaleo despierte a los demás. Pero el otro era enérgico y tiraba de su cuerpo hacia atrás sin piedad haciéndole trastabillar, por lo cual el primero en despertar fue nada menos que el propio Benkei, su víctima, que tan solo se sentó para observar cómo uno de sus mejores subordinados se encargaba del intruso.

-¡Suéltame! –intentó la presa, resistiéndose cuanto podía, mientras otros se despertaban para contemplar entre adormilados y sorprendidos aquella insólita escena. Esos ojos sobre su fracaso constituían una nueva afrenta, y el asco corroyó su ser una vez más.

-¿Quién demonios eres, maldito? –jadeó el sujeto desde atrás y por encima, pues ahora que se le pegaba al cuerpo notaba su estatura.

Luego, el guerrero le separó las manos y se las llevó a la espalda tan brutalmente que no pudo reprimir un grito de dolor, ni ver en dónde caía su arma. Los demás solo celebraban, lo aclamaban como el mejor, el protector de su general. Con un último y prepotente tirón le dio la vuelta y del impulso cayeron al suelo, uno arriba del otro. La suerte del intruso era mañosa, pues había quedado debajo y el otro se acomodó de tal manera encima de su cuerpo que le cortaba la respiración. En esa posición le sujetó con una mano las muñecas por arriba de la cabeza, mientras que con la otra desenvainaba lentamente su katana.

-Tal vez quieras decir unas últimas palabras –se mofó el samurai, mientras apuntaba.

Por más que forcejeaba con las manos y con las piernas no lograba zafarse, su oponente era mucho más grande y fuerte. Su aspecto era amenazador, pero incluso en la penumbra de la noche logró advertir que no era más que un muchacho de insólito color de cabello, que lo miraba a los ojos con el ceño fruncido.

El otro, en cambio, no pudo distinguir el rostro de su prisionero, ya que el casco se lo ocultaba en parte. Solo había llegado a percibir que se trataba de un individuo de menudas dimensiones, lo cual le extrañó bastante tratándose de un guerrero. El susodicho era pequeño, pero de gran tenacidad y vigor. Aun así agradeció en su mente por contar con tal ventaja, los que habían estado de guardia no podrían decir lo mismo.

El asco volvió a asaltar los sentidos del caído cuando entendió que sí, esta era su hora, aunque no la que había deseado. En ese último instante que la vida le concedía, comprendió que no había forma de luchar contra el destino, que había nacido como había nacido y que, aunque otros se hayan apiadado y hayan sido generosos, nada borraría el hecho de ser lo que era, y de morir como moriría, en manos de ese samurai que tal vez tuviese su misma edad. Una nueva humillación para su partida de este mundo.

-¡Vete al infierno! –farfulló con odio, liberándose por fin.

El otro por un momento le miró con interés, podría asegurar que ese insulto no fue para él. Se sonrió de lado para disimular su desconcierto. Todo ese rencor, la insatisfacción, la frustración que alcanzó a vislumbrar en sus grandes ojos de pronto le resultaron familiares, lo retrotrajeron a su pasado. Sin embargo, no tenía tiempo para pensar en afinidades. Reponiéndose de la impresión, su brazo retrocedió para hundir la hoja en el corazón, pero el mismísimo Benkei lo retuvo.

-Espera, no lo mates aún.

Todos lo miraron con extrañeza. El ejecutor detuvo su brazo, en vilo.

-Seguramente es un vasallo del clan Taira –continuó Benkei-, y tal vez maneje información sobre la exacta localización de los Tres Tesoros Imperiales. Lo tomaremos prisionero. Encárgate de eso Kumagai, ya que fuiste tú quien lo atrapó.

Al susodicho no le quedó más remedio que quitarse de encima de su presa, lo cual hizo a regañadientes. Rápidamente le alcanzaron unas cuerdas con las que amarró los brazos del samurai cautivo, después lo despojó de sus katanas y lo examinó para asegurarse de que no tuviera otras armas encima con las que pudiera cometer seppuku. Finalmente lo tomó con violencia de un brazo y jaló de él.

-Tuviste suerte por esta vez, pero no te confíes, de todas formas morirás –le dijo con aspereza, mientras lo acarreaba.

-Eso no es tener suerte –murmuró el otro. Los últimos cinco minutos habían sido como un sueño, no entendía lo que ocurría. En su fatigada mente, la idea de que la noche todavía no terminaba, que era infinita, seguía torturándole.

Si hubiera tenido ánimos para levantar un poco la cabeza, quizás hubiese llegado a divisar el asomo de una tenue claridad por el lado del mar.

El tono de su voz desconcertó a Kumagai otra vez, lo mismo que sus palabras. En el breve tiempo que llevaba combatiendo bajo las órdenes de Benkei ya había matado a muchos, y si sus víctimas alcanzaban a decir algo después de atravesarlos con su katana, le habían parecido meras sandeces, lamentos absurdos de moribundos que ya no pertenecían a este mundo. En cambio este sujeto tenía una voz grave, imponente, pero también adolorida. No pudo distinguir bien sus facciones, pero su mirada oscura y profunda había logrado hacerle titubear en plena acción, una mirada que parecía empujarlo a un abismo. Y él era un guerrero, no podía permitirse ser atraído.

Eso era lo que más lo inquietaba. Él no quería asomarse a ese abismo, no quería ver. Por primera vez en mucho tiempo, no supo interpretar sus instintos. ¿Quién era este hombre, y por qué le había generado todo aquello?

-De prisa –le ordenó, tratando de no pensar más.

-o-

En el subsuelo había un recinto que podía ser empleado como mazmorra. Tenía una pequeña abertura que comunicaba con el exterior, por donde apenas se filtraba el aire y la luz. Estaba ubicado en una de las edificaciones que habían tomado recientemente, y allí Kumagai encerró a su prisionero. Dejó al sujeto sentado sobre la roca desnuda, atado de pies y manos.

-Eres vasallo de los Taira, ¿verdad? –le preguntó.

-…

-Si respondes a mis preguntas te ahorrarás el interrogatorio del general, que en estos casos no suele ser muy paciente.

-…

-¿Sabes que prácticamente todos los que estaban en la fortaleza han huido?

-…

-Se fueron en sus barcos, suponemos que a Shikoku… Los abandonaron, incluso a ti.

-…

-El general ordenará la persecución. Los Taira caerán, no falta mucho para eso.

-Por favor…

Aquí el samurai se sorprendió. Miró el bulto en el suelo, de donde supuestamente había surgido la voz.

-Por favor, permíteme morir con honor –le pidieron.

-No.

-Por favor… Yo jamás delataré a mi clan.

-No, serás interrogado –concluyó Kumagai. Luego dio media vuelta para marcharse, pero el cautivo de nuevo lo retuvo.

-¿Eres un hombre de honor?

El guerrero se giró bruscamente apretando los puños para contenerse.

-¡No me desafíes, imprudente! –vociferó-. ¡Puedo matarte ahora mismo y nadie lo lamentará!

-No te estoy desafiando –susurró el otro. Después guardó silencio, reflexivo, hasta que se decidió a seguir hablando-. Desde la primera vez que vi mi reflejo en el agua, desde que supe lo que en verdad era, entendí que si quería reconocimiento tendría que ser más fuerte que cualquiera. Nací en una familia de samurais, por lo tanto yo también quería ser uno, pero por mi condición me hicieron a un lado –Se detuvo un momento, como si le costara hablar. Luego continuó-. No me resigné. Esta iba a ser la noche en que por fin demostraría quién soy en realidad… y fracasé. Lo único que me queda para demostrar que soy un auténtico samurai es morir con honor.

El guerrero escuchó. Si bien sus facciones no se habían perturbado, algo, alguna parte de esa historia, se le coló en las entrañas. Un estremecimiento lo atravesó, y él se esforzó por reprimirlo. Se obligó a recordar que ese hombre era solo un enemigo. Un samurai estaba más allá de las penas humanas, no podía rebajarse a experimentarlas, ni siquiera a compadecerlas. La piedad era un síntoma de debilidad, y él había luchado durante años para sustraerse de cualquier tipo de emoción. No debía asomarse a ese abismo, no debía. Apretando los puños, le dio la espalda al prisionero y comenzó a caminar para irse, mientras le respondía.

-Entonces nunca has sido un samurai, y nunca lo serás.

-o-

Cuando volvió junto con los suyos, todavía resonaban en su cerebro las palabras del intruso. No pudo evitar recordar y verse a sí mismo entrenando, peleando, demostrándoles a los demás que él podía, que sería un digno hijo de su padre. Kumagai sacudió la cabeza, molesto. Ya no debería pensar en esas cosas, él se había convertido en un guerrero al servicio del gran clan Minamoto y actuaba bajo las órdenes del excelso Benkei, lo demás había quedado atrás.

Todos tenían que seguir un camino de sacrificios, nada tendría que sorprenderle y mucho menos impresionarlo, pero las penas de los otros siempre le habían afectado, una maldita flaqueza que todavía lo acuciaba. La "nefasta herencia de su madre", según palabras de su propio padre. Él también había tenido que probar que era fuerte, que era un auténtico samurai. Y sin embargo, a veces, cuando blandía su espada o cuando se movilizaba a través del campo de batalla, se preguntaba qué estaba haciendo allí, a quién estaba protegiendo, por qué estaba peleando…

¿Por qué demonios tuvo que cruzarse con ese sujeto? ¿Cuál de todas esas palabras lo habría tocado, qué parte de su historia lo habría conmovido?

-¿Qué diablos es esto? –preguntó uno de sus compañeros, mientras levantaba algo del suelo.

Volviendo de sus pensamientos, se acercó a su camarada. Algunos más hicieron lo mismo.

-Creo que es el arma con el que el intruso intentó matar al general –señaló otro.

-No puede ser –dijo el primero, examinándolo con atención-, esto es un kaiken.

Los ojos de Kumagai se abrieron con asombro.

-¿Qué dijiste? –preguntaron alternativamente los guerreros, asombrados.

-Lo confirmaré –dijo presurosamente Kumagai, tomando con brusquedad el arma. No podía ser posible… ¿Y si era eso? ¿Y si toda su confusión no era más que un presentimiento?-. Ustedes continúen con sus obligaciones, yo le informaré al general.

-¡Oye, no nos des órdenes, mocoso! –lo amonestó uno.

Pero el aludido ya se había marchado.

-o-

¿Era la luz lo que dañaba sus ojos, o era su cansancio, su desasosiego?

La noche por fin había finalizado. Sin embargo, ese frío que se le metía por los huesos, el silencio, esa penumbra casi insondable para sus ojos irritados se le antojaron una especie de pasaje, un anticipo de la muerte. Ni siquiera ese momento lo transitaría con honor. Pero ya no le importaba, se iría de este mundo pensando solo en el amable rostro de aquel que comprendió, de aquel que no subestimó. Su querido maestro… Tal vez así, al morir, iría nuevamente a su lado.

Unos presurosos pasos y un brusco movimiento lograron que en su agotada conciencia irrumpa de nuevo la realidad. Sintió unas manos jalando con violencia para que se pusiera de pie, sintió que tironeaban hacia un costado, que le quitaban su casco y que éste caía al suelo con estrépito. Esa prepotencia se le hizo familiar, le sujetaban de los brazos con tal fuerza que dolía.

Kumagai sostenía el cuerpo del prisionero contra la pared, debajo del único atisbo de luz que había en el lugar. Examinaba su rostro con el entrecejo fruncido y el corazón palpitante, buscando señales. No podía ser…

La piel era pálida como la luna, contrastando con el azabache de sus cabellos, y se sentía suave a pesar de la suciedad que se le había pegado. Los ojos eran grandes, pero las líneas de sus rasgos eran finas, delicadas. La boca era pequeña, aunque se veía agrietada. No podía ser…

Una mano tosca hurgó sin titubeos en la intimidad del cautivo. Éste abrió los ojos desorbitadamente, superado por lo innoble de la maniobra.

-¡No! –gritó, pero ya era demasiado tarde.

Kumagai dejó de tocar y volvió a sujetarlo de los brazos. Clavó sus ojos sobre él, con un brillo fulminante. Le habló con los dientes apretados, con la voz tensa.

-Eres una mujer…


Me veo en la necesidad de aclarar que este capítulo lo escribí allá por junio, así que no crean que la confusión sobre la identidad de Rukia tiene que ver con su nueva apariencia, es solo que iba vestida como un samurai. La verdad es que yo sigo escribiendo con su imagen original en mi cabeza, no con la actual.

El kaiken era un pequeño puñal sin guarda que solían utilizar las mujeres, al cual podían ocultar entre sus ropas. Les servía para defenderse y, en casos extremos, para suicidarse abriéndose la garganta.

El seppuku es el suicidio ritual.

Aclaro también que el fic no tendrá muchos capis, no creo que llegue ni a diez. Espero que les haya gustado la propuesta y, desde ya, muchas gracias por la paciencia y por la lectura n.n