Antes de Harry: La Historia de los Merodeadores

Aquí una nota de la autora sobre la nueva historia:

Me gustaría empezar con una disculpa. Primero, me disculpo con todos los que estaban leyendo la versión anteriormente publicada de "Antes de Harry". Lamento haberla quitado mientras la estaban leyendo. También me gustaría pedir una disculpa a todos los que lo leyeron en el pasado, porque era tan, tan malo. He odiado el principio por un largo tiempo, y no me gustaban sus desviaciones de canon desde que se publicó "Las Reliquias de la Muerte". Así que tenía que irse.

Pero, me encanta la nueva y mejorada versión hasta ahora. Espero que lo disfruten, también.

Gracias por leer y por hacer comentarios!

Su historia comenzó con una carta…

Lily

–Así que, como ven, su hija es una pequeña muy especial… más especial, me atrevo a decir, de lo que habían notado.

El Sr. y la Sra. Evans alejaron su mirada de la Profesora Mcgonagall para mirar a su hija. Lily los miró con ojos brillosos, aferrándose a la carta que le había dado la Profesora McGonagall.

-¿Puedo ir, cierto?– preguntó. –¿Por favor?

–¿Jack…?

Su padre sonrió, sus ojos verdes brillando justo como los de su hija. –¿Cómo podríamos negarnos?

Lily chilló y saltó de su asiento para abrazar a sus padres. –¡Oh, gracias, gracias!– chilló. –¡Voy a hacer que estén orgullosos, lo prometo!

–Oh, bebé,– suspiró su madre, abrazándola fuerte. –Siempre lo haces.

James

–¡Ya era hora!– gritó James, poniendo su carta de Hogwarts en el aire. –¿Podemos ir al Callejón Diagon ahora? ¿Ahora? ¿Por favor?

La Sra. Potter se rió. –Ya que te hayas calmado lo suficiente para no asustar a alguien ahí, podemos ir.

–Déjalo divertirse,– dijo el Sr. Potter, sonriendo con indulgencia a su hijo. –No pasa todos los días que un joven reciba su primera carta a Hogwarts.

–Yo preferiría que la diversión fuera un poco más tranquila–, dijo la señora Potter.

–Después de comprar mi varita mágica y mi túnica…

–Y tus libros,– su madre interrumpió.

–Sí, y esos, ¿puedo comprar una escoba? ¿Por favor, papá?

–A los de primero año no se les permiten escobas–, dijo la señora Potter puntualmente, dando a su marido una mirada. –¿Cierto, Henry?

–Cierto–, aceptó. –Pero estoy seguro de que una lechuza estaría perfectamente bien.

James vitoreó. –¿Podemos ir ahora?

El Sr. y la Sra. Potter intercambiaron miradas impotentes.

–Sí,– la señora Potter dijo finalmente. –Ahora está bien.

Sirius

–Hogwarts–, susurró Sirius, tocando su carta con amor. –Por fin.

–Yo quiero ir también–, hizo pucheros Regulus, mirando fijamente a Sirius a través del cuarto.

–No eres lo suficientemente mayor–, dijo Sirius. –Hay que ser grande.

Su prima Andromeda, que estaba de visita por el día, puso los ojos en blanco. –Hay que tener once–, dijo. –Ni siquiera cerca de ser adulto.

–El próximo año, Regulus–, dijo la señora Black. –Sirius, iremos al Callejón Diagon mañana para buscar tus cosas.

–Me voy, tía Walburga–, dijo Andromeda. –Puedo llevarme a Sirius conmigo, si eso está bien.

–Sí...– dijo lentamente, –es una buena idea. Te asegurarás de que compre todo lo que necesita, ¿verdad, Andromeda?

–Sí–, dijo. –Todo.

Peter

–Voy a Hogwarts–, dijo Peter, con los ojos brillantes.

–Sabía que lo harías,– dijo su madres, abrazando sus hombros hacia ella.

–Oh, mira eso,– dijo el Sr. Pettigrew, sus ojos fríos entrecerrándose. –Mi hijo no es un Squib, después de todo.

Las mejillas de Peter se pusieron de color rojo oscuro mientras su padre le quitó la carta.

–Iremos al Callejón Diagon para comprar tus cosas mañana,– dijo. –Debemos comprarle una varita decente, Mabel. No quiero que nos avergüence en Hogwarts.

Remus

–Es un honor que usted nos visite, Profesor Dumbledore,– dijo la Sra. Lupin, dándole una taza de té.

–Vine por un asunto importante, Anika,– dijo, sus ojos brillando.

–¿Oh? ¿Cómo podemos ayudarle?

Él sonrió y sacó algo de su túnica. Cuando su mano salió, estaba agarrando una carta. –Le he venido a dar al joven Remus su carta de Hogwarts.

Los ojos de Remus se abrieron y su boca también. –¿Hogwarts?– casi chilló. –¿Tengo una carta a Hogwarts?

–Director,– dijo su padre rápidamente mientras Remus tomó la carta. –¿usted sabe de su….condición?

–Oh, sí,– dijo. –Por eso vine a entregar la carta en persona. Quería asegurarme de que todos nos entendamos.

Remus miró al sobre en sus manos, tomándolo como si estuviera hecho del vidrio más frágil. Dumbledore lo observó por un momento con una sonrisa con indulgencia.

–No veo razón por la cual Remus no atendiera Hogwarts,– dijo. –Tendremos que tomar ciertas precauciones, claro, pero siempre y cuando prometa adherirse a las reglas, estoy seguro de que no tendremos problemas.

–Haré lo que usted me diga,– dijo Remus con entusiasmo. –Haré lo que sea, si significa que puedo ir a Hogwarts.

–John,– dijo la Sra. Lupin silenciosamente, mirando a su esposo con miedo en sus ojos.

–¿A qué se refiere, exactamente, con 'precauciones'?– preguntó.

–Mandaremos a Remus lejos para sus transformaciones,– dijo Dumbledore. –Estoy construyendo una casa en Hogsmeade a donde podrá ir. Podremos llegar a ella con un túnel desde el castillo, así nadie lo verá salir de la escuela o entrar a la casa. Ordené un Sauce Boxeador para plantarlo sobre la entrada al túnel. Es una precaución agregada para alejar a los estudiantes de Remus mientras es… no él mismo. También evitará que sus compañeros encuentren una entrada a la casa.

–¿Y los aldeanos?– preguntó el Sr. Lupin. –¿Cómo los alejará?

–El Profesor Flitwick y yo estamos trabajando en los hechizos para asegurarnos de que nadie entre a la casa sin nuestro permiso.

–No lo sé,– dijo la Sra. Lupin lentamente.

–Hemos trabajado muy duro para asegurarnos de que Remus esté seguro en Hogwarts.

–Sí, puedo ver eso,– dijo. –Es solo que…

El Sr. Lupin tomó su mano. –Creo que nos habíamos acostumbrado a la idea de que podríamos quedarnos con nuestro hijo aquí.

–Ah,– dijo Dumbledore, sus ojos suavizándose. –Es difícil dejar que abran sus alas.

Asintieron silenciosamente, sabiendo en sus corazones que la decisión ya estaba tomada.

Dumbledore miró a Remus, quien lo miraba con ojos brillosos. –Remus, una gran parte del éxito de este plan está en tus manos,– dijo. –Tienes que aceptar varias condiciones.

Remus asintió.

–Primero, no debes decirle a tus compañeros sobre tu condición.

–Está bien,– Remus se preguntó por qué Dumbledore pensaba que esa era una regla necesaria. Nunca le había dicho a nadie, y no pensaba empezar ahora.

–Segundo, no debes enseñarle a nadie el túnel, la casa, o cómo pasar el Sauce Boxeador para llegar.

–De acuerdo.– De nuevo, Remus sintió que la regla era innecesaria.

–Y finalmente,– concluyó Dumbledore, sus ojos suavizándose nuevamente, –tienes que hacer todo en tu poder para hacer que tus padres estén orgullosos.

Remus sonrió. –De acuerdo,– aceptó.

–Luego, mientras tus padres aprueben de nuestro plan, creo que tenemos, como dicen, un trato.

Remus volteó su gran sonrisa y ojos brillantes a sus padres. Asintieron inútilmente.

¿Cómo podían negarle a su hijo la primera cosa que lo hizo sonreír así en seis años?

Remus volteó sus ojos brillantes a la carta en sus manos. –Iré a Hogwarts.