28 Fics

Fic seis

"La sirvienta favorita"

Summary: Lima x Fausto-

Ella esperaba nuevamente en esa fría habitación, mirando por la lujosa ventana la bella vista de los jardines del castillo bajo la luz de la resplandeciente y plateada luna. Llevaba puesto un vestido rojo entallado, con la falda larga, abierta dejando ver su pierna izquierda casi por completo, con un ligero escote enfrente y media espalda descubierta, dejando ver su blanca y suave piel. Su largo cabello azul se encontraba acomodado en una trenza que reposaba sobre su hombro. Su rostro se mantenía casi al marital, solo con discretos retoques de rubor en las mejillas, su belleza era tal, que atiborrarla de maquillajes e ilusiones baratas resultaba ser algo ofensivo.

Sus verdes ojos solo miraban el exterior, como los de un ave mirando por entre las rejas de su jaula. Añoraba su libertad más que nada, deseaba revivir esos días en el campo, cuando tan solo siendo una niña de doce años, hija de campesinos, humildes pero honrados, se divertía corriendo y gozando de la vida que veía perfecta y ahora veía distante. Las cosas habían cambiado de manera drástica. Paso de vivir en una pequeña cabaña con sus padres, a vivir en el castillo del rey de esas tierras. Sus padres habían muerto, producto de no poder pagar los exagerados impuestos, y la pequeña, para ella una condena peor que la muerte, pues el príncipe en esos tiempos, ahora rey de Gartland, poso su mirada en la infantil belleza de la niña ahora toda una mujer, y había convencido a su padre de conservarla como sirvienta.

Los años pasaron, la vida no era tan dura durante esos días, había hecho buenas amistades, con buenas mujeres que le hacían olvidar el dolor de perder a sus padres, había encontrado amor, en los ojos del jardinero, Otaru Namiya, quien parecía corresponder a ese sentimiento, cosa que a nuevo rey no le agradaba, por lo que los mantenía uno lejos del otro a toda costa. Así era durante el día, pero las noches eran otra realidad.

De forma aleatoria era sacada de la cama por la noche por la fiel sierva y mujer de confianza del monarca, Tigresa, era despojada de su ropa de simple sirvienta y era vestida con las mejores prendas que se podían conseguir, un vestido nuevo cada noche, era arreglada de modo que su imponente belleza resaltara aún más hasta hacer hervir de celos a la pelirroja mujer que se encargaba de prepararla. Finalmente era llevada a una habitación ubicada en la parte más alta del castillo y ahí aguardaba, comúnmente entre veinte y treinta minutos, nunca más ni nunca menos, hasta que por fin, como en ese momento, las puertas de la habitación se habrían, y aparecía un hombre alto, al menos quince años mayor que ella., de rubio cabello largo y mirada fría, vestido con ropa fina y portando joyas y demás adornos de incalculable valor, por supuesto, lo que más resaltaba era la corona de oro solido que llevaba en la cabeza, adornado con rubíes, diamantes y demás piedras preciosas.

La chica al verlo se separó de la ventana, y se arrodillo frente a él.

-Mi señor Fausto- Dijo de manera respetuosa.

-No, no, Lima, sabes que eso solo lo debes hacer durante el día, cuando somos rey y sirvienta, pero en estos momentos, somos amantes.- Dijo y la levanto del suelo para después besarla con fervor mientras acariciaba su espalda con demencia aprovechando al máximo el placer que solo podía tener en momentos. Lima apretaba con fuerza los ojos tratando de ignorar lo más posible el deseo carnal que en ese momento, el rey descargaba sobre ella. Con facilidad él la llevó hasta la cama donde la recostó, mientras se despojaba de sus vestimentas superiores, ella solo mantenía firme la mirada en el techo soportando la vergüenza y la tristeza, esforzándose por que las lágrimas no corrieran por sus ojos. ¡Como odiaba esos momentos!, momentos en que el arrancaba cada una de las prendas y la dejaba sobre la cama desnuda, desprotegida.

Él se levantó de la cava ya solo llevando puestos los pantalones. Se recargo en el poste de la cama y miro ahí a su sirvienta, su esclava sexual, la que él llamaba; su amante. La apreciaba ahí, desnuda por completo, con el cabello antes peinado en una larga trenza, estaba ahora libre, sobre las almohadas de la cama, su respiración denotaba su agitación, tanto por el miedo de lo que se avecinaba, como también una extraña excitación que le producía el. Sus brazos se encontraban extendidos, dejando ver completamente su dotado pecho, su firme abdomen, su delgada cintura y los ensanches de sus caderas. Entre sus bien torneadas y hermosas piernas, aguardaba el tesoro que con pasión y dedicación el rubio que la contemplaba tomaba en ocasiones.

Fausto tomo la pierna de ella y comenzó a depositar suaves besos en ella mientras subía dejando marcado su trayecto. Lima solo mantenía tanto como podía la serenidad, el perder la vida era algo que la verdad no le importaba con tal de salir de esa tortuosa vida, pero el punto era que sabía por las señales e indirectas, que de reusarse y revelarse a él, los que pagarían serían las personas que en ese castillo había conocido y que llamaba ahora; familia, eso sí era algo que no estaba dispuesta a poner en juego, la vida de las personas que amaba.

Así que soporto, haciendo uso de su fortaleza sobrehumana, cada segundo, cada caricia, cada movimiento de el sobre ella, cada embestida apasionada y cada roce de su piel. Se sentía sucia y una cualquiera mientras que el seguía tomándola y dominándola como si de una marioneta se tratara, jugando con ella a su antojo hasta saciar su lujuria y terminar por descargar toda su pasión retenida. Con un ronco exhalo de él se percató de que la condena, al menos por el momento, había terminado.

Ella permanecía inmóvil en la cama, recostada en posición fetal cubriendo su cuerpo desnudo con las sábanas blancas de la cama, mientras que el terminaba de vestirse para partir de la habitación, dejando a la chica de cabello azul, sola. Cuando al fin estaba listo para partir, recordó algo y se acercó a la cama, tomo de encima de esta el vestido que la chica portaba al llegar y se marchó con él en manos.

-Otro trofeo que conservar, ¿Cuántos van con este ya?, ¿250?, tal vez… ¿251?

-272…- Dijo mecánicamente, el solo sonrió satisfecho, sabia como ella el exacto número de vestidos que había usado ella, pues el conservaba todos y cada uno de ellos en su habitación, era tal la obsesión de el con esa bella mujer de 25 años de edad. Salió satisfecho y cerró la puerta detrás de él, a la mujer a la cual le tenía más confianza le pidió le diera a la joven unos minutos a solas y después la llevara a su habitación en uno de los pisos de abajo donde dormían todos los sirvientes.

La ojiverde permanecía aun en la misma posición con el rostro inexpresivo mirando a ningún lado, las lágrimas no se hicieron esperar por supuesto, lloro en silencio tan solo lagrimas corrían por sus ojos con total libertad. El sentimiento de inferioridad que sentía era lo que la entristecía, pero más lo hacia la incertidumbre que le producían sus sentimientos, por un lado enamorada de otro y siendo tomada sin elección alguna por un repugnante hombre al cual odiaba, pero por otro, disfrutando de esa acaloradas escenas, aunque jamás lo admitiera, muy en el fondo sentía satisfacción y gozo con esa relación, y no sabía contestarse, si de verdad quería que eso llegara a su fin.