Ufff! Tiempos inmemoriales sin actualizar este fic!

He tenido un chingo de cosas en mente, y una de ellas era escribir este capitulín tras varios meses sin actualizar.

Ojalá lo disfruten a pesar de ser hipercorto!

Saludines!


ESPOSA DE EX ASESINO... MADRE DE ASESINO.

Linda limpiaba el cuarto de su hijo, ya que quería tener la pieza lista para cuando éste regresara de su viaje a Nueva York, en donde se organizaba en esos momentos el Triatlón Nacional del Conocimiento, de cuyo equipo formaba parte.

Mientras sacudía los muebles y cambiaba las sábanas, la rubia no podía evitar pensar en la forma de actuar de su hijo para con ella y con Stephen. El jovencito había cambiado radicalmente en los últimos dos años; su comportamiento se había vuelto hostil, subversivo y excesivamente atrevido respecto a muchas cosas.

Parecía ser que aquél niño mantequilla se había hartado de ser mangoneado por todo el mundo, especialmente por ellos, sus padres. Parecía ser que aquél niño torpe moría poco a poco para darle paso a un joven de pensamiento más liberal impulsado por algún factor externo, un factor que parecía enseñarle que de la debilidad nacía la fuerza de un ser humano.

No obstante, ella se preguntaba cuál podría ser ese factor externo que le ayudaba a soportar la tensión diaria en su vida. Se preguntaba si no estaba metido en algo grave como las drogas, la prostitución, contrabando, o...

- ¡Oh, por Dios! – susurró la mujer llena de sorpresa y de horror mientras retrocedía hasta darse un sentón en la cama y con la vista fija en el clóset de su hijo.

En el fondo de madera de aquél compartimento se hallaba un símbolo sumamente familiar para la señora Stotch, un símbolo que despertó en ella el temor más grande de todo aquél que conoce muy poco sobre una singular guerra oculta entre dos grandes grupos ideológicamente distintos.

- N-no… N-no… ¡Mi bebé! – chilló la mujer asustada mientras se llevaba ambas manos a sus labios, en un esfuerzo por controlar su estado de shock y su ataque de histeria.

Su extraño instinto maternal no le mentía cuando le advertía que el muchacho podría estar en un lío gordo, pero jamás le advirtió que su hijo era un verdadero lío gordo.

En pocas palabras: Su hijo era uno de ellos.

Un Asesino.

Y no uno cualquiera.

- ¡¿M-mi bebé… E-es el Asesino de South Park? – susurraba llena de dolor y de horror - ¡¿Mi hijo... Es uno de ellos?

No pudiendo contenerse más, estalló en lágrimas mientras se levantaba y se acercaba al bellamente esculpido fondo del clóset, ya que sabía que ahí podría haber algún compartimento secreto en donde su hijo guardaría todo un arsenal típico de aquellos Ángeles de la Muerte.

Y no se equivocó, puesto que apretó un botón que estaba en medio del símbolo para abrir de par en par las compuertas, dejando ante su vista un completo arsenal de armas de fuego, unas cuchillas y los brazaletes que contenían la hoja oculta, el arma preferida de los Asesinos.

Tomando uno de los brazaletes, la mujer lo examinó con cuidado.

Moda y mortandad; una combinación sencilla e impresionante que describía exactamente a ese brazalete que tenía en sus manos.

La última vez que había visto uno de esos fue cuando había conocido a Stephen en Utah, cuando él la salvara de unos ladrones que habían intentado violarla. Después de aquél incidente, ambos empezaron a salir por algún tiempo hasta que contrajeron matrimonio debido a su embarazo.

Lamentablemente para ella, Stephen se había deshecho de todo lo relacionado con su familia, la cual estaba más que conectada con la Hermandad desde hace 10 generaciones, tradición que, se supone, con Stephen había terminado cabalmente. No obstante, nadie contaba con que su único hijo continuara con la tradición a sus espaldas y sin su propio conocimiento.

Guardó el brazalete en su lugar y cerró el compartimento para cubrirlo con discreción con la ropa de su hijo.

Con la resignación en su mente, suspiró.

No. Definitivamente no podía decírselo a Stephen. No podía decírselo, porque de hacerlo, entonces perdería a su hijo para siempre. Es más, se imaginó la gresca que se armaría entre padre e hijo al dar a conocer semejante secreto.

Sabía de antemano que Stephen no quería nada con los Asesinos por considerarlos paranoicos y extraños; sabía incluso que, si supiera que su único hijo es uno de ellos, Stephen no dudaría en echarlo a la calle… O que uno de ellos podría terminar muerto a manos del otro.

Linda se sobre-encogió del horror al pensar en ese último.

Reconoció que Stephen no poseía las habilidades de combate cuerpo a cuerpo necesarias para enfrentarse a otro que sí los tenía, como podría ser el caso de Leopold. Aquello sería una terrible y penosa desventaja, y sin embargo tuvo que dar cuenta de que el muchacho tendría miles de razones de sobra para poder herir mortalmente a su padre.

Tras un rato de contemplación sobre los terribles conflictos que podrían avecinarse si revelaba el secreto, llegó a una última resolución.

- No… Definitivamente Stephen no sabrá nunca más de esto. Jamás sabrá que… Que su hijo es un Asesino.

No quería mentirle a su marido, pero debía hacerlo por el muchacho, resolvió. Sólo así tal vez resarciría el grave daño que le habían infringido durante toda una vida; sólo así trataría de darle tiempo a su hijo para que hallara un lugar en dónde quedarse durante los años de la universidad y de poder continuar con sus actividades de Asesino.

Sí, eso era lo que haría a partir de ese momento.

Ella sabía cómo era el mundo en donde Leopold se encontraba sumido desde quién sabe cuándo; conocía muy bien aquella guerra encarnizada entre los Asesinos y los Templarios y sabía los riesgos que implicaba para un Asesino cuando éste tenía una familia.

- ¡Madre! ¡Padre! ¡Ya llegué! – llamó Leopold desde la planta baja.

La mujer se enjugó las lágrimas y, saliendo de la habitación de su hijo, replicó:

- Estoy aquí arriba, Butters. ¿Cómo ha sido tu viaje?

- Bien, madre- respondió el joven mientras subía por las escaleras sus maletas.

¿Cómo es que has llegado a esto, hijo mío?, pensaba la mujer mientras que ella ayudaba a su hijo a deshacer el equipaje. ¿Acaso conociste a uno de ellos y ese individuo te inició en esa guerra oculta por la humanidad?...

- ¿Pasa algo? –inquirió el joven con extrañeza.

¿Acaso ya sabías del pasado de tu padre?

- N-no, hijo. Nada… No me pasa nada. ¿Quieres comer y beber algo?

- Uhmmm… No, gracias, madre. Comí en el camino.

- Oh… Ok… Mmmm… Bien, hijo, termina de deshacer las maletas en lo que yo bajo a la cocina a avisar a tu padre de tu llegada.

- Sí, madre.

La mujer, satisfecha con la respuesta, salió de la habitación de su hijo con sus pensamientos llenos de dudas y con el presentimiento de que ella, sin saberlo, había adquirido una condición inesperada: Ser la esposa de un ex Asesino…

Y madre de un Asesino.