"Stop there and let me correct it…

I wanna live a life from a new perspective~"

La vida da vueltas muy extrañas. Tomó –mucho- más tiempo de lo que esperábamos, pero al fin tenemos el capítulo número siete. Es maravilloso ver cómo crece esta obra con cada uno de ellos.

Gracias a todos por su paciencia, poner esta historia en favoritos, seguirla y haber dejado tantos reviews (las lágrimas pueden escapar muy fácilmente al leerlos –por motivos varios-). Es… wow.

Otra vez, las más sinceras disculpas de nuestra parte por tardar tanto.

Esperamos que "disfruten" este capítulo como han hecho con todos los demás.


Capítulo siete: "Juicio en el Infierno"

Conforme pasaban los días, Rin se sentía atrapada en un vórtice de desolación, abandono y pena. No podía encender el televisor y ver alguna noticia sobre "El zorro de Ginza" como bautizó la prensa amarillista a su querido hermano; ni abrir el periódico y ver alguna crónica sensacionalista sobre el monstruo que abusó de su propia hermana. Era tan injusto.

Era en esos casos que prefería quedarse viendo la ventana, mirando hacía el horizonte, imaginándose que nada de lo que estaba pasando era real, que estaba en su casa y que, en algún momento u otro, Len llegaría a casa y las cosas serían como antes… por lo menos, eso era lo que veía al cerrar los ojos.


Finalmente, llegó el día del juicio. La ciudad de Tokio y algunos noticieros internacionales habían esperado el día con impaciencia y aflicción para ver como terminaría, de una vez por todas, esa historia de horror.

Tenían buenos motivos: el pueblo japonés todavía no se recuperaba del todo del terrible caso de "Nevada-Chan" (1), y todavía muchas personas seguían incapaces de creer que algo tan aparentemente inocente, como era un niño, podría hacer semejante monstruosidad; por tal motivo, la historia de Len Kagamine fue acogida con una total histeria mediática. Y como tal, su arribo al sitio de su juicio fue digno de un filme de acción:

Curiosos, reporteros con cámaras, activistas de los derechos de la mujer y simples manifestantes se agolpaban enfrente del cordón de seguridad que la policía había armado frente al Palacio de Justicia para evitar complicaciones. Para mayor seguridad, algunos agentes que estaban asentados en ventanas y techos tenían rifles de gas preparados, por si acaso se formase algún disturbio. Muchas personas calificaron la seguridad de exagerada, alegando al hecho de que estaban protegiendo a un, a sus ojos, criminal más que incluso al propio Primer Ministro.

Finalmente un vehículo oscuro, blindado, a prueba de balas surgió de una esquina. La gente corrió hacía él, mientras este se detenía en la entrada del Palacio, rodeado de inmediato por varios uniformados, armados hasta los dientes. Colocaron sus escudos anti-motines y Len Kagamine al fin salió de la puerta trasera del vehículo, escoltado por Shimiko y Amako, enfundadas en equipos S.W.A.T. El muchacho era todo un espectáculo: el cabello suelto sin su coleta habitual, algo deslucido y vestido con un chaleco antibalas sobre su camisa celeste.

Lo llevaban casi a rastras, con la cabeza un tanto agachada para que los periodistas amarillistas no le tomaran fotos, mientras la gente, enfurecida, empujaba la barrera de escudos para tratar de hacer trizas al rubio, alegando que debían dejar "la justicia en manos del pueblo", Len sonreía, dándole un aspecto más espectral y malévolo, mientras algunos reporteros trataban de lanzarle preguntas. Estaba seguro que saldría impune.

—¿Sonriendo ante las cámaras, eh? —Le repuso Shimiko con desdén—, lástima que no están de tu lado: Esto no es "Paradise Lost", Kagamine (2)—dijo con un toque cínico—; porque, a diferencia de ellos, tú eres culpable.

Las detectives llevaron al rubio a través del vestíbulo de la estructura. Era inmensa y estaba ya repleta de gente que iba de un lado a otro: Abogados, acusados y jueces desfilaban junto a ellos. Él siguió sonriendo con sorna a unos abogados que le lanzaron miradas furibundas desde una de las bancas ubicadas fuera de una sala; en su mente tenía la certeza de que, en cuestión de algunas horas, estaría de vuelta en casa, aplicando un castigo a su linda pero descarriada hermanita...

Irrumpieron en la sala designada para el juicio. Estaba llena de gente, e incluso se veía al jurado escogido para ese día. Amako y Shimiko dejaron al acusado junto a Tonio, cuyo rostro reflejaba tanta arrogancia como su cliente. Éste guiñó a las detectives e hizo unos golpecitos a su maletín, como si dijera: "Aquí está la clave de su derrota", Shimiko echaba chispas por los ojos mientras salían de la sala para ver a sus testigos estrella: Miku, Mikuo y Neru.

Los tres jóvenes estaban sentados en unas sillas que había frente a la sala, sin decidirse todavía a entrar. Miku tenía cara como si se acabara de enterar de que le quedaban diez minutos de vida, Mikuo le apretaba fuertemente de la mano y le hablaba para tratar de infundirle valor, Neru, aún con el vendaje en el brazo tras la agresión del chico Kagamine, tenía la cara ligeramente roja.

Cuando se percataron de la presencia de las detectives, los chicos se levantaron como resortes de sus sillas.

—Ya está aquí —les avisó Amako—; y con su abogado defensor. —Su mirada se posó en la asustada chica de pelo verde—. ¿Estás lista, Miku?

La muchacha trató de decir algo, pero parecía como si un nudo se hubiera formado en toda su caja de voz, por lo que sólo asintió con la cabeza. La determinación en sus ojos lo expresaba todo.

—Muy bien, recuerda: contesta siempre con la verdad; cuéntale al Juez Shion lo que viste esa noche, ¿está bien? —le habló la castaña. Al ver la cara de espanto de la Hatsune, le habló más suavemente—, sé que lo viste fue terrible, pero ayudará a sentenciar a Len. Piensa en eso, Miku.

—De-de acuerdo. Lo haré —susurró la chica, mirando a su hermano, quien la había abrazado por los hombros.

—Hablando del Rey de Roma... —murmuró la rubia al ver a la Sakine caminar hacia ellos a paso fuerte. Llevaba un gran portafolio entre las manos.

— ¡Oh! Ya están todos. ¿Ya sabes lo que tienes que hacer? —le preguntó a la chica, quien asintió—. El Juez acaba de llegar… es preciso entrar a la sala.

—Nosotras no podremos estar dentro, tenemos que hacer otros trabajos, pero les prometemos estar cerca si nos necesitan. Recuerden: tienen a Meiko de su lado, y por Dios que ella tiene el mismo sentido de justicia que nosotras. Cualquier inconveniente, no duden en llamarnos. —Y, haciendo una pequeña reverencia, las detectives caminaron hacia la salida.


—Todos de pie para recibir al honorable juez, Kaito Shion —anunció un policía en pose firme, haciendo que todos los presentes se levantaran de sus sillas para presenciar la entrada de un hombre de mediana edad de cabellos y ojos azules con una expresión seria en su rostro.

—El caso del Estado de Japón contra Len Kagamine acaba de comenzar —pronunció al llegar a su lugar en el estrado, haciendo que los testigos repitieran su gesto y se les pusieran los pelos de punta, dejándoles el corazón en el estómago por el tono de su voz—. ¿Algún alegato que debamos considerar antes de que prosigamos?

Ante esa pregunta, el astuto hombre de cabellos negros no dudó un segundo en tomar la palabra, alzando un brazo de manera altiva y pedante. La fiscal mordió su lengua, tratando de no lanzar ninguna maldición.

—Su Señoría, la defensa pide la nulidad de la prueba número cinco de la fiscalía, la cual se trata de un vídeo el cual protagoniza mi cliente y la señorita Kagamine.

—¿Sería tan amable de explicarme por qué debería acceder a su petición? —indagó el hombre, alzando una ceja.

—Apelo al derecho de privacidad y pudor de los jóvenes Kagamine, sin agregar que la toma fue obtenida de manera ilegal por parte de la Fiscalía. —El semblante del abogado era altivo, despreocupado, como si esa simple anulación les hiciera ganar el juicio.

—Fiscal, ¿tiene algo que decir al respecto?

—No, su señoría. Apoyo la moción de retirar la evidencia —admitió con un semblante serio la mujer, sin querer voltear la mirada del estrado, sabía que, detrás suyo, había tres personas que no podrían hacer nada más que observarla de manera inquisitiva y sorprendida.

"No creas ni por un segundo que esto te dará alguna ventaja por esto, Tonio" sus ojos casi podían escupir esas palabras, al mismo tiempo que lanzaban un profundo desprecio al abogado defensor, que sólo le contestó con una sonrisa socarrona.

—Tal vez puedas tener otro ataque de inteligencia y retirar los cargos también. —Fue apenas un susurro, pero lo suficientemente elevado como para llegar a los oídos de Meiko. Ignoró las palabras del Kagamine lo mejor que pudo, sintiendo que la ira burbujeaba en sus venas. Calló, sabiendo que la justicia era el mejor escarmiento que escorias como él merecían.

—Si no hay objeción, declaro que la evidencia audiovisual número cinco queda descartada completamente, tanto por la parte acusada como la acusadora, y cualquier intento de aludir a ella debe ser completamente ignorado por el jurado. —Los murmullos y miradas de desaprobación no tardaron en inundar la sala… los cuales fueron cortados casi al instante por un martillazo. El juez de cabellos azules no necesitó más que fruncir el cejo y la sala volvió a callarse— Fiscal, si decide proceder, se lo agradecería mucho.

—Muchas gracias —repuso Meiko, levantándose de su mesa—. Su Señoría, se han encontrado pruebas fehacientes de que el señor Kagamine ha abusado de su hermana de manera repetitiva. El Estado solicita detención sin fianza.

Neru abrió un poco los ojos, asombrada de la determinación que demostraba cada una de las palabras de la fiscal. Un pequeño brillo comenzó a nacer en sus ojos.

—Señoría, esto no es más que una cacería de brujas intencionada—repuso Tonio, poniéndose de pie—; el hecho de que mi cliente tuviera una relación incestuosa consensuada con la joven Kagamine, no quiere decir que haya abuso.

—Es un "consenso" muy vano y discutible —terció Meiko con aspereza—. Lo que importa aquí, Señoría, es que el señor Kagamine ha cometido abusos físicos, psicológicos y sexuales contra su hermana…. —desafió ella, clavando su afilada mirada en el abogado defensor.

Parecía que la discusión estaba por expandirse a toda la habitación, cosa que el juez asignado no iba a permitir de ninguna manera.

—Orden, por todos los cielos —levantó la voz el hombre de cabellos azules—. Fiscal, abogado, no sé en qué clase de ensalada mediática estamos metidos —admitió a la vez que veía entrar un grupo de personas, curiosos seguramente—, pero no harán de mi tribunal un circo. Cada uno tendrá su turno para hablar, por lo que pido respeto.

—Me disculpo, su Señoría —habló el defensor, sentándose nuevamente en su lugar y mirando en su portafolio—. Dejaré que la adorable señorita Sakine proceda, entonces.

—Gracias —repuso la fiscal, mirándolo con severidad, para luego dirigirse al juez. Hizo una pequeña pausa, preparándose para lo duro—; primero que nada, quiero llamar a la Srta. Miku Hatsune al estrado.

Al escuchar su nombre, Miku necesitó toda su fuerza de voluntad para levantarse. Sintió una horrible presión en su pecho durante el trayecto que la separó desde su silla hasta la del estrado, junto al Juez. Pensando en las palabras de las detectives, respiró profundo: esto era para salvar a Rin de un destino espantoso. Sólo por Rin. Se sentó en el duro asiento, mirando fijamente hacía delante, concentrada en mantener la calma y hacer su mejor esfuerzo por no desmayarse o vomitar.

—Muy bien. Señorita, ¿jura decir la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad? —inquirió un policía, acercando un libro a ella, indicando que debía poner una mano sobre él y levantar la otra.

Por un momento, la Hatsune se sintió en un rodaje de una película policial, aunque sabía que era mil veces peor, pues los crímenes del rubio eran una sórdida realidad.

—Lo juro —contestó la chica, dirigiendo sus ojos a la mesa donde estaba Len, desafiándolo con la mirada.

Pareció por un instante que el tiempo se hubiera ralentizado, lo suficiente como para que ella juntara el valor necesario para intentar declarar. La sala parecía moverse en una danza improvisada y descoordinada. La fiscal se paró con gracia, acercándose a su posición. Sin que pudiese pensar mucho al respecto, la castaña habló:

—Señorita Hatsune... ¿Puede contarnos con exactitud de lo que vió y escuchó en la noche del quince de mayo de este mismo año en la casa Kagamine? —le interrogó de entrada Meiko.

—Y-yo... —Tragó saliva, sintiendo aspereza en su garganta— fui a la casa de los Kagamine para visitar a mi amiga Rin, pues Len Kagamine me había informado de que se ausentaría por un accidente hogareño. —Sintió muy en el fondo de su cabeza de que lo que estaba diciendo no tenía nada que ver, pero quería sacarse ese peso desde el inicio.

— ¿Y cómo se encontraba la muchacha, señorita Hatsune? —interrogó la castaña, tratando de incentivarla.

Miku movió la cabeza de un lado a otro, con los ojos y la boca levemente abiertos. No era para negar, sino para aclarar sus ideas. Debía ser detallada, pero a la vez concisa.

—Golpeada, con el brazo roto, pero parecía aún tener ánimos de verme. —Recordó la sonrisa cálida de Rin al recibirla luego de no estar con ella desde hacía tanto tiempo—. Me invitó a pasar para pasar la tarde juntas... —Su mirada se ensombreció, aun así, trató de no parecer inquieta— y-y...

—¿Y qué sucedió después? —le presionó un poco más.

—Llegó el acusado. Rin me obligó a meterme en un armario, pues yo había ido sin el consentimiento de Len a la casa. Al principio, no entendí por qué quería esconderme, —Otra pausa— pero... luego... —Se le trizó la valentía, haciendo que leves lágrimas se escaparan de sus ojos—... el acusado le dio un golpe en la cara al saber que Rin no había hecho la cena para él.

El público de la sala estaba en completo silencio, escuchando el relato de la testigo. Len sentía las miradas de algunos presentes, especialmente del hermano de la testigo, pero se cruzó de brazos. ¿Qué sabían ellos? ¿Cómo podían fingir inocencia con tanta desfachatez?

—Después, ella prometió cocinar si salían de la habitación inmediatamente, pero... Len la empujó contra la cama y... y... —No importaba cuántas veces hubiera practicado el discurso con Mikuo, siempre, siempre se quebraba en esa parte. Necesitó unos segundos más para terminar, a la vez que trataba de mantener la compostura—… le abrió las piernas y le desgarró su ropa interior…

Gimoteó un poco, sintiendo cómo la saliva ya no era eso, sino una masa pegajosa entre su paladar y lengua. Nadie, exceptuando obviedades, estaba sin reacción ante las declaraciones de la Hatsune. No era raro notar toda la empatía que tenían por ella.

—Por favor, prosiga —le instó el juez Shion.

—Rin intentó detenerlo gritando y diciendo excusas, pero él no la escuchó y volvió a golpearla... luego... el acusado se desprendió su propio pantalón y comenzó a penetrarla. —Lo último fue casi un susurro, pero fue lo suficientemente alto para que toda la sala la escuchara.

Miku terminó la historia y bajó la vista a su regazo, tragando saliva varias veces para controlarse. Contarlo fue tan terrible como haberlo visto una vez más. Alzó la vista y observó la pálida cara de Mikuo, quien esbozó una pequeña sonrisa para apoyarla. Neru, igual de blanca como la cera tras oír la historia, miró a la mesa del acusado boquiabierta. La expresión de Len no se redujo ni un ápice.

—No más preguntas, su Señoría —declaró la castaña con un suspiro. Para ella, ya había sido suficiente.

—Abogado defensor, es su turno —dijo el juez, haciendo que la sonrisa del Kagamine se ensanchara. Quería ver a la Hatsune sufrir, llorar… se lo merecía.

Meiko le agradeció su testimonio y se volvió a sentar en su mesa... al mismo tiempo que Tonio se levantó de la suya, listo para acribillarla a preguntas. La joven no pudo hacer otra cosa que ponerse nerviosa. Sabía que ese hombre haría todo lo posible para confundir su cabeza. Debía ser fuerte. Todo era por su amiga.

—Bien, señorita Hatsune, ¿cómo calificaría en este mismo momento lo que acababa de ver en la residencia Kagamine? —comenzó, altivo y confiado.

Miku miró a Meiko un poco sorprendida, luego a Mikuo y suspiró, mirando al abogado: —Simplemente como algo horrible.

El hombre levantó una ceja, con sádica diversión. La fiscal debería aprender a no hacer declarar a niños tan frágiles.

—Algo "horrible" no es motivo para tener este juicio, señorita Hatsune —contraatacó el hombre, con una voz propia de un barítono en el momento dramático de la obra—, si puede ser más clara, ¿cómo lo calificaría?

—¿Qué más quiere que le diga? —repuso la aludida tratando de mantener la calma—… Era algo horrible y malo… —Las palabras llegaron a su mente como un rayo de luz— Era una violación. Él la violó.

Tonio dio la vuelta y caminó unos cuantos pasos, tal vez meditando las palabras de la chica, tal vez preparando el siguiente ataque, tal vez sólo quería añadir suspenso al momento. La pobre no lo sabía.

—¿Está completamente segura de eso? —Apenas la miró de reojo al pronunciar esas palabras.

—Pero... ¡Claro que sí! —Saltó la chica, perpleja de semejante pregunta—; Ella le decía que parara... que se detuviera... Len la golpeaba y la penetró sin escucharla...

—¿No cree, por algún motivo, señorita Hatsune, que usted se haya equivocado en su interpretación de lo que vio escondida en el armario?

Los ojos cerúleos se abrieron de par en par. ¿Qué clase de preguntas eran esas? ¿Cómo alguien podía decirlas con tanta frialdad y calma? ¿Acaso hasta estaba insinuando que Rin era adicta al sadomasoquismo? El estómago se le revolvió de sólo pensar en la imagen que ese tipo estaba tratando de dar de su amiga. El abogado la miró filosamente, haciéndole notar que debía responder a toda costa.

—No… no, no estoy equivocada. Rin, ella estaba gritando y llorando, no se notaba para nada que lo estuviese fingiendo, ni nada parecido; yo la vi a los ojos, y se veía que estaba sufriendo.

—Pero dígame, señorita Hatsune… ¿no tuvo ninguna oportunidad de hablar con el acusado, aquí presente, o la víctima en cuestión? —inquirió, aunque ya sabía perfectamente la respuesta.

—Sí, sí tuve... hablé con Rin luego... luego del ataque. —Sabía que debía dejar de tartamudear, pero ese hombre simplemente le daba escalofríos.

—Entonces, si fuera tan amable, ¿podría decirle al honorable Juez y a todos los presentes qué fue lo que le dijo la señorita Kagamine? —preguntó, afilando los ojos. La fiscal apretó los puños.

—¡Objeción! —dijo con voz alta Meiko, levantándose de su silla.

—Explíquese, fiscal —pidió el juez Shion.

—Señoría, eso ya es irrelevante en el caso. La señorita Hatsune ya contó lo que vio y escuchó. Que agregue algo más debe considerarse sólo como especulación.

—Si la señorita Kagamine no puede defender sus palabras y dar su propio testimonio de lo que vivió realmente gracias a que la Fiscalía la incapacitó... —Un golpe directo e intencionado a la mujer de cabellos castaños—, bueno, dejemos que la señorita Hatsune sea su intérprete —repuso Tonio con una sonrisa petulante.

—Que la testigo responda la pregunta —sentenció Kaito, para molestia de casi todos en la sala. Si seguía así, de seguro obtendría una jaqueca monumental.

—Rin me dijo que lo amaba y que no importaba, pero eso es porque Len la idiotizó… la amenazó, no lo sé; pero sabía no debía permitir que eso siguiera, por lo que salí de su casa y fui a la estación de policía… —respondió, aumentando en una escala el tono de su voz, debido a las miradas que se posaban sobre ella.

—Señorita Hatsune, por favor, aquí no estamos para cuestionar la salud mental de la víctima en cuestión ni las acciones del acusado subjetivamente —replicó Tonio sin piedad.

—Lo siento —repuso, mirando una vez más a su regazo.

—Entonces —prosiguió el abogado—, la señorita Kagamine expresó claramente que fue un malentendido, ¿verdad?

—Sí... ¡Pero, yo sé que ella lo dijo por la forma que Len la trató, que la obligó a decir que fue así! —replicó con fervor.

Los susurros aumentaron paulatinamente, cada uno expresando su propia opinión al respecto. ¿Estaban en un juicio o en un debate presidencial?

—Señorita Hatsune, le pido por favor que controle sus emociones. —Esta vez la penalizó el juez, previniendo que todo se volviera un desastre.

—De acuerdo. Discúlpenme —dijo con voz monocorde, respirando profundamente.

—Entonces, ¿por qué deberíamos pensar que el acto que usted presenció debe ser calificado como "violación", señorita Hatsune? —Esta vez, a Miku le costó hablar, por lo que Tonio se regocijó por dentro—. Le recuerdo que se encuentra bajo juramento.

Diez segundos fueron los que necesitó la chica de las coletas para asimilar los datos y tratar de responder de manera coherente. Miró a su hermano, el cual, a través de sus dulces ojos, le ayudó a encontrar las palabras precisas, esas que comenzaban a salir de su corazón.

—Yo… —Tragó saliva—, no sé cuáles sean sus creencias, señor, pero a mí me educaron junto con Rin y, juro por toda la sanidad que tengo, sé muy bien que la ley propia de nuestro país expresa claramente que cuando una mujer dice no, es no. —Miku terminó su frase, mirando al frente con determinación.

La habitación se silenció durante un minuto exacto ante esas palabras tan fuertes y tan ciertas.

—No más preguntas, su Señoría.

—Puede retirarse entonces, señorita Hatsune. —Esa oración resultó casi liberadora para ella.

Con toda la delicadeza, bajó del estrado, para ir a su lugar y ser recibida por los brazos de su amante. Muy dentro de su ser, agradablemente, había sentido que se había sacado un gran peso de encima. Para su mente, la batalla estaba casi ganada.

—Fiscal, proceda con sus demás pruebas entonces —tomó la palabra el hombre de ojos azules, sacando a Meiko de su frustración.

—Muy bien. —Agarró una hoja de su escritorio, mientras acomodaba unos cabellos detrás de su oreja— La Fiscalía llama ahora a la Señora Clara, psiquiatra designada para analizar el comportamiento de la Señorita Kagamine —anunció Meiko, preparada para seguir rematando a Len y a su abogado. La mujer de pelo oscuro se levantó de la silla y se sentó en el estrado—. Señora Clara, usted trabajó con la Señorita Kagamine estás últimas semanas, ¿qué conclusiones saca de eso?

La psicóloga se aclaró la garganta.

—En el tiempo que he trabajado con la joven Rin Kagamine, estuvo patente un "Síndrome de Estocolmo (3)" bastante grave, sin contar otras que demostraban un desorden mental muy marcado. Ella justificaba cada acto de agresión que el acusado le había provocado. Como profesional, puedo afirmar con certeza que nunca había visto un caso con una patología tan pronunciada como fue con Rin Kagamine. Ella se encontraba en un estado psicótico, encerrada en su propio mundo, casi al borde de la esquizofrenia, sin querer admitir realmente el abuso físico y verbal sobre su persona por parte del acusado.

—Doctora, ¿y esa patología dejaría ver que realmente hubo actos violentos del acusado hacia la víctima? —le interrogó Meiko.

—Efectivamente, sus propias palabras se contradecían cada dos oraciones, lo cual mostraba que mentía para tratar de encubrir al joven Kagamine.

—Señora Clara... ¿La señorita Rin le dijo de manera explícita que su hermano la había golpeado? —insistió, aferrada a la pregunta, segura de que con ella pescarían al Kagamine.

—Sí.

—Que conste el jurado lo que acaba de decir la Señora Clara —alzó la voz la castaña mirando al jurado—: Rin Kagamine admitió que su hermano la había agredido de forma física de forma continua, por lo tanto, es cierto de que hubo abuso.

—¡Objeción! Son especulaciones —exclamó Tonio.

—Ha lugar. El jurado no debe tomar al pie de la letra esa declaración—replicó el juez.

—No más preguntas, su Señoría —indicó la mujer, creyendo que esas declaraciones eran más que suficientes.

Miku se estremeció un poco. Sabía que la situación de su amiga era muy delicada, pero no podía creer los extremos a los cuales había llegado. Si tan sólo se hubiera dado cuenta antes…

La tocaba el turno, pues, al hombre de cabellos negros.

—Señora Clara, la misma Fiscalía ha declarado a la joven Rin como incapacitada para declarar; ¿no cree que la propia condición de la señorita Kagamine haga que se dude de su declaración de que su hermano la ha golpeado? —inquirió Tonio venenosamente.

—Porque es una declaración que siempre se repetía de manera inconsciente—explicó, tratando de contrarrestar la acusación—. Cuando se daba cuenta de lo que había dicho, trataba de justificarlo.

—¿Y no estará malinterpretando las reacciones de la señorita Kagamine?

—Con todo respeto, abogado, pero pareciera que estuviera tratando de desprestigiar mi trabajo —respondió la psicóloga, frunciendo el ceño—. Estudié durante años las conductas nerviosas y he visto con mis propios ojos casos con traumas similares a los de Rin que presentaban las mismas conductas erráticas y contradictorias, por lo que pongo mi título en juego al asegurar que la víctima fue abusada tanto física como psicológicamente.

—Humm... ¿puede asegurarse de ello, Doctora? Muchos saben que a veces, la Fiscalía hace "testimonios" sacados de una esquina...

—¡Objeción!

—Ha lugar.

—No más preguntas —repuso el abogado, mirando de reojo a Len y volviendo a su mesa.

—¿La Fiscalía tiene otro testigo?

—Así es, su Señoría —dijo Meiko categóricamente—. Quisiera llamar al estrado a Mokuro Ashikaga, quien fue el paramédico que atendió a la joven Rin Kagamine.

—Proceda, entonces.

El paramédico se sentó, con gesto aprensivo—. Señor, ¿jura decir la verdad, y nada más que la verdad? —Lo hizo solemnemente—, ¿qué puede decir sobre el momento que Len Kagamine le avisó por la línea directa de Emergencias que su hermana había tenido un "accidente"?

—¿Quiere decir cuando llegó con su hermana a la ambulancia? —preguntó Ashikaga. Meiko asintió—. No nos preocuparon mucho las palabras que dijo, estábamos más concentrados en atender a la paciente.

—¿Qué fue lo que exactamente le dijo Len sobre lo que había sucedido?

—Que su hermana había entrado en el baño y después él escuchó un golpe muy fuerte... —El joven hizo una pausa, tratando de refrescar su memoria—, comentó que abrió la puerta y encontró a su hermana llorando y llena de sangre.

—Muy bien. —Meiko miró a Miku, casi como queriéndole dar disculpas mentalmente, suspiró y continuó—. Y según su criterio médico... ¿es posible que de ese modo el feto haya resultado tan lleno de golpes y en el estado que lo encontró?

La muchacha de las coletas quedó en una parálisis nerviosa al escuchar eso. Su piel se volvió tan blanca como la cera. Feto. Feto. Feto. Feto. "¿Rin...? ¿...acaso Rin...?"

—… observando las marcas y la intensidad de los moretones, esos impactos le habrían causado un aborto inminente.

Al escuchar eso, la Hatsune no pudo sino levantarse de su asiento.

—¡¿Feto?! ¡¿Rin estaba embarazada?! —gritó horrorizada. Eso ya era el colmo.

—¡Orden! —ordenó Kaito aporreando con el martillo con el mazo—. Fiscal, controle a su testigo.

—Miku, cálmate, por favor—susurró Meiko, tratando de apaciguar a la aterrada Hatsune...

Pero, ¿cómo pretendían que se calmara ante lo que acababa de oír? ¡¿Que más asquerosas y terribles cosas tendría que escuchar sobre lo que hizo Len?! Ya parecía otro caso horrendo como el de Fred West (4).

—Miku, por favor... te pueden echar de la sala —le advirtió Mikuo, rodeándola con los brazos, aunque estaba tan pálido como ella.

—Mikuo, ya no sé si lo pueda soportar más...—gimió la chica de pelo verde ocultándose en su hombro. Pequeñas lágrimas se asomaron, quedando pegadas en sus pestañas.

—Tranquilízate; verás que todo va a terminar pronto —Y le besó la sien, sin dejar de apretarla contra sí.

Meiko torció la boca con pesar. "Debe ser chocante ser prácticamente la última en enterarse de semejante cosa." Suspiró.

—Puede proseguir sobre su relato —volvió a clavar la vista en el estrado.

El joven asintió. —En el momento que llegamos, no pudimos hacer mucho por el feto, la muchacha ya se encontraba en la fase final de la expulsión. Sólo se procedió a ayudarla a terminar con el parto.

La Hatsune quedó estática, imaginando esa situación tan horrible en su cabeza. Luego, un llanto desgarrador salió de su boca, como si estuviera sintiendo los dolores de su amiga en carne viva. Las miradas todos en la sala se posaron sobre ella.

—Miku... —dijo Mikuo, tratando de buscar alguna palabra que la reconfortara… No lo logró, la chica de las coletas estaba en medio de un severo ataque de nervios. Tantos datos acumulados en su cabeza la hicieron reventar, resultando en que el cuerpo de la chica se desplomara, como un peso muerto, completamente desmayada.

—¡Orden! Civil herido —anunció el juez Shion—. Fiscal, que unos paramédicos en servicio atiendan a la Señorita Hatsune, continuaremos el juicio en media hora.

Se escuchó el mazazo y la audiencia estalló en un coro de opiniones, insultos, y cualquier palabra conocida en cualquier idioma. Simplemente era la receta perfecta para el caos.

Mikuo saltó como un resorte y se arrojó sobre su hermanita, tratando de reanimarla.

—¡Miku! ¡Miku! ¡Reacciona, por favor!

El jurado se levantó, al mismo tiempo que uniformados del recinto entraban con una camilla y cuidadosamente colocaban a Miku en ella... y no era la única en ese estado de alteración: los curiosos que se agolparon en la puerta se retiraron casi al unísono, seguramente para avisarles a los reporteros de afuera con la jugosamente asquerosa primicia del caso: ¡Ahora Len Kagamine no solo era violador incestuoso, sino infanticida! El nuevo giro sobre el caso haría desmayar a más de un padre de familia. Y lo peor: las cejas de Len se arquearon con indiferencia al ver el desmadre que se había formado.


Las detectives no tardaron ni dos minutos en llegar al lugar luego de la llamada sorpresiva de la fiscal. Hablaron sobre un problema y la chica Hatsune, pero muy pocos detalles fueron dados.

—¿Qué le pasó? —preguntó Shimiko con estupefacción al ver a la Hatsune desvanecida, mientras en la sala el resto de los uniformados despejaba el lugar y trataba de que todo estuviera en calma.

—Se desmayó ante todo lo que escuchó de los testigos —repuso Meiko restregándose las manos en la cara—; debió ser traumante para ella.

—Pobrecita—musitó Amako, compadecida—, ¿y cómo está Kagamine? ¿Todavía cree que puede ganar?

—¿Cómo crees? Sigue fresco como una maldita lechuga—dijo Meiko con desdén—, después de que termine el paramédico de testificar, haremos pasar a Neru y, luego, sigue él.

—Entiendo —La detective castaña torció la boca—. Es una característica muy normal en esa clase de insectos.

Mikuo escuchaba todo completamente callado, aunque con serias dudas sobre todo el asunto. No dejaba de apretar la pequeña mano de Miku.

—Tonio es una persona inteligente, me duele admitirlo —suspiró la fiscal—, encontrará la forma de que le reduzcan la sentencia a Len.

—Puede ser tan listo como le dé la gana, pero no podrá negar nada de la evidencia—terció Amako implacable—, trata de hacerles ver que, sea algo… diferente, sigue siendo un crimen.

La muchacha de las coletas apenas podía escucharlos. Estaba semi-inconsciente en un mundo de sueños, donde los pisos sonaban al caminar sobre ellos y predominaban las imágenes abstractas y grotescas. No sabía en verdad si era un sueño o una pesadilla. Su menté acomodó todos los pensamientos para que tuvieran algún sentido. La socarrona sonrisa de Len ocupó toda su cabeza, expresión que sólo hacía que ella deseaba propinarle un buen golpe.

—…Quiero… quiero que pague por lo que hizo. —Oyeron una vocecita. Todos se voltearon a la camilla, donde Miku abría a medias los ojos—. Señorita Sakine, por favor...

Meiko miró con gesto triste a la jovencita y finalmente suspiró. Sabía que podría estar jurando en vano, pero los desesperados ojos de la muchacha le dieron aún más determinación por salir triunfante en el juicio.

—Lo haré, dalo por hecho.

—Está bien, Miku. Eres un soldado muy valiente —Sonrió Amako haciendo el saludo militar—; todos tenemos fe de que así sucederá.

Después de una pequeña revisión de presión y azúcar a la accidentada, los médicos constataron que estaba bien y estable. Ella les agradeció con una tímida sonrisa y se levantó de la camilla, con cierta ayuda de Mikuo, por supuesto.

Neru recibió una llamada de su celular, donde un oficial le indicaba que los involucrados en el juicio contra Len debían aparecer en la sala de inmediato.

—Bien, es hora de terminar con esto de una vez por todas —susurró Meiko sacando por un segundo de la solapa de su traje una licorera y tomó un sorbo de sake para darse fuerzas para el segundo round.


—Todos sentados —anunció el guardia a los presentes de la sala.

El hombre llegó a su puesto. El helado que había degustado hacía unos minutos al menos lo había calmado lo suficiente como para seguir, sin contar a esa aspirina para hacer desaparecer su dolor de cabeza. Sólo rogaba a Buda que la situación no se volviera a repetir.

—Bueno, puede proseguir, Fiscal —terció el juez Shion. Meiko dio una cabezada.

—De acuerdo, señores: antes de que se interrumpiera esto, nos quedamos con el final de como terminó el incidente de la joven Kagamine. Ahora, sabemos que el Hospital, al hacer la denuncia, posee el feto que la joven expulsó... y del cual hay señales del abuso del Señor Kagamine...

—¡Objeción!

—Señorita Sakine, tenga cuidado.

—Me retracto. —Se acercó a su mesa y sacó una hoja en uno de sus folios—: Aquí tengo en mis manos la evidencia uno: un informe completo y detallado de la autopsia del feto en cuestión, realizada por el forense autorizado de Criminalística. —Entregó una copia al Juez y otra al médico en el estrado. Dio vuelta por un segundo, mirando a Miku, ella asintió, indicando que estaba bien—. Señor, ¿sería tan amable de leer en voz alta al público en la sala la evidencia?

—¡Objeción!

—No ha lugar.

—Por favor, sólo la conclusión.

—"Según el informe de la autopsia hecha el 16 de Junio de 2012, el cuerpo cadavérico en cuestión se trata de un feto de diez semanas, el cual presenta todos sus órganos destrozados, lo que coincidiría con el estado físico descripto de la madre. La causa de la muerte se presume una serie de golpes directos al útero, lo que habría provocado el desprendimiento prematuro de la placenta en la pared uterina y un daño irreversible al feto, resultando en un aborto inminente. No hay pruebas de intoxicación o malformaciones de gran importancia en el cadáver."

Miku cerró los ojos por un segundo. Era peor de lo que pensaba. Dos manos, una de cada lado, le ayudaron a sobrepasar un poco el impacto.

—Entonces... ¿el gestante habría sobrevivido de no ser por el aborto inducido violentamente?

—Así parece.

Miku tapó su boca para no llorar otra vez. No quería causar un nuevo alboroto. Miró a Len con odio, que sólo estaba allí sentado, sin ninguna emoción en su rostro. Era increíble que ese bastardo hubiera asesinado a su propio hijo y estuviera ahí tan calmado…

El paramédico entregó la hoja a la fiscal. Ella regresó a la mesa y sacó otro folio más. Esperó un segundo y volvió su vista al juez, con aire confiado y determinado.

—Su señoría, aquí se encuentra la evidencia dos: un análisis de ADN para comprobar la maternidad y paternidad del feto.

—¡Objeción! —gritó alarmado el abogado defensor—. Su Señoría, mi cliente no dio ningún consentimiento para estas pruebas.

Kaito levantó una ceja, lleno de intriga. ¿Cuál era la jugada que trataba de hacer la intrépida castaña?

—Abogado, fiscal, acérquense.

—Señoría, no es necesario que el señor Kagamine de su consentimiento para la prueba de paternidad: Según el informe, los alelos heredados coinciden en un 95% de Rin, eso quiere decir que el padre, efectivamente, es Len—Meiko sonrió ante la expresión lívida de Tonio que se quedó como si le hubieran tirado una cubeta de agua helada encima—…Una de las ventajas de ser gemelos.

—En ese caso... lo permito, pero sólo como una teoría especulativa —repuso finalmente el Juez Shion. Tonio iba a replicar, pero la mirada azulada lo hizo cambiar de opinión. Meiko se volteó a Miku y le dedicó una sonrisa triunfante, lo que calmó los ánimos de la Hatsune.

—Prosigo, Señoría: Aunque el Señor Kagamine no dio consentimiento para la prueba de paternidad, invito al jurado a ver el resultado de prueba de comparación de alelos. —Le pasa copias del trabajo al jurado, que la ojearon bastante curiosos— Notarán que el 95% de los genes marcados que posee el difunto feto coinciden con el ADN nuclear de su madre, Rin Kagamine. La cuestión es que en casos normales de padres no emparentados genéticamente, el bebé debería contener al menos un alelo de cada progenitor, dando una concordancia con cada uno de, al menos, el 50%. Como verán, los datos que presenta este caso son inusualmente altos, lo cual hace presumir que los padres de la criatura gestada compartían una gran cantidad de alelos en común… me atrevería a decir que el 100%, como se presenta en los gemelos, personas del jurado.

Los susurros se hicieron oír dentro de la sala, más al efecto de eco que tenía ésta que el exagerado volumen de los mismos. El abogado no tenía argumentos para contrarrestar esos papeles, por lo que lo dejó pasar por ese momento; él y Len debían replantear su estrategia de juego.

—Ahora, quiero llamar al estrado a la señorita Neru Akita, por favor —anunció Meiko, haciendo que la rubia se acercara al mueble de caoba, mostrando una gruesa venda en su hombro. Sus ojos no mostraban ninguna emoción por testificar—. Señorita Akita, ¿jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

—Lo juro —repuso, elevando más la barbilla.

—Bien, Señorita Akita, veo que tiene una herida muy considerable en su hombro, ¿podría explicarle al jurado cómo se la hizo?

—De acuerdo. —Hizo una pausa, apelando a sus memorias—: Escuché unos gritos provenientes de casa de al lado, que era el hogar de Rin y Len Kagamine. Preocupada, me deslicé por detrás para ver si Rin estaba en peligro y vi a Len salir. Su mirada era terrible: parecía maligna... Y llevaba una navaja. Le pregunté qué había pasado y le grité que dejara el arma... y me apuñaló sin más. Luego, salió corriendo.

La fiscal la miró con perspicacia, teniendo una idea que probablemente los ayudaría a salvar ese barco de todas las objeciones de su rival.

—Dijo que había escuchado gritos y pensó inmediatamente en que la señorita Kagamine estaba en peligro, ¿eso se debe a algún hecho anterior que haya presenciado u oído?

—En esa casa constantemente se oía que salían gritos, más que nada de Rin... Oía a Len gritar, mezclado con insultos... Escuchaba cosas romperse en el suelo. Si quiere mi opinión, parecía que adentro se llevaba a cabo una lucha todos los días.

—¿Alguna vez recibió explicación de esos sonidos?

—Objeción. Señoría, la fiscal se está metiendo dentro de la vida privada de mi cliente. Apelo su derecho a intimidad.

—Ha lugar. Cuidado, fiscal.

—¿Cuál es el diagnóstico de su herida? —formuló una nueva pregunta, tratando de enfocarse en la parte que importaba: la agresión de Len contra Neru.

—Bueno…—vaciló un momento y prosiguió con voz algo oprimida—. Me cortó los ligamentos del brazo.

—¿Qué tan grave es el daño?

—No podré usar mi brazo por varios meses —repuso mirando a Len, entrecerrando los ojos. Su agresor se limitó a mirarla con absoluta frialdad.

—No más preguntas, su Señoría.

Avanzaba el tiempo en el tribunal y a pesar de eso, nadie de los presentes se distraía o aburría. El ambiente estaba tan cargado de tensión como el retrato del juicio a Northcott (5) en esa película de Angelina Jolie (6). El jurado en el estrado, tanto Meiko como Tonio en las mesas, Shimiko, Amako, Clara en la entrada, Miku, Mikuo y Neru en las sillas, todos y cada uno de ellos sentía que el corazón se les quería detener... Incluso Len estaba algo ceñudo.

Las pruebas que demostraban tortura física hecha por el acusado a la víctima estaban ya sobre la mesa, no sin tocar el corazón y estómago de la gran mayoría de los presentes. Las objeciones iban y venían de la boca de los dos abogados, como en un partido de tenis.

Finalmente, el tiempo se detuvo por unos instantes, o al menos se puso en cámara lenta. La hora de la verdad había llegado. El abogado defensor se levantó altivo, fresco (a pesar de todas las horas que habían estado en ese salón) y completamente seguro de sí mismo. Luego de acomodar algunos papeles, tal vez para crear más tensión, y se dispuso finalmente a hablar:

—La defensa llama al Señor Len Kagamine al estrado para testificar.

El aludido se levantó, siendo escrutado por todas las miradas de la habitación. Si testimonio iba a ser el más interesante de todo su juicio. La Hatsune no pudo evitar sentirse muy tensa ante la figura del muchacho. Después de haber jurado decir toda la verdad –cosa que les supo a mentira a muchos-, Tonio comenzó.

—Muy bien, Señor Kagamine, ya todos sabemos por qué está aquí; pero… ¿podría explicarnos su versión de los hechos?

—Bien… antes que nada quisiera decir esto: amo a Rin, siempre la amé. —Miró sus manos entrelazadas por un segundo, con el semblante serio. ¿Actuaba? Era tan bueno que nadie lo podía decir con certeza—, todo lo que hice fue con tal de mantenerla a mi lado. De pequeño nos abandonó mi madre a nosotros y a nuestro padre alcohólico crónico, por lo que desde muy pequeño tuve que comenzar a trabajar para mantenernos en condiciones dignas a los tres. Siempre viví con miedo a perder lo que más me importaba en mi vida, que era mi hermana gemela.

—Por lo que parece, ha tenido una vida muy dura, ¿no es así?

—Supongo. Es decir, yo no he tenido las mismas oportunidades ni educación moral que las personas en esta sala. La mayor parte de mi infancia la pasé bajo gritos y objetos lanzados por los aires, hasta que finalmente se rompían en mil pedazos en el suelo. Ella nos gritaba, diciendo que habíamos arruinado su vida y que todo hubiera sido mejor si no hubiéramos nacido. —Dirigió la vista hacia Miku, con un semblante indescifrable. La Hatsune, por más que le costara admitirlo, sabía que, hasta ahora, el muchacho estaba diciendo la verdad—; pero tal vez la peor parte era ver el trato de mis padres entre ellos dos. —Tomó pesadamente una bocanada de aire— Recuerdo… una escena que pasó hace mucho tiempo ya: estaba con mi madre en la cocina, debí de tener como ocho años; y vino mi padre, completamente borracho; y… bueno, la estampó contra la mesada y comenzó a tener relaciones sexuales con ella. —Había un pequeño temblor en su voz, para sorpresa de muchos— La peor parte fue escuchar los gritos de mi madre. "Dios santo, Len ¡no mires! ¡Por lo que más quieras en este mundo, no mires!"

El silencio reinó en la sala. La gran mayoría, por no decir todos, estaban completamente estupefactos con ese relato. Incluso algunas comenzaron a gimotear levemente. De sólo imaginar la situación se le ponía la piel de gallina a muchos. Neru tapó levemente su boca con la mano que le quedaba sana. Miku, simplemente, estaba congelada en su mente.

—¿Hechos de esta índole eran comunes en su casa? —preguntó el abogado, aprovechando el ablandamiento que parecía haber en las mujeres del jurado.

—Para ser sincero, no lo sé, pasaba más tiempo escondido en alguna habitación cuando estaba que tratando de averiguar todo lo que pasaba ahí. Todo el tiempo abrazando a mi hermana, que parecía tan aterrada como yo.

—No más preguntas, su Señoría —declaró el hombre de cabellos negros, volviendo a sentarse en su lugar.

"Deja la abogacía, Tonio, serías mejor político." Pensaba en su mente la fiscal. Primero apelaba al derecho de intimidad del Kagamine sobre cosas que no quería que el jurado escuchara y, luego, de la nada le hacía escupir con palabras dramáticas prácticamente toda su vida, mostrándolo sólo como un alma perdida. "Astuto, pero no lo suficiente como para ganar."

—Fiscal, es su turno.

Está asintió y se levantó de su silla. Su mirada se había vuelto más afilada de lo normal y sus pasos casi rompían las baldosas del piso, aun así, su semblante parecía tranquilo.

—Seré breve, para su suerte, Señor Kagamine. —Caminó unos cuantos pasos, haciendo un pequeño círculo imaginario— A ver si entendí bien: su madre los dejó y su padre era alcohólico, además de violento... Si eso fuera así como lo pinta, los homofóbicos tendrían razón con los argumentos de que la falta de cariño y la violencia vuelve gays a los hijos. ¿El hecho de que su madre no estuviera justifica que abusara de su hermana?

—Pues, en mi caso, lo justifica. Tal vez no pudieron ser las reacciones más aceptadas por la sociedad, pero así fui criado. Ella podría haber escapado cuando quisiera, pudo denunciarme o llamado a la policía… pero no lo hizo. "Abusar" me parecer una palabra muy abrupta, fiscal, además de innecesaria.

—Eso es todo, su Señoría. —Le costaba horrores pensar en eso, pero era una muy buena respuesta. Sólo esperaba que el jurado no se tragara todas sus patrañas. Podría haberlo acorralado ante la aplastante evidencia de que él había matado al futuro hijo de la Kagamine, en cuanto a la agresión hacia Neru y su intento de fuga cuando lo atraparon… pero decidió no gastar su saliva.

El muchacho volvió al lado de su abogado, con aire pesado. A decir verdad, ya extrañaba estar cerca de su adorable aunque mal portada hermana. Sólo esperaba que todo ese jueguito tonto, que se hacía llamar juicio, terminase de una buena vez.

Luego de unos minutos, el Juez Shion habló con tono marcial:

—Muy bien, ¿la defensa está preparada para su argumento final?

—Así es. Damas y caballeros del jurado, seguramente ahora mismo estén acribillados de millones de suposiciones y evidencias que hasta cierto punto deberían ser ilegales…—Dicho esto, dio una pequeña mirada a la fiscal—, pero recordemos cuál es el punto principal de este juicio: apresar a un muchacho que sólo actuó por presiones de la vida misma, un alma tan hundida en el lodo que lo único que deseaba en el fondo de su corazón era que la persona que más amaba en este mundo nunca lo dejara. El incesto es pecado, no crimen (7). Si ustedes no recuerdan eso al escribir sus votos de la sentencia final… me temo que Japón tendrá que perder a otro joven, trabajador, estudioso y de prometedor futuro.

Los aires de grandeza del abogado podían ser casi palpables, incluso a cien metros, lo que no causó más que rabia entre todas las personas que querían ver a Len con una soga en el cuello. Los segundos fueron eternos mientras ese hombre caminaba hacia su asiento, al lado del acusado.

—Fiscal, le toca —comentó el juez.

Meiko asintió y revolvió una vez más los apuntes que tenía, dándose cuenta que tenía los dedos temblorosos. Lo sabía. Sabía que dependía de esto para hacer la diferencia, para salvar una vida inocente tan vilmente destruida… miró a Miku, reunió todo su coraje y finalmente se levantó.

—Gracias, Señoría. Mi compañero —Miró con desafío a Tonio— les hizo a ver que Len es una pobre alma atormentada, víctima de nuestro "prejuicio" al incesto; así como uno juzgaría a un homosexual, a un bisexual, a un voyerista e, incluso a alguien que sufre zoofilia… damas y caballeros del jurado, no fuimos convocados para juzgar el incesto, sino el crimen con que se cometió.

"No estamos aquí para condenar el hecho de que Len Kagamine cometiera incesto con su propia hermana, sino de que Len Kagamine abusó física, psicológica y sexualmente de ella de forma brutal y repetitiva, llegando hasta el extremo de asesinar a sangre fría a su propio hijo; y, durante todo este tiempo, se defendió a capa y espada diciendo que lo hacía por amor. —Pellizcó el puente de su nariz, a la vez que cerraba los ojos—. Díganme, ¿qué clase de amor es ese?

"Y no me refiero al incesto en sí, sino en la forma como se desenvolvió. Porque si esto no es un crimen —agregó, señalando la fotografía del feto en el proyector, junto a una muy golpeada Rin Kagamine—... nos queda ponernos a pensar qué sería realmente uno para la humanidad.

Y calló, sentándose en su silla, encomendándose a los Cielos.

—Si ninguna otra persona tiene algo para objetar, les ruego al jurado que vaya a formular el veredicto final. Por ahora, todos tendrán una hora para descansar, o hasta que los miembros terminen su veredicto. —Tomó su mazo y golpeó una vez la mesa—. Se levanta la sesión.

"El incesto es pecado, no crimen" quedó atascado en la cabeza de Miku, que se movió dubitativamente en dirección a la puerta de salida.

—¿Y entonces? —preguntó a Meiko, quien estaba pálida como la tiza y le temblaba el musculo de la barbilla.

—Sólo nos queda esperar y rogar que todo salga bien —replicó la castaña con voz ronca.

La Hatsune asintió, preguntándose una y otra vez cuantas sesiones de terapia serían necesarias para superar esto. Sintió una tibia mano en la suya y volteó a ver la cara de su amante. Estaba segura que la maldita frase de Tonio también la estaba pensando.

—Todo va a estar bien, ¿verdad?

Aunque el joven vaciló un momento, habló con firmeza: —Lo estará, Miku, es preciso tener fe de que así será.

Ella sonrió tímidamente y miró a las policías.

—Me imagino que deben estar acostumbradas a esto, ¿verdad?

Amako sonrió con amarga ironía.

—La verdad es que no; uno siempre trata de mantener la calma, pero en el fondo uno se siente en la cuerda floja en un abismo, con una vara entre las manos... así me pasó en mi juicio: me acusaron de agresión a dos de mis compañeros en una operación en Kazajstán... cuando en realidad intentaron violarme. Créeme —añadió al ver la cara de pena y estupefacción de la aludida—, nunca sentí tanto miedo de estar allí, parada frente a la corte marcial, oyendo cada asquerosa mentira de esos sujetos.

—Incluso las personas más fuertes que conocen pueden quebrarse —añadió Shimiko, tomando a su compañera de los hombros.

—En todo caso... al final ellos tuvieron una multa. Realmente, fue muy bajo, cuando yo veía, entre los estallidos y los disparos durante los operativos, como maltrataban a las mujeres residentes. Me pareció inaudito, pero, al menos, los habían castigado. Esto te lo digo —dijo clavando la vista en los ojos de la muchacha—, para que entiendas que no siempre la justicia es tan justa como quisiéramos que sea. Pero con esperanza, podemos lograr una diferencia, aunque sea pequeña.

—Comprendo —asintió la aludida en un pequeño hilo de voz—, créanme que ahora lo único que quiero es ver el final.

—Todos nosotros —precisó Clara.

¿Para qué mentir? Estaba mentalmente agotada de todo lo que había presenciado en ese tiempo, era como si hubieran agarrado su vida y la hubiesen metido en un cuadro abstracto, si no es que era en una licuadora. Así de atormentada se sentía. Sólo debía mantener un perfil de fuerza mental para que su amado hermano no se preocupase.


El reloj grande de la sala que avanzaba a una lentitud absurda, finalmente había dado la vuelta completa. Con el corazón latiéndoles violentamente como un pájaro atrapado en las costillas, entraron a la sala, junto con el resto de los asistentes.

Len se mantenía estoico, con una sonrisita de satisfacción. Saldría de este lugar a donde estaba la ovejita descarriada de su hermanita. Oh, Rinny, ¿Quién te salvaría de esta? Nadie. Estarían de nuevo juntos, aquí, ahora… Y, finalmente, en el Infierno.

—Muy bien, ¿el jurado ha llegado a un veredicto? —preguntó el Juez con tono tenso.

—Sí, su Señoría —habló quien parecía el líder del jurado, la cual respondía al nombre de Lola. Dicho esto, un papel fue entregado al hombre de cabellos azules por parte de un policía. Él lo desdobló con cuidado, leyó detalladamente y lo devolvió a la mujer.

—Acusado, defensa, fiscal... por favor pónganse de pie. —Todos los nombrados acataron la orden, no sin demostrar un conjunto de expresiones faciales varias.

El corazón de la Hatsune latió tan rápido en su pecho que sintió que en cualquier momento saldría disparado de él.

—Por el cargo de agresión en segundo grado, ¿cómo se le declara al acusado?

—Encontramos al acusado... culpable.

Los testigos se permitieron un pequeño respiro. Neru no pudo evitar soltar un suspiro. Primera condena, y aún faltaban varias más.

—Por el cargo de violación agravada por el vínculo, ¿cómo se le declara al acusado?

—Encontramos al acusado... inocente.

"¿¡Qué?!" estuvo a punto de gritar Miku. ¡¿Que todos estaban ciegos o qué?! ¡Len la había violado en su propia cara, carajo! ¿Qué más pruebas querían? Amako le tomó de la mano y le sonrió con pesadez: "Así es el sistema judicial, Miku... No por nada dicen: 'La justicia es ciega'"

—Por el cargo de violencia doméstica, ¿cómo se le declara?

—Es encontrado... culpable.

¡Culpable! La respiración de Miku estaba aumentando a cada segundo. Vio a Len: ya no estaba sonriendo.

—Por el cargo de negligencia tutelar, ¿cómo se le declara?

—Encontramos al acusado… culpable.

Otra sentencia para añadir a su haber. Cada vez que esa mágica palabra salía de los labios de Lola, parecía que algo renacía en los tres muchachos dentro de la sala.

—Y finalmente... por el cargo de homicidio culposo agravado por el vínculo, ¿cómo se declara al acusado?

Era, junto a la de violación, la más grave. La respiración de la chica de las coletas era completamente ínfima. Literalmente ya no podía respirar... Tomó la mano de Mikuo, poco tardó en descubrir que él estaba temblando. Neru permanecía casi sin moverse, como una estatua de mármol.

Shimiko y Amako también se tomaron de las manos, casi sin parpadear...

—Encontramos al acusado... culpable.

Se formó un silencio casi total alrededor de la sala. Miku sintió que literalmente podía respirar de nuevo. ¡Culpable! ¡Declarado culpable! Aunque había quedado impune lo de la violación a su amiga (y eso le seguía doliendo como una espina clavada en el corazón) no todo había sido en vano: hubo justicia para esa pobre criatura que había tenido la desgracia de tener un padre como Len.

Shimiko y Amako soltaron sendos suspiros. Al fin todo había terminado... sólo quedaba el veredicto. El Juez Shion asintió y dijo:

—Muy bien, al escuchar todos los testigos y pruebas... que el acusado se ponga de pie.

La cara de Len estaba completamente pálida y crispada y le temblaba un músculo de la mandíbula, al oír al juez Shion hablar de su destino con voz áspera. Insultos era todo lo que llenaba su fuero interno.

—Len Kagamine, será condenado a 30 años de prisión en la prisión Fu Chu (8). Se le quitará la patria potestad de forma permanente de su pupila, Rin Kagamine. Además, deberá pagar una indemnización de cien mil yenes a la Señorita Neru Akita. ¡Se levanta la sesión! —Un martillazo y todo acabó.

El muchacho apretó los puños, sintiendo una vez más cómo la ira lo dominaba. Abajo la máscara de serenidad, fría y calculadora, sólo tenía un sentimiento en su cabeza: furia. Y sabía muy bien quién era la responsable.

—¿Estás feliz con esto, maldita perra mal agradecida? —Bajo la mirada, para levantarla con su nueva expresión— ¡Rin, te juro que cuando salga de esa pocilga no va a haber poder sobre la faz de la Tierra que me impida matarte de una buena vez, sucia traidora! —gritó a los cuatro vientos, sin importarle quiénes estuvieran compartiendo la sala. La bestia había despertado y no existía nada que pudiese calmarla.

—Guardias, llévense a este rufián de mi corte —clamó el Juez, mientras batía fuertemente el mazo contra su mesa.

Hicieron falta tres personas para controlarlo, pues Len quiso levantarse para ir derechito hacía Miku, quien estaba paralizada. Mikuo se había puesto frente a ella, decidido a protegerla si se daba el caso... afortunadamente los agentes lograron mantenerlo a raya.

—¡RIN, A DONDE QUIERA QUE ESTÉS, TE MATARÉ! ¡¿OÍSTE, PERRA MALAGRADECIDA?! ¡TE DEJARÉ PEOR QUE AL ABORTO DE HIJO QUE PENSABAS TENER! ¡QUÍTENME LAS MANOS DE ENCIMA...! —Dio la vuelta, completamente enfurecido, mirando a los ojos de Miku, lleno de furia—. Y tú tampoco te quedas fuera de esto, zorra malparida, ¿¡me oyes!? —sentenció entre bufos.

Daba miedo ver a Len: Casi echaba espuma por la boca, mientras trataba de soltarse. Sólo pensaba en matar, matar, matar todo lo que estuviese en frente suyo para ir donde Rin y estrellar su maldita cabeza contra la pared.

Sólo fue hasta que los policías se llevaron al joven de la habitación que todos los presentes pudieron volver a respirar.

—Este va a ser el "bum" periodístico del momento.—susurró un presente por la parte trasera del jurado. El ambiente estaba tan callado que el comentario rebotó por escasos segundos.

—Oh Dios... Oh, Dios—gimió la chica de pelo verde aferrándose la brazo de su amante, quien le daba un reconfortante abrazo.

—Se reveló tal y como era: un tremendo hijo de puta —repuso Meiko asintiendo.

El juez Shion y sus asistentes hicieron salir al jurado y al resto de los presentes, algunos de ellos salieron corriendo a respirar aire. Los últimos que se quedaron fueron los Hatsune, Clara, Neru, las detectives y Meiko.

—Felicidades, detectives —repuso Tonio mirándolas con frío desdén—, pero no canten victoria, siempre se puede apelar.

—Claro, suerte con eso, abogado—terció Shimiko arqueando las cejas con ironía—. A ver si algún juez le cree su cuentito y tras este "show" de su cliente... lo dudo mucho.

Tonio le fulminó con la mirada mientras tomaba su maletín y salía de la sala a grandes zancadas. Su compañera le palmoteó la espalda, sonriente.

—¿Y bien? ¿Cómo te sientes, Miku? —le preguntó la psicóloga con amabilidad. La Hatsune sólo suspiró—, creo que es mejor que se retiren a descansar.

—Claro... es lo mejor —susurró ella, haciendo una mueca.

—¿Que te ocurre, Miku?—le preguntó su hermano rodeándole con un brazo—, ¿no estás contenta?

—No es eso, es sólo que... —Miku juntó las yemas de sus dedos—...estoy pensando en Rin.

Al oír ese nombre, las detectives, la fiscal y la psicóloga pusieron cara de aprensión. ¡Cielos! De todo este desmadre, se habían olvidado de lo más importante. ¿Cómo le dirían ahora?

—Doctora, ¿cómo cree que reaccionaría? —susurró Amako a Clara, quien se encogió tristemente de hombros.

—Recemos porque no esté viendo el noticiario en este momento —comentó Neru, poniendo su mano sana en la chica de las coletas.

—No lo puedo decir con certeza, Detective. Seguimos trabajando con ella, y sería mentira decir que estamos progresando en su mentalidad. Lo único cierto es que podría ser... cualquier cosa. Eso sí, habría que estar pendientes de por si ocurriese algún incidente.

—¿Qué? ¿Ella podría... podría...? —tartamudeó Miku, aterrorizándose. Su hermano reafirmó el abrazo.

—No estamos seguras, Miku, pero todo puede suceder—finalizó Shimiko con gravedad.

La chica de ojos cerúleos salió resueltamente, acompañada por Mikuo, Meiko y Neru. Trataba de mantenerse serena, a pesar de toda la marejada de sentimientos que tenía danzando en su cabeza, y más todavía al tratar de evadir a la jauría de reporteros que querían acribillarla a preguntas. Casi no sentía los codazos y las vociferantes preguntas de los periodistas, solo pensaba únicamente en su amiga.


"Tiene un mensaje de voz"

La psicóloga tuvo en ese momento la certeza de que iba a pasar algo. No sabía por qué, pero en el fondo de su corazón lo sentía. Y esa misma sensación la compartían las detectives, mientras las tres iban en el auto-patrulla. Amako tomó el celular y lo puso en altavoz, para que todas pudieran escucharlo.

"¡Doctora Clara! Venga pronto a mi casa, por favor. Rin está teniendo un ataque de furia y se resiste a estar conmigo, se ha encerrado y no sé qué hacer... ¡Venga pronto!". La voz de la señora Kobler no demostraba otra cosa que desesperación.

Las tres mujeres se vieron con horror: Era más que sabido.

El enardecimiento de Rin era perceptible hasta fuera de la adorable casa en la cual, según sus palabras, la habían aprisionado. Encerrada en su alcoba designada, sólo se dedicaba a apretar fuertemente sus rodillas contra su pecho, vestida con el viejo uniforme que Len le había obligado a usar y haciéndole caso omiso a los gritos de su madre, que exigía una y otra vez que descorriera el cerrojo y la dejase entrar.

El timbre resonó en el hogar, la viuda no tuvo más remedio que atender la puerta, aliviándose completamente al ver que sus visitas no resultaban ser otras que las detectives y Clara, quienes dieron una pequeña reverencia antes de entrar.

—¿Cómo lo supo?—le preguntó Amako sin rodeos al terminar la cortesía.

La mujer suspiró.

—Escuchó mientras yo veía las noticias. Ninguna de las dos nos encontramos en la mejor posición, no es por ser hipócrita, pero también deben entender que acabo de perder a un hijo. —Lanzó un suspiro ante sus palabras, realmente dolida por el veredicto, pero en ese momento debía ser fuerte, aún le quedaba Rin.

—Entendemos perfectamente, señora —habló en un tono amable y conciliador la psicóloga—, es por eso que estamos aquí: para ayudarlas.

—Rin se encerró en su habitación y ya no quiere salir... tal vez ustedes puedan ayudarla más que yo. —Contuvo un pequeño gimoteo, todo con tal de no demostrar la impotencia que está sintiendo al no poder lidiar ni con su propia hija.

La dueña de la casa asintió, dando vagas indicaciones mientras se dirigía hacia la cocina, probablemente para preparar alguna infusión que calmase los nervios de todos.

Las tres mujeres restantes subieron las escaleras con pesado semblante, preparándose mentalmente para la nueva batalla que librarían.

—Es bastante peculiar el comportamiento de esa mujer, ¿no es así? —comentó la detective de cabellos rubios en un susurro—. A veces parece querer cooperar con nosotras y, en otras, entorpecer nuestro trabajo.

—Tú misma escuchaste la declaración del Kagamine, Amako —dijo la psicóloga, sin mirarla, mientras seguía subiendo—, esta mujer no sabe realmente cómo actuar. Por un lado, quiere ser la madre que nunca pudo ser para sus hijos; pero, a la vez, debe seguir trastornada por recuerdos que tuvo con su esposo.

—¿De verdad crees eso? —preguntó Shimiko, curiosa.

—No lo sé, sólo especulo.

Al final del pasillo se encontraba una puerta de roble, donde aguardaba la furiosa muchacha. No pudieron evitar tragar saliva antes de aventurarse siquiera a tratar de pronunciar alguna palabra.

—Rin, somos Amako, Shimiko y Clara, vinimos a verte luego del... juicio —dijo la detective castaña con suma dulzura, golpeando levemente la puerta de la habitación.

—¿Rin? ¿Quieres abrir, por favor? —añadió la psicóloga en el mismo tono.

—¡No! ¡Todos me mienten, nadie me escucha! ¡Quiero a Len! ¡Sáquenlo de esa maldita prisión y que venga a rescatarme! —se escuchó como respuesta por parte de la rubia, acompañado de varios sonidos de objetos rompiéndose.

Amako del puro apuro decidió no negociar nada con la chica y propinó una patada certera al cerrojo de la puerta, ahogando un pequeño gemido de dolor. Ésta cedió al instante y las mujeres trataron de acceder al lugar.

Rin reaccionó de una forma insólita: se arrojó contra las tres, mientras sostenía una muñeca de porcelana. Las detectives la agarraron de los antebrazos, haciéndole una llave para que soltara el objeto. La pequeña rubia forcejeó un momento con ellas, mostrando que tenía mucha energía, gritando con rabia. Ahí notaron que no estaba lastimada ni se había cortado, tal y como habían temido momentos antes. Había, eso sí, pedazos de porcelana rotos en un rincón y una gran rajadura en el espejo del armario, como si le hubiera lanzado algo.

—Gracias a Dios —susurró Shimiko para sí, sin dejar de sujetarla.

—¡Rin, cálmate, por favor!—exclamó Amako.

— ¡A mí no me digas que me calme, vieja perra estúpida! ¡Quiero a mi Len, quiero a mi Len, QUIERO A MI LEN!—chilló Rin con rabia, arrojándoles una de las muñecas, haciendo que las mujeres retrocedieran—. ¡Por su culpa Len está en prisión, nunca se los voy a perdonar!

—Rin, aunque reacciones de esta manera, no lograrás lo que quieres —terció Amako, impasible—, sólo consigues hacerte daño a ti misma.

—¡Cállese!—le gritó tapándose la cara, cubriéndose los surcos de lágrimas de sus mejillas—. ¡Déjenme en paz! ¡Sólo déjenme en paz!

La Señora Kobler, en el piso de abajo, contuvo un fuerte sollozo que quería escapar de su pecho. Se desplomó en una de las butacas estampadas, tapándose la cara y meciéndose a sí misma, para tratar de calmarse: debía serenarse, pues solo así podía salir adelante de esta espantosa situación que la tenía atrapada, como una rata en un laberinto. Intentó prender el televisor, sólo para apagarlo otra vez. Todos los canales mostraban lo mismo: el rostro descompuesto de su hijo (pues a pesar del monstruo que se había convertido, SEGUÍA siendo su hijo) gritando y forcejeando con los policías en la sala. "Oh, señor, dame fuerzas" gimió mentalmente dando un suave suspiro.

—Además, ¿creen que Len es un criminal, eh? ¡Se equivocan: la criminal soy yo! ¡He hecho cosas peores que él! —Su semblante oscilaba entre lo adolorido y lo demencial.

—¿Que has dicho? —inquirió Shimiko.

—Rin, ¿podrías explicarnos con calma lo que tratas de decir?—preguntó Clara con estupor.

— Yo... yo... —Ella miró confundida y luego volvió a arremeter—, mi padre. Todos creen que él se cayó de las escaleras... por estar borracho, ¿no? —Una risa salvaje pujaba por salir de su garganta, para horror de las detectives y la psicóloga—, ¡pues la verdad es peor de lo que creen! ¡YO lo empujé de las escaleras! Pues, pues... ¡pues sólo así me libraría de la fiesta de Miku, a la que no podía... digo, no quería ir! Listo, yo casi lo maté: espósenme y llévenme con Len.

Shimiko y Amako se miraron consternadas: ¡Tantas cosas que habían pasado hoy, para recibir otro golpe más!

Clara suspiró.

—Rin, aunque quisiéramos creerte, no podemos. —Las dos mujeres a su lado la miraron extrañadas.

—¿Qué? —¿Y a esta tipa qué rayos le había picado? ¡Se lo acababa de confesar!— ¿Como que no puede?

—Simplemente por dos razones. Uno, estás incapacitada para testificar o dar testimonio valedero, ¿lo recuerdas? Y dos, por más que tengamos que llevarte a la cárcel, sería para una de mujeres, como Ujiie, así que nunca podrías estar con tu hermano si te encerramos, ¿entiendes? —Clara amagó a tocarle la mejilla, pero la chica retrocedió—; ¿No son suficientes pesos en tu mente como para tener más?

—Y-yo... —Por unos momentos en sus ojos hubo un brevísimo asomo de entendimiento... que despareció tan pronto como vino y negó con la cabeza—, me vale una mierda lo que piense, usted y los demás. Nada de lo que hagan o digan me harán cambiar de opinión.

—Todos sabemos que querías mucho a Len, pero ya no hay más nada que se pueda hacer, pequeña —sentenció ella—, sólo esperar.

—¿Esperar? ¿Y cuánto? ¿Cuánto tengo que esperar para que ustedes, cerebros de mosquito, se den cuenta que Len es inocente? —Se cruzó de brazos con fuerza, como de esos niños pequeños que ponen mala cara cuando los tienen que llevar al odontólogo.

—Cuando él demuestre que es inocente. Y si hubieras visto lo que nosotras en el estrado... yo diría que vayas acomodándote en una silla.

—No me interesa —refunfuñó la rubia sentándose en la cama, sin dejar de cruzarse de brazos.

—Supongo que eres demasiado inteligente para nuestros juegos mentales, Rin.

—Lo repito: No-me-interesa-una-jodida-mierda —puntualizó con saña, mirando obstinadamente la pared.

—Bien, entonces creo que sólo nos retiraremos por ahora. —Caminó hacia la puerta con tranquilidad, llegó al marco y volteó un poco la cabeza para mirarla—. Cualquier cosa que necesites, o cuando tu cabeza se calme un poquito, recuerda: mi puerta siempre estará abierta para ti.

—Sí, sí, como sea—musitó la chica sin dejar de mirar a la pared. A pesar de que en el fondo de su mente, lo que más deseara era hablar con alguien y no sentirse tan sola como en ese momento.

—¿Está bien que nos vayamos, Clara? —preguntó bastante insegura Shimiko.

—La chica sigue shockeada y muy estresada por la situación. Debe tener un tiempo a solas para que asimile todo y pueda salir de su propio encierro emocional. Hasta que no se admita a sí misma todo el daño que se permitió recibir, no hablará. —Hizo una pequeña pausa—. Creo que tú sabes muy bien de eso, ¿no? —Lanzó una pequeña sonrisa que hizo que la castaña bajase la cabeza.

—Entonces es mejor que hagamos lo que ella dijo: dejémosla en paz —musitó Amako posando la mano en el hombro de su compañera.

—¿Desean un poco de té antes de irse? —preguntó la señora Kobler, pareciendo estar al borde de un colapso nervioso, al verlas reaparecer en el vestíbulo.

—No se preocupe, señora, estamos bien—le rechazó amablemente Amako, sonriéndole con compasión—, será mejor que usted misma descanse.

—Llame a una amistad suya, de seguro le vendrá bien —aconsejó Shimiko—. Será una noche muy larga para las dos.

Las tres hicieron una reverencia y se marcharon, notando claramente la cara de incomodidad (mitad por las victorias, mitad por las derrotas) que cada una portaba en sus rostros.


(1) Ese es el apodo con se le conoce tristemente a Natsumi Tsuji, quien a los 11 años se volvió un fenómeno de Internet y da la subcultura del Gore, al asesinar a una compañera de clase con un cúter en un aula de clases. Actualmente reside en el centro penitenciario de Ujiie, en una celda de aislamiento.

(2) Se le conoce como Paradise Lost, a la saga de documentales de HBO, (Tres en total) que contaban el terrible caso de tres niños asesinados en West Memphis, E. en 1993, acusando tres jóvenes, Damien Ecchols, Jason Baldwin y Jesse Miskelley, en base a su apariencia oscura y conducta antisocial, por las fuertes connotaciones religiosas del pueblo. Durante los años de rodaje se revela que el ADN de los acusados nunca se halló en los cadáveres y que el proceso forense fue muy limitado. La saga reunió adeptos que creían en la inocencia de los jóvenes.

Los acusados fueron liberados en 2011, bajo una Declaración Alford, tras 18 años de prisión. La última cinta: Paradise Lost: Purgatory fue nominada en los Premios Oscar del 2011.

(3) El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica en la cual la víctima de un secuestro o de algún tipo de acto violento contra su voluntad, desarrolla una relación de complicidad, y de un fuerte vínculo afectivo co su agresor.

El origen de este fenómeno se dio en Estocolmo, Suecia, el 23 de agosto de 1973: Jan Erik Olsson intentó asaltar el Banco de Crédito de Estocolmo. Tras verse acorralado tomó de rehenes a cuatro empleados del banco, tres mujeres y un hombre. A pesar de las amenazas contra su vida, entre ellas que fueron obligados a ponerse de pie con sogas alrededor de sus cuellos, los rehenes terminaron protegiendo al raptor para evitar que fueran atacados por la policía de Estocolmo.

(4) Fred West (1941 – 1995) fue un asesino en serie británico. Durante 20 años (entre 1967 y 1987) él y su esposa Rosemary "Rose" West aterrorizaron a Inglaterra al secuestrar, torturar, violar y asesinar al menos a una docena de mujeres, la mayoría oriundas de Gloucester. Entre las propias víctimas de los crímenes de los West figuran la primera esposa de Fred, y sus propias hijas, una de ellas fue enterrada junto a las otras en el cuarto juegos de las otras hijas. Fueron arrestados en 1992 y mientras esperaban el juicio, Fred se ahorcó en su celda. Se decidió que Rose fuera liberada posiblemente en 2019.

Actualmente su hogar, el Número 25 de Cromwell Street junto con la casa 23 de esa misma calle fueron demolidas para convertirlas en un paseo en memoria de las víctimas.

(5) Se refiere a Gordon Stewart Northcott, quien en Wineville, California en los años 20, tenía en su gallinero a una docena de niños como esclavos sexuales. El caso destapó un grave caso de corrupción policial y de intercambio de niños, algunos sin ser encontrados. Northcott fue condenado a la horca, donde murió en 1930.

(6) El caso de Northcott y de una de sus víctimas, Walter Collins, cuyo caso es todavía un misterio sin resolver, inspiró la película The Changeling, dirigida por Clint Eastwood yprotagonizada por Angelina Jolie.

(7) "El incesto es pecado, no delito" fue la base de la defensa de Fabián Hathallah y Pablo Cazabán, abogados defensores del "Chacal" mendocino. Aquí un pequeño artículo periodístico donde explicaron su estrategia: www. mdzol (punto) com/mdz/nota/129894

(8) Fu Chu es una de las prisiones más importantes y estrictas de todo Japón, donde cumplen condena y han de convivir más de 2.000 personas. Además, es una de las que acoge a un mayor número de extranjeros.

Uff, luego de tres discos de Breaking Benjamin, uno de Evanescence, otro de My Chemical Romance, seguido por uno de Panda y un corte de luz… al fin está listo.

Muchas gracias por hable leído hasta aquí, esperamos tener el próximo capítulo pronto (ya falta tan poco para el final).

Kisses!

P.D.: ¿La declaración de Len no les hace recordar a un comercial de Investigation Discovery del programa "Nacidos para matar"?