-Esto… Abuela, siento interrumpir el bonito momento de reunión familiar, pero me encantaría saber dónde has estado todo este tiempo. Se suponía que no ibas a tardar en dar con papá. Y cuando te enteraste de que se había muerto, me dijiste que regresabas ese mismo día, pero no fue así. Así que ¿dónde demonios has estado hasta ahora?

-Cielo, no he podido volver a casa porque tenía que comprobar una cosa. Ah, Damon, cariño, no sabes lo que me alegra saber que estás bien.

-Sí, idem. Ahora si no te importa, creo que me debes una explicación de por qué dejaste sola a la niña cuando yo te dije y te repetí una y otra vez de que no la dejases sola.

-Damon –contestó su madre-, no sabíamos nada de ti y luego oí rumores sobre un demonio japonés, tenía que ir. Te conozco y sé que eres… bueno, que te metes en muchos problemas por tu famosa manía de no poder callarte la boca cuando tienes que hacerlo. ¿Habrías preferido que me la llevase conmigo?

-¿Oíste hablar de Sinichi?

-¿Así se llamaba?

- Sí, ese era su nombre. La verdad que después de todo lo que lío, no fue muy inteligente, ni valiente.

- ¿A qué te refieres?

- ¿Oíste rumores y no oíste cómo murió?

- Si es verdad que está muerto, entonces habrá sido de la única forma que pueden hacerlo. Sin embargo, no todo acaba ahí. Es una ventaja que la niña sea igual que tú, ya que eso la salvó del demonio. No sé cómo, pero supo de su existencia.

- Eso me lo temía, por eso intenté por todos los medios matarle, y cuando me volví humano otra vez…

- Por eso tenías tanto empeño en convertirte en vampiro de nuevo –terminó por él Stefan.

-Así es, hermanito. Sabía que al haber estado poseído por Sinichi, éste se había enterado de mis secretos más íntimos.

- ¿Incluso los que tienes dentro de la roca custodiada por el niño? –preguntó Elena mirándole directamente a los ojos.

- ¿Volvemos otra vez con el tema de la roca y el niño encadenado?

- Damon, ya no tienes por qué ser tan reservado con tus sentimientos, cariño.

- Elena, no estamos hablando de lo que yo sienta o deje de sentir. Estamos hablando de que si mi hija no fuese tan impulsiva como yo, ahora mismo estaría muerta. Y, lo peor de todo es que habría sido culpa mía. Lo que tanto tiempo he estado ocultando incluso a mi propio hermano porque sabía la debilidad de éste…

- Aún –le cortó Stefan- sigo sin entender por qué demonios no me lo contaste. Vale que nuestra relación no fuese muy buena, pero, Damon, somos hermanos. Se supone que los hermanos están para ayudarse, no para ocultarse cosas y mucho menos tan importantes como una sobrina.

- ¿Qué te crees? ¿Que no quise decírtelo, que no estuve tentado de pedirte ayuda para criar a la niña tal y como hice con madre? Pero no pude, Stefan, no pude. Anabella es mi punto débil, mi talón de Aquiles. Tengo demasiados enemigos, demasiados como para arriesgarme a decírtelo y que uno de ellos te lo sacase, ya fuese por la fuerza o voluntariamente.

- Yo jamás te traicionaría de esa manera, Damon. Por muy mal que nos hayamos llegado a llevar, jamás te haría eso.

- Veo que a pesar del tiempo transcurrido sigues teniendo poco cerebro. Ya sé que es muy difícil para ti, pero párate a pensar un poco, por favor. Si hasta un neófito puede obligarte a hacer lo que él quiera sin apenas darte cuenta. ¿Cómo quieres que le confíe la existencia de mi hija a alguien tan sumamente débil que no pueda distinguir a su propio hermano de un demonio? ¿M? ¿Tú que habrías hecho en mi lugar,eh?

- ¿Cómo pretendías que supiese que tenías un malach dentro de tí? Actuabas como siempre, ¿que me iba a imaginar yo? No soy adivino, Damon.

- Muchas gracias, hermano. Gracias por demostrar cómo me conoces.

-Chicos –les interrumpió Elena antes de que la cosa llegase a más-, dejadlo ya, por favor. Stefan, Damon tiene razón al desconfiar de esa manera. Y, Damon, tú tampoco es que hayas hecho mucho por él. Así que parad de una vez. Estoy harta de vuestras peleas.

Damon frunció el ceño, pero éste desapareció enseguida de su rostro y se acercó a la chica y, metiendo la cara en el cuello de Elena, besándola como sólo él sabía que la gustaba, mientras la contextaba:

-No te preocupes, princesa. Eso es agua pasada, amore mio.

- No me hagas la pelota, Damon.

- No es la pelota precisamente lo que te quiero hacer ahora –comentó el moreno a la que la cogía en brazos y subía con ella a la habitación entre las risas de los dos y las miradas asombradas del resto de los presentes.