Pérdida de memoria

La niña se despidió corriendo al lado del tren mitad riendo, mitad llorando; viéndolo desaparecer junto con ese muchacho de unos impresionantes ojos verdes llamado: Harry Potter.

Se detuvo al ver que el tren escarlata daba un giro hacia la derecha y desaparecía de la vista. Lentamente bajó la mano, hasta ponerla a su costado. Miró el vapor que despedía el tren y no supo por qué sentía ese vacío en el corazón.

– Ginny, querida – dijo la señora Weasley, llegando al lado de su hija – no te sientas triste, los volverás a ver en Navidad.

Ginny vió a su madre con una sonrisa.

– Tienes razón, mami – dijo –. Es solo que los voy a extrañar mucho.

– Sí, hija. Yo también, yo también.

Madre e hija se tomaron de la mano, retornando sobre sus pasos el camino que había seguido para llegar. La estación 9 ¾ aun estaba llena de familias que habían ido a despedir a sus hijos, así se formaron en una fila para salir sin que los muggles del otro lado notarán, que aparecían personas de la nada.

–Hija, ahora vamos a ir al callejón Diagon – informó la mujer pelirroja a su hija, mientras esperaban a que una pareja de esposos pasará la barrera – para comprar una nueva túnica para tu padre.

– ¿Ahora? – Preguntó, haciendo una mueca –. Esperaba llegar a casa para visitar a Luna. Últimamente, está muy sola, mamá.

– Podrás visitarla después. Ahora necesito ir al callejón Diagon, Ginny.

– Esta bien, mamá – aceptó de mala gana – pero, ¿me compraras un helado? – la señora Weasley suspiro –por fis, mami; por fis – rogó la niña dando saltitos.

– Está bien, hija – dijo avergonzada de la actitud de su hija – pero, sólo uno.

– No, no – contradijo –. Mejor tres.

– ¿Tres? No. Sólo uno.

– No, tres.

– Uno

– ¡Tres! ¡Tres!

– ¡Uno!

– ¡TRES! ¡TRES! ¡TRES! – gritó Ginny.

La señora Weasley al ver el espectáculo que estaba dando con su hija, gritó.

– ¡NO! – muchas personas voltearon al escuchar su grito –. Discúlpenla – sonrió nerviosa – es sólo una niña – se inclinó susurrándole a su hija –. Está bien, tendrás tus helados, si dejas de comportar así.

–Sí, mami – acepto feliz la niña.

Pasaron rápidamente la barrera, caminaron un par de cuadras y al final de esta se metieron en una callejuela abandonada.

– Quédate en la acera, Ginny – pidió la señora Weasley sacando su varita del bolso – vamos a viajar en el Autobús Noctámbulo.

– ¿El Autobús Noctámbulo? Odio viajar allí. Siempre termino con dolor de estómago.

– Los helados, Ginny – le recordó su madre.

"Todo lo que se tiene que hacer por unos helados – pensó. Se subió a la acera y apenas la varita de su madre había salido, apareció un autobús color rojo de dos pisos e inscrito en un parabrisas las palabras: Autobús Noctámbulo. La puerta se abrió y por allí, apareció un joven, que saltó a la acera.

– Bienvenidos al Autobús Noctambulo, – recito con voz aburrida, un joven de 15 ó 16 años – transporte de emergencia para el brujo/a abandonado/a a su suerte, alargue la varita, suba y lo llevaremos a donde quiera, me llamo Stan Shunpike, estaré a su disposición este día – miro a madre y a hija – ¿dónde las llevamos?

– Al Caldero Chorreante – respondió la señora Weasley –.Muchas gracias – agregó al ser ayudada a ella y a Ginny a subir al autobús.

El viaje en autobús fue entretenido, pero definitivamente Ginny tuvo un gran dolor de estómago y otro de cabeza.

– Llegamos – anunció Stan, estirando la mano – son 22 sickles.

La señora Weasley revisó su bolso y le pagó.

– Ves, hija – le dijo al bajar en el pub –. Te dije que sería divertido.

– Sí… sí tú lo dices – dijo Ginny intentando no vomitar.

La señora Weasley y Ginny saludaron a Tom, el dueño de pub, y recorrieron el pub hasta el final donde se encontraba una puerta, por donde se ingresaba al callejón Diagon. Los ladrillos de la pared se movieron con el toque de la varita de Molly Weasley y los ladrillos se acomodaron como una puerta para tener una vista total del callejón Diagon.

– Primero, iremos a Gringotts, luego por el traje de tu padre y finalmente por los helados.

Ginny no se quejó sabía que sólo al final comería su helado, aunque ello no se le hacía más grato.

Después de haber sacado el oro del banco de los duendes. Ambas se encaminaron por las calles de los negocios, rodeados de personas.

El callejón Diagon era el lugar donde se podía comprar cualquier cosa que un mago o una bruja deseará o necesitará comprar y en opinión de Ginny era el mejor lugar para comprar helados. Porque no había mejor lugar que la heladería de Florean Fortescue, un hombre que adoraba a los niños y veía su heladería como un regalo hacia los niños más que un negocio.

– Mami, ¿me compras los helados? – pidió la pelirroja, al ver la heladería llena de niños.

– Ahora no, hija – respondió caminando al lado contrario de la heladería –. Debemos comprar primero el traje de tu padre – Ginny puso cara de cachorrito abandonado a su madre – y no pongas esa cara. Toma mi mano, no vaya a ser que te pierdas – la señora Weasley extendió su mano y Ginny la tomó –. Muy bien, así me gusta. Vámonos a Madame Malkin.

Siguieron caminando en la misma dirección, hasta llegar a un pequeño establecimiento al final de la calle, que tenía un escaparate donde se apreciaban todas las túnicas de ocasión.

Media hora después, Ginny estaba sentada en una esquina de la tienda, viendo muerta de aburrimiento como su madre escogía una túnica.

– Y, ¿qué tal está? – le mostró una túnica igual de negra que las otras cinco que le mostrado antes – ¿Crees que a tu padre le guste?

La pregunta si es te gustara a ti, mamá.

– Sí, sí; es perfecta. Págala – rogó.

– No, señora Weasley. Esa túnica es para el verano – dijo Madame Malkin apareciendo con muchas túnicas en los brazos –. Mire éstas son más resistentes y sirven tanto para el verano como el invierno.

La señora Weasley la vió medianamente interesada.

– A ver, déjeme verlas.

Madame Malkin dejo las túnicas a un lado y entre las dos mujeres revisaron las nuevas túnicas traídas.

Ginny volvió a suspirar por centésima vez de aburrimiento. No entendía el obsesivo interés de su madre por comprar una túnica nueva a su padre. Era cierto que su padre había ascendido de puesto en su trabajo e iba a recibir mayor sueldo, pero no era para exagerar. ..

Si tan siquiera tuviera su helado, estaría menos aburrida. Deseaba uno de chocolate derritiéndose en su boca acompañada de unas galletitas… se le ocurrió una brillante idea.

– Mami – dijo con su tono de voz más dulce, acercándose a las mujeres –. Mami, ¿me darías dinero para comprar helados?

– Sí, hija… toma – respondió distraídamente, sacando unos knucks de la cartera –. No te vayas a tardar… – la señora Weasley miró las túnicas y luego proceso lo que su hija dijo –Espera, ¿qué?

– Voy a comprar helados, mamá – Ginny sonrió cerca de la puerta de la tienda – no te preocupes, regresaré pronto.

Cerró la puerta y echó a correr calle arriba. Sin saber que sería la última vez que vería a su madre en muchos años…

Ginny se relamía el helado de chocolate que había comprado, en una de las mesas de la heladería. Cuando unas fuerte explosiones y unos gritos de terror la hicieron saltar de su asiento, cayéndose la mitad del helado en el suelo.

– Genial – se quejó primero mirando su helado en el suelo y luego al cielo para quedarse paralizada del miedo.

Hombres vestidos con túnicas negras y unas mascar volaban sobre sus escobas destruyendo los establecimientos y atacando a todo aquel que se encontraba en el callejón.

Las personas asustadas corrían tratando de refugiarse y otras se desaparecían. Los más valientes trataban de hacerle la lucha a los mortífagos.

– ¡Cuidado! – Gritó alguien. Ginny alzó la vista y vió a un hombre con una máscara apuntándola en el corazón.

Ginny cerró los ojos pensando que moriría, pero, sólo escuchó un grito ahogado y que algo caía.

– ¡Niña! ¡Reacciona! – la zarandeó alguien. Cuando abrió los ojos vió al dueño de la heladería con una varita en la mano apuntando al mortífago y la otra en su hombro, viéndola preocupado – ¿Te encuentra bien?

– Sí… sí señor – respondió shockeada, miro al mortífago en el suelo – y él… él ésta…ésta – ni siquiera podía decirlo.

– ¿Muerto? Sí, lo ésta – Ginny tembló –. Lo siento, niña; en ocasiones me falta tacto para hablar de ciertas cosas – la miró –. Debes irte, escóndete allí – señaló el piso de abajo – ese es mi departamento, tengo algunos niños escondidos – unos mortífagos con escobas se acercaban – ¡Vete! –le ordenó, Ginny dudó, eran por lo menos tres mortífagos –¡Vete! Aquí, sólo estorbarás.

Ginny salió corriendo, mientras Floran Fortescue se enfrascaba en una fiera batalla de tres contra uno…

Su corazón latía aceleradamente a causa del miedo y la angustia que sentía. Tenía miedo por el señor Fortescue y angustia porque antes de haya salido corriendo, los mortífagos habían incendiado el edificio y no encontraba el maldito departamento, donde estaban los niños. Choco con varias personas que salían desesperadas del edificio.

– ¡Debemos apagar este fuego! – exclamó alguien mientras otro lo jalaba hacia la salida.

– ¡Déjalo! – Gritó el otro cuando notó que su amigo no quería irse –. No se puede apagar, es fuego maldito.

¡Fuego maldito! – Pensó, acelerándose el corazón.

Corrió y corrió hasta que vió el N° 215 escrito en una puerta. La abrió de un tirón y vió que habían cuatro niños de unos 5 ó 6 años encima de una mesa, tratando inútilmente de escapar de las llamas de fuego rojas, que rodeaban sus frágiles cuerpos apuntó de alcanzarlos…

– ¡No! – Gritó y unas llamas azules de fuego salieron de las palmas de sus manos hacia las llamas rojas, que empezaron a pelear – pero, ¿qué? – se miró las manos, sorprendida. Unos ayúdanos la trajeron a la realidad.

Las llamas azules parecían alejar a las rojas del lugar donde estaban los niños, así que valientemente la pelirroja corrió, procurando no incendiarse, hasta llegar con los niños.

– ¿Están bien? – Preguntó, sudando copiosamente; en ese momento los niños gritaron asustados cuando las llamas rojas se abalanzaron contra ellos, pero se golpearon de lleno con un gran muro azul, que habían formado las llamas azules, que accidentalmente Ginny había convocado. Estas parecían actuar acorde a los pensamientos de la pelirroja.

– ¡Corran! – Gritó señalando la salida; los niños la miraron asustados – ¡Vamos, corran! – Los cuatro niños bajaron de la mesa y corrieron asustados a la salida.

Dispuesta a irse se dio la vuelta, pero escuchó una voz asustada.

– ¡Auxilio! – pidió ayuda una niña que estaba encima de un gran ropero que empezaba a tambalearse – Ayúdame, por favor – rogó.

Ginny miró la puerta, y luego a la niña. Podía irse y salvarse, viendo de nuevo a su madre y a su familia, pero esa niña también tenía una y sufrirían mucho si la perdían.

Soltó una maldición y echo a correr hacia la niña, atravesando el fuego con velocidad.

– ¡Salta! – Dijo estirando los brazos – ¡Te atraparé!

La niña se agazapó hasta el borde del borde dispuesta a saltar, pero al ver la altura que había desde el ropero hasta el suelo, tembló negando.

– No puedo – replicó asustada – es demasiado alto.

Ginny se desesperó, muy pronto las llamas azules se extinguirían. La magia accidental no duraba para siempre. Miró a su alrededor buscando algo que la ayudará a bajar a la niña y vió unas cajas de madera en un rincón.

– Espera – dijo – voy a traer algo para bajarte. Sostente bien.

La niña asintió y se tomó del borde del ropero. Ginny cogió cuatro cajas que estaban vacías y corrió devuelta hacia la niña.

– Escúchame bien – dijo con una voz calmada y serena que había escuchado de su padre en situaciones arriesgadas – colocaré estas cajas en fila para alcanzarte y cuando llegué arriba , debes saltar hacia mí – extrañamente las llamas rojas empezaban a extinguirse debajo de ellas, algo que Ginny no notó – debes saltar.

– No puedo saltar – sollozó la niña – me caeré.

– No lo harás – dijo– no te dejaré caer – la miró segura, acomodó las cajas y subió encima –. Ahora, ¡salta!

La niña saltó y cayó en los brazos de la pelirroja.

–¿Ves? Te dije que no caerías – entonces, algo que no anticipó sucedió. El peso extra en las cajas hizo que tambalearan y Ginny cayó dándose un gran porrazo. La cabeza le daba vueltas, ella y la niña notaron que las llamas azules y rojas habían desaparecido.

– Debemos irnos – advirtió Ginny – al ver el estado endeble del departamento que había dejado el fuego.

– No puedo – dijo la niña, tomándose el pie – me torcí el tobillo.

– Lo que me faltaba – murmuró la pelirroja por lo bajo –. A ver – dijo inclinándose – te duele aquí – tocó su pierna.

– ¡Ay!

– Lo siento – se disculpó rápidamente – mejor porque no pones tu brazo en mi hombro y te ayudaré.

–Está bien.

Salieron del departamento y caminaron lentamente por los pasillos, hasta llegar al segundo piso. La niña la miraba de hito en hito, cosa que hizo enfurecer a la pelirroja.

– ¿Qué? Tengo monos en la cara.

–Disculpa – dijo la niña, avergonzada – es que me pregunto cómo lo hiciste.

– ¿Hacer el qué?

– Ya sabes… – agitó su mano libre – esa llamas azules que aparecieron en tus manos.

– Pues… – dudó, bajando las escaleras del segundo piso –…supongo que fue magia accidental.

– ¿Magia accidental? – repitió, sorprendida – acaso, ¿se puede controlar de esa forma?

– No lo sé – respondió confusa – es la primera vez que expulsó tanta magia – le contó – usualmente, i magia consistía en elevar objetos y desaparecer cosas. Es como si…– no sabía explicarse –…como si yo pudiera controlar ese poder. El fuego parecía seguir mis órdenes, como si supiera lo que necesito.

Se detuvieron delante de la puerta de la salida del edificio.

– ¡Vaya! – Exclamó la niña – tu familia debe ser muy poderosa – Ginny se sonrojo, negando – ¡Oh, pero que molesta! Debes ser de gran pura, – Ginny alzó los hombros restándole importancia al asunto – a propósito, me llamo Demelza. Demelza Robins, y ¿tú?

– Ginevra Weasley, – sonrió, Demelza le caía bien – aunque me puede llamar Ginny – agregó, tratando de abrir de abrir la puerta con su mano libre.

– ¿Ginny? Suena bien. A ver te ayudó – dijo notando los intentos de la pelirroja de abrir la puerta – ¡Demonios! Esta atorada.

– Bueno, sólo hay una manera – resopló la pelirroja – tú me tomarás de mi cintura y yo de tu hombro y con nuestras manos libres jalaremos con todas nuestras fuerzas la puerta…

– ¿Estás segura? – la interrumpió.

–… bueno de alguna forma debe de abrirse – Demelza la miró mal – si tú tienes un mejor plan¸ dilo.

– Calma, calma. Yo sólo preguntaba – dijo alzando las manos – soy inocente – Ginny la miró mal – Ey, que humor ¿A la cuenta de tres?

– A la cuenta de tres – repitió Ginny –. Bien: 1…2… ¡3!

Las dos jalaron con fuerza y la puerta se abrió, aunque mejor hubiera sido que se quedaron dentro.

Los mortífagos aun atacaban el callejón Diagon cuando abrieron la puerta; hechizos y maldiciones volaban por doquier.

– ¡Por aquí! – señalo Ginny a Demelza, un oscuro callejón de tras del edificio – allí nadie nos podrá ver.

Demelza asintió. Ambas caminaron pegadas y encogidas a la pared, evitando toda clase de hechizos y cuando parecían llegar a su objetivo, un mortífago apareció de la nada, interponiéndose en su camino.

– Pero, miren lo que tenemos aquí – dijo el mortífago acercándosele y sacándose la máscara y una sonrisa maléfica apareció en su rostro – si son un par de niñas inocentes – las miró lascivamente – y solas. Tal vez, me divierta un rato con ustedes.

Ginny sintió como Demelza temblaba de miedo, incluso ella misma lo hacía. Él era un mortífago y ellas un par de niñas.

– Aléjese – dijo con una valentía que no sentía – o gritaremos.

El mortífago lanzó una carcajada.

– Y, ¿quién crees que te va escuchar en este alboroto, niña tonta? – se burló – puedo matar y nadie te vendría a rescatarte – miró a Ginny como una mirada lujuriosa – aunque sería un desperdicio – –sacó su varita, Ginny retrocedió asustada – ¡Expulso! – el hechizo le cayó de lleno a Ginny, haciendo que el impacto la separará de Demelza y cayendo en los escombros de un edificio destruido.

El mortífago dándola por desmayada la dejó y se fue en busca de Demelza.

– ¡Ay! – se quejó Ginny, doliéndole todos los huesos del cuerpo y haciendo un esfuerzo supremo se sentó, tocándose la cabeza.

– ¡Socorroooooo! ¡Ayudenmeeeee! – se escuchó a lo lejos.

Demelza – pensó aterrada.

Muchas veces el miedo y el terror se juntan para formar la valentía. Tomó una roca entre sus manos y protestando todos sus músculos, se levantó.

No voy a dejarte sola, Demelza.

Caminó lentamente y vió al mortífago guardando su varita y dispuesto a acercarse a Demelza y…

¡Crac!

Lo golpeó a un lado de la cabeza con la piedra.

– ¡Maldita! – Gritó el hombre al notar que su cabeza sangraba; dejó a Demelza, que estaba inconsciente y se levantó – ¡Me las vas a pagar mocosa! – se lanzó contra los pies de Ginny, haciéndola caer.

– ¡Déjeme! ¡Déjeme! – Pateaba Ginny intentando escapar.

Pero, el hombre era más fuerte y más hábil que Ginny y en un rápido movimiento la tomó de las piernas y las detuvo presionándolas con su peso. Ginny gritó de dolor, pero eso parecía motivar más al mortífago, porque con una mano la volteó y volvió a poner su peso en sus rodillas y con la otra, junto las manos de la pelirroja y las puso arriba de su cabeza.

– Ahora vas a saber lo que es bueno – Ginny forcejeo tratando de quitarse al hombre de encima –. Eres una estúpida. Por tratar de querer de salvar a tu amiga, lo vas a pagar tú – el hombre intentó besar a Ginny, pero un grito diciendo: Aurores, lo desconcentró y alzó la cabeza.

Ginny aprovechándose de su distracción, zafó su pierna derecha de su agarre y le pateó en la entrepierna.

– ¡Maldita! – se torció de dolor el mortífago, Ginny se escurrió de su cuerpo cuando el hombre sacó de nuevo la varita y la apuntó: – ¡Reducto!

Aunque, el hombre apuntó erradamente, el hechizo la hizo volar sin que pudiera evitarlo Ginny. Cayó en un lugar lleno de piedras que le rasparon el cuerpo, pero la peor parte fue el golpe sordo que se dió su nuca contra una gran roca, haciéndola sangrar copiosamente.

Antes, que el hombre intentará huir del lugar, un rayo verde que provino desde un techo cercano lo golpeó en el pecho, el hombre cayó fulminado ante la maldición asesina.

Bellatrix Lestrange se encontraba en el techo de un establecimiento, viendo la pelea y cuando vió que la niña cayó al suelo desangrando, sacó la varita y mató al hombre sin misericordia. Se había cavado el espectáculo.

Cogió su escoba y aterrizó al lado del hombre.

– Eres un estúpido, Rodolphus– dijo, guardando la varita – aprovecharte de una niña, ¡por Merlín! Aunque gracias a eso ahora estás muerto – miró a la niña tirada en el suelo y sonrió –. Al fin encuentro a la persona que necesitaba – tomó su escoba y se acercó a Ginny – y eres joven – agregó, malignamente – sí, eres la indicada para mis planes –algo brilló en el cuello de Ginny y Bellatrix se inclinó a observarlo.

Era un cadenita de oro con un dije de un corazón y dentro decía: Ginny.

Así que te llamas Ginny, ¿no?

En ese momento, notó también que la nuca de Ginny sangraba. Sacó la varita y cogiendo su cabeza apuntó a la herida y dijo: – ¡Episkeyo! – la sangre se detuvo en ese instante.

El sonido del hechizo, pareció alertar a los Aurores, porque escuchó pasos apresurados a lo lejos. Así tomando su escoba y a Ginny, desapareció.

Notas del autor:

Una nueva historia que ideé cuando no pude dormir. No se preocupen no dejare de lado El deseo…

Me gustaría que me sigan.

Muy pronto publicaré más capítulos de El deseo…

Primera vez que hago esto: ¿Reviews?