Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, es de Yana Toboso. Soul Eater no me pertenece, es de Atsushi Okubo.


Sirvienta

Capítulo 1 En busca de un nuevo ejemplar.

— ¡Sebastián! —gritó un muchacho exasperado

— Si, mi señor ¿En qué le puedo servir? —su mayordomo Sebastián atendió al llamado.

— Necesito a otro sirviente —dijo.

— ¿No le basta con nosotros?

El muchacho chasqueó la lengua molesto. Le irritaba que cuestionaran sus órdenes. Él quería un nuevo sirviente y no le importaba lo que opinaran los demás. Si tenía que matar a alguien para conseguir lo que deseaba no le importaba; él sólo chasquearía los dedos y aquella persona ya estaría muerta.

— ¿Cuestiona mis ordenes Sebastián? —preguntó, ignorando los gestos de su mayordomo.

— No.

— Entonces. ¿Qué espera? Vaya y ponga un anuncio que mencione lo que busco.

— ¿Y qué busca?

— Un sirviente, ya se lo dije.

Sebastián sonrió. Él sabía lo que realmente su amo quería. Era un mayordomo extraordinario; que hasta el futuro podía predecir.

Salió del salón dejando a Ciel con un pastelito de zarzamoras.

— ¡Sebastián! —gritó la única mujer en la mansión.

— Maylene ¿Necesita algo?

— No, no, no —negó rápidamente mientras se sonrojaba—. Es sólo que escuché la conversación que tuvo con el señor Phantomhive. Y…

— ¿Le preocupa que la despida? —le preguntó.

La pelirroja retrocedió un paso. Lo que acababa de decirle el mayordomo la sorprendió de sobremanera. Había preguntado lo que ella estaba a punto de decir, era como si el pelinegro leyera sus pensamientos.

— S-sí —tartamudeó.

— No se preocupe. El capricho que tiene Ciel no perjudicara a nadie.

Se retiró del lugar dejando a Maylene pensando. Cruzó el pasillo hasta quedar enfrente de la biblioteca, entró sin tocar la puerta. Y lo primero que buscó con la mirada fue una vieja máquina de escribir. Ahí estaba como lo esperaba, empolvada y sin usar en mucho tiempo. Suspiró y sacó de su bolsillo un pañuelo blanco, se acercó a la vieja máquina de escribir y comenzó a limpiar las teclas con sumo cuidado como si se fueran a deshacer en cualquier momento, justo como lo hacen los terrones de azúcar.

Al terminar de hacer aquel laborioso trabajo se dedicó a redactar el anuncio que su amo quería.

Escribió:

Necesitamos aumentar el número de nuestros empleados. Si está interesado, favor de comunicarse con nosotros.

De ante mano, gracias.

Atte: Mansión Phantomhive.

Releyó aquel escrito, buscando alguna falta de ortografía. Cuando se aseguro de que no había algún error, decidió partir.

Comenzó a recorrer las transitadas calles; repletas de un montón de gente haciendo compras, platicando, comiendo e inclusive leyendo. Llegó a la más transcurrida calle de Londres, Inglaterra. Era un buen lugar para pegar un anuncio. Mucha gente pasaba por ahí y era inevitable leer los carteles pegados en la pared de las tiendas.

Sacó la hoja de papel y la pegó a lado de otro anuncio que decía:

Las frutas más baratas y fresca de Londres se encuentran justo allí a dos cuadras de donde esta. « ¿Debería comprar la fruta allí? —se preguntó». Se encogió de hombros dispuesto a regresar a la mansión.

~ . ~ . ~ .

Leyó el escrito por segunda vez. No lo podía creer. El simple hecho de que fuera real y no una broma le asustaba. No estaba segura de que fuera real, pero lo más probable era que si. Ya hacía mucho tiempo en que los Phantomhive no contrataban personas. Ya era hora de que lo hicieran.

Se pasó las manos por su cabello rosa al mismo tiempo que una gran sonrisa aparecía en sus labios. Definitivamente hoy era su día.

Sí, hoy es tu día.