El mago y yo

El grupo se organizó nuevamente, con una discreción unánime; no es que les embargase una inusitada templanza, más bien todo lo contrario: se aprestaban y callaban por la increíble tensión vivida en el puente. La misma excusa sirvióles para emprender el camino junto a los demás, más o menos en el lugar donde acostumbraban, sumidos en el más hermético mutismo. No había camino por el momento, ya que los setos se habían evaporado; sólo el ingreso a un nuevo entramado de pasillos de piedra en la lejanía, y había que llegar para poder indagar.

Gennah, aterrada por lo ocurrido, sintióse atormentada por una espantosa sensación de culpa; se mantuvo cabizbaja y tan alejada de Sarah y de Jareth como le fue posible. Esperaba con certeza que le abandonasen de un momento a otro, aunque ninguno de sus compañeros pensaba en ello, en realidad. A Dash y a Toby les caía muy bien; la hallaban simpática y muy dulce. Hoggle ni hablar, sentía por ella cosas un poco más comprometidas. Y Jareth comenzaba a creer que el medroso elfo era un firme candidato a convertirse en un dolor de muelas.

Sarah por su parte, estaba tan absorta en lo que le acababa de ocurrir con el mago que no lograba concentrarse en otra cosa. Conservaba aún la emoción de lo que había escuchado de sus labios y en su interior aleteaban mariposas. Deslizó de cuando en cuando una mirada curiosa, pero Jareth volteaba, evadiéndola, huyendo cada vez que lo intentaba; y tampoco articuló palabra durante el resto del viaje, preocupado. Sintió que había develado demasiado esa tarde, de manera imprudente.

Ella se perdió en las profundidades de sus pensamientos; Jareth era un delicioso enigma, deseoso de contacto pero a la vez arisco. Como si la idea de involucrarse realmente con alguien le aterrara. Hambriento de afecto, pero con pánico al desengaño. Como una persona que ha sufrido demasiado en el pasado, una persona malherida por no involucrarse de modo parcial. Por entregarse de manera completa y sin medida. Imbuido en un inexorable estado ávido y deseoso de amor, tal y como sólo los hambrientos de pan pueden manifestar su necesidad; pero del amor puro y genuino, como el que sólo ella era capaz de ofrecerle. Y es que la cúspide del cielo estuvo al alcance de sus dedos, el día que tocó su ventana y el húmedo cristal se abrió… y la conoció. A partir de aquella noche borrascosa, donde en halos de tormenta se hubo inmiscuido por su ventana, habíase sabido condenado: prendado y subyugado por una joven hermosa, inquieta y animosa que le calaba el alma con sus ojos claros.

Sarah se llevó una mano vagamente al pecho; su espíritu se estremeció, y percibió la intensidad de su palpitar. Y su ansiedad se acrecentó: dentro del pecho del mago latía un corazón mucho más digno de lo que ella imaginaba. Jareth se tornaba más y más atractivo a medida que se conocían en profundidad.

El sonido de sus pisadas en el suelo pedregoso se detuvo cuando arribaron a las puertas de una nueva maraña de pasillos y corredores, vueltas y callejones sin salida. Lo dudaron muy poco, en realidad; se escabulleron por uno de los senderos casi de inmediato y sin consultarse. El día declinaba lentamente, una brisa gélida se desplazó por entre ellos y la fatiga comenzó a pesarles; había sido un día muy largo. A medida que Sarah y Hoggle debatían sobre el punto más recomendable para pasar la noche, Jareth regresó a su introspección para determinar por qué no había conseguido utilizar sus facultades cuando más las necesitaba. Mientras caminaban, intentó un par de artificios sencillos, con un cristal en su mano, y todo pareció resultar de manera adecuada. Entonces, ¿qué había ocurrido esa tarde? Toby se le acercó de inmediato, ajeno a sus aprensiones, en un par de saltos encontróse a su lado observándole manipular la esfera, con sumo interés.

Gennah observó a Hoggle intercambiar sugerencias con Sarah y se colmó de congoja; si tan sólo pudiese hacerles saber lo inofensiva que era, lo falta de amparo que se hallaba. Realmente deseaba su compañía, aunque parecía más bien destinada al fracaso continuo, a echarlo todo a perder. Suspiró afligida y meditó unos instantes; finalmente decidió abandonarlos esa misma noche, antes de causarles más problemas. Se fugaría en cuanto todos durmieran, para que no le siguieran.

- Aquí, miren – señaló Sarah. Abrióse ante ellos una especie de pequeña plazoleta, revestida de losas ambarinas, con una antigua fuente en medio, derruida y desmantelada de donde ya no brotaba ni una sola gota de agua, al parecer, desde hacía siglos. Parecía un lugar seguro para descansar; era despejado pero a la vez hallábase encerrado en un círculo de muros acogedores que mantenían las frías corrientes a raya.

- Olvidamos la leña – suspiró Dash - ¿Cómo haremos fuego para calentarnos esta noche?

El mago encontró, ante aquél cuestionamiento, su oportunidad para examinarse a sí mismo; se encaminó, pues, hacia unas columnas de piedra que yacían en el suelo, derribadas y desbaratadas en un sinfín de partes, mientras Toby, como un fiel discípulo, le seguía de cerca, y Sarah le espiaba a rabillo de ojo. Jareth tocó una con su mano y ésta volvióse leño. ¡Bien! Todo parecía haberse solucionado por sí solo; con sólo haberlo mandado, su potestad sobrenatural sometióse de inmediato, llevando a cabo sus deseos. Un poco más tranquilo acerca de su condición física, el mago se volvió hacia Hoggle.

- Usa esto – le dijo, de manera escueta. Dash festejó ruidosamente; realmente estaba congelándose.

Sarah frunció el ceño, inquisitiva; también había percibido que sus poderes habían regresado y ahora se preguntaba qué habría ocurrido aquella tarde; por qué, repentinamente, le hubieron abandonado. Tendría que preguntárselo. Hoggle se dispuso a preparar la fogata con ayuda de Dash, la noche se precipitaba sobre el laberinto vertiginosamente y las sombras tornáronse tétricas y funestas, como una jauría al acecho, cerrando el círculo para comérselos. Gennah se refugió con ellos, mientras Toby seguía a Jareth a todas partes bajo la atenta mirada de Sarah; no había rincón que merodeara, o pose que adoptara, que el niño no compartiera o imitara. El mago dejóse caer en un rincón alejado, como siempre, a solas con su propia alma; no necesitaba la fogata, el traje de lechuza era mucho más abrigado. Y como no toleraba la cercanía de sus congéneres, optaba siempre por las distancias. Pero esta vez no estaba solo. El pequeño Toby estaba tan resuelto a andar pegado a sus talones como él de mantenerse lejos. Y en cuanto Jareth desplomóse a descansar de espaldas al muro, el niño sentóse, animoso, junto a él. El mago no dijo nada, ni le miró siquiera; se hallaba cansado y malhumorado, y sinceramente no sentía deseos de entretenerle.

- ¡Hola! – saludó Toby alegremente. Jareth levantó las cejas con fastidio, sabía que tarde o temprano el pequeño hablaría.

- Hola… - rumió de mala gana.

- Oye – continuó el pequeño – Gracias por salvarme dos veces esta tarde…

- Descuida… - murmuró el mago en un suspiro. Reunió las palmas de sus manos e hizo nacer un cristal rutilante; perder el tiempo de esa forma le sosegaba, y le dejaba tranquilo. El niño admiró aquello embelesado, por primera vez era espectador de primera mano, a tan corta distancia. Sus ojitos pendularon, casi hipnotizados, atrapados en el seno del cristal, que iba y venía, viraba y danzaba sin caerse.

- ¡Guau! – Exclamó el niño - ¿Crees que puedes enseñarme?

- ¿Enseñarte qué? – masculló el mago de mal humor.

- Cómo lo haces…

- Ah – Jareth captó la idea pero la aborreció de inmediato - No, no…

- ¡Por favor! ¡Aprendo rápido!

- No me digas… - espetó el mago mordazmente, pero Toby se hallaba sumamente resuelto:

- ¡Sí! ¡En verdad! ¡Por favor! ¡Te prometo que tendré cuidado, no romperé ninguna!

- Estoy… muy cansado.

- ¡Oh, por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!

Jareth entornó una mirada impregnada en hastío y luego la arrojó a los cielos, suspiro mediante. ¿Cuánto más tendría que soportar aquél día? Un elfo fóbico, una joven repentinamente celosa (o con algún extraño complejo posesivo) y un niño inoportunamente curioso… ¿faltaba algo más? Pero Toby era tenaz, mucho más de lo que el mago temía: dibujó una sonrisa sagaz en sus labios y se le encaramó al hombro para susurrarle al oído.

- Si me enseñas… – le dijo - …te contaré lo que mi hermana opina de ti…

Jareth frunció el entrecejo y ladeó la cabeza. ¿Ese pequeño bribón le estaba proponiendo un trato…? ¡Habráse visto! Sin embargo no fue capaz de evitar admirar ese ingenio a tan corta edad.

- ¿Y por qué crees que me interesa? – le puso maliciosamente a prueba. Toby se acercó más para evitar ser pillado por su hermana.

- Lleva un diario íntimo… Y adivina de quién habla todo el tiempo…

De repente su mirada detuvo el parpadeo; Jareth hallóse sin habla; no sólo por el atrevimiento, sino por la astucia que enarbolaba el pequeño diablo. Y le causó mucha gracia, la verdad. Tal parecía que aquella aventura era un racimo de tratos y acuerdos: no acababa de salir de uno y le sugerían ya otro. El pequeño, permeable a las mínimas muestras de atención, palpitó aquel instante como todo un triunfo, saboreando la proximidad de un sí; el mago le observaba desconcertado pero, había un leve dejo de satisfacción en su mirada imposible de pasar por alto. No cabían dudas, había llamado su atención; y como para reclamar terreno conquistado, y asegurar que no se diluyera el efecto, el niño creyó perspicaz subrayar la oferta.

- Tú me enseñas, y yo te cuento… - canturreó, como quien menea pan ante los hambrientos. Jareth sonrió con suspicacia y negó con la cabeza; qué barbaridad, este chico era una caja de sorpresas. Y su propuesta realmente era tentadora, para qué fingir que no.

- Está bien… - masculló el mago finalmente – ¡Hecho!

- ¡Hecho! – exclamó Toby, radiante. Soltó una risita triunfal y ambos estrecharon las manos como hombres de negocios.

La noche se tendió velozmente sobre ellos trayendo consigo un manto gélido, pero afortunadamente la fogata ya estaba lista. Todos – excepto Toby y el mago - se arremolinaron en torno al fuego y Gennah vació su saco, solícita, repartiendo mantas. Hoggle y Dash las recibieron felices. Cuando llegó el turno de Sarah, Gennah no pudo siquiera levantar la mirada, avergonzada de sí misma. Con la cabeza gacha extendió sus manos para que Sarah tomase una frazada, y ésta última se colmó de remordimientos. Tal vez… tal vez si hablaban las cosas podrían arreglarse. Al fin y al cabo, podría estar equivocada y Gennah podría no estar interesada en Jareth… tal vez sólo se trataba de un elfo acomplejado y torpe y no de una come-hombres como ella imaginaba. Además, se mostraba atenta para con todos por igual, tal vez era realmente su forma de ser. Sí, eso haría. Buscaría el momento propicio y le hablaría.

El instinto primario de los allí presentes fue apretujarse en sus mantas y cerrar la boca; y a medida que el silencio y el sueño se afianzaba entre ellos, un suave murmurar alcanzó los oídos de Sarah. Extrañada, siguió el rastro sonoro volviendo la mirada; eran Jareth y Toby quienes conversaban. ¿Conversaban? ¿En verdad? En efecto, y Sarah casi no pudo creerlo. Frunció el ceño y giró sobre si misma en el suelo para no perder detalle de aquel extraño diálogo. ¿De qué estarían hablando? Toby se veía muy interesado. Jareth sostenía un cristal en la punta de su dedo índice; lo hizo deslizarse por sobre su mano, yendo y tornando, hasta que finalmente escapó de sus manos en dirección a las del niño. Éste la atrapó, temblando de emoción.

- ¡Guauu…! – Exclamó, fascinado - ¡Pesa mucho!

- Por eso te he dicho que tengas cuidado – musitó el mago.

- ¿Y qué sucede si cae al suelo? ¿Estalla? – quiso saber Toby, examinando con cuidado la esfera entre sus dedos.

- Depende… - respondió Jareth con serenidad.

- ¿De qué?

- De lo que quieras hacer – Explicó el mago; de inmediato abrió la palma de su mano y el cristal alejóse de Toby para regresar con su amo. Una vez en su poder, Jareth lo hizo danzar de un lado a otro, con suma habilidad, hasta que se detuvo por completo en medio de su palma, y tornó su color a un dorado rojizo intenso hasta convertirse en una ardiente llama de fuego. Toby se reclinó hacia atrás, sorprendido y admirado. El mago cerró su puño y extinguiéronse las ascuas; lo abrió por segunda vez y he aquí un nuevo cristal. Lo arrojó sobre las piedras del camino, explotando en mil pedazos, y de su interior desprendióse una bruma nívea que, fundiéndose con el aire, esbozó la silueta de una lechuza antes de desvanecerse. Sarah lo había visto todo, deslumbrada; mas no se movió de su sitio, para que todo aquello continuara. Lo que más le impresionaba era que aquélla conversación entre los dos efectivamente se realizaba. ¿Sería posible? ¿Jareth sociable, y nada menos que con el inquieto Toby?

- ¡Guauu! ¡Es genial…! – Exclamó el niño, exultante - ¿Cómo haces eso?

- Lo primero que tienes que hacer es dominarlo – respondió el mago con naturalidad. De sus dedos nació otro cristal que danzó al igual que sus predecesores; dio un par de giros en sus manos hasta que finalmente su amo le dejó fluir hacia las de Toby, para que probase suerte. El niño hallóse emocionado, como si sostuviese un tesoro; Sarah contuvo el aliento, interesada y absorta. Uno, dos, tres, los intentos fueron numerosos y fallidos; pero el niño no se daba por vencido. Jareth esbozó una sonrisa casi imperceptible y se llevó una mano a la barbilla, meditabundo; el muchachito era tenaz y observador, buenas cualidades en un alumno. Finalmente, agotado por el peso del cristal, Toby detuvo la práctica.

- Pues… no es fácil – comentó con madurez.

- No, no lo es – respondió el mago con sabiduría – Por eso es especial.

Toby clavó los ojos en su maestro, concentrado y ceñudo como si el mago estuviese a punto de revelarle el secreto del universo. Jareth se acomodó en su sitio, orgulloso, levantando el mentón como si se tratase de un sabio impartiendo sus conocimientos. Tomó una de las manos de Toby y la colocó en la posición correcta para evitar que el cristal se le escabullera tan pronto como se lo diera. En el hueco de su palma colocó la esfera y Toby comenzó a sentirla y a girarla con los dedos, deslumbrado por su brillantez. Sarah observaba, atónita. Aquella escena le resultó desconcertante y tierna a la vez.

- Siente su peso… - indicó Jareth.

- De acuerdo – respondió Toby, obediente y abstemio.

- Acostúmbrate a él…

- De acuerdo - Toby hizo brincar el cristal levemente para volverlo a tomar como se hace con una pelota de tenis.

- Porque cuando lo uses tendrás que hacerlo rápido.

- De acuerdo.

- El equilibrio debe estar presente desde el principio.

- De acuerdo.

- ¿¡Tienes otra frase además de ésa?

- Ehm… - Toby dudó unos segundos – Sí: "entiendo perfectamente tus instrucciones."

- Oh, bien.

Toby oyó las últimas protestas del mago y un débil crujido le constriñó la barriga; se empequeñeció, acurrucándose sobre sus rodillas cansinas, y diluyó su entenebrecido mirar dentro del cristal. Esos minutos, esos instantes…le habían sabido a compañía, a conocimientos, a la sombra de un adulto que se proyecta sobre un niño para señalarle algún camino. Pero ¿cómo hacérselo saber y agradecérselo? Era interesante, pero muy huraño su maestro, y si a duras penas había logrado llegar a este punto, no le era conveniente arruinar todo con sentimentalismo. Frustrado, entristecido, incapaz de manejar esos asuntos, su semblante mudóse a una expresión deprimida que fue interceptada de inmediato por su adusto instructor. Y ante su arisca mirada, sin dominar siquiera sus propias palabras, Toby abrió la boca y suspiró:

- Me gustaría…ojalá…ojalá fueses mi papá.

La más fría escarcha que entumeciera los rincones oscuros del laberinto resultaba irrisoria en comparación al escalofrío que le recorrió la espina. Con sus ojos expandidos de sorpresa y una mueca de espanto en el rostro, hallóse el mago súbitamente paralizado, ¿qué había dicho? Ah, aquello era perfecto; ahora se hallaba en un nuevo aprieto; de rotundo desconocido a compañero, de compañero a maestro y de maestro finalmente a consejero…porque no le sería posible permanecer en silencio, algo debía responder. ¿Qué decirle, pues? Demonios, y debía sucederle exactamente a él y no a otro; ¿por qué?

- No es justo que hables así de tu padre – fue lo único que logró improvisar. Pero el chiquillo se hallaba sediento de descargo:

- ¿Por qué no? No es justo lo que él hace conmigo.

Jareth revoloteó la mirada a través de la noche, sondeando en su vasto repertorio mental alguna respuesta que sonase satisfactoria al menos para esa hora, y como le fuese imposible dar con alguna, apostó todas sus fichas al sentido común.

- ¿Y qué te ha hecho?

- ¡Nada! – Chilló el pequeño, indignado - ¡Nunca hace nada! ¡Yo no existo para él! ¿Entiendes? Trabaja demasiado, porque mi madre no desea hacerlo, se cree de mucha categoría. Y no pasa nunca tiempo conmigo, siempre está pendiente de la oficina. No estoy, no existo.

- Exageras… – espetó Jareth incrédulo.

- ¡Claro que no! ¿Por qué lo piensas?

- Bueno,… es inalcanzable ignorarte del todo, molestas demasiado.

A Toby se le escapó una sonrisa, aliciente suficiente como para que Jareth se distendiese un poco; pero al cabo de unos segundos el pequeño irrumpió de nuevo.

- Pero, pero,…él no hace lo que tú. Yo te fastidio y aún así me explicas. Él vive corriendo. Aunque lo único que fueses a decirme es "¡largo de aquí!", al menos me miras. Él no tiene tiempo. ¡Lo odio! ¡Lo odio! ¡Lo detesto!

Un abatimiento intenso le comprimió por dentro; seguro que el niño dramatizaba, pero aún así su parlamento no dejaba de afligirle, de alguna manera extraña. ¿Por qué palpaba su dolor como temática conocida? ¿Por qué se emparentaba con su angustia, si al fin y al cabo no le incumbía? Resopló incómodo la helada brisa, y Toby le percibió muy tenso; Jareth se debatía por dentro con algunos asuntos, con algunos recuerdos. Él no deseaba recordar, ni extraer sabiduría de su historia personal; era el espectro vivo de la madurez y traía consigo ciertas nostalgias. Pero el pequeño le observaba atento, como quien anhela una señal en la senda, y el mago se impregnó en su edad y acompasó su temperamento durante algunos momentos. Echó un vistazo hacia la lumbre; ni uno de sus cofrades pareció estarles viendo. Tornóse entonces hacia el niño y separó sus manos sobre el suelo. Un destello luminoso, como un halo de fuego, permitióle al pequeño dilucidar ante sí como tres ollas de bruja con agua hirviendo; y le arrojó su vista confundido, e incluso un poco apático, pues de buenas a primeras era como si el tiempo se hallasen perdiendo. Pero el mago continuó su labor con aspecto solemne, y encaramó su vista a Toby, aprestando sus manos sobre los recipientes:

- Mira esto.

El pequeño cruzó sus brazos sobre las rodillas y aguzó el ingenio, algo iba a acontecer, no cabían dudas de eso; y mientras el vapor de agua se arremolinaba en torno a ellos, Jareth introdujo algo en cada uno de los calderos. En el primero, zanahorias, en el segundo, un huevo; Toby se rascó el morro; granos de café en el tercero. Hirvieron pues, los tres elementos, y en el instante siguiente, el mago tronó los dedos.

- Ya están listos – Arguyó, desapareciendo los calderos. El niño observó sobre el suelo tres pequeños platos servidos – Ahora pruébalos.

Toby titubeó un poco al comienzo, mas se desdobló sobre las zanahorias esgrimiendo su dedo.

- Están tiernas – indicó.

- ¿Y el huevo?

- Está muy duro.

- ¿Y el café?

- ¡Mmmh! ¡huele muy rico!

- Bien; ¿quién eres tú?

- No entiendo.

Jareth reclinóse sobre el muro de piedra, mientras la brisa nocturna ondeaba las orlas de su manto.

- Los tres ingredientes pasaron por el mismo problema – indicó entonces – Y vaya que quema, ¿cierto? Sin embargo se comportaron de maneras diferentes, ¿lo has notado? La zanahoria llegó muy valiente, muy dura; pero después del baño hirviente quedó fácil de deshacer. El huevo llegó tímido, tiritando en líquido; y después del evento se endureció y quedó petrífico. Y el café,… bueno, fue un caso único: después de haber nadado en el agua hirviendo, acabó por modificarla, volviéndola toda una rica infusión.

En una aureola de bruma, los elementos se desvanecieron, y en la auténtica penumbra, hallóse un niño atento.

- ¿Quién eres? – Repitió el maestro - ¿La zanahoria? ¿Los contratiempos de tu padre te desmoronan? ¿El huevo? ¿Lo único que logras es morderte de resentido? Déjame decirte que ninguna de estas cosas te servirá en lo absoluto. Ahora, si fueses café, y transformases de buena gana tu entorno, podrías cambiarlo todo.

- Cambiarlo todo… - balbuceó Toby fascinado – cambiarlo todo…

- Sip. Cambiarlo.

- Y el café ése estaba bueno – sonrió el pequeño.

- Tal vez porque no era tan amargo – señaló Jareth, suspicaz – Tal vez porque encontró la forma de…

- De pasar más tiempo con mi papá.

El mago enmudeció, contemplándole; por primera vez sentía que había impartido conocimiento, conocimiento genuino. Y esa satisfacción,… ¿de dónde provenía? Era como descubrirse jugando a ser padre.

- ¿Toby? – Sarah se había sentado en su sitio y le llamaba amablemente. La hora se había esfumado y era momento de que el niño durmiera. Estaba maravillada con lo que había visto y oído, pero también debía ser responsable; fingióse pues ajena a sus conversaciones, para no arrancar de raíz aquellos fascinantes brotes, y envolvióse en la manta del niño para expresarle que debía descansar. Toby dirigió una mirada resignada hacia su hermana; supo que el tiempo de irse había llegado y era inútil discutirle.

- Tengo que irme – le susurró a Jareth – Seguiremos mañana, ¿cierto?

- Ya veremos… - musitó el mago con mesura. Toby bajó la vista, frustrado, y extendió la mano con el cristal para devolvérselo.

- Consérvalo – indicó Jareth – Así podrás practicar.

- ¡¿De verdad? - El rostro de Toby se iluminó de repente - ¡Guau…! ¡Gracias…!

Jareth hizo una mueca con los labios y esbozó una sonrisa. El niño dio un brinco, dichoso, y se dispuso a regresar con su hermana cuando una idea le detuvo en seco.

- Oye… - susurró, volviéndose - ¿Puedo decirte tío?

- No. – Respondió el mago, alarmado – Prefiero que me llames Jareth.

- ¡Bien! – Sonrió el niño – Te diré tío Jareth.

- Definitivamente no. – Respondió Jareth, renuente – Sólo Jareth.

- ¡Muy bien! – exclamó Toby, risueño. Y dando brincos por el camino se alejó gozoso hacia su hermana - ¡Hasta mañana, Jareth!

El mago hizo una mueca de desacierto y levantó las cejas, reclinándose nuevamente sobre el muro. Intentó distraerse con otro cristal, pero esta vez la magia le había abandonado, de nuevo. Dio un respingo, preocupado, e intentó reaparecerlo; pero sin resultados. ¡Otra vez! Otra vez y por alguna extraña razón su poder se había ausentado. No lo advirtió en ese momento, pero la brisa se había detenido. Ofuscado, hizo un par de intentos más hasta que súbitamente, el viento nocturno recorrió el lugar y él recuperó su vigor perdido. Ver surgir el cristal de su mano y suspirar de alivio de una sola cosa para él. Aún no había descubierto la conexión entre esas ausencias repentinas y la brisa circundante, pero se hallaba muy intranquilo por ello.