Como el cristal

El murmullo era incesante, casi ensordecedor; miles y miles de voces se fundían unas con otras, confundiéndose, interpolándose; heterogéneas y diversas, de todos los tonos y todas las cadencias. Unas se afligían y rogaban atención; otras desvariaban clamando adulaciones y halagos. Algunas balbuceaban ininteligiblemente y otras simplemente emitían suspiros exánimes de abatimiento y dolor. Empero un denominador común se hallaba entre todas ellas; algo que las unificaba y las englobaba: eran sólo voces femeninas.

Dentro del castillo, otrora propiedad de Jareth, la sala del trono se encontraba invadida por jóvenes doncellas de todas las razas y todas las especies; algunas en etapa transitoria, pues su deplorable estado las volvía perfectas para el siguiente encierro (un canal oscuro y ya seco cientos de metros bajo tierra, apodado "el Pozo de la Depresión") y otras, más vigorosas y saludables, destinadas a permanecer cerca, para embeberse y contaminarse con el embrujo que manaba de la presencia del nuevo rey, hasta que se hallasen listas, como sus predecesoras. En un frenesí constante, estas cautivas desconsoladas suplicaban una y otra vez al hechicero que les encadenaba que les obsequiara un segundo de su tiempo. Algunas lo imploraban de rodillas, otras entre sollozos. A Wallas, el usurpador, no parecía perturbarle en nada semejante despliegue y enajenación, al contrario, cuanto más locura, mejor. Contemplaba con deleite sus esfuerzos cotidianos para zafarse de los grilletes y correr a su encuentro, y les azuzaba de cuando en cuando, con algún gesto, con alguna sonrisa. Era como si con ello les robase la vida, pues no cejaba en su placer perverso hasta que se hallaban rendidas de extenuación y congoja.

Sentado en el trono, perfectamente erguido, con la mirada insensible perdida en la nada y una copa de vino, el siniestro hechicero prestaba oídos a lo que carraspeaba sobre el dintel de la puerta un cuervo.

- ¡Inservible! ¿¡Esa es tu mejor explicación! – un golpe seco y un quejido en la madera de la puerta alejaron al ave en busca de reparo; su amo, el usurpador, le había lanzado un hacha brillante con llana intención de mutilarlo – A veces no sé por qué te preservo la vida.

- Porque estar a solas contigo mismo ha de ser una tortura – graznó el ave desde la araña de hierro donde ardían las velas.

- No peor que la de tolerarte… - bufó el soberbio guerrero, y se abandonó sobre su trono a pensar.

De cabellos muy cortos y negros y ojos más negros aún, impresionaba con solo mirarle, aunque a él le importase más impresionarse a sí mismo. De porte belicoso y batallador, su espalda era tan amplia y sus piernas tan fornidas que los gnomos creían estar en presencia de un gigante. Era dos veces más amplio que Jareth y le superaba también en estatura, y no era famoso por sus buenas intenciones o un carácter probo. Ciertamente se hallaba muy lejos de esas virtudes, si bien sus pobres enamoradas lo ignorasen. No le bastaba más que su fuerza bruta para dominar a las bestias que utilizaba como cabalgadura, éstas parecían temerle instintivamente, y si bien el mago intimidaba a sus súbditos con su presencia, Wallas los espantaba a huir desenfrenadamente. Tenía por costumbre coleccionar doncellas, de todo tipo y linaje, vaciando los reinos que conquistaba de ejemplares de esa clase; ¿el motivo? Insospechable, se trataba del secreto mejor guardado.

Llevaba una vida bastante cómoda – nadie se atrevía a hacerle frente – y colmaba sus días de riqueza, alabanzas y ruegos y mucha atención ante el espejo.

- La culpa es tuya – chilló el cuervo - ¿Por qué la dejaste libre?

- ¡Aggh! ¡Porque hedía! – El hechicero abandonó la copa a su suerte arrojándola sin rumbo preciso, y fue atrapada por algunas jóvenes como si se tratase de una partícula de su dueño. Ante sus narices, un manjar exquisito; los siervos de la cocina habían extendido un cerdo cocido para su disfrute. Wallas le echó un ojo; el cuervo abrió de nuevo el pico:

- Los humanos no hieden. Bueno, no todos…

Wallas desfiguró su rostro en un gesto de repulsión y náusea:

- ¡Claro que sí! ¡No lo notas porque eres un inútil! ¿No te has dado cuenta de que se pudren? Envejecen; cada minuto que se les va ya no vuelve, y su materia se descompone hora tras hora, ¡y no lo notan! ¡Aggh! ¡Asco!

El cuervo ladeó el pescuezo:

- Son seres mortales…

- ¡Son futuros cadáveres…! ¡Aggh, llévate esto de aquí, perdí el apetito!

- ¿De dónde habrá salido? – el pájaro azabache desplegó las alas para reordenarse las plumas con el filo de su pico; Wallas entornó los ojos, con apatía y desidia.

- Deja que corretee y se pierda, pronto estará con éstas de acá.

- ¿Qué te hace pensar que entrará al laberinto?

- Creerá que es un buen lugar para refugiarse de las cuadrillas, todas lo hacen. Es más, hagámoslo más fácil: retira la guardia y deja abiertos los portales. Entrará, ya verás.

- Debiste enlazarla del cuello como a un cervato cuando tuviste la oportunidad – gruñó el cuervo rascándose el morro con una garra; los piojillos le mortificaban – Aún no entiendo por qué no dominas esa repulsión que le tienes a la raza, deberías ignorarla.

- Nadie te ha pedido consejo a ti. Pronto me la traerán aquí y haré con ella como me plazca.

Comenzaba a despuntar el alba cuando arribaron a las puertas del laberinto; la marcha habíase parecido más bien a la procesión de un difunto: mutismo, prejuicio y resquemor, y un andar cansino por la tensión y la extraña situación. Eran algo parecido a camaradas a la obligada, y no llegaban tampoco a ser aliados; el solaz entre ellos era tan poco tangible, tan inacabado. Y el malestar les carcomía por dentro; muchos – sino todos – hubiesen deseado volverse y renunciar de cualquier modo. Develadas ante la inexorable luz del sol, las formas y los contornos del paisaje exponían su verdadero aspecto; menoscabado, empobrecido, y con un dejo de saña que se recortaba entre los picos de las montañas que ahora acordonaban el horizonte.

Nadie patrullaba ni celaba la entrada al embrollo de pasadizos, y los portones, misteriosamente abiertos, aparentaban un dudoso reposo, aguardando. El grupo permaneció sobre la colina, oculto, analizando la situación antes de decidir avanzar.

- ¿Vieron eso? – Señaló Dash en referencia al fácil acceso.

- Eso huele mal… - Murmuró Sarah – Es como si nos esperaran…

- ¡Por supuesto que huele mal! – Espetó Hoggle - ¡Nos está diciendo "bienvenidos a su sepelio"!

El silencio subsiguiente pareció extenderse indefinidamente, y ante el suspenso y la indecisión de la tropa, Sarah tomó las riendas de la situación.

- Bueno, no habrá más solución que ir a mirar… - suspiró; mas en el mismo instante en que se colocó de pie, Hoggle la obligó a encubrirse de un jalón.

- ¡Espera, espera! – Susurró alterado - ¿Para qué arriesgar a todo el equipo? Enviemos a uno de nosotros, que vaya, constate, y regrese con un reporte de la situación, ¿eh? ¿eh?

Era evidente que hacía referencia a Jareth, y todos fueron capaces de leer el mensaje. Ella deslizó una mirada tímida hacia el mago; ya no sentía deseos de insistirle demasiado. La situación entre ellos pendía de un hilo, mas, ceñudo y arisco, él se dio por aludido de inmediato. Se había mantenido a distancia, manifestando en su comportamiento lo ignominioso que le parecía andar con ellos; pero para demostrarle a la muchacha que había tomado muy en serio su palabra de esfumarse de su vida para siempre, no necesitó que se le invitase a participar. Aceptó cumplir su mitad del trato, para que no le cupiesen dudas de que esperaba lo mismo de su lado; se incorporó de su sitio, se esfumó en una lechuza blanca, y sobrevoló la colina, el camino, la entrada al laberinto y los alrededores.

- ¡Guauuuuuuuuu…! – Toby se hallaba alucinado, y de panza sobre la hierba, no perdió detalle de aquél espectáculo. - ¿Vieron eso? ¿Lo vieron?

- ¡Vaya! – Rió Dash - ¡Parece que esta vez sí nos ayudará! Je, je… ¡Y no puedo creer que reaccionara así, por su cuenta, sólo porque Hoggle lo dijo!

- Si… ¿Qué le has dicho, tú, Sarah? – Añadió el enano, en solfa – Je, je… bueno, como sea. Ya verás, nos será muy útil.

Pero Sarah no dio señales de participar del festín de ilusiones, como derrumbada, y se mantuvo callada: el dolor en su corazón era muy grande. Es que a pesar de tratarse de una causa noble, y aunque triunfara, no se sentiría jamás colmada; qué razón tendría toda aquella locura si no conquistaba lo que realmente anhelaba. Por unos instantes, su memoria le arrebató hacia el pasado, en un rapto nostálgico, y sin querer resonó un eco musical y algunas palabras. Qué curiosidad… si bien él le había confesado su amor, ella nunca había dicho ni si, ni no. Entonces, ¿Por qué temía perder una relación que en realidad jamás había comenzado? ¿O… es que en verdad siempre se había sentido suya? Entonces, ¿Por qué nunca se lo había dicho? Se sintió muy decepcionada de si misma por haber malgastado tanto tiempo. Dios, no; realmente no deseaba perderlo…si es que aún había esperanzas. Ahora todo era tan frágil, tan quebradizo, tan delicado. Como un corazón que ha esperado y le han mentido; difícilmente se fíe otra vez. Oh, ¿tendrían oportunidad de hablar de nuevo?

El ave se desprendió de la tierra sobre los brazos del viento, como si se fundiese con ellos, como si fuesen una misma cosa; y recorrió las cercanías sin problemas, en un vuelo taciturno y sigiloso. Escondió las garras bajo el suave plumón blanco en el impulso, y luego las desplegó majestuosas al sentirse más cómoda. Viró hacia un lado, después al otro; no obstante le fue imposible elevarse sobre el laberinto mismo. Lo intentó un par de veces, pero una extraña conmoción en los vientos repelió a la rapaz todo el tiempo. Finalmente, y con la misma suavidad con que había partido, la lechuza emprendió el vuelo de regreso; se remontó sobre el camino, sobre la colina, por sobre las cabezas de sus compañeros, haciendo un círculo perfecto y posándose en la hierba. Transfiguróse el ave nívea en un eminente hombre, y Toby, con la boca abierta, agitóse exultante.

- ¡Guau, es genial!

- No hay nadie en la entrada – Informó el mago con un halo de dejadez e indiferencia – Hay dos guardias en el murallón Oeste, pero duermen profundamente, no habrá problemas.

- Su majestad – inquirió Hoggle, con cuidado - ¿Pudo ver el interior del laberinto?

- ¡Cierto, verdad! – Se sumó Dash con avidez - ¿Qué hay dentro?

- No se puede ver nada – respondió Jareth, incómodo. No sabía por qué pero detestaba sentirse en medio de un interrogatorio – Wallas debe haberme cercado de algún modo.

- ¡Cáspita! – Se quejó Toby - Justo iba a proponer que vieran desde el cielo el camino correcto…

- Era una buena idea… - Indicó Dash en complicidad, y brincó con su mirada buscando la opinión de Sarah; pero ella se mantuvo sorprendentemente muda, abstraída, cabizbaja; como atrapada en una angustia que le impedía conectarse con la realidad.

- ¡Bueno, entonces, vamos! – exclamó Toby, mas nadie supo con certeza si moverse de su sitio o no. Sarah había sabido habituarles a su insistente voz de mando, y ante su ausencia se sintieron desorientados.

Jareth estaba allí de muy mala gana, así que se abstenía de cualquier cosa relacionada con la misión; se excluyó deliberadamente a sí mismo del puesto de superior y táctico, limitándose solamente a prestar custodia y algún que otro auxilio, pero bajo su más estricto criterio. El resto, le interesaba bien poco. La pandilla, huérfana por unos segundos de las dos presencias más briosas, compartió su preocupación y dubitación en un par de atisbos.

- ¿Sarah? – Toby le tironeó de un brazo – Reacciona, ¿qué tienes?

- ¡Nada, nada! – Se apresuró a reponerse ella – Vamos, démonos prisa.

El grupo descendió fugazmente la colina hasta alcanzar el camino, y a pesar del alentador informe, se mantuvieron en estado de alerta de continuo. El mago observaba el ambiente, comparándolo con sus propios recuerdos. ¡Cómo había cambiado todo! Ese pelmazo de Wallas estaba desfigurando su reino, a su gusto y antojo. El murallón era más alto, más oscuro y el recorrido mucho más extenso. Incluso sabía de rumores acerca de nuevas y feroces bestias que había soltado en el interior del mismo. Pero lo que le erizaba el cabello era la idea de que les estuviese observando. Después de todo, él lo había hecho con Sarah. Y ahora, sin vigilancia, y con las puertas abiertas de par en par todo daba a entender que su misión había dejado de ser secreta.

- No puedo creer que alguna vez trabajé aquí… - musitó Hoggle.

- ¿Notaron eso? – Sarah levantó una de sus manos hacia los entornos del muro – Recuerdo que aquí afloraban hadas por doquier… ¡una de ellas me mordió! ¿Recuerdas, Hoggle? Ya no hay nada…

- ¡Por supuesto que no! – Le regañó el enano - ¿Olvidaste lo que te dije? ¡Están todas con Wallas!

- Cada una de ellas… - se lamentó Dash en una especie de suspiro – Las tiene a todas encantadas…

Jareth giró sus ojos en un gesto de fastidio, detestaba oír hablar de los atributos de su Némesis.

- Y tú, bien que te salvaste por poco… je, je, je - rió Hoggle apuntando a la muchacha con el dedo; Dash asintió, compartiendo la humorada con una risita cómplice. Captado por datos subrepticios, Jareth tendió el oído.

- Pensar que no has sufrido cambios… - continuó Dash – Terrible hubiera sido, apenas a cinco minutos de haber llegado y ya cautiva por una mente maligna.

El mago le lanzó una mirada furtiva; ella lo presintió y levantó la vista. Él le miraba extrañado, con el ceño fruncido, como si cavilase intrigado. La joven temió preguntar, al fin y al cabo la mayoría de sus problemas devenía de no saber mantener la boca cerrada. Encima él mostrábase perplejo, quién sabe las cosas que pensaba.

Siguieron pues, recorriendo el sendero, y súbitamente, como si fuese al azar, Jareth reunió sus pasos con los de Sarah. Ella se percató, nerviosa, pero por temor a empeorar las cosas no dijo nada. Permitió entonces que los hechos se deslizaran, hasta que finalmente, incapaz de soportar por mucho más tiempo, el mago se ladeó hacia ella.

- ¿Así que… le has visto? – preguntó en un susurro. Ella le echó una mirada instantánea, algo desconcertada. Como buen simulador, él no le hablaba mirándole a la cara, sino adelante. De este modo, quien no escuchara no podría afirmar que le estuviese hablando.

- Así es – respondió ella mansamente. Jareth echó un vistazo alrededor, para constatar que nadie oía.

- Y… ¿qué sentiste?

A Sarah le resultó extraña y sumamente graciosa su actitud, pero se limitó sólo a responder aquello que le preguntaban.

- Nada… - Dijo, con toda naturalidad. ¿Por qué se mostraría tan interesado?

- ¿Cómo que nada? – susurró él, incrédulo. Para la chica, una discusión susurrada era lo más tentador para ceder a las carcajadas; era todo como un siseo constante, como una serpentina de chiflos, y la situación le demandó un esfuerzo increíble para no rendirse al cosquilleo.

- ¡Eso, pues! – Espetó ella, también en un susurro - ¡Nada!

- No te creo – Jareth negó con la cabeza.

- Pues, aquí me tienes, ¿no? – Masculló ella de nuevo – No estaría aquí si te mintiera.

- Es que… no puede ser…

- ¿¡Por qué no! – exhaló ella al límite de la contracción; el cuchicheo resoplado le hacía lucir como una insana y a él como un melindroso. Y se mordió la lengua para evitar la risotada. Hoggle, que encabezaba la marcha, se detuvo de repente.

- ¿Oyeron algo? – preguntó. Sarah y Jareth levantaron las cejas, desvergonzados.

- Mmmno, no…

Hoggle meneó la cabeza, exorcizándose un temor repentino.

- Me debo estar volviendo viejo…

- Es imposible… es imposible… - murmuró Jareth, para sí mismo. Sarah se encogió de hombros.

- ¿Qué, los magos no se equivocan?

- No es un mago nada más, es un hechicero – farfulló él; Sarah dibujó una sonrisa socarrona con sus labios.

- Oh… ¿Hay escalafones?

- ¡No te pases de lista! – Jareth se exacerbaba por no poder alzar la voz – No tienes idea de lo que te digo. Su poder es considerable, y si hay algo que disfruta es obligar a las de tu género a adorarle, quedan embrujadas al mirarle, en el acto.

- ¿Y tú no puedes plagiarle el truco? – sonrió ella, mordaz. Él giró sobre sí mismo en la propia puerta del laberinto, arrojándole una mirada de puñal y una mueca arrogante.

- ¡Yo no lo necesito!

Sarah se llevó las manos a la boca, no fuera cosa que le descubriera la sonrisa.

- Aquí no hay nadie… - reveló Toby, alcanzando al mago que se hallaba de pie en la entrada. Se enderezó orgulloso junto a él, imitando su porte; levantó el mentón y ensayó un par de veces una mirada entornada.

- ¿Te sientes bien? – inquirió Dash, ante la repentina maniobra del niño.

- Por supuesto – respondió él, frunciendo el entrecejo, como su modelo; hinchió su pecho y colocó sus manos en la cintura, era todo un esperpento. Sarah le avizoró asombrada, pero Jareth no se percató, se hallaba más preocupado por otras cuestiones. Había avanzado un par de pasos dentro del primer pasillo y ahora tendía el oído; Hoggle hizo lo propio.

- Aquí… aquí no hay nadie, Majestad – dijo, al cabo de un rato.

- Ya saben que estamos aquí – Sentenció el mago; sus palabras estremecieron a los gnomos – Así que nos dejarán ingresar sin mayores dificultades, al menos hasta que progresemos lo suficiente como para no lograr escapar.

- ¿Cómo sabes que ya saben? – importunó la voz de Sarah.

- Instinto… - Se ufanó él, perdiendo la vista a lo lejos. Ella dejó caer los brazos, escéptica.

- ¿Instinto? Yo digo que ya que es tan arrogante como ustedes dicen, también es un confiado. Y ha dejado todo así nomás porque cree que nadie jamás logrará llegar a su castillo.

- ¿Oh, si? – Se quejó Jareth con sarcasmo - ¿Y por qué tu idea es mejor que la mía? ¿En qué te basas?

- En que eso precisamente fue lo que hizo el dueño anterior… - respondió ella, mendaz; el mago frunció el ceño, irritado.

- Eh… no quisiera interrumpir, pero…- Hoggle se acomodó la chaqueta de los nervios – Debemos decidir hacia dónde ir…

- Yo digo que por allá – aventuró Toby, alzando su manita. El sendero era recto hasta donde se podía ver, pero el opuesto también. El detalle interesante era que tanto uno como el otro descendían gradualmente, a través de unas escalinatas de piedra, por lo que alcanzar el tramo del sendero propiamente dicho, implicaba sentirse embutidos en medio de las desproporcionadas murallas. A simple vista aquel diseño no reportaba ningún indicio acerca de sus motivos, y parecía más bien encaprichado a fastidiarles los sentidos.

- No lo sé… ¿tú que opinas? – preguntó Hoggle a Sarah.

- Pues sí, me parece bien – respondió ella.

- No sé… - interrumpió Dash- ¿Alteza?

- Me da igual, dejen que nos guíe su lógica – Ironizó el mago, aludiendo claramente a las especulaciones de la muchacha, y sin más, comenzó a caminar sin esperar a nadie. Sarah se mordió los labios, ofuscada, y el grupo se puso en movimiento.

El primer tercio del camino se llevó a cabo en un estricto silencio, y se dejaron caer en cada uno de los escalones, al menos diez o doce. No bien atreverse a las profundidades del pasadizo, los portales que les habían visto ingresar se fundieron al unísono sin emitir ningún sonido; de esta manera los aventureros ignoraron que se hallaban absolutamente presos.

Un tinte verdoso moteaba la mitad del muro, como una pincelada gruesa de hongos y moho. Las baldosas se hallaban húmedas, demasiado como para andar desprevenidos, y el clima se tornó cada vez más glacial. Sarah comenzó a lamentarse para sus adentros por haberse llevado encima tan sólo una camisa; se cruzó de brazos, para minimizar la sensación incómoda, mientras sus ojos pendían atentos de las espaldas de su hermano. Instintivamente, el equipo se había organizado de la manera más eficaz: a la cabeza, por excelencia, Hoggle habría camino; a la mitad permanecían Toby y Dash, los más pequeños y vulnerables. Sarah hacía las veces de su guardaespaldas, atenta a cualquier detalle que se le hubiese escapado al enano. Cerrando la marcha, un poco por apatía y otro poco para cubrirles la retaguardia, Jareth les seguía convenciéndose más a cada momento que no debería haber aceptado el trato.

Los murallones eran inmensos. El mago les observó, molesto; le era posible elevarse en el aire pero hasta cierto punto, no lo suficiente como para distinguir el camino en su totalidad, y cuando encaramó la vista como por cuarta vez, se percató que por sobre la muralla se hallaba diseñado un sendero por el cual caminar. Algo así como una vereda; una vereda peligrosa al carecer de barandal.

- ¿Ya notaron eso? – inquirió Sarah; había visto lo mismo en el mismo instante.

- ¿Qué es? – Quiso saber Toby; Hoggle se volvió, y se rascó la cabeza.

- No recuerdo haber visto eso antes.

- Parece una vereda… - comentó el niño – Me recuerda a algo que vi en la escuela…

- Bueno, si está allí, tal vez podamos subir y ver qué hay del otro lado – opinó Sarah de buen humor.

- ¿Subir? – se burló Jareth - ¿Acaso vuelas?

Sarah le arrojó una mirada molesta. A él no le afectó en nada, le había causado mucha gracia su propio comentario, y no logró quitarse la sonrisa perspicaz del rostro. Lo cierto era que no había escaleras, ni rocas en que pisar, y la joven lo descubrió cuando examinó la pared exhaustivamente.

- Bueno… ¿Y cómo se supone que suben allá arriba? – espetó indignada.

- ¡Ya lo recordé! – Sonrió Toby – Me recuerda a una represa.

- ¿Una qué? – Preguntó Dash. Un martilleo lejano y profundo evitó que se escurriera alguna respuesta, ya que saltaron hacia atrás con la ansiedad a cuestas. Dos o tres golpes más se filtraron en la espesa afonía del camino; era un sonido metálico, como a hierros pesados, como a chirridos. Inmovilizados, congelados en su sitio, sujetaron sus lenguas y tendieron el oído. Nada. El eco se había desvanecido.

- Esto no tiene buen aspecto… - Musitó Jareth; no obstante se mantuvo en sus cabales. No fue igual para los demás excursionistas, que se apelotonaron detrás de él en apremiante expectación. El silencio se quebró bruscamente y no de a poco; un estruendo furioso hizo vibrar el pasillo entero desde la cumbre hasta los cimientos. Una masa desconocida y desfigurada se perpetró a sus anchas a la distancia, y tan violenta como implacable acometió sobre ellos iracunda.

- ¿Agua? ¡Agua! – gritaron Hoggle y Dash.

- ¿¡Qué! – Sarah titubeó unos instantes, estaban en medio de un canal con murallas de diez metros a cada lado.

- ¡Corran…! – gritó Toby.

- ¿¡A dónde…! ¿¡A dónde!

No había tiempo, no lo lograrían; Sarah se revolvió sobre sí misma, ¿y el mago? ya no estaba. Desesperada, blandió su vista buscándole. ¡Los había abandonado! ¡los había traicionado! ¡Se ahogarían!

Los gnomos se arrojaron sobre la muralla para trepar aunque así fuese con las uñas, instinto de supervivencia, quizá, o locura repentina. Sarah se aferró enajenada a su hermano, era imposible evaporarse por antojo humano, y ocultó su rostro entre sus manos cuando el tifón se disparaba sobre sus cabezas. Empero el embiste esperado no llegó nunca, ni la ruina, ni la tragedia; algo estaba aconteciendo. Repentinamente y con desconcierto, percibió el estruendo del torrente correr bajo sus pies sin tocarla. Se descubrió la cara, y averiguó estupefacta que se desplazaba por los aires, junto al resto de sus compañeros, en dirección a la cima de la muralla, a un lugar seco. El mago les aguardaba, de pie sobre la acera, levitaban porque él se los permitía con las manos extendidas y una mirada recia.

Tan sólo tocar la tierra Hoggle se apretujó el pecho, seguro de recibir un ataque si no calmaba su corazón. Dash rodó por el piso, jadeante de la emoción, y Toby deliró de júbilo y satisfacción.

- ¡Este tío es genial!

Sarah resultó de pie ante el mago tan sutil y flexible como una gacela, y no atinó a decir nada, ni siquiera a dar las gracias. ¡Los había salvado! ¡Había cumplido su palabra! Se hallaba sumamente impresionada; dibujó una sonrisa deslumbrada pero no logró articular palabra. Empero Jareth no pareció conmoverse en absoluto, como si nada sucediera, y con una expresión austera, concluyó con su labor y luego siguió caminando. No esperó ni reconocimientos ni aplausos, ni tampoco los quería; sólo deseaba terminar con todo y olvidarse. Recuperar lo perdido y despedir a esa pandilla de truhanes tan pronto como fuese posible.

Como si sorteara pedruscos o guijarros, el mago avanzó por entre los desperdigados aventureros y prosiguió con su camino en la vereda que se alzaba sobre el estruendo de las muchas aguas del canal. Fue como un invierno vuelto hombre; Sarah pudo sentir el frío en su actitud cuando pasó junto a ella sin mirarle siquiera. Y le perturbó esa apariencia, le inquietó sobremanera, mas no fue capaz de transmutar en acciones sus aflicciones. El mago finalmente marchó franqueando a Toby, y éste fue cubierto por un extremo de la capa durante unos instantes. La escudriñó, ajada y oscura; estaba decidido, debía hallar el modo de hacer amistad con él.

Recuperados del susto pero con prisa, todo el grupo se desplazó nuevamente, ocupando sus antiguas posiciones estratégicas. De cuando en cuando parecía escaparse de las aguas el sonido ronco de algún animal, pero ninguno logró ver nada.

- ¿Oyeron eso, compadres? – tiritó Dash amarrado al cuello del niño.

- ¿Para qué querrán toda esta agua? – se preguntó Toby en voz alta.

- Supongo que ahora me creerán que nos vigilan – Espetó Jareth triunfal. Sarah se estremeció; si tenía razón, entonces estaban en graves problemas.

- ¿Y cómo saberlo? – Aventuró Hoggle con timidez – Tal vez sólo hayan soltado el agua… porque… porque usen esta entrada como una fosa con cocodrilos.

- ¿Cocodrilos? – Se atemorizó Dash - ¿A qué te refieres con cocodrilos?

- Creí que una fosa se cavaba en la tierra y no flotando sobre ella – se mofó Jareth, sarcástico.

Hoggle se volvió para expandir su explicación, pero el suelo que pisaba cedió súbitamente y se convirtió en una resbaladiza rampa que arrastró a todo el mundo en dirección a las corrientes.

- ¡Aaaaaaaaaaaaah…!

Como una visión aterradora, como un resabio de muy mal agüero, un lomo tornasolado se retorció cercenando las olas, y antes que los desventurados se sumergieran nació del agua una cabeza, una cabeza elíptica y pungente. Semejante a una serpiente, aunque no del todo; cian y oro, con apéndices membranosos a modo de orejas y unas fauces repletas de colmillos temerariamente abiertas.

- ¡No sé nadar! – gritó Dash en el rostro de Hoggle.

- ¿¡Qué más te da! ¡Nos van a devorar!

Narrar que intentaron clavar las uñas al suelo es decir muy poco. Mas cualquier esfuerzo resultó inútil, eran inequívocamente un bocado. Imprevistamente, lo inesperado: una lechuza blanca hincó sus garras en el morro de la serpiente, a pesar de parecer diminuta a su lado, y obligó al animal a cerrar la boca y debatirse ferozmente.

Los demás se despeñaron en el agua helada entre gritos de pavor, pero habían escapado de ser masticados. De un empellón, la anaconda se quitó al ave de encima; pero ésta era tenaz y decidida, y regresó a por más. Esta vez se aferró a sus orejas, halando atrozmente de ellas, y con sus plumas le entorpeció la vista aleteándole en la cara. Sarah sujetó a Toby antes que el frío le entumiese, e intentó mantenerle la cabeza fuera del agua, mientras Hoggle hacía lo propio por sí y por Dash. Empinóse la trayectoria, recrudecióse el afluente; el curso se estremecía arrastrándoles a velocidades impresionantes. Pronto el mago y la serpiente se perdieron de vista, trenzados en encarnizada lucha, entre colmillos y garras.

- ¡Socorro! ¡Socorro! – chillaba Hoggle; Sarah no pudo hacer más, apenas alcanzaba a sostener a su hermano. Intentó acercarse a los gnomos que reñían exasperados pero lo único que consiguió fue que se apiñaran y vagaran mucho peor.

La corriente se hallaba helada y desenfrenada, y el curso comenzó a volverse angosto y riguroso; pronto se hicieron reales todos los fantasmas cuando el cauce derivó en otra rampa que los sometió a caer aún más profundo. Sarah arrojó su vista al cielo y observó un punto blanco que se precipitaba sobre ellos diestramente; era la lechuza, y alabeó rasante sobre sus cabezas. La rapaz se adelantó al tropel un tramo y se detuvo sobre uno de los árboles derrumbados a la vera del canal. En un preciso segundo mutó en la piel de un lobo, que plantó cara a las raíces de la planta y arremetió una y otra vez, hasta lograr meter la mitad dentro del agua.

Sarah abrió los brazos instintivamente y se aferró con todo y dientes al árbol muerto; tras ella, Hoggle y Dash se estrellaron uno a uno. Toby fue el primero en trepar por el tronco, empujado desde abajo por su hermana. El niño reptó a toda velocidad hasta la orilla, y colgándose sobre el madero, la joven ayudó al enano a sentarse en él. Dash pendía de su cuello, entumido de frío y tos, mas los dos respiraban a salvo sujetos al cuerpo marchito del árbol. Jadeante y estremecida, Sarah encaramó la vista para contemplar un escalofriante lobo gris que se acercaba hábilmente hacia ellos. Le reconoció por el color de sus ojos, pero Jareth no se distrajo en absoluto; tomó con su hocico la chaqueta de Hoggle y le arrastró hacia atrás, hasta arrancarlo del peligro. Luego volvió sobre sí con intenciones de auxiliar a la muchacha, pero al llegar a las raíces se detuvo, dudando. Observóle unos instantes: Sarah intentaba avanzar en cuatro patas; mas un resbalón de sus piernas le determinó. El lobo trepó al tronco, con la cruz erguida y el hocico afilado; se allegó a su lado y se le plantó a la par. Ella se hallaba extenuada, había cargado más de veinte kilos de un niño que lidiaba por no ahogarse, y sus brazos trepidaron inseguros, negándose a arrastrarle hasta la orilla. Comprendió de inmediato sus intenciones, y estribóse por sobre el lomo del animal, asiéndole con fuerza de su pelaje. Así, lenta pero ininterrumpidamente, avanzaron juntamente hasta llegar a tierra firme.

Se desplomaron extenuados todos y cada uno de los miembros del equipo, excepto el mago, que se veía en buenas condiciones. El lobo se apartó de sus compañeros, se sacudió enérgicamente el pelambre, y se desvaneció en Jareth, un Jareth silente e indiferente, que les observó agonizar de cansancio a cierta distancia. Sarah tiritó de frío y nervios, aún no escapaba de la conmoción; aquello se evadía de los recuerdos que hubiere guardado de las pruebas de antaño. Toby y Dash tosieron con toda la fuerza de sus pulmones y Hoggle daba grandes lamentos.

- Creo que me moriré en un minuto… - Jadeó Dash – No, aguarden. Creo que será antes.

- Hermoso comité de bienvenida… - estornudó Hoggle.

Sarah disparó su mirada a quien les había salvado la vida. Huraño, cruzado de brazos, Jareth parecía aguardar impaciente poder continuar el viaje. Ella hubiese deseado agradecerle pero, esa expresión no le resultaba muy alentadora que digamos. Un estremecimiento le sobrecogió el alma; él parecía cada vez más distante y lejano. Ojalá no llegase tarde el momento de hablar con él.