¿Quieres?

La única preocupación que le había disipado la sonrisa pérfida del rostro era la que le habían presentado aquella mañana. Curioso, además, pues inquietarle era algo que nadie había logrado en años. Alguien había llegado con noticias de que una pequeña rebelión se estaba gestando en sus dominios; pero no una cualquiera, una que traía consigo al mago Jareth y a esa jovencita huidiza que había resultado ser inmune a su poder. Mientras las miles de muchachas besaban sus manos, la idea le aguijoneaba de tal manera que no lograba pensar en otra cosa.

Espontáneamente, dos pequeños gnomos con cascos plateados lucharon por abrirse paso entre la multitud. Octavius se llamaba uno, Grecus el otro; avanzaban secundados por el cuervo negro, que lucía titánico y hercúleo en comparación. Insidioso y malévolo; tan orgulloso y altivo como su amo, el nuevo rey.

- ¡Esto se parece cada vez más a un foso de lamentaciones! – ladró Octavius en el oído de su compañero. El bullicio era tan grande que era imposible que le oyera de otra forma - ¡Si esto continúa, tendremos que ingeniar otra manera de comunicarnos!

Grecus puso sus manos a modo de bocina.

- ¡He intentado telepatía, pero todavía sin resultados!

Pese a todo, ambos lograron alcanzar el estrado, los pies del rey, y se postraron ante él con el ave sobre sus espaldas.

- ¡Su excelentísima magnificencia! – Saludó Octavius – ¡Nos presentamos ante usted con noticias!

- ¿Novedades? – Se inquietó Wallas - ¡Habla!

- El grupo de intrusos está dentro del laberinto, a las puertas del bosque – explicó el gnomo – Son cinco: un niño, un gnomo, un duende, la muchacha y el mago Jareth. Soltamos a la serpiente del canal pero… lograron escapar…

- ¿Cómo que los dejaron escapar? ¡Ineptos! – rugió el hechicero desde su trono. Grecus y Octavius se echaron al suelo y se cubrieron el rostro, temblando. Pero Wallas abandonó su arrebato de ira súbitamente, como asaltado por las voces de sorna de su propio juicio.

- Son más ingenuos de lo que creí… - sonrió, jocoso - ¿Realmente creen que pueden derrotarme? ¿Ellos…? ¿Ellos que son… nada? ¡Ja, ja, ja!

Las cadenas asidas del muro tintinearon de un intenso halar: las doncellas suspiraban anhelando retener su risa para sí. Los gnomos se otearon, confundidos.

- Ven, pajarraco – dijo Wallas, y de inmediato el cuervo subió a su muñeca – Ve, síguelos. Infórmame de todo lo que veas. Creo que esta es una gran oportunidad para divertirme un poco.

El ave sombría remontó el vuelo y escapó por una de las ventanas del palacio; se lanzó en picada a través de la ciudad en dirección al laberinto, pero con tanta mala suerte que uno de los dragones de la guardia real lo prensó contra una pared de un coletazo. Se hallaba encabritado y se negaba a ser ensillado por los soldados. Intentó zafarse, mas no pudo; le habían entablillado las alas y colocado maneas. El poderío de ese bicho malhumorado encarnaba una tortura y un desafío, y aunque cruel sonase aquél trato, era el único modo de enjaezarle y escapar zumbando. Y le convulsionaba los nervios a más de uno con ese talante puntiagudo; si no fuese porque el ejército le requería lo hubiesen freído de seguro. La algazara atrajo pronto a más y más soldados de turno, y quién no, con mucho gusto, se acercó a vengarse a palazos. En tanto, el pobre pájaro, desprendió su pico del muro como pudo y continuó su marcha torpemente, con un ala chamuscada y las plumas revueltas. El furioso dragón blanco pronto fue controlado por la guardia real, que se arremolinó a su alrededor con sogas, palos y tridentes; le era mejor que colaborara, ya había probado lo que se sentía ser coladera.

A pesar de su demostración de seguridad, Wallas quedóse preocupado. ¿Qué extraños poderes ostentaría ahora su adversario, que lograba proteger a la muchacha humana de su terrible hechizo? ¿Y de dónde los habría sacado? Si albergaba nuevas facultades, eso significaba que tal vez era capaz de hacerle frente. Tal vez por eso lo que él consideraba insensatez, en realidad era una demostración de confianza. Se rascó la barbilla con avidez.

- Hay que mantenerlos vigilados… - sentenció.

En virtud de que ninguno de sus compañeros parecía muy repuesto del todo, Jareth no tuvo más opción que aproximarse a verificar la situación. Se acercó, etéreo como una sombra, con una actitud penosa que revelaba sus deseos de estar en cualquier otro sitio menos allí. Toby y Dash habían comenzado a estornudar a dúo, Hoggle se destapaba los oídos, y Sarah tiritaba de frío escurriéndose el cabello. Ésta última, acurrucada como un ovillo sobre si misma en el suelo, alzó una mirada esperanzada cuando las lustrosas botas del mago se detuvieron en su presencia. Ella no pronunció palabra, pero le arrojó un miramiento de súplica. Él levantó las cejas, en un gesto de fastidio, y accedió. Se puso en cuclillas ante sus narices, mientras su larga melena leonada se arremolinaba sobre su pecho, y extendió una de sus manos hasta asirle por el brazo izquierdo. Sarah le contempló alarmada, ¿qué iba a hacer? ¡Qué pregunta! ¿Acaso no le había insinuado un "ayúdame"?

Una cálida sensación se desprendió de la palma del mago y le recorrió de pronto todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. ¡Sus manos, su ropa, sus zapatos, todo estaba seco! Hasta su larga cabellera oscura, hasta sus uñas. Estupefacta, atolondrada, le tomó unos instantes concebir que era real lo que experimentaba, y con una sonrisa maravillada se examinó a sí misma sin un solo rastro de la espantosa caída a las heladas aguas. Se sintió tan reconfortada. Él se soltó, antes de que ella pudiese agradecerle al menos, y se acercó a Toby, Dash y Hoggle, repitiendo el mismo procedimiento. Dash se estremeció de pavor cuando el mago le asió por una pata; creyó que su fin había llegado, que sería rostizado o algo así, pero no. Para el enano fue similar, la proximidad de Jareth era aterradora. En cambio Toby se deslumbró, feliz de la vida, algún día escribiría un libro con todo eso. Bien, ahora se hallaban todos restablecidos. Al incorporarse inspeccionaron el entorno en un primer estímulo, comprobando que las murallas habían progresado en descenso continuo hasta desaparecer por completo a la vera del canal. A sus espaldas, un nuevo camino les invitaba a las profundidades de un laberinto de piedra en medio de un bosque espeso.

- ¡Muy bien! – Exclamó Sarah con energía - ¡Adelante!

- ¿Tiene que hacer tanto frío? – se quejó Dash. Llevaban unas cuantas horas dando vueltas dentro de los pasillos de roca perdidos en medio de una inmensa espesura de robles.

- El otoño ya casi termina… - suspiró Sarah, frotando sus manos – Pronto hará más.

- Qué consuelo… - Ironizó Hoggle. El entorno mostrábase extrañamente tranquilo, y un cielo plomizo acrecentaba en ellos la sensación de retraimiento y soledad. Los árboles desnudos y pardos, la ausencia de sol y el fresco constante matizaron el escenario, cargándolo de aislamiento y melancolía. Jareth se sintió como en casa, de pronto. A Sarah le colmó de angustia, a Toby de temor.

- ¿Cómo sabremos si estamos yendo por el camino correcto? – inquirió el niño a su hermana mayor.

- Aquí parece no haber nadie… - bufó ella, frustrada – Antes yo… antes preguntaba a quienes me encontraba.

- Estuviste aquí antes, ¿verdad?

- Y tú también…

- Algo debe estar planeando… - Se dijo Jareth entre dientes; la ausencia de amenaza era en sí misma alarmante.

- ¿Crees… que nos estén vigilando? – susurró Dash a la muchacha. Un graznido seco les erizó el cabello, e instintivamente quedaron quietos.

- ¿Qué fue eso? – siseó Toby, preocupado.

- ¡Allá! ¡En el poste seco! – Indicó Sarah con el brazo extendido. Un enorme cuervo azabache graznó de nuevo y reclinó la cabeza, observándoles.

- ¡Lo conozco! – exclamó Jareth.

- ¡Y tiene un ala rota! – añadió el niño.

- ¡Pues no escapará! – Hoggle salió disparado hacia el ave con una vara en alto. O lo atrapaba o lo noqueaba.

- ¡No! ¡Espera! – Gritó Sarah - ¡Así no!

El pajarraco chilló y huyó despavorido. A medio volar, a medio corretear.

- ¡No lo dejen escapar! ¡No lo dejen escapar! – Clamó Jareth – ¡Llevará noticias nuestras al castillo!

Oírle y echar a correr fue una sola cosa para el resto del equipo.

- ¡A un lado, a un lado! ¡Quítense!

En tres saltos, Dash le estuvo encima, pero no atinó el zarpazo y el ave intentó un vuelo rasante que le salvó la vida al menos por diez metros. Sarah logró aplastarle durante unos segundos, pero el cuervo soltó su ala sana y la batió en su cara hasta librarse. Y todos los valientes que osaron echársele al cuello, rodaron inevitablemente por el suelo, vueltos tapete de los que llegaban detrás. Algunos escaparon de los tacones ajenos, otros no fueron tan afortunados; el mago saltaba a todos y cada uno de los machacados, era sumamente ágil. Y la adrenalina que brotaba a borbotones del equipo entero, levantó de nuevo a los apaleados, haciendo que hasta los de pronóstico reservado rebasasen a los que corrían delante. Herido, magullado y aterrado, el cuervo rebotó en el suelo del bosque tres o cuatro veces hasta que por fin se aferró con sus afiladas garras al borde de un precipicio. Estaba acorralado. Hoggle fue el primero en llegar.

- Je, je… - rió maliciosamente – Eres mío…

El resto arribó de inmediato, pero frenaron en seco para no espantar al pajarraco. El duende se le aproximó lenta y decididamente; lo tenía en la mira. Todos retuvieron el aliento, paralizados, e imaginaron mil y una maneras de aniquilarlo, mas no podían gritarlas. Hoggle dio un par de pasos más, calculó un salto certero sobre la presa y se le abalanzó ferozmente. Los demás dieron un respingo, avasallados por la tensión y el nerviosismo del acto homicida. Pero previendo su accionar, el ave se había preparado, y cuando el enano se le echó encima, dio un brinco en el aire y se arrojó al vacío. Abrió ambas alas y las corrientes le ayudaron a huir suavemente, planeando sobre ellas.

- ¡No! – aullaron todos, frustrados. Jareth fue el primero en correr hasta la cornisa y echarse a contemplar al fugitivo que escapaba burlonamente de ellos. Hoggle siguió al pajarraco con una mirada angustiosa.

- ¡Ojala tuviera alas! – suspiró.

- ¡Ojalá tuvieras cabeza! – Rugió el mago - ¡Por tu culpa ese animalejo llevará noticias de nuestra ubicación exacta a Wallas!

- ¡De acuerdo, tranquilos! – Espetó Sarah – Volvamos al camino, es mejor que no nos hallen aquí, rápido.

Regresaron pues, sobre sus propios pasos, inquietos y fracasados, hasta alcanzar la senda antigua. Se sumergieron en las penumbras de un bosque cerrado y un complejo de murallones que ocultaba aún más la escasa luz diurna.

- Por aquí – indicó Sarah, intuitivamente. Todos le siguieron obedientemente, y es que tenían otra preocupación encima: las horas se filtraban lánguidas, y sus estómagos crujían de hambre. El de Sarah también, y comenzó a acechar si por ventura alguna bellota temblorosa de frío les aguardaba por sobre sus cabezas… aunque por experiencia previa sabía perfectamente que no era recomendable ingerir nada dentro del laberinto.

- Tengo mucha hambre… - se lamentó Dash.

- Cómo quisiera tener aquí mi linda despensa… - ansió Hoggle.

- ¿Qué hay en ella? – preguntó Toby, también famélico.

- Oh, pues… - se relamió el enano – Fruta seca, dátiles, jugo de uvas…

Jareth se tocó el estómago; a Sarah se le hizo agua la boca.

- Y también lentejas… - continuó Hoggle, en éxtasis.

- ¿Lentejas? – Se babeó Dash - ¿Las preparas en guiso…?

- Sí, con papas, tomate, cebolla, hongos…

- ¿Y apio…? – Interrumpió Dash abrazándole el cuello. Casi podía olfatear el plato servido en la mesa.

- Si – respondió el enano, fregándose las manos de manera afanosa – Apio, ají picante…

El mago cerró los ojos y se agarró la cabeza; Sarah intentó pensar en otra cosa.

- ¿Y verdeo…? – sonrió Dash, sacando a relucir sus colmillos hambrientos.

- ¡Si! – Exclamó Hoggle de buen humor – Y cuando el plato está servido…

- …Dos o tres fetas de queso encima… - Concluyó Jareth en arrebato. Todos se volvieron a verle; había perdido su mirada en las alturas como si esperase realmente que la comida cayese del cielo – Y también aceitunas…

Sarah no daba crédito a lo que oía; a Hoggle y Dash les daba igual, lo importante era que estaba hablando de comida.

- ¿Aceitunas con carozo? – le preguntó Dash, relamiéndose.

- No, no. ¡Rellenas!

- ¡Ooh…! - El delirio ya era colectivo; Toby escuchaba sujetándose la panza, Dash y el enano continuaron alimentando el trance.

- Y un poquito de pimentón rojo…- suspiró Hoggle.

- ¡Y comino…! - suplicó Jareth.

- ¡Comino…! – exclamaron los gnomos al unísono. Sarah no soportó más la tortura.

- ¡Bien, ya basta! – Exclamó – Bajen a la tierra, por favor.

Para Jareth fue como si lo despertasen de una bofetada.

- ¡Oh…! – Espetó, y aprestó sus pulmones - ¿Quieres que sea terrenal? Muy bien: ¡Me muero de hambre…!

- ¡Pues hazte aparecer alguna cosa! – respondió ella, rabiosa.

- ¿Quién te has creído que soy? – Rugió el mago - ¿El genio de la lámpara?

- ¡Pues de seguro tenía mejor carácter! – berreó ella también; él chilló, desdeñoso.

- ¡Bla, bla, bla…!

La marcha prosiguió, algo tensa; pero Hoggle, que se encontraba detrás del contingente, se reclinó sobre el oído de Dash.

- Tiene razón – susurró, en alusión al comentario de la chica – Si se dejara de despotricar tanto y hubiese ayudado en la captura del cuervo...

Para su desgracia, Jareth era dueño de un oído magnífico, a fuerza de llevar en su sangre el vigor y el salvajismo de la lechuza y el lobo. Volvió su rostro iracundo hacia ellos casi de inmediato, y le arrancó un quejido a la madera de un portentoso roble, que se desplomó tras los talones de los murmuradores. Espantada por el estrépito, Sarah giró sobre si misma para constatar lo que ocurría. Allí estaban, tiesos y despavoridos, el enano y el gnomo junto al árbol que les había rozado las espaldas. El mago echaba fuego por los ojos; había sido una clara advertencia y todos habían sido capaces de captar la indirecta.

La caminata se extendió durante media hora más, hasta que encontraron un callejón sin salida; bufando, gruñendo y trinando, el grupo regresó por donde vino. Al inmiscuirse por otro camino, una rama se desprendió por encima de sus cabezas y todos se hicieron a un lado de un salto. En medio del estruendo, dos o tres gnomos que se hallaban encaramados, huyeron amedrentados a través del bosque desperdigando un rastro de panecillos y frutos. Al hacerlo dejaron al descubierto que más adelante, oculta bajo la sombra que proporcionaba el brazo de una enramada, una vieja despensa hacía las veces de refugio secreto para el sinnúmero de razas prófugas del usurpador – eran demasiadas, imposible controlarlas todas - que aún deambulaban dentro del laberinto.

- ¿Vieron eso? – Se exasperó Dash; de un brinco ya estaba sobre la cabeza de Toby para ver mejor.

- ¿Es lo que creo que es…? – exclamó Hoggle, obnubilado.

- ¡Comida! – aulló Dash, delirante de gozo. Dando grandes saltos aceleró en dirección a la puerta hasta que Sarah se interpuso en su camino.

- ¡Esperen, esperen! – Exclamó empinando las manos - ¿No se dan cuenta de que puede ser una trampa?

- A un lado, Sarah, tengo hambre – Jareth la apartó como a un libro y se encaminó al interior del recinto; Hoggle y Dash le siguieron con avidez. Toby se acercó con cierta culpa.

- Yo también la tengo… - se dispensó ante su hermana, y arremetió hacia el interior de una carrera. Sarah suspiró, resignada y hambrienta. Quién sabe, tal vez tenían razón; había que ingresar a curiosear.

Una vez dentro, los voraces intrusos no dejaron armario sin sondear, ni estantería o alacena sin registrar. Hoggle se hizo de unas pasas de uva e higos secos y Toby de avellanas. Jareth se apoderó de un frasco atiborrado de almendras y nueces y Sarah encontró tres o cuatro manzanas. Intercambiando sonrisas entusiastas, la comitiva pronto se encontraba tendida en el suelo del bosque, en lo que podría llamarse un día de campo anormal. Sarah, Dash, Hoggle y Toby compartieron fraternalmente sus hallazgos, pero el mago había decidido almorzar a solas. A unos cuantos metros de distancia, se había tumbado contra un par de troncos a devorarse el botín con calma. Sarah advirtió aquello pero supo, dibujando una sonrisa maliciosa, que tarde o temprano semejante ingesta atormentaría a Jareth con sed. Todo lo que debía hacer era esperar…

- ¡Oh, qué bien he comido…! – suspiró Hoggle al cabo de un rato.

- Yo también… - añadió Dash, tendido panza arriba – Momento… ¡no me puedo mover!

Sarah rió y Toby enderezó a su amigo de buen humor; todos se hallaban satisfechos. Entre bostezos y estiramiento de brazos, la caterva reunida en torno a Sarah se preparaba para descansar al menos diez minutos más; amodorrados por la comida, era impensable hacerles reaccionar. Pero ella se hallaba muy ocupada observando a Jareth de soslayo; él también se hallaba plácidamente repleto, y se había reclinado a descansar mirando al cielo. Empero, al cabo de unos minutos, una especie de intranquilidad le invadió el cuerpo, lenta y angustiosamente. Vagó su vista hacia arriba, hacia abajo, como buscando algo; Sarah hizo una mueca astuta con los labios y se levantó de su lugar de reparo. Suavemente, como por casualidad, se acercó a él hasta que sus miradas inevitablemente se cruzaron. Instintivamente, el mago levantó el escudo, a la defensiva, y le observó molesto y desconfiado cuando ella se puso a su lado de cuclillas.

- ¿Comiste? – quiso saber Sarah.

- ¿Tú no? – respondió él, secamente.

- Oh, sí, y muy bien – continuó ella de buen humor – Las manzanas estaban muy frescas y jugosas.

- Qué gran noticia – masculló Jareth, mendaz. Sarah sonrió de nuevo; sabía que él se estaba relamiendo, aunque mirase en otra dirección para no ser detectado.

- Lástima que no te sentaste con nosotros…

Jareth le echó una mirada tajante, pero fue repelida de inmediato cuando ojeó lo que ella traía entre sus manos.

- ¿La quieres? – preguntó ella, enseñándole una manzana. Él se reclinó hacia atrás, receloso; aquella era una propuesta hondamente sospechosa.

- Ah, está bien – Sarah sonrió al no encontrar respuesta – Se la daré a mi amigo Hoggle.

- ¡Dame eso! – Exclamó el mago quitándole la fruta – ¡Y dile a tu amigo que primero aprenda a hacer bien las cosas!

- Suerte para ti que compartimos contigo, ¿eh? – susurró ella, incisiva.

- Así debería ser siempre. Soy su rey – gruñó él, sarcástico. Sarah frunció los labios, enfurecida por su jactancia.

- ¿Sabes lo que eres? – masculló, y acercósele desafiante – Sólo eres un niño malcriado, que quiere que le den todo lo que se le antoja cuando se le antoja.

Fue incapaz de evitarlo; Jareth sonrió malicioso y se incorporó de donde descansaba acorralándola contra el árbol.

- ¿Sabes lo que se me antoja ahora mismo…?

¿Patitiesa? ¿Ojos como platos? Sarah encajó en cualquier definición de espanto; el mago le retenía, allí contra el árbol, a escasos centímetros de su nariz.

- ¡Estamos listos! – canturreó Toby a la distancia. Jareth sonrió, patrañero, ladeando su cabeza.

- Lo siento, debo irme… - musitó, poniéndose de pie ante la mirada atónita de una joven congelada. Avanzó unos pasos hacia el grupo y giró sobre sí – Seguiremos con esta charla en otro momento, ¿mmmh…?

Así, sin más, le guiñó un ojo y se alejó dándole un feliz mordisco a su manzana. A ella le tomó unos segundos recuperar el control de su ser entero, y el mago rió para sí todo el trecho. Aquél jamás había dejado de ser su divertimento favorito… y su manera más eficaz de hacerla cerrar el pico.