Te reto

Nadie supo precisar con exactitud en qué momento se había disparado el apremio, o qué inusitada corriente de histeria les impelía a apresurar sus pasos, lo cierto era que el ritmo veloz se había vuelto indispensable y sospechaban varias razones para justificarlo. Primero, que el día declinaba, segundo que no tenían idea de dónde pasar la noche, la primera noche. Tampoco se hubieron provisto de nada: ni mantas, ni abrigo, ni ninguna otra herramienta; es más, nadie lo había tenido en cuenta, como a muchos otros detalles en aquella descabellada travesía. Eran meros revoltosos a la deriva. Y a medida que avanzaban, ningún claro se abría, por lo que empinaban la marcha, de prisa, de prisa, que el sol sucumbía.

- ¿Cuántos días a pie me has dicho? – preguntó Sarah prudentemente. Hoggle intentó engullir algo de aire, el éxodo imperioso de los demás constituía una carrera para él.

- Tres… - Jadeó.

- ¿Y qué haremos cuando sea de noche? – se inquietó Toby.

- Rogar que no nos coman…

El camino viraba en torno a otro barranco; meter allí los pies era arriesgarse con un derrumbadero macabro. Empero no hallaron otra salida y, acuciados por el tinte rojizo del cielo, se arrojaron al paso con denuedo, antes que la oscuridad se les viniera encima. Las primeras caricias que les dieron la bienvenida fueron las zarpas del viento, que por tratarse de una cornisa elevada se despachaba a latigazos siniestros, atacando, huyendo, atacando, huyendo, como las olas de un mar funesto. Por fortuna, el sendero no resultó ser angosto, pero ante el titubeo ninguno se atrevió a caminar a la par del otro. Allá, debajo, en el espacio abierto, un efluvio inexplicable ocultaba de su vista la garganta y el valle, entre sus brazos sinuosos e inestables. De cualquier modo era evidente que despeñarse no era inteligente, y que la muerte les aguardaba a kilómetros, quizá, en lo profundo, pero allí estaba.

- Pues sí que le agradan los precipicios… - murmuró Jareth de mal humor. Toda la fisonomía de su reino había cambiado abruptamente, y se sentía como un niño al que hubiéronle arruinado su juguete. - ¿Por qué todo tiene que ser de semejantes proporciones?

- ¿A qué te refieres? – quiso saber Sarah. El mago hizo una mueca de desacierto, su intención no había sido iniciar una conversación, sólo reflexionaba consigo mismo. Pero ahora ya le habían oído.

- A todo – respondió de mala gana – Un canal gigante, un laberinto gigante, un despeñadero gigante… me fastidia.

- Tal vez sólo intenta hacerse inaccesible. – Apuntó ella.

- O que nadie pueda escapar de sus dominios… - siseó Dash, temeroso.

Un rugido ronco les hizo vibrar por su potencia, y espantados, se soldaron a la pared del desfiladero, disparando su vista como saetas a través de la bruma.

- ¿Será…alguna cosa? – Se perturbó Sarah - ¿Alguna cosa con hambre?

- ¡Sea lo que sea, nos acorralará aquí si no nos movemos! – advirtió Jareth. De inmediato aligeraron el paso para cruzar al otro lado lo antes posible. Mas el tronar de aquél sonido no menguó ni se disipó por entre el celaje; antes, más bien, recrudecióse temerariamente desde algún sitio del inmenso vacío. El apuro se les tradujo en huida cuando el embolse del viento les aturdió los oídos; era un sonido seco, un golpe violento, como el que se gesta bajo las alas de un engendro en vuelo. Sarah volvió su rostro y contempló alarmada que una especie de dragón apuntalaba sus garras en la cornisa, tras sus espaldas. Dos más asomaron sus cabezas, suspendidos en el aire. Y como si se tratase de una conversación de bramidos, el dragón respondió con un rugido al intenso grito de la joven.

- ¡Dios mío, corran! – prorrumpió Hoggle, empujando a Toby a encabezar la estampida. Éste se llevó aferrado a Dash y se escabulló a toda velocidad, hincando fieramente sus ojos al frente, no sea cosa que un resbalón le truncase la suerte. No requirieron ser azuzados; las exhalaciones que expelían con cada paso en la cornisa les recordaron todo el tiempo que si se detenían, morían. Pero el detalle de la estatura fue un punto clave para dividir el bando: el mareo se incrementaba conforme lo hacía la talla. Así fue como Toby y Hoggle tomaron la delantera, enérgicos y pequeños, sintiéndose seguros, quizá, al estar más cerca del suelo. Sarah en cambio palpó horrorizada que el vendaval le aturdía, y un dolor de estómago le dijo que si no rodaba y se caía, entonces desfallecería. Un recodo en la saliente escondía una gruta; una pequeña, si se quiere, pero una ranura salvadora; astuto, el enano les advirtió del hallazgo y el gnomo y el niño entraron.

Sarah les contempló alejarse de ella, espantada; conocía las causas que le retenían de una evasiva exitosa, pero aún así no tenía poder para cambiar las cosas: estaba asustada. Como si no confiase en sus propias capacidades, como si incrementar la rapidez de la zancada le arrastrase inevitablemente a la nada, el vértigo se apoderó de la maquinaria de sus sentidos impidiéndole moverse como todos los demás lo hiciesen. Corría, sí, más no con prisa; huía a trancazos, entumecida. Y no se debía a una decisión deliberada, aquello nacía desde el meollo de su alma – no todos los días se surca una cumbre de dragones infestada – y fue como si su cuerpo se revelase, presa del pánico, a volverse ágil. El mago, que llegaba tras ella, hallóse pues entorpecido en su escape; (a él las corrientes y el vacío no eran capaces de impactarle, llevaba siglos domesticándoles, unas veces como lobo, otras veces como ave) pero le fue menester apocarse ante el vaivén irregular de una chica que no escapaba: se meneaba. Y ameritó que sus nervios estallasen, ante el calor abrasador que exhalaban tras él un par de fauces.

- ¡Si no te apresuras, te paso por encima, lo juro!

- ¡Estoy corriendo, estoy corriendo!

No, no, era inexcusable; la chica no daba pie con bola, evidentemente; y los nervios de Jareth se tensaron hasta el límite cuando uno de los dragones tomó la ofensiva, pensando quizá cenarse a esos dos bailarines ineficaces. Y ante el primer hálito candente que manare de la boca de las bestias, el mago asió a Sarah de manera diestra, deteniendo en un instante su vergonzoso intento de fuga. Ella frenó en seco, absorbida por el envión con que le atraían, y fue apresada en los brazos de Jareth antes de que éste le cubriese con la capa y se desvaneciesen.

Burlados, furiosos, los dragones recordaron entonces que la otra mitad de la tribu se hallaba todavía a tiro, y les siguieron el rastro hasta la cueva donde se hubieron refugiado. Compartir el trofeo de caza no era algo para lo que tuviesen templanza, y se agolparon en la hendidura de la roca, retorciéndose entre ellos mismos por el primer bocado de la noche. Por ventura, por misericordia, la gruta era demasiado angosta para que cupiesen de cuerpo entero, y solo embutieron sus patas dentro, agitando sus filosas garras. En la cima, con pavura, Sarah y Jareth avistaron el desdichado suceso, buscando desesperadamente en su ingenio alguna treta que les salvara la vida.

- ¿¡Qué hacemos, qué hacemos! – chilló Sarah en agonía.

- ¡Estoy pensando, estoy pensando!

La gruta no era más que una muesca, y a los pocos metros el niño y los gnomos fueron acorralados; y se volvieron de espaldas al rincón que les aguardaba, intentando empotrarse en la roca.

- ¡No puede ser! – se quejó Toby.

- ¿Preferirías estar fuera? – se molestó el enano; Dash trepidó, jadeando.

- ¡Si les interesa saber, yo estoy muy bien aquí!

Como por maldición, como por ingenio o artilugio, una de las endemoniadas bestias introdujo su brazo en el lugar exacto y con el filo de sus zarpas trabó de uno de los pies de Toby. Los gnomos chillaron al instante y el niño se desplomó delante de sus narices, para ser arrastrado fuera, donde era esperado para devorarle.

- ¡Toby! – Sarah aulló despavorida, el asunto comenzaba a escaparse de sus manos, y el más inocente en este caso sería el primero en partir. El vapor proveniente de los pulmones de Jareth se desdibujó en vibrantes intervalos, mientras blandía la vista exasperado buscando la respuesta a su alrededor.

- Una ilusión, una ilusión… ¡un espejismo! - murmuró para sí, concentrado, y se encaramó al risco diseminando cristales a lo largo del desfiladero. Transfiguróse cada esfera en un reptil titánico y membrudo, que en alianza perfecta con sus compañeros le plantaba cara a los primeros.

Sarah no perdió detalle, sobrepasada por los acontecimientos; pronto los famélicos dragones se vieron rodeados por otros de gran porte que parecían muy interesados en acabar con ellos. Instintivamente, cerraron filas, olvidándose de Toby por un segundo, tiempo suficiente para que Jareth lo raptara de la misma forma que había hecho con su hermana. Los dragones ilusorios hicieron chasquear sus fauces al viento y rugieron estrepitosamente; los verdaderos, convencidos, dieron por acabada la contienda creyéndose perdidos. Alzaron vuelo y huyeron de la cornisa con destino incierto. Tan pronto como se hubieron perdido de vista, la ilusión del mago se esfumó, retornando los cristales a su dueño.

Hoggle y Dash escaparon del interior de su prisión de roca y se reunieron con el resto del equipo que esperaba en la cima. Sarah aferró a su hermano pequeño con todas sus fuerzas, aún no despertaba del escalofrío de haberle visto en riesgo. Jareth no dijo nada; entregó el niño a su hermana y se apartó unos metros, abocándose a regresar a su aplomo habitual. El gnomo y el enano llegaron dando voces de contentos, pero el comité de recepción aún se hallaba consternado.

- ¡Muchacho! – Rió Hoggle palmeando la espalda de Toby - ¿Querías emociones fuertes? ¡Ja, ja, ja!

- Eso no tuvo gracia… - musitó Sarah, aún agitada.

- ¡Bah! Ya se acostumbrará…

- Será mejor irnos de aquí – exhortó ella, inquietada – No quiero que la noche nos sorprenda en este lugar.

- Estoy de acuerdo – reveló Hoggle. Se reagruparon y se marcharon tan pronto como les fue posible.

- ¡No puedo creerlo! - Exclamó Toby, abrazándose a su hermana mientras andaban - ¡He desaparecido en el aire! ¿Lo viste? ¿Lo viste? ¿Me has visto?

- Si, Toby, lo he visto – respondió ella cariñosamente.

- ¡Guau! ¡No puedo esperar a ver qué más nos espera!

- Permíteme disentir contigo… - masculló Hoggle, acre.

La charla subsiguiente giró en torno a éste último acontecimiento durante buena parte del trayecto; pasado el susto, tras la impresión, Sarah y sus compañeros encontraron gracioso lo sucedido, pero Jareth reparó en algo muy distinto: y es que ninguno de sus esfuerzos desde el comienzo, había recibido siquiera una consideración por parte de ninguno de ellos. Al fin y al cabo llevaba cuidándoles todo ese tiempo, ¿verdad? Un revuelo de necesidades y pataletas se le ensortijaron dentro, incapaces de definir quién prevalecería. Les repelía, le incomodaban, y no era su intención rogarles nada, pero las alabanzas le eran un manjar muy apreciable, y hubiese deseado al menos un "gracias". Pero no, no, tampoco; él no necesitaba nada de nadie. Abocarse a pensar esos asuntos era llanamente detestable. Así fue como alimentó a su endemoniado resentimiento, que dio como fruto una cruda resignación que le entenebreció la mirada.

El pasaje elegido descendía de pronto hacia otro más inclinado, y el sendero se transformó en unas eternas escaleras. Nuevamente se vieron forzados a colocarse en fila india, bajando uno a uno el sinnúmero de escalones de piedra. El frío comenzó a sentirse con mayor intensidad cada vez, y las luces del día agonizaron lentamente.

- Hay que salir de aquí, necesitamos un lugar donde quedarnos esta noche – indicó Sarah.

- Vengan, probemos por ahí – invitó Hoggle, inmiscuyéndose por otro de los interminables pasajes. Más y más escaleras, todas hacia abajo. Al cabo de un rato la caravana sentía agobiada sus piernas.

- ¿No tenías un lugar mejor para escoger? – se quejó Jareth.

- Eh… todas las aberturas son iguales, Alteza… - se excusó el enano – Aquí todo desciende.

- Como la temperatura – bromeó Sarah; sus palabras tintinearon, estaba tiritando.

Toby se encontraba de muy buen humor, conservando aún la excitación de su encuentro cara a cara con un dragón y un mago verdaderos. Colmóse su cuerpecito de una dicha radiante y genuina, ésa que nos convence de que nada es imposible, y solapadamente se desprendió del brazo de su hermana con un ardid en mente. Una vez libre, se detuvo en un peldaño permitiendo que los demás continuasen en su descenso, mientras él aguardaba inmóvil, al reparo. Uno a uno les cedió el paso, mas cuando llegó el turno de Jareth, se apostó de inmediato junto a él. El mago lo notó, extrañado, y de repente le invadió una cierta intranquilidad, mas sin embargo no dijo nada; ni le miró siquiera. Toby caminó a su lado un tiempo, observándole como sólo los niños pueden hacerlo, y Jareth comenzó a sentirse nervioso. Lo único que le faltaba: lidiar con la admiración de un chico que denotaba entusiasmo suficiente como para perseguirle día y noche sin descanso.

- ¡Hola! – dijo Toby sin pudores. El mago frunció el ceño como si el estómago se le estuviese doblando por la mitad. Le arrojó una mirada como al azar, y continuó caminando. Pero el niño no se dio por vencido.

- Me llamo Toby. Tengo cinco años y medio. Y soy el más listo y el más intrépido de mi clase.

Jareth le observó de nuevo, con media sonrisa irónica dibujada en los labios; es que no podía creer que le estuviese sucediendo eso, ¿acaso se hallaban en su contra todos los dioses? ¿Les era irresistible verle en paz? Regresó su mirada al camino. Toby observó detenidamente la capa, los guantes y las botas, fascinado.

- Mi maestra dice que aprendo muy, muy rápido. – continuó sin rubor alguno. De pronto Sarah reaccionó; acaba de caer en la cuenta de la treta del pequeño, y ahora lo tenía a sus espaldas intentando entablar un diálogo con el mago. Un dejo de admiración y sorpresa le condujo a mantenerse pendiente de la situación, mordiéndose los labios en una sonrisa atónita. Sabía de la desvergüenza de los niños, pero jamás se le había manifestado esa esencia en cuerpo presente, y menos en su hermano. Y no sólo eso, sino que el objeto de su hipnotismo era sin duda alguna singular; Toby no acosaba a los gnomos, Toby acosaba al mago. Valentía y frescura propias de la edad, quizá.

El niño reparó en el particular diseño de la camisa que Jareth llevaba puesta; mangas amplias atiborradas de encajes, que parecían deshacerse en racimos como el plumón de un ave, cubriéndole casi por completo las manos (hábilmente ocultas en un par de guantes) Tan voluminoso como ese encaje lo era el cuello de la prenda, de un color casi manteca, que pendía generosamente escondiendo un detalle interesante del atuendo. Toby reparó en él de inmediato; algo lucía, algo brillaba, reapareciendo y escapando, en un juego inquieto entre las ropas del mago. Finalmente un paso en la escalera le expelió fuera durante un breve minuto y el niño pudo descubrirle: un talismán extraño, esplendente, sometido obedientemente al cuello de su amo.

- ¡Guau…! – susurró el niño; Jareth deslizó una mirada curiosa, le señalaban con el dedo - ¿Qué es eso?

El mago se examinó el pecho, entonces supo a qué hacía referencia el pequeño. Sarah escuchó con intriga y embozo, no quiso darse vuelta para no disipar los sucesos. Jareth tomó el amuleto en una de sus manos, con un dejo casi imperceptible de nostalgia.

- Un obsequio – respondió quedamente, como para no ser oído.

- ¿Un obsequio? – se entusiasmó Toby. Sarah inmovilizó por un segundo la respiración. ¡El niño había conseguido respuesta! Aquello era algo nuevo…

- Si, un obsequio. – respondió Jareth, incómodo.

- ¿Y quién te lo regaló? – preguntó Toby, curioso; se hallaba tan entusiasta que bajaba los escalones a brincos.

- ¿Qué? – no era que no le hubiese oído, sólo intentaba dilatar el tiempo de su respuesta, como si con ello le fuese posible escaparse de la misma.

- Qué quién te lo regaló – repitió el niño, tenaz. El mago hizo una pausa, pero Toby no dejaba de observarle. Titubeó unos segundos, y finalmente respondió:

- Mi padre.

- ¿Tu papá? – sonrió el muchachito. Jareth hizo una mueca graciosa; de verdad que no podía creer lo que le estaba ocurriendo. ¿Y ahora como zafaba de toda esa marea de preguntas? ¡Y las que vendrían luego…! Sin embargo Toby transmitía tanta ingenuidad que no se atrevió a dejarle sin respuesta.

- Si, mi padre – repitió entonces. El pequeño estiró el cuello para ver el pendiente un poco más de cerca.

- ¡Guau…! – exclamó. Jareth sonrió, aquella le pareció una expresión exagerada. Sin embargo no apartó su mirada del camino.

- Quisiera que mi papá me regalara algo así. – Suspiró el niño, e inmediatamente entristeció su semblante – Me regala cosas lindas, pero…

El mago le observó a rabillo de ojo.

- Pero nunca esta conmigo para jugar con ellas. – Masculló el pequeño, defraudado – Es más, a veces ni siquiera recuerda las cosas que me ha comprado…y tiene que preguntarme para no repetirlas.

La sonrisa se esfumó del rostro de Sarah; el mago frunció el ceño, pero continuó mudo.

- En realidad está en mi casa, pero es como si no estuviera – reveló Toby sin reparos; la chica y el mago despeñaron la vista.

- ¿Sabes? No deben tener idea de que no estoy en casa, ahora – continuó el niño – Están muy ocupados, siempre…

Sus palabras fueron tan auténticas que una gran desazón hizo presa en Sarah y en Jareth. A partir de ese momento Toby no volvió a abrir su boca, imbuido en una atmósfera de aflicción. El mago no pudo evitar experimentar compasión por él, y eso le sorprendió de sí mismo también. Qué extraño… Cuántas experiencias nuevas…

El eco de sus pasos retumbó por entre las paredes de piedra de las inagotables escaleras durante quince minutos más, acrecentado notablemente por el mutismo apenado que flotaba alrededor. Por fin, llegaron al final del recorrido. Hoggle ya no daba más, le faltaba el aire, y Sarah estaba muy cansada. Ante ellos se abrió lo que parecía ser un bosquecillo, algo ralo, para ser sinceros, con árboles perennes en lugar de siniestros. El sol se sumergía inexorablemente, y de pronto Sarah se inquietó; de un momento a otro no habría más luz.

- Allá – señaló Jareth con autoridad. Todos se volvieron a verle. Había un pequeño claro entre los árboles; allí había dispuesto que pasaran la noche.

El grupo arribó al lugar indicado sin mediar palabra. Dash y Toby cogieron algunas ramas en derredor y luego se las entregaron a Hoggle, que se encargó de encender una fogata para espantar un poco el frío del atardecer. El desasosiego y la ansiedad eran casi capaces de respirarse; fluctuaban en el aire como un espectro aterrador. Ignoraban los peligros que entrañaba la noche dentro del laberinto, y el clima entre ellos mismos tampoco podía calificarse de confianza ciega, ¿quién podría cerrar los ojos con Jareth cerca? Lo mismo pensaba el mago, ¿qué le garantizaba que no le traicionaran de algún modo?

Las conversaciones fueron muy escasas, y casi en susurros, como para no despertar fantasmas; a medida que la oscuridad avanzaba, los corazones de Sarah y sus amigos se sobrecogieron de temor. Sólo Jareth se mantenía en calma relativa; después de todo, la noche no tenía secretos para él.

- Alguien debería permanecer despierto… por si acaso – sugirió Sarah.

- A mi no me miren – tembló Hoggle – Además estoy exhausto. Me dormiría de inmediato, sin tener con quien hablar.

- Yo… yo…no seré útil – tartamudeó Dash, buscando alguna excusa plausible – Además soy miope, no les convengo.

Sarah hizo una mueca con los labios.

- Yo puedo quedarme – se ofreció Toby – Veo muy bien y además soy muy valiente.

- Tú tienes que descansar – sentenció ella, inflexible – Eres pequeño.

El niño se cruzó de brazos, frustrado e indignado. Ella titubeó unos instantes y deslizó una mirada hacia el mago. Él le estaba observando de antemano, seguro de que eso ocurriría.

- A ver, déjame adivinar… - levantó una ceja, irónico y molesto. Sarah le sostuvo la mirada, pero no dijo nada.

- Si ibas a tener tanto miedo de noche, hubieses traído tu oso de felpa – disparó él, incómodo; ella reaccionó con irritación urgente.

- ¡Deja de tratarme como si fuera una niña!

- ¿Qué, has crecido?

- ¡Avísame cuando tú lo hagas!

Hoggle y Dash se miraron sorprendidos, no esperaban semejante escena.

- Pues eso debiste notarlo hace tiempo, preciosa. – respondió Jareth, desdeñoso.

- ¡No me llames así! – se encrespó ella.

- ¡Cierto! – Ironizó él, con voz quejumbrosa - ¡Qué va a decir tu papá!

- ¡Basta ya los dos! – Toby les riñó en voz alta, pero Sarah y Jareth le arrojaron una mirada escandalizada.

- ¡Yo no tengo la culpa!

- ¡Él empezó!

Toby frunció los labios, enojado con ambos.

- Está bien, está bien – se apresuró Sarah – Olvídenlo, yo lo haré.

- ¿Tú…? – Todo el grupo en su conjunto le vociferó a coro.

- ¡Por supuesto que no! – Gruñó Jareth – ¡Lo haré yo!

- ¡No quisiste hace un segundo! – se quejó ella, furiosa.

- ¡Yo no dije que no!

- ¡Tampoco dijiste que si!

Toby, Dash y Hoggle se miraron abrumados; esto iba para largo.

- Ni sí, ni no. De repente me recuerdo a alguien – espetó Jareth, mordaz. Sarah se mordió los labios, rabiosa.

- ¡Pues perdiste tu oportunidad!

- ¡Ah! ¿Si…?

- ¡Si! – Continuó ella – Tienes un gran problema de actitud.

- ¡Ja…! – Jareth se señaló a si mismo, colérico - ¿¡Yo tengo un problema de actitud! ¿¡Yo tengo un problema de actitud! ¡Te diré quién tiene un problema de actitud…!

- ¡No, no, no vas a decirme! ¡No escucho! – Sarah se tapó las orejas. Él se vio de pronto con la boca abierta, sobregirado en su berrinche. Hoggle y Dash se escudriñaron de soslayo, no sabían si callar o desternillarse de risa.

- ¡Y luego dices que no eres infantil! – El mago se puso de pie, furioso; Sarah hizo lo mismo, de un salto. El resto no perdió pisada, la cosa se ponía interesante.

- ¡Tú eres infantil! – espetó Sarah.

- ¿Yo soy infantil?

- Seeee.

- ¡Yo no me cubro las orejas cuando me dicen la verdad! – Chilló él – Además… ¿para qué te ofreces? No durarías en tu puesto ni media hora.

- ¿Y tú si? – gruñó ella, plantándole cara; Jareth se terció, crispado.

- ¡Puedo permanecer despierto todas y cada una de las noches que dure esta tonta campaña, muchachita!

- ¿De verdad? – rió Sarah, incrédula; él le desafió.

- ¿Lo dudas?

- ¡De acuerdo! – Dijo ella en el mismo tono – Adelante. A partir de este momento la guardia nocturna te pertenece.

Jareth colocó sus brazos en jarra.

- Ya vendrás a agradecerme de rodillas…

Las horas continuaron su incesante marcha; el ánimo general se serenó lentamente, hasta el punto que ya nadie susurraba nada. Sarah y sus compañeros se habían hecho un ovillo en torno al fuego, intentando retener el calor en sus cuerpos, y Toby dormía abrazado a su hermana. Hoggle y Dash cabeceaban, resistiéndose a la entrega; les aterraba ceder al sueño con semejante custodio cerca. Éste por su parte, ofendido, se había aparatado unos metros a montar guardia junto a un árbol perfectamente a solas. Envuelto en su mullida capa, el frío nocturno era incapaz de hacer mella en él.

Sarah se hallaba extenuada; el día había sido muy largo… y apenas era el primero. El sempiterno crispar de las llamas le invitaba, irresistible, a descansar, así que no tuvo más opción que confiar en el guardián de turno. Se tendió sobre el suelo, con un brazo como almohada, y recostó a Toby junto a ella. Sus ojos le manifestaron, en su derrumbe incesante, que no serían capaces de resistirse al sueño por mucho más tiempo, mas no admitió en paz al descanso sin echar antes un último vistazo al mago. Allá estaba él, en medio de la penumbra, huraño; lejos del grupo, exhalando vapor a causa del intenso frío. Su melena encrespada, iluminada por partes por la luz de las llamas, su meditar cansino acunado por los grillos, y a sus espaldas la luna, como recostada, imitándole, con su delgada silueta en cuarto creciente. Jareth pareció fundirse con el entorno, como una sombra más de la noche, tan confiado en ella como un niño en brazos de su madre. Y la quietud reinante era como que le cupiera dentro, intercambiando esencias, comulgando entre ellas una eternidad de soledad y pesar constantes. Sarah sintió remordimientos; mientras todos ellos gozarían de un alivio y una cesación en el desgaste de la marcha, él prolongaría su actividad con su vigilia. Se preguntó si acaso no se estaría extralimitando al demandarle tanto. Pero es que de todo el conjunto era el mejor preparado, su llave maestra, de ahora en más. Acurrucándose junto a Toby, escuchó por última vez el crujir de los leños, y se durmió.

Al cabo de un rato, la mirada de Jareth se disparó hacia el contingente, y descubrió que Sarah se hallaba perfectamente inconsciente. Hoggle y Dash dormitaban y se sobresaltaban, intermitentemente.

Imposible resistirse, imposible evitarlo; un terrible deseo de desquite se apoderó del mago. Desbocóse su mente a trazar distintas jocosidades con qué divertirse a costa de sus cofrades; una sonrisa diabla se dibujó en su rostro y acaricióse sus colmillos con la lengua.

Pero, sin embargo, algo extraño le impidió llevarlo a cabo. Una especie de aguijón, algo nuevo: si lo hacía perdería la poca confianza que le profesaba Sarah. Y su propio pensamiento le acusó de embustero: cómo, ¿no era que no le importaba? Su sonrisa se desvaneció obedientemente, y apartó de su mente las posibles bromas, no sin un gran esfuerzo, claro; después de todo, estaba luchando contra sí mismo.