Lo único que quiero es…

Al cabo las horas pasaron, y Hoggle y Dash no eran de piedra: se durmieron sentados como macetas. El fuego se extinguió muy lentamente, como si también se quedase dormido, y exhaló ante el alba su último suspiro, un suspiro silente y tranquilo, envuelto en halos de fumarada gris. La noche pasó sin mayores novedades, por fortuna para los visitantes, y la naciente claridad de la alborada tiñó los alrededores de la vida propia que le da la luz a las cosas. A medida que se diluían las tinieblas, fue posible distinguir el tenue movimiento de las copas de los árboles, meciéndose satisfechos, acunando esperanzas al recibir del sol su alimento. La hierba también llevó a cabo su festejo, resplandeciendo y vibrando, aún envuelta en resabios de la humedad de la noche, que le hacía brillar como a joyas en gajos y crepitar en la espesura. La brisa era quien estremecía todo, como llamando la atención de la llegada del día, y también despeinó los cabellos de Sarah, invitándole a abrir los ojos, una y otra vez. He aquí los sentidos de la joven oyeron su voz de cierzo, y tornó a la percepción de todo lo que le rodeaba. El sol traspuso el inquieto dosel acercándosele por la espalda y entibiándole el cuerpo por completo; qué placer, qué alivio; hacía tanto frío… Parpadeó un par de veces, recuperando la razón y el juicio, y recibió como un impacto la incertidumbre acerca de la misión del mago. Fue lo primero que hizo, no pudo pensar en otra cosa; antes que nada le fue necesidad espiar hacia el sitio donde se suponía que Jareth velaría. Y sí, en efecto, allí estaba. Ella quedó impresionada; una vez más, había cumplido su palabra.

Observó atentamente y comprobó que el mago manteníase concentrado, jugando con un cristal al que hacía vagar, ir y venir, deslizarse y caer, sin dejar de rotar ni tocar el suelo. Semejante habilidad le dejó admirada, y poco a poco se sintió embelesada, como la primera vez que le había visto hacerlo. Sí, ahora lo recordaba; ese vaivén hipnótico que le cautivaba; seguía estando allí, escondido en sus manos, no lo había presenciado desde hacía largos años… Él parecía no haber notado sus miradas indiscretas, y perseveró entretenido en su obra, hasta que detuvo el cristal entre sus dedos y éste se evaporó en una llama tersa, que no era de fuego ni de ningún otro elemento mortal y pasajero. Era una especie de vapor, un aliento violáceo, que desapareció segundos después sin dejar rastros.

Sarah sonrió, maravillada; Jareth bajó la vista, bostezó distendido y entonces sí, se sintió vigilado. Como si intuyera, como si supiera, volvió su rostro en pos de ella e inevitablemente la estremeció. Sarah abandonó su sonrisa, amedrentada; mas le fue imposible sustraerle la mirada. Él no dijo nada; regresó su vista al frente y le ignoró absolutamente. De pronto unos gañidos se colaron en el ambiente, eran Hoggle y Dash.

- ¡Quítate! ¿No ves que me aplastas? – se quejó Dash, dando empellones al enano.

- ¡Quítate tú! – Respondió Hoggle de mal humor – Me has enroscado esa cola tuya en el pescuezo toda la noche y casi me matas.

- ¡Buenos días! – sonrió Sarah al verles; pero ellos no lucían muy alegres que digamos. Atontados, aún bostezando, no dejaron de increparse la mala noche el uno al otro. Toby se despertó y se restregó los ojos.

- ¿Cómo han dormido? – preguntó ella, poniéndose de pie.

- ¿Dormido? ¿Y quién ha dicho que dormimos? – se quejó Hoggle – Por poco y me asfixian…

- ¡Y tú casi me mueles! – chilló Dash.

Sarah halló la situación simpática, y rejuvenecida en su humor, deslizó su mirada a través de la hierba buscando con ella al mago, creyendo ser disimulada. Intimidante fue caer en la cuenta que era él quien le acechaba, desde antes que ella lo intentara, consumiéndole con la vista. Sobrecogida dio un respingo, acobardada.

- Eh… ah…. ¿Alguna novedad durante la noche? - balbuceó entonces.

- No. – respondió él, ásperamente. Ella dejó caer la mirada y la tornó a sus amigos.

- Bien, será mejor que nos pongamos en marcha – concluyó, con una mueca.

- ¿Qué, así sin más? – se espantó Dash - ¿Y el desayuno?

- ¿De qué desayuno hablas? - le riñó Hoggle en alta voz - ¿Crees que esto es un día de campo o qué?

- Es que no puedo pensar con hambrita…

- Nadie necesita tu cerebro… - Ironizó Jareth.

Con la modorra propia de las tempranas horas de la mañana, el grupo entró en actividad intentando desperezarse y quitarse el frío al mismo tiempo. La marcha sobre el sendero se retomó allí donde se hallaban; Hoggle y Dash dieron grandes resuellos y Toby curioseó las copas de los árboles buscando fruta. El bosquecillo comenzó a tornarse cada vez más espeso, hasta que las extensas y generosas hileras de robles desembocaron en un laberinto de setos.

- Bueno… esto me suena más familiar – comentó Sarah, optimista.

- ¿Qué camino tomaremos? – quiso saber Toby.

- Al llegar a los setos hay que marchar hacia el oeste – indicó Hoggle convencido.

- ¿Y tú como sabes eso? – se sorprendió Dash.

- Es un secreto que se filtró por ahí, y ahora todos lo saben – cuchicheó el enano – Pero es lo único que sé.

- ¿Y es de buena fuente? – inquirió Sarah, escéptica.

- ¡Seguro! – Sonrió Hoggle – Tú confía en mí.

Hundieron sus pasos en la hierba que rondaba el nuevo trecho y alcanzaron el portal de setos, iluminado por tenues flores blancas. Antes de poner un pie dentro del sendero señalado, Jareth se reclinó sobre el enano.

- Higgle…

- Hoggle…

- Sí…

- Si ésta resulta ser una trampa de Wallas, y por tu culpa caigo en ella… - amenazó el mago - …ruega por tu bien que me sea imposible volver.

Pero cuando se reorganizaban para emprender el nuevo reto, alineados como una fila de hormigas, unos gritos de terror les detuvieron de inmediato. Alguien clamaba, alguien pedía auxilio y aullaba; pero en el bosque, no entre los setos.

- ¡Socorro! ¡Socorro…!

- Alguien tiene problemas – dijo Dash, aterrado; y una fugaz mirada consternada se disparó entre ellos helándoles de lado a lado.

- ¡Alguien que me ayude…!

Sarah no lo dudó; palpitando impulsividad, se puso en marcha de un salto. Los demás le siguieron, presa de la ansiedad, mas no así Jareth, que desconcertado, quedóse plantado en la puerta de los arbustos.

- Un momento… - se quejó él - ¿Qué creen que hacen?

- ¡Vamos a ayudarle! – exclamó Sarah, al trote.

- ¿Ayudar a quién? - chilló él mago, con disgusto - ¡Vuelvan acá, perderemos un tiempo valioso!

Sarah giró sobre sus talones, sorprendida.

- ¿No te importa echarle una mano?

- ¡Por supuesto que no! - respondió él.

- ¡Pero la está pasando mal…!

- ¡Yo también!

- Pues, ni modo. – Argulló ella, reanudando la carrera - ¡Tendrás que venir igual! ¡Recuerda tu palabra de protegernos durante todo el viaje…!

- ¡El trato no cubría asnadas suyas…! – berreó Jareth, furioso. Pero sí, ni modo, tuvo que seguirlos a pesar de todo.

El equipo galopó, a lo largo de unos doscientos metros entre los árboles, hasta dar con una explanada que descendía rumbo a un claro invadido por una multitud de soldados de Wallas. Los gritos de auxilio provenían del interior de la masa convulsionada y frenética, que se revolvía sobre sí misma intentando darle caza a alguien.

Instintivamente, Sarah y sus compañeros clavaron los frenos tras la última hilera de robles, desde donde podían hurgar sin ser descubiertos, y Jareth les alcanzó de inmediato arrojando una mirada repulsiva al enmarañado manojo de milicia que intentaba dar cuenta de su víctima. Pronto descubrieron que se trataba de una joven elfo – o al menos eso parecía – que luchaba por evitar que le capturasen, y que tampoco le arrebatasen un saco voluminoso, con cacharros y mantas que llevaba consigo. Debido al escaso tamaño de sus captores, y a que sus armaduras eran más voluminosas que sus fuerzas, no daban abasto para someterla.

- Oh, ya ven. Puede defenderse sola – sopló el mago, dándose la vuelta.

- ¡Claro que no! – Exclamó Sarah - ¡Hay que ayudarla!

- Si… - dijo Hoggle con los ojitos radiantes y la voz melodiosa, como en sueños – Hay que ayudarla… si… que gran idea…

Evidentemente había notado que era muy hermosa, aunque a la que se le escapó la noticia había sido a Sarah; de lo contrario no le hubiese insistido al mago que interviniese en su rescate.

- ¿Qué? ¿Yo? – Chilló Jareth, rabioso - ¿Qué te has creído? ¡Por supuesto que no!

- ¡Es que para ti sería tan fácil…! – Instó Sarah, astuta y sugestiva - Con tu poder… ¡Un par de pases,… y listo!

Con la fuerza de un alud o una avalancha, - o del peso de su ego, equiparable en talla - un aluvión de vanagloria y jactancia le invadió el alma al mago; le había sabido a gloria el comentario pero sin embargo se contuvo de demostrárselo. Sujetó su sonrisa socarrona, gesticulando un poco con la boca como quien degusta un caramelo dentro, y erguido y presumido, se encaminó de buena gana hacia el alboroto.

- ¡Para mí también es fácil! – brincó Hoggle entusiasta, pero Jareth le detuvo de una oreja y le hizo a un lado.

- ¡Oh, quítate!

La pandilla entera se arremolinó en pos de los acontecimientos y se mantuvo expectante, cada uno en su puesto. Toby se coló hasta adelante, no quería perderle pisada al intrépido. Sarah sonrió satisfecha, felicitándose a sí misma por su genialidad propia al haberle inspirado de tal forma que aceptara la encomienda. De lo que aún no se había dado cuenta era que esa brillantez suya le devendría luego en una terrible pesadilla.

Como si paseara por los prados, con una gravedad intacta, Jareth se acercó al bullicio imbuido en su majestuosa capa blanca de lechuza. Algunos soldados advirtieron su presencia y pusieron a toda la legión alerta, que de inmediato tomó sus armas y olvidóse de la presa. El elfo dio un brinco en su sitio con solo verle acercarse, y volvióse madeja en el suelo temiendo quizá que le liquidasen. Una greña revuelta ocultó sus ojos azules, que desencajados e inmensos observaron tras el escondite la llegada de aquél hombre esbelto.

Jareth continuó acercándose, sereno y altivo, muy seguro de sí mismo, y cuando los tuvo a tiro levantó su brazo izquierdo, haciendo volar prodigiosamente a esa mitad del ejército. Levantó entonces su brazo derecho e hizo lo mismo con el otro lado. Como polen, como partículas, los gnomos fueron despedidos por los aires en direcciones oblicuas, tan apartadas y ladeadas que se perdieron de vista. Sarah quedóse pasmada, jamás le había visto desplegar su poderío de esa forma, y tampoco comprendía en la totalidad de la idea su mando y potestad sobre ciertas cosas. Hoggle y Dash admiráronse por la misma causa y Toby no dejó de saltar, vibrante en regocijo.

El mago regresó sus manos bajo el abrigo de su manto, tan pacífico y tan flemático como si nada estuviese pasando. Ni un ápice, ni un gesto, ni un cabello fuera de lugar; le resultaba natural inspirar que tenía absolutamente todo bajo control. Se acercó al elfo que yacía en el suelo y se inclinó sobre ella para tenderle la mano. Tiritando aún de miedo, la víctima quedóse tan abrumada que demoró algunos segundos en detonar alguna reacción. Pero entonces, cuando contempló sus ojos, uno azul, el otro ocre, le reconoció.

- ¡Alteza…! – susurró atónita; no podía creer que el rey en persona estuviese allí mismo, ayudándola.

Con prudencia, con cuidado, como quien desea tocar una copa de cristal sin romperla, estiró sus dedos hacia él y le tomó de la mano, temblando. El mago asióle con fuerza para que lograse incorporarse y ella lo hizo, pero fascinada, sin poder dejar de mirarle. Allí, y sólo allí, Sarah pensó que tal vez el rescate no había sido su mejor idea…

Jareth, fiel a su estilo, mantuvo el aplomo y la expresión imponente en su rostro, mas ella le contemplaba como si de una maravilla se tratara. Un angustioso escalofrío recorrió la espalda de Sarah, ¿qué había hecho? Había empeorado sus planes, eso había hecho. Esa muchacha que rescataban era considerablemente bella. Peligrosamente bella. ¿Y si tal vez Jareth…? Oh, no pudo concluir el cálculo, lo eliminó de inmediato. No, imposible. No podía ser. No debía ser. Tenía que actuar, y rápido. Tenía que encontrar la manera de proteger lo que era suyo antes que alguna astuta oportunista le arrebatara de las manos el corazón de quien amaba tanto.

Cortésmente, el mago levantó del suelo el saco del elfo y sin mediar palabra giróse sobre su eje y emprendió suavemente el camino de regreso. En ningún momento le preguntó su nombre o le invitó a seguirle; es más, el encuentro no le había provocado mayor impresión. Pero sin embargo el elfo le acompañó detrás obedientemente y con temor, como un cachorro que ha sido hallado en la calle.

Una vez donde el resto del equipo, Jareth se deshizo del equipaje arrojándolo de inmediato en los brazos de Hoggle. Listo. Podían darse por satisfechos, su parte estaba hecha. Luego de avanzar por entre medio de todos ellos, continuó como si tal cosa en dirección al laberinto de setos. Sarah le acosó con la mirada, desesperada, buscando en su rostro indicios de algún enamoramiento repentino, de algún hechizo. Por supuesto que no, no había nada de eso, pero la cabeza de la autora intelectual del plan era una locomotora desenfrenada creyendo ver todo tipo de fantasmas.

- Hola… - saludó el elfo con sumo sonrojo y dulzura; entrelazó sus pálidas manos en su regazo una y otra vez de puros nervios – Gracias por rescatarme…

- Ho… Hola… - balbuceó Hoggle alucinado; Dash contuvo la risa. – Mi nombre es Hoggle… Y tú… ¿Cómo te llamas, mariposa?

¿"Mariposa"? ¿Había dicho "Mariposa"? Eso había sonado bastante alarmante para Sarah. Si el enano le consideraba hermosa, entonces ya no eran sólo ideas suyas, y ello además implicaba que cabía la posibilidad de que Jareth también lo notara en el futuro. ¡Qué horror!

- Me llamo Gennah – continuó ella, peinándose con los dedos mientras la pandilla le oteaba boquiabierta. Y sucede que era como estar en presencia de un ángel amedrentado, tan tímido y abandonado que calaba la duda de que hubiese estado en el cielo. Delgada, alta y pálida; de un azul inusual la niña de sus ojos; no un azul de cielo limpio, como en el caso del mago, sino otro más profundo, más recóndito, más oscuro. Sarah tomó nota: piel de porcelana, grácil doncella, un océano turbio en su mirada y el carmín de una cereza en la cabellera. ¡Madre…! Ahora sí que tendría problemas.

- ¡Yo soy Toby! – saludó el niño de muy buen humor, le había encantado la forma extraña de sus orejas puntiagudas.

- ¡Y yo, Dash!

- ¡Hola! – Saludó Gennah alegremente, y se acercó a Sarah con una sonrisa – ¡Hola!

- Hola… - masculló Sarah entre dientes, inspeccionándola de arriba hacia abajo como con una lupa – Yo soy Sarah.

Gennah sonrió, feliz como si hubiese encontrado a su familia sanguínea.

- Pero bueno, ¿De dónde saliste? – quiso saber Dash.

- Escapé de la conquista del nuevo rey – reveló Gennah con encogimiento – Cuando la guerra estalló pude escabullirme dentro del laberinto. Llevo desde entonces eludiendo a los soldados de Wallas… no son muy listos.

- Un momento… - sospechó Sarah. Se plantó hacia un lado con los brazos cruzados y el ceño fruncido; Toby no pudo evitar que le recordara a una de las posturas del mago - ¿Cómo puede ser que escaparas? Todas las muchachas cayeron bajo su encanto…

- Yo huí a tiempo. En cuanto supimos lo que pasaba con las chicas, me escapé. Sabía que dentro del laberinto les sería más difícil dar conmigo – explicó el elfo, mirándole a los ojos con sinceridad pura – Evito salir a la luz del día… Hoy lo hice por hambre…

- Oh… ¿Tienes hambre…? – se apresuró Hoggle, con obvia piedad.

- Yo también – sonrió Toby – Pero algo encontraremos… ¡Oye, tal vez puedas venir con nosotros!

Sarah se petrificó en su sitio, como por un congelamiento imprevisto.

- Mmno, no sé, es muy peligroso… - tartamudeó.

- ¡Por favor…! - suplicó Gennah, enterneciendo la mirada - ¡Permítanme acompañarles!

- ¡Anda, hermanita, por favor! – chilló Toby.

- Si, anda, Sarah… - suspiró Hoggle.

Sarah se mordió los labios, preocupada; temía estar cobijando bajo sus alas a una arpía rapaz que no cejara hasta hincarle las garras a Jareth. Su peor pesadilla. Pero, por otro lado, ¿y si se equivocaba, y realmente le daba la espalda a alguien que necesitaba ayuda? Suspiró afligida y despeñó su vista.

- Está bien – dijo, suplicando no estar cometiendo un error – Puede venir con nosotros…

- ¡Si…! – celebraron todos a los brincos,… especialmente Hoggle.

Súbitamente se detuvo el jolgorio, alguien advirtió a Jareth a la distancia bastante malhumorado. Parecía volverse sobre sus pasos, en pos de la comitiva, y se detuvo allí donde pudiesen verlo, cruzado de brazos, iracundo. Algo le estaba sulfurando el genio, algo que estaba acaeciendo. Sarah imaginó que se debía a la tardanza, ya que él, impaciente, se les había adelantado para retomar la senda hacia el pasaje de setos; así que, aguijoneada por sus terrores femeninos se puso en marcha de inmediato, para no hacerle esperar tanto. Los demás le siguieron, con toda naturalidad.

Gracias a su entusiasmo inesperado y la acuciante ansiedad que le inspiraba la presencia del elfo, Sarah fue la primera en llegar donde el mago, casi sin aliento. Su solicitud repentina a un solo gesto suyo fue sumamente evidente, tanto que hasta Jareth sospechó que algo extraño estaba ocurriéndole.

- Estamos listos. ¡Vamos! – Exhaló ella al llegar. Jareth ladeó la cabeza y entornó la mirada, ¿desde cuándo él tronaba los dedos y ella corría a su encuentro, arrebatada? Aquello era de verdad intrigante… Empero abandonó esas cuestiones para otro momento, acosado por una frustración enorme.

- ¿Vamos? ¿Vamos? – Refunfuñó – ¡No vamos a ningún sitio! ¡La entrada a los setos ha desaparecido!

- ¿Qué? – Sarah se detuvo, consternada.

- ¡Lo que oíste! – continuó él, loco de rabia. El grupo arribó en aquellos momentos y todos pudieron oír sus palabras - ¡El Laberinto de setos no está! ¡Se los advertí, esto es así! ¡Pero ustedes: nada; insistieron en un absurdo rescate!

Gennah bajó la cabeza, espantada ante sus rugidos, y Hoggle se le acercó nervioso incapaz de saber cómo contenerla. Pero Jareth ni se dio por enterado, no cabía en sí de la ira; Sarah echó a correr tras sus espaldas para constatar sus dichos, y regresó poco después con la misma expresión abatida que había tenido a la hora de admitir a Gennah en el equipo.

- No…no hay nada allí… - murmuró – Ya no hay nada…

Gennah se plegó sobre sí misma intentando desaparecerse, hacerse muy pequeña, tan diminuta y tan microscópica como pudiera. Y es que la culpa estaba matándola; si no hubiese sido por su causa ahora todos estarían marchando por la senda correcta. Pero ella, inoportuna – como lo había sido desde la cuna – les había desviado por tonterías.

La incertidumbre se tendió sobre ellos como una neblina asfixiante; el enano, por su parte, no se apartó de la recién llegada, y le ofreció una de sus manos, para reanimarla. Toby y Dash intercambiaron miradas desconcertadas, aguardando la subsiguiente orden, mientras Sarah se debatía entre la inquietud por hallar solución al malogrado desorden y la alteración por controlar que la rescatada no se pasara de lista con el rey. Era demasiada tensión para una misma mañana. Se sostuvo del tronco de uno de los árboles más próximos y suspiró, intentando aclarar su mente. Jareth también exhaló, pero en su caso fue por hartazgo; se llevó una de sus manos a la sien y se acarició con los ojos cerrados, ambicionando distensión. Gennah se mantuvo distante, aterrada y temiendo ser abandonada. Y es que ella sabía de su condición de torpe y su compañía inadecuada, lo lógico de esperar era que la botaran. Toby, Dash y Hoggle sintieron piedad por ella y le rodearon como si así le escondieran de la ira del mago.

- Bueno… - suspiró Sarah al cabo de unos momentos – No podemos detenernos. ¿Hacia dónde conduce el camino que ha quedado?

Dash se lanzó a una efímera carrera hacia el antiguo sendero y regresó con noticias.

- El camino continúa a través de un bosque rojo, hacia el sur.

- ¿Hacia el sur? – Se escandalizó Jareth – El camino correcto era hacia el Oeste.

- Demoraremos un poco más… pero no importa, lo lograremos. - susurró Sarah, conciliadora.

- ¡Perfecto! – Ironizó el mago, en un gruñido. Sarah desfiló su mirada por entre las de todos los presentes; nadie articulaba palabra.

- Bien, ¡vamos! – ordenó ella, recuperando su lugar de liderazgo. Se desprendió del árbol e inició una marcha segura y constante hacia el nuevo pasaje. Esto reavivó el espíritu del equipo y se alentaron a continuar pase lo que pase.

Como de costumbre, la tropa marchaba con los más pequeños en el centro, aunque ahora Sarah encabezaba la caravana mientras Hoggle resguardaba a Gennah detrás de todos. Finalmente, cerrando el desfile con una frustración indecible, el mago. La nueva ruta les condujo hacia un bosque lustroso, de preciosos árboles bruñidos, de follaje perlado y rojo. Eran un delicioso contraste en comparación con la hierba verde, y esparcían en las baldosas sus decorativas hojas al azar, cada vez que eran removidas por la brisa. Se desprendía de ellos un dulce y ameno aroma como a azaleas, o quizá azahar, que ascendía y se impregnaba inundando todo el lugar.

Sarah y Gennah quedaron pues maravilladas; era como caminar bajo la lluvia, una lluvia como de plumas, de más y más hojas rojizas. Toby lo encontró muy divertido. Sarah, muy romántico. Si tan sólo pudiera componer las cosas con ese mago malcriado… Sutilmente deslizó su mirada por detrás de sus hombros, para verle. Por entre la lluvia de follaje grana y cárdeno, la silueta de Jareth era casi mágica. Lo descubrió con la vista alzada hacia las copas, observando el fenómeno. Su largo cabello destacaba sobre el entorno por el contraste de los tonos, y acariciado por la brisa y el ir y venir de la llovizna, era una exquisita visión de ensueños. Si tan sólo pudiesen hablar… Sumida en tales pensamientos, no se percató del suelo que pisaba y de un resbalón acabó sentada en la calzada. El sonido de su caída sobresaltó al equipo entero, y en un abrir y cerrar de ojos, todos – esta vez sin excepción- le estuvieron encima. Pero ella se lo había tomado a risa.

- ¿Estás bien? ¿Te lastimaste? ¿Te duele algo? – le bombardearon.

- He pisado algo… - sonrió ella, avergonzada. Al explorar con la mirada descubrieron que había sido una fruta.

- ¡Comida! – exclamó Dash, y se lanzó de cabeza. Hoggle y Gennah se apresuraron a una entusiasta cosecha, hambrientos.

- ¿Qué es eso? – inquirió Toby. El fruto era semejante a una pera, blanco por fuera y amarillo por dentro.

- ¡Pruébalo, son deliciosos! – indicó Gennah, con ternura, y de inmediato abrió sus manos y le ofreció cuanto tenía. El niño comió y comió y se relamió de sabroso. Pero en el suelo no había suficiente para todos. El resto descansaba en el dosel, por encima de sus cabezas. Animada por el descubrimiento, Sarah se atrevió a uno de sus últimos alardes infantiles.

- ¡Voy por uno! – rió, y sujetándose al tronco grisáceo del árbol comenzó a trepar por él.

- ¿Qué haces? ¡Por favor, baja de ahí, es muy alto! – Se atemorizó Gennah. Pero Sarah se había rendido bajo el poder de los celos, y su galopante candidez le impulsaba a intentar llamar la atención de Jareth… aunque fuese de una manera ridícula. Toby estalló en carcajadas; el enano y el elfo le instaron a descender con toda clase de argucias; mas ella no oía, se hallaba ardiente de boberías.

- ¡Ya me pedirán más fruta cuando esté allá arriba!

Jareth no daba crédito a lo que veía, es más: precisó acercarse porque no lo creía. ¿Qué intentaba hacer, romperse un hueso?

Finalmente y contra todo pronóstico, la muchacha alcanzó las ramas cargadas del precioso alimento. La alzada era considerable ya que era una planta adulta, alta como una acacia; así que evitó mirar hacia abajo, concienzudamente. Pero el problema que se le reveló fue otro: los brazos del árbol se encontraban envueltos entre un verdín o una especie de moho, y extensos mantos de plantas parásito, la superficie perfecta para resbalarse hacia el vacío sin dejar rastros. Sus ojos verdes se abrieron, en la expansión más amplia que pudieron, y dieron cuenta, atónitos, de aquél desafío inesperado. Otra vez, no había considerado todos los detalles antes de asumir el riesgo. Tenía que trabajar más en eso.

Por instinto, quizá, - o porque le conociera -Jareth presintió problemas y se emplazó debajo, sin arrancarle los ojos de encima.

Con cuidado, con prudencia, a sabiendas de lo que le esperaba si no tenía cautela, Sarah se aferró a la rama principal con fuerza hasta que logró montarse en ella como se hace en el lomo de un caballo. Y suspiró aliviada, pues había conquistado el primer tramo y el mago aún le estaba observando. Bien. Hasta el momento, todo bien. Toby no dejaba de alentarle, aquello le divertía sobremanera, y Dash no pudo contenerse, uniéndose a él en la algazara. Se pusieron pues a hacer muecas, y exigir botín a cambio de palmadas, y a cantar canciones para la esforzada y temeraria.

Jareth se llevó las manos a la sien y suspiró horrorizado.

- ¡Es como cuidar un jardín de niños…!

Sarah avanzó como pudo deslizándose sobre el madero, teniendo en cuenta no ladearse ni a uno ni a otro lado pues, por más empeño con que cerniere sus rodillas, aquel caballo no tenía lanillas, era mera mugre, nada más, y mugre resbaladiza. A la mitad del recorrido el tronco aún era grueso, y se mantuvo firme y sereno cuando ella estiró sus brazos. Un poco de esfuerzo, un poco de maña, un poco de suerte – por qué no - y ya estaba dando cuenta de lo capturado. Los de allá abajo estallaron en vivas, gritos y rechiflas, suplicando además que les compartiese algo de lo obtenido. Sarah dejó caer tantos frutos como pudo y Toby y Dash no dieron tiempo a que ninguno tocase el suelo. El ambiente tornóse entonces en una pequeña aventura risueña.

En medio del espectáculo, Sarah advirtió que Jareth parecía vigilarle con atención, aunque, cuando sus ojos se encontraron, él puso sus manos en la cintura con una mirada de desaprobación. Ella entendió finalizada la travesura y se dispuso a descender del árbol, desandando el camino conquistado y regresando hacia atrás.

El mago le examinó detenidamente; era evidente que algo extraño le estaba ocurriendo pero, ¿qué? De pronto le obedecía sin chistar, se ponía a hacer monerías… ¿qué demonios estaba sucediendo? Intentó analizar su comportamiento, y fijó aún más en ella su vista, pero verle escabullirse con terror al vacío le llevó inevitablemente a otros pensamientos. Reparó, por ejemplo, en que en realidad sí había dejado de ser una niña; un poco más alta, un poco más sinuosa… y mucho, mucho más hermosa… Una sonrisa bribona venció cualquier reparo y se dibujó a sus anchas en su rostro desvaneciendo las tinieblas y permitiéndole rutilar a sus ojos.

En medio de sus lucubraciones, un crujido fortuito le sobresaltó. Sarah caía del árbol, tan elegante y tan liviana como un jabalí en picada, y sin siquiera pensarlo, Jareth estiró los brazos y la atrapó. Aquello era estar en el lugar preciso, en el momento indicado: de repente Sarah se vio envuelta en los brazos del mago con sus narices afirmadas una contra otra. La cara de espanto del rey fue digna de conmemoración eterna, y ni hablar de la de ella, hasta con la boca abierta. Tras un segundo de estupefacción, Jareth reaccionó como por la asestada de un rayo y la dejó de pie en el suelo, azorado por la situación. Sarah no atinó a decir nada, encendidas sus mejillas de vergüenza, y se llevó las manos a la boca como si fuese una niña pequeña. Bueno, si había deseado llamar la atención del mago lo había logrado, de eso ni hablar. Jareth frunció el entrecejo, perplejo por su extraño despliegue.

- A veces no sé si eres valiente o inconsciente… - musitó. Sarah le contempló intensamente a los ojos, como no lo había hecho desde que llegó.

La situación lo ameritaba, fueron incapaces de contener un par de sonrisas desconcertadas, y por un breve minuto sonrieron a la par, sonrieron juntos, pero del asombro que manaba la extravagante ocasión. Bueno, al menos la travesura había propiciado la rotura de algún que otro hielo, y, estimulada, Sarah lo tomó como una meta alcanzada. Jareth no podía dejar de verla, se devanaba los sesos intentando entender qué le estaba ocurriendo, y eso para ella fue lo más fascinante del mundo.

El resto del equipo se hallaba demasiado ocupado deglutiendo el botín, así que se enteraron poco y nada de lo ocurrido. Sólo cuando Gennah se apartó unos metros con algunos frutos en la mano, el mago comprendió las razones que inspiraban a Sarah.

- Alteza, para usted – susurró el elfo mansamente, ofreciéndoselos con una reverencia. Se hallaba aterrada por creerse causante y promotora de la demora en el viaje, e intentó de alguna manera disculparse, con una ofrenda de paz. Ajena a la dinámica del grupo, se hallaba convencida que Jareth estaba a la cabeza de la misión y que le trataban con sumo respeto, el respeto digno de un rey. Por eso midió el tono de sus palabras, y pulió sus gestos y su comportamiento; no deseaba ofender. Pero Sarah no reparó en esas cosas, ni las puso en perspectiva para analizarlas mejor; su temor genuino afloró, chillando como una alarma a todo vapor.

Él, por su parte, recibió la oblación con suma templanza y dignidad; después de todo, estaba habituado a ello, había vivido así toda su vida. Tampoco creyó conveniente corregirle, la situación ya le era demasiado incómoda, para qué más. Con su acostumbrado gesto severo, tomó una de las frutas de la mano del elfo y la mordió con toda confianza. Cuando Gennah vio acepto su obsequio, se sintió reconfortada; realmente le era muy importante la aceptación de estos nuevos compañeros, y anhelaba fervientemente que le dejasen dentro del grupo. Sólo deseaba hacerlos sus amigos, nada más, pero Sarah creyó que lo que le era importante era el coqueteo. Gennah intentó entonces la comunicación, y se despachó en un incesante parloteo entrecortado de vez en cuando por alguna risita tonta. Para ser sinceros, Jareth no se halló interesado en sus palabras en absoluto, pero le acechaba una migraña y ya no deseaba más peleas por ese día. Así que le permitió explayarse a gusto, mientras él daba cuenta de la fruta.

¡Una plática! ¡Estaba percibiendo una plática! Sarah echó pues, fuego por los ojos. ¡Esa arpía! ¡Esa ave de corral! ¡Lo sabía! ¡Sabía que la muy angelical era también muy astuta! Ah, pero se había equivocado de objetivo, porque éste tenía quien lo guardase. Y sin pensarlo dos veces, enroscada como la cola de un demonio, salió disparada de su sitio dispuesta a batallar.

- Lamento interrumpir, por favor, disculpen – atropellósele de ansiedad.

Jareth le lanzó otra mirada confusa, ¿algún otro de esos extraños síntomas? ¿Y ahora qué le pasaba? Con la boca llena, se limitó a degustar lentamente para no atragantarse con lo que se venía, había que estar listo para todo. Gennah le recibió alegremente.

- ¡Sarah! – Sonrió – Justamente a ti también quería contarte esto…

- Te agradezco, pero necesito hablar a solas con su Majestad – espetó Sarah con toda simplicidad. ¿Qué? ¿Qué quería qué? Jareth engulló el bocado y se detuvo unos instantes. Lo suyo era grave…

- Ah… ¿sí? – murmuró Gennah, apenada.

- Sí – afirmó Sarah, con una certeza descomunal – Y te suplico que te alejes. No es mala intención, es sólo que… Necesito tratar detalles de nuestra misión con el rey.

¡Ah, bueno…! Aquello superaba toda la capacidad de asombro del mago. ¿Detalles de la misión? ¿Qué detalles, que morirían todos por insensatos? ¿Qué hubiese sido mejor quedarse en casa a jugar con los dados? Los ojos de Jareth trazaron una suerte de zigzag entre Sarah y Gennah, yendo y tornando, yendo y tornando. Superado por los hechos, optó por morder otro bocado, y continuar masticando, a ver qué más traía la marea.

- Ah… - suspiró Gennah. Y cuando pareció despedirse, regresó de inmediato - ¿Y por qué no puedo oírlos?

- Si, Sarah, ¿Por qué no puede oírlos? – Jareth había encontrado su oportunidad. Su pregunta fue mordaz e intencional, e intentó obligarle a definir qué le estaba ocurriendo. Sarah se sobresaltó, y le disparó una mirada inquieta, temiendo ser descubierta. Él la observó llanamente mientras daba otro mordisco.

- Pues… pues… - balbuceó ella – Pues porque no la conocemos bien. Tal vez es una espía de Wallas, enviada para engatusarnos.

Sarah respiró aliviada. Afortunadamente su mente fluía mejor en estados de tensión.

- Ah… - musitó el mago, suspicaz.

- Yo no soy eso – se defendió Gennah.

- ¿Y cómo saberlo? – Insistió Sarah, nerviosa – Podrías estarnos mintiendo.

Una mueca sagaz dibujóse en el rostro de Jareth, y parecióle estar comenzando a entender… ¿Acaso…? ¿Sería posible que…? No, no podía ser. Aunque tal vez… ¿Celos? ¿Sarah tendría celos? Hincó el diente de nuevo. Sólo había un modo de averiguarlo.

- Gennah… - Interrumpió él, entonces. Ambas quedaron mudas – ¿Por qué no mejor entablas relación primero con los demás miembros? A la hora de la cena estaremos más tranquilos y podrás contarme todo eso que deseas.

Sarah quedóse boquiabierta, indignadísima. ¿Qué le había dicho? Gennah aceptó el trato de muy buena gana y se despidió cortés, con inclinación y todo. Sarah le observó marcharse y giró sobre sus pies, apuñalando al mago con la mirada. Éste lo notó, jocoso, pero estaba resuelto a llevar su experimento un paso más allá.

- ¿Qué opinas de ella? – Inquirió, desfachatado – Es muy agradable, ¿no crees?

- ¡Agradable…! – murmuró Sarah, rumiando cada palabra - ¿Agradable? ¿Agradable?... ¡Agradable!

- Sí, sí, ¿por qué lo repites tanto? – preguntó él, fingiéndose incómodo.

Sarah no coordinó palabra, furibunda; se acarició el cabello con nerviosismo, bufó, revoloteó la mirada pero no pudo decir nada. ¿Y qué iba a decir? ¿Se atrevería a reclamarle algo? Sólo si estuviera loca. Aunque ganas no le faltaran, era obvio que no podía decir nada al respecto. Finalmente exhaló un gruñido colérico y se marchó lejos de allí.

- ¡Sarah! – le llamó Jareth en cuanto se alejó unos pasos. Ella se detuvo a mirarle.

– Aún no me has dicho de qué se tratan los detalles de nuestra misión…

Sarah frunció el ceño.

- Ah. Olvídalo…

Sin más, la chica que otrora trepara a los árboles o brincara cuando él le llamaba se alejó a rabiar por algún rincón en paz, y Jareth dio por concluida la prueba, con una sonrisa mendaz. Se rascó la barbilla, admirado. ¡Quién lo diría…! ¿Sarah sentía celos? Aquello sí que era algo nuevo. Nuevo y muy alentador…