Todo lo que haces

Caminar en las cercanías y sentirse inevitablemente atraída fue una práctica conocida para Gennah, pero no porque gozase de un costado sociable colmado de experiencia y rutinas para iniciar relaciones y caerle bien a las personas, sino porque estaba habituada a todo lo opuesto: a desear compañía y no tenerla nunca. Encaminóse hacia sus compañeros de viaje, con su vacilación usual, acatando obediente las sugerencias del rey, y oírles hablar y oírles reír le supo a un elixir agridulce, pensando que quizá jamás hallaría cabida en aquél grupo. Se aproximó a Dash, Hoggle y Toby que continuaban devorando algunas frutas, aunque de pura glotonería, y fue recibida con curiosidad y mucho entusiasmo. Habíanse sentado en medio de la vereda, en una ronda casi perfecta, bajo el incesante caer de las hojas bermejas; Dash se las quitaba de encima con abrumadora insistencia, el cosquilleo constante le irritaba sobremanera. Toby en cambio, con un espíritu investigador, les permitió acumularse sobre su lomo sólo para saber si sería cubierto hasta las narices.

- ¡Siéntate aquí con nosotros! – sonrió el niño al verle; Gennah le dedicó una sonrisa muy dulce.

- ¡Espera, espera! ¿Dónde están mis modales? – se levantó Hoggle de un salto. Se quitó el chaleco y lo colocó en el suelo a modo de cojín – Ahora sí, bella mariposa, puede usted sentarse, je, je, je.

Gennah se ruborizó ante el embiste de semejante halago, y escondiéndose entre sus cabellos agradeció el gesto y tomó asiento, mientras Dash codeaba a Toby tentado por la ridiculez del enano. Pero el niño no pudo quitarle los ojos de encima a la curiosa criatura, escapaba a cualquier repertorio mental que mantuviera: ni las humanas eran tan bellas, ni los ángeles tan tangibles. Vaciló unos instantes, cotejando qué tanto resistiría el impulso, hasta que descubrió que no aguantaría mucho, mejor dejar escapar lo que pensaba.

- ¡Qué extrañas orejas tienes! – exclamó con toda frescura. Dash obtuvo otra excusa para continuar con su festín hilarante - ¿Por qué son tan puntiagudas?

- Pues… - sonrió Gennah – Porque así soy…

- Es elfo, muchachito – interrumpió Hoggle, molesto. Gennah dejó caer la mirada, acongojada, temía ser motivo de cualquier molestia, por minúscula que fuera – Y más respeto hacia tus mayores.

Toby hizo una mueca de desacierto; no deseaba incomodar, sólo quería preguntar. Gennah, maternal, supo comprender eso e intentó retener el diálogo entre ellos.

- ¿Y tú por qué las tienes tan redondas? – le preguntó con ingenio. Toby pensó durante unos instantes.

- Pues… porque soy un niño… - suspiró, frustrado; mas el asalto de una idea le indujo a alzar la vista, ilusionado, y apuntar a Jareth con el dedo, que se hallaba a cierta distancia, descansando - ¡Pero cuando crezca, voy a ser como él!

Hoggle y Dash voltearon a ver; grande fue su sorpresa al descubrir el modelo escogido.

- Oh, no, gracias… - masculló el enano, mordaz. Gennah soltó una carcajada. – ¿Otro de ésos…?

- ¿Te imaginas, dos iguales? – rió Dash. Hoggle se llevó las manos a la cabeza.

- ¡No…! ¡Ni lo menciones! Emigro de esta realidad…

- Oye, Gennah, ¿Y por qué andas sola? ¿Dónde está tu familia? – quiso saber Dash.

- Ah, pues… - Gennah se tensó casi de inmediato. – Es que… prefieren andar sin mí…

- ¿Qué? – Hoggle abrió los ojos de par en par - ¿Y por qué?

- Bueno… - suspiró ella – Es que creo que les molesto un poquito.

- ¿Un poquito? – se entrometió Toby – En mi casa, yo molesto todo el tiempo, y mis papás nunca se fueron sin mi…

- Hasta ahora… - susurró Dash; Hoggle le dio un revés en la nuca.

- Bueno, es que yo… no debo ser fácil de aguantar, supongo… - murmuró Gennah, avergonzada – Le temo a muchas cosas… creo que se llaman fobias.

- ¿Qué es una fobia? – preguntó el niño.

- Es un miedo muy grande – explicó el enano, y Toby le examinó aún más.

- ¿En serio?

- Eh… si… bueno…

- ¿Y a qué le temes, mariposa? – inquirió Hoggle. Gennah meditó unos segundos y suspiró.

- A ciertas cosas…

- Pues aquí no tendrás más miedo – señaló Toby, con tierna persuasión – Aquí todos nos cuidamos entre todos, ¿verdad?

- ¡Cierto! – Exclamó Hoggle, atrapando la oportunidad al vuelo – Yo, jamás permitiría que algo malo te suceda…

Los ojos de Dash por poco le abandonaron las cuencas, como si se asombrasen de golpe ante el extraordinario atrevimiento; y es que lo que menos esperaba de su compañero era semejante confrontación romántica. Tampoco habíale visto hacerlo durante las centurias en que le hubo acompañado, es más, desconocía ese lado suyo, como si le hubiesen trocado a su amigo por otro más dúctil. Y he aquí que Gennah, sintióse gratamente impresionada, tanto así que escondió la mirada tras el abanico de su flequillo. De estas cuestiones el pobre Toby entendió poco y nada, pero encontró la gracia en la cara de jactancia de su cofrade el enano, ahora devenido en galán en plena cacería.

Recompuesto el equipo, reconfortados los estómagos, la misión de continuar andando fue afrontada de inmediato.

- ¿Qué tanto traes aquí? – quiso saber Dash. Intentó ayudar a Gennah con su equipaje, pero le resultó imposible.

- Mantas para la noche – respondió ella – Y también algunos cacharros…

- ¿Mantas…? – A Toby se le iluminó el rostro - ¿Crees que puedes prestarme alguna? Me hielo…

Gennah le sonrió solícitamente.

- Claro que sí.

El sendero de piedra que atravesaba el bosque rojo pronto se volvió más y más estrecho hasta que les obligó a inmiscuirse en pasadizos cercados por muros, como al principio.

- A veces siento que estamos retrocediendo… - murmuró Hoggle.

- No digas eso. Es verdad que tendremos que hacer un rodeo… por cuestiones de fuerza mayor… – Sarah aprovechó la oportunidad para lanzarle una mirada odiosa al elfo – Pero ya verás qué bien nos va…

- Si tú lo dices… - suspiró el enano.

- Si ella lo dice, mejor cruza los dedos – Ironizó Jareth; Sarah frunció los labios.

- ¡Sé muy bien lo que hago!

- ¿Ah, si?

- Sí.

- Me encantaría saber en qué te fundamentas. – Insistió él, con una mueca mordaz – A ver, por ejemplo, ¿Cómo piensan tener éxito? ¿Cuál es el plan para derrotar a Wallas?

Hoggle y Sarah contuvieron el aliento. ¡Cierto! No lo habían pensado nunca; habían arrojado el problema a un rincón oscuro de la memoria, considerándolo confuso, complejo, irresoluto. Como si con ello esperasen que se resolviese solo, como si al descorrer el velo del olvido descubriesen tiempo después que el problema había parido, dando a luz algún buen resultado.

- Eh… - Sarah y Hoggle se miraron aterrados, no podían permitir que el mago supiera de su incertidumbre o los desampararía donde estaban, enajenado. – Es que… no podemos decirlo…

- ¿Por qué no? – Impacientóse Jareth.

- Eh… pues…

El mago se detuvo en su sitio; no era una centella pero sí muy intuitivo, y expandió los ojos hasta rozar los límites, asaltado por una idea furtiva. La idea se acrecentó hasta escapársele por los poros; impregnóle de rabia el rostro y giróse exaltado sobre sí mismo.

- ¡¿Porque no tienen idea? ¡¿Es por eso? – Chilló - ¿Qué es esto? ¿Un acto suicida? ¿O… me están tendiendo una trampa…? ¡Sí…! ¡Tal vez todos están de acuerdo!

- ¡No! – exclamó Sarah, desesperada.

La imaginación de Jareth desbocóse entonces, como lo hacen los caballos briosos; acribillóles con una mirada alertada y molesta, con recelo y escama, como si se encontrase rodeado de vendidos y conspiradores.

- ¡No es momento de ponernos paranoicos! – suplicó Gennah, de manera angustiosa.

- ¿Quién está paranoico? – Le gruñó él, sospechando hasta de su sombra – Lo dices por mí, ¿cierto…?

- ¡Así no llegaremos a ningún sitio! – Profirió Sarah, afligida - ¡Por favor, vamos a calmarnos!

Oírle y reaccionar fue todo uno para el mago; volvióse enfurecido, avanzando a zancadas sobre ella, mientras la joven retrocedía espantada, obligándose a volver grupas hasta el murallón, donde quedó parapetada.

- ¿Quieres que me calme? – Susurró él, enfadado; había sabido a ultimátum su palabra y habia entornando la mirada – Muy bien: comienza a cantar…

Sarah titubeó unos instantes, con sus ojos trémulos y vibrantes; Jareth le superaba en estatura y reclinado sobre ella era intimidante; mas como le hubiesen enseñado bien desde pequeña, la mentira nunca es buena y decidió por fin tomar coraje.

- Está bien… - se sinceró – La verdad es que no sabemos que hacer… aún.

Si se permite el comentario, tal vez decir debamos, que durante unos breves segundos, no voló siquiera una mosca. Momentos cuales, digamos, Sarah cayó presa del pánico, convenciéndose que por esas horas, no tendría más destino que el de muerta. Y entonces vislumbró la reacción del mago, que brotó así, como se manifiestan los relámpagos: de golpe dejó caer los brazos, escéptico y asombrado. ¿Le había traído con meros engaños? ¿Cómo pensaban realizar sus planes o siquiera llevarlos a cabo? Resoplando de iracundo, giró sobre si mismo hasta darle por completo la espalda, e intentó tranquilizarse, mordiéndose los labios, tragándose la rabia. Ella apreció que negaba con la cabeza, sosteniéndose las sienes con tres dedos de la mano derecha, y concibió remordimientos, después de todo, lo había embaucado.

El resto del equipo, en abstinencia de oxígeno, se tensó hasta el punto de pararse en puntillas, listos para huir de la saña del mago en estampida. Hoggle se llevó las manos a la cara, dando por sentado que, como mínimo, Jareth los abandonaría allí mismo, no sin echarles unas cuantas maldiciones extra. Dash se abrazó al cuello de Toby y éste a su vez a la cintura de Gennah. Ella estaba tan aterrada como los pequeños, por la suerte del grupo y por la suya propia; era como si esperasen detonar una bomba.

El puñal que le atravesó a Sarah de lado a lado fue el temor, tenía que actuar o todo se desmoronaría. Pero… ¿cómo calmar el enojo de Jareth? ¿Qué decirle? Si sus palabras no eran las adecuadas vaya uno a saber lo que pasaría. Y se estremeció al verle subsistir callado, como reuniendo dentro de su pecho toda la indignación y toda la cólera; sabía de buenas a primeras que aquella era señal de ira verdadera. Entonces suspiró, angustiada, intentó cobrar valor de nuevo y decidió ofrecerle una disculpa. Sus pasos hacia él fueron tan silenciosos y temerosos que hacían que el resto del equipo creyera a Jareth mucho más imponente.

Gennah estremecióse por dentro, de verdad le afligía la incierta suerte de Sarah, a pesar de que aquélla parecía no profesarle demasiada estima. Hoggle retrocedió unos pasos y se escondió detrás de Toby; éste y Dash lo hicieron detrás de Gennah, y todos cerraron los ojos como si fuesen a presenciar una escena siniestra. Con angustia, con cuidado, Sarah dio un tímido rodeo en torno al mago y le descubrió conteniendo el enfado con los ojos cerrados. No supo si lo que pensaba hacer era lo correcto, Jareth era impredecible. Sin embargo, no podían permanecer allí para siempre, la situación debía definirse, para bien o para mal, aunque ella rogaba que fuera para bien, de ser posible…

- Puedo… explicarlo – susurró, tiritando. Jareth abrió lentamente los ojos y bajó la mano; la expresión en su rostro no dejaba lugar a dudas: estaba encolerizado, tanto, que permaneció mudo. Sarah tragó saliva. Esa no era buena señal. Los demás dieron por sentado que ya eran dueños de una sentencia, de abandono o de mortificación, o de fulminación eterna, cualquiera que al mago le sonase mejor.

- Si… te hubiese dicho desde un principio que no sabíamos qué hacer, ¿hubieses aceptado venir con nosotros? – expuso Sarah, con mucho tacto y franqueza.

Jareth prensó los puños, rumiando su sentimiento de estafa; cerró los ojos de nuevo y una extraña brisa le envolvió, haciéndole ondular el cabello. Sarah frenó en seco, y dejó escapar un respirar huidizo: creyó que estábase disponiendo a aniquilarla en el acto. Mas súbitamente, y bajo las voces de un terrible estruendo, un centenar de árboles del bosque rojo volaron por los aires, desperdigando a mares sus pétalos tintos, arrancados de raíz como si los escupiese la tierra. Arrancados fueron, y no con piedad ni clemencia; echados todos unos sobre otros, con magnánima malevolencia, mucho más allá de donde empezaba la senda. El grupo en su conjunto arremolinóse sobre su propio núcleo, todo el bosque estaba siendo arrancado de cuajo. Sin embargo a ellos no les llegó ningún mal, ni daño alguno.

Sarah quedóse boquiabierta, el crujido de la madera fue tan poderoso que creyó que se desplomaría la tierra. No obstante la brisa cesó, el terrible despliegue también, y Jareth suspiró, visiblemente aliviado. Entonces sí, una vez desahogado, abrió los ojos suavemente para contemplar a Sarah con mejor cara. Ella estaba impresionada. Bueno, al menos no se había desquitado con su persona, por suerte.

- Tuve que hacerlo… – continuó ella entonces, con honestidad. – No hubieses aceptado de otra forma. Y… te necesitamos.

El mago ladeó la cabeza con austeridad; le había traído consigo mediante un ardid, eso justificaba cada gota de su indignación. Sin embargo, su aceptación de que le necesitaban inexorablemente, le había sabido a elogio, un elogio que le gustaba. Esto sirvió para aplacarle del todo; aquella afirmación había sido como caricia para su petulancia. Recuperando su habitual equilibrio, inspiró y exhaló dejando escapar en el suspiro su último ápice de frustración. Dibujó un gesto mordaz en sus labios y tiñó su mirada de su dureza acostumbrada.

- Confío… que ya no tendrán más secretos… - masculló finalmente. Los ojos de Sarah se encendieron.

- Por supuesto que no – perjuró con avidez, estaba recobrando esperanzas. También el resto del equipo, que pasado el vendaval estiraba el cuello para no perder detalle – No hay más. Y no habrá más. Lo prometo.

Jareth le observó unos instantes, receloso; ella le miró a los ojos en súplica, era consciente de su responsabilidad y realmente deseaba arreglar las cosas. La congoja en su mirar penitente y la mueca entristecida en sus labios le calaron hasta los huesos. ¿Cómo enojarse con ella? Levantó las cejas, resignado; aquí vamos otra vez. Sarah sonrió dichosa: aquello era señal de amnistía, y de no haber sido por la tirantez reinante entre ellos, le hubiese dado un buen beso en la mejilla. Empero, tuvo que quedarse con las ganas.

La sonrisa de Sarah fue, para el resto de la comitiva, una clara indicación de que todo estaba bien y de que podían engullir oxígeno. Gennah no lograba concebir lo que había visto y oído. ¿Quién era esa joven que podía darse el lujo de plantarle cara al rey y resultar ilesa? Evidentemente, alguien muy importante para él.

- ¡Suerte que te tenemos con nosotros…! – rió Hoggle en el oído de Sarah cuando ésta se les acercó. – Sólo tú puedes hacer cosas como esas…

Toby y Dash intercambiaron risitas tímidas, cubriendo sus bocas. Sarah no ocultó su buen humor, sin embargo permaneció en un prudente silencio. Gennah no podía dejar de verle, se hallaba maravillada.

- Bien, vamos, vamos, no le hagamos esperar – susurró Sarah, sensata. Inmediatamente giró sobre sí y retomó el viaje, con todos sus amigos detrás. Jareth les dejó ir delante, para mantener las distancias; la sensación de no poseer ningún lazo afectivo con el grupo le resultaba cómoda y sedante, y no pensaba cambiar eso.

Durante la siguiente media hora, Gennah intentó por todos los medios acercarse a Sarah para entablar amistad, pero el cruce de palabras entre ellas todavía era escueto y aprensivo. Gennah no lograba entender por qué, si sus intenciones eran nobles. Sin embargo una sospecha había hecho nido en el corazón de Sarah y no podía evitar ver al hermoso elfo como una amenaza. Una amenaza con mucho potencial. Y es que Gennah no sólo era preciosa, también era dulce, mansa y maternal. Toda una rival para una joven arriesgada, un poco caprichosa y un tanto torpe que encima, de alguna manera, había logrado reducir la incipiente relación con Jareth a un fino hilo de seda. O al menos eso creía ella.

El camino se retorcía y viraba constantemente, como el sinfín de un tirabuzón, como el ondear de una culebra, casi hasta el hartazgo. Entraron, salieron de pasadizos, hasta que dieron con un inmenso jardín escondido a la sombra de enormes casuarinas. La luz del día era escasa debido al intenso follaje, y también a causa de éste, la atmósfera circundante era sumamente extraña, enrarecida y brumosa, como un velo de neblina, o una mantilla de vapor. Parecía ser, a simple vista, un sembradío cuidadosamente labrado, aunque en inconcebible desproporción. Flores colosales, tan grandes como un caballo, se hallaban diseminadas a la vera de la acera. Semejantes a cornetas, como un clarín o una trompeta, de color anaranjado vivo y estambres amarillos, incapaces de retener su polen en cada pasar del viento. Automáticamente se mantuvieron a una distancia prudencial de ellas, en lo que duraba la senda, y Toby no pudo dejar de contemplarles curioso, eran tremendamente insólitas.

Un roce y un crujido irreconocibles fueron fundiendo sus tonos dando la impresión de repetirse en ciertos lugares en torno al contingente que marchaba, y Jareth fue el primero en oírlo. Sin emitir sonido, se detuvo y echó un vistazo alrededor para constatar de dónde provenía el eco, de dónde manaba el chasquido. Sarah volvió su rostro, y al verle estático también se estancó; todos le imitaron, confundidos.

- ¿Qué ocurre? – susurró ella en voz baja.

- ¡Shhh! – chistó él, tendiendo el oído. Sobrecogidos, los demás guardaron silencio, mas los minutos pasaron... y nada. Jareth oteó el derredor inexplorado, lentamente; Sarah no le perdió pisada, confiaba ciegamente en sus instintos.

- No fue nada, vamos – instó Hoggle, presuroso por escapar de allí. Pero Sarah no obedeció; si el mago no se movía, ella tampoco.

- Hay algo aquí – sentenció Jareth finalmente; su melena se agitaba en corvetas secas y ligeras con cada giro de cabeza, no cesaba de escudriñar el paisaje, convencido. Estremecióse la tropa con sus vaticinios, a sabiendas que el porcentaje de errores que ostentaba de tales daba generalmente cero, y hubo quien se lamentó por ese condenado olfato suyo que les adelantaba el sufrimiento cada vez que detectaba algo.

Inesperadamente, el mismo crujido se produjo no una, sino mil veces alrededor y en todas direcciones. Algo se estaba moviendo, algo estaba reptando a través del suelo; algún ente grotesco o una legión de ellos. Gennah fue la primera en advertirlo, y hacer saltar con ello al clan entero: las flores giraban en pos de los visitantes, rechinando tallos y cortezas, y se estaban abriendo, apuntándoles peligrosamente como si se aprestasen a comérselos. El grito de espanto del elfo fue la señal de largada, nadie se quedó a indagar nada, antes bien echaron a correr sin frenos.

- ¡Corran o los comen! – gritó Hoggle desesperado, quién sabe qué cosas horrorosas tendrían potestad de hacer esas plantas; algún hechizo, quizá, o un envenenamiento, o quizá, rozando el límite de la locura, tal vez se arrancasen de su sitio y echasen a correr tras ellos. No obstante, la delirante huida amenazóles con volverse una trampa mortal; a la vera del camino más y más flores aguardaban, y todas sugestionadas a tornar a verles. El camino era muy largo y era menester escapar por entre ellas para lograr evadir aquél siniestro jardín.

- ¿Crees que tengan hambre? – Jadeó Dash, desesperado - ¡Yo no les veo colmillos!

- ¡No voy a preguntar! – bufó Hoggle. Las flores abrieron sus pétalos como uno espera que lo hagan ante el amanecer, sólo que en el caso particular de éstas, daba la impresión de estar preparándose a expeler alguna cosa. La imagen le caló a Sarah hasta los huesos, sacudida por un mal presentimiento.

- ¿Qué es lo que expulsan las flores? – Gritó alarmada al mago que corría detrás - ¿Polen? ¿Esporas?

- ¡¿Cómo voy a saberlo? – Chilló él - ¿Me viste cara de jardinero?

- ¡No, más bien luce como un cardo en flor! – ironizó Hoggle, divertido. Jareth le arrojó una mirada de puñal.

- ¡Y tú puedes pasar por bonsái, y nadie te dijo nada!

- ¡Cuidado, cuidado! – Aulló Gennah. En repetidas y simultáneas contracciones, como quien busca dar a luz un hijo, del cáliz mismo de las flores manó algo similar a burbujas, o esferas, si se quiere, aunque no encajase esta descripción tampoco. Lo más acertado sería pensar en unas gotas de rocío, majestuosas y transparentes, de proporciones formidables.

- ¿¡Qué es eso? – ladró Sarah.

- ¡Parece que es la hora del baño! – Gritó Dash a los saltos, Jareth exhaló, cáustico.

- ¿Olvidaste tu patito…?

- ¡Ahh…! – el grupo corrió desesperado, aquellas estrafalarias pompas se les venían encima.

- ¡¿Qué creen que hagan esas cosas? – vociferó el enano al filo del agotamiento. No hubo acabado de hablar cuando una de las burbujas cayó sobre él capturándole dentro.

De inmediato, como si aquél producto vegetal fuese sesudo, o dueño de una lucidez maligna, la esfera cambió su composición química, volviéndose irrompible desde dentro. La tropa dio un salto de espanto: Hoggle había comenzado a flotar en su globo, y se alejaba más y más de ellos, elevándose por sobre el terreno.

- ¡Lucha! ¡Muerde! ¡Rompe! – gritaron todos en tierra, y se ofuscaron al creer que no les llevaba el apunte; pero es que aplicar esos métodos no tenía sentido alguno, la pompa sólo podía ser deshecha por fuera. Pronto lo averiguaron Sarah, Dash, Toby y Gennah, cuando fueron presos por detenerse a aullarle al enano. En vano patearon, arañaron y brincaron dentro, sólo consiguieron magullarse entre ellos. De dos en dos; Toby y Dash en una, Sarah y Gennah en la otra; fueron pues substraídos de la superficie estable de la acera y comenzado a ondular con destino incierto. Y lo peor no era aquello, sino que cuanto más tiempo demorasen en salir del encierro, más dura sería la caída.

Jareth echó a volar como lechuza, había logrado con suerte fugarse ileso; aunque esto no significó de forma alguna que no se le complicasen las cosas: maniobrar en el aire con cientos de pompas hambrientas encarnó un trabajo duro para él, un reto digno de sudar a mares (si es que las aves sudan) Virar a altas velocidades no era su punto fuerte, su diseño biológico no estaba abocado a esos despliegues, y más de una vez quedóse envuelto en un trompo excedido y desbocado, rehén de las corrientes y las plumas poco eficientes. Además, como añadidura, como si todo aquello no le bastase, debía velar por el equipo entero que se le fugaba en pos de la ventisca. Precipitarse tras ellos y no morir en el intento le exigió el doble de la energía acostumbrada.

Dash y Toby se lo habían tomado a risa; con su candidez - e inconsciencia – habían dispuesto un juego, brincando dentro para experimentar cuánto lograban alterar su curso con las embestidas de sus pies.

- ¡Quítate! ¡Así no! – Chilló Sarah a Gennah. Intentaron arañar la superficie y romperla, mas todo fue infructuoso. Sarah se hallaba casi exasperada, como metida dentro de una pesadilla: no sólo estaba en problemas, sino que además los compartía con esa arpía - ¡No lo estás haciendo bien!

- ¡Hago lo mismo que tú! – se quejó Gennah, indignada.

La lechuza tensó su cuerpo conforme pujaban sus alas en impulsos cortos y violentos; adelantóse unos metros y alabeó hacia la izquierda; abrió sus garras delante de su cuerpo y se fue sobre Hoggle quebrando la burbuja que le retenía. El enano se desplomó en caída libre sobre el césped y la rapaz surcóle rasante por encima: iba a por Toby y Dash. Aquéllos habían sido más sagaces, y luego de jugar un rato, optaron por aguardar sentados a que les liberasen. El ave arremetió con fuerza y desmigajó la dúctil trampa, empero no obtuvo descanso, se elevó nuevamente tras Hoggle, víctima de nuevo, recapturado al atravesar la espesura bajo una copiosa lluvia de esferas. Astutos, una vez sueltos, Toby y Dash escaparon por la senda de piedra para evitar otro vuelo indeseado, y al cabo de les sumó el enano luego de ser libertado por segunda vez. El ave hizo las veces de alfiler, yendo y tornando, yendo y tornando, quebrando esferas. Pico, garras, y alguna que otra exigencia aérea; evadió todas las esferas, hasta dar con Sarah y Gennah. Las chicas no lograban incorporarse, locas de rabia; eran como un par de desquiciadas entregadas al pánico en lugar de a la perspicacia. Y cuando la pompa se quebró, abandonaron su enojo en pos de algo más urgente e inteligente: huir de allí. Escoltadas por el mago desde el aire, Gennah y Sarah pronto se unieron a la carrera del resto del equipo que ya había puesto los pies en polvorosa. No obstante, las inmediaciones del camino se encontraban minadas de aquellas alimañas y la lechuza tuvo que repetir la operación de rescate una y otra vez, conforme sus compañeros eran arrebatados. Entre deslices y desaciertos, capturas y evasivas, liberaciones y recapturas, el grupo acometió feroz sobre la senda para concluir con ella lo antes posible. Por impericia de sus cofrades, por distracción o mero accidente, Jareth tuvo mucho trabajo aquella tarde, rebotando entre las esferas como un copo blanco de palomita de maíz.

Finalmente y sin aliento, el grupo entero alcanzó su meta, y pronto la siembra tornóse otra diferente; allí también había capullos enormes, en forma de copa, pero a diferencia de los primeros, éstos dormitaban inertes, en un inquietante reposo. Las descomunales pompas no se aventuraron a seguirles, hincándoles la duda de algo mucho más desagradable, ¿por qué no siguieron tras su huella? por alguna razón alarmante. El camino nuevo internóse hacia la derecha en medio de un plantío de extrañas formas, como juncos formidables, como el patio trasero de un gigante. No bien sus pies se posaron en las baldosas nuevas, se desplomaron todos en tierra, extenuados del ir y venir por los aires.

La lechuza envolvióse en sus propias alas al descender al suelo, y un halo de luz albina tornóse en Jareth al pie de la vereda, deteniendo su diligencia luego de haber interpretado una especie de pelota de ping pong todo aquél rato. Sin embargo no le fue menester tomar asiento; un par de soplos y ya estaba de nuevo en forma. Un quejido les caló los nervios.

- Ah, imposible… ¿Aquí también? – tembló Sarah.

Tal vez por la prisa, tal vez por imperfección, lo cierto es que estaban rodeados de juncos flexibles y nadie lo notó. Mas no tratábase de juncos delgados, angostos y de espesor escaso, como uno se encuentra al caminar por el pasto; eran una especie de tallos, que más que tallos semejaban tentáculos, de elasticidad volátil y de inconmensurable altura, que parecían abrigar en su seno una endemoniada aptitud para olfatear posibles capturas. Cada tallo o tentáculo desenrollóse sobre ellos, y develó una pequeña gota, como remate del brazo verdoso, de alguna materia viscosa y pegajosa en su extremo.

- ¡Aaagh…! - No requirieron mediar palabra para percibir que era momento de huir de nuevo.

Ya que era impracticable para aquellas plantas sustraerse de la rigidez de sus raíces, tratóse de mera cuestión de tino y suerte evadirse de sus brazos conforme se fugaba; mas, en honor a la verdad del asunto, no era tan fácil el procedimiento, ya que el poder adherente de aquellas gotas y el tumulto, favorecían el embrollo, y que con un empellón ligero cualquiera rebotase engomado. Víctima primera, - porque debe haber una en todos los casos - Sarah fue alcanzada y arrancada del suelo hacia las alturas, donde en la copa de su planta captora le aguardaba abierta una flor carnívora. Jareth remontó vuelo tras ellas, otra vez como lechuza, y con una embestida de sus garras curvas deshizo el tallo al medio. Retomando la máxima del día, Sarah huyó despavorida, luego ya habría tiempo de extirparse el tentáculo de encima. Los pitones cerniéronse sobre ellos como una cortina en tiras, y la senda no acababa, aún se retorcía. A estas alturas, demostradas quedaron las distintas idoneidades, pues si la cornisa no le había hecho mella al enano, una carrera digna de velocistas le dejó muy mal parado. Expuesto, aletargado, Hoggle fue capturado, y el mago viose obligado a intervenir de nuevo. Una vez en el suelo, el enano fue abordado por Gennah, que le tomó de la mano para remolcarlo y escapar aún más aprisa. El camino viró de nuevo, esta vez hacia la izquierda, y a galope tendido vislumbraron la brecha: ya casi lograban escurrirse. Pero en el ímpetu del entusiasmo, y en el apremio por conservar la vida, Toby fue pillado.

- ¡Sarah! ¡Socorro!

- ¡Toby…!

En un segundo de estupefacción, el niño había desaparecido. Remontado a las alturas, fue arrojado dentro de la garganta de la flor, que se ciñó sobre él en cuanto cayó dentro.

- ¡Dios mío! ¡Toby! – gritó Sarah desesperada. Intentó volverse, pero fue repelida de inmediato por el mago que se le plantó delante.

- ¡Fuera de aquí, yo voy por él! – rugió la orden.

Gennah y Hoggle la asieron por el brazo, arrastrándole fuera de alcance. Un fulgor nítido le cegó unos instantes y gestóse dentro la lechuza, que nuevamente expelióse presurosa, alzándose entre la lluvia de tallos para rescatar al pequeño. Sarah no perdió detalle, sujeta por sus amigos allá donde el camino se hallaba libre de plantíos. Jareth se posó sobre el capullo en el instante propicio para oír a Toby toser y asfixiarse. Ancló sus garfios a los pétalos cerrados e intentó hacer mella en la superficie, pero la rapaz era de escaso tamaño, y no representó amenaza alguna para la flor; entonces, echando mano a artilugios más sencillos, regresó a su forma humana, y se montó sobre el pimpollo pretendiendo romper la corteza de la corola con las manos. Resultó aquélla una muy buena idea, y en un par de tirones más, Toby emergió aspirando desesperado una bocanada de aire. Sus colegas dieron un brinco, emocionados; Sarah respiró aliviada. Pero aquello aún no había terminado; Jareth se quitó la melena de la cara de un zarpazo, arrancó todavía más corteza y Toby se escabulló de su prisión de cuerpo entero. Se trepó a la espalda del mago y le rodeó el cuello con los brazos para no caer al vacío. Ahora surgía otro problema, ¿cómo bajar de ahí? ¿Desvanecerse? Imposible, necesitaban cubrirse con la capa y ésta se hallaba magullada debajo del niño. No tuvieron opción, así que en cuanto uno de los tentáculos se les vino encima, se dejaron secuestrar. Elevar a dos no fue sencillo, y el tallo flaqueó a mitad de camino; Jareth cercenó el extremo con el filo de su medallón y ambos cayeron a tierra, sanos y salvos. Entonces Toby se lanzó desde las espaldas de su rescatista, listo para la huida. Sarah sonrió maravillada, no podía creer lo que veía; Gennah y Hoggle tampoco, ignoraban el arrojo del rey. Pero, una vez en el suelo, todavía fueron presa fácil, y el resto de pitones que fluctuaba en el perímetro se les abalanzó sin mediar tintas. Sin embargo les fue posible echar mano a la capa en aquel punto, y Jareth cubrióse junto a Toby, desapareciéndose en el acto, y resurgiendo luego ante las narices obnubiladas del resto del equipo. Toby corrió a los brazos de su hermana, alborozado.

- ¡Sarah! ¡Sarah! – Gritó - ¡Guau, estuvo fascinante! ¿Me has visto? ¿Has visto todo lo que pasó?

- Todo, Toby – sonrió ella, transmitiéndole su alivio en un abrazo tierno. Suavemente, conmovida, hizo ascender su vista hasta alcanzar los ojos de Jareth – Lo he visto todo…

Hinchiósele al mago el pecho de orgullo puro, empero no dijo nada. Altivo y perfectamente erguido, prosiguió pues su camino, mientras toda la grey se le arremolinaba detrás. Toby brincó regocijado, y se escapó de los brazos de su hermana para caminar junto a él, imitando fielmente cada uno de sus pasos. Gennah y Sarah rieron por lo bajo y se unieron a la caravana.

- ¡Vamos, adelante! – Espetó Toby triunfante - ¡Nada puede con nosotros…!

Jareth dibujó una sonrisa irónica con los labios, colmado de satisfacción. Las chicas ya no contuvieron la risa y los gnomos intercambiaron comentarios hilarantes. Con el espíritu renovado, la peculiar comitiva salió al encuentro con valentía de los peligros que aún le esperaba.

- Siguen allí… - musitó Wallas, acariciando el plumaje renegrido del cuervo – Aún siguen allí….

Sus palabras, casi suspiradas, calaron los huesos de quienes llegaron a oírlas; no se trataba de un suspiro de pena, sino de un resoplo de ira, pronunciando cada vocablo como si lo amasase en la boca y lo expeliera por vez primera. Estaba sumamente furioso: uno a uno, el equipo de intrusos superaba cada escollo resultando siempre ileso; y no sólo eso, sino que había recibido la noticia de que llevaban un nuevo ejemplar consigo.

- Han venido a ser seis, ya no son más cinco… - murmuró de nuevo, mientras sus engendros tiritaban a sus pies - ¿Se multiplican, acaso?

- Han de ser ratas… - rió el cuervo.

- Yo alimento con ratas a los animales de mi laberinto – Wallas cargó su expresión de ironía y se llevó a la boca una copa - ¿Tienes idea de por qué la suerte de éstas es distinta?

- Tus animales tendrían el buche lleno…

Como escapado de un estado pendular de sosiego y tomado abruptamente por un arrebato de rabia, el hechicero emergió de su trono sobresaltando a todo el público de su auditorio. Parecióse su movimiento al reflejo esperado cuando se hiere uno con algo o el asiento está demasiado caliente; su entorno saltó pues, convulsionado, contemplándole estrellar la copa contra la pared, de una manotazo.

- ¡¿Qué clase de amenazas les han enviado, que ninguno desiste? – rugió sobre sus acólitos.

- Les…enviamos todo, señor… - Jadeó Octavius - No sabemos qué pasa…

- ¡Yo les diré qué pasa! – Aulló Wallas - ¡Pasa que tienen a ese ilusionista de circo como as en la manga! ¡Eso pasa!

Sus tímpanos chillaron ante el estrépito de los gritos, y abrazáronse pues los gnomos presintiendo la muerte sobre sus hombros. Reclinóse el hechicero, acercándoles el hocico, y balbuceó con lentitud sus ordenanzas, no fuese cosa que se les escaparan detalles o albergasen dudas al respecto.

- Quiten de escena a su ángel guardián… y tráiganme a la muchacha humana.

Octavius y Grecus se deshojaron en reverencias, como si aplacasen su ira con ello y excusasen de alguna forma haber fracasado en los primeros intentos; se arrastraron hasta la puerta del salón del trono con evidentes deseos de huir de su presencia, mas un graznido del cuervo les petrificó en su sitio, acompañado por una orden verbal del dueño.

- ¡Alto! Vengan acá.

Volverse era abrigar de nuevo un terror incierto, ¿serían destruidos? ¿Tal vez defenestrados a los túneles de esclavos? Ambos gnomos se aproximaron centímetro a centímetro, avizorando con espanto al rey acariciando a su cuervo.

- Tengo una idea mejor… - sonrió el hechicero, finalmente. Tomó otra de las copas de la mesa y le dio un par de golpecitos con uno de sus dedos; luego bebió de ella con satisfacción - Esto haré… mi adversario estará sujeto a mis caprichos… me divertiré con él antes de consumirlo. A ver… Sólo le permitiré hacer uso de su poder cuando… cuando…

Octavius y su compañero se miraron desconcertados. Wallas se rascó la barbilla, complacido.

- Cuando el viento sople… - sentenció, gratificado por haber hallado el impedimento más chusco. Y es que de eso se trataba el asunto; si el maleficio estuviese revestido de cierto halo de crueldad inaccesible, o se tendiere sobre la víctima con predominio mortífero, no sería divertido. Qué mejor para un engreído que atormentarle del modo más ridículo. El cuervo graznó de nuevo.

- Pero, señor… - susurró Grecus, aterrado – Eso es… No es conveniente, señor, no tendría objeto. ¿No sería mejor quitarle todo su poder? ¿Por qué le permite… conservarlo por momentos…?

Wallas soltó una carcajada.

- Porque no lo conoces – Comentó, malévolo - Creo que disfrutaré esto. Jareth es más divertido tenso que deprimido…

Octavius y Grecus se miraron sorprendidos; Wallas se reclinó sobre su trono, relamiéndose con malicia.

- Déjenlo así… - musitó – Que su destino dependa del buen viento, ¡ja, ja, ja!