Descubriéndote

La marcha no llevaba un tinte apremiante, es verdad, el día aún era joven; sí, tal vez, una brizna de incertidumbre. Lo realmente indudable era que tras un par de horas andando, sus estómagos reclamaban algún alimento. A su alrededor el entorno no ofrecía nada, sólo más y más pasillos entre muros de piedra caliza. El frío era omnipresente y casi penetrante; sin un bocado que poder transmutar en combustible, se hallarían tiritando en breve. Tal vez por el mutismo, o el ensimismamiento, Gennah dio con un pensamiento que le recordó que era una despistada.

- ¡Escuchen todos! – Gritó, deteniéndose a hurgar en el saco que cargaba - ¡Vengan, acabo de recordar que tengo comida!

- ¿Qué? – se admiró Hoggle.

- ¿Cómo puedes olvidar una cosa así? – horrorizóse Dash.

- Si, si, es verdad – indicó Gennah – Lo había olvidado por completo.

Rápidamente metió las manos dentro del desorden y retiró una caja repleta de panecillos dulces.

- ¡Uuuh! – todos se apretujaron en torno suyo.

- Un momento, un momento – sonrió ella, feliz por poder colaborar con sus nuevos amigos – Hay suficientes para todos.

- Espero que no estén triturados – Bromeó Dash, al constatar que la envoltura emergía desde las profundidades de los cacharros.

- Los comería de todos modos. – rió Toby.

Gennah abrió la caja y compartió con ellos tan pronto como pudo abandonar el saco en el suelo. El primero en recibir fue Hoggle, que nunca se le alejaba demasiado. Luego Dash, Toby, Sarah y finalmente, no sin una gran manifestación de respeto, el mago. El bocado era liviano y fácil de manipular, así que no detuvieron la marcha, sino que lo degustaron a medida que avanzaban. Y como sobraban más para repetirse, hincaron el diente sin culpas.

- ¡Guau, qué ricos! – elogió Toby con frescura. Sarah sintió remordimientos; a pesar de sus malas caras, Gennah seguía siendo tan dulce con ella como al principio. Tal vez sus ideas recalcitrantes acerca de que encarnaba a una sagaz y astuta oportunista eran meras niñerías, sospechas equivocadas… Mientras probaba su parte del botín, echó un vistazo hacia quienes caminaban delante, ya que el sendero había derivado en una especie de galería techada, y habíanse colocado en fila india de nuevo. Entonces, avizoró de inmediato al atento elfo ofrecerle otro panecillo al mago, que encabezaba la caravana; sus resortes primigenios se tensaron de repente y no perdió detalle de aquello. Jareth, que se había percatado de ser cuidadosamente espiado, resolvió divertirse un poco y de paso comprobar lo que ocurría; así fue cómo, en cuanto Gennah se le acercó con la caja, no lo dudó y aceptó otra ofrenda. El elfo estaba tan contento que no cabía en sí de la dicha.

- ¡Qué honor es para mí saber que le agrada lo que he hecho! – sonrió, con la alegría infantil que le caracterizaba. Jareth encontró su oportunidad para probar las cosquillas de Sarah, y parpadeó, fingiéndose admirado.

- ¿Tú los hiciste…?

- ¡Sí! – Sonrió Gennah, orgullosa - ¡Yo recogí la fruta, los amasé y los hornee!

A Sarah se le desvaneció la sonrisa, alarmada; es más, puede hasta decirse que sus frágiles conjeturas acerca de su juicio errado se incineraron junto con sus nervios. Rápidamente, como si fuese una cazadora, abandonó la merienda, tendió el oído y aguzó la vista. Pero Jareth se había dado cuenta, y se mordió los labios para no ceder a la risa.

- ¡Deliciosos! – Insistió él, entonces. Sarah padeció una corriente eléctrica en la espinilla, eso no le había gustado para nada. De repente recordó el adagio "el camino al corazón de un hombre comienza por el estómago" y se le tronchó el suyo, de rabia.

- ¿¡De verdad! – inquirió Gennah, dichosa.

- ¡Sí! – Continuó Jareth, bribón – Aguarda, quiero algunos más.

El mago se apoderó de tres o cuatro panecillos más delante de las narices de Sarah, que no cabía en sí de furias; estiraba el cuello desesperada para no perder detalle de los hechos y él agonizaba por prorrumpir en risas. La fluidez y cordialidad de la charla le dejó anonadada; incluso el resto del equipo se mostró curioso. Jareth nunca había abierto la boca a no ser para expresar una queja; y de repente ahí estaba, dando una perorata como perico bien enseñado.

- ¿De verdad quiere más? – Preguntó Gennah, radiante. No podía creer que el mismísimo rey le estuviese elogiando su comida.

- ¡Sí, claro! – Insistió él, nuevamente - Están muy ricos.

Sarah dejó caer la barbilla, indignada; definitivamente algo andaba mal. Jareth mordió un bocado.

- ¡Mmmmh…! – expresó, intencionalmente desvergonzado.

¡Oh, ése vocablo, ése énfasis, ésa entonación! Ese gesto acabó por sacarla de quicio, bufando. ¡Pérfida coqueta! ¡Bruja, Malvada, Esperpento! ¡Sabía que no estaba equivocada con ella, esa era la prueba! Se creía muy lista, ¿eh? Ya vería. Gennah se volvió hacia el resto de la comitiva para continuar con su oferta de alimento, feliz de la vida.

- ¿Quieres…? – le preguntó a Sarah, inocentemente.

- No, gracias – espetó ella entre dientes – Perdí el apetito.

Jareth comprimió los ojos para no soltar una carcajada, le había oído perfectamente. Gennah avanzó con la sugerencia de víveres ante el resto de la procesión hambrienta, y mientras las manos se arremolinaban en torno a su comida, Sarah se escabulló y dio alcance al mago justo ante las puertas de un camino nuevo, que descendía hacia un terreno semidesértico, pedregoso, minado de exóticos matorrales semejantes a mimbres secos.

- Suerte que la trajimos con nosotros, ¿eh? – masculló despechada, dándole una feroz mordida a su panecillo, como si en ese implacable ataque desahogase la frustración de años; Jareth le observó a rabillo de ojo.

- ¿Qué, arrepentida? – soltó, con una sonrisa burlona. A estas alturas sabía con certeza que Sarah hubiese deseado traer consigo a un escorpión y no a Gennah.

- ¡Yo no dije eso! – se quejó ella; él levantó las cejas.

- Ah, ¿no? Me pareció…

- ¡Eso lo dices tú!

- ¡Oye, yo no tengo la culpa, la idea fue tuya! – Se defendió él - ¿O me equivoco?

La intensidad en su intercambio de palabras pronto llamó la atención de los demás caminantes, y el grupo entero se aglomeró interesado, tan atraído y tan encantado como si se dispusiesen a disfrutar de una película.

- ¡Atención señores…! – Cuchicheó Hoggle - ¡Comienza la función!

Dash y Toby rieron entre dientes, aprestando ojos y oídos; Gennah no comprendió de qué se trataba, pero de igual manera se mantuvo atenta.

- ¡Si hubiese sido por ti, le hubieses dejado ser secuestrada! – chilló Sarah; Jareth resopló, hilarante.

- Brincos dieras…

- ¡Deja de comportarte como un chiquillo! – enfurecióse ella. Él devolvióle una mirada escandalizada.

- ¿¡Chiquillo!

- ¡Sí! – Berreó ella, en el mismo tono - ¿Qué esperabas que te dijera?

- ¡Reconoce que a menudo te equivocas! – gruñó él.

- ¿A menudo? – Espetó Sarah; del respingo se le había aguzado la voz - ¿¡Cómo que "a menudo"!

- ¡Sí, a menudo! – rugió Jareth plantándole cara.

- ¡Claro que no! – gritó ella.

- ¡Claro que sí! – respondió él. Los demás resoplaron conteniendo la algazara.

- ¡Que no!

- ¡Que sí!

- ¡No...!

- ¡Sí...!

- ¡Aaggh…! – bufaron al unísono, fastidiados. Hoggle y sus secuaces se retorcieron de risa; excepto Gennah, que no concebía lo que veía y oía.

- No tiene caso – masculló el mago, de mal humor.

- Tienes un problema – respondió Sarah, rabiosa.

- ¡Tú tienes un problema!

- ¡Ja! – Sarah puso sus brazos en jarra - ¡A ver, dime!

- ¡No sabes mantener la boca cerrada!

- ¡Tú tampoco!

- ¡A ver, dime cuándo!

Sarah frunció los labios, ofuscada, mas cuando atinaba a responderle, el débil murmullo de risas a sus espaldas le obligó a volver la vista atrás. Jareth le imitó, instintivamente, descubriendo que representaban el espectáculo de turno. Sarah regresó su mirada ofendida y la arrojó sobre el mago.

- ¡Ahora, por ejemplo!

- ¡Ah, patrañas! – chilló él, alejándose de la tropa. El resto del equipo rió con más fluidez, incapaces de prolongar la resistencia. Sarah, avergonzada, también retomó la caminata, alejándose de sus miradas jocosas con la cabeza gacha. Gennah se inclinó sobre sus nuevos compañeros con una sonrisa deleitada.

- Y… ¿Ellos siempre se llevan así?

- No, no… - respondió Hoggle en un carcajeo – Sólo cuando están de buen humor.

- Ya te acostumbrarás, es divertido – indicó Toby, como si le participase de un entretenimiento. Gennah compartió la hilaridad y prosiguió con el viaje, a cada minuto le agradaba más su nuevo grupo de amigos.

Ante ellos se abrió una extensa planicie, sin muros ni vallados, ni cosa alguna que les sujetase a andar en fila y no lado a lado. El suelo volvióse una arenisca parda, casi rojiza, suelta y desprolija, que se remontaba a placer cuando algún céfiro le soplaba encima y les perturbaba la vista si no la escondían. El mago, que encabezaba la marcha, hundió los pies primero y fue también el precursor en llevarse la sorpresa.

- ¡El laberinto de setos! – masculló, frenando en seco. A pesar de haber hablado entre dientes, Sarah, que marchaba pisándole los talones, le oyó perfectamente pero a muy escasa distancia. Acabó por llevárselo por delante; Jareth giró sobre sí sobresaltado ante el atropello y ella dio un brinco de impresión. De inmediato se escabulló hasta delante para eludir la situación embarazosa y, de paso, ver mejor. Sí, en efecto, habían hallado el camino perdido, el que había desaparecido tras atender las necesidades de Gennah.

- ¡Oigan todos!- gritó entonces, feliz de la vida - ¡El laberinto de setos! ¡Aquí está el laberinto de setos!

La pandilla se apresuró a alcanzarle, colmados de expectativas; y al convergerse todos en el mismo punto, dieron por comprobados sus dichos: sí, en efecto, allí estaba la entrada al camino extraviado, sólo que al otro lado de un enorme y profundo abismo atravesado meramente por un viejo y roído puente colgante de madera.

- ¡Chispas! – Exclamó Toby - ¿Cómo llegaremos allá?

- Pues, caminando – suspiró Sarah, infundiéndose aliento. Gennah se atemorizó.

- ¿Qué? ¿Caminando? ¿Por ahí?

- ¿Y qué pretendes? ¿Volar? – respondió Sarah de mal humor, todavía rumiando el despecho de sus continuas atenciones para con el mago.

- Es un suicidio – tembló Dash al echar una ojeada. Los peldaños, derruidos, de algún tipo de madera irreconocible a causa de las centurias que traía encima, crujían a medida que la brisa hamacaba el puente, apenas sostenido por sogas austeras, tan antiguas como el laberinto mismo.

- Yo digo que demos un rodeo – opinó Hoggle aterrado.

- ¿Qué? ¿Y perder más tiempo? – Se inquietó Sarah - ¡Ánimo, lo lograremos!

- Si tú lo dices… - murmuró el enano.

- Sí, lo digo yo; y no es necesario que cruces los dedos.

Con recelos, dudas, y alguna que otra nefasta conjetura, el grupo se colocó en estricta hilera para subir al temerario puente de madera. En orden, en serie y sucesión perfecta, parecióles por un instante estarse encaminando a la horca; el despeñadero era profundo, extenso, inescrutable. Sarah, concienzuda, aconsejó a la tropa fijar sus ojos en la meta y evitarse la molestia de mirar hacia abajo para evitar mareos y caídas. Gennah palideció; aquello le espeluznaba sobremanera. Quién sabe si lograría siquiera avanzar diez metros sobre el vacío hambriento de la garganta de piedra. Percibiendo sus intensas emociones, Hoggle le ofreció llevarle de la mano durante el cruce, y ella aceptó encantada, retribuyéndole su interés con una sonrisa dulce.

Jareth quedóse impávido tras el contingente que avanzaba; su intención no era cruzar con ellos andando, ¿para qué, si podía lograrlo más rápido y más seguro volando? Permitió que todo el mundo se le adelantase y, una vez que se hallaron a más o menos a un tercio del recorrido, acercó sus pies al precipicio para transformarse en lechuza. Dejó fluir sus facultades, tal y como acostumbraba para estas cuestiones, sin embargo un leve dolor en el pecho le retuvo unos instantes. Y pestañeó, perplejo, ¿qué había sido eso? El malestar había sido breve,… pero intenso. Qué extraño… no recordaba estar lesionado. Inspiró profundo para colmarse de oxígeno y comprobar si aquello volvía a repetirse. Nada. Seguramente había sido alguna tontería; algún mal movimiento, algún descuido, alguna molestia sin importancia. Pronto el murmullo de sus compañeros le trajo de vuelta a sus pies ante el abismo; estiró los brazos, envolvióse en un haz de luz rutilante, y mudóse en el ave nocturna. Remontó el vuelo por sobre las cabezas de sus compañeros con claras intensiones de esperarles en la orilla opuesta; Sarah y Toby, que se desplazaban al frente, le observaron pasarles por encima raudamente.

- ¡Ojala yo pudiera hacer eso! – sonrió el niño, de buen humor.

- A veces yo también quisiera… - murmuró Sarah, aterrada. Sus manos se aferraron ferozmente a las sogas que se tensaban a cada lado mientras intentaba que ninguno de sus pies cayera presa de los innumerables agujeros en la pasarela. Su pulso tornóse más intenso conforme se aproximaban al centro del abismo; allí el viento mecía el puente a su antojo y placer, además de que ya se zarandeaba bastante gracias a sus inquietos pies. Jamás había estado en una situación semejante: un solo paso en falso y se terminaba todo, allá abajo, cientos y cientos de metros en lo profundo de las rocas. Dash escondió su cabeza dentro del abrigo de Toby; era más fácil ignorar el peligro que llenarse los ojos con él y sucumbir a un delirio despavorido.

Gennah avanzaba lentamente, unos cuantos pasos más por detrás, casi arrastrada por Hoggle, abocado a convencerle que nada saldría mal. Pero la tez del elfo estaba pálida y había comenzado a sudar; un dolor intenso en el estómago le atormentaba y una incipiente sensación de ingravidez. La situación le amenazó con superarla, así que intentó fijar su vista en el enano que la guiaba, pero el entorno parecía cernirse sobre ella para devorarla. Hoggle le susurró más palabras de aliento, pero ella tornóse más y más tensa, al punto de respirar con dificultad. Pronto el vacío se le hizo más y más grande, nublóle la vista y entorpecióle los sentidos.

La lechuza arribó a la costa opuesta; elevó sus alas verticalmente y extendió sus garras hacia adelante para posarse. Pero cuando hubo hecho esto, no hubo escalas en la metamorfosis: de repente, inesperadamente, el germen que le concedía el poder de manifestarse como un ave le abandonó por completo y se desplomó a tierra tan bruscamente como un aprendiz. La caída se produjo a una altura inofensiva, pero el hecho era extrañamente inusual; Jareth acabó de bruces en el suelo, más desconcertado que adolorido. Levantó la cabeza de inmediato, alarmado consigo mismo, ¿qué estaba ocurriendo? Mas no tuvo oportunidad de examinarse siquiera, unos gritos le tomaron por sorpresa obligándole a incorporarse y correr al risco. Sarah, Toby y Dash gritaban desesperados ante la abrupta huída de Gennah cuando ya se hallaban a más de la mitad del camino. Presa del pánico más atroz, el elfo escapaba descontrolado a galope tendido sobre la frágil estructura, en un intento por regresar al punto de partida. Sus terribles zancadas sacudieron todo el puente, con sus compañeros incluidos; algunos peldaños crujieron y otros se deshicieron, precipitándose al inconmensurable vacío. El puente se estiró y se sacudió como si estuviese vivo, como si se tratase de un pollino o un caballo que intentase mediante corcovos quitarse a todos de encima. Toby se abrazó a su hermana con todas sus fuerzas mientras ella luchaba tenazmente por continuar aferrada a la soga.

- ¡Gennah, detente…!

Jareth sujetóse al filo del acantilado para comprobar con los ojos inmensamente abiertos el instante preciso en que el extremo opuesto del puente se desmoronaba de su sitio con un estrepitoso sonido. Aullando de pavor, los colgantes desafortunados se aferraron como pudieron de las pocas tablas que encontraron, cuando uno de los cabos se desplomó y el puente se abalanzó sobre el vacío primero, y sobre la pared del desfiladero después. Ahora todo pendía de un hilo… o de un par de derruidas sogas que aún se mantenían sujetadas al extremo de llegada.

- ¡Socorro…!

Si antes Gennah había cedido al pánico, ahora tenía justificativo. Jareth se sobresaltó ante la marea de sucesos, e irreflexivamente dio dos pasos para lanzarse al vacío, pero otra punzada en el pecho le repelió de inmediato, ¿qué estaba ocurriendo? No lograba echar mano a su poderío, eso estaba ocurriendo. Intentó de nuevo, y esta vez el dolor fue más agudo, mas violento. Muy bien, ahora sí estaba preocupado. Arrojó su mirada en derredor buscando velozmente qué hacer; descubrió una pequeña saliente a su derecha que parecía descender hacia sus compañeros, y no lo pensó dos veces, escabulléndose por ahí vertiginosamente. La saliente era angosta pero descendía lo suficiente como para darles alcance a los que se encontrasen cerca del extremo colgante. Sarah y Toby estaban ahí, por ser los primeros en la extensa serie, y se alegraron sobremanera al verle apresurarse hasta ellos. Empero Sarah notó que algo no andaba del todo bien; Jareth se acercó cuanto pudo y les tendió la mano, pero no se soltó por un segundo del asidero de roca del cual pendía, ni intentó nada extravagante para sacarlos de aquella situación. El mago se comportó como… como una persona normal. Nada de lechuza, ni capas que se evaporan, ni caminar por las paredes, o hacerles flotar como hubiese probado otrora.

- ¡Date prisa o te dejo aquí! – le espetó él de repente, despertándole a la realidad del momento. Sarah afianzó sus manos a las tablas del puente y empujó a Toby para que escalara primero. Así lo hizo; en un breve minuto el niño había ascendido, y Jareth colgóselo en el brazo, dejándole sobre la cornisa y obligándole a ponerse a salvo, trepando hasta la cima. Una de las sogas del único extremo aún sujeto a tierra se soltó. Sarah gritó aterrada. Lo mismo hicieron Hoggle y Gennah, allá abajo, a lo lejos.

- ¡Vamos, vamos, vamos! – Impacientóse Jareth. Sarah se encaramó exasperada tan pronto como le fue posible coordinar manos y pies. Un par de tablas se quebraron bajo su peso, pero el mago le asió férreamente de una de sus manos. Sus botas deslizáronse peligrosamente hacia la nada; Sarah era una mujer adulta, considerablemente más maciza y más robusta que Toby; sujetarle y retenerle implicaba un poco más de anclaje y una buena resistencia. No obstante, Jareth era intransigente y retobado para ciertas cosas, y había decidido salvarle. Haciendo malabares entre ambos, retrocedió sobre la saliente, remolcándole hasta que ella logró colocar sus pies en la misma cornisa. Hoggle había captado la idea con sólo verles y se hallaba en carrera, escalando peldaños, interpolando pasos y manotazos, a toda velocidad, sin mirar hacia abajo. Sin embargo un reo faltaba, una víctima tiesa: Gennah no lograba moverse, petrificada y absorta.

Colocándose de espaldas al vacío, Jareth se tendió todo cuanto pudo para permitirle a Sarah escabullirse por debajo, contra el muro, para continuar ascendiendo hasta hallarse fuera de riesgo. Con sumo cuidado, ella se abrazó a la pared y avanzó lentamente, vacilando. Afortunadamente delgados, compartir por un segundo el mismo espacio no reportó problemas; sin embargo la cercanía y el roce les crisparon los nervios. Avanzando denodadamente, intentando librarse de la ocasión de inmediato, Sarah continuó escalando, sin dejar de preguntarse qué pasaba, por qué él no echaba mano a sus prodigios como acostumbraba. Supuso que algo andaba mal, pero aquél no era el momento ni el lugar para preguntar. Hoggle, en su intranquilidad y desasosiego, alcanzó al mago mucho antes de lo que él mismo esperaba; y Jareth se acercó, asiéndole del chaleco con una mano. Quitar del aprieto al enano fue tarea fácil: menudo, relativamente liviano, de un jalón ya lo había dejado en la cornisa. Arriba en la cima, a salvo, Dash, Toby y Sarah le alentaron a subir con ellos tan pronto como pudiera. Pero ahora el problema era otro: allá abajo, inmóvil, Gennah no atinaba reacción alguna.

Un sonido seco advirtióles instantáneamente que el resto que aún se conservaba adherido a tierra firme caería de un momento a otro. Los que se hallaban en la cima gritaron de estupor.

- ¡Gennah, pronto! ¡Sube! ¡Sube!

- ¡No puedo! – sollozó ella, allá abajo.

- ¡Claro que puedes! – le gritaron Toby y Sarah. Jareth, aún en la cornisa, arrojó su mirada para interceptarla. El trecho era largo y peligroso. Ni pensarlo. No estaba tan desquiciado.

- ¡Vamos, Gennah! – Aulló Sarah - ¡El puente se va a romper!

- ¡He dicho que no puedo…! – chilló ella sin moverse de su sitio; Jareth se llevó una de sus manos a la sien.

- Esto no puede estar pasándome… - rezó para sí, furioso. Una vez más arrojó su mirada al vacío, intentó echar mano a su poder, y otra vez lo mismo. Una punzada en el pecho le contradijo con vigor; era inútil, algo estaba impidiéndoselo, y ya calculaba sospechas acerca del autor del problema.

- Muy bien… - masculló furibundo. Avanzó un par de pasos y estiró sus manos hacia el puente hasta asirse de la única soga todavía ilesa - ¡Escúchame, Gennah! ¡Quiero que subas inmediatamente! ¡Es una orden!

- ¡No puedo! – chilló ella, aterrada.

- ¡Si tengo que ir por ti, te juro que lo lamentarás!

Sarah se abalanzó sobre el precipicio; de acuerdo, era claro que algo estaba reteniendo al mago de hacer con su potestad cuanto quisiese.

- ¡Gennah! – Gritó entonces - ¡Trepa por los peldaños, es fácil! ¡No mires hacia abajo y verás que rápido llegas aquí con nosotros!

- ¡Si no lo haces, te encerraré en una botella para que ya no vuelvas a molestarnos y te…! – Jareth detuvo su sarta de amenazas ante una mirada escandalizada de Sarah.

- ¡Qué! – Chilló, rabioso - ¿Quieres que intercambiemos roles? ¡Ven a pararte aquí ahora!

Gennah intentó un par de pasos ante el creciente ánimo de sus compañeros, pero un desliz de su pie izquierdo le aterró de nuevo y ya no pudo volver a moverse. Muy bien, el mago trinaba como un insano, y más por cólera que por opinión, dio un salto, encaramándose al puente medio abatido.

- ¡Aguarda! – Gritó Sarah - ¡Qué haces!

- ¡No voy a quedarme aquí toda la vida! – rugió él, encolerizado. Temerariamente descendió, peldaño a peldaño, con los recursos que dispusiese cualquier ser humano, hasta alcanzar a Gennah sin inconvenientes y relativamente rápido. Una vez a su lado, constató que no sólo estaba exangüe y desencajada, sino que además tiesa y congelada. Era como si, ante los hechos inesperados hubiese mutado de forma, volviéndose cadavérica y temblorosa. Pero él se hallaba muy malhumorado, desprovisto y despojado de sus potencias, así que ignoró por completo su estado y no midió tintas con ella.

- ¡Escúchame bien, porque voy a decirlo una sola vez! – Renegó - ¡Vas a subir ahora mismo y sin pestañear o haré que lo lamentes!

Sacudiéronle sus rugidos los cimientos de su endeble temple, y acuciada por la primitiva voz de la supervivencia obedeció religiosamente: o se empeñaba a abandonar el abismo, o el mago la ejecutaría. Colocó sus manos y sus pies en los crujientes maderos y comenzó a escalar obtusa e inhábilmente, escoltada por Jareth. Arriba, Hoggle, Dash y Toby saltaron convulsionados, mientras Sarah siguió de cerca el progreso de los excursionistas, con avidez desmedida.

Faltando escasos metros para la cima, un crujido advirtióles que les restaba muy poco tiempo; Jareth apresuró la marcha, rebasando de nuevo al elfo, mas el sonido habíale sobresaltado a Gennah y sus manos resbalaron, soltándose inesperadamente de los peldaños.

- ¡Aaahh…! – el grupo aulló conmocionado, era una inevitable caída. Rápido de reflejos, el mago le asió por el brazo, casi del mismo modo que atinan zarpazos los gatos: inmediato, certero, seco y eléctrico. En un instante diminuto, en una fracción de segundo, un golpe brusco y un retén adusto congelaron al elfo donde se encontraba, evitando que se fuera de espaldas al vacío. La soga crujió de nuevo por la sacudida, y esta vez unos hilos se escaparon del meollo, denotando que se desarmaba, que se despeñaría sin remedio.

- ¡No hay tiempo…! - gritó Sarah, espantada - ¡Suban, que se cae todo…!

Jareth supo que Gennah sería incapaz de atinar alguna cosa, era demasiado medrosa para ello, así que con una rabieta entre dientes y sumo esfuerzo, le ayudó a colgarse de su cuello para alcanzar la cornisa antes del desmoronamiento.

- Espero que le hagas honor a tu raza – renegó de pronto; era obvio que berreaba especulando cuánto le demandaría el remolque.

- ¡No peso nada, señor, lo juro!

Un crujido nuevo y el corte de algunas hebras sacudieron lo que quedaba de asidero.

- ¡Dios mío, van a caerse si no se apresuran! – chilló Sarah, desesperada.

No era noticia para Jareth, que escalaba urgentemente arrastrando tras sí a un elfo en plena crisis. El traquido de la soga mutóse en otro más intenso; él avanzaba con un peso muerto y la estructura se quejó ante el desequilibrado reparto de lastre. Finalmente alcanzó la cornisa, no sin haber demandado más energía a su cuerpo: subirse a ella con Gennah a cuestas resultó difícil y extenuante. Mas, como hemos dicho antes, amo de un tenaz talante, se aferró con fiereza a la pared de piedra, pues morir allí no era la idea. Y cuando hubo colocado sus pies en la saliente, el puente se desplomó tras sus espaldas, provocándoles a sus cofrades un respingo de espanto y exclamaciones diversas. Jareth no detuvo su porfiado progreso, alcanzando la cima con su penoso cargamento a cuestas; y como relámpago le visitó un pensamiento prófugo: suerte que a Gennah no se le ocurriera asirle del collar, u otra hubiese sido la historia. No bien verle emerger y anclarse en la cumbre, Sarah se abalanzó sobre él, abrazando a Gennah para quitársela de encima; Hoggle llegó también y le ayudó a ponerla a salvo. Jareth se incorporó rápidamente, como desembarazándose del mal trago, y caminó hacia unas rocas, a sentarse a recuperar el aliento. Toby descansó junto a él, fascinado, pero el mago estaba muy cansado como para notarlo. Aspiró y exhaló, irritado por los acontecimientos, hasta que por casualidad disparó su mirada al laberinto de setos. Grande fue su sorpresa al comprobar que en la zona señalada, ya no les aguardaba nada; ni laberinto, ni setos, ni nada, tal y como al principio, había desaparecido. Su indignación ya no halló límites dentro de su propio cuerpo, ¿habían perdido su oportunidad de nuevo? Incapaz de contener el ímpetu de la ira, alzó la voz desde su sitio, rugiendo ferozmente.

- ¿Dónde demonios está el laberinto?

Sarah y Hoggle, habían recostado a Gennah contra unos montículos de greda y le procuraban cuidados, ya que parecía hallarse al límite de ceder a un vahído, de un momento a otro. Mas al oír la estrepitosa queja dieron un brinco y volvieron sus rostros, alarmados, transfigurando su expresión, de alarma a estupefacción, al contemplar el horizonte llano.

- ¿Se… ha ido…? – inquirió Sarah con las manos en la cabeza. ¿Qué? ¿Semejante esfuerzo para nada? Aquello era demasiado. Los demás se miraron entre ellos, consternados como quien ha sido de pronto abandonado; Jareth no atinó a soltar palabra, superado por su propio berrinche, mas dio la impresión de acumular tensiones, para acribillar al responsable en cuanto lo hallase.

- Tal vez… demoramos mucho, como la última vez – aventuró Dash.

Si, eso era; y todo por culpa de Gennah… o al menos eso pensaron durante un breve lapso. Sobre todo el mago, que tuvo que padecerla cuesta arriba todo el rato; vaya uno a saber de qué estaba hecha, pero por mucha silueta que ostentara, la chica era tan liviana como el tonel de una bodega. Jareth no sólo consideró la huidiza idea de que, de no haber sido por ella, el laberinto no se hubiese esfumado, sino que lo creyó ciegamente, y levantóse de su sitio como un resorte para despotricar a gusto ante las narices del elfo. Pero como respuesta a su primera acometida, una punción en su hombro izquierdo le obligó a estremecerse y avivó aún más su ensañamiento.

- ¡Demonios, Gennah! – Rugió iracundo, sujetándose el hombro para aliviar su molestia - ¡Pesas mucho más que yo!

Gennah se sintió expuesta.

- ¿Y tiene que gritarlo a los cuatro vientos...?

Sarah palideció, espantada.

- Así pelea conmigo… - masculló, y una corriente helada le acarició la espalda. ¡Un momento! ¿Qué ocurre? ¿Desde cuándo aquella arpía se daba el lujo de pelear con él?

- Ahí hay tensión, ¿eh? – Dash lo encontró jocoso; pero para Sarah fue la gota que colmó el vaso.

- ¡Muy bien, esto se acabó! – Habíase decidido a enseñar las garras de una vez y para siempre: salió disparada como saeta, a interceptar e interrumpir la reyerta.

- ¡Maldición! – Berreó Jareth – Esto me va a doler una semana…

- ¡Muy bien, estoy harta de retrasos! – Rugió Sarah, plantándose entre ambos - ¡A ver tú, ninfa coqueta, te quiero allá, junto a Hoggle, con las manos adelante y donde te veamos todos!

- ¿Qué? – con semejante bramido, Gennah se amedrentó; Jareth le arrojó una mirada confusa.

- ¡Lo que oíste, caramelo! ¡Andando…! – La voz de Sarah tronó como lo hacen los tifones, el elfo no lo dudó ni un segundo y echó a correr a refugiarse con Hoggle.

- Y tú… - Sarah se volvió como un huracán hacia el mago - ¡Deja de jugar al héroe! ¿Quieres?

Jareth quedóse perplejo, o más que perplejo, desconcertado. ¿Desde cuándo Sarah manifestaba esos arranques? ¿Se había levantado como leona embravecida sólo porque discutían? ¿Acaso demostraba abiertamente sus instintos posesivos sobre él? ¡Sorprendente! Jamás le habían celado de esa forma. Dejó caer la barbilla, atónito y sorprendido, e intentó hilvanar nuevamente lo ocurrido para hallarle algún sentido.

- ¡Espera un momento! ¡Espera un momento! – Jadeó, impresionado; habíase disparado una sonrisa absorta a través de su rostro - ¿Me… estás haciendo una escena…? ¡Ja, ja, ja!

Sarah despuntó colmillos, furiosa. Si, él tenía razón, pero sus carcajadas sólo sirvieron para avivar aún más el fuego de su terrible frustración, ardiente casi como la pira del infierno. Loca de rabia, avergonzada por haber manifestado sus celos ante el mundo entero, tomó una varita del suelo y le azotó ferozmente por la espalda, aunque el mago no cejara en despacharse a risotadas sin pudor alguno.

- ¡Oye! ¡Oye! ¿Acaso quieres matarme, o qué? – ironizó, tronchándose de risa; es que de verdad no concebía, no lo creía, era tan…

Sarah se encendió aún más en fervor.

- ¡Y agradece que no soy tan fuerte…!

- ¡Bueno, bueno! ¡Tranquila! – Jareth detuvo la varita con una de sus manos, mientras ella le acuchillaba con la mirada – Te ves hermosa cuando te enojas, ¿lo sabías?

Ella quedóse pasmada en el acto. ¿Qué? ¿Acaso había oído bien? ¿Acaso había sido él quien había pronunciado esas palabras? La angustia y la frustración que enturbiaban su mirada se diluyeron, acrisoladas sus pupilas ante el descubrimiento. Y sus labios se abrieron, en una mueca sorprendida y encandilada; los ojos de Jareth brillaban, develando más de lo que había dicho. Las palabras del mago sonaron arrebatadoramente sinceras y la habían paralizado; y es que no hubo para él cosa más deliciosa que descubrirle rabiando de celos. Ella lo percibió de inmediato; había algo allí, latente, esperando. Por un instante, incapaz de evitarlo, se ahogó en los mares de su mirar azul pardo, que le observaban tan intensamente como lo hiciese ella. Mas, al cabo de unos momentos, Jareth despeñó la vista y, suavemente, en silencio, se marchó en pos del resto del equipo, dejándole incapaz de reaccionar siquiera. Como si se hubiesen apagado de pronto todos los sonidos, sólo escuchó el latir de su corazón; aquella experiencia le fascinó, palpitando desde su interior que entonces, tal vez… no estaría todo perdido.