Ojo de Luna

Resumen: Cuando la desesperación te engulle al ver ese mundo tan perfecto desde que aquella luna roja se posó en tu cielo. —Sakura—aquellos ojos negros la miraron con intensidad, —¿Sasuke-kun?—preguntó sorprendida, —Vamos a salvar al dobe y a destruir esta ilusión.

Pareja: Sakura Haruno-Sasuke Uchiha (mayormente) y otras parejas.

Género: Aventura, Amistad, Drama, Comedia, Romance.

Disclamer: Naruto pertenece a Masashi Kishimoto.

Prólogo: Un mundo Perfecto.

Escrito por: Amaya-chan.

Simplemente, la perfección no existe.

Desde que ella tenía memoria no había nada conocido como sol, claridad, luz, calor, en conclusión nada referente al astro rey. Si uno miraba el cielo, se encontraría con una especie de luna… una luna roja.

Había sido así desde siempre.

Sakura Haruno tenía 19 años de edad, era de estatura promedio, delgada, con un color de cabello rosa y un par de ojos jades. Se caracterizaba por ser una chica tranquila, aunque algunas veces algo temperamental, con muchos amigos, una familia adorable, un novio encantador, un buen empleo en el hospital de Konoha y un futuro brillante… como el de todos y cada uno de los habitantes del mundo… pero aún así sentía que le faltaba algo.

Le faltaba lo más importante. Aunque ella realmente no sabía qué era.

Extrañamente, ella no era feliz. Y se preguntarán ¿Por qué no? Quizás por el hecho de sentirse atrapada en una realidad fantasiosa. Desde que tenía uso de razón, le parecía que las cosas no encajaban como deberían ser y, según ella, la prueba de su razonamiento era esa rara luna carmesí que cada habitante de Konoha ignoraba.

O, tal vez, ni siquiera la veían.

El despertador de Sakura sonó a las seis de la mañana, ella se removió en su cama tratando de alcanzar el ruidoso aparato para acallarlo, una vez apagado tardó unos diez minutos acostada pensando en cosas sin importancia, suspiró y se levantó para darse una ducha.

Al salir del baño cubriendo su cuerpo con una toalla, escogió su ropa de trabajo y se vistió para luego dirigirse a la cocina en busca de algo que apaciguara el apetito mañanero. Allí la esperaba su mamá con una enorme sonrisa en los labios y un buen desayuno en la mesa. Su papá la saludó con la vista fija en el periódico y de vez en cuando daba sorbos a su café. Ella comió con tranquilidad, al terminar ayudó a su madre a recoger la mesa para luego tomar sus cosas y marcharse a su trabajo.

De camino al hospital, saludó a los señores Yamanaka, quienes eran dueños de una floristería, y compró unas flores para adornar su consultorio. Aunque cayó en cuenta de algo importante para ella, pero que nadie más parecía interesado.

—¿E Ino?—preguntó Sakura a la señora Yamanaka. Ino era la única hija de la familia, podría decirse que era algo así como su mejor amiga y la persona más racional que Sakura había estado. Era una rubia muy bonita con un cuerpo esbelto y que también caía en cuenta de los pequeñísimos detalles que Sakura notaba. Pero últimamente Ino había estado actuando extraño, incluso las personas "normales" de Konoha parecían notarlo y desde hace dos días que no la veía—¿Dónde está?

—Quien sabe—respondió la señora Yamanaka con un encogimiento de hombros—Está joven y pronto entrará en la edad en que se casan las jovencitas de hoy en día—sonrió pícaramente—Tal vez esté con su futuro marido— A su lado, Inoichi, el padre de Ino, asintió.

—Ah—fue lo único que se atrevió a decir, aquello realmente le parecía extraño. Aunque pensándolo bien, tal vez tuvieran razón, la rara actuación de Ino había comenzado desde que se estaba juntando con un tal Shikamaru Nara, un joven que Sakura sólo lo había visto una vez en toda su vida, el día en que Ino se lo presentó—Bueno, cuando regrese, dígale que por favor me visite—Sakura forzó una sonrisa—Hace tiempo que no hablamos. Nos vemos

—Como tú digas, cielo—respondió la señora Yamanaka—Adiós.

Suspiró cansinamente cuando hubo salido de aquella tienda. Frunció el ceño, no le gustaba para nada la forma en que los señores Yamanaka hablaban de su hija, es como si Ino fuese una cualquiera. Buscaría a Ino y aclararían todo ese asunto.

Pero eso sería más tarde, ahora tenía que trabajar.

Su día era una total y completa rutina. Trabajaba de ocho a doce del mediodía y de dos a cuatro de la tarde, entonces entraba el otro turno. La paga, para que negar, era totalmente excelente, como en cualquier otro empleo.

Es más, ella se hubiese dedicado a bibliotecaria y hubiese ganado lo mismo.

Aun así, prefería la medicina con creces. Le gustaba ayudar a la gente, trabajar con enfermos y sentirse orgullosa por una labor bien hecha. Se sentía útil. Claro que, en el hospital de Konoha casi nunca, por no decir nunca completamente, se presentaban emergencias más allá de una leve cortadura con un cuchillo, un pequeño raspón de rodilla o lo más extremo: una fractura de un brazo o pierna.

Porque así era el mundo, nada de enfermedades, tragedias o accidentes.

Prácticamente, ella se la pasaba todo el día sentada en el escritorio escribiendo su novela, la cual era basada en unos sueños raros que tenía desde que era consciente, y cuando mucho veía tres pacientes máximo, con eso nos referimos a los días más agitados.

A la hora del almuerzo, tenía tiempo de ir a su casa y comer tranquilamente para después regresar a paso lento al hospital. Allí estaría dos horas más sin hacer nada, hasta que saliera libre.

Una vez fuera de su trabajo, venía su siguiente obligación.

—¡Sakura!—ella conocía esa voz bastante bien. Siempre la oía cada vez que terminaba su "ajetreado" trabajo. Era Kenji, su novio. Un chico alto de cabello marrón y ojos negros. Él era normal, común y corriente.

—Hola Kenji—saludó con tranquilidad, nada de besos y abrazos porque aún no eran esposos —¿Cómo ha estado tu día?—aunque ya sabía la respuesta de antemano.

—Como siempre, no hay mucho ajetreo cuando eres… eh… no sé, ¿cualquier cosa?—respondió con algo de duda.

—Tienes razón—admitió, como siempre.

—Oye, sabes que Ren y Karin van a…—y allí su novio comenzaría una plática sobre otros amigos que se habían casado porque ya habían cumplido los veinte, y así sería por las próximas dos horas en las que caminarían, él hablaría, ella sonreiría (por cortesía) y todo sería de maravilla… porque así tenía que ser.

Era su rutina.

Y, como siempre lo había hecho desde que comenzó a ganar su propio dinero, fue a cenar en un pequeño puesto de ramen llamado Ichiraku, no porque estuviera obsesionada con ese tipo de comida, de hecho sabía que era poco saludable, lo hacía ya que por algún extraño motivo ese pequeño lugar le causaba un sentimiento que no sabía cómo describirlo ¿nostalgia?, ¿anhelo?, sea cual sea, esa sensación la motivaba a seguir yendo todos los días.

Después de haber terminado de cenar y pagado la comida, regresó a paso lento entre la multitud hacia su casa. Alzó la vista y volvió a ver aquella luna roja con una especie de puntos que le daban el patrón de ¿un ojo? Ante ese pensamiento, sintió un escalofrío pues pudo jurar por un momento que la luna la veía, sacudió la cabeza, ya se estaba volviendo loca.

Aún así, había una pequeñísima parte de su cerebro que le decía que quizás no lo estaba del todo y que le recordaba que aquel mundo era una completa farsa, que debía despertar y afrontar la realidad.

Pero, ¿cuál realidad debía afrontar?

¿Quién no querría vivir en el mundo actual? le recordó la vocecita rara en su cabeza No seas ilusa, nada es perfecto y tú lo sabes ¡Abre los ojos, Shanaroon! Parpadeó confundida.

¡La vida de todos es perfecta! Refutó a la voz ¿Por qué ella no querría vivir así?

¡Porque es falso! Contraatacó la vocecita ¡Joder! ¡Mira al cielo! Esa luna, ese patrón, ese ojo, o como quieras llamarlo, ¿No te recuerda a algo?

Negó internamente ¿A que debería recordarle?

Eres imposible se rindió la voz Pero después no digas que no te lo dije

El mundo es perfecto, se dijo a sí misma.

Y en realidad, tenía razón

No habían guerras, ni discordia, odio, venganza, maldad. Nadie era mejor que nadie, todos comían la misma cantidad que todos, nacían saludables después de sus nueve meses reglamentarios, irían a la escuela a su edad debida, crecerían, harían amistades, trabajarían, conocerían a su pareja exacta, se casarían a los veinte años y se serían fieles hasta la muerte o quizás más, comprarían una preciosa casa con un lindo jardín, tendrían cuando mucho dos hijos, pero los tendrían, los verían crecer, tener su propia familia, consentirían a sus nietos y morirían cuando cumplieran los cien años exactos y nadie se sentiría triste porque así es todo, y así sería para todo el mundo.

Como un disco que se repite cada vez que se acaba comentó con sarcasmo la vocecita de nuevo, y no se lo pudo negar.

¿Tienes algún sueño? Preguntó repentinamente Sakura interna, así decidió llamarla.

¿Sueño?

Si un sueño, ya sabes algo que deseas cumplir con toda el alma

Pues la verdad no, respondió mentalmente

Es cierto que este mundo es "perfecto" comenzó Sakura interna pero es tan perfecto que nadie aspira a tener sueños, metas, proponerse desafíos, creen que no los necesitan y simplemente viven la vida, si es que esta patética forma de ser puede llamarse así, siguiendo ese patrón como si fueran robots, tal cual como ese bastardo quería.

¿Cuál bastardo?

Tú sabes cual, el de la máscara, su nombre lo tienes en la punta de la lengua y yo también, cuando tú lo recuerdes, yo también y de repente se calló.

Sakura se dio cuenta de que había llegado a su casa. Entró despacio y se encaminó a su cuarto, ya todos estaban dormidos. Tanta plática con Sakura interna la había dejado agotada así que tomó una ducha, se aseó correctamente, lavó sus dientes y se colocó su pijama favorito.

Una vez que estuvo acostada en su cama, pensó un momento lo que había dicho Sakura interna y llegó a una conclusión:

Estaba loca

Así que decidió ignorar todo y cerrar sus ojos. Mañana, si tenía suerte, Ino le daría por aparecer y tal vez hicieran algo. Sonrió, esa era la parte que más le gustaba de su vida, el momento de dormir.

Cuando dormía, sentía que se liberaba de todo, de aquella perfección que la agobiaba hasta el punto de la desesperación.

Sí, era mejor dormir.

Así podría entrar al mundo de Morfeo y comenzar a soñar lo mismo de siempre.

Soñar con un extraño ninja hiperactivo llamado Naruto, que por cosas del destino tenía encerrado un demonio zorro de nueve colas, lo que hacía que la gente le mirara con odio y miedo, pero eso no lo detenía de querer cumplir su sueño de ser Hokage, aparentemente el ninja más fuerte de toda Konoha.

Soñar con un chico llamado Sasuke, un ninja con un duro pasado que escondía su tristeza debajo de una máscara de frialdad y con un único propósito: vengarse de su hermano mayor. Era alguien del cual ella estaba enamorada.

Soñar con un extraño sensei llamado Kakashi que estaba más que dispuesto en dar su vida por la de sus amados alumnos, aunque fuera un irresponsable que siempre llegaba tarde dando excusas estúpidas como: "Me perdí por el sendero de la vida", "Es que había una ancianita con unas bolsas y tenía que ayudarla" o "Se me atravesó un gato negro por la vía y tuve que dar la vuelta" Además de que siempre se la pasará leyendo libros de contenido +18

Soñar con una Sakura totalmente diferente a ella, llena de sueños (aunque la mayoría románticos) que deseaba superarse y ser independiente de sus compañeros, amable, temperamental pero con una sonrisa llena de vida.

Sí, era mejor dormir.

Y con ese pensamiento se adentró en una maravillosa aventura, que quizás más tarde sería una leyenda.

Sonrió.

En un árbol cercano a su casa había una sombra, de la cual lo único que se le distinguía era un par de ojos del mismo color de la luna. La observaba desde aquella rama con vista perfecta hacía su cuarto.

—Hmp, molesta.

Y ella estaba ajena a la fría mirada que le lanzaban.

O quizás si lo notó, sólo que pensó que esa sensación de ser observaba también venía empaquetado con su propia locura.

Continuará… si quieren.


Sorry, Gracias Ikeuchi, tenias razón... nosé que pasó allí... Jodido