Había un interés muy genuino en Ken por formar parte de nuestra banda, y no tuvimos que decírselo dos veces. ¿Que por qué quería formar parte de nuestro humilde grupo en lugar de ser el pez gordo de la clase? Ni idea. Pero ahí estaba siempre, charlando con Davis sobre temas deportivos, yendo conmigo de compras y compartiendo con Kari discos de vinilo de grupos depresivos y fotografías a contraluz. ¿Había algo que no supiera hacer? No estaba hecho para cocinar pastelitos, lo cual me llenó de alivio. ¡Es que hasta tenía más estilo vistiendo que yo, el muy condenado!

−¿Has probado a pintarte los labios de morado? −Sugirió un día−. Pensé que jamás diría esto a alguien, pero a creo que a ti te quedaría bien. Eres una de esas raras excepciones, a casi todo el mundo le queda mal.

Decidí seguir sus consejos estilísticos y me sorprendí al mirarme al espejo. Mi color preferido siempre había sido el rojo, pero el cambio me otorgó un aire interesante. Me aparté el flequillo a un lado para observar mejor mi bello rostro. Era la Bruja Escarlata. De repente vi unas tijeras a pocos centímetros y sentí la necesidad de un cambio radical. Me cortaría el pelo, me pondría reflejos y con el dinero que me ahorraría compraría a Kari mi regalo de cumpleaños: un ridículo floripondio para que se viera más fea que yo en el baile de fin de curso.

Sí, aquí, como en los colegios americanos, hay de esas cosas. Admito que son un poco cutres, pero al menos ponen buena música (y también un poco de esa lenta y tristona que tanto le gusta a Kari) y podemos ver a los profesores tratando de hacerse los enrollados y haciendo el más lamentable de los ridículos.

Supongo que estaría Keiko, pero ahora que se había descubierto todo el pastel respecto a Juro no se atrevería ni a mirarme. Acababan de internarlo en un correccional para mi alivio y el de casi toda la escuela, incluso de ella, quién tenía una deuda de sexo gratis. La amiguísima de mi ex-amiga todavía rondaba el instituto. Nadie la había delatado, lo cual no me disgustaba del todo, porque tenía pensado bailar con Ken solo para fastidiarla.

El día antes del baile ocurrió algo inesperado. Una voz inquietante acompañada de un viento gélido me puso los pelos de punta mientras caminaba sola por los pasillos. Me giré con rapidez e instintivamente llevé las manos hacia delante en posición defensiva, justo como había visto hacer a Jackie Chan cuando se preparaba a repartir mamporros. Afortunadamente, no había mucho de qué defenderse. Mis gafas bajaron hasta la punta de mi nariz, como una de esas bibliotecarias que parecían vivir siempre en los años 60.

Suspiré aliviada al encontrarme con la cabeza de corazón de Yoko asomándose desde la otra punta del pasillo.

−¿Qué quieres? −Pregunté con hostilidad, cruzándome de brazos.

En seguida recuperé mi elegancia natural recolocándome las gafas y mirándola por encima del hombro y con los ojos entrecerrados, con elegancia hipster.

−Quería hablar contigo de algo importante. Si tienes tiempo, claro.

Accedí a regañadientes, no sin antes advertirle que se diera prisa porque tenía la agenda muy apretada. En realidad, tenía un presentimiento… Un presentimiento muy bueno que había nacido con el tono de respeto, casi temeroso, con el que se había dirigido a mí.

Estaba en lo cierto. Lo que quería la amiga pródiga era arrepentirse de todas las malas decisiones que había tomado, desde vestirse como una mamarracha hasta intercambiarme por Keiko. Resulta que después del incidente en la cafetería se había enterado de que Keiko y Juro estaban compinchados para eliminarme y que así la primera tuviera el camino despejado para conquistar a Ken, un objetivo que había tratado de cumplir desde hacía muchos tiempo.

−Keiko lo amaba hasta límites enfermizos −me decía por lo bajo−. En realidad dejó de caerme bien hace tiempo, pero solo me tenía a mi.

Algo me decía que mi amiga estaba mintiendo, por lo que la confronté.

−Siempre va con el grupo de amigas, pero sabe que ninguna de ellas la soporta −explicó−. Y ella también las odia a ellas. He llegado a ver cómo se insultan mutuamente.

−¿Entonces por qué salen juntas?

−Ni idea.

−Pero eso no tiene sentido.

−¡Dímelo a mi! El caso es que he decidido dejar de salir con ellas −bajó la cabeza y suspiró−. Es cierto que Mako es maja, y que Naoko siempre me está ayudando con los deberes, pero ninguna es tan buena amiga como tú, Yolei. Has tratado de abrirme los ojos todo este tiempo y no lo he hecho hasta ahora. Siento haber tardado tanto. Supongo que soy un poco retrasada.

Sus palabras me enternecieron, pero no iba a ceder tan fácilmente. Cabía la posibilidad de que Yoko solo se hubiera disculpado porque ahora Ken era de los nuestros, y sin él, su grupo acabaría desintegrándose y quedaría más sola que Kari en una exposición de fotografías de insectos. Adopté la posición de reina del cotarro, apoyando un codo en la palma de la mano mientras hacía mover entre mis dedos un bolígrafo, haciéndome la inaccesible.

−No lo sé, Yoko −suspiré−. Claro que estás perdonada, pero yo ahora he hecho mi camino, tengo mi grupo de amigos, ya sabes.

Creo que fui demasiado cruel. Sus ojos se volvieron vidriosos y su voz tembló cuando dijo:

−Tal vez pueda hacer algo por ti. No sé, ayudarte con esas puntas.

−¿Qué le pasa a los mechones? −Dije tapándomelos al instante.

−La peluquera te los ha cortado mal, te lo ha dejado todo desequilibrado.

−Yo no me veo mal −gruñí.

Pero estaba empezando a dudar de mi habilidad con la tijera. Me lo había cortado al estilo Mulán, y ahora estaba empezando a arrepentirme por ello. Así que acepté su acto de reparación y, por primera vez en años, salimos juntas del instituto en dirección a la calle de altos edificios de cristaleras refulgentes donde residía.

El aire acondicionado y el olor a mueble nuevo invadieron mis sentidos al entrar en su piso. No había nadie, solo una criada de rostro porcino que acababa de introducir una bandeja de manzanas con miel en el horno.

−Puedes comer una luego, si quieres.

Definitivamente Yoko lo estaba haciendo bien si quería ganarse de nuevo mi amistad.

Entramos a su cuarto y me sorprendí de que apenas se hubiera visto alterado lo más mínimo desde que entramos al instituto. La misma cama con sábanas de unicornio, el peluche de Jigglipuff, los clásicos de la literatura nipona que nunca leería en la misma estantería e incluso había dejado una revista del corazón sobre una libreta con los apuntes de geografía, como acostumbraba a hacer cuando íbamos al colegio. Algo me decía que, después de haberme traicionado, la decoración habría cambiado radicalmente.

Me senté en una silla frente al tocador y me miré al espejo. Estaba despeinada y sexy, lo que hacía menos visible la irregularidad del corte, pero aún así era demasiado evidente. Como buena peluquera, Yoko comenzó a hacerme preguntas irritantes mientras hacía su trabajo.

−¿Cón quién vas a ir al baile?

−Esto no es Grease, no hace falta acudir con pareja, pero seguramente baile con Ken o Takeru.

Eran dos chicos atractivos, así que debía sentir envidia.

−Vaya, creí que ibas a bailar con Davis.

Fruncí los labios, cerré los ojos y expulsé el aire por los orificios de la nariz, como una vaca a la que le tocan los cascabeles.

−¿Y por qué tendría que ir con Davis, si se puede saber? ¿Acaso sigues pensando que me lié con él mientras salía contigo?

−No, pero −Yoko soltó una risita mientras un mechón de pelo caía en mi falda de estampados de canarios.

−¿Y esa sonrisita?

−Es que siempre vais juntos.

−Porque somos amigos −admití con un bufido−. Bueno, algo así.

−Lo cierto es que haríais buena pareja.

Por los pelos, y nunca mejor dicho, Yoko estuvo a punto de cortarme la oreja, porque en ese momento me levanté impetuosamente de la silla y la encaré con los brazos en jarras y pose de chunga.

−Pues no. A ver cuándo os va a entrar en la cabeza que Davis no es mi tipo.

−Hablas en plural, eso significa que no soy la única que se ha dado cuenta −comentó con aire risueño.

Qué espabilada era la niña para algunas cosas.

−Pues siento romper tu enfermiza fantasía, pero no hay pareja más incompatible que la nuestra. Que me haya dado cuenta de que Davis no es tan insoportable como pensaba no significa que vaya a bailar con él, porque no pega conmigo. Yo soy una caniche y él uno de esos horribles perros con ojos saltones. ¿Te enteras?

Yoko tuvo que ocultar la risa mientras terminaba de recortarme el flequillo. Quería que acabara cuanto antes, tenía miedo de que me sacara un ojo. Al fin terminó y, sana y salva, me eché un último vistazo. Prefería el toque punk de antes, pero me lo callé para no ofenderla; al fin y al cabo se había tomado la molestia de cortármelo gratis.

Mire el reloj y solté un gemido de sorpresa. Había quedado con Kari en la biblioteca para hacer una redacción sobre la pesca indiscriminada de focas canadienses. Me despedí de ella y salí al pasillo, pero una fuerza extraña, como si me tiraran del bazo, hizo que me detuviera antes de bajar las escaleras. Probablemente el mismo sentimiento que hizo que Yoko acudiera rápidamente al umbral de la puerta de su habitación para despedirse una vez más.

−Te echaba de menos −dijo mi amiga con voz trémula.

Antes de girarme, mi vista se dirigió a varios puntos del pasillo: el paragüero de la esquina, en el que solíamos contar hasta veinte cuando jugábamos al escondite; la puerta entreabierta del despacho del padre de Keiko, donde con frecuencia veíamos películas y el armario empotrado con los trajes de hadas y princesas en los que nos gustaba embutirnos para representar las más fantasiosas historias de amor.

−Sé que quizás sea demasiado tarde para volver a ser las amigas que solíamos ser, ¿pero te gustaría venir aquí de vez en cuando? Podríamos merendar, tomar café, hablar de nuestros problemas… Ya sabes, aquí estaré si quieres.

No pude contenerme más y me lancé a sus brazos con lágrimas en los ojos para decirle que yo también la había echado de menos.