El juego del ángel

Serena tomó el camino a casa cabizbaja, se detuvo antes las rejas del portón para admirar durante un segundo aquel castillo que era su hogar. El otoño comenzaba a ganar terreno, iba dorando las ramas de los eternos árboles a los lados del camino que llevaban a la puerta principal, las paredes eran de un gris, frío sin necesidad de tocarlas, y más allá, las montañas ya no despertarían en tonalidades verdes ni doradas, quedarían encerradas en oscuridad, esperando el día en que la nieve llegará. Suspiro y siguió su camino dejando la reja abierta. Mientras ella avanzaba la brisa alejaba en pequeños remolinos los últimos recortes dorados y marchitos de la vida que se iba en una fuga.

El castillo crecía en frente de ella, las torres ahora parecían tenebrosas, sin luz, no había ninguna luz a través de ninguna ventana. Y todo se encontraba en solemne silencio. ¿Dónde se había metido todos? Probablemente ya habían empezado a velar a su padre. Entro por la gran puerta, tratando de no hacer ruido, el frío sopló una última vez en su nuca y cerró la puerta tras de sí. El eco se extendió por las paredes y se elevó hasta los altos techos. Después de eso, el silencio se lo volvió a tragar todo.

Paso de salón en salón hacia el último pasillo del ala este, tratando de prepararse para el siguiente momento. Ella también tenía que despedirse, aun cuando sabía que para ello ya era demasiado tarde, que su padre ya no estaba ahí. Pero tenía que decir adiós, ya lo había hecho el día que murió su madre, hasta este día había crecido mucho, así que hoy también podía hacerlo por su padre.

Pasó por salones y arcos con la inexplicable desesperación de que tenía que detenerse a observar cada uno de los objetos tan familiares que había en los pasillos, desde los cuadros y candelabros, hasta las cortinas y alfombras. Incluso los paisajes lejanos a través de los ventanales parecían que se estaban despidiendo de ella. ¿Por qué ese lugar, su hogar de toda su vida, se despedía de ella? Ella no era la que se estaba yendo, y ahora, más que nunca, necesitaba un refugio.

Más adelante había un murmullo continuo donde no se alzaba la voz más allá de los susurros. Había luz ahí, luz cálida y vacilante, era la luz de múltiples velas que luchaban contra el frío para mantener su cálido latido. Ya todos estaban en la pequeña capilla del castillo rezando y velando el cuerpo de su padre. El impacto de esa primera imagen la congeló como hacía cuatro años atrás lo había hecho la velación de su madre. Es una más de esas cosas en la vida que la experiencia no ayuda en absoluto.

Su presencia llamó la atención de todos cuando ni siquiera había dado un paso adentro, ni hecho el menor ruido. Todos los ojos en ella demostraban que la esperaban con dolor, todos se sentían tristes por ella, todos querían hacer algo por ella, pero todos sabían muy bien que nada de eso sería suficiente. Se acercaron a Serena, le tomaron las manos, la abrazaron, enunciaron palabras dulces, lloraron con ella, pero por supuesto que nada fue suficiente para Serena. Cuando ella llegó al final del pasillo entre las bancas de la capilla respiro con fuerza el olor de las flores que brotaban de cada rincón, todas blancas.

Todos se fueron, desaparecieron a sus espaldas, concediéndole su último momento de privacidad entre ella y su padre. Un último pensamiento, un último beso y un hasta luego.

"Te quiero, papá. Siempre te querré. Siempre, siempre…"

Una semana pasó rápido, todo tomó un nuevo orden, era extraño. Siempre es extraño tratar de acostumbrarse a los cambios, especialmente los desoladores. Serena trataba de hacerles frente a ellos desde la distancia y soledad de su habitación. Las personas que la visitaban trataban de animarla, pero aún cuando ella era amable con ellos, sabían que sólo lo hacía por cortesía. También los empleados de su casa dedicaban hasta el último detalle para levantarle el ánimo, pero cuando los agradecía apenas los notaba. Todos quisieron encontrar aquella rosa que llevaba una semana pérdida, pensando que eso le devolvería un poco de anhelo a Serena, buscando hasta en los alrededores del castillo, nadie la vio. Serena aceptó que esa rosa también ya la había perdido y por eso volvió a llorar.

Aunque solía comer bien cada comida que le llevaban todos los días, lo único que Serena no podía hacer era dormir bien. Cada noche sentía que las paredes se le venían encima y desde su cama veía cada objeto de su cuarto como si admirara las posesiones de una extraña. Daba vueltas en su cuarto, tratando de leer y no pensar demasiado, pero eso no la cansaba lo suficiente para poder dormir.

Aburrida de pasar ya una semana así decidió que podía caminar por la casa, siempre y cuando no hiciera ruido todo estaría bien. No quería molestar a nadie y no quería que nadie se molestara por ella. En su camino a las escaleras paso por la habitación que había sido de sus padres, luego de su padre y su madrastra, ahora era una habitación vacía. Su madrastra se había cambiado a otra habitación, al otro lado del castillo. Aún cuando se decía a sí misma que no quería entrar ahí, lo hizo. Todo estaba intacto, tal como lo recordaba, la cama estaba hecha, en la chimenea había leña lista para ser encendida, había flores en las ventanas, incluso los armarios tenía su ropa limpia y acomodada. Por un momento ese cuarto pareció tener más vida que la misma Serena.

Serena pasó la mano por la tela de los trajes de su padre, conservaban su olor, una mínima parte de su esencia. Dejo que la puerta de sus recuerdos se abriera para reconocer a su padre en cada una de esas ropas, lo que había hecho, lo que había dicho, rió y lloró, hasta que llegaron sus últimas memorias. Entre sus cosas encontró una cajita pequeña y azul con sencillos ornamentos plateado, la abrió y encontró las argollas de matrimonio de sus padres, un par de lágrimas bajaron por sus mejillas. No podía dejar eso ahí, como un recuerdo abandonado, lo guardo en el bolsillo de su bata blanca.

Paso el resto de la noche desenvolviendo recuerdos hasta que empezaba a sentir a su cuerpo demasiado cansado para más emociones. Guardo todo y lo dejo todo tal y como estaba. Salió sin hacer ruido y una vez fuera sintió que había estado por siempre en un mundo diferente. Su pasado ya era un mundo diferente y lejano.

Estaba a punto de llegar a su habitación cuando vio que había una luz encendida más adelante, la de una vela muy intensa, era la luz de una lámpara de mano en el marco de su puerta. Alguien asomaba dentro de su habitación, llevaba una capa oscura tan larga que cubría todo su cuerpo hasta caer al suelo, por lo que no podía identificar si era un hombre o una mujer.

Ella se pegó a la pared donde la luz no podía llegar y se escondió esperando, tratando de identificar al extraño. Sólo pasaron unos segundos y al no encontrarla ahí el extraño se fue con paso rápido por el pasillo. La luz no dejo ver quien espiaba en su cuarto, por lo que Serena lo siguió. Muy atrás, desde su lugar, Serena soló veía la luz al borde de la capa misteriosa y la larga sombra que dejaba tras de sí. ¿Quién podía ser? ¿Por qué alguien entraba a la mitad de la noche a su cuarto? ¿Y a dónde se dirigía ahora?

Lo siguió por todo el castillo hasta que estuvieron en el ala este, frente al pasillo que iba a la capilla. Cerca de ahí, la luz se apagó. Donde quiera que estuviera el extraño, Serena ya no podía verlo. Ahora ella no sabía qué hacer. Tenía miedo de hacer cualquier ruido, incluso de respirar. Si se trataba de un intruso no había mucho que ella misma pudiera hacer. Pero ahora que no sabía dónde se encontraba el extraño no podía ir a pedir ayuda. Serena siguió tratando de pensar rápido con la presión de que el tiempo se le acababa. Algo estaba, se acercaba frente a ella, a sus espaldas, la esperaba perversamente, esperaba que tomara el camino incorrecto para terminar con su misión de esa noche. Finalmente el pánico se apodero de ella y salió en la dirección contraria, hacia las escaleras, en camino a los dormitorios de los empleados para despertarlos a todos. Había alguien en esa casa con una oscura intención, donde ella era su presa.

No avanzó mucho cuando se dio cuenta donde se encontraba el extraño, justo detrás de ella, corría a sus espaldas, pero Serena le llevaba cierta ventaja, la cual desafortunadamente no duró demasiado. Con el primer pie en las escaleras, el extraño la tomó entre sus brazos. Llevaba guantes de cuero oscuro y una camisa de gruesa tela oscura también, eso fue lo primero que ella alcanzó a ver antes de que él tapara su primer grito, debajo del cuero no alcanzo a ser más que un gemido. Ella intentó zafarse con todas sus fuerzas, pero el hombre era, por lo menos, veinte centímetros más alto que ella. Y debajo de sus gruesas ropas se podía notar que era muy corpulento también, sus gruesos brazos tomaban a Serena sin problema. Traía consigo el aroma de los bosques, quizás era un trabajador de los campos, leñador o cazador. Serena quiso darse la vuelta para poder verlo a la cara e identificar de quien se trataba. Pero cuando lo hizo llevo a los dos escaleras abajo, rodaron aferrados el uno al otro hasta el pie de las escaleras donde Serena quedó sin aire bajo el peso del corpulento hombre que había quedado semi-inconsciente encima de ella.

Ella trató de levantarse lo más rápido posible pero un terrible dolor en las costillas se lo impedía, se había lastimado con los escalones de piedra. Pero se obligó a levantarse gracias a la adrenalina del momento, al menos ya estaba abajo y de pie. Intento correr, pero fue en vano, el dolor en las costillas le hacía difícil caminar, llegó al arco derecho que daba al pasillo que tanto deseaba alcanzar, podía gritar desde ahí y alguien por fin la escucharía. Se sujetó en una de las cortinas, lista para tomar aire a pesar del dolor, pero algo se prendió y el calor alcanzó rápidamente el dorso de su mano. Era fuego que se había prendido en la cortina, justo por debajo de su mano, con un gemido dio un paso atrás, viendo como el fuego devoraba vorazmente la cortina, alcanzando pronto lo que se encontraba cerca. La lámpara de mano del extraño estaba a sus pies, él había empezado ese fuego.

Un gemido de dolor le hizo darse la vuelta bruscamente, era el intruso que la perseguía, trataba de ponerse de pie sujetándose la cabeza, parecía que él también se había hecho daño tras la brusca caída. En ese momento Serena no lo pensó demasiado, gritó tan fuerte como pudo.

"¡Auxilio, por favor, alguien ayúdeme!" Todo aquel brote de miedo solo salió en quejidos, el dolor de sus costillas le impedía moverse demasiado.

Pero era seguro que alguien la había escuchado, se escuchó como varias puertas se abrieron al mismo tiempo y un par de personas venían hablando entre ellos.

"¡Auxilio, por favor!" Insistió Serena, tan fuerte como pudo. "¡Auxilio…!"

Cuando al fin Serena conseguía empezar a gritar, el hombre llegó por detrás de ella y le tapó la boca y la alzó lo suficiente para que sus pies dejaran de tocar el suelo. Ella se balanceaba tratando de zafarse de su agarre, pero esta vez el extraño no la subestimó, la apretó fuertemente contra él y con esfuerzo llegó a la puerta de la entrada y la abrió de una patada. Serena se sorprendió que la puerta cediera con eso, significaba que ese hombre entró por la puerta principal en algún momento del día y la dejó sin seguro, listo para escapar como ahora lo hacían. Justo a tiempo cuando algunos de los hombres que trabajaban en el castillo habían descubierto el fuego que corría por el salón de la entrada. En seguida alarmaron a los demás, pero se olvidaron fácilmente de ella, que era arrastrada lejos de la entrada, hacia los límites donde el castillo se encontraba con el bosque. Las lágrimas se empezaron a formar en sus ojos, por el coraje de sentirse perdida.

Siguió tratando de zafarse pero un golpe en la cabeza la confundió, fue duro y contundente y le dejo varias astillas en el cabello y el cuello. Era seguro que Serena se había golpeado con una rama. El hombre dio la vuelta en su lugar al escucharla quejarse. Serena se preguntó si el golpe en la cabeza había sido a propósito o un accidente. Eso fue lo último que pensó antes de dejarse caer inconsciente.

Serena despertó momentos después, respiró y el olor de la tierra le llegó de golpe, debajo de su cara y resto de su cuerpo sintió la textura de hojas secas y piedras pequeñas, abrió los ojos lentamente y trató de moverse lo menos posible, recordaba muy bien el dolor en sus costillas y no había mejorado mucho desde que la habían raptado de su castillo. Alzó un poco el rostro pero no pudo distinguir demasiado, estaba en el exterior, en alguna parte profunda del bosque donde árboles de amplios y secos follajes no dejaban que sus ojos alcanzarán el cielo nocturno dejando a oscuras todo lo que se encontraba debajo de ellos.

De inmediato sintió frío, estaba envuelta en neblina que recorría los múltiples caminos que dejaban entre sí todos los troncos y sus raíces. Serena estuvo a punto de levantarse cuando recordó a su captor. No quería sufrir nada más, sólo quería que todo esto terminará, si este debía ser su fin más valía que fuera rápido. No tenía la menor idea si en el castillo ya sabían de su ausencia. ¿Qué había pasado cuando descubrieron el fuego? ¿Alguien se habría dado cuenta de que ella no estaba? ¿Cuánto tiempo podría haber pasado? Pero sobre todo, ¿quién era ese hombre y por qué se la había llevado? Serena cerró los ojos por el dolor y comenzó a llorar, nadie debía morir solo y lejos de sus seres queridos, menos cuando estos ignoraban su destino.

Lloró amargamente, guardándose lo peor en su pecho, trataba con todas sus fuerzas no dejar que el extraño escuchara sus quejidos, no quería que se diera que ella sabía cuáles eran sus perversos planes. Ahora que se encontraba lejos de cualquier ayuda o esperanza, ya no le importaba quién era su verdugo ni la razón de sus planes, sólo quería que el momento llegara, frío y preciso como su daga.

Pero eso no ocurrió, en algún momento de su agonía dejo de llorar, de pensar y fue en ese silencio donde se dio que se encontraba sola. En un principio no se dio cuenta, pensó que era vigilada de cerca, que su captor esperaba a que ella despertara para finalmente asesinarla o algo peor. Con sigilo abrió los ojos de nuevo, prefería que su captor pensara que seguía inconsciente. Los abrió y lo poco que alcanzaba a ver fue lo mismo, neblina entre ramas y hojas secas, buscaba con la mirada mientras se concentraba en todos los sonidos que dieran señal de que alguien más se encontraba ahí, pero no había nadie más que perturbara los sonidos de la noche. Fue alzando el rostro poco a poco cuidando sus espaldas para protegerse de algún ataque sorpresivo. Finalmente se encontró sentada buscando hasta el límite del bosque, no había nadie y era la oportunidad perfecta para escapar.

No sabía qué hacer, dónde correr, nunca nadie la preparó para algo como esto. Pero pensó que quizás las cosas sería peor si se quedaba ahí. Se levantó y limpio su bata blanca y comenzó a avanzar con sigilo sin dirección alguna, sólo trataba de tener cuidado con sus pasos para no provocar nada que la delatara. Avanzó lo suficiente hasta sentirse segura de que había alcanzo una gran distancia del lugar donde la habían dejado, entonces se dirigió al este, tratando de regresar a su castillo o el pueblo, o algún lugar que le parecía familiar para encontrar ayuda y su camino de regreso. Hasta que lo escucho, crujidos, pequeños pero constantes, que delataban prisa y el peor de los temores de Serena, su captor la buscaba y estaba muy cerca de ella. Serena empezó a correr, a pesar de su dolor, lo hizo lo más rápido que pudo.

Afortunadamente no se encontraba lejos de su pueblo, o eso espero al vislumbrar entre los árboles los patios traseros de algunas casas y el fuego de sus faros, corrió más con la respiración agitada, se encontraba tan cerca de su salvación que no le importó ser discreta, a su captor tampoco, corría tras de ella tratando de alcanzarla entre maldiciones y jadeos. Pero ella ya estaba ahí, en el límite del bosque frente a las casas silenciosas que se dividían en aquel camino que muchas veces antes había recorrido con su padre y madrastra, sonrió dentro de sí al descubrir que no estaba tan lejos de casa.

Y con la emoción a flor de piel dio la vuelta a la primera casa para empezar a tocar su puerta, tocar y golpear cuando nadie llegaba a abrir. Comenzó a azotar la puerta con las manos, se asomó por las ventanas pero estas estaban cerradas, gritaba pidiendo ayuda, pero nadie venía, nadie asomaba ante su escándalo, tampoco se escuchaba nada.

"¡Por favor, por favor ayúdenme, necesito ayuda, por favor! ¡Alguien viene tras de mí!" Gritó por encima de sus golpes en la puerta.

Rápido dejo intentarlo cuando vio que nadie venía en su ayuda. Tenía que encontrar ayuda en la siguiente casa, rápido antes de que volvieran a alcanzarla. Al darse la vuelta sus pies tropezaron con algo que estaba tirando ahí que no vio cuando llegó. Con el dolor en las costillas ardiendo de nuevo se levantó de aquello que estaba bajo su cuerpo, tocó la tela vieja y estropeada, distinguió pantalones y chaqueta, viejos y con un olor extraño, aceite o algo parecido. Entonces aquello tomó forma en su cabeza, era un hombre, de un salto estaba de pie, no era su captor, no era corpulento, al contrario era delgado, muy delgado, tenía la complexión de un anciano. Se agacho para observarlo bajo la poca luz y lo siguiente la congelo por el horror, aquella figura no tenía cabeza. Gritó con todas sus fuerzas y su miedo se extendió asustando a todo lo que estuviera cerca.

Retrocedió por inercia, con la mano sobre su boca temblando. Escucho un aleteo que la hizo gritar de nuevo. Sus ojos trataron de encontrar la fuente de su ruido, era un pájaro, un ave negra que a causa del ruido se elevó por el cielo oscuro, Serena lo siguió con la mirada llena de miedo, como si aquella misma ave pudiera hacer algo por ella. Pero lo único que encontraron sus ojos fue una imagen incluso más aterradora, aquello que creyó que eran las farolas de la calle eran algo más aterrador. Todas las casas tenían una figura humana en sus puertas o cerca de sus entradas con la cabeza ardiendo en llamas.

Por un momento Serena dejó de pensar, fue como si algo se la hubiera tragado, tal vez el terror que pulsaba desde la boca de su estómago, amenazando con devolver todo lo que llevaba dentro. Pensó que iba desmayarse, en cualquier momento, debería hacerlo, ya no podía soportar más horror en esa noche escalofriante.

Entonces lo recordó, recordó la fecha en que se encontraban y recordó que esos cuerpos no eran auténticas figuras humanas, eran muñecos de ramas y hojas, con ropas viejas y roídas cuyas cabezas se formaban a partir de calabazas, las cuales se encendían por las noches, cuando la gente del pueblo iba al cementerio a velar a sus muertos en esa fecha.

Su corazón saltó en su pecho, ahora sabía dónde se encontraban todos, sabía dónde pedir ayuda. Tenía que llegar al cementerio del pueblo lo más rápido posible. Dio su primer paso pero una fría advertencia en su cuello la detuvo al instante. Su captor había llegado silenciosamente detrás de ella, al percibir su presencia Serena se estremeció bajo el calor de su cuerpo. Muy cerca de su oído el villano susurró con voz ronca y profunda.

"Grita si quieres, pero ya te habrás dado cuenta de que nadie podrá escucharte."

Quería gritar con todas sus fuerzas, pero la daga en su cuello sería implacable, tenía que pensar rápido.

"¿Quién eres? Dime lo que quieres, por favor, pero no me hagas nada. Mi familia puede darte lo que quieras, pero por favor déjame ir y nadie jamás te hará daño." Rogó con la vaina filosa debajo de su mentón.

"Lo siento, señorita, pero lo que yo necesito es algo que sólo tú tienes y el pago que recibiré a cambio será mucho más grande que cualquier cosa que pueda darme tu padre." Contesto de nuevo aquel hombre en su profunda voz con llana frialdad.

"¿Y qué es? Dímelo para que pueda ayudarte, pero por favor déjame ir."

"Está bien, te lo diré, si prometes no llorar, ni gritar."

Serena no respondió, insegura de querer escuchar en realidad. El hombre interpretó su silencio como respuesta, se acercó más al oído de Serena y susurró.

"Tu corazón, en una pequeña caja."

Serena se quedó sin aliento, cerró los ojos y creyó que ya todo estaba hecho.

Pero algo dentro de ella no quería dejarlo así, quería luchar una última vez por sobrevivir. Con todas sus fuerzas y peso, pisó el pie derecho del hombre, quien sorprendido dejo de sujetarla, pero Serena sabía que ese daño no sería suficiente. Corrió entonces a las casas más cercanas, donde los hombres con cabezas de calabazas de rostros atemorizantes seguían encendidas. El hombre por supuesto que la siguió y ella con cuidado de no quemarse empujo una de esas figuras tratando de que el fuego lo alcanzara. Fallo, pero rápido corrió al siguiente mientras el hombre esquivaba la calabaza que cayo rodando. Tiró todos los que pudo y pronto se encontró con ventaja, mientras el hombre trataba de evitar el fuego que consumía los cuerpos secos que Serena había juntado en mitad del camino. Pronto el fuego se elevó y formó una pared entre ellos. Serena ya no podía verlo pero igual corrió al cementerio, no podía confiarse así que tomó el viejo camino que ya nadie usaba.

No pasó mucho tiempo antes de darse cuenta de que se había perdido. Había avanzado mucho mientras corría, pero ese viejo camino estaba completamente abandonado. Había viejos árboles caídos que obstaculizaban que impedían seguir el viejo camino. Y al dar vueltas para pasarlos Serena había tomado un mal giro que la había alejado de todo lo que conocía. Ahora daba vueltas entre niebla y lejanos susurros que la hacían sentir más insegura que antes. No sabía si seguía siendo perseguida, pero la ansiedad de encontrarse pérdida la estaba quebrando.

Siguió caminando tratando de alejarse de la niebla que se elevaba hasta llegar casi a su cintura, en esos momentos estaba casi segura que habían dejado de seguirla, ya no escuchaba a nadie a sus espaldas. En cambio lejanos aullidos y gruñidos erizaban la piel de sus brazos conforme avanzaba. Esta vez estaba muy segura de que eran lobos, pero no podía adivinar donde estaban y que tan lejos. No dejo que eso dominara sus pensamientos y se concentró en caminar, casi sin rumbo.

Y ahí, un poco más al frente estaban todos. Alineados como si estuvieran esperándola, inmóviles, pero no sumisos, iban enseñando los dientes, pero no gruñían, unos hasta se lamían las patas. Ahora Serena no tenía la menor idea de que hacer. Vislumbró un viejo castillo detrás de ellos, con un gran muro piedra que lo rodeaba, era extraño ver como esos lobos parecían resguardar el lugar, como si se trataran de perros guardianes que la aguardaban como si hubieran sido avisados que ella era una visita. Pero los lobos no hacían eso, no eran animales domésticos. Y todo ello hacía aquel castillo más tenebroso de lo que hubiera sido a la luz del día.

Serena lo observo, no había nada más enfrente y sus muros llegaban hasta donde alcanzaba su vista de izquierda a derecha. Por la neblina no lo había deslumbrado antes. No era más grande que su propio hogar, sólo tenía una torre en la cara oeste, era del mismo gris que su hogar, habían escalones que llevaban a su entrada principal donde había una gigantesca aldaba redonda en el centro de las puertas entreabiertas, era plateada y en el centro había una figura que Serena no podía distinguir desde su lugar. Alrededor la naturaleza había crecido a su antojo. Ese lugar había sido abandonado desde hacía mucho tiempo.

Dio un paso al frente esperando a ver la reacción de los lobos, no se movieron, dio dos más pensando que necesitaba desesperadamente un lugar donde descansar, no podía quedarse el resto de la noche a la intemperie con lobos ahí. No ocurrió nada, todos la observaban, se observaban entre ellos mismos pero no hacían nada aún. Hasta que quedo exactamente enfrente de ellos, observo a aquellos dos que se encontraban a cada lado de las viejas y oxidadas rejas. Esperaban y parecían curiosos. Serena no podía creerlo. Hasta que los escucho, a aquellos que no había visto detrás de ella, estaba rodeada de más lobos todavía. Ellos esperaron pacientemente hasta que ella no tuviera más opción. Ya no tenía a donde más escapar.

Corrió el último y más corto tramo hacia las rejas las cuales cedieron a su peso. El estallido de gruñidos y alaridos disparó el temor de su corazón. Trato de cerrar las rejas detrás de ella, pero sabía que cederían también. Corrió hacia el viejo castillo y entró por el estrecho espacio de las puertas donde la extraordinaria aldaba tenía a un ángel en su centro con las alas rotas. Serena trató de cerrar cuando los lobos comenzaron a entrar entre las rejas, pero la puerta no cedía. Entró entre la oscuridad del castillo y fue directo a las escaleras, no sabía a cuál lugar ir cuando los primeros lobos se asomaron dentro, olfateándola.

Corrió por el pasillo de la derecha, sus pisadas levantaban el polvo sobre la vieja alfombra pero no dejo de correr hasta que llego a la última puerta que cerró su camino. Tomó la perilla de la puerta entre sus manos y la abrió de un empujón, entró rápido y la cerró tras de sí. Apoyó su espalda en ella y cerrando los ojos escucho como olfateaban el piso al otro lado. No supo cuánto tiempo pasó hasta que no oyó nada más. Se había ido y se atrevió a abrir los ojos.

Por la impresión no pudo ver claramente lo que se encontraba frente a ella, primero vio lo que estaba al fondo de la habitación. Ese cuarto mostraba la misma decadencia que el resto de la casa, no había nada en sus paredes, la alfombra era consumida por el polvo, la humedad y el tiempo. Pero la chimenea estaba encendida y funcionaba a la perfección, había calor ahí. Y así sus ojos lo enfocaron. Habían pasado casi cinco años. Pero podrían pasar, diez o hasta veinte años y jamás podría olvidar aquel rostro que se encontraba delante de ella.

Se sintió como aquella niña de 13 años que lo vio por primera vez. Estaba hechizada de nuevo. Dispuesta a su merced de nuevo. Él mantenía esa belleza imposible en sus oscuros cabellos, en su tez clara y lisa, en sus enigmáticos ojos, entre sus oscuras y espesas pestañas, en su nariz recta y en sus labios. Entre su simetría había una perfecta armonía. Lo sabía, pero su recuerdo de niña no le hacía justicia, no era nada comparado ahora que lo veía como un hombre, ahora que ella se sentía como una mujer. Serena se atrevió a bajar la mirada desde su cuello hacia sus hombros, admiro sus brazos y su pecho, bajo por su abdomen hasta sus piernas. Su propio cuerpo estaba lleno de calor. Él seguía llevando ropas oscuras, hasta tenía la misma capa negra, todo eso lo hacía ver pálido, pero su piel no brillaba, se veía clara y pálida, pero no brillaba. ¿La luna tendría algo que ver con esa magia?

Mientras Serena se dedicaba a admirarlo con esmero no se fijó en la profundidad de su oscura mirada, esta vez no sonreía. Esta vez no era aquel gentil caballero que la consoló cuando lloraba y parecía no tener intenciones de ser su héroe en esa noche hasta que le habló con voz fuerte, irritado.

"¿Qué se supone que haces aquí?" Exigió él aún cuando ella estaba ahí sentada, débil del pánico anterior.

"Lo-lobos." Balbuceó Serena, impresionada de la dureza de aquel que imagino había bajado del cielo para salvarla, una vez más.

"Eso ya lo sé. Pero ¿cómo llegaste aquí? ¿Qué estás haciendo aquí?" Volvió a preguntar él frío e impaciente.

"Los lobos… Y ese hombre…, ese hombre me seguía…" Serena trataba de poder explicar pero ya había tenido suficiente esa noche. La habían perseguido para asesinarla y ahora aquel hombre, que encendió y alimento sus fantasías, la trataba así, como si fuera una molestia. ¿Dónde había quedado la dulzura de su voz?

"¿Cuál hombre?"

"No sé…" Gimió ella, con ganas de llorar.

"Dímelo."

"No sé…" Repitió ella mientras se cubría los ojos. Ese no era Darien y no valía la pena sus anhelos.

"¡Dime quién fue!"

"¡No lo sé!" Estalló ella en un grito más fuerte. "¡No lo sé, no lo sé! Sólo sé que quiere matarme… Eso es todo, él fue a matarme… Darien." Y empezó a llorar.

El hombre frente a ella no se movió. No corrió a consolar su llanto como aquella vez. Dejo que llorará contra la puerta hasta que ya no pudo más. Pero eso no la hizo sentir mejor. Miró a aquel hombre a los ojos, recordó aquella noche, recordó la muerte de su padre y recordó que ella misma iba a morir. No se podía sentir más miserable.

"Dime, ¿eres tú?" Preguntó ella con sus últimas fuerzas que la obligaban a caer inconsciente. "¿Eres tú Darien, el mismo que he estado esperando todo este tiempo?"

Él no respondió.

"Todo este tiempo te estuve esperando. ¿Has venido a buscarme a mí también?"

"Yo no vine a buscar nadie." Contestó él sin emoción, en el mismo lugar, parado en la misma posición desde que ella había llegado.

"Pero ya no tengo fuerzas."

"Tú no vas a morir esta noche, Serena."

Ella se emocionó al escuchar su nombre, era igual que la primera vez.

"Lo sabía, sabía que eras tú." Dijo ella mientras comenzaba a cerrar los ojos. "No has cambiado a nada a cómo te recuerdo. Yo crecí un poco e hice lo que me pediste, mi cabello es tan largo pero todos dicen que es hermoso, ¿a ti te gusta? Todos dicen que es hermoso, he escuchado a varios hombres decir cosas bonitas sobre él, de mis ojos y mis labios y otras muchas cosas. Pero tenía que escuchar lo que tú tenías que decirme, he esperado…"

"Es precioso, estoy satisfecho." Fue lo único que él pudo decir.

"¿Sabes? Yo siempre pensé que eras un ángel. Un ángel enviado especialmente para mí." Confeso ella cuando el sueño la jalaba a su lado.

"Quizás, pero no soy en ángel que esperabas. No soy lo que imaginas." La voz de Darien se escuchó más cerca.

"Yo lo juré." Insistió ella.

"No sabes lo que dices." Contestó él tajantemente, con intención de terminar ese parloteo.

"¿Pero lo eres, verdad? Eres un ángel." Insistió Serena con su última gota de consciencia de esa noche. Mientras los brazos de Darien la tomaban y la alzaban.

"Ya te lo dije, Serena. No soy lo que imaginas." Insistió él, antes de darle un beso cuando ella quedaba dormida.

Eso, todo su cuerpo sí lo recordaba.

o.x.X.x.o

Muchisísisimas gracias por recibir también mi fic jeje Y fue lindo ver con sorpresa los hits, reviews y alertas, GRACIAS que son DIVINOS de verdad. Y pues aquí está el segundo capítulo, no hubo señales de Darien hasta el final peor ¿qué es él? Jojo eso es secreto por ahora. Ahora, ¿qué si es bueno o malo? Paciencia, paciencia. Pronto lo sabrán, así que aguantarme un poco más, todas sus preguntas serán contestadas, al menos eso espero :p no es cierto, claro que sí, pronto me pasaré por aquí con el siguiente capítulo. (De veras que esta vez no tarde casi nada)

Un besote y muchas gracias a: Misc2010, Marceila, SEREDAR, yesqui2000, mayilu, ninfa01983, ciakaira, gigichiba, Usagi13chiba, Diivaa, Beabi y moon05, por los reviews

Nos vemos en el próximo que estará aquí para el fin de semana.

Atte. Angie Bloom