- Te dije que era un buen bailarín, ¿Te quedas conmigo? –

- ¿Casper? -

Le reconocí en cuanto pronunció la frase.

La sensación era cálida, igual que su piel. Aun recordaba a la perfección la primera vez que había sentido el contacto de sus brazos sobre mis labios, impidiendo que gritara. Era frío, inerte, vacío… Todo lo contrario a lo que era ahora. Mis ojos permanecieron cerrados a la par que disfrutaba de su aroma, tan fresco y vivo. No sabía como había conseguido recuperar su cuerpo mortal y tampoco me importaba lo más mínimo. Ahora, por fin entendía mis sentimientos hacia él. Ahora, por fin apreciaba todo lo que había hecho por mí –sin ir mas lejos, dar su mortalidad por la de mi padre-. Cuando estaba sentada en ese sillón antiguo y le vi acercarse no le había reconocido, sin embargo, si que descifré las miradas codiciosas de mis compañeras de colegio e invitadas a la fiesta. Era guapo, muy guapo. Los mechones de su cabello dorado acariciaban su rostro, al que adornaban dos enormes y cristalinos ojos azules. Por no hablar de sus labios… Tan rojizos y voluminosos que te pedían a gritos un beso.

Esbocé una media sonrisa cuando le sentí apartarse lentamente de mí para terminar la suave danza. Todos mis compañeros observaban anonadados el espectáculo: un par de adolescentes alzados en el aire mirándose como si la vida les fuera en ello. Las campanas del reloj sonaron anunciando la llegada de las diez, y entonces, adiviné en su gesto una mota mal disimulada de desesperación. Parecía triste y frustrado, como si tuviera ya muy asumido su destino. No me dio tiempo a preguntar nada, porque lentamente acercó su rostro al mío hasta que a penas quedaron unos centímetros entre ambos. Y entonces, me besó.

Fue dulce, lento, lleno de ternura y amor. Todo el mundo empezó a girar y me aferré a él como si fuera mi faro en la oscuridad. Después de unos segundos empecé a sentir como el calor de sus labios se desvanecía, a la par que coros exaltados a mí alrededor anunciaban que algo iba mal. Recelosa, abrí los ojos para descubrir el porqué de tanto escándalo cuando me encontré la pared de enfrente justo delante de mi, con una ligera capa difusa de por medio. Casper había vuelto a ser Casper.

Todo el mundo corría asustado, pero yo permanecí en el sitio junto a mi fantasma al lado. Nos miramos y reímos como niños. La fiesta acababa de comenzar.