Disclameir: ¿es realmente necesario? Nada excepto la trama me pertenece, los personajes son propiedad de Meyer.


Prefacio.

Desperté del sueño con sobresaltó. Mi nueva especie jamás dormía, no existía para nosotros tal posibilidad; aun así, el uso continuado de mi particular don me exigía perderme entre las brumas de la conciencia y la inconciencia, en aquel mar donde las memorias se fusionan con la imaginación. Mi mente descansaba en ese único remanso de paz y se nutria para resistir un día más de la eterna existencia.

No estaba sorprendida por revivir aquel momento concreto de mi vida, cuando mi corazón todavía latía, ni sentí una especial agonía al recordar sus dulces ojos verdes o su calidez al abrazarme. El dolor siempre estaba presente. Siempre. Pero con el tiempo se había convertido en un eco viejo y distante; algo que, simplemente, formaba ya parte intrínseca de mí. De mi identidad.

Ciento ocho años son muchas décadas para reconciliarse con la pérdida del ser amado y yo había vivido cada día intensamente, como él una vez me pidió que hiciera. Yo respetaba ese juramente en su honor, en nombre de su amor.


Capítulo I

Bella POVS; febrero de 1917, Chicago

Como era común en los últimos tiempos, aquel día había resultado estresante, acuciado por los berrinches de Renee y Philip y el resto de los preparativos de la fiesta; quizá fuera por ello que yo había sentido la necesidad de escapar a dónde fuera. Acudir a verla me había parecido la mejor de las ideas. Pero gracias a la amabilidad del nuevo doctor, mi visita a Alice se había alargado demasiado. Observando mi alrededor con temor, aceleré el paso.

Aunque la dorada luz del crepúsculo todavía permanecía vigente en la cima de las montañas, en las estrechas calles de la zona más despoblada de Chicago ésta se hacía imperceptible, convirtiendo todo mí alrededor en sombras. Las lámparas de aceite pertenecían a la otra cara de la ciudad, muy diferente a los suburbios, y generalmente, yo poseía el suficiente sentido común para no alejarme de ella. No recaía en mí la culpa de que aquel "hospital" se hallase tan lejos de cualquier rincón civilizado.

Las largas jornadas del proletariado en las fábricas contribuían a unas calles desiertas. Las únicas voces que oí provenían del interior de algunas viviendas, femeninas en su mayoría, o las que se colaban tras la puerta de algunas tabernas. Marché rápidamente a través de éstas, mientras mi corazón martilleaba enloquecido bajo el apretado corsé. El dobladillo de mi vestido rasgaba la tierra y el eco de mis presurosos pasos era mi única compañía. Aún así, no conseguía apartar de mi mente la peligrosa sensación de estar siendo vigilada.

Imaginaciones tuyas, Isabella, insistí.

Hasta que una respiración que no era la mía se deshizo en una risa burlona...

¡Buh!

De improviso, sentí como unas fuertes manos masculinas apresaron mi estrecha cintura y yo grité, grité tan fuerte como me permitieron mis pulmones hasta que mi garganta no lo resistió:

— ¡Ahhhhhh! — reparé entonces en el tinte familiar de esa voz terciopelada que me había asustado, y con una fuerte sospecha, mi tensión cedió por unos instantes —. ¿Edward?

Su aterciopelada y musical risa fue mi valiosa respuesta. Hubiese reconocido esa risa entre una virulenta multitud de carcajeaos, pues él siempre la reservaba para mí.

— Por supuesto. ¿Esperabas a alguien más? — sus manos todavía ejercían una leve presión sobre mi cintura —.

Incluso a través de la recia piel de mi vestido, fui capaz de percibir la fortaleza y calidez de su toque, provocando que piel ardiera bajo la tela y mis mejillas se encendieran como una tonta enamorada. En sus brazos, eso es lo que yo era, aunque me avergonzara de mi cuerpo por permitírselo contemplar con tanta claridad.

— ¿Quién te enseñó a gritar así? Mis pobres tímpanos todavía me duelen — protestó; yo adiviné que en sus labios había formado esa sonrisa torcida que yo tanto adoraba, y siempre que empleaba conmigo para conseguir que cediera a sus caprichos —.

— Señor Mansen — me burlé remplazando por su apellido su nombre —. Fue usted quien decidió seguir a una pobre dama y permanecer en la sombra por varios minutos, con el único fin de asustarla. Dicho comportamiento no es propio de un caballero.

Su risa volvió a deleitar mis oídos. Estaba feliz, tan feliz como yo por saberlo tan próximo, pero dicho sentimiento no sólo era impulsado únicamente por mi cercanía, sino por razones sobre las cuales yo prefería fingir ignorancia. La palabra "compromiso" martilleó en mis oídos, aterradoramente próxima.

— ¿Ni siquiera si mi deseo fue proteger a la dama de los monstruos oscuros que acechan en los callejones? — preguntó. Yo negué con la cabeza, tozuda; de repente, sentí su aliento muy cerca de mí, y supe que sus labios se hallaban a dulces milímetros de mi oreja; la calidez de su voz me congeló —. Entonces, tal vez escoja no ser un caballero. ¿Y si soy el chico malo?

Reí. Finalmente, conseguí deshacer la presión que ejercían sobre mí sus manos y giré mi cuerpo para contemplarlo. Tan endiabladamente hermoso como siempre. Su rostro ovalado y enmarcado por una piel pálida, que no llegaba a ser tan insustancialmente blanca como la mía, su cabello cobrizo y desenfadado para los cánones de la moda, su nariz asimétrica y el seductor mentón que coronaba sus labios. Mas no era belleza física lo que me atraía hacía él, sino la magia que escondían esos ojos tras un color verde tan reluciente como el rocío de las praderas que tiñe los campos en mayo; su extrema dulzura, su delicadeza al cuidar de mí y su maestría para hacerme sentir cuidada.

Por supuesto que Edward era un caballero. Siempre lo sería. Lo demostró en ese preciso momento, cuando inclinó delicadamente su rostro hacía mí y permitió que nuestros labios se rozasen en un brevísimo roce prohibido.

Yo siempre anhelaba más, más; anhelaba enredar mis dedos en las hebras sedosas de su cabello y atraerlo hacía mi, hacía mi cuerpo, hacía mis caderas, hacía mis caricias, hacía mi alma, hasta que me poseyera por completa. Él nunca lo permitía. Sin embargo, era impresionante el poder que ese casto roce de labios ejercía sobre mí. Mis labios ardían y mi corazón latía fuerte en mi pecho. Mi cuerpo entero quemaba. Tras unos pocos segundos, que a mis ojos fueron menos, él hizo ademán de retirarse y yo lo rodeé con mis brazos reteniéndolo, alargando el beso un poco más. Sólo un poco.

Edward se separó de mí y yo lo contemplé con los ojos oscurecidos por el deseo. Él respiraba agitado y giró su cuerpo dándome la espalda un momento, permitiendo que el frío cierzo de la noche sacudiera sus sentidos. Al menos, me sentí satisfecha por haber provocado ese efecto en él. Tras unos segundos, sus ojos regresaron de nuevo hasta los míos.

— Pronto — parecieron gesticular sus labios —.

Sólo que para mí, pronto nunca sería lo suficientemente pronto.

Abrí los labios para protestar.

El acertado estruendo de unas voces acercándose y de una botella al romperse interrumpió lo que pudo haber sido nuestra quincuagésima discusión al respecto. Busqué con antelación la diminuta arruga que apareció en su frente, en un punto intermedio entre las dos cejas, como ocurría siempre que estaba preocupado. Sin pronunciar palabra, Edward me tomó de la mano con fuerza y comenzó a andar presuroso en la dirección opuesta a dónde procedían los ruidos. Inconscientemente, su ritmo se aceleraba conforme transcurrían los minutos y aún no llegábamos a nuestro territorio.

— Edward, tranquilízate. Esos tipos se han quedado ya muy lejos. Estamos a salvo.

Él giró su vista hacía mí y sus ojos repararon culpables en mis mejillas sonrojadas y en mi respiración acelerada. Deceleró un poco. Las lámparas de aceite iluminaban ahora la calle dotándola de sombras rojas y ambarinas. Nos había alejado lo suficiente de los suburbios para sabernos a salvo.

— Lo siento — se disculpo —. No puedo soportar la idea de que te ocurra algo, aún menos sí yo estoy contigo.

Tal declaración que me habría incomodado proveniente de cualquier otra persona, inundó con una corriente cálida mi pecho venida de sus labios. Él hacia que resultase distinto… porque yo sentía lo mismo por él.

— Estamos a salvo — repetí, estrechando la mano que aún no me había soltado —.

— Lo sé — sonrió brevemente, posando sus ojos en mí; entonces frunció el ceño, como si hubiese recordado algo —. Nunca vuelvas caminar tú sola de noche por esos parajes — ordenó severo; yo me contuve de poner los ojos en blanco porque sabía que tenía razón —. Los barrios industriales son peligrosos, Bella. Especialmente para ti.

La rebeldía que usualmente guardaba en mi interior brincó de repente al escuchar sus palabras, aun cuando yo me mordí el labio para impedirlo. Éstas emergieron por sí mismas.

— ¿Especialmente para mí? ¿Por qué? ¿Por qué soy mujer?

Su mirada esmeralda se clavo sobre mí más oscura que de costumbre, y si no hubiese conocido a Edward lo suficiente para saber que era un completo caballero, hubiera jurado que sus ojos brillaban encendidos por el deseo.

— No. No por ser mujer — me atrajo hacía él con delicadeza y de nuevo rozó mis labios, congelando mi corazón por los tres segundos que estuvieron en contacto —. Porque tu belleza es tan embriagadora que supone una tentación para cualquier hombre.

— Eres un gran mentiroso, Edward — pretendí decirle. Pero el me acalló sin que pudiera.

Volvió a besarme. Esta vez, en contra de lo habitual, por más tiempo. Sus labios no se conformaron por rozar la ardiente piel de los míos, sino que pellizcaron esa pieza de mi boca, y en una acción tremendamente osada, se deslizaron a través de mi mandíbula y recorrieron la línea izquierda de mi cuello, hasta detenerse en la base de mi hombro. Entonces, regresaron a mis labios.

Mi corazón bombeaba con tanta fuerza en mi pecho que me resultó extraño que no atravesase el corsé y surcase la distancia que nos separaba hasta fusionarse con Edward. Yo estaba congelada. Cuando intenté responder a sus labios fue demasiado tarde; él se había retirado.

— Me disculpo.

— ¿Eh…? — ni siquiera lo escuché —.

Yo estaba hipnotizada, prendida aún del abrasante calor que extendieron en mi cuerpo sus labios y de las nuevas y descontroladas emociones que él me había hecho sentir y que aún perduraban revoloteando en mi estómago. Sin embargo, él parecía sentirse realmente avergonzado. Consciente de esto, seguí la línea de sus ojos hasta reparar en una pareja de adultos que nos miraba con reprobación y cuchicheaban entre sí. Por sus ropas, debían pertenecer a la clase adinerada, aunque yo no recordaba habérmelos topado en ningún baile de gala. Por sus gestos, prefería ignorar lo que debían estar injuriando de mí.

En otras circunstancias me habría preocupado por la posibilidad de ser reconocida, y de que el chisme sobre mi descarada indecencia llenara los cotorreos de los salones de fiestas de Chicago por los próximos tres meses. En aquel momento, no me importo lo más mínimo. Mientras Edward permaneciese a mi lado, no me sentía afectada ni aún se catalogaran de ramera.

— Lo siento… Yo no comprendo qué… No debí… Y en público… — Edward balbuceaba incoherencias con las mejillas arreboladas y parecía conmocionado; desde mi punto de vista, nunca se había visto tan adorable —.

Me acerqué a él y posé una mano sobre sus labios, silenciando sus palabras.

— No te disculpes — exigí sin temor; mis ojos ardían intensamente, con la misma emoción que reflejaban los suyos —. Jamás te disculpes por amarme.

Él asintió. Creo que comprendió la trascendencia de mi pedido porque sus músculos se relajaron. Me tendió la mano y reemprendimos lentamente el camino de regreso hacía casa.

— ¿Cómo supiste encontrarme? — pregunté con curiosidad, tras unos segundos de calmado silencio —.

— Renee contacto conmigo. Y yo sería un mal prometido si no conociese lo suficiente a mi novia para saber adónde huye cuando los preparativos de nuestra boda la superan — concluyó con una de sus brillantes sonrisas —.

— ¿Estaba muy enfada?

Sentí un nudo de aprensión formándose en mi estómago ante la idea. No me complacía la idea de regresar a casa sólo para ser recibida por sus gritos y sus reproches. Especialmente después de haber hablado con Alice. Mi rencor hacia ella permanecía hoy más profundo que nunca.

— Lo suficiente. Pero yo conseguí calmarla. La convencí de que es normal que la novia disfrute de unos días tranquilos antes de su fiesta de compromiso y la halague diciendo que confiaba en ella para que todo resultase maravillosamente.

— Muy astuto — intenté que mi voz sonase modulada y centré toda mi atención en el cemento del suelo, fingiendo que se trataba de un nuevo método para no tropezar —.

Los ojos de Edward se estrecharon y, por un segundo, temí que me hubiese descubierto. Mi aprensión para hablar de nuestra boda o de la próxima fiesta de compromiso no mantenía ninguna relación con él. Era sólo… yo. Algo que funcionaba mal dentro de mí.

Tan feliz como a él le hacía, se convertía en mi fuente de pesadillas por las noches.

— Bella… ¿Cómo está Alice?

Agradecí su fuerzo para desviar mi atención. Tal vez él me conociera incluso mejor de lo que yo esperaba. Sin embargo, casi de inmediato mis ojos se cubrieron de lágrimas; lágrimas que hasta hace poco yo no sabía que estaba ahí.

— ¡Oh, Edward! Es horrible — sollocé —. Por cada visita que hago a ese horrible lugar me convenzo más que de que debo sacarla de allí.

— Mi amor, cálmate — sus brazos me acogieron en un abrazo protector y yo me entregué a su ternura, recostando mi cabeza contra su pecho —. Cuéntame que ha ocurrido.

— Han cortado su cabello — balbuceé; su precioso cabello de tirabuzones negros —… y había moratones en su mejilla… y… y… estaba tan sola, tan pérdida… casi no me ha reconocido — Edward me acunó contra su pecho; yo intenté serenarme —.

— ¿Cómo avanzan sus tratamientos?

— Peor. Cada día peor. Aunque… — traté desesperadamente de concentrarme en lo único positivo de esa visita —. Conocí a un nuevo doctor. Él no parecía tan despiadado como los otros. Me prometió que cuidaría de ella y me permitió quedarme hasta más tarde.

— Bien. Eso es bueno — percibí como acariciaba mis cabellos mientras hablaba -. Sabrás que está bien cuidada.

Sus cálidas palabras pretendían calmarme; sin embargo, por alguna razón, tuvieron sobre mí el efecto contrario.

— ¡Edward, es mi hermana! — mi autocontrol se rompió en pedazos —. Y debo conformarme con verla morir un poco más cada día. ¿Cómo voy a ser capaz de casarme contigo sin ella presente el día de mi boda?

— Sssh — me acunó —. Lo arreglaremos. Te prometo que lo arreglaremos.

Yo sabía que iba a ser tan fácil. Para el mundo, para la sociedad, ella había sido declarada muerta. Si mi madre descubría algún día que yo continuaba visitándola… ignoraba cuáles pudiera ser las consecuencias.

— Lo arreglaremos — volvió a repetir su promesa —. Dentro de seis meses nos casaremos y ella podrá venir a vivir con nosotros, aún si para eso debemos raptarla de ese maldito hospital. Será como ella ve en sus sueños. Seremos felices para siempre.

Yo me aferré al único amor de mi vida y correspondí su abrazo con fuerza, confiando plenamente en su palabra. Sí. Resultaría como él decía.

Un día, me juré a mí misma, Alice sería libre de ese espantoso lugar; yo superaría mi particular aversión al matrimonio, Renee y Philip ya no tendría poder para controlar nuestra vida, Edward y yo nos casaríamos, y juntos seríamos felices para siempre. Sólo había que esperar el momento oportuno. Pronto. Muy pronto. Como en un cuento de hadas.


Confio en que os haya gustado. Sé que todavía quedan abiertas muchas dudas, pero todo tienen su razón de ser y éstas se irán desvelando con el tiempo.

No sé si la historia os gustará o no, o si merecerá la pena continuarla. Es decisión vuestra. Yo ya tengo escrito el nuevo capi; lo subiré el sábado o el domingo, aunque si los comentarios superan los doce en algún momento, lo subiré entonces sin haceros esperar.

Si, por el contrario, no os ha enganchado la trama o preferís que me dedique a otra historia - me sobran ideas - indicadmelo que no me sentiré ofendida en absoluto. Es más, estaré agradecería y empezaría de inmediato la nueva trama.

Un fuerte saludo.

Anzu.

Anzu.