X


Tratando de no llamar la atención de los guardias, le explicó a cuenta gotas como eran los palacios por dentro. Usopp pedía demasiados detalles que ella por fortuna tenía bien grabados, pero que hasta ese momento no se había percatado de la importancia. No es que lo fueran verdaderamente, pero al tirador le gustaba tener un panorama completo o era muy quisquilloso.

—Una vez vi mi Clima Tact en ese cuarto, está lleno de armas —murmuró con energía—, pero nunca me han enviado a mí a limpiar ese cuarto. Creo que lo hace uno de los esclavos de la mujer.

—Bien, no es fácil entrar y tomarlos, pero ¿podrías ingeniártelas para hacerlo?

—Claro —dijo convencida, sabiendo de antemano el peligro que supondría si algo en el proceso llegase a salir mal.

Hasta Usopp parecía temer esa posibilidad, pues la miró con angustia.

—No te preocupes, Usopp —intentó consolarlo—, no empecé a robar ayer —ironizó, su compañero sabía que era una experta ladrona—, me las arreglaré sola.

—Bien —no se mostró muy convencido, pero tampoco tenía otra opción más que aceptar que Nami se involucrase de esa forma—. Tienes que buscar un buen lugar donde ocultarlos una vez que…

—Ya, déjamelo a mí.

—Y lo prudente es que robes algunas armas más para que no sospechen que fuimos…-

—Usopp —lo tomó de la cara y le plantó una mirada fiera—, tranquilo, todo saldrá bien. Lo sé porque estamos juntos en esto.

—Sí —sonrió él.

—Ahora, no entendí tu nota. El Aqua Laguna es un fenómeno de Water Seven.

Usopp elevó un dedo, recordando de golpe ese punto.

—Cierto, casi lo olvidaba —se había perdido en la inmensidad de los ojos de la navegante, siempre tan expresivos—, no es un Aqua Laguna, pero no estamos lejos de Water Seven, así que una vez por año aquí también se siente una réplica. Es menor, pero dado que aquí también están los remolinos alrededor de la isla, ¿recuerdas el triángulo? Bueno, el fenómeno que causa es similar. Me han explicado cómo funcionaba, pero… —alzó los hombros—lo único que me quedó claro es que el efecto es devastador.

—¿Cómo sabes todo eso?

Usopp sonrió, sería largo y complicado de explicar. Tenía fe en que ya tendrían tiempo para hablar de todas esas cosas, y por eso lo resumió.

—Hay un viejito, un Tenryuubito —aclaró—, que le gusta conversar conmigo. Él me dijo que están construyendo la muralla no sólo para aislar la milicia, sino para evitar las inundaciones.

—Una barricada.

—Algo así. Me dijo que esas olas generan grandes desastres y pérdidas materiales. Me contó que en estas fechas tienen que tomar medidas… como sacar a todos los esclavos del fortín y trasladarlos aquí. Pensé que si tenemos chances de escapar, va a ser ese día porque todo esto será un caos. Si tienes tu Clima Tact puedes empeorar la situación para ellos.

—Y para nosotros —remarcó ella. Que a veces los mugiwara tendían a olvidar que no eran inmortales.

—Nosotros estaremos bien. Yo te cuidaré —dijo con sentido orgullo. Nami torció la boca, no muy convencida—. Estuve viendo la cantidad de guardias que hay en la entrada principal, incluso sé los horarios de rotación. Cada seis horas cambian de compañeros. El tema será ponernos de acuerdo. Me desespera no saber de ti.

Nami le sonrió con cariño porque lo último había sido dicho con notable desesperación y amargura.

—No nos pueden ver hablando, pero hay un árbol en la plaza principal, ¿sabes cuál es?

—Hay muchos árboles.

—Sí —refunfuñó ella—, pero este que te digo tiene muchos años y está viejo, resquebrajado. Y justo está en el centro —Al ver que Usopp asentía, continuó—en ese árbol te dejaré una nota cuando haya podido dar con las armas.

—Bien, pero tiene que ser antes de que el Aqua Laguna, o lo que sea esto, llegue —calculó el tiempo—aproximadamente en tres semanas. No es mucho tiempo —frunció el ceño sopesando los peligros a los que deberían enfrentarse si no estaban preparados.

—¿Para qué más tiempo, Usopp? —Se quejó la navegante—Ya bastantes meses estuve aquí. Tres semanas me parecerá una eternidad.

Usopp no quiso explicarle todo el plan, porque hacerlo significaría implicarla más y ciertamente lo que tenía en mente para ella ya era muy alocado. Había altas probabilidades de que no lo lograsen. Nami no era idiota y pareció adivinar en los ojos de su amigo que algo le escondía. Siempre mintiendo.

—Ya, ahora dime qué harás tú, porque conociéndote no te quedarás de brazos cruzados —le puso un dedo en la frente—, esa cabeza marcha a todo motor.

Él le sonrió antes de responderle.

—En el fortín hay suficiente pólvora para hacer volar todo un edificio. Eso logrará ser una gran distracción; pero tengo que hacerme de ella antes del Aqua Laguna, o mojado no me servirá de nada. —Se remojó los labios no muy seguro de confesarlo—, todos los días apenas empiezo con mis tareas llevo los animales a pastar en un campo abierto… queda cerca del fortín y… —agitó un brazo dando a entender que no había necesidad de soltar tanta chorrada y preocuparse—. Tú quédate sólo con que yo me arreglo.

—No, Usopp… cuéntame —exigió ella y él no tuvo más opciones al ver la brava mirada de su amiga.

Suspiró, para empezar a relatarle con calma como eran sus días. Además de informarla, lograba distraerla, porque escuchando como eran sus jornadas Nami no se daba cuenta del paso del tiempo, ni del lugar en el que estaban. Le contó que a la mañana solía llevar los rebaños a pastar, estratégicamente había logrado dar con un claro muy cerca del fortín. Se aseguraba de que ningún guardia tuviera los ojos puestos en él y caminaba por un sendero que lo conducía a los pies de la muralla muy cerca del acantilado donde descargaban los cadáveres. Trepaba por ese muro hasta llegar arriba. Tan sólo trepar esos metros le tomaba cerca de una hora, por eso una vez dentro tenía que ser rápido.

Más de una vez estuvo a punto de caer y más de una vez estuvieron a punto de agarrarlo, especialmente cuando se topaba en el camino a los guardias que iban bajando para tirar los cuerpos, pero una vez que lograba llegar arriba se escabullía de Nauj para deslizarse dentro del cuarto de pólvora. No era mucho lo que podía sacar en los bolsillos sin que fuera evidente, y ni tampoco podía sacar una cantidad considerable sin dejar en evidencia que alguien estaba robando la pólvora. Así que día tras día Usopp se hacía de una pequeña cantidad que escondía en pequeños trozos de tela anudados, retazos que sobraban de los animales que cuereaba.

Luego los escondía entre medio de las hendiduras de la vieja muralla con la idea de darles un uso más adelante. En todos esos meses no había podido hacer más pasos de los que lo conducían al cuarto de la pólvora, pero cada vez que pisaba el patio de tortura echaba la mirada hacia un costado tratando de ver a Daniel en la distancia; pero sus compañeros eran puntos negros en la lejanía y le resultaba imposible distinguirlos.

Luego volvía al claro y seguía dándole de comer a los animales para continuar más tarde con la rutina del día.

—Si logramos hacer que los demás esclavos quieran unirse a nuestra huida, no tendremos que preocuparnos por ser desertores.

—Quieres usarlos —simuló ofenderse—, eres cruel, Usopp.

—No, soy pragmático —corrigió divertido—. Estás cansada —remarcó él al ver como los ojos de la navegante se cerraban por mucho esfuerzo que hacía su dueño por evitarlo—, ven… tienes que descansar un poco —se sentó contra una pared de madera y la acostó sobre su pecho desnudo.

—No, Usopp… quiero seguir hablando.

—Después tendremos tiempo para conversar —Hizo presión en la mano para bajarle la cabeza, Nami no lo resistió más y se relajó por completo.

—No debería quedarme cerca de ti, si nos ven así van a…

—Te despertaré en un rato, duerme un poco.

Eso intentó hacer la navegante, era la primera vez desde que había pisado ese lugar que sentía que podía dormir sin preocuparse por ser asesinada en mitad de la noche. Era extraño sentir esa paz después de tanta desdicha.

—Ey, Usopp —murmuró entre sueños.

—¿Mh?

—¿Crees que los chicos… que ellos saben?

—No lo sé, supongo que sí —apoyó la cabeza contra la madera, enredando los dedos en la cabellera tupida de la muchacha en una ligera caricia.

—Entonces vendrán… estoy segura.

—Esperemos que no, Nami… esperemos que no.

La navegante se incorporó apenas para mirarlo en la penumbra y preguntarle a qué se debía esa acotación, pero de inmediato pudo leer en los ojos del tirador la preocupación. Y tenía razón. Ellos sabían que tan preparados estaban los Tenryuubito y de lo que eran capaces en contra de los que levantaban armas.

Volvió a bajar la cabeza enredando los brazos en el cuerpo de su amigo y durmió profundamente, como nunca antes hasta entonces. Lo poco que logró descansar fue suficiente para ella, pero cuando Usopp la despertó, notó que él no había dormido en toda la noche.

Se había quedado despierto pensando en todo lo que debían hacer y en el peligro subyacente de cada paso que darían en pos de la libertad. Robar uno de los barcos anclados no era problema teniéndola a Nami como navegante, pero para llegar a él debían pasar por mucho antes.

Nami quiso reprocharle el que no hubiera descansado correctamente, pero no tuvo tiempo. El tirador la había despertado para que tomara distancia antes de que los guardias fueran a despertarlos a comenzar con el día.

No se despidieron, aun sabiendo que quizás no volverían a hablarse hasta el día de la fuga y si ninguno de los dos moría. Ambos se sentían extraños, por un lado aliviados de saber que no estaban solos y a la vez preocupados por el otro. Escapar solos sería mucho más fácil. O no; pero al menos no tendrían que lidiar con esas inquietudes.

Esa mañana a Usopp —junto a otros esclavos— le habían encomendado la labor de aprovisionar uno de las galeras. Fue una buena ocasión no sólo para pasear sino para conocer el puerto. Hasta ese día jamás había ido a recorrer en profundidad esa zona.

El trayecto de los establos y de las huertas hacia el puerto era largo, por eso debieron hacer varios viajes y turnarse entre ellos para no sucumbir a mitad de camino. La puerta que conducía al puerto era una simple arcada sin más impedimento que el aire mismo, pero más allá y sobre el mar había un enorme portón que le recordaba vagamente al de la puerta del Gobierno. Se preguntó si al igual que esas enormes aberturas, sería necesario abrirlas desde algún lugar en específico. Por lo poco que sabía del mecanismo que las hacía funcionar la manera de abrirlas manualmente parecía encontrarse a sus costados. Había visto pequeñas escalerillas a sendos lados y suponía que no estaban de mero adorno.

Chistó por lo bajo, abrirla no sería nada sencillo llegado el día; pero más le valía morir en el intento, que no intentarlo nunca.

El pasto era inexistente en esa zona, erosionado por el agua de mar. La madera que conducía a los barcos parecía ser nueva o la habían cambiado recientemente porque apenas tenían rastros de sal, lucía indemne y sin teredos. Lo retaron varias veces y recibió unos cuantiosos latigazos por permanecer absorto contemplando el paisaje. Así que a mitad de la mañana decidió echarle ganas si es que pretendía comer algo al final del día.

No obstante, en uno de esos viajes notó que los guardias apostados a cada lado conversaban entre ellos junto a un tercero. Fácilmente pudo reconocerlo como un Tenryuubito por el traje. Bajó la vista al suelo siguiendo las reglas, pero para entonces había podido reconocer vagamente las facciones del hombre. Era el yerno del Patriarca.

Le llamó la atención la actitud del sujeto, parecía nervioso o apurado, echaba miradas hacia los costados como si cuidara que nadie estuviera atento a él. Usopp no pudo contra su propia naturaleza. Hizo un pequeño rodeo con el carro y se situó detrás de las enormes bolsas con abono. Desde ese lugar podía evitar ser visto por el guardia que supervisaba el trabajo y a la vez por los tres interlocutores. Sin embargo a duras penas podía oír algo de la conversación y lo poco que pudo le sirvió para hacerse una idea de lo que pasaba allí adentro.

—Con la comida… No puede hacerse así como así —dijo el Tenryuubito con una ligera exaltación en el tono, pero cuidando de hablar en voz baja—, tiene que parecer accidental o… natural. Después de todo está viejo ese inútil, si muere a nadie le sorprenderá.

Usopp tomó distancia del lugar notando que no podría pasar mucho tiempo más desapercibido. Él comprendía de qué estaban hablando o al menos sospechaba lo que estaba pasando. En poco tiempo había descubierto que el anciano Patriarca no era muy querido por la mayoría de sus "hijos".

Tenía ideas muy radicales y opuestas a la mayoría de ellos, quienes se contentaban con tratarlo como si fuera un demente y desacreditaban sus palabras alegando su vejez. El anciano no solía quejarse demasiado por el trato aunque sí sabía imponer su palabra cuando la situación lo requería, dejando en claro que su lugar no se lo había ganado sólo por consanguinidad.

Que planeasen matarlo no le llamaba la atención, pero le preocupaba. Si bien que el viejo era un Tenryuubito, era distinto. Para Usopp no merecía morir, menos en manos de los suyos. ¿Qué forma era esa de pagarle al viejo todo lo que tenían? Era por él y sus antecesores que habían llegado tan lejos, amasando esa fortuna y esa fama de despiadados.

Y no era mala persona pese a ser un Tenryuubito. Sí, conservaba las mismas ideas de base: ellos eran superiores, seres considerados puros en sangre, pero a diferencia de la gran mayoría, Kanjiryû no era tan radical, no consideraba que por ese motivo los humanos mereciesen un trato despectivo. Hasta incluso había propuesto abolir la esclavitud, por supuesto que nadie estuvo de acuerdo con él y solo, con sus ideas alocadas, se quedó. Nadie contemplaba la vida como él.

¿Por qué no tratar bien el rebaño que te da de comer? La idea de considerar a los humanos como a las mascotas le causó inmensa gracia a Usopp en un primer momento, pero enseguida entendió que era imposible hacerles cambiar de parecer luego de centurias con el mismo pensamiento. Las ideas estaban muy arraigadas, a tal punto que hasta era atrevido lo que el viejo proponía.

Usopp se preguntó si valía la pena alertarlo. Después de todo no sabía cómo se lo podría llegar a tomar. Corría el riesgo de que no le creyera, que se enojase con él por insinuar semejante traición por parte de los suyos. A fin de cuentas no lo conocía demasiado como para adivinar su reacción.

Siguió trabajando y tratando de alejar de su mente esa cuestión, pero cuando llegó la hora de contar cuentos volvió a cuestionárselo. Un guardia fue a buscarlo y Usopp supo de inmediato que su tarea cambiaría. El viejo era muy riguroso con la hora en la que debía presentarse en la biblioteca. Ese día no estaba particularmente inspirado para inventar historias, y el viejo lo notó casi de inmediato.

Estaba sentado en el mismo sillón de siempre, con una gran fuente repleta de fruta que nunca dudaba en convidarle al esclavo. Siempre quedaba un guardia en la puerta estudiando todos los movimientos mientras él narraba los cuentos.

(X-II)

Motobaro era excesivamente lento, a tal punto que Sanji pensaba seriamente en arrojarse al mar; suponía que nadando llegaría más rápido.

—¿Esta mierda no se puede apurar?

—Lo siento, maestro —se disculpó escupiendo un bicho que le entró justo cuando abrió la boca—, es lo máximo que Motobaro puede dar de sí.

—Bueno, al menos puedo disfrutar de este paisaje hermoso —se consoló al no saber cómo suplir la ansiedad que lo gobernaba.

—¡Lo sé, maestro; me alegra que usted también note lo hermoso que estoy cada día!

Sanji no dijo nada ni corrigió el error, había aprendido a resignarse con Duval. Encendió un cigarrillo y se dio la vuelta para ver todo lo que dejaban atrás. Él, al menos, dejaba mucho; pero con la seguridad de que volvería a por todo eso.

Hicieron varias paradas antes de llegar a Sabaody, durante esos pequeños descansos Duval trató de pasarle toda la información que con Shakky habían recabado, y entre la cual se rumoreaba que un pirata de nariz larga había sido vendido a los Tenryuubito.

—¿Será?

—No es el único con nariz larga —dijo Duval mordiendo el trozo de carne que segundos antes le había dejado la cantinera—, he visto muchas narices así.

—Demasiada casualidad —Sanji miró su plato como si no tuviera intenciones de tocar la comida—, todo concuerda: nariz, aspecto, orgullo… hasta incluso no me sorprende que haya mentido respecto a la tripulación en la que estaba.

—¿Y para qué va a hacerlo? Debería sentirse orgulloso de ser un Mugiwara.

Sanji negó con la cabeza, dándole un sorbo a la cerveza en su cuenco.

—Usopp es muy astuto… si es él, debe tener una buena razón… —meditó—y creo saber cuál puede ser.

—En fin, eso es todo lo que sé al respecto.

—Bueno, no hay tiempo que perder… mañana mismo quiero estar en Sabaody sin falta, hazle algo a tu moto para que vaya más rápido o la llenaré de patadas para que lo haga.

—Sí, maestro —apuró la comida al ver que el otro estaba con prisa.

Sin embargo esa noche no podrían seguir la marcha, el mar se había vuelto peligroso en esa zona con una tormenta aproximándose, era un suicidio ir con tan sólo una moto de agua. Así que el cocinero debió resignarse a buscar un lugar dónde dormir. Lo bueno de ser pirata es que se había acostumbrado a adaptarse al entorno, a viajar y parar en cualquier lado.

Él podía dormir en el suelo, en la puerta de la taberna y en un callejón, pero Duval se mostró molesto de nuevo con esa predisposición hippie y acabó por pagar otra vez una habitación en una hostería para los dos.

El recibimiento del cocinero fue caluroso, quizás porque precisamente era el cocinero de la tripulación. Luffy no aguantó más de un minuto en rogarle para que hiciera alguna delicia, mientras lo bombardeaban a preguntas sobre lo que había sido de su vida. Lo habían extrañado por razones que iban más allá de su arte culinario. Sanji entró a la cocina sintiendo la más pura e incondicional nostalgia.

No le llamó la atención ver que Usopp faltaba, era como si una parte de él supiera dónde estaba el tirador o las razones que podía tener para no estar allí; en cambio sí le sorprendió la enorme ballena que custodiaba el barco y a la cual reconoció enseguida, y que Zoro no estuviera allí.

Se abstuvo de comentar algo al respecto, pero mientras cocinaba en el Thousand Sunny un plato elaborado para todos la conversación dio inicio y el tema a tratar era la razón que los unía allí: Nami.

De esa forma el nombre de ella surgió de los labios del reno, y luego el del tirador.

—Tal vez no esté enterado —Robin intentó apaciguar el desconcierto de sus nakama, pero fue Brook quien aclaró ese punto.

—Vivi-san nos dijo que ella había mandado un mensajero también a Syrup.

—Entonces —caviló la arqueóloga con rapidez—, si está enterado y no está aquí, no es raro suponer que haya ideado algo. Nagahana-kun a veces sabe sorprender.

Franky asintió, de acuerdo con ese pensamiento y continuó la idea.

—De todas formas no podremos esperarlo, apenas Zoro regrese tenemos que ponernos en acción. Esto de estar sin hacer nada es desesperante.

Sanji irguió la espalda cuando escuchó el nombre del espadachín de boca del cyborg, le había dado impresión, y sintió una descarga eléctrica recorriéndole de pies a cabeza.

—Zoro —balbuceó dando la vuelta—¿Zoro está… aquí? Quiero decir, ¿qué es de él?

El capitán asintió, dándole un mordisco al bocado rápido que Sanji le había preparado para paliar la espera del plato principal.

—Debe escoltar a un Tenryuubito y para eso tiene que pasar por la isla. Tratará de conseguir toda la información que pueda…

—En el All Blue nunca me entero de nada —sonrió—, había olvidado que Zoro era shichibukai —Mintió y perdió la mirada; rememorando apenas el tono de su voz, la manera en la que pronunciaba su nombre y especialmente los motes que le había colocado en ataño.

Lo extrañaba, pero no pensaba dejarse doblegar por ese sentimiento. Ya no. No era el mismo joven de antes, no creía en el amor de la misma manera. Ahora para él el amor tenía la forma, el color y el olor de sus hijos. Ellos eran su mundo y en él Zoro no tenía cabida. Y no lo tendría. Después de todo había sido el espadachín quien tomó esa decisión.

Cenaron poniéndose de acuerdo, porque si bien la mitad no entendía de qué podía servirles esperarlo a Zoro, la otra mitad entendía que por unos días más no hacían diferencia alguna y que en cambio el espadachín podía averiguar algo de importancia que podía servirles para pasar lo más desapercibidos posibles.

Sabían que Zoro, por muy shichibukai que fuera, no podía pasear por las inmediaciones de la isla, pero al menos tendría un panorama general de cómo era. Pisar tierra enemiga sin tener esas nociones básicas podía ser letal además de contraproducente.

Los Mugiwara no solían ser tan comedidos, ellos actuaban sin pensar demasiado en el después, pero los años habían pasado y la experiencia les había enseñado que lo mejor era tener paciencia. Una virtud de la que todos carecían.

Empezando por Zoro.

La mañana que le tocó salir con el grupo de marines rumbo a la isla de los Tenryuubito se lo notaba de mal humor, a tal punto que no fue molestado en su camarote durante todo el viaje. Los más jóvenes preferían mantenerse apartados de él y los más veteranos sabían que los shichibukai tenían alma de pirata. Podían quebrar los códigos de la marina de un momento al otro si la situación lo ameritaba o se los orillaba a eso, y nadie tenía en mente enfrentarlo para morir a manos de su inclemencia. Después de todo era el sucesor de Mihawk y ciertamente no tenía nada que envidiarle a este.

Llegaron durante la mañana, tal como el navegante a cargo lo había predicho. La isla le recordaba vagamente a Enies Lobby, especialmente por la puerta que había sido abierta para permitirles el paso. El barco ancló en un lugar apartado especialmente para ellos y fueron conducidos por un hombre que no parecía ser un Tenryuubito a una reducida habitación que tan sólo tenía un bidón de agua.

Bonito recibimiento. Pensar que ellos estaban a cargo de salvaguardar la integridad de ellos. Era en momentos como ese que se daba cuenta de que los Tenryuubito no valían nada. Y él, perdiendo su tiempo allí, cuando bien podría abrirse paso con sus katana's. Pero recordaba una y otra vez las palabras de Shakky y la nueva promesa hecha a su capitán respecto a que no actuaría imprudentemente.

Salió al exterior sin importarle si se le tenía permitido. Ese reducido cuarto comenzaba a darle claustrofobia. En el puerto había mucha gente, en su mayoría esclavos que trabajaban cargando y aprovisionando los barcos que harían de caravana. Zoro chistó… tanta preparación para transportar a un mugroso Tenryuubito y dos escoltas insignificantes.

Había dado la vuelta para regresar antes de que lo regañaran como un niño —y si eso pasaba correría sangre—, pero una imagen llamó su atención.

El primero en ver al otro había sido Usopp, porque esa cabellera era reconocible a metros de distancia. Al igual que para Zoro lo fue esa nariz.

—¡¿Usopp?

El mentado agitó una mano tratando de silenciarlo. Le faltaba agitar una pancarta en el puerto con su nombre. Zoro intentó caminar hacia él, pero al ver los latigazos que recibió por parar el trabajo se dio cuenta de que lo mejor era seguir en lo suyo o acabarían por matarlo a golpes.

Había notado un mensaje implícito en la mirada del tirador, pero pese a los años que habían convivido juntos se le hizo imposible adivinarlo. Que no leía la mente ni era un jodido mentalista. Sin embargo que él estuviera allí podía significar algo, ¡¿pero qué?

No tuvo tiempo para analizarlo en ese momento. Respondió al llamado del hombre que los había conducido hasta el cuarto y aceptó un plato pobre de comida y una habitación propia para descansar. No tenía siquiera ventanas, pero no debería quejarse, sabía que el resto del grupo había sido apiñado en un cuarto común. Se podía considerar afortunado entonces.

Manifestó sus intenciones de ocupar su camarote en el barco, pero no se lo permitieron y tuvo que reprimir las ansias de mandar todo al diablo en ese momento. Odiaba acatar órdenes. Al menos las que no provenían de su capitán. A Luffy era al único al que le había permitido en el pasado —y en el presente— tomarse tal atrevimiento.

Durante esa semana de preparaciones para el viaje no estuvo a cargo de los animales y por ende no pudo acercarse al fortín, pero al menos se las ingenió para escabullirse por la plaza y revisar el tronco, ansiando encontrar la nota de Nami.

De nuevo volvía a decepcionarse, ¿y si no conseguía las armas? Para colmo haber visto a Zoro no lograba apaciguar sus miedos, al contrario, sabía de lo que Zoro era capaz de hacer por ellos, y si no lo había hecho en el preciso momento que se vieron sólo podía pensar en que tenía buenas razones. Volvió al trabajo pensando concienzudamente en eso, al extremo que cuando fue la hora de presentarse ante el Padre no había ideado ninguna historia nueva.

El viejito notó de nuevo que el joven esclavo estaba disperso en sus pensamientos, y mientras le ofrecía las uvas del plato que otras esclavas le habían dejado, cuestionó al respecto con tono afable.

—¿Sucede algo, muchacho?

Usopp sonrió y negó con la cabeza. Sentado en la alfombra llevó la mirada a la misma tanteando lo mismo que había estado sopesando durante todos esos días.

—¿Recuerda la historia que le conté, la del anciano que moría?

—Ajá…

—¿Usted qué…? —Se trabó con sus palabras—¿Usted qué haría en el lugar del hombre del cuento?

Arqueó las cejas, sorprendido por el vuelco en el trato. Por lo general el esclavo solía sentarse en la alfombra día a día y le narraba un cuento, jamás hacía preguntas y sólo las respondía. Era la primera vez que le pedía opinión respecto a una de las historias.

—Pues —trató de que el detalle no lo enmudeciera, porque por viejo entendía que había una razón poderosa tras ese atrevimiento—, es difícil dado que el anciano del cuento no podía hacer nada al respecto, después de todo él no estaba enterado de la traición.

—Claro, pero… ¿y si lo supiese? —Usopp tartamudeó mirándolo brevemente para volver a fijar la vista en la alfombra en un gesto de falsa sumisión.

—No hay mucho que se pueda hacer, ¿cierto? —Le sonrió, entendiendo lo que trataba de decirle.

—Sí —contradijo el Mugiwara con emoción—; puede… puede evitar comer la comida envenenada.

—Tal vez, pero encontrarían otra forma de matarlo tarde o temprano. —Alzó los hombros, para después ponerse de pie del sillón con dificultad. Usopp se mostró contrariado, atinó a arrodillarse para ayudarlo, sin estar muy seguro si se le tenía permitido tocarlo.

Pese a todas las tardes que habían pasado juntos y compartiendo historias, no habían podido dejar de lado que uno era un Tenryuubito y el otro un esclavo. Sin embargo Usopp tuvo que tragarse todas sus palabras al ver el atípico comportamiento en el anciano sabiendo lo que el gesto implicaba, pues este caminó con calma hacia él y le colocó una mano en el hombro.

—No debes preocuparte sólo por un viejo.

Usopp abrió la boca, pero ninguna palabra surgió de ella. Al menos hasta que Kanjiryû quitó esa mano que buscaba consolarlo en vano.

—Está bien, pero prométame que… —Usopp miró hacia un costado. No terminó la oración porque el anciano lo silenció cálidamente.

Buscó un libro en la extensa biblioteca que componía y se lo cedió al pirata. Era uno sobre política, sobre los tratados entre los Tenryuubito y los humanos. Un libro tan arcaico como el mismo Kanjiryû.

—Ya estoy viejo para leer, mi vista no es buena… —volvió a alzar los hombros riendo quedamente y toda su cara arrugada acompañó la mueca—de todos modos he leído cada libro en este cuarto.

Usopp abarcó con la mirada la extensa biblioteca. A él no le alcanzaría la vida para conocer tantos compendios así dedicase cada minuto de sus días a leer y nada más que a leer. Y le resultaba improbable que alguien viviese tanto.

—¿Sabes sobre nosotros? ¿Los Tenryuubito?

—Lo que sabe todo el mundo… —respondió en voz baja—que son nobles, de sangre pura…

—Las mismas patrañas de siempre —censuró el anciano con indolencia—. Nos dicen que somos de sangre pura simplemente porque somos los descendientes de los que sobrevivieron al año vacío. Y nadie que no sea un Tenryuubito tan anciano como yo es capaz de saber lo que es en verdad el año vacío.

Usopp abrió grande los ojos, sorprendido por escuchar de los labios de Kanjiryû respecto a aquello que tanto intrigaba al mundo de hoy en día. Pensó automáticamente en Robin y en lo mucho que a ella le gustaría estar en ese cuarto en ese momento.

Por ese breve intervalo logró olvidarse de lo inquietante que era tenerlo a Zoro tan cerca y no poder decirle que esperaran a la réplica del Aqua Laguna antes de entrar en acción. Al tirador se le hizo claro con el correr de las horas que esa podía ser la razón por la que el espadachín todavía no había hecho un desmadre en esa isla.


Muchas gracias a los comentadores anónimos =)