Notas de autor:

Es una historia alternativa de Ana Rivas y Teresa García pero sin alterar mucho los cánones originales de la serie "Amar en tiempos revueltos".

Si el tema de parejas del mismo sexo os afecta, estáis en el sitio equivocado. Si no, pues os doy la bienvenida a esta lectura.

Debo confesaros que es la segunda historia que he escrito jamás. Antes de esto, escribi una minihistoria narrada por Dionisio, el mayordomo de Ana Rivas que colgaré a continuación. Inconforme con esto, decidí aspirar a más... emprendiendo la arriesgada empresa: ¡una novela! Descubrí que la escritura es sinceramente una tarea muy dura aunque grata a veces (siempre que encuentre la inspiración suficiente, desde luego). Cualquier error es exclusivamente responsabilidad mía. Tiro más por la senda de lectura que por la de escritura.

Esta novela está acabada. Pero necesita una buena revisión. La colgaré un nuevo capítulo cada semana.

Y ahora sólo os queda empezar esta historia.

Sombra.


Título: TERESA

CAPÍTULO 1

Viernes, 14 de julio de 1950.

Anotación histórica: Uruguay se proclama campeón del Mundial al imponerse a Brasil. España ocupó el cuarto lugar, el mejor hito del fútbol español

Su mejilla vibraba bajo la ventanilla del compartimiento del tren, que corría rumbo a la Villa Fortuna. Pese la cháchara que mantenían los viajeros, sólo podía oír un sonido: los fuertes latidos de su corazón que sufría un torbellino de emociones contradictorias. Alegría por reencontrarse con sus padres tras cuatro años de su ausencia. Tristeza por saber que, una vez allí, la familia seguiría sin ser completa. Excitación por poder respirar de nuevo el aire puro que la madre naturaleza regalaba generosamente. Por encima de todo, sentía un enorme miedo de descubrir que las puertas del amor se cerrarían eternamente para ella a pesar de sus inexistentes posibilidades.

Suspiró largamente mientras rememoraba con todo detalle aquella tarde que, sin saberlo, cambiaría para siempre su vida, que aparentemente le aguardaba otro destino que no entraba en los planes de su vida diseñados con mucha pericia y cautela. Por primera vez en su vida, sintió cómo sus esquemas se rompían por piezas, burlándose de la chica extremadamente precavida y poco amante de cambios.

Su mente retrocedió en el tiempo... A donde empezó todo.


4 de marzo de 1946

Érase una vez una niña soñaba desde la copa de un árbol cuyas hojas resplandecientes y majestuosas le permitían ver sin ser vista. Desde su refugio privilegiado, había sido testigo de las fiestas más celebres organizadas por la familia más rica de la región. Contemplaba entre divertida e intrigada los intercambios de palabras, miradas y silencios entre los extraños que podrían dar lugar a futuros romances tórridos o a simples diversiones de una sola noche o... al eterno olvido. Esa niña, sin ser partícipe, sabía muy bien lo que representaba el eterno olvido mientras divisaba tristemente la silueta de una figura quien a sus ojos era la estrella de las noches. Suspiraba por su cabello rubio que podría cegar de nuevo a los ojos ya ciegos de las chicas, por sus ojos pícaros que parecían prometer emociones fuertes, por su sonrisa seductora invitándolas a entrar en el siempre excitante juego de gato y ratón...

Cerró bruscamente su diario al oír la voz insistente de su padre, reclamando inmediatamente su presencia. Se levantó rápidamente y se alisó el vestido antes de ir tras la llamada de su padre, cuya paciencia se estaba agotando.

Así era cómo transcurría un día habitual de la chica que pasaba sus días monótonos ensoñando desde la copa de uno de los árboles que rodeaban el patio de la mansión. Su nombre era Teresa García Guerrero, una chica pueblerina de rostro vivaracho y optimista. Con unos diciéseis años recién cumplidos. Lo que no podía imaginar era que su vida estaba a punto de darse un giro muy importante, obligándola a tomar la decisión más difícil de su vida.


Teresa bajó corriendo por las escaleras de servicio, haciendo caso omiso a las quejas del ama de llaves acerca de su falta de modales. Entró en la cocina, donde se encontraba su familia por completo esperándola.

- ¿Dónde estabas, Teresa? Te estaba llamando un buen rato.- reprendió su padre aunque se ablandó enseguida al ver su sonrisa de oreja a oreja.

- Disculpa, papá. Estaba en mi cuarto haciendo deberes.- mintió a medias.

- ¿Ves, Pascual? Ya te dije que estaría ocupada. Es una chica muy aplicada. - su madre salió en su defensa.

- Ya, ya, ya, Carmen. No como Alfonso.

Su padre arrastró estas últimas palabras con disgusto a la vez que lanzaba una mirada severa a su hijo mayor quien, ofendido, se saltó de la silla a punto de devolverle el ataque. Pero la tan buena de su madre pudo contener a su hijo, calmándole.

- ¡Ya basta! Sois unos críos, por el amor de Dios. No, aún peor. Sois unos animales salvajes.- reprochó resignadamente su madre.

Teresa observó que, cuando su padre iba a abrir la boca para replicar la ofensiva, su madre le hizo acallar con una mirada gélida.

No soportaba las discusiones entre su padre y su hermano, que solían ser frecuentes y, por no decir, muy acaloradas para disgusto de su madre, quien siempre mediaba (eso sí con su ayuda). Los varones de su familia compartían un carácter muy temperamental, por mucho que negaran en redondo sus puntos en común que no eran pocos.

Una vez sosegados, Pascual le señaló la única silla libre. Cogió el asiento mientras aguardaba expectante las palabras de su padre. Arrugó su frente viendo cómo sus padres parecían entablarse una conversación por medio de la telepatía. Confusa, dirigió su mirada hacia su hermano Alfonso, quien parecía compartir su impaciencia ante el silencio de sus padres.

Decidió poner fin a esta espera, abriendo la boca:

- Padre, madre, ¿qué ocurre?

Sus palabras surtieron efecto, pues les sacó de su ensimismamiento. Su padre carraspeó la garganta y dijo:

- Ah, perdona, hija mía. Veréis, tenemos noticias muy importantes. No sabemos si os gustarían o no. Pero antes, os rogamos que nos escuchéis atentamente.

Dicho esto, dio lugar a otro largo silencio, más sombrío que el anterior. Los hermanos se miraron confusos.

- Dispara. Somos todo oídos.- dijo Alfonso secamente. Claramente aún no había perdonado el comentario de su padre.

Lo que quería decir su padre les tenía en ascuas.

Vio cómo su padre intentaba abrir una y otra vez la boca sin éxito. Eso no hacía más que aumentar la alarma que resonaba mentalmente en su cabeza, puesto que nunca le había visto balbuceando. Ante la falta de iniciativa de su padre, su madre tomó las riendas, explicando lo que sería la mayor revelación de la vida de los hermanos García:

- Don Ramón nos ha hecho una propuesta. Debo decir que es una propuesta muy generosa por su parte. Veréis, hijos míos, como muestra de generosidad por nuestros servicios que hemos ofrecido a lo largo de años, se ha ofrecido a costear vuestro aprendizaje en los Almacenes Rivas de Madrid. Al parecer, necesita personal pero lo que él desea es poder depositar personas de confianza en los Almacenes.

Su madre no iba mal encaminada. Era toda una revelación que había dejado sin palabras no sólo a ella sino también a su hermano Alfonso durante un buen rato. Jamás en sus vidas podrían haber imaginado semejante noticia. El primero en reaccionar fue Alfonso, quien se levantó violentamente provocando la caída de la silla y dio un puño fuerte en la mesa, haciendo sobresaltar al resto:

- ¡Eso jamás!- gritó con rabia. - No voy a permitir jamás que un diablo compre mi alma. No como al padre.

Acto seguido resonó con mucho eco la bofetada que propinó Pascual a su hijo con tal fuerza que le hizo retroceder, con la mano cubriendo la mejilla dolorida. Las mujeres García, sin aliento, contemplaron heladas la escena más violenta que habían visto.

- ¡No olvides nunca estas palabras! El mismo diablo que has nombrado es el mismo quien os ha alimentado todos estos años. Sí, a tu pobre padre le dio el trabajo después de la guerra cuando tenías once años.- Habló su padre con voz baja y amenazante mientras frotaba la mano dolorida.

Pero Alfonso no estaba dispuesto a torcer su brazo, lanzando unas palabras aún más hirientes.

- ¿A cambio de qué? A vender sus sueños, padre. ¿No se recuerda de sus promesas? Que nos íbamos de aquí y que montaría una tienda de reparaciones. Pero ¿cómo iba a conseguirlo si lo único que le paga son una habitación, comida y unas palmadas en su espalda?

El corazón de Teresa se quebró al ver cómo el rostro de su padre se tornaba blanco como el papel sin poder pronunciar palabra alguna, como si hubiera recibido varios puños en su estómago.

En ese mismo instante, su madre salió en defensa de su marido, levantándose y hablando con voz de hielo.

- Alfonso, recuerda esto. ¡Mírame! - ordenó.

Alfonso, al oírla tan enfurecida aunque la voz de su madre no levantó ni un decibelio, se forzó a levantar la cara y mirar directamente a sus ojos, que parecían desprender fuego. Su espalda se tensó mientras su madre proseguía:

- Primero, nunca faltes el respeto a tu padre. ¡Nunca! Porque es el primero en interesarse por nuestro bienestar. Al acabar la guerra, mientras unos cuantos se resignaban a aceptar la derrota empeñándose en seguir una lucha que ya no existe, tu padre dejó de lado sus ideales para encontrar un trabajo digno que nos permitiera vivir sin sobresaltos ni preocuparnos si nos faltaba comida o un techo donde dormir. Eso sólo lo hacen los valientes. Así que considérate afortunado. Segundo, todos tenemos derecho a soñar. Hasta tu padre. - Alfonso esbozó una sonrisa desdeñosa que se borró inmediatamente al ver endurecer el semblante de su madre. - aunque en el fondo sepamos que la vida no siempre transcurre tal como nos gustaría. Tercero, acabas de morder la mano que te alimenta. Y cuidado, porque tu actitud nunca te ayudará si te niegas siempre a aceptar la ayuda de los demás. Por si te has olvidado, el orgullo no alimenta. Y para acabar, sólo es una propuesta y no una obligación.

Sentada en silencio y con las manos en su regazo, Teresa nunca recordaba a su madre tan fría y dura con su hermano Alfonso como en ese momento. Aunque conociéndola bien, debía ser uno de los momentos más dolorosos para su madre. Cuando vio a su padre, sintió un ramalazo de afecto hacia él, a quien notaba ausente e inmerso en el más allá donde probablemente rememoraba con dolor sus sueños rotos. Suspiró mientras alternaba su mirada entre su madre y Alfonso, enfrascados en una dura disputa visual. Tras unos largos segundos, su hermano se rindió a la firmeza de la madre, bajando la cabeza, dándose media vuelta y encaminándose hacia la salida de la cocina. En el umbral, Alfonso se detuvo y, sin girarse, anunció su respuesta con una nota de cólera.

- Padres, sepan que no acepto la propuesta.

Dicho esto, salió y cerró tras él la puerta sin mirar atrás. La familia escuchó el tenue silencio de los pasos del joven furibundo alejándose por el pasillo que le llevaba a las habitaciones donde se alojaba el personal de servicio.

En ese mismo instante, Teresa tuvo un mal presagio de que algo se había roto en la familia sin saber exactamente el qué. Lo que ignoraba era que la respuesta le llegaría unos meses después de un modo muy cruel. Se quitó rápidamente aquel pensamiento de la cabeza cuando vio a su madre flaqueando. Se levantó precipitadamente a fin de ayudarla a sentarse. La disputa con su hijo debió dejarla sin fuerzas.

- ¿Se encuentra bien, madre? - interrogó alarmada, sin dejar de soltarla.

- Sí, sí, sí. No te preocupes, hija mía. Ya se me pasará. Lo siento. - aseguró, palmeando suavemente su mano que recostaba sobre el brazo. - Siéntate, hija. Debemos continuar.

Antes de proseguir, su madre se dirigió a su esposo, cogiendo cariñosamente su mano izquierda.

- Pascual, no des importancia a todo lo que ha dicho Alfonso. Ya sabes cómo es. Es muy orgulloso como tú. No digas que no - advirtió cuando su padre se disponía a abrir la boca para mostrar su desacuerdo. - Continuemos, por favor.

- Sí, Carmen. - Aceptó a regañadientes su padre. Teresa cogió de nuevo el asiento, con las manos asiendo nerviosa la falda. - Perdona, hija. Bien, ya conoces la propuesta de don Ramón. Si tienes dudas, no dudes en hacérnoslo saber y te las aclararemos en todo lo que podamos.

Estaba tan desorientada que no sabía qué decir. Por su mente recorría todo tipo de pensamientos, que no hacían más que aumentar su inquietud. Tenía la impresión que su mente se había convertido en una olla de presión, a punto de explotar. Sus padres parecían haber percibido su nerviosismo ya que su madre tomó las manos entre las suyas y dijo:

- Querida, no te preocupes. Como he dicho antes, sólo es una propuesta. Al menos di algo para empezar por algo.

- Es que... es que... no me lo esperaba sinceramente, madre... - titubeó con un hilo de voz.

Vio cómo las caras de sus padres se enternecían. Sintió cómo su corazón golpeaba fuertemente contra las costillas.

- Me lo imagino, Teresa. - dijo con delicadeza su padre. - Cuando me lo contó, también sentí vértigo. Porque... es algo grande, ¿verdad? - Teresa se limitó a hacer un simple gesto de asentimiento. - Bien, creo que necesitas más detalles de la propuesta. A ver, ¿por dónde empezar? Tal como ha dicho tu madre, don Ramón necesita personal de confianza. Por ello, nos ha ofrecido costear vuestra estancia en Madrid mientras quedáis a su servicio a calidad de dependienta.

- Eso es, hija. ¡Es una gran oportunidad! - exclamó su madre con entusiasmo, pero enseguida se contuvo al verla asustada, diciendo lo siguiente.- Claro, la decisión depende de ti. Digas lo que digas, te apoyamos. Confiamos en tu criterio.

Teresa trató de ordenar sus pensamientos mientras sus padres la miraban fijamente. Por primera vez en su vida, tomó consciencia de su edad, encontrándose en el umbral de la etapa de la adultez. Una etapa que le implicaba tomar decisiones, responsabilidades, compromisos y sacrificios. Sí, era consciente de sus dieciséis años, pero seguía siendo igual de ingenua que diez años atrás, creyendo que su vida transcurriría sin cambios que la obligaran a coger las riendas sobre sus aspectos esenciales. Creyó que su vida empezaba y acababa en la Villa Fortuna. Pero se equivocaba de pleno.

- Pero madre...- Vaciló en un principio pero de inmediato su voz recuperó la firmeza habitual, clavando la mirada sobre la de su matriarca, expectante con su respuesta. - Mamá, ya sabe que habíamos hablado muchas veces de esto. Siempre he pensado que seguiría sus pasos en esta mansión. No sé, ¿qué quiere que le diga? Francamente, todo esto me tiene totalmente descolocada. Y no sé qué hacer.

Sus padres no sabían qué decir para consolarla. La conocían perfectamente como para saber que unas palabras tranquilizadoras no le surtirían el efecto deseado. Entretanto Teresa deseaba con fervor que le dijeran que se olvidara de ese asunto y que continuara haciendo su vida como siempre había hecho hasta ahora. Pero en esa ocasión, sabía que era diferente al detectar un destello de esperanza en los ojos de sus padres. Para ellos ya era una mujer de dieciséis años.

Seguía sin entender por qué don Ramón les proporcionaba un empleo cuando perfectamente podría continuar como sirvienta. No quería abandonarlos. Hasta entonces jamás se había visto obligada a tomar decisiones que afectaran a su propia vida pese a que sus padres siempre le habían dado voz y voto. Cumplía sin rechistar todas las responsabilidades de acuerdo con su rol como mujer, pero solían ser inherentes y fáciles de asumir. Teresa tenía dos caras. Es decir, por un lado, era capaz de desafiar las decisiones de su padre que no creyera adecuadas, algo que le había supuesto alguna que otra disputa agria. Más de una vez su padre bromeaba diciendo que ella era perfectamente capaz de convencer al mismo diablo a venderle su alma inexistente en vez de comprarle la suya. Pero, por otro, era incapaz de coger las riendas con algo por propia iniciativa sin tener la seguridad total de que no fracasarían. Su racionalidad era al mismo tiempo su virtud y defecto.

Al contrario de lo que creía ella, sus padres conocían cada uno de sus secretos. Para ellos, era vital que Teresa tomara la decisión porque pronto debería dejar su nido para proseguir su vida sin la mano reconfortante de sus padres. Pronto estaría en edad casamentera. Así que era hora de que su hija dejara de seguir a los demás y andar sola en su camino.

Así fue cómo su padre la enfrentó con las siguientes palabras, que Teresa escuchó atentamente:

- Hija, entendemos tus miedos. Pero tienes 16 años y es hora de que vueles. Teresa, déjame explicarte una cosa. Si no hubiera salido nunca del pueblo, no habría conocido jamás a tu madre ni tendría unos hijos como vosotros. Puede que ahí afuera te estén esperando. Esperando a que escribieras unas páginas con puño y letra de tu vida. No te creas que salí del pueblo como un soldado valiente en busca de éxito y fortuna. Como suelen aparecer en esas historias que te encantan - Ante esta frase, Teresa sonrió. Su padre continuó. - Te seré sincero y, no se lo digas nada a Alfonso que me perderá el poco respeto que me queda. - Teresa iba a abrir la boca pero la impidió - No digas nada más. Hija, créeme, fue la decisión más dura de mi vida porque tuve que dejar atrás a mi familia a quien quería tanto. Pero sabía que debía salir porque ahí no tenía nada que hacer excepto trabajar la poca tierra que había y aguardar las nuevas que nos trajera al pueblo. Sabía que se avecinaba la llegada de una guerra dura que nos asolaría. Así que decidí, en vez de esperar, luchar y crear mi futuro. Estaba aterrado pero mira, ¡aquí me tienes! Con una mujer maravillosa y con dos hijos. - Su padre acabó con una sonrisa ancha y con el pecho inflado de orgullo.

El discurso de su padre logró sosegar su espíritu alborotado. Teresa atesoraba las pocas sonrisas de su padre, que solían ir acompañadas con unas patas de gallo que le proporcionaban un aspecto entrañable.

Enseguida notó que su madre reclamaba su atención, probablemente queriendo tener también su palabra acerca del asunto. Se removió incómoda en el asiento mientras centró su mirada en su madre, quien al estar segura de tener su atención empezó:

- Sí, tiene razón tu padre. Además, aunque tus circunstancias sean diferentes de las de tu padre, estoy muy segura de que también te espera un futuro emocionante. Eso es lo mejor. Imagínate a ti misma, serías una mujer con posibilidades infinitas. En la ciudad, podrías hacer muchas cosas que jamás podrías hacer aquí. Sé que ahora mismo debes estar aterrada como debió sentir tu padre. Pero piensa que siempre estaremos aquí. Nunca estarás lejos de nosotros. Si no te sientes a gusto, siempre puedes volver aquí. Sé que no te gustan los cambios. Es una lástima porque recuerdo cuando eras muy pequeña. ¡Te encantaban los desafíos! Tanto que incluso ganabas los juegos a Alfonso, quien más de una vez me venía con una llorera que no había manera de acabar. Hasta el punto de que nos vimos obligados a prohibirte a jugar más con él y con los niños. Ahora que lo pienso, puede que sea el motivo de que te olvidaras con el tiempo de la pasión que te despertaban los desafíos. Mira, no hables si no quieres. Podemos hacer una cosa. Si lo prefieres, tómate toda la noche para reflexionar y mañana nos haces saber tu respuesta. ¿Vale? - aconsejó a la vez que acariciaba sus manos.

Teresa agradecía su gesto de darle el tiempo para meditar sobre la propuesta. Asintió con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra alguna.

- Bueno, hala, debemos proseguir con nuestros quehaceres, que los señores no perdonan el retraso en la cena. Vete a descansar, hija mía. - ordenó su madre.

Se levantó del asiento y dio las buenas noches a sus padres. Salió de la cocina, de camino a su habitación. Estuvo a punto de detenerse al pasar por la puerta del cuarto donde dormía su hermano pero prefirió dejar la conversación para el día siguiente. Estaba exhausta. Sólo quería tumbarse en la cama.

Incrementó la velocidad de sus pasos, casi corriendo, hasta llegar a su habitación. No tenía ni la menor gana de entablar conversaciones corteses con nadie. Entró y cerró la puerta. El cuerpo se dejó caer sobre la puerta. La oscuridad de su cuarto la mecía susurrándole unas palabras de consuelo. Inspiró hondo antes de separarse de la puerta, movió hasta la cama y se tumbó en ella. Cerró los ojos. No pudo frenar el cúmulo de pensamientos que empezaba a bullir en su cabeza. Se sintió mareada y falta de fuerzas.

Estaba nerviosa, insegura y, en especial, aterrada ante lo que se avecinaría en su futuro. Hasta entonces, veía su devenir tan brillante como el fuego eónico del sol, que jamás se había apagado en toda la humanidad. Pero ahora, su futuro se había teñido de negrura, oscuridad, ceguera y necesitado del calor familiar que siempre le otorgaba el fuego. Así era cómo se sentía. Perdida en un laberinto sin su brújula que le dijera adónde se debía dirigir. Sólo le quedaba una cosa. La intuición.

Pensó para sí: "Intuición. Mamá siempre me dice que debo confiar en mi intuición. ¿Qué debo hacer? No quiero dejarlos ni a...". Se interrumpió con un deje de resignación. "¡Qué ingenua soy!" - pensó soltando un sonido gutural a modo de burla - "¡Cómo puedo soñar que mi amor caería rendido a mis encantos si estoy totalmente fuera de su alcance! Ni siquiera sabe mi nombre."

Saberlo no aliviaba el dolor que sentía en su corazón. Se giró y se recostó de lado mientras su mirada cayó en la foto donde posaba junto con su hermano, sonriendo felizmente a la cámara de fotos. Soltó una risita al recordar los comentarios de su madre sobre los desafíos que mantenía de pequeña con su hermano. Cayó en la cuenta de que había olvidado la pasión que le hacía hervir la sangre cada vez que le proporcionaban desafíos en las manos. Se sorprendió cuando su mente recuperaba algunos trastos viejos del lugar recóndito que creía olvidado y los sacudía en forma de imágenes, unas más nítidas que otras.

De pronto se vio a sí misma, pequeña, sucia y con el pelo revuelto, hurgando en la tierra al parecer para extraer algo.

¡Lo encontró! Era una caja de hierro bien cerrada herméticamente. Silenciosamente, la llevó a la habitación evitando la curiosidad ajena que pudiera despertar su tesoro. Una vez cerrada con la llave su cuarto para impedir la entrada de visitas inesperadas, se frotó las manos y, con ayuda del cuchillo que cogió en la cocina, consiguió romper el candado de la caja. Recordaba muy bien las emociones que la embargaron al abrirla.Al principio no se atrevió a abrirla por miedo a llevarse una gran decepción si no encontraba nada interesante. Pero la curiosidad pudo más que el miedo. La abrió finalmente y, al ver el contenido, se encontró dividida entre la excitación y la decepción. Excitación por encontrar objetos interesantes. Decepción por no encontrar oro. Aún así, no le impidió indagar los objetos encontrados. Entre ellos, lo que más le llamaron la atención eran unos cromos de personajes, en su mayor parte femeninos, que les resultaba desconocidos; una figura bellamente esculpida, idéntica a una pieza del tablero de ajedrez que había visto en el estudio del don Ramón; varios botones de diversos colores brillantes; la cabeza de una muñeca... Pero había dos cosas que no podía dejar de mirar embelesada. Eran una foto de una niña rubia de pocos años abrazada a un hermoso perro de porte digno y un pequeño cuento cuyo título no recordaba -y... ni le importaba-. No lo leyó ya que su aprendizaje acababa de comenzar. Pese a todo, sus ojos castaños oscuros no se despegaban de la impresionante ilustración que llenaba la portada, de un color verde vibrante. En ella, habían dos figuras un tanto extrañas. Sus pupilas se adentraron en esas figuras, hasta el punto de parecerle que la hablaban en voz alegre como si le estuvieran dando una bienvenida calurosa.

Se pegó un brinco, sacándola de su ensimismamiento cuando oyó la llamada con la que golpeaba la puerta su hermano mayor que bramaba.

- Date prisa, vaga. Que nos esperan en la cocina. No te espero que me muero de hambre. Te vemos abajo.

Tras estas palabras, escuchó los pasos rápidos de su hermano alejándose de su cuarto mientras su corazón trataba de recuperarse del sobresalto. Sabía que su padre no tenía paciencia, por lo que cogió todos los objetos y los guardó en la caja, excepto el cuento que decidió conservar para sí misma.

Desde entonces, no había vuelto a pensar más en ello. Se levantó de la cama y empezó a pasearse por su pequeño cuarto, intentando recordar qué fue del cuento. Paulatinamente, con un enorme esfuerzo, recuperaba fragmentos del recuerdo que sucedieron tras la cena. Recordó que la mañana siguiente decidió añadir algunas cosas suyas, de gran valor sentimental para ella, considerando que la caja de hierro era una buena guardiana de recuerdos valiosos. Entre ellos, una muñeca bastante maltrecha y una peonza que era su juguete favorito de calle, que arrebató a su hermano -bueno en realidad no se lo quitó sino que recogió lo que olvidó Alfonso, puesto que él nunca consiguió dominar con maestría en el arte de la peonza por falta de paciencia al contrario que ella-. También una foto de su familia al completo. Tras la elección minuciosa de sus objetos de valor, las guardó en la caja y volvió a enterrarla en el mismo lugar donde la encontró. Gruñó al no poder recordar el escondrijo, dándolo por perdido. Anduvo en círculos mientras apretaba las tuercas de su mente en busca de alguna pista aunque fuera pequeña que la llevara al cuento verde.

Al cabo de diez minutos, se detuvo al conseguir un vago recuerdo. Recordó que, tras enterrar la caja de recuerdos, guardó el cuento en algún lugar de su habitación, en otra caja. Sin perder tiempo, puso a poner patas arriba su habitación habitualmente pulida. Quince minutos transcurrieron sin que encontrara nada. Frustrada, se sentó en el suelo con la espalda apoyada sobre el costado de la cama. Abrazó las rodillas contra el pecho. Soltó un respingo de resignación. Sabía que a esas alturas debería sentir vergüenza por buscar un cuento insignificante pero, sin saber por qué, le urgía encontrarlo como si su vida dependiera de ello. Respiró hondo. Sus ojos resbalaron accidentalmente sobre un zócalo cerca del armario. Vio algo anómalo en ese lugar que se sobresalía ligeramente del resto del zócalo. Resonó un "eureka" en su mente. Se golpeó mentalmente una y otra vez, no pudiéndose creer que se olvidara de ese detalle, tan importante en su infancia. ¡Era su escondite!

Sin levantarse, gateó rápidamente y se sentó de rodillas frente al zócalo sobresalido. Con los dedos, lo empujó no sin dificultades por un lado hasta sacarlo por entero. Con el zócalo en la mano, pudo apreciar un hueco de unos quince centímetros de ancho. Hundió la mano temblorosa en el escondrijo. Se llenó de júbilo cuando palpó algo. Sólido y frío. Lo agarró y lo sacó. Observó que era una caja plana de forma rectangular y bastante ancha. La abrió con esfuerzo debido a la oxidación. Su respiración se cortó al ver una especie de folleto grueso doblado. Su nariz frunció al llegarle el olor de papel rancio. Sacudió con cuidado el polvo del folleto evitando ensuciarse. El color gris se tornó en un verde grisáceo. Se emocionó al comprobar que era el inconfundible cuento verde. Lo reconocería con los ojos cerrados en cualquier lugar del mundo. Se quedó embobada con la portada que presentaba un aspecto un tanto arrugado y viejo. Pudo leer el título. Era "El maravilloso Mago de Oz" de L. Frank Baum. Ahí estaban esas dos figuras tan extrañas que parecían saludarle fogosamente tras muchos años sin verse. Sin duda, era mucho tiempo. Habían pasado siete años. Se fijó en que en las letras mayúsculas que indicaban OZ se apoyaba grácilmente un león.

Feliz con el descubrimiento, no resistió la tentación de abrir la primera página. Fue abrirlo y leerlo sin interrupción. Tras cuatro horas de lectura, se levantó, salió de su habitación y se plantó en la puerta de enfrente. Era la habitación de sus padres quienes dormían. Inspiró hondo antes de golpear suavemente con la mano.

En su cabeza sólo cabían cuatro palabras: "Mi decisión está tomada".